De la serie: «Correo ordinario»
Interesante artículo de «Psicofonías» sobre los blogs (vía Ignacio Escolar) con el que estoy de acuerdo en su mayor parte, aunque no en toda. Pero, como siempre que leo cosas de este estilo, estar de acuerdo o no es lo menos importante: el verdadero valor de estos artículos es que mueven a la reflexión y al autoanálisis.
La última vez que supe de una cifra concreta y razonablemente fiable, establecía el volumen de la blogosfera en unos setenta millones de páginas. Cabe aceptarlo como un dato geográfico global, sin entrar demasiado a discernir sobre variedades de territorios y climas. Porque el patio es muy variado, no sólo en la temática (yo creo que si hay setenta millones de blogs hay setenta millones de temas porque, aunque algunos parece que incidan en lo mismo, el enfoque es tan distinto que distorsiona la propia similitud del ámbito) sino también en la intencionalidad y la procedencia: hay blogs políticos, blogs de empresa, blogs profesionales... imposible una clasificación exhaustiva.
En mi opinión, el blog es algo particular, algo que procede y se dirige a la esfera de lo privado. Lo demás, de blog tiene la forma, solamente; y no lo digo con ánimo peyorativo, sino simplemente descriptivo. Un blog corporativo (político o de empresa) no es, por definición, un fenómeno de comunicación en red mejor o peor que este mío o el de cualquier otro, pero no es exactamente, en puridad, un blog. Un bitacorista es un señor que, sin ánimo inicial de lucro (otra cosa es que, de modo sobrevenido, pille cacho), se dedica con mayor o menor frecuencia a decirle al mundo sus verdades o sus fantasías o lo que le sale de las narices. La bitácora, en mi humilde opinión, es un fenómeno de puro y entusiástico ejercicio de la libertad de expresión, sin más y sin más aspiración que la de llegar a cuantos más mejor; salvo unos pocos posibles grafómanos, todos escribimos para que se nos lea y el que diga que le da igual tres que trescientos, miente; otra cosa es que, crematísticamente, dé igual, eso sí que lo admito y participo de ese sentimiento, como también es aceptable la aseveración -que hago mía- de que, aún deseando ser leído por cuantos más mejor, el bitacorista no subordine lo que escribe a su posible popularidad: yo, personalmente, para verme obligado a escribir al gusto de quinientos si no quiero ser leído solamente por trescientos, cierro el tinglado y a otra cosa. Dudo que las bitácoras corporativas puedan decir esto (al menos, sinceramente).
La blogosfera es importante, en sí misma y como fenómeno. Es importante en si misma porque constituye una caudalosa corriente de opinión; anárquica, descoordinada, pero que permite pulsar estados de ánimo generales, al menos en red. Puede decirse, por ejemplo, que la blogosfera española es masivamente antiapropiacionista y mayoritariamente antipolítica (que no apolítica, es decir, no rechaza la política sino al político, a esa casta apestosa que nos agobia cada día más). ¿Responde la calle a esos sentimientos? Yo creo que no, respecto del primero, porque ignora esa fenomenología, si bien lo va compartiendo en la muy paulatina y débil medida en que se le va haciendo luz sobre esa problemática; y está claro que sí, respecto del segundo, como las cifras de abstención y hasta las de voto en blanco van demostrando en proporción creciente.
Pero la blogosfera es más importante aún como fenómeno porque, aunque a toro felizmente pasado, ha señalado uno de los más graves defectos de las democracias occidentales y ha contrariado muy severamente, con ello, a los grupos de poder dominantes que fueron los que cultivaron ese defecto mediante el efecto de su propia acción: me refiero a la carencia de verdadera libertad de expresión. No es un argumento nuevo en esta bitácora. He dicho varias veces que antes de la existencia de la red, la libertad de expresión no era más que una burla de todas las constituciones hacia sus propios ciudadanos. Ciertamente, desde esas constituciones, todos hemos podido decir lo que nos ha parecido en el bar, en el trabajo o, a lo sumo, en una manifestación (en la que tenemos que compartir expresiones: la opinión individual, no se percibe); pero si entendemos como libertad de expresión de verdad la que implica la posibilidad real de ser escuchado por todos los ciudadanos, resulta que libertad de expresión sólo la tenían los gobiernos y los grupos mediáticos: los ciudadanos, valor cero.
Entonces llegó la red. La red ya permitía esta posibilidad, pero, en un principio, tampoco estaba realmente abierta a todos: una página web requería (y requiere) una serie de conocimientos que, aunque no son complicados ni de difícil adquisición -incluso de modo autodidacta-, suponían una disuasión, más que un acicate. Algunos valientes se atrevieron, no obstante, pero su número era tan reducido que su peso específico era, por lo general, ínfimo. Desde luego, era inapreciable en tanto que colectivo, en tanto que corriente de opinión.
Hasta que se expandió el concepto de economía de la atención y algunos emprendedores -hoy enriquecidos, y no poco- supieron ver que la relación servicio-cliente era radicalmente distinta de la tradicional, que el usuario no es el cliente sino la materia prima mediante la cual se presta el servicio al cliente que es el que verdaderamente paga. Por lo tanto, el secreto estaba en tener muchos usuarios para que la verdadera mercancía -la atención de los mismos- fuera atractiva para el cliente y pagase por ella. Y así, empezaron a proliferar los servicios gratuitos para quien quisiera usarlos: espacio web, hojas de estilo para páginas (y, combinando ambas cosas, la infraestructura completa para las bitácoras), alojamiento y publicación de fotografías, vídeos, servicio de correo electrónico, de mensajería instantánea... hasta de telefonía (VoIP). Había nacido lo que se ha dado en llamar Web 2.0.
Con toda esa infraestructura ingente, gratuita, de uso amable, se ha producido una eclosión enorme de creación, un big bang intelectual que sorprende menos por su volumen que por la proporción y riqueza de su calidad. Por lo menos me sorprende a mí. He visto en la blogosfera a gente que crea muchísima mayor calidad que mucho petardo que levanta mucha pasta bien integradito en el negocio editorial cuya falsedad y manipulación se presentan ahora evidentes como nunca. Excuso decir el mundo de la música y estamos a las puertas, franqueándolas ya, de producciones cinematográficas basadas en ese mismo régimen de gratuidad activa y pasiva, de divulgación libre, de facilidad de medios y de costes muy bajos.
Aunque suene tópico, aunque parezca una afirmación cursi, estamos ante una verdadera revolución cuyos efectos apenas empiezan a percibirse. Gracias a la Web 2.0 somos un poco más ciudadanos en unas épocas en que ese concepto, la ciudadanía, se estaba devaluando y cediendo ante intereses de grandes corporaciones, ya ni siquiera de grupos políticos. La ciudadanía de los próximos veinte años estará en la red o no será y sólo mediante la red podremos defendernos de la cosificación a la que nos está sometiendo el ultraliberalismo, que nos está considerando como simples animales de granja sin otro derecho que la mera supervivencia, pero sólo en tanto ésta le resulte conveniente al sistema productivo.
La red es el monte al que nos tenemos que echar.
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