Hombre, parece que el apaleamiento de un profesor -aludía yo a esa brutalidad en la paella del pasado jueves- por fin parece haber despertado la conciencia de que hay ahí un problema serio. Algo es algo.
Ahora, el ejercicio de imaginación gubernamental: escribiremos unas cosicas en el Código penal para que atizarle al maestro puñalada constituya un delito de atentado contra un funcionario público.
Al pronto, se me ocurren dos cosas: la primera, qué especie de proceso mental se ilumina en las berzotas gubernamentales del que resulta que los profesores de centros públicos son ahora funcionarios... como si no lo fueran antes; y la segunda, qué pasa con los profesores de los centros privados que, concertados en su inmensa mayoría, no tienen otras armas de defensa contra los bestiajos que las que hasta ahora tiene la enseñanza pública. Tampoco, por cierto, se les ocurre, a las supinas inteligencias gubernamentales, investigar un poco qué sucede en la escuela privada porque, si bien es cierto que la incidencia del problema es menor, habiendo empresa privada y trabajo precario de por medio no me extrañaría que hubiese ahí problemas que las empresas obligaran a ocultar por razones de propia imagen y que hubiese trabajadores tragando mucha quina y muchas hostias porque del contrato les depende la hipoteca.
De todas formas, so negados, una figura delictiva va tener poca eficacia para arreglar ya no sólo el problema como fenómeno extendido sino incluso la mayoría de casos particulares porque se da la circunstancia de que la práctica totalidad de estos casos los protagonizan menores de edad. Además, la mayoría de los educadores de este país son, gracias a Dios y a pesar del Gobierno, unos profesionales como la copa de un pino (no como algunos del IES «Saramago») y no van a dedicarse a coger a sus alumnos de las orejas y dispararlos de narices ante el Juez.
El problema va más lejos y la solución es más difícil y más de fondo (o sea, justamente lo que odian los políticos). El problema -y no es otro- es el falso y estupido liberalismo buenrollítico que ha dado en la impugnación per se de todo principio de autoridad. Han aterrorizado a toda una sociedad con el estigma de facha y aquí no hay Dios padre que se atreva a dar una orden o a imponer un castigo, temeroso de ser ahorcado tras un proceso tipo Nühremberg; la relativización de los valores, cuando no la redonda falta de éstos, ha conducido a que la noción de lo bueno y de lo malo haya desaparecido por completo: miles de perfectos gilipollas se han dedicado, en los últimos treinta años, a propugnar -y a imponer mediante presión social y mediática- que todo es relativo, que no hay un solo concepto absoluto en la ética humana. A esos imbéciles metería yo en la cárcel a que hicieran compañía a los canallas que quemaron viva a la mendiga, porque -siéndolo, desde luego- no fueron éstos, en absoluto, los únicos culpables.
Ahora, hecho el mal y con una juventud totalmente carente de referencias, ponte a llenar, so botarate, aún más páginas de Código penal.
De verdad que no puedo con ellos, oye...
Yo acabaré cerrando la tele hasta para ver las noticias a la hora de cenar. Porque ayer, no sé qué telediario -creo que fue el de TV3, pero no estoy muy seguro- me sacó en primer plano a unos cuantos facinerosos, especuladores inmobiliarios, of course, diciendo con aquella alegría, con aquella campechanía, olé tus cojones, que como aquí ya se había acabado el carbón pues que, nada, que se iban a otra parte, a joder la marrana a los polacos y a los ucranianos, que no sé qué mal nos habrán hecho para que les mandemos a esos bandidos.
Evidentemente, se me atragantó la cena. Hay cosas con las que no puedo, aparte de los políticos. Llevo tres o cuatro días aguantando tripartit a pie firme y los bramidos de Mas sin pestañear. Pero esa piara del ladrillo ya es demasiado para el estómago.
Tierra quemada, no tiene otro nombre la cosa. Ya han hecho sus negociazos, ya han levantado toda la pasta -la grande: aún habrá pequeñas hienas miserables royendo las migajas, que ya parece que van siendo pocas- y ahora se largan y los que vengan detrás que arreen. Ya lo dijo Solchaga, de funesta memoria: en este país, cualquiera puede hacerse rico (siempre que no tenga ni escrúpulos ni vergüenza, claro está).
¿Y qué queda detrás? Varios ejemplares. A algunos, les está bien empleado. En otros casos, es un verdadero drama.
Están los listillos, los analfabetos financieros que lo ven todo claro sin tener ni puta idea y mira, Maruja, que lo hizo el del cuarto segunda y menudo pelotazo. O sea, compra uno un piso sobre plano que cuesta X, tarda dos años en construirse y en ese ínterin se cotiza con un incremento del 40 por 100 no sobre lo pagado sino sobre lo pactado. Se vende, más que el piso, el derecho (es así incluso en puridad jurídica, aunque en la forma jurídica haya dos compraventas), y levanta uno una buena millonada sin haber pegado clavo. Claro que a los listillos que se han despertado tarde les ha salido el tiro por la culata: el piso no se vende y hay que rebajar; sigue sin venderse y ya pedimos lo mismo que pactamos pagar; todavía sigue sin venderse y rebajamos un poquito más, a ver si salvamos, al menos, la mitad de la paga y señal (las arras); finalmente, no queda más narices que conformarse y dejar correr la cantidad dejada en arras.
Bueno, mira, pues estos que se jodan, ya ves... No son tan repugnantes como los grandes buitres, son solamente unos pringados de la especulación, pero son tan despreciables como el navajero en comparación con el asaltante de lanza térmica contra cajas blindadas.
Están los del fallo de cálculo: compramos este piso tan chulo, vendemos el que tenemos ahora y con lo que nos den por él liquidamos su hipoteca y nos queda para una entrada bien guapa del nuevo de forma que la hipoteca resultante será un pelín más alta que la anterior, pero soportable; y no veas qué diferencia de piso. Luego resulta que han llegado ya tarde a la maniobra y que el piso viejo no se vende ni tan deprisa ni tan caro como lo esperado y menudo marrón tenemos encima.
A estos se les puede compadecer. Es verdad que, de alguna manera, han realizado un movimiento especulativo, pero carente, en todo caso, del factor de sinvergüencería de mercadillo de objetos robados que caracteriza a los del primer ejemplo. No han levantado un céntimo de la nada: todo lo que tienen -y todo lo que pierden- ha sido fruto de su trabajo, de su honrada y social propiedad.
Están los pardillos. Han comprado a precios inauditos, estarán pagando hipoteca hasta que se jubilen [sus hijos] y el veinte o el treinta por ciento de esa hipoteca será un gracioso regalo que le habrán hecho más o menos a medias al especulador que les vendió y al banco o caixa que les financió.
A estos hay que compadecerlos. Pero también habría que recordarles lo que tantas veces digo: si todo el mundo, en vez de ir de sobrado, hubiera retrasado un año, un simple año, sus proyectos y en ese año no se hubiera vendido ni un puto piso, ellos no tendrían ese problema y algún que otro hijo de la gran puta hubiera salido escaldado en su inversión fraudulenta. Por lo menos socialmente fraudulenta, lo que para mí es suficiente y sobrante. Conozco gente que no ha ido de sobrada y ahora no tiene piso, pero tampoco otro problema que esa carencia. Acabará -dentro de unos meses- teniendo piso y no tantos problemas.
Los buitres celebran una apestosa traca final -antes de irse al este a dar por culo a los ex-soviéticos- en el Barcelona Meeting Point. Hay varios actos previstos para esta semana, a fin de decirles lo que millones de ciudadanos pensamos de ellos. Y de su madre.
Habrá información en esta misma bitácora.
Pillo en Noticiasdot.com un curioso artículo que describe cómo los ciudadanos belgas utilizan la cámara fotográfica del teléfono móvil para poner en evidencia -y probar- las infracciones y desafueros de los propios policías. Útil dedicación. Ya que se utiliza a la policía para perseguir al ciudadano común mientras los trapaceros campan a sus anchas, es bueno echarles a los de la gorra un poco de estrés y de su propia medicina. Alguna vez lo he hecho yo en «El Incordio» y a eso han respondido algunas breves entradas de la serie «Administración en marcha». Dudo que sirva para nada, no obstante, y a la autoridad le servirá de perfecta excusa la carencia de fotografías. Y es que hasta hace poco no tenía móvil con cámara y ahora que lo tengo... ejem, me da un repelus. Veréis, nuestra poli no es exactamente como la belga. Bueno, sí, quizá lo sean -y no las tengo todas- los mossos. Pero tengo pocas dudas de lo que le puede pasar a mi teléfono si me da por fotografiar a un guardia urbano en acción y el de la gorra me detecta en plena faena; por no hablar de las no pocas posibilidades que tengo de verme afrontando la acusación de desacato que con tanta fruición prodigan los muchachotes de ese municipal cuerpo. Es un deporte al que se entregan con entusiasmo: tú les llevas la contraria, les rechistas o, simplemente, los fotografías haciendo una trapazada, y te puedes ver esposado en una comisaría con un buen marrón encima. Conocía a agentes del Cuerpo de Policía Nacional que me contaban que, para ellos, esa práctica de la Guardia Urbana ya era folklore; no sé si ahora los mossos tendrán esa percepción; imagino que también.
Los taxistas y los urbanos son gente de poca broma. Uno discute con un taxista -discrepa, por ejemplo, de una aplicación tarifaria- y se asombra viendo como el taxista gesticula y vocifera sin que, aparentemente, haya para tanto. Cuando el protestón pasajero sale de su asombro, se da cuenta de que está materialmente rodeado de taxistas con cara de pocos amigos que se han detenido a ver qué le pasa al colega. Por eso, cuando uno no está de acuerdo con el comportamiento de un taxista, lo mejor que puede hacerlo es llevarlo disimulín disimulando a la puerta de una comisaría (de mossos, mejor) y allí sí, allí protestar enérgicamente y que se paren todos los taxistas que quieran, que estás a salvo de que te muelan las costillas defendiendo a su pobre compañerete de la incalificable agresión.
Pura superviverncia urbana.
Y hasta aquí llegaron las aguas en este jueves novembrino. El próximo será 16 y presumiblemente tan anodino como este. Sigue haciendo calor en esta jodida lavandería mediterránea para gozo de los mosquitos tigre y desesperación de los vendedores de prendas de abrigo, que a este paso van a tener que regalarlo todo en las rebajas. Eso sí: ya hace una semana que han colgado esas deprimentes luminarias navideñas que, so pretexto de ahorrar energía, nos endilgó Clos. Para cuando lleguen la fiestas ya estaremos hartos de ellas.
Que os sea leve a todos.
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