De la serie: «Pequeños bocaditos»
Debo reconocer que, aparte de la gloria mediática, esto de hablar por radio -o por tele, lo mismo da, para el caso- es útil para la reflexión. Cuando voy a un medio, y ya dejando aparte la muy importante cuestión de que no voy casi nunca por mí mismo sino como representante de la AI o de Hispalinux, no puedo caer en las ondas con «El Incordio» en ristre: a las once de la mañana o a las siete de la tarde podría arrasar las meninges de un montón de marujitas y de otros seres bienpensantes. Prudencia, pues...
Ayer, precisamente, en COM Ràdio, emisora en la que estoy interviniendo todos los martes vacacionales en horas de desayuno de perezoso, se suscitó el tema del pobre chino que ha dado con sus huesos en una cárcel que supongo bastante infecta como consecuencia de un soplo de Yahoo. Evidentemente, la tentación de practicar con un micrófono delante mi deporte favorito, esto es, leña a las grandes corporaciones, era enorme, pero pensé que todas las colegialas del país se iban a caer de culo como yo acusara a su amable suministrador de mensajería instantánea (porque M$N no se hubiera librado, por supuestísimo) poco menos que de crímenes contra la Humanidad. Y, después de todo, la cosa no es que tenga atenuantes, en absoluto, pero sí explicaciones. Veamos alguna...
China tiene mil y pico millones de habitantes que crecen, no exageraré diciendo que exponencialmente, pero sí a marchas forzadas (tres hurras por las políticas forzosas de control de la natalidad: so inútiles). Y China es un país en plena y fulgurante eclosión económica. O sea que China es un mercado de tente y no te menees. En materia de tecnología de consumo, ahora mismo mercados importantes sólo hay tres y medio: el norteamericano, el europeo, el nipocoreano y el medio que es el hispanoamericano (ya veremos dentro de unos años, pero hoy por hoy es sólo medio); China sería el cuarto... ordinalmente pero si esto sigue así, va camino de ser el primerísimo.
Estando en estas, es muy difícil pedir a grandes empresas multinacionales que tienen que sostener crecimientos enormes de año en año (o exponerse al derrumbamiento súbito del valor de sus acciones) que soslayen un mercado como el chino. Podrían hacerlo, seguramente, si todas se pusieran de acuerdo pero... ¿es posible este acuerdo? Y, siéndolo... ¿cuánto tardarían en crearse otras empresas que fueran como lobos a cubrir ese agujero? No, no es realista: si hay demanda, tarde o temprano aparecerá la oferta por cualquier costura; si hay un mercado, van todos a por él como leones y punto.
Claro, resulta que este mercado está regulado por una dictadura, por una dictadura que, como todas las demás, no respeta nada y hace lo que le sale de los cataplines amparándose en la muy inteligible, fulminante y generalmente respetadísima ley del pelotón de ejecución. Por tanto, esa dictadura impone unas normas: o las respetas o estás fuera del mercado que controla pistola en mano. Y esas normas no se sujetan a los principios generales del derecho sino a los principios que le salen a cada momento de los cataplines a una gerontocracia anquilosada y dueña de las articulaciones administrativas del Estado, es decir, del poder, de la burocracia. Lo que hoy no esta prohibido, mañana lo está por los cataplines mencionados; lo que mañana no está limitado, lo estará la semana que viene por el mismo procedimiento.
Y las empresas -Google, Micro$oft, Yahoo...- achantan la mui. No es que las justifique, en absoluto: los derechos humanos no entienden de bolsa y, por tanto, el Tribunal penal internacional debería pedir responsabilidades a los ejecutivos de estas empresas por complicidad en crímenes contra la Humanidad (cosa que no sucederá nunca, aunque debiera: pero ya sabemos cómo funciona el mundo). Sin embargo, con todas las responsabilidades que se quieran por parte de las empresas, lo que no debemos olvidar es que el verdadero criminal, el verdadero genocida, no es otro que el gobierno chino, o el régimen chino, como se prefiera, porque llega un momento en que nunca se sabe cuál es causa y cuál es efecto. Las empresas, en un entorno, digamos, democrático, cometen un sinfín de cabronadas y, desde luego, no tienen escrúpulos, pero saben muy bien dónde está el límite: en su cliente, en la gallina de los huevos de oro. Lo demostró Google cuando, en los Estados Unidos, se enfrentó al poder en defensa no de la vida ni de la libertad (en el sentido material) de sus clientes, sino de su simple intimidad.
Es lo mínimo que puede esperarse, aunque sepamos de una serie de empresas que creen que van a sobrevivir machacando, agrediendo y jodiendo a sus clientes.
Pero esa es otra canción (sin canon).
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