jueves, 31 de agosto de 2006

Ensalada de verano

De la serie: «Los jueves, paella»

Último jueves y último día de agosto, 31, felicidades a todos los Ramones y Ramonas, y empezamos esta paella que certifica el fin de las vacaciones, del verano laboral, y que inicia la temporada de arroz incordiante 2006-2007.

Allá voy.
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Nuevamente epidemia mediática, esta vez de malos tratos a mujeres, eso que llaman estúpidamente violencia de género (o de número o de caso). Así, por las buenas: todo es un problema de violencia con más o menos apellidos, como una pelea de taberna o como un atentado terrorista, qué más da, todo es violencia lo mismo. Lo políticamente correcto llega a convertir en estupidez extrema la cosa más seria cuando la envuelve con el asqueroso manto de ese lenguaje cursi (gramaticalmente incorrecto, además) constitutivo de un inmenso y sistemático eufemismo.

Nunca sabemos nada de las causas de fondo del asunto. Puede ser -en la inmensa mayoría de los casos se trata de familias desestructuradas previamente- una normativa de divorcio con más de un cuarto de siglo de indecorosa antigüedad que, siendo justa en aquel entonces y acorde con la realidad del momento, es hoy una barbaridad sostenida únicamente por la berrea incansable de un autodenominado -y falso- feminismo palurdo y, según sospecho, de un lobby abogadil que no le anda lejos; o podría ser -injusticia esencial aparte- que por más normativa de divorcio que haya, ésta es una institución sólo para ricos: hay que subir a rentas muy altas para que un divorcio, una simple separación, no suponga el traspaso por los dos cónyuges de la línea de la pobreza, da igual quien tenga que pagar o quién tenga que cobrar pensiones, porque con dos sueldos normales no hay quien sostenga dos casas cuando apenas se puede con una; también podría ser -además de lo anterior- que un porcentaje importante de los casos estuviera protagonizado por inmigrantes, pero insinuar tal cosa entra aún más de lleno en el orbe de lo políticamente incorrecto, pese a la evidencia del salvaje comportamiento de los hombres islámicos con la mujer en general y pese a la evidencia de la rudeza extrema de la relación hombre-mujer (en perjuicio de ésta, claro) en subculturas muy primarias como las de algunos países iberoamericanos. También resulta curioso que las ablaciones de clítoris (una plaga de la que no nos libramos, debe ser porque está toda la policía persiguiendo pederastas por Internet) no sean incluidas en las estadísticas de violencia de género. ¿Es que no constituyen, acaso, una agresión por razón de sexo, el femenino en este caso? Pero, claro, como se trata de una violencia directa y exclusivamente atribuible a población inmigrante, meditar sobre estas problemáticas en su correcto contexto debe ser algo así, como racista, facha, xenófobo o nazi y seguro que hasta engorda o tiene colesterol.

Total, que con esto pasa como con Internet: de pronto hay epidemias y nos da la impresión de que todo el país se levanta en bytes contra los menores o en armas contra las mujeres.

Y lo único que pasa es que es agosto, que los ánimos se encienden más fácilmente con el calor (esto parece que está demostrado), que en los meses de verano no se generan noticias serias (o sea, políticas) y que los gilipollas mediáticos titulares están de vacaciones, con lo que sus lugares están ocupados por gilipollas suplentes de menor cuantía locos por demostrar al mundo que, en materia de imbecilidad, a ellos no les gana nadie y pueden ser perfectamente titulares (lo que algunos, a la larga, logran).

De cualquier cosa son capaces menos de coger el problema por los cuernos y estudiarlo a fondo sin cogérsela con papel de fumar.
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Este verano he hecho muchísima carretera, al menos para lo que acostumbro. El campamento de las niñas, que ha quedado mucho más lejos de lo habitual (en el límite mismo de la imposibilidad de ir a verlas en un simple fin de semana) y una Guipúzcoa que se caracteriza por una infinidad de pequeños pero interesantes lugares que conocer en breves visitas trazadas en circuitos por carretera, me han llevado a patearme cinco mil kilómetros en apenas un mes.

O sea que he comido mier... digo, carnet por puntos, a base de bien.

Bueno, en realidad el problema no está en el carnet por puntos. Eso es un método como cualquier otro, tan crackeable como cualquier otro: basta con tener mucha pasta y pagarle 300 euros por punto al listo que se va a hacer pasar por el infractor, o con pagarle las renovaciones de carnet de conducir al abuelo o, más simplemente, efectuarse compensaciones mutuas entre cónyuges o entre padres e hijos, beneficiando al que tenga el saldo más ajustado. Sin problemas para casi nadie: pagarán el pato, como siempre, los menos favorecidos por la fortuna, los que no dispongan de cincuenta mil de las viejas por punto para comprar, los hogares donde sólo haya un carnet de conducir y aquellos en los que el abuelo ya no pase la revisión médica ni siquiera con el cachondeo de sistema vigente establecido a beneficio de unos amiguetes concesionarios de las revisiones médicas; o sea, prácticamente los inmigrantes, el colectivo que cumple en mayor medida estas condiciones. Y si los picos o los tíos estos vestidos de requeté que van por el País Vasco o los barretineros de Tura quieren evitarlo, tendrán que cumplir la ley (y no torcerla a su antojo) y parar e identificar in situ al infractor, en vez de fotografiar en masa interpretando fraudulentamente la facultad que les confiere la normativa de soslayar la detención del vehículo cuando con ello pudiera ponerse en peligro la seguridad del tráfico.

El fastidio, la mierda, más que en el carnet por puntos reside en la estupidez infinita de las limitaciones de velocidad. Primero, en sí mismas. 120 km/h de velocidad máxima en una autopista es una canallada: incluso metiéndole el 10 por 100 de margen de que se dispone sin que salte el fotomatón del radar (recientemente rebajado: antes era del 15%); Francia, otro país que bien baila, limita su velocidad a 140 km/h que, con el margen del 10 por 100, lleva la cosa a unos razonables y amplios 150 km/h. Lo de las autovías es sangrante: 100 km/h en multitud de tramos. De las carreteras ni hablo, aunque estas sí que son de veras peligrosas teniendo en cuenta las negligencias constantes en materia de conservación y de señalización por parte de las administraciones públicas [in]competentes.

Y es que el problema no está solo en que las limitaciones de velocidad sean estúpidamente cortas, ni asimismo estúpidamente distribuidas, ni en que las cifras de mortalidad en tráfico estén estadística y groseramente trampeadas, como ya demostraron sobradamente Josu Mezo y Wonka a resultas de un artículo de «El Incordio» tras el ridículo de la Semana Santa pasada. El problema es que combinando todos los factores se logra un explosivo que habrá causado no pocos muertos, cuya composición es: en primer lugar, la excesiva atención al velocímetro, en detrimento de la atención a la carretera y al tráfico, en aquellos automóviles -la mayoría aún- que no tienen dispositivo de fijación automática de la velocidad; en segundo lugar, los apelotonamientos de vehículos en vías rápidas, todos clavaditos a 130 km/h (en autopista) circulando como bandadas de pájaros o como aviones en formación (pero los conductores no son pilotos de combate) intentando apurar patéticamente ese kilómetro por hora de más de seguridad sin radar para ver de adelantar a ese pesado que se mantiene a nuestra misma altura y no se mueve de ahí (eso ha sido una constante, en mi percepción, este verano; y la tercera, la mala leche -poco amiga de una conducción eficaz- que nos entra a todos los conductores cuando, sin ton ni son, nos encontramos limitaciones de velocidad absurdas en tramos en los que el trazado y el piso no justifican ese descenso respecto de la velocidad por omisión que la normativa permite en ese tipo de vía. En resumen, multitud de conductores en un estado de cagamento constante en quien todos sabemos.

Aparte de eso, el florecimiento estúpido de un negocio estúpido que vive de los estúpidos, como esos detectores de radar legales que, en realidad, no son tales detectores, sino simples visualizadores de una información que es pública, la ubicación de los radares fijos, combinados con un GPS para que el sistema nos diga que estamos cerca de uno. Entre otros defectos que no me voy a cansar enumerando, tiene el de que el aparatito -además de intrínsecamente impreciso- puede ser cegado por los de Tráfico el simple día que el director general esté de mal humor por un divieso en el culo y haga suprimir la información o, aún mejor, que la falsee para pillar in fraganti a unos cuantos detentadores de detectores; y entonces, comprador atontado, ve a reclamarle al maestro armero. ¿Comprendes por qué esos artilugios de ingeniería subnormal son legales?

Y espera a que empiece la temporada discotequera de verdad, en pleno invierno, y entonces a ver si hay cojones, con todo el carnet por puntos que se quiera, de comparar las cifras de mortalidad juvenil en carretera los fines de semana de antes con las de después. Por lo demás, las propias cifras oficiales -suponiéndolas ciertas... que vete a saber- tampoco están siendo tan espectaculares.

Como tampoco, a fuerza de habitual, es tan espectacular el puteo sistemático al ciudadano.
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Nos acostábamos anteanoche con una noticia medio buena y medio mala como era la salida de Clos del Ayuntamiento de Barcelona para irse de titular al Ministerio de Industria. De la parte mala, según me temo, habremos de hablar largo y tendido en los próximos meses.

Vamos a la buena. Como decía yo anteayer, nos lo hemos (vaya, nos lo han) quitado de encima. Ocho o nueve larguísimos e inacabables años aguantando a este hombre nefasto para Barcelona a la perfecta altura de Porcioles (no sé si un milímetro más o un milímetro menos, pero por ahí). Y, vaya, hombre, es ahora cuando empiezan a salir plumitas entonando la canción de sus cagadas que sólo unos pocos -poquísimos y de a pie- habíamos osado escribir antes. Y aún así, sus cagadas no salen completas.

Veamos: sus dos fracasos, según la papelería de las últimas veinticuatro horas, han sido el Fòrum (Fòrrum, para los enemigos) y el agujero del Carmel y su catastrófica gestión política (¿y qué cabía esperar?) en la que hasta hubo incluso conatos de censura, como el famoso apagón informativo. Bueno, lo del Carmel, como catástrofe material y política es tan evidente que no ha necesitado nunca comentario alguno: el que ose decir que aquello pudo ser un éxito político de Clos está para que lo encierren, pero en un manicomio y con la camisa de fuerza bien ajustada. Lo del Fòrum tiene más mandanga. La palabra fracaso en ese ámbito nunca había sido pronunciada -en papeles de envergadura- hasta ayer. Lo sabíamos todos los ciudadanos, hasta el más lerdo; y nadie se tragó aquellas cuentas del Gran Capitán en las que resultaba que hasta se había ganado dinero, cuando todos sabemos que nuestros hijos, ahora menores, serán padres a su vez y aún seguirán pagando la deuda de ese monumento inane a la megalomanía de un alcalde desencadenado al que nadie se atrevió a poner tasa ni freno. Pero, hasta ayer, el tema se soslayaba.

Es grave. Es grave pero no es lo único. Ni lo peor. Lo peor es la pérdida tremenda de calidad de vida que hemos experimentado los barceloneses adicionalmente. Digo adicionalmente porque hay que sumarla al recorte en parecido sentido que hemos sufrido todos los españoles. Nuestros transportes públicos van como una mierda; las calles están sucias y descuidadas; las normas contra el incivismo (en mis tiempos se llamaba, redondamente, gamberrismo) sólo han servido para perseguir casi sanguinariamente a colectivos marginales que causaban un daño -cuando lo causaban- relativamente menor; se ha expulsado de la ciudad -encarecimiento brutal de la vivienda, falta de oportunidades...- a nuestros jóvenes, pero no a los jovencitos-jovencitos (a esos también les llegará el turno) sino a las parejas jóvenes que empiezan su vida y que con su exilio han privado a la ciudad -sin culpa alguna por parte de ellos, claro- de miles de barcelonesitos que hubieran impedido o paliado el envejecimiento brutal de nuestra población local, aunque también es verdad que esto está en vías de solución: los chacales inmobiliarios amigos de Clos se están encargando de los ancianos más indefensos de los barrios tradicionales; nuestra antes simpática y servicial Guàrdia Urbana se ha convertido en un vulgar cuerpo represivo sin otro valor añadido o, en otros sericios, en una cuadrilla de inoperantes, no tanto, imagino, por sus individuos, sino por las escasez de los mismos causada por los recortes presupuestarios a que ha obligado la megalomanía alcáldica; hablando de servicios, ha privatizado no sé cuantos y, como subsiguiente consecuencia, su calidad se ha desplomado; y, en fin, como ya se ha dicho muchas veces, ha convertido la ciudad en un parque temático a beneficio de los guiris de los cruceros y, muy sobre todo, de la peña hostelera del señor Gaspart que, en conjunto, ha amasado con Clos mayores fortunas que con las propias olimpiadas.

Esta es, en muy pocas palabras (porque hay que ver lo que me dejo), la perla que va a asir el timón de la industria española: un especialista en convertir a los trabajadores industriales en camareros.

Que no nos pase nada. No como internautas: como españoles necesitados de una industria potente y pujante.
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Bien, pues hasta aquí hemos llegado hoy, y no me parece poco para empezar. Me parece que en esta temporada que iniciamos habrá una buena cosecha de paellas interesantes: elecciones autonómicas en Catalunya a mediados de otoño, municipales y varias autonómicas en la primavera y... bueno, parecería que nada más, pero, aunque no es necesariamente probable tampoco es imposible que cerca del verano, a poco más medio año de agotar la legislatura, unos buenos resultados de las encuestas provocaran un pequeño adelanto electoral. O sea que si la clase política ya es asnal en condiciones normales -y más en los últimos tiempos- el espectáculo electoral puede proporcionarnos momentos verdaderamente colosales.

Estaremos atentos. Hasta el próximo jueves, primero que será del mes de septiembre y antepenúltimo del verano.

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