El Incordio

Un grito de alerta, un silbato que clama «¡Al ladrón!», una voz de protesta, un «no convencéis y está por ver si vencéis»

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Nombre: Xavier Cuchí
Lugar: Barcelona, Catalunya, Spain


sábado 14 de abril de 2007

CAMBIO DE ALOJAMIENTO

Tal como anuncié en su momento, «El Incordio» ha cambiado de alojamiento. Su nueva dirección es:

http://www.elincordio.com

Os ruego que cambiéis vuestros bookmark y, sobre todo, la URL de los enlaces que se dirijan a esta bitácora.

Por cierto, que los cutre-salchicheros de Ya.Com no me dejan hacer los cambios de DNS necesarios si no es por via de redireccionamiento de URL y los fines de semana no hay servicio de asistencia técnica, así que ahora redirijo a un dominio que me han cedido provisionalmente. Los mohosos estos de Ya.Com perdieron hace un mes mi conexión ADSL y ahora perderán la gestión de mi dominio. De todas formas, mantened siempre mi dominio en los enlaces y, hasta la semana que viene o utilicéis todavía la sindicación.

Gracias. Nos vemos ahora mismo en el pisito nuevo.

viernes 13 de abril de 2007

Aidez l'Espagne

De la serie: «Pequeños bocaditos»


Una estupenda noticia ha sido hoy portada de muchos telediarios: el doctor Joan Massagué y su equipo de oncólogos, con base en Nueva York, ha hecho un importantísimo, quizá fundamental, avance en materia de cáncer de mama, hasta el punto de que a partir de dentro de cinco años la mortalidad por esta causa podría, casi, erradicarse.

Pero lo maravilloso de la noticia ha tenido un contrapunto. El doctor Massagué trabaja, como queda dicho, en Nueva York. Como casi todos nuestros catalanes y españoles "universales", han tenido que huir pitando del olor a pies que asfixia en este país a todo lo que sea ciencia y técnica. Pero sigue sin ser esto lo que quería decir.

En no sé qué cadena -creo que TV3- lo han entrevistado en su despacho y allí, justo al lado del reputado médico estaba la imagen que se reproduce aquí, un gráfico de Miró que pintó para el pabellón de España en la Expo de París de 1937, convocando a la ayuda internacional a la República española.

Me ha hecho una triste gracia por la vigencia del cartelito. Me ha producido cabezadas de sarcasmo la muy vigente petición de ayuda a una España tecnológica y científicamente hecha unos zorros, gobernada desde la ignorancia, el analfabetismo, la mediocridad, la poca vergüenza, la corrupción y la gilipollez, que, como estamos viendo precisamente estos días en la red, nada desesperadamente para no ahogarse en tanta mierda.

Allí estaba: el médico glorioso que tuvo que emigrar para llegar a lo más alto, pidiendo alegóricamente que se ayudara a este país comido por los piojosos y por la infamia.

Qué triste.

jueves 12 de abril de 2007

Clima y catalanes

De la serie: «Los jueves, paella»

En una de esas entradas que tengo por ahí detrás, decía que los pajarracos estos del buen rollito y de lo políticamente correcto son perfectamente capaces, entre su lenguaje cargante, absurdo y obtuso, y su obcecada machaconería, de convertir en algo odioso la causa más justa. De verdad que a ese gremio lo trago aún menos que a la $GAE y mira que es difícil (aunque no son tan ajenos los unos a la otra y viceversa, pero, bueno, esa es otra cuestión).

Como es notorio hasta para los ciegos sordomudos, ahora la han tomado con el cambio climático.

Yo, la verdad, no tengo conocimientos suficientes como para tomar partido en una cuestión tan difícil y compleja. Hay importantes núcleos de científicos que afirman categóricamente la culpabilidad humana del cambio climático y núcleos, no menos importantes, que la niegan con igual severidad, al menos como factor determinante. Por supuesto, unos acusan a los otros (y los otros a los unos) de estar vendidos a tales o cuales intereses, de modo que los poquísimos ciudadanos de a pie que intentamos sacar el agua clara pese a nuestra astronómica distancia académica de un simple primer curso de Físicas, nos quedamos ayunos en la cuestión.

Pero si seguimos aquel principio criminológico de buscar al beneficiario del crimen para llegar hasta su autor... las dudas pasan entonces a ser grandes.

Primera cuestión que retrata de pies a cabeza la estupidez de lo políticamente correcto: la unanimidad. Cuando hay unanimidad, hay trampa, seguro. Si silencian al discrepante es porque le temen y si le temen es porque muy probablemente esté armado de razones poderosas que conviene impedir que enuncie. Pensemos, por ejemplo, en la unanimidad de los políticos en el tema de la propiedad intelectual. Incapaces de ponerse de acuerdo incluso en las cosas más graves y más preocupantes para la ciudadanía, cuando se trata de los intereses de la $GAE, vaya por Dios, hombre, no hace falta ni negociar: la unanimidad llega fluida y con ese apestoso olor a axioma de feria de todo a cien.

Segunda cuestión: se diría que el cambio climático ha llegado de golpe. Hace dos, tres o, a todo estirar, cuatro años, del cambio climático únicamente hablaba Greenpeace y eso solamente cuando estaban aburridos mientras limpiaban los fondos de los barcos. Y, de pronto, parecería que el cambio climático es cosa poco menos que de Al Qaeda. A veces, me tumbo en el sofá y pienso: fíjate que la cosa de Oriente medio se les va a los yanquis de las manos irremediablemente, con lo que el petróleo es cada vez algo más inasequible (ya no su precio, sino su control) y mucho más susceptible de ser usado como arma de lo que lo fue en 1972. Entretanto llega la fusión nuclear -que llegará, pero va para largo- y demostrado que las fuentes energéticas llamadas "renovables" pueden constituir alternativas interesantes a nivel local, pero son incapaces de sostener de modo permanente o indefinido -de hecho, son incapaces siquiera de intentar afrontar- suministros industriales masivos o de grandes concentraciones humanas... ¿cómo podríamos hacerlo para que el personal tragara con las centrales nucleares de fisión? Pues basta con que los "informes científicos" aumenten el nivel del mar para el 2075 a razón de un metro por semana y, para el año que viene, hasta los ciudadanos más "verdes" y más ecologistas se presentarán voluntarios para encender los artefactos herrumbrosos de Ascó con sus propios soplidos. Se conseguiría reactivar el negociazo de las centrales nucleares (electricidad baratísima cobrada al usuario como si fuera oro a chorro) y se neutralizaría, como peligro colectivo, un Oriente Medio que el fundamentalismo islámico ha puesto fuera de todo control. Si el petróleo llegara a ser únicamente necesario para la fabricación barata de materiales sintéticos, Occidente podría sobradamente autoabastecerse (de hecho, siempre se ha dicho que, aunque fuera inagotable, utilizar el petróleo como combustible es una animalada equivalente a encender cigarrillos con billetes de 50).

Tercera cuestión: la meteorología, como sistemática, es muy reciente. Las series estadísticas con las que se trabaja apenas alcanzan -o sobrepasan en poco- el par de siglos. Por otra parte, observaciones antiguas y documentadas nos han dejado claro que el clima experimenta cambios cíclicos debido a razones que no son mágicas, que tendrán una explicación por alguna parte, pero que todavía se desconocen. Pero parece que hubo un calentamiento global en la Edad Media y luego, hacia el XVIII se experimentó lo que suele denominarse pequeña glaciación. Tanto es así, que he leído, y más de una vez, que el famoso retroceso de las masas de hielo del Ártico no sería sino el hecho de que están volviendo al nivel que tenían en (más o mensos) 1700. Resulta que estamos en un planeta vivo (con temperaturas acojonantes en un núcleo densísimo) y para que pasen ciertas cosas no es necesaria la mano humana. Por otro lado, uno se sienta a contemplar un mapamundi -una bola del mundo, para entendernos- y trata de poner a escala las emisiones contaminantes y, aún en la ignorancia confesa al principio, no parece que la actividad humana sea suficiente como para poder cargarse toda esa dinámica. El mundo es muy grande, mucho, mucho; tanto que cuesta creer que, por millones que sean, unos infectos cochecitos puedan alterar su equilibrio.

Encima, anda la ONU trasteando en el invento y cuando esa cuadrilla de hotentotes impresentables anda trasteando en algo, mal asunto. Esos ensucian todo lo que tocan (siempre que a esa gentuza le llegue algo limpio alguna vez).

No sé por qué, pero, así, a puro instinto, seguiré recomendando a mis hijas que no vacilen en largarse de España a la menor -aunque buena- oportunidad, pero también les diré que no tengan prisa por reservar billete a Marte

Que igual el detergente no llega al río.
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Si uno coge un litro de perfume exquisito y lo mezcla con un litro de mierda, está claro que nadie va a aplicarse esa loción porque, evidentemente, no va a oler nada bien por más que el 50 por 100 del potingue esté compuesto de ambrosía aromática. Es lo mismo que sucede cuando uno coge unas cuantas verdades y las mezcla a saco con unas cuantas mentiras: el resultado es impresentable; si, encima, la mezcla no se hace a saco sino, de algún modo, con cierta premeditación e inteligencia, es decir, bajo fórmula, y si, encima, la fórmula no mezcla verdades y mentiras al 50 por 100, sino que la proporción de estas últimas es mayor, ya tenemos algo más que una simple mentira: tenemos una manipulación pura y dura. También se puede manipular tomando como verdad generalizada lo que es una verdad, a lo sumo, parcial o sectorial. Si ambas manipulaciones se funden en una sola, estamos entonces ante el summum del asunto y entonces no cabe llamarle abominación sino, redondamente, hijaputez.

Estas son las reflexiones que se me ocurren después de haber visto esta noche -anoche, para los lectores- el programa «Ciudadanos de segunda» emitido por Telemadrid hace unos muy pocos días. Lo encajo aquí para que el lector que lo desee lo vea como lo he visto yo.


Bien, desarrollemos, que decía aquel...

En Catalunya tenemos un problema lingüístico grave, pero que no tiene nada que ver con el falso problema lingüístico que los hijoputas de cierto bando y los hijoputas de cierto otro nos quieren hacer ver.

Nuestra problema lingüístico tiene dos proyecciones, dos vectores: el exterior, consistente en una histórica estupefacción por parte de la mayoría de los españoles ante el hecho de que haya una porción de [aquí pon país, estado, nación, región o lo que te salga de los cataplines] que tiene y usa habitualente, como propia, otra lengua distinta de la común, de la común entendida en el doble sentido de la más extendida y de la que se usa entre ciudadanos de distinta lengua materna para entenderse entre ellos; esa estupefacción, larga, de verdadera sustancia histórica, no disminuye con el paso del tiempo y, ocasionalmente, tiene "picos" hacia arriba (casi nunca hacia abajo); y el vector interior que reside en un hatajo de jamelgos, amargados -con razón, ojo- por la realidad cutre de una España apestosa, no hay nada nuevo bajo el sol, a los que un día no se les ocurrió nada más que establecer que la lengua -a evidente falta de otra cosa- era el elemento definidor de una nación, y como el transcurso de no demasiado tiempo iba demostrando a cada minuto que eso no se sostenía, aparte de ejercer una suerte de paroxismo lingüístico, empezaron a hacer un tebeo de todo el entorno de la presunta nación, desde las costumbres ancestrales hasta la cotidianidad misma del presente pasando, no faltaría más, por la propia Historia a la que hicieron víctima y esclava de una neomitología que hay para cagarse.

Y los ciudadanos normales, de a pie, vamos caminando como podemos en nuestra -ahí sí- ancestral normalidad lingüística que, en los últimos casi seiscientos años -o sea, ayer mismo-, consiste en la convivencia, en proporciones cambiantes según el momento histórico, de dos lenguas. Porque quizá haya que recordar -saber, habría de saberlo todo el mundo- que habiendo cascado sin descendencia en 1410 Martí l'Humà (en notación castellana, Martín I El Humano, también llamado El Eclesiástico), último rey de Aragón descendiente directo de la casa condal de Barcelona, ocupó la Corona de Aragón la casa de Trastámara en la persona de Fernando de Antequera, primero en esa Corona (Ferran I, en notación catalana) nacido en Medina del Campo (hoy provincia de Valladolid, comunidad autónoma de Castilla y León) a resultas del Compromiso de Caspe. Por supuesto, el advenimiento al trono del amigo Fernandito de Trastámara no tuvo efectos lingüísticos inmediatos en la sociedad catalana, pero ahí se abrió el primer agujerito por el que penetraron las primeras moléculas (virus, para los talibanes lingüísticos) del bilingüismo que, pese a muchos gilipollas, habría de hacer de Catalunya uno de los/las [aquí pon países, estados, naciónes, regiones o lo que te salga de los cataplones] culturalmente más rico de España y de parte del extranjero.

Desde un poco después, y ya digo que en diferentes proporciones, aquí ha habido siempre dos comunidades lingüísticas (que también es cierto que no siempre se han llevado bien, pero eso tampoco autoriza a decir que siempre se han llevado mal) que hoy, a reserva y con permiso de los hijos de Alá, se andan por mitad y mitad, si bien el número creciente de hijos de Atahualpa parece que pronostica un futuro de cierta prevalencia lingüística castellana, depende de cómo se produzca -si se produce- su absorción lingüística en términos generacionales.

Es correcto, por tanto, decir que el catalán es la lengua propia de Catalunya, pero no sería rigurosamente cierto negarle también esta propiedad al castellano. Y eso puede no gustar a muchos, es verdad, entre ellos quizá -y con muchos matices- a mí, sobre todo porque, cuando conviven dos lenguas, la prevalencia de una supone, esto es de cajón, la decadencia de la otra y a mí me jodería mucho que se perdiera el catalán, pero en este mundo todo es mudanza, creo que lo decía Santa Teresa, que de catalán no entendía media torta pero sapiencia le sobraba.

A partir de ahí, ya entramos en el ámbito de lo cutre y en el encabronamiento politiquero.

Que un canario afincado en Sitges desde principios de los años 80 -o sea que lleva aquí, como poco, un cuarto de siglo- con una hija que, estando en edad escolar habrá nacido [viviendo sus padres] aquí, se queje de que no le den clases íntegramente en castellano y se siga quejando cuando le ofrecen hablarle a la niña en castellano porque entonces se sentiría discriminada (¿qué hay que hacer? ¿deportar desde Logroño a quince niños para que a la nena se le pueda montar un circuito diferenciado en castellano?), qué quieres que te diga, huele mal. Huele a política. Como la del falsario del cargo educativo de la Generalitat, cuando dice tan tranquilo que si se pide escolarización en castellano, se da, que la ley se cumple, cuando todos aquí sabemos que eso es falso, que el tal cargo falta a la verdad descarada y premeditadamente. Por otra parte, como padre, hay que ser idiota para negarle a un hijo el privilegio del bilingüismo (si en casa hay inmersión lingüística en castellano, no pasa nada porque la haya en el colegio en catalán, único lugar, por otra parte, donde la hay en ese idioma), pero el canario en cuestión ya se apañará con su hija cuando esta crezca y vea lo que ha perdido para no ganar nada. Luego ese señor (y si no él, algún otro como él) se gastará tres o cuatro mil euros para llevar a la niña a Irlanda a sumergirla lingüisticamente en inglés; se ve que esa inmersión lingüística ya no es perversa.

Lo que ocurre es que ese panfleto televisivo expone esa problemática como si fuera generalizada, y no es verdad. No es verdad, insisto. Hay algunos casos, es cierto, pero son muy pocos, muy excepcionales. Aunque también es cierto que no se les ha atendido adecuadamente y que el miedo nacionalista de que el ejemplo se extendiera si se accedía a sus demandas (efectivamente, acordes con la ley) ha hecho que, estúpidamente, se acerrojara cualquier alternativa posible. Pero no hay -repito: no hay- conflicto generalizado en la escuela catalana en el ámbito lingüístico; aunque eso quizá no quiera decir nada: sí que debiera haber conflicto -y grave- en cuanto a la calidad y la estructura de los contenidos (sea en el idioma que sea) y tampoco lo hay. Esta misma noche, durante la cena, le decía a mi hija que la burrez general de su generación sólo sería superada por la de sus hijos, si no se pone severo remedio a esta situación (y no hablo ahora de la lingüística).

El nacionalismo ha hecho muchas burradas. Algunas, realmente peregrinas, pueblerinas e impropias de su protagonista: es difícil no recordar que una innecesariamente dura Ley de política lingüística existe porque una noche Jordi Pujol agarró un globo al querer ir al cine y no encontrar ni una sola película en catalán. Otro día hablaré de por qué las películas en catalán no tienen público, que no es por causas políticas ni por abominación general a la lengua catalana. Pero a la ley de política lingüística sí le reconozco una virtud: que nadie, en Catalunya, pueda negarse a entenderme si hablo en catalán y ese es un deporte (el de hable usted el idioma del Imperio) que hacía muchísimo tiempo que no se practicaba aquí y que han resucitado, mira por dónde, unos ciertos castellanohablantes que, precisamente, no son españoles. Y por ahí sí que no paso. Como no paso porque una señora italiana se queje -como ocurre en el libelo- de la inmersión lingüística en catalán; si no le gusta, ya sabe: Florencia es preciosa en esta época del año; la ciudadanía europea no da para tanto y fuera de tu casa, la ley es la ley y san joderse cayó en tal día. Uno de Burgos o de Salamanca, vale; uno que no tenga DNI, no. Radicalmente, no.

En fin, que como diría mi hija, ya ralla (imagino que vendrá de "rallar", que parece más abrasivo que "rayar") tener que estar a vueltas con el catalán cada dos por tres. Todavía habría mucho más que decir, pero me remito a otras paellas en las que ya salió el tema.

Por cierto, una nota de impagable demagogia en la cosa esa telemadrileña: se pretende que en el patio también se obliga a los niños a hablar en catalán, como queriendo decir que no se les permite hablar en castellano. Incidentalmente, esto es rigurosísimanente falso; tanto es así que el talibanismo lingüístico (sector barretina) se está rasgando las vestiduras porque, a su modo de ver, "el catalán se ha ganado en las aulas pero se ha perdido en el patio", lo cual casa mal con su obligación en este último. Lo bonito es que para ilustrar la represión anticastellana en el patio, la tele pepera pregunta por la cuestión a unos niños que, efectivamente, responden quejosos que en el patio les prohíben hablar en su idioma y les obligan a hacerlo en catalán. Un testimonio comprometedor... de no ser porque los tales niños tienen un acento urdu o árabe acojonante. Y no: hablar urdu o árabe en un centro público no es un derecho constitucional.

Se siente.
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Larga paella la de hoy. Quizá un poco palo para mis valientes, pero es que la demagogia que se vomita con el tema del catalán tanto dentro como fuera de Catalunya es indignante. Ya sé que es una guerra perdida, que la existencia del catalán jamás será digerida -en general- en la España monolingüe y que cualquier pretexto, razonable o no, es bueno para lanzarnos la caballería; rara arma en un país que, en su momento, pasó a la Historia -entre otras cosas- por su infantería.

Han quedado muchas cosas en el tintero, porque tres jueves sin paella es mucho ayuno y abstinencia pero, bueno, ya me iré poniendo al día.

El próximo jueves, queridos, será 19, festividad de San León IX, papa durante cuyo mandato se consumó el cisma de Oriente. Era alsaciano y casi seguramente germanohablante. Si llega a hablar catalán, el pobre León, media España sería ahora ortodoxa griega y en vez de canonizarlo le hubieran dado un puntapié en el trasero.

No som res...

martes 10 de abril de 2007

Sigue el juego sucio

De la serie: «A degüello»

Quosque tandem, Catilina, abuteris patientia nostra? Esto dijo Cicerón afeando al inmundo Catilina sus constantes maniobras conspiratorias; y tanto abusó Catilina de la paciencia de tantos que, finalmente, hubo de salir pitando -a uña de caballo, suele decirse- para salvar a sus cataplines de ser cortados en finas rodajas. O algo peor, porque los romanos de la época no se andaban con remilgos a la hora de ajustar cuentas con los traidores.

Hace tiempo que nosotros le estamos repitiendo esta frase no tanto a la $GAE -que también- como al Gobierno que está, ya fuera de toda duda, al servicio incondicional de los mandatos de la sopa boba. Pasa que la paciencia -la pachorra, más bien- de los españoles da muchísimo más de sí que la de Cicerón, pero todo tiene un límite. Y lo malo (lo espantoso, más bien) de los españoles es que por estos pagos no solemos experimentar un calentamiento progresivo que permita ver venir la traca final, no. Aquí el cabreo se masculla por lo bajini, en tabernas, lupanares y mentideros; algunos ni siquiera experimentan un cabreo propiamente dicho: simplemente van haciendo como quien no se entera. Y un buen día, inopinadamente, pum, el estallido. Sale mal una corrida de toros y arden los conventos. ¡Coño! ¿Qué ha pasado? Pues eso es lo que pasa, que hasta al cabestro más mansurrón se le hincha un día lo innombrable y empieza a repartir cornadas, pero, además, a mala sangre, no como el toro bravo, que va de frente y por derecho.

Desayunamos cabronada el mismísimo día de rentrée pascual (nos han hecho la Pascua, nunca mejor dicho, efectivamente) al enterarnos,
vía Asociación de Internautas, de que si no queremos caldo, dos tazas y de que si no queríamos censura de páginas web, ahora la vamos a tener y de mano privada con el apoyo de las metralletas de la Guardia Civil (¿con el comandante Salom al frente I supose?). O sea que la Comisión de Subsecretarios va a proponer al Consejo de Ministros un redactado de la LISI (Ley de Impulso a la Sociedad de la Información, tócate las narices) en el que se obliga a los prestadores de servicios a bloquear o deshabilitar contenidos presuntamente ilícitos... ¡¡¡por mandato de la $GAE y otras entidades análogas!!!

Es que hay que verlo para creerlo.. y ni aún viéndolo. Además, y como ya es costumbre, lo han hecho de tapadillo, a la chita callando, a ver si hay suerte y para cuando nos llegásemos a enterar ya estuviera el pescado vendido.

Como decía en mi entrada anterior, lo del millón de firmas ha preocupado a muchísimos. Nos consta, por otra parte, que hace ya años que en la $GAE echan chispas por el caudal torrencial que baja desde Internet en contra suya, iniciado, precisamente, por la Asociación de Internautas, pero seguido de forma prácticamente masiva y que ya ahora empieza a trascender más allá de la red. Los políticos al servicio de la sopa boba están cagados de miedo ante el precio -ya nada improbable y sí muy palpable- que van a tener que pagar si continúan con su apoyo incondicional al tributo medieval y feudal que esquilma al ciudadano y que ha conseguido poner en pie incluso a la industria y a la sociedad civil. Lo de que «hay que parar esto como sea» es una frase constantemente repetida -a diario, casi a cada hora- en los locales de las entidades de gestión de derechos peseteros de autor. El colmo ha debido llegarles ahora, cuando han visto a sus políticos chaqueteando por primera vez y poniendo reparos a sus mandatos. Pocos reparos, pero alguno, sin duda. De otro modo, no se explica la comedieta de Clos y Dixie. La leche, tíos, es que esta gente muerde fuerte y ahora, además, se han juntado con sectores potentes... y es que tenemos elecciones a la vuelta de la esquina, primero municipales y autonómicas y después generales. Solución: hay que hacer callar a esta gente como sea.

Primer intento: censura administrativa. No cuela. Los pendejos electrónicos montan la gran bronca y desde fiscalías y algunos sectores de la judicatura se avisa de que esto no va a colar, que su choque frontal contra la Constitución es tan evidente, que cualquier intento de ejercer el taponazo se caerá ya en primera instancia. Segundo intento: la derrapada. ¿Y si la censura, en vez de administrativa, es privada? ¡Ah! Eso tiene menos riesgos: si funciona, todos felices; si no funciona, las que saldrán trasquiladas serán las entidades privadas censoras, los partidos, no saben, no contestan. Autismo total a beneficio de Teddy Bautista. ¡Qué cucos son! O, al menos, eso es lo que se creen ellos...

Por supuesto, hay que parar este segundo intento. Como era previsible, ya estamos en la misma dinámica que con las patentes de software: se han propuesto ejercer la censura a toda costa y no dudarán en jugar todo lo sucio que sea necesario para ejercerla.

Desde la Asociación de Internautas se ha avisado de que si este texto se aprueba en Consejo de Ministros, habrá toque de degüello. Por supuesto: hasta ahí podríamos llegar. Y a ver si el ciudadano de fuera de la red se va dando cuenta, entre unas cosas y otras, de la que le están montando sin que él se entere (dentro de la red, lo sabemos de sobra: por ese quieren taparnos la boca).

El intento, igual que el anterior, morirá en una instancia u otra. Si hay que llegar al Constitucional, se llegará. Y, en todo caso, de la misma manera que soslayamos el canon ominoso comprando en Luxemburgo, en Andorra o en Portugal (¿alguien, por cierto, ha mirado cómo está el asunto en Gibraltar?), soslayaremos la censura privada española llevando nuestros contenidos a servidores extranjeros. Y otro sector de la industria que se irá a freir espárragos, de modo que si no quieren que les pase como a sus primos fabricantes de CD y DVD, ya pueden ponerse las pilas y empezar a dar caña antes de que el marrón sea irreversible, no les vaya a pasar como a otros que andan haciendo el Boabdil por los siete mares.

No hará falta llegar a eso, no obstante. Tenemos un título 8º en la Constitución cuya claridad va más allá de cualquier interpretación posible. Y, a las peores, siempre queda Estrasburgo (y no vacilaremos en ir, llegado el caso: no necesito preguntarle a Víctor Domingo para saberlo).

Y este es el verdadero escollo y la verdadera conclusión a la que llegarán cualquier día, si no han llegado ya, que me extrañaría que no hubieran llegado. Tenemos que andar con tiento porque no sería sorprendente que el día menos pensado preparen un ataque contra nuestros derechos constitucionales y contra la libertad de expresión, esa que tanto les quema ahora que podemos ejercerla y con la que tanto se rieron de nosotros cuando no teníamos a mano medios para hacerla, de verdad, nuestra. Cualquier día, con el pretexto de arreglar la cosa para que una princesita no se quede por detrás de un princesito, podrían intentar colarnos de rondón una rebaja gorda, fácilmente camuflable en cuatro o cinco términos aparentemente inofensivos puestos, así, al aire, en una disposición adicional, que dé atribuciones administrativas con la misma disciplencia que en aquel entonces un capitán Muñecas las otorgó a la autoridad, militar, por supuesto. No tienen escrúpulos y estamos viendo ya cada día hasta donde llega la vesanía, la venalidad y la tomadura de pelo.

De cualquier modo, sépase: el enemigo es potentísimo, mucho más, incluso, de lo que sospechamos (y lo sospechamos apabullante) y sólo una decidida y masiva acción cívica podrá detenerlo. No podemos confiar en ningún partido (todos nos han traicionado en un momento u otro) y no tenemos amigos en esta guerra. Sólo nosotros, los ciudadanos, los dientes y el cinturón bien apretados, podremos detener a esa chusma.

Pero nosotros solos, si estamos todos, seremos invencibles.

Deudas pendientes

De la serie: «El trabuco bien cebado»

Dos semanas largas. Largas, o sea, que han sido algunos días más de 14; y largas, porque se han hecho inacabables. Pero, en fin, ya estamos aquí, con una flamante conexión nueva a cargo de la vieja Timofoníca, una conexión de tres megas que no llega a uno, como suele acontecer en este país de mierda, que me ha costado gritos, bronca, alaridos y que, bueno, ha habido que acabar solucionando por el viejo y triste procedimiento de las llamadas a los amiguetes.

También la migración de servidor y de CMS me ha hecho aguas y la tengo atascada en una guerra de trincheras que no lleva a ninguna parte. Espero que cuando los refuerzos vuelvan de vacaciones pueda seguir adelante con el asunto y llevarla finalmente a cabo.

Y me he quedado compuesto y desconectado en un par de semanitas que ya, ya... Vamos a ver qué ha habido y a ponernos al día...


Som un milió

«Todos contra el Canon» presentó en el Parlamento un millón de firmas contra la brutalidad de la sopa boba. A estas alturas ya hay más de un millón pero, bueno, en aquel momento eran un millón sesenta y pico mil. Y hubo acojonamiento, claro. Es mucho, un millón de firmas, y es mucho más a un Hexacostés de las elecciones municipales y autonómicas. En consecuencia, el río mediático ha bajado estos días que no hay confederación hidrográfica que lo contenga y hasta algún partido político parece que quiere capitalizar una paupérrima medallita de latón que se colgó desde el burladero -y con el toro bien atado por una casi unanimidad- cuando la cosa anduvo por el Parlamento. Tiene guasa la cosa. Aún ayer leía por ahí que es curioso cómo están los partidos divididos a matar en temas tan extremadamente graves como el terrorismo, la política exterior o la intervención militar española en zonas de conflicto, pero en cuanto el Teddy Bautista toca el pito, firmes, ar, y a votar como un sólo hombre, salvo uno o dos senadores que ejercen de cara a la galería alguna restricción mental y piden que, bueno, que la puntita nada más, que diría Pérez-Reverte. Menudo enjuague.

La pelota está en el tejado de Clos y de Dixie quienes escenifican una opereta de desacuerdo más falsa que un billete de tres euros porque cuando entre dos miembros de un Gobierno se da un desacuerdo en algo concreto, hay un sujeto llamado Presidente que cobra, entre otras cosas, por dirimir la cuestión. Pero lo del canon no es, como suele decirse en estos casos, una patata caliente sino un brindis entre un frasco de vitriolo y otro de nitroglicerina y todo el mundo quiere estar lejos por si alguno de los frascos se rompe, que se romperá.

El increíble ejercicio de cara dura llevado a cabo por ambos ministros -tras cuyas faldas se enconden los demás, con el Presidente no al frente sino detrás de todos- saltándose la Ley de forma flagrante e inexcusable para retardar la cuestión hasta después de las elecciones, hay que verlo para creerlo. Pero no es sólo lo que vemos ahora, el simple marear la perdiz hasta que pase la vigente convocatoria electoral: es que hay quien dice que podrían estar esperando hasta finales de julio para endiñar la puñalada trapera en pleno éxodo vacacional, ya se sabe, ojos que no ven, gabardina que te roban. No habría nada nuevo bajo el sol: recordemos que, en el verano de 2003, la ahora tan llorona ASIMELEC y la $GAE nos endiñaron su navajazo a veintitantísimos de julio.

Lo que me pregunto es: si con la legislatura caducando ya a menos de un año, las encuestas le pronosticaran al sociatismo un buen momento electoral en octubre, pongamos por caso, y se adelantaran las elecciones a ese mes (casi no sería ni adelanto)... ¿habría de esperar la decisión sobre el canon al gobierno surgido de las nuevas elecciones? ¿Pasarían Clos y Dixie los frascos mortales -y el marrón subsiguiente- a sus sucesores? ¿La decisión final habría de esperar hasta Navidad o quizá hasta Carnaval? ¿Hasta qué punto pueden, unos y otros, pasarse la ley por el forro de los etcéteras?

Esto del canon es una cuestión gravísima. Gravísima per se, pero gravísima -quizá aún más- por todo lo que encierra: ¿qué es lo que ocurre entre bambalinas para que un Gobierno (y toooooda la oposición), en vez de enviar a hacer puñetas a un pequeño hatajo bien alimentado de vagos, haga oídos sordos al más que evidente clamor de la prácticamente entera ciudadanía y se la juegue -porque se la juega, no hay más que ver la que están montando para soslayarla- contra viento y marea?

¿Qué tipo de poder fáctico constituyen realmente la $GAE y el resto de la cuadrilla? ¿Qué más cosas controlan? ¿Qué otros centros de decisión dominan? ¿Cómo y por qué?

Es muy, muy, grave.


El otro canon: los puntos del carnet

Parecía, parecía que sí, que iba a funcionar. Este pasado verano, todos los coches íbamos por autopista con el automático puesto en 130 km/h, velocidad casi límite (132) de teórica activación de radares punitivos. Alguno, así, aislado, quizá se atrevía a ponerse a 140 o 145, desesperado ante el síndrome -peligrosísimo, por lo demás- del "vuelo en formación" que provoca el circular en pelotón y a distancias milimétricamente invariables; total, hasta 152 km/h no hay peligro de perder puntos y el riesgo se llama "100 euros de multa". Una putada, pero soportable.

En lo positivo del asunto, la gracia que me hacía circular por el carril de la izquierda y tener detrás al cagabidets de un «Audi» tranquilo como un corderito y sin echar faros ni nada (nunca he entendido qué tienen los «Audi» o qué tipo de clientela es la suya: «Mercedes» y «BMW» se comportan -en general- civilmente, mientras que los fantasmones de los cuatro aros funcionan -también en general- como unos marranos de autopista, averigua la razón de tan rara como cierta asociación gilip..., digo, hombre-marca).

Pero la alegría no iba a durar mucho. En un par de viajes realizados este otoño e invierno, ya pude ver que la sobrancia nacional había perdido el miedo y, circulando yo a 130, más de una vez iba lento incluso para el carril central de un trazado de tres por sentido de marcha, mientras que por el de la izquierda los cazabombarderos de cuatro ruedas pasaban sin dar casi tiempo a verles el color.

Normal: pasado el pánico del primer momento, el mercado paralegal (Internet) se ha llenado de dispositivos anti-radar y de inhibidores de láser que, aún sin ser al 100 por 100 eficaces estos últimos, reducen las posibilidades de ser pillado a un segmento tan bajo que raya lo despreciable. Y, por supuesto, el crackeo legal del asunto: el bote común familiar de puntos (incluyendo el carnet del abuelo, que hace diez años que no coge un volante) y, para los sobrados de cartera y sin abuelos, el recurso de negarse a declarar quién conducía el coche disparado, lo que conlleva un multazo de 2.000 euros (me parece que son 2.000) pero no la pérdida de puntos.

Todas estas medidas han dejado reducido a escombros -y ojo, que era previsible- el enorme dispendio sociata, barretínico y txapélico en arsenal electrónico represivo.

Y números cantan: en la segunda ocasión en un año de operación salida-retorno, el número de muertos en carretera -a las ocho y veinte de la tarde del día 9, en que escribo esto- ya supera en dos o tres a los de la misma ocasión del año anterior en que, recordemos, no estaba vigente el carnet por puntos.

Gran fracaso, pues, del sistema, cosa que no sorprende del analfabetismo político de sus promotores, y quizá éxito de recaudación en multas, pero al que habría que restarle el coste en "guerra electrónica" de toda la chatarra inservible que montan en sus coches los incontables cuerpos de poli de este país.

Victoria -en su caso y es dudoso- pírrica.


La Semana [antes] Santa y la ciudad esta

Si no es para salir de la ciudad, casi nunca salgo de casa los días festivos. La posibilidad de encontrarse con cualquier tipo de show hortera preparado por el alcalde de turno es deprimentemente alta y en casa, con la tele apagada o el mando a distancia presto al zapping a la menor agresión propagandística de origen político, uno está a su aire cómodamente.

La Semana Santa era una excepción a esta regla. Era la única época en que esta desgraciada cábila era soportable y podía disfrutarse a un nivel de ejercicio ciudadano. Las manadas de ociosos compulsivos se largaban con viento fresco a dar por el culo a pacíficos habitantes de la costa o de la montaña que no les habían causado daño alguno (los de la hostelería y buena parte del comercio de zonas turísticas no son "pacíficos habitantes de la costa o de la montaña" sino, en general, personal de importación nacional o internacional) y en la ciudad quedábamos cuatro y el cabo con toda la urbe a nuestra tranquila, silenciosa, relajada y pacífica disposición.

Pero esto se acabó. No tuvimos la suerte de que un buen accidente de automóvil convirtiera en material de casquería al hijo de la gran puta que, viendo Barcelona un Viernes Santo, dijo: «hay oro en esa tranquilidad». Y, desde hace unos cinco o siete años, nuestra exportación de botarates se tornó trueque con la importación de guiris de vuelos de tienda de todo a cien y de cruceros de churrasco nórdico.

Cada día me carga más el turismo, por activa y por pasiva.

Por activa me apetece cada día menos, empezando por que odio -con odio africano, profundo, visceral- las terminales de los grandes aeropuertos (si es que se pueden llamar "grandes" esas porquerías infectas de Madrid y Barcelona con sus "T" correspondientes incluidas); y tampoco, una vez embarcado, el avión es lo que era antes: parece un vulgar autocar de línea (incómodo, sucio, estrecho y maloliente) con la particularidad de que se levanta del suelo. La carretera es de asco desde que los botarates la han tomado con la velocidad, así por las buenas, y los viajes se hacen eternos, inacabables y encabronantes. Ni siquiera el aire acondicionado ni los asientos regulables por doce mil puntos impiden que termines el puto viaje dolorido, doblado como un cuatro, con la piel grasienta, sucio y de mala leche. Y de las tripulaciones de barco me fío menos que de un nublado en la montaña a finales de agosto, jo, valiente gremio (como cuentan los periódicos una semana sí y las cuarenta siguientes también). Sólo el tren permanece más o menos con su viejo encanto: en él, la mugre, el calor sofocante o el frío irritante, el empleado impertinente, el compañero de viaje marrano, forman parte de su tradición y de su color más ancestral, pero no es una propuesta cómoda para una salida familiar.

El turismo que recibimos, sin embargo, está consiguiendo lo que no han podido lograr los islamistas y sus tías con trapo en la azotea: que me vaya volviendo xenófobo a más no poder. Xenófobo de verdad, no en el sentido que le dan al término los meavallas del buen rollito. El individuo extranjero es para mí, y cada día en mayor medida, un rompehuevos que me está jodiendo en mi propia casa, que abarrota mis paseos, que me impide el acceso tranquilo a mis mercados, que no me deja disfrutar de mis momumentos, de mi arquitectura, de mi paisaje urbano (afortunadamente, aún puedo disfrutar de mis museos, siempre que no estén de moda: esa porquería nórdica es funcionalmente tan analfabeta como la porquería local que les mandamos allá, pero los museos no lo son todo). Un rompehuevos que me encarece los precios, que maltrata mis parterres, que vomita y se mea a la puerta de mi casa. Unos pocos -poquísimos- hacen su agosto con los putos guiris y, al igual que la ETA, socializan el sufrimiento: ellos se forran y los ciudadanos somos quienes aguantamos su mugre asquerosa. Los hosteleros nos roban; nos roban, porque las instalaciones -y la cerveza de meadillos que sirven- serán suyas, pero la ciudad, el país, es mío, son nuestros. Y nos lo han quitado con la complicidad de un alcalde nefasto al que, si no hay remedio -y no lo habrá-, le sucederá un heredero que irá por las mismas.

Hace ya seis o siete semanas santas que no salgo de casa. ¿Para qué?


Y mañana -hoy, para el lector-, la rentrée de este trimestre. Ya hemos cargado las pilas, que dicen (aunque no sé muy bien quién las descarga ni en qué, pero en fin...) y ya estamos prestos para el combate. Tanto, que mañana las agencias de viajes estarán abarrotadas de gente reservando billetes y hoteles para el puente de 1 de mayo. Pero los que nos quedemos aquí no debemos preocuparnos (bueno, yo no voy a preocuparme de ninguna manera): el ilustrísimo heredero y poncio de esta lamentable ciudad nos tendrá preparada alguna calzoncillada que sumar a los ríos de guiris cocidos que nos llenarán la ciudad de mierda.

Es lo que tiene lo del panem et circenses: cuando no es una, te endiñan -a la trágala- otra.

Sic transit gloria mundi