miércoles, 22 de noviembre de 2006

Linux victoriosus

De la serie «Correo ordinario»

Ando estos días recibiendo palmaditas en la espalda, a cargo de la -aún poca- gente de mi entorno que sabe de la existencia del software libre y de mi activismo en la materia, que me felicita por los últimos éxitos, refiriéndose básicamente a ese misterioso convenio firmado entre Micro$oft y SuSE Novell del que los directivos de SuSE Novell dicen que no es ningún peligro para la comunidad del software libre, pese a que Steve Ballmer ya ha pronunciado amenazas tremendas contra los usuarios Linux no SuSE por utilizar sin permiso propiedad intelectual de Micro$oft. Bueno, ya serán menos lobos, porque los muertos que matan la bocaza inclausurable de Ballmer y sus amenazas apocalípticas al entero mundo gozan de una salud de hierro. Ahora, de eso a llamarlo buena noticia, media una enorme distancia, por más que el admirado Enrique Dans lo salude como un gesto progresista por parte de Micro$oft. Como yo soy de aquellos que timeo Danaos et dona ferentes, aunque la opinión de Enrique y la prohibición de las patentes de software en Europa alivian una parte importante de mis temores, sigo sin tenerlas todas conmigo. Ni mucho menos.

El tal éxito lo es, pues, en todo caso, de visibilidad, que ya es mucho y nada de despreciar, pero que yo valoro en esa escasa medida.

Casi -o sin el casi- doy más importancia a un éxito aparentemente pequeño pero que ha supuesto un enorme alivio en la comunidad libre -sobre todo porque parecía que fuéramos a pinchar ahí- como es el controlador -el driver- para Linux del e-DNI que, hasta hace pocos, muy pocos días, amenazaba con negros nubarrones de tormenta monopolística.

Por otra parte, sin embargo, no pinta la cosa bien en la nueva Ley de e-Administración, en cuyo proyecto el Gobierno no acaba de mojarse ya no por el software libre sino ni siquiera (y eso es muy gordo) por los estándares públicos. Si eso quedara definitivamente así, los ciudadanos podríamos vernos obligados a utilizar Micro$oft necesariamente para interactuar con la administración pública, grave asunto que espero y deseo -y ayudaré entusiásticamente a promover- que acabe yendo a parar al Tribunal Constitucional. Pero me temo que el redactado de la ley va a ser lo suficiente vago y cuco como para que sea difícil subirlo a la más alta instancia judicial del país, de forma que más vale echarse a temblar. Como puede verse, si la boca de Ballmer no da miedo, su talonario, en cambio, es largo, ancho y tremebundo. Y ése seguro que va sobrado y no se anda en minucias de 3 por 100.

En Catalunya, también hemos sufrido otra pequeña derrota, si bien ésta perecerá prácticamente ahogada -menos mal- en la riada del e-DNI: la nueva herramienta de certificación de CatCert es sólo para Window$. Toma pacte del Tinell y agárrate ahora que ni siquiera eso va a haber. Nos esperan tiempos duros en el nordeste, aunque yo hace ya tiempo que he dado a Catalunya por perdida para esta cuestión: estoy convencido de que sólo se salvará, si llega el feliz caso, por la campana del tirón estatal si el software libre y, sobre todo, los estándares libres se van expandiendo por la península. No hace mucho, precisamente, escasos días antes de la campaña electoral, unos pocos intentamos crear una especie o a modo de lobby organizado (evidentemente modesto) del software libre catalán para meterle un poco de presión a la maquinaria pública; tras una discusión sobre los distintos modelos organizativos posibles -que, por cierto, tampoco llevó a una conclusión clara- se llegó a redactar un manifiesto que, sin ser nada del otro jueves, tampoco está mal pero, en definitiva, ni siquiera llegó a ver la luz pública. Tras el frustrado alumbramiento de ese manifiesto y, por ende, de cualquier otra cosa que pudiera nacer tras él, también en ese ámbito abandono personalmente toda esperanza y todo propósito de participar en el futuro en iniciativa alguna. Bah, tampoco se perderá con ello demasiado. Lo verdaderamente grave es que Catalunya parece irremediablemente predestinada a los microproyectos -y no sólo, desgraciadamente, en el ámbito del software libre- y cualquier intento de siquiera pensar en algo un poco grande, se ahoga. Y prefiero creer que se ahoga por ese temor atávico que parecemos tener a los proyectos grandes y por ese claustrómano placer a no salir del patio de casa, por pura agorafobia, no por otras razones... conspiranoicas. ¿O no tan conspiranoicas?

Afortunadamente, este conjunto de victorias y derrotas son visicitudes propias y comunes de las guerras. Lo verdaderamente importante es que la batalla global del software libre se va ganando: vamos avanzando, a pequeños y contados pasitos, pero avanzando. Una cosita aquí y otra allí, y al cabo de la semana, del mes o del año, el saldo es favorable y los es desde hace ya mucho tiempo: al contrario de lo que se sucede en el ámbito de la propiedad intelectual -entendida en su globalidad- el software libre ha ganado ya la batalla mediática y van siendo muchas las personas que -sin demasiada noción real y en profundidad sobre el asunto, también es verdad- se entregan a una especie de institnto que les hace vibrar positivamente ante el SL.

Pero -como en tantos otros ámbitos paralelos- la guerra dista mucho de estar ganada y hay que librarla incluso en lo individual. Comprar un ordenador sin Window$ a la trágala es aún materia dificilísima en los lugares en que no es redondamente imposible; como practicamente imposible es también conseguir que ese Window$ conste separadamente en la factura de compra del ordenador, y si lo primero es una práctica mafiosa, lo segundo es un redondo fraude al consumidor (pero llama a la Guàrdia Urbana y diles que estás en el Corte Inglés y que se niegan a facturarte una mercancía que has comprado, que ya vienen corriendo...). Sigue siendo peligrosísimo comprar maquinaria o componentes sin antes comprobar escrupulosamente su compatibilidad con Linux. Sigue habiendo páginas web y aplicaciones públicas incompatibles con todo lo que no sea Micro$oft. En fin, sigue habiendo demasiadas dificultades, muchas de ellas si no materialmente insalvables sí incomodísimas para el usuario medio que busca usabilidad y tira por la única calle de enmedio posible. Mientras, los poderes públicos, esa pandilla de inútiles y frecuentemente venales mendas llamados políticos, se llenan la boca con supuestas libertades de mercado -en aras a las cuales hay que sacrificar incluso derechos ancestrales de los trabajadores- que parece que no rezan para el agasajado, venerado, celebrado y premiado hombre del monopolio.

A las palmaditas en la espalda se les agradece la buena voluntad, aunque venga informada por una ignorancia más bien supina. Pero aún así, pese a la forzada sonrisa de complicidad con la que se agradece -hay que joderse- la vacua felicitación bienintencionada, la cosa hace muy poca gracia.

Y como digo siempre: hay que seguir luchando.

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