De la serie: «Pequeños bocaditos»
Cuando toca, toca, y hay que poner el cuello para que te mastiquen la yugular: dije que estaba todo el pescado vendido y que habría sociovergència votásemos lo que votásemos el 1 de noviembre -incluso le tenía preparado un apelativo singular: sociosinvergüència- y, mira, no, no ha sido así; aunque no me lo acabaré de creer del todo hasta que vea la votación de investidura (de estos me lo creo todo, incluso que a estas alturas de la película estén aún escenificando una comedia), lo cierto es que parece cantada, bailada y sin vuelta atrás la reedición del tripartit, al que ahora lo van a llamar entesa (que suena mejor, como la entente cordiale aquella) y lo van a apellidar de progrés, que siempre queda muy fino y muy guay. Luego ya veremos en qué queda tanta progresía y tanta cagarela pero, en fin, lo que hay es lo que hay.
O sea que la he cagado, lo reconozco humildemente y entono el mea culpa, el caga culpa y todas las marranadas que quepan imaginarse con la culpa dichosa. Como profeta soy una escoria, ya lo sé, y me flagelaré cuarenta días y cuarenta noches con el látigo del remordimiento.
En lo que demuestro -con perdón por la inmodestia- una cierta honradez intelectual que parece que no es, precisamente, general. Ayer, en varios medios de comunicación y muy concretamente en un programa de debate del canal 33 (el segundo canal autonómico de Cataluña), una colección de listillos invitados afirmaban impúdicamente, así, en plan sobrado, que ellos ya sabían que la cosa iba a acabar en tripartit. Nada más estúpido que un periodista presuntuoso haciendo de profeta a toro pasado, incapaz de arriesgarse cuando toca; o sea, nada más estúpido que el ochenta por ciento de los periodistas. Lo cierto (y el que lo niegue o miente como un bellaco o es idiota del todo) es que la dichosa sociovergència era algo que se daba por hecho en todos los estamentos de la sociología catalana; con mayor o menor prudencia pública que yo, pero hecho como dos y dos son cuatro.
Contra toda lógica, eso sí. Yo ya dije -y conste que no fui ni el único ni el primero- que la sociovergència supondría la incineración del PSC, que no levantaría cabeza en Cataluña hasta Largo Caballero sabe cuándo. Pero los indicios eran concluyentes: primero, la tremenda foto de Mas y Zap con motivo del cierre -catastrófico- de esa mierda de Estatut; segundo, esa manía ciega de Zap de quitarse de encima todo contrapoder, toda posibilidad de contrapoder e, incluso, toda apariencia de contrapoder en el seno de su glóbulo central del PSOE; y tercero, ese estado de permanente negligencia de la cúpula sociata hispánica que les lleva, en no ver más allá de sus narices y de mañana por la tarde -como mucho-, a una conducta errática y absurda; sólo tales lerdos pueden ignorar que el advenimiento y la permanencia del socialismo [que le dicen] en la Moncloa descansa sobre tres imprescindibles patas: el PSA (Andalucía), el PSC (Cataluña) y la FSM (Madrid); si se rompe una de esas patas, el taburete sociata se va a tomar viento. Pues bien, Zap I el Anodino y toda su cohorte de botarates, estaban dispuestos a cargarse una de esas patas solamente para amarrar el patético año y ni siquiera medio que les queda en el Gobierno, ignorando que si CiU se pone farruca en el Congreso, siempre se puede disolver y convocar elecciones anticipadas, que la perrera no es ahora mismo enemiga suficiente.
Pese a todo, hay sectores del merlucismo, perdón, del aparato central, que se rebotan contra el tripartit bis, temiendo -no sin su razón- las meadas fuera de tiesto de Carod. Parece que el tripartit o entesa o como cojones le vayan a llamar, es obra del empecinamiento personal de Montilla, un hombre del que siempre se ha dicho que no ha nacido para número 2 y que o manda donde está o no está. De acuerdo con esta más que verosímil habladuría, Montilla no estaría dispuesto a incinerarse con el PSC y, simplemente, se habría meado sobre Zap y su corte de pisacharcos.
Si no se rompe nada, pues, va a darse una circunstancia curiosa y quizá de cierta relevancia histórica, circunstancia que tiene dos vertientes: la primera, que va a asumir la presidencia de la Generalitat un señor no nacido en Cataluña, originario de Córdoba, y que no era precisamente un bebé cuando llegó acá; vamos a tener en la Presidencia de la Generalitat a un señor que cumplió a la perfección con la imagen tópica -y cierta un decenio antes de Montilla- del inmigrante de aquella época: americana de los domingos, pantalones raídos, alpargatas, boina y maleta de cartón, plantado en el vestíbulo de la estación de Francia, mirando asombrado y estupefacto a su alrededor como si hubiera llegado a otro mundo. La segunda, que ese advenimiento del inmigrante a la cúpula del poder en la tierra de acogida se produce con el apoyo del ultranacionalismo, es decir, de los que niegan toda y cualquier relación entre la tierra de acogida y la tierra de procedencia. Algo había de tener de bueno el invento: a ver quién es ahora el guapo que dice que los catalanes discriminamos a los xarnegos (dicho sea sin perjuicio de que haya un reducido número de hijitos de la gran puta a quienes sienta como un tiro el preciso y único hecho de que Montilla sea un catalán de adopción y no de raza autóctona).
Veremos qué pasa con este tripartit y a ver si es verdad tanta entesa y no hay sarao a media legislatura. Conviene no olvidar, no obstante, que en el mejor de los casos estamos solamente ante un mal menor: si la clase política no se corrige (muy seria y radicalmente) y empieza a apostar firmemente por el ciudadano, en realidad no se habrá ganado nada y seguiremos con el trasero bien lubricado.
Y ya verás como esto es lo que va a ser.
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