De la serie: «Pequeños bocaditos»
Se nos fue Oriana Fallaci. Mujer controvertida, la han calificado en la mayoría de los papeles escribidores más bien tirando a capones que no se han atrevido a criticarla, acoquinados ante su calidad literaria y su enormidad periodística, y que tampoco han osado quitarse el sombrero ante el valor físico y moral de una mujer que siempre llamó al pan, pan y al bastardo, hijo de puta, pasándose por el arco del triunfo la gilipollez políticamente correcta. Los pobres enanos moral y mentalmente castrados la llevaron incluso a los tribunales por «La rabia y el orgullo», su último y furioso canto de verdades del barquero; por cierto, no sé cómo terminó, ni si hubo sentencia ni en qué sentido. Bah, no me interesa en lo mínimo, como muy probablemente le importara a ella un rábano.
Me alegra que muriera en Florencia, la ciudad que siempre amó, la flor más perfumada del Renacimiento, un marco digno y perfecto para una dama como ella. Me apena, en cambio, leer que, por disposición suya, sus exequias se han realizado en una más que estricta intimidad. Parece que apenas asistió una docena de personas.
Es una pena que no podamos despedir a nuestros grandes hombres y mujeres como se merecen. Parece que ahora está de moda disponer para uno mismo unas honras fúnebres en la intimidad. Me imagino el por qué, naturalmente: la gente grande no quiere que los enanos rodeen sus restos en la última ceremonia; a los grandes de verdad, les pone enfermos -igual que nos pasa a los pequeñitos- la perspectiva de los políticos haciendo el figurón a su costa, de imaginarse el propio cadáver rodeado de gente tan baja, tan vil, tan poca cosa moral. ¡Qué asco, por Dios!
Ya en otro orden de cosas, recuerdo como, tras ganar el año pasado el campeonato del mundo de Fórmula 1, Fernando Alonso quiso hacer otro tanto, no celebrar su éxito con un gran acontecimiento, adivinando la ingente cantidad de capullos que se apuntarían prestos a la foto. Al dejarlos con el culo al aire, le dejaron un balcón, así por las buenas, para que él solo se lo montara con la chusma. Naturalmente, la ceremonia quedó desangelada, por más que la plaza estuviera llena de asturianos entusiastas. Si no estamos nosotros, búscate la vida.
Qué triste.
No podemos celebrar nada, ni vidas ni muertes, ante la perspectiva de que un intento de celebración digna y multitudinaria nos obligue a pasar por la náusea de tener que aguantar a esos indeseables que, encima, impúdicos, no vacilan en colocarse desvergonzadamente en primera fila.
Tengo en casa algunos libros de Oriana Fallaci. Uno de ellos, mi favorito, quizá, es «Entrevista con la Historia». Literariamente no es, seguramente, el mejor. Mi predilección es personal: recuerdo a todos y cada uno de los personajes entrevistados y las circunstancias que protagonizaron y que les hizo acreedores a la atención de la Fallaci. En ese mismo libro, en notas en papel o escritas a lápiz en sus propias páginas he ido anotando cómo han acabado -en su caso- estos personajes y qué peripecias posteriores a la entrevista vivieron. Resulta muy curioso contrastar lo que dijeron aquel día con la historia posterior. Pero hay algo intocable en ese libro: es la Oriana Fallaci que se proyecta -con toda su rabia y con todo su orgullo, mira por dónde- sobre cada uno de los personajes a los que entrevista; para concluir que, en realidad, esa entrevista con la Historia es, casi mejor, una entrevista que la Historia le hace a ella.
Adiós, Oriana. Te echaré de menos. Mucho.
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