Mañana, 24 de noviembre, se procederá en Barcelona al encendido de la iluminación navideña. Lo cual quiere decir que, cuando llegue la Navidad de verdad, los barceloneses estaremos hasta las pelotas de la Navidad dichosa. Al menos, de la navidad urbana. Eso si no lo estamos antes, porque estas iluminaciones municipales, tan ecológicas y tan sostenibles, son absolutamente mortecinas y deprimentes y parecen querer inducir al suicidio en vez de a la alegría. Si, además, sumamos a ello que, para que no se ofenda no sé quién a quien no quiero nombrar para que no me llamen islamófobo, existe una clara tendencia a suprimir de esos adornos toda significación de su origen cristiano, resulta claro y notorio que no exagero cuando llamo a esas conmemoraciones las Fiestas de la Visa.
Ya hace años que se viene notando una anticipación cada vez mayor en la colgadura de las guirnaldas presuntamente luminosas. Primero pensé que como el Ayuntamiento se dedicaba a recortar personal a saco, los tres o cuatro operarios que quedaban disponibles para esa función debían ponerse a trabajar ya hacia el Pilar si lo querían tener todo listo para Santa Lucía, que es cuando tradicionalmente empieza el festejo navideño (eclesiásticamente, mira por dónde, empieza algo antes: el primer domingo de Adviento va a ser, si no me equivoco, el 3 de diciembre). Pero luego ya vi enseguida que era otra cosa. Hace ya algunas semanas, y pese a mis esfuerzos por evitarlo, tuve que ir a uno de esos espantosos megacentros comerciales de los que hay no sé cuántos en Barcelona y ya estaban dispuestas -aunque sin encender, menos mal- las iluminaciones. Aún debían quedar en mis intestinos restos de panellets y de castañas.
¿Es que se vende más si se anticipa la Navidad? No me sorprendería. Recordemos que en los almacenes monopolísticos españoles (no es extraño que sean tan culo y mierda con Micro$oft) ya es primavera en febrero. Una compañera de trabajo, psicóloga ella, me comentaba que sí, que se vendía más por no sé qué coñas marineras subliminales. Y yo, que todavía considero buena parte de la psicología como una pseudociencia (rollo magufo, ya me entendéis) y que en esta vida sólo tengo claras tres o cuatro cosas pero, eso sí, de esas tres o cuatro no hay quien me baje, le contesté que en este asunto no hay psicología que valga, que la cosa es puramente psiquiátrica, patológica, porque el que un tío se ponga a comprar como un loco solamente porque le enciendan las lucecitas es una meridiana manifestación de idiocia químicamente pura. Eso sólo se puede curar con pastillas o con electroshocks, que no me joroben...
También en estos últimos días se viene leyendo en la prensa una cifra terrorífica cuyo espanto se incrementa cada año, en paralelo a su montante: los catalanes nos gastaremos una media de novecientos y pico euros por barba en las fiestas de Navidad. Y yo, que miro a mi familia, veo que no nos privamos de nada, nos hacemos nuestros regalitos por Reyes y tal, que ya notamos muchos años que gastamos demasiado por gastar y que nos sentimos frecuentemente mi mujer y yo próximos a la impudicia, y que no llegamos entre los cuatro a sumar esa cifra (en estrictos gastos navideños, claro), pienso en quién será el cabrón que se cepilla los 2.700 euros de nuestro excedente de promedio y el excedente de la poca gente que, pudiendo, no quiere hacer ese gasto y el de la muchísima que ya le gustaría estar en disposición de poderlo hacer.
Lo divertido -si así cabe decirlo- es que el paisanaje musulmán -la religión no cristiana más abundante por estos pagos- anda en las mismas cuando le toca. Se ve que las cenas que se arrea el colectivo durante el Ramadán rozan lo pantagruélico y muchos de sus imanes han criticado ya con reiteración lo que consideran -en su medida, a su modo y con razón- un exceso. El consumo engancha, está claro, y no hay Cristo ni Mahoma que valgan: lejos de ser el remedio, no son -en una incongruencia acojonante por parte de sus supuestos seguidores- sino el pretexto.
Y, como colofón, otra noticia relacionada con el exceso y precisamente en tiempos de queja, dolor y rasgamiento de vestiduras por el encarecimiento de la vivienda y de las hipotecas: la industria del ocio (agencias de viajes, hoteles y demás) ya ha colgado el cartel de «No hay billetes» (o como quiera que lo expresen) para el puente de la Constitución o de la Purísima, llámalo como quieras.
Una sociedad que funciona así no puede acabar bien.
Siempre recomiendo la lectura del artículo semanal de Arturo Pérez-Reverte, pero sugiero calurosamente el de esta semana; quizá mi calor en la sugerencia proceda de que yo tuve hace algún tiempo en la Catedral de Barcelona una experiencia calcada a la que él relata y, como a él, me hirvieron las transaminasas en salsa de vitriolo. Eso sí: yo fui bastante menos educado que él, quizá porque quien me reconvino a mí era un interesado y no un mandado.
La apropiación del conocimiento -descarada, repulsiva, alevosa- ya no es cosa de altos mercachifles de la cultura sino que desciende a los estratos más bajos y rastreros de la miseria y tenemos un ejemplo claro en el mundo de los guías.
No tengo nada contra los guías. En absoluto. Cuando voy por esos mundos, siempre intento hacerme con los servicios de uno: casi siempre me compensan y algunas veces me entusiasman. Dos ejemplos de esto último: la muchachita -licenciada en Bellas Artes, claro, no era académicamente hablando una cualquiera- que nos guió en la visita a la Catedral de Vitoria este verano y la dama -cuya cualificación académica no llegué a conocer pero que indudablemente tenía, porque hay cosas que se notan- que nos acompañó en una serie de visitas por las diferentes iglesias románicas del Valle de Arán hace tres veranos. Creo que serán dos visitas -conjunto de visitas, mejor dicho, en el último caso- que no olvidaremos en la vida, porque un guía, y sobre todo un buen guía, representa un valor añadido enorme a la contemplación de un monumento. Si encima, como es el caso del Valle de Arán, algún aspecto de la visita le pilla a uno documentado y puede mantener un debate con una guía como aquella, la satisfacción es enorme y se vuelve al hotel como loco por ponerse a escribir las impresiones de esas visitas, no sea que quede algún detalle suelto que llegue a borrarse de la memoria.
Incluso cuando el guía es medianejo, el simple transcurso de los años desempeñando su oficio hace que él mismo cada día descubra cosas y que te las haga ver en una visita de una hora. La erudición de la que él carece siempre puede compensarse -más o menos: nunca completamente- con la ayuda de los folletos o de algún libro que, antes o después, se haya podido leer sobre el monumento en cuestió o sobre los hechos históricos con los que estuvo relacionado. Pero también en este caso es siempre mejor la visita guiada que por libre. En todo caso, la visita por libre puede hacerse -cuando es posible, que no siempre lo es- después de la guiada.
Lo insufrible es el corporativismo que en un momento dado puede desplegar esa gente (y sobre todo, los del sector mediocre, precisamente) que llega a la exageración. Toda profesión se duele, lógicamente, del intrusismo; algunas, las de titulación universitaria o las colegiadas, están protegidas incluso por vía penal; otras, no tienen tanta suerte y hacen lo que pueden. Y en todas ellas es comprensible el celo por evitar que venga alguien a hacerles la competencia sin una garantía de capacitación mínima, no solamente por esa competencia en sí sino porque esa falta de capacitación desprestigia al colectivo y devalúa a los buenos profesionales. Pero lanzarse a la yugular de cualquiera al que ven dándole explicaciones a un tercero, sin encomendarse a Dios ni al diablo, sobrepasa todo raciocinio; ver intrusismo en la guía amigable -y, obviamente, sin la menor pretensión lucrativa ni la menor intención profesional- que se le hace a un familiar o a un allegado, es en todo igual que la estúpida pretensión de que bajarse una canción de las redes P2P es quitarles la comida de la boca a los hijos del artista. En el caso de Pérez-Reverte fueron unos amigos en El Escorial; en el mío fueron también unos amigos aragoneses en la Catedral de Barcelona. En el de Pérez-Reverte, un guarda jurado que -por lo que parece- tampoco estaba muy seguro de sus competencias en la materia; en el mío fue un imbécil -una imbécil, para ser más preciso- con interés directo que fue enviada, entre otros improperios, a tomar por donde Olano y desafiada a que llamara a los GEOs.
Hasta ahí podíamos llegar, no te jode...
Me llega esto desde un colectivo pro vivienda digna.

Ello no obstante, me parece que eso es pecar de optimismo. A la imposibilidad de tener donde sentarnos vivos, está la dificultad de tener donde caernos muertos. Consúltense precios -mayormente compuestos por tasas públicas, dicho sea de paso- tanto de entierros convencionales como de incineración y se verá cómo el sarcasmo puede llegar a quedar desactivado por la dura realidad.
De todos modos, viendo -al primer párrafo me remito- lo sobrados que vamos, me pregunto hasta qué punto está realmente tan grave la cosa, porque incluso a estos precios, los pisos se siguen vendiendo, con lo fácil que es no comprar. Es la actitud por omisión y hace que bajen los precios que se las pelan.
¿Véis como lo que decía de la idiocia no es gratuito?
Hasta aquí llegaron las aguas hoy. Próximo jueves, 30 de noviembre, último día del mes. Entraremos ya en el último mes del año y entonaremos la canción de siempre, que no por más repetida es menos cierta: ya nos hemos cargado otro año casi sin darnos cuenta y, al final, uno dice con Mafalda: «A ver cómo es eso: ¿uno lleva su vida adelante o es la vida la que se lo lleva por delante a uno?».
Os dejo con este angustioso sino mientras preparo temas para que «El Incordio» incremente vuestra angustia y vuestro cabreo en los días que median entre esta paella y la próxima.
Los precios de la vivenda suben pero me gustaría saber cuáles de estos nuevos "propietarios" están financiando su compra con hipotecas a cuarenta o cincuenta años (que haberlas ya haylas).
ResponderEliminarAunque no va a ser mi caso, la gente se gastará la pastísima el próximo puente y en Navidad. También me gustaría saber la proporción de estos "consumidores" que financiarán sus compras con algún usurero del tipo Credit Services Gromenauer a cuenta de la paga extra o del crédito de la tarjeta.
¿Y todo esto a qué se debe? Pues eso, a que se debe.
Jordi