miércoles, 17 de mayo de 2006

Dicotomía y esquizofrenia

De la serie: «Correo ordinario»

El software libre ha llegado a su adolescencia. Y, como todo adolescente, se enfrenta a su crecimiento y a su paulatina transformación en adulto con confusión, con granitos y con periódicas crisis de autoestima.

Me preocupa. Me preocupa, sobre todo, por aquello de morir de éxito. Porque hay peligro de muerte. Después de todo, la adolescencia contrapone una salud de hierro y una fuerza de caballo con el riesgo nada académico de descerebrarse cabalgando en una moto o de aplastarse yendo en coche con dos copitas o con dos pastillitas o con dos [presuntos] cojoncitos de más.

El software libre aún depende muchísimo de la comunidad que lo ha puesto en órbita; y pese a la velocidad tremenda a la que evolucionan las tecnologías, así seguirá siendo aún durante bastante tiempo. Hoy, y dentro de un año, y muy probablemente todavía dentro de cinco, si la comunidad se derrumba el software libre desaparecerá.

Y la comunidad empieza a dividirse. No pretendo ser catastrofista, al contrario: si esta división deriva hacia una especialización, hacia la diversidad de ramas de un mismo tronco que saben mantener su vinculación a ese tronco, es decir, que mantienen perfectamente vigente y prioritaria su pertenencia a un mismo árbol que florece para todos y que da frutos para todos (aunque unos se coman esos frutos frescos y otros hagan mermelada con ellos), esa dicotomía llevaría a una mayor eficiencia y, por tanto, a más y mejores resultados. Pero si, por el contrario, la ramificación supone enfrentamiento, el árbol morirá.

Ahora mismo, en el ámbito filosófico, finalista o como se quiera llamar, percibo dos claras corrientes: una, la originaria, la de los primitivos pioneros (aunque no todos los que lo fueron estén ya integrados en ella y, a su vez lo estén muchos recién llegados), la de los activistas, para los cuales el software libre no es un mero instrumento sino una lucha, una forma de entender la vida misma aplicada a la informática o, si no se quiere ser tan ampuloso, una forma de entender la informática misma; para otros, su especial morfología productiva -aunque cuente, por supuesto, con el fenómeno comunitario como un factor esencial- lo ha convertido en un producto de gran calidad perfectamente competitivo en el mercado industrial y comercial. Y así, mientras unos, encabezados por el mismísimo Richard Stallman, predican el software libre como una buena nueva quasi evangélica que ha venido a liberarnos (cosa que, bien entendida, no deja de ser cierta), otros -sin una clara cabeza visible todavía, aunque con apoyos fácticos tan sustanciales como IBM, entre otros- venden eficiencia empresarial y productividad en las cámaras de comercio y en las organizaciones patronales, con grandes éxitos, por cierto.

Esto supone el uso de discursos distintos; radicalmente distintos, porque van -al menos aparentemente- desde posiciones próximas al altermundismo o, cuando menos, simpatizantes con él, hasta posturas rayanas en el más radical liberalismo económico. Es la ventaja y el inconveniente del software libre: es un valor universal tan apto y tan práctico que sirve igualmente a explotadores y a explotados y que, por ello, también los contraría a todos por cuanto sirve con igual eficacia al adversario.

Tenemos que evitar a toda costa que eso cause una fractura a la comunidad. Cada cual tiene sus ideas y cada cual tiene su concepción del mundo; en todas ellas cabe el software libre y, por tanto, a lo que debe dedicarse cada cual es a expandirlo en su ámbito de acción, de actividad o de preferencia y, evidentemente, utilizando el lenguaje y la argumentación adecuados a cada entorno, pero siempre sin dejar de lado que, al final de la jornada, hay que volver a casa, al igual que en una familia, las diferentes ocupaciones profesionales no obstaculizan (o se supone que no debieran hacerlo) el proyecto común.

Todavía podría hablarse de una tercera corriente -con la que yo me considero, quizá, más identificado- pero que no tiene personalidad propia sino que es una corriente que amalgama a las otras dos (compatible dialécticamente con ambas, además) aplicable a los únicos ámbitos en que esta amalgama es posible: el mundo de las administraciones públicas, de los sindicatos, de la educación o de las ONG, en el que conceptos como independencia y libertad no están reñidas -al contrario, deben complementarse- con los de eficacia, seguridad y ahorro económico.

Hay otras facetas en la que esta división también se manifiesta y de las que cabe decir lo mismo que la anterior: bien entendidas y gestionadas suponen un mayor impulso o, por la via del enfrentamiento, la ruina, y es la rivalidad (¿necesaria?) entre escritorios GNU/Linux. He visto ya en varios foros cómo cada vez se enconan más (llegándose muchas veces a las manos, en el sentido digital -pero no mejor- de la palabra) los partidarios de KDE y los de Gnome y todavía no he llegado a leer (pero al paso que vamos todo se andará) la frase temible: «Antes Window$ que [el escritorio rival]».

A esta otra división sí que es difícil encontrarle ventajas, sobre todo porque va contra natura. En un entorno que valora la libertad antes que otra cosa y que ha llegado a lo que cabe denominar redondamente triunfo la pretensión de un escritorio único (por más que se diga -que es dudoso- que un único escritorio favorecería la expansión doméstica y oficinista de GNU/Linux) o la censura a quienes utilizan uno u otro, o la calificación despectiva de unos hacia otros, es absurda y catastrófica. Los posicionamientos de Stallman y de Torvalds en favor de uno en concreto no sólo no ayuda sino que puede malograr muchísimos de sus propios esfuerzos.

Han cambiado muchas cosas desde que los linuxeros éramos una especie de secta de iluminados marginales que propugnábamos una alternativa al producto del Gran Dios Moloch y que, encima, osábamos decir que era mejor y más limpia (en muchos sentidos, lo de limpia). Muchos países pobres ven ya claramente cómo el software libre es una oportunidad real de desarrollo tecnológico y lo van adoptando contra las presiones y los sobornos del monopolio; en los países ricos, el mundo de la empresa ve en el software libre una oportunidad de mayor competitividad, en un momento en que arañar un milímetro en eficiencia productiva es esencial. El futuro, pues, se adivina, racionalmente, optimista porque el avance inaudito de la tecnología abre aún más el abanico de posibilidades: nuevos aparatos, nuevos estándares que nacerán ya pensando en la compatibilidad total, en la compatibilidad con todo, nuevos actores en los mercados para los que el uso de una tecnología u otra va a depender del resultado de cálculos muy complejos y no de cantos de sirena de comerciantes o de activistas.

En cierto modo, hemos ganado, hemos alcanzado en la realidad palpable unos objetivos con los que hace no tantos años apenas nos atrevíamos a soñar y cuya consecución parecía más una cuestión de fe que de realismo. Llegados a este punto, nosotros, como comunidad, necesitamos una reconversión, una reflexión, una especie de refundación y un nuevo planteamiento de objetivos, y todo ello teniendo en cuenta la nueva realidad.

No vayamos a ser los propios padres los que matemos al muchacho.

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