De la serie: «Pequeños bocaditos»
Disponía de diez o quince minutos muertos antes de la cena, así que mirando el archivo de notas de cosas pendientes, he buscado alguna tarea que pudiera cumplir en ese tiempo. Había una: mirar elplural.com, un medio digital, claramente incardinado en el ámbito sociata y que pretende ser -de forma casi confesa- la versión psoística de «Libertad Digital». Bueno. Esto me pasa a mí por hacer tonterías e ir a sitios tontos.
La cosa está a cargo de Enric Sopena, una vieja gloria (que, como todas las viejas glorias, tiene más de vieja que de gloria) y nos ofrece el penoso espectáculo de un medio de comunicación que dice que es serio y que no es más que la correa de transmisión de un partido. ¿A quién se creen que engañan? Hombre, sin duda, a su electorado. O al que les quede después de las próximas elecciones.
Desde luego, tiene indudables similitudes con «Libertad Digital»: es sectario, baboso, embustero y manipulador. Le falta, sin embargo, la veteranía del medio losantístico, le falta una sección decente en materia de Internet (cosa realmente difícil para los sociatas, que no parecen muy enterados del asunto este) y le falta, sobre todo, parroquia. La perrera, con todos sus defectos, ha conseguido adaptarse al medio envidiablemente; la blogosfera liberal [que le dicen] es amplia y no está exenta de gente que sabe escribir e incluso de gente con alguna idea que otra entre oreja y oreja (ya siento decirlo, ya, pero, como es sabido, la verdad curte, por más que joda); en el ámbito sociata, ni hay blogosfera, ni escribidores de calidad (había tres o cuatro, pero se los llevó Polanco para dar lustre a sus treinta o cuarenta analfabetos), ni mucho menos ideas entre oreja y oreja (aquellos a quienes quedaba alguna, se dieron de baja al ver el anteproyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual).
Nada. elplural.¡ay! me produce la misma impresión que estos Rolex de oro de 18 kilates a 160 euros que tres veces por día pretenden venderme no sé cuántos spammers.
Enric, ex-muchacho, jubílate ya, anda...
martes, 28 de febrero de 2006
El diezmo [de todo lo] digital
De la serie: «Correo ordinario»
Muy ilustrativo el artículo de Eduardo Pedreño en «Libertad Digital», en el que sostiene la teoría -más que plausible- de la existencia de un plan maestro de la $GAE contra la digitalización o, más propiamente, contra la libertad que supone la digitalización o, aún más claramente, para sacar tajada de la digitalización. Y muy bien recogido el temor, generalizado en la red, de la universalización de los cánones; lo avisamos desde muchos ámbitos: Pedreño lo hizo desde su página hace cuatro años, la Asociación de Internautas e Hispalinux desde hace, aproximadamente el mismo tiempo, y otras entidades y personas individuales llevan también un tiempo más o menos aproximado en lo mismo; justamente desde que trascendió la intención de la $GAE de percibir un canon por los soportes digitales basándose en la interpretación falaz de una ley no casualmente mal hecha que permite la aplicación de cánones sobre soportes idóneos para almacenar contenidos sujetos a derechos de autor, aún cuando esta idoneidad sea casual, marginal o secundaria.
Ya en aquel entonces avisamos todos y por todos los medios a nuestro alcance (la red, pero también medios de comunicación convencionales, en la medida que pudimos acceder a ellos) de que si se toleraba impunemente este canon, al final acabaríamos pagando hasta por silbar en la ducha. Pero la profunda ignorancia digital que afecta a la sociedad (y que detectan hasta profesionales de ámbitos que no se caracterizan, precisamente, por su sabiduría al respecto, como el poder judicial) hizo que la sociedad dirigiera a sus gobernantes esa exigencia de intolerancia al respecto. Como cabía esperar (y como suele ser habitual), la sociedad, la ciudadanía, fue vilmente traicionada por sus políticos y éstos miraron hacia otro lado cuando la $GAE exigió impunemente su comisión en la compra de soportes digitales vírgenes.
La ciudadanía castigó la abominación, pero castigó solamente al débil (que no inocente: solamente, débil), es decir, empezó a comprar material por Internet y en países europeos que no obligan al pago del canon, con lo que las ventas en el sector español (que había firmado con la $GAE los acuerdos para la imposición y gestión del canon en julio del 2003) se derrumbaron en cerca de un 50 por 100. Pero no afectaron apenas a la $GAE, la verdadera artífice del expolio, por más que seguramente debieron rectificar los cálculos de sus espectativas de ingreso en ese ámbito; y no la afectaron porque, como muy bien viene a decir Pedreño, el canon para los soportes digitales no era más que el primer paso, la pica en el Flandes del mundo digital cuyo volumen de negocio hace del canon de los CD el chocolate del loro. Pero ese valor de pica en Flandes fue lo que llevó a la entidad de don Teddy a defenderlo con uñas y dientes: a la luz de ese plan maestro, la guerra del canon no se podía perder y por eso asumieron el derrumbamiento brutal de imagen que el invento del canon sobre los consumibles digitales les supuso. En otras circunstancias, ninguna entidad de ningún tipo hubiera podido resistir ese pasar de ser completamente desconocida por la sociedad a encabezar las listas de Google cuando se efectúan búsquedas de improperios, sarcasmos y otras figuras lexicográficas. Dame pan y dime tonto, suele decirse: la $GAE y su pequeña beautiful dirigente tenía -y, por supuesto, tiene- muchísimo que ganar imponiendo su comisión forzosa en toda clase de digitalización de contenidos y dirigió toda su fuerza (la que Pedreño califica de lobby de lo glamuroso porque, efectivamente, otra no tiene) a presionar a los gobiernos no propiamente afectos y a pasar factura de favores a los gobiernos beneficiarios de la acción propagandística de los más caracterizados activistas del apropiacionismo), eficazmente secundada por otras entidades de gestión de derechos económicos de autor y por la propia industria de contenidos de ocio (la discográfica, sobre todo) que, pese a algunas divergencias puntuales, tiene intereses sustancialmente iguales.
El movimiento anti$GAE (entendido en su más amplia globalidad, no en entidad concreta alguna) o no fue comprendido o no supo comunicar adecuadamente la gravedad del asunto. Si hubiéramos sabido hacerlo o hubieran sabido entendernos, la acción cívica hubiera podido dirigirse directamente hacia el talón de Aquiles del apropiacionismo: los contenidos mismos. En vez de -o además de- comprar el material grabable en el extranjero o en la red, teníamos que haber dejado de adquirir contenidos españoles: ni discos ni vídeos: nada. Incluso deberíamos haber prescindido de contenidos suministrados sin soporte: extender el boicot a los cines y a los conciertos. Repito: de contenidos exclusivamente españoles. Yo propuse, incluso, que ni siquiera se bajaran de las redes P2P, que se practicara un boicot total, incluso a lo gratuito. Y lo sigo proponiendo. La medida, fácil de llevar a cabo (supone poco esfuerzo y poco sufrimiento) no hubiera necesitado prolongarse mucho en el tiempo: el derrumbamiento de las ventas, el pánico de la industria y, sobre todo, el terror de que el boicot se extendiera por todo el mundo y la reacción no menos histérica de los políticos, temerosos de verse envueltos en un mal rollo que fácilmente hubiera podido filtrarse a su propio entorno, hubiera llevado a que la $GAE y su entorno se la envainaran completamente (de grado o por fuerza) y se retiraran a sus cuarteles de invierno, con el rabo entre patas, durante muchos años. Los suficientes para que la realidad hubiera dado completamente la vuelta (entonces sí que tendrías tú razón, Enrique) y ya no les quedara otra salida que la simple y llana desaparición. Pero el ciudadano, inmerso en un hedonismo que parece no tener fondo, en una bien cultivada indiferencia incluso hacia la rapiña más abyecta de sus propios derechos esenciales, se queda tan ancho: poco le importa tener o no unos derechos mientras pueda, de hecho, ejercerlos. Y cuando no pueda, parece pensar, Dios proveerá.
Yo creo que todavía estamos a tiempo. Las pretensiones del apropiacionismo, aunque llevan un buen camino legislativo, no se han convertido en ley todavía. Y aun cuando lo hicieran, las leyes siempre pueden cambiarse, aunque ese ya es un trámite mucho más complicado. Una acción firme, decidida e incisiva por parte del común de los ciudadanos, crearía una nueva realidad en muy pocos días y posiblemente inauguraríamos el encendido de un reguero de pólvora: las posibilidades son tan atractivas que casi parecen un sueño y, sin embargo, es tan sencillo de realizar como la más pequeña apetencia. Es lo que da rabia: uno es consciente de que nadie va a responder a la petición de grandes y tremendos sacrificios, pero parece increíble que la gente no se avenga a soportar durante muy poco tiempo contrariedades de magnitud ridícula a cambio de un resultado bueno, grato y enorme.
Muy mal futuro le espera a una ciudadanía incapaz de algo tan sencillo.
Apostilla: No os perdáis esta entrada del blog de Eduardo Pedreño. Es genial.
Muy ilustrativo el artículo de Eduardo Pedreño en «Libertad Digital», en el que sostiene la teoría -más que plausible- de la existencia de un plan maestro de la $GAE contra la digitalización o, más propiamente, contra la libertad que supone la digitalización o, aún más claramente, para sacar tajada de la digitalización. Y muy bien recogido el temor, generalizado en la red, de la universalización de los cánones; lo avisamos desde muchos ámbitos: Pedreño lo hizo desde su página hace cuatro años, la Asociación de Internautas e Hispalinux desde hace, aproximadamente el mismo tiempo, y otras entidades y personas individuales llevan también un tiempo más o menos aproximado en lo mismo; justamente desde que trascendió la intención de la $GAE de percibir un canon por los soportes digitales basándose en la interpretación falaz de una ley no casualmente mal hecha que permite la aplicación de cánones sobre soportes idóneos para almacenar contenidos sujetos a derechos de autor, aún cuando esta idoneidad sea casual, marginal o secundaria.
Ya en aquel entonces avisamos todos y por todos los medios a nuestro alcance (la red, pero también medios de comunicación convencionales, en la medida que pudimos acceder a ellos) de que si se toleraba impunemente este canon, al final acabaríamos pagando hasta por silbar en la ducha. Pero la profunda ignorancia digital que afecta a la sociedad (y que detectan hasta profesionales de ámbitos que no se caracterizan, precisamente, por su sabiduría al respecto, como el poder judicial) hizo que la sociedad dirigiera a sus gobernantes esa exigencia de intolerancia al respecto. Como cabía esperar (y como suele ser habitual), la sociedad, la ciudadanía, fue vilmente traicionada por sus políticos y éstos miraron hacia otro lado cuando la $GAE exigió impunemente su comisión en la compra de soportes digitales vírgenes.
La ciudadanía castigó la abominación, pero castigó solamente al débil (que no inocente: solamente, débil), es decir, empezó a comprar material por Internet y en países europeos que no obligan al pago del canon, con lo que las ventas en el sector español (que había firmado con la $GAE los acuerdos para la imposición y gestión del canon en julio del 2003) se derrumbaron en cerca de un 50 por 100. Pero no afectaron apenas a la $GAE, la verdadera artífice del expolio, por más que seguramente debieron rectificar los cálculos de sus espectativas de ingreso en ese ámbito; y no la afectaron porque, como muy bien viene a decir Pedreño, el canon para los soportes digitales no era más que el primer paso, la pica en el Flandes del mundo digital cuyo volumen de negocio hace del canon de los CD el chocolate del loro. Pero ese valor de pica en Flandes fue lo que llevó a la entidad de don Teddy a defenderlo con uñas y dientes: a la luz de ese plan maestro, la guerra del canon no se podía perder y por eso asumieron el derrumbamiento brutal de imagen que el invento del canon sobre los consumibles digitales les supuso. En otras circunstancias, ninguna entidad de ningún tipo hubiera podido resistir ese pasar de ser completamente desconocida por la sociedad a encabezar las listas de Google cuando se efectúan búsquedas de improperios, sarcasmos y otras figuras lexicográficas. Dame pan y dime tonto, suele decirse: la $GAE y su pequeña beautiful dirigente tenía -y, por supuesto, tiene- muchísimo que ganar imponiendo su comisión forzosa en toda clase de digitalización de contenidos y dirigió toda su fuerza (la que Pedreño califica de lobby de lo glamuroso porque, efectivamente, otra no tiene) a presionar a los gobiernos no propiamente afectos y a pasar factura de favores a los gobiernos beneficiarios de la acción propagandística de los más caracterizados activistas del apropiacionismo), eficazmente secundada por otras entidades de gestión de derechos económicos de autor y por la propia industria de contenidos de ocio (la discográfica, sobre todo) que, pese a algunas divergencias puntuales, tiene intereses sustancialmente iguales.
El movimiento anti$GAE (entendido en su más amplia globalidad, no en entidad concreta alguna) o no fue comprendido o no supo comunicar adecuadamente la gravedad del asunto. Si hubiéramos sabido hacerlo o hubieran sabido entendernos, la acción cívica hubiera podido dirigirse directamente hacia el talón de Aquiles del apropiacionismo: los contenidos mismos. En vez de -o además de- comprar el material grabable en el extranjero o en la red, teníamos que haber dejado de adquirir contenidos españoles: ni discos ni vídeos: nada. Incluso deberíamos haber prescindido de contenidos suministrados sin soporte: extender el boicot a los cines y a los conciertos. Repito: de contenidos exclusivamente españoles. Yo propuse, incluso, que ni siquiera se bajaran de las redes P2P, que se practicara un boicot total, incluso a lo gratuito. Y lo sigo proponiendo. La medida, fácil de llevar a cabo (supone poco esfuerzo y poco sufrimiento) no hubiera necesitado prolongarse mucho en el tiempo: el derrumbamiento de las ventas, el pánico de la industria y, sobre todo, el terror de que el boicot se extendiera por todo el mundo y la reacción no menos histérica de los políticos, temerosos de verse envueltos en un mal rollo que fácilmente hubiera podido filtrarse a su propio entorno, hubiera llevado a que la $GAE y su entorno se la envainaran completamente (de grado o por fuerza) y se retiraran a sus cuarteles de invierno, con el rabo entre patas, durante muchos años. Los suficientes para que la realidad hubiera dado completamente la vuelta (entonces sí que tendrías tú razón, Enrique) y ya no les quedara otra salida que la simple y llana desaparición. Pero el ciudadano, inmerso en un hedonismo que parece no tener fondo, en una bien cultivada indiferencia incluso hacia la rapiña más abyecta de sus propios derechos esenciales, se queda tan ancho: poco le importa tener o no unos derechos mientras pueda, de hecho, ejercerlos. Y cuando no pueda, parece pensar, Dios proveerá.
Yo creo que todavía estamos a tiempo. Las pretensiones del apropiacionismo, aunque llevan un buen camino legislativo, no se han convertido en ley todavía. Y aun cuando lo hicieran, las leyes siempre pueden cambiarse, aunque ese ya es un trámite mucho más complicado. Una acción firme, decidida e incisiva por parte del común de los ciudadanos, crearía una nueva realidad en muy pocos días y posiblemente inauguraríamos el encendido de un reguero de pólvora: las posibilidades son tan atractivas que casi parecen un sueño y, sin embargo, es tan sencillo de realizar como la más pequeña apetencia. Es lo que da rabia: uno es consciente de que nadie va a responder a la petición de grandes y tremendos sacrificios, pero parece increíble que la gente no se avenga a soportar durante muy poco tiempo contrariedades de magnitud ridícula a cambio de un resultado bueno, grato y enorme.
Muy mal futuro le espera a una ciudadanía incapaz de algo tan sencillo.
Apostilla: No os perdáis esta entrada del blog de Eduardo Pedreño. Es genial.
lunes, 27 de febrero de 2006
Coces
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Media España hierve -y en no pocas ocasiones contra la otra media- a causa de un Estatut, de unas conversaciones con unos terroristas (no entro en si son o no justas o necesarias) o de una OPA contra el amigo del pupitre de turno.
Sin embargo, todos los telediarios de esta noche han abierto con la trascendental noticia de que el mandamás de un gremio de propinadores de puntapiés ha dimitido y parecería que hubiese abdicado el mismísmo Rey (breva, por cierto, que no caerá, claro).
Harto de chorradas y de analfabetismo, cojo el vaso con el culín de tintorro peleón que queda tras la cena y me voy al estudio a ver si me entero por Internet de cómo va, de verdad, el país. Me voy al lector de feeds de Firefox y veo algo en Barrapunto... algo de la FIFA. ¿No será..? No, hombre, será algo que coincidirá en las siglas. ¿Cómo va mi querido Barrapunto a ponerse a la altura de una Fundación Príncipe de Asturias cualquiera? Sin embargo voy allá y, aunque la noticia tiene una cierta relación con el conocimiento, no puedo creerlo: es la FIFA-FIFA, la de los pateadores de bolas. ¡¡En Barrapunto!!
Todo, en conjunto, me recuerda al chiste de mili del sargento chusquero aquel que, en una clase teórica suelta sin despeinarse que el agua hierve a 90º. Un recluta -un tanto imprudente- le corrige y le indica que el agua hierve a 100º. El sargento, adopta un papel de demócrata y buen rollito y en vez de meterle un puro al osado sabihondo, reconoce humildemente su yerro: «Tienes razón, muchacho: el agua no hierve a 90º. El que hierve a 90º es el ángulo recto».
Estamos bajo la férula de gente como el sargento. Termino el vino, subo esta entrada y me voy a dormir.
Y a la mierda con todo.
Media España hierve -y en no pocas ocasiones contra la otra media- a causa de un Estatut, de unas conversaciones con unos terroristas (no entro en si son o no justas o necesarias) o de una OPA contra el amigo del pupitre de turno.
Sin embargo, todos los telediarios de esta noche han abierto con la trascendental noticia de que el mandamás de un gremio de propinadores de puntapiés ha dimitido y parecería que hubiese abdicado el mismísmo Rey (breva, por cierto, que no caerá, claro).
Harto de chorradas y de analfabetismo, cojo el vaso con el culín de tintorro peleón que queda tras la cena y me voy al estudio a ver si me entero por Internet de cómo va, de verdad, el país. Me voy al lector de feeds de Firefox y veo algo en Barrapunto... algo de la FIFA. ¿No será..? No, hombre, será algo que coincidirá en las siglas. ¿Cómo va mi querido Barrapunto a ponerse a la altura de una Fundación Príncipe de Asturias cualquiera? Sin embargo voy allá y, aunque la noticia tiene una cierta relación con el conocimiento, no puedo creerlo: es la FIFA-FIFA, la de los pateadores de bolas. ¡¡En Barrapunto!!
Todo, en conjunto, me recuerda al chiste de mili del sargento chusquero aquel que, en una clase teórica suelta sin despeinarse que el agua hierve a 90º. Un recluta -un tanto imprudente- le corrige y le indica que el agua hierve a 100º. El sargento, adopta un papel de demócrata y buen rollito y en vez de meterle un puro al osado sabihondo, reconoce humildemente su yerro: «Tienes razón, muchacho: el agua no hierve a 90º. El que hierve a 90º es el ángulo recto».
Estamos bajo la férula de gente como el sargento. Termino el vino, subo esta entrada y me voy a dormir.
Y a la mierda con todo.
Don Arturo y sus gazapos
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Genial, como prácticamente siempre, la columna de esta semana de Arturo Pérez-Reverte (la genérica Patente de Corso) titulada «La venganza del Coyote», que describe una de las lacras que escribidores y editores sufrimos a todos los niveles, aunque seamos bitacoristas del tres al cuarto.
Recomiendo muy calurosamente prestar atención al último párrafo, por muchísimas razones. Una, por la casi perfecta descripción del puntilloso puntualizador; otra por el interesante dato de Dizzie Gillespie y su piano (y, por cierto, otro punto más a favor de Pérez-Reverte: le gusta el jazz; claro: ¿cómo podía ser de otra manera?); y una más por la simpática mala leche de tenderle una trampa al lector cazagazapos.
Hombre, esto de la trampa para cazadores me ha gustado. Cualquier día me pongo yo a jugar con mis cinco o seis lectores: a ver quién pilla el gazapo mensual (el gazapo agazapado) o a ver quién pica en el contra-gazapo.
Dejadme que lo piense un poco...
Genial, como prácticamente siempre, la columna de esta semana de Arturo Pérez-Reverte (la genérica Patente de Corso) titulada «La venganza del Coyote», que describe una de las lacras que escribidores y editores sufrimos a todos los niveles, aunque seamos bitacoristas del tres al cuarto.
Recomiendo muy calurosamente prestar atención al último párrafo, por muchísimas razones. Una, por la casi perfecta descripción del puntilloso puntualizador; otra por el interesante dato de Dizzie Gillespie y su piano (y, por cierto, otro punto más a favor de Pérez-Reverte: le gusta el jazz; claro: ¿cómo podía ser de otra manera?); y una más por la simpática mala leche de tenderle una trampa al lector cazagazapos.
Hombre, esto de la trampa para cazadores me ha gustado. Cualquier día me pongo yo a jugar con mis cinco o seis lectores: a ver quién pilla el gazapo mensual (el gazapo agazapado) o a ver quién pica en el contra-gazapo.
Dejadme que lo piense un poco...
Patentes inmateriales
De la serie: «Correo ordinario»
Leía ayer en las noticias de última hora de «El Periódico» (quizá aparezca en la edición de hoy), que un agricultor de la comarca del Baix Empordà le había pegado fuego a su cosecha en protesta por la contaminación transgénica. Bueno, la verdad es que no tengo tiempo, ni ganas (ni, seguramente, procede) de coger el teléfono y preguntarle directamente a nuestro buen pajès, pero me huelo que el asunto de la protesta, por más que diga el medio citado, siendo también cierto es más que probable que sea secundario.
Este hombre tenía un cultivo de maíz ecológico y la agricultura ecológica tiene unos riesgos mucho mayores que la [ahora] convencional. Riesgos materiales, puesto que no usa fertilizantes químicos, ni plaguicidas, ni pesticidas; riesgos financieros porque la comercialización es más difícil: la agricultura ecológica exige un esfuerzo mucho mayor y, por tanto, sus costes son mayores; además, la presencia del producto no es, en general, tan acabada como en la agricultura habitual. Más feo y más caro, aunque más saludable y más exquisito, pero sus canales de venta, aunque han mejorado mucho en los últimos años, quedan constreñidos a un público cada vez más numeroso pero aún -y durante un próximo futuro- minoritario, formado por gente convencida y con un cierto poder adquisitivo, o sea que hablamos de un sector socioeconómico medio o, más bien, medio-alto. La cesta de la compra modesta ni se plantea este producto y los pocos que se lo plantean no pueden acceder a él, al menos habitualmente.
A estos riesgos se añaden otros. Uno de ellos, el que se materializa en este caso: este agricultor ha sido víctima de la agresividad de los cultivos transgénicos, que se expanden con mucha facilidad, son muy invasivos y las fincas tienen que estar muy alejadas unas de otras para evitar esa transgénica infección. Producida la tal infección, todo el trabajo del agricultor ecológico se derrumba como el del viticultor cuando ve su cosecha materialmente aplastada por una granizada. Y esa es una de las razones de la quema: infectado su campo por la porquería trasgénica, a este hombre le resulta imposible vender su producción como ecológica y, por tanto, pierde la concurrencia en el mercado en el que estaba introducido -seguramente después de muchísimo esfuerzo- y sigue sin tener la posibilidad del mercado, digamos, normal, puesto que en él no se valoran las cualidades de su producto y sí se desprecian sus inconvenientes estéticos, sin contar con que al precio que tendría que ofrecer su mercancía para que tuviera alguna posibilidad sería, para él, ruinoso.
Pero hay otro riesgo más que, por supuesto, se disimula: y es que si a este hombre le pillan una plantita de material transgénico en su finca, le pueden demandar por vulneración de una patente; porque casi es innecesario decir que toda esa porquería transgénica está trabada con fuertes patentes. Encima de burro, a palos.
Esto es lo que pasa con la imbecilidad esta de la propiedad intelectual. Como decía Pedro Tur hace cosa de un año, una cosa son los derechos de autor y otra muy distinta pagar por nada, que es, verdaderamente, lo que caracteriza a este sistema nefasto de cánones sobre soportes físicos, tanto en la propiedad intelectual propiamente dicha como en las patentes biológicas, de software o de tantos otros tipos de propiedad inmaterial.
Precisamente leo aquí y aquí algunos comentarios sobre lo que está sucediendo en Norteamérica con las popularísimas Blackberry (aquí son cosa de tres o cuatro: los precios de nuestras telecomunicaciones y las limitaciones al wifi hacen de esos aparatos lujos asiáticos). El problema, está claro, no lo tenemos solamente nosotros, los españoles, y ahí reside la única y escasa esperanza que desmienta lo que yo escribía ayer. Los norteamericanos están experimentando en propia y lacerada carne lo contraproducente que resulta exagerar la protección de la propiedad intelectual y permitir que llegue a extremos absurdos, siendo como es ya en buena parte absurda aún sin llegar a sus extremos posibles. No me sorprendería que el frenazo que conseguimos meterles a las patentes de software en Europa (aunque, ojo, que el tema no está en absoluto cerrado definitivamente) obligara, por vía de competitividad, a una profunda reflexión sobre la materia en los Estados Unidos. Por una vez, cuando Washington ha estornudado, en Europa nos hemos tomado paracetamol y el proceso quizá vaya a ser inverso y al otro lado del charco tengan que hacer lo propio.
En fin, mejor no hacerse ilusiones porque las noticias, en este campo, siempre acaban siendo malas y todas nuestras guerras acaban en derrotas por más que, de cuando en cuando, nos suba la moral ganar pequeñas escaramuzas. El peligro de las patentes de software sigue cerniéndose sobre Europa, hay gente, a la que no vemos, que está trabajando muy duro en la preparación del nuevo ataque que no sabemos cuándo llegará ni de qué forma, pero lo que tengo claro es que en cualquier momento puede volvernos a caer encima: por ejemplo, en una votación sobre los aranceles por exceso de caroteno en la importación de zanahorias de Bielorrusia. No hay que bajar la guardia.
Nuestro mayor enemigo en la guerra de la propiedad intelectual, es la ignorancia de la mayoría y en la pasividad de muchos que forman parte de la minoría no ignorante. No conseguimos que cale la idea de que todo esto no es un problema de derechos del consumidor sino de derechos esenciales del ciudadano y del futuro del desarrollo económico y social del país, no logramos dejar claro que el trabajo de las asociaciones de consumidores, aunque pueda tener coincidencias tangenciales (en materia de cánones sobre soportes digitales, por ejemplo), no tiene nada que ver, ni en sus causas, ni en sus orígenes, ni en sus objetivos, con las campañas que se llevan a cabo desde la Asociación de Internautas, desde Hispalinux, desde Proinnova y, afortunadamente, desde otras varias entidades y grupos.
Es necesario perseverar. Por más crudo que lo tengamos, no debemos dejar de tener en cuenta que la guerra que seguro que no se gana es la que no se libra. Y que nadie se engañe pensando que hablo metafóricamente: esto es una guerra como dos y dos son cuatro. Aunque unos pretenden que sea eso, se equivocan: aquí no estamos ante un debate político entre caballeros (¿caballeros y política? ¡qué raro!) donde impera el fair play y el buen rollo. Esto es una guerra y hay gente que ha pagado muy cara su derrota en ella, ruina personal, familiar o empresarial, cárcel y no sé cuántas calamidades más; por no hablar de lo que estamos perdiendo todos, como sociedad. El enemigo no se anda con remilgos y nosotros debemos hacer lo propio.
No sé si no habrá pasado ya el tiempo para una paz negociada.
Leía ayer en las noticias de última hora de «El Periódico» (quizá aparezca en la edición de hoy), que un agricultor de la comarca del Baix Empordà le había pegado fuego a su cosecha en protesta por la contaminación transgénica. Bueno, la verdad es que no tengo tiempo, ni ganas (ni, seguramente, procede) de coger el teléfono y preguntarle directamente a nuestro buen pajès, pero me huelo que el asunto de la protesta, por más que diga el medio citado, siendo también cierto es más que probable que sea secundario.
Este hombre tenía un cultivo de maíz ecológico y la agricultura ecológica tiene unos riesgos mucho mayores que la [ahora] convencional. Riesgos materiales, puesto que no usa fertilizantes químicos, ni plaguicidas, ni pesticidas; riesgos financieros porque la comercialización es más difícil: la agricultura ecológica exige un esfuerzo mucho mayor y, por tanto, sus costes son mayores; además, la presencia del producto no es, en general, tan acabada como en la agricultura habitual. Más feo y más caro, aunque más saludable y más exquisito, pero sus canales de venta, aunque han mejorado mucho en los últimos años, quedan constreñidos a un público cada vez más numeroso pero aún -y durante un próximo futuro- minoritario, formado por gente convencida y con un cierto poder adquisitivo, o sea que hablamos de un sector socioeconómico medio o, más bien, medio-alto. La cesta de la compra modesta ni se plantea este producto y los pocos que se lo plantean no pueden acceder a él, al menos habitualmente.
A estos riesgos se añaden otros. Uno de ellos, el que se materializa en este caso: este agricultor ha sido víctima de la agresividad de los cultivos transgénicos, que se expanden con mucha facilidad, son muy invasivos y las fincas tienen que estar muy alejadas unas de otras para evitar esa transgénica infección. Producida la tal infección, todo el trabajo del agricultor ecológico se derrumba como el del viticultor cuando ve su cosecha materialmente aplastada por una granizada. Y esa es una de las razones de la quema: infectado su campo por la porquería trasgénica, a este hombre le resulta imposible vender su producción como ecológica y, por tanto, pierde la concurrencia en el mercado en el que estaba introducido -seguramente después de muchísimo esfuerzo- y sigue sin tener la posibilidad del mercado, digamos, normal, puesto que en él no se valoran las cualidades de su producto y sí se desprecian sus inconvenientes estéticos, sin contar con que al precio que tendría que ofrecer su mercancía para que tuviera alguna posibilidad sería, para él, ruinoso.
Pero hay otro riesgo más que, por supuesto, se disimula: y es que si a este hombre le pillan una plantita de material transgénico en su finca, le pueden demandar por vulneración de una patente; porque casi es innecesario decir que toda esa porquería transgénica está trabada con fuertes patentes. Encima de burro, a palos.
Esto es lo que pasa con la imbecilidad esta de la propiedad intelectual. Como decía Pedro Tur hace cosa de un año, una cosa son los derechos de autor y otra muy distinta pagar por nada, que es, verdaderamente, lo que caracteriza a este sistema nefasto de cánones sobre soportes físicos, tanto en la propiedad intelectual propiamente dicha como en las patentes biológicas, de software o de tantos otros tipos de propiedad inmaterial.
Precisamente leo aquí y aquí algunos comentarios sobre lo que está sucediendo en Norteamérica con las popularísimas Blackberry (aquí son cosa de tres o cuatro: los precios de nuestras telecomunicaciones y las limitaciones al wifi hacen de esos aparatos lujos asiáticos). El problema, está claro, no lo tenemos solamente nosotros, los españoles, y ahí reside la única y escasa esperanza que desmienta lo que yo escribía ayer. Los norteamericanos están experimentando en propia y lacerada carne lo contraproducente que resulta exagerar la protección de la propiedad intelectual y permitir que llegue a extremos absurdos, siendo como es ya en buena parte absurda aún sin llegar a sus extremos posibles. No me sorprendería que el frenazo que conseguimos meterles a las patentes de software en Europa (aunque, ojo, que el tema no está en absoluto cerrado definitivamente) obligara, por vía de competitividad, a una profunda reflexión sobre la materia en los Estados Unidos. Por una vez, cuando Washington ha estornudado, en Europa nos hemos tomado paracetamol y el proceso quizá vaya a ser inverso y al otro lado del charco tengan que hacer lo propio.
En fin, mejor no hacerse ilusiones porque las noticias, en este campo, siempre acaban siendo malas y todas nuestras guerras acaban en derrotas por más que, de cuando en cuando, nos suba la moral ganar pequeñas escaramuzas. El peligro de las patentes de software sigue cerniéndose sobre Europa, hay gente, a la que no vemos, que está trabajando muy duro en la preparación del nuevo ataque que no sabemos cuándo llegará ni de qué forma, pero lo que tengo claro es que en cualquier momento puede volvernos a caer encima: por ejemplo, en una votación sobre los aranceles por exceso de caroteno en la importación de zanahorias de Bielorrusia. No hay que bajar la guardia.
Nuestro mayor enemigo en la guerra de la propiedad intelectual, es la ignorancia de la mayoría y en la pasividad de muchos que forman parte de la minoría no ignorante. No conseguimos que cale la idea de que todo esto no es un problema de derechos del consumidor sino de derechos esenciales del ciudadano y del futuro del desarrollo económico y social del país, no logramos dejar claro que el trabajo de las asociaciones de consumidores, aunque pueda tener coincidencias tangenciales (en materia de cánones sobre soportes digitales, por ejemplo), no tiene nada que ver, ni en sus causas, ni en sus orígenes, ni en sus objetivos, con las campañas que se llevan a cabo desde la Asociación de Internautas, desde Hispalinux, desde Proinnova y, afortunadamente, desde otras varias entidades y grupos.
Es necesario perseverar. Por más crudo que lo tengamos, no debemos dejar de tener en cuenta que la guerra que seguro que no se gana es la que no se libra. Y que nadie se engañe pensando que hablo metafóricamente: esto es una guerra como dos y dos son cuatro. Aunque unos pretenden que sea eso, se equivocan: aquí no estamos ante un debate político entre caballeros (¿caballeros y política? ¡qué raro!) donde impera el fair play y el buen rollo. Esto es una guerra y hay gente que ha pagado muy cara su derrota en ella, ruina personal, familiar o empresarial, cárcel y no sé cuántas calamidades más; por no hablar de lo que estamos perdiendo todos, como sociedad. El enemigo no se anda con remilgos y nosotros debemos hacer lo propio.
No sé si no habrá pasado ya el tiempo para una paz negociada.
domingo, 26 de febrero de 2006
Torturas despiadadas
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Sube a la web de la Asociación de Internautas un artículo de Rosa Montero reproducido de «El País». Cuando miro la negrita del encabezamiento y leo eso de «ocultas y oscuras sociedades nos torturan despiadadamente todos los días y nosotros no podemos hacer nada para defendernos. ¿Saben ya de quién estoy hablando?» una sonrisa me recorre la cara de una oreja a otra: pues claro que sé de quién está hablando; está hablando de la $GAE, de C€DRO, de los intérpretes y ejecutantes esos, de todo el gremio del cobro de cánones y de la industria de contenidos de ocio.
Pues no. Tonto de mí por no recordar quién es, de dónde viene y dónde escribe doña Rosa Montero, la flor y la nata de la bien pagada progresía polanquista.
Se refiere a las telecos. Y no es que no tenga razón en lo que dice, claro que la tiene, toda entera. Lo que pasa es que también es posible mentir por omisión.
Se miente por omisión cuando -aún con toda la razón del mundo- se pone a parir a las compañías regentadas por los amigos del pupitre y se silencian intencionadamente los despropósitos -de idéntica enjundia- de otros amiguetes: los del partido y los del editor, que suministran votos a aquél y muchíiiisimo dinero a éste (y éste es también amiguete -o quizá dueño- del partido).
Comprendo, doña Rosa, que el perro no va a morder la mano que le alimenta. Pero, ya que estamos en el ámbito canino, váyase usted a otro perro con ese hueso, bonita.
Sube a la web de la Asociación de Internautas un artículo de Rosa Montero reproducido de «El País». Cuando miro la negrita del encabezamiento y leo eso de «ocultas y oscuras sociedades nos torturan despiadadamente todos los días y nosotros no podemos hacer nada para defendernos. ¿Saben ya de quién estoy hablando?» una sonrisa me recorre la cara de una oreja a otra: pues claro que sé de quién está hablando; está hablando de la $GAE, de C€DRO, de los intérpretes y ejecutantes esos, de todo el gremio del cobro de cánones y de la industria de contenidos de ocio.
Pues no. Tonto de mí por no recordar quién es, de dónde viene y dónde escribe doña Rosa Montero, la flor y la nata de la bien pagada progresía polanquista.
Se refiere a las telecos. Y no es que no tenga razón en lo que dice, claro que la tiene, toda entera. Lo que pasa es que también es posible mentir por omisión.
Se miente por omisión cuando -aún con toda la razón del mundo- se pone a parir a las compañías regentadas por los amigos del pupitre y se silencian intencionadamente los despropósitos -de idéntica enjundia- de otros amiguetes: los del partido y los del editor, que suministran votos a aquél y muchíiiisimo dinero a éste (y éste es también amiguete -o quizá dueño- del partido).
Comprendo, doña Rosa, que el perro no va a morder la mano que le alimenta. Pero, ya que estamos en el ámbito canino, váyase usted a otro perro con ese hueso, bonita.
¿Queda aún esperanza?
De la serie: «Correo ordinario»
Leo una entrada en la web de la Asociación de Internautas titulada «Tecnologías-control: entre la esperanza y el miedo» y me produce un cierto escalofrío la frase que cierra el artículo. La transcribo:
Nos gusta frecuentemente recordar que cuando apareció el magnetófono a cassette, la industria discográfica se puso como una moto; y lo propio cabe decir de la cinematográfica con la popularización del vídeo doméstico. En ambos casos, la tecnología demostró que la histeria estaba completamente injustificada y que el más fácil y más asequible acceso a los contenidos por parte de todos derivó en un mayor consumo de copias y en un crecimiento sustancial en las cuentas de resultados. Pero eso no es lo importante; lo importante es que todo ese poderosísimo mundo empresarial no pudo frenar el avance tecnológico y no pudo cambiar el vector que ese avance había proyectado en la participación del ciudadano en los bienes culturales. Y no sólo ganó la industria, sino que ganaron también las sociedades de gestión, que recibieron ingresos pingües y hasta entonces impensados por los cánones impuestos a los soportes analógicos y a la maquinaria de grabación, que en cosa de poquísimos años (aún menos de los pocos que, por ejemplo, tardó en implantarse generalizadamente el teléfono móvil) pasó de ser un elemento exclusivo de profesionales a un electrodoméstico común en todos los hogares; la copia privada, contra lo que ellos temían, no sólo no constituyó una merma de beneficios para nadie sino que generó grandes ingresos para unos cuantos. Los únicos que no salieron ganando -ni perdiendo, tampoco: se quedaron igual- fueron los creadores, que no tuvieron instrumento para darle siquiera un pequeño mordisquito al pastel; si exceptuamos, claro, a los cuatro de siempre, a la media docena de niños bonitos de la industria y de la corporación gremial (vertical, por supuesto).
El mundo digital prometía aún mayores avances y aún mayores beneficios. Y beneficios para todos porque la asequibilidad de los medios digitales, tanto en producción como en divulgación, en esta ocasión sí que daba instrumentos para que los creadores de a pie, los que no forman parte de la beautiful de la industria y de las sociedades de gestión, pudieran hincar un diente, siquiera modesto, al monumental reparto de beneficios que se veía venir.
Claro que tanto beneficio para tanta gente, incluso para los menos favorecidos por el establishment gremial, significaba un par de cambios: una reestructuración a fondo del sistema industrial de producción y distribución de contenidos de ocio y otro tanto de lo mismo -incluso su posible desaparición- con respecto a las sociedades de gestión.
En condiciones normales de presión y temperatura, es decir, cuando los empresarios eran empresarios y no un hatajo de cabrones sin ojos más que para la bolsa (pensando, por supuesto, en sus stock options y no en los accionistas), la reconversión, aunque dura, se hubiera llevado a cabo: obviamente, lo primero que quiere un empresario es la supervivencia (y la curva ascendente de la gráfica de beneficios) de su empresa y, por tanto, aunque tenga que proceder quirúrgicamente e incluso llegar a sufrir pérdidas durante unos [pocos] ejercicios, sigue adelante, reconvierte y, salvo los que perecen en el fragor de la contienda, triunfa. Pero ese gremio que hay ahora al mando de las empresas (así suele llamárselas todavía, pese a todo) funciona con parámetros absolutamente distintos. Le preocupa la curva de beneficios del próximo trimestre, semestre, todo lo más, y referida, además, al conjunto del grupo financiero que resulta ser el verdadero propietario de la empresa y al que sirve realmente el de la corbata. Por tanto, importa unas narices lo que suceda dentro de nueve meses: la prensa económica -y, por tanto, la reacción en bolsa- se va a fijar sobre todo en los resultados del último trimestre y en si se mantiene la exponencialidad del crecimiento. Si después de ese trimestre el crecimiento empieza a detenerse, le daremos un poco de oxígeno poniendo en la calle al 30 por 100 de la plantilla; si esto no es suficiente, venderemos la [todavía llamada] empresa; y si nadie ofrece por ella un precio contable-fiscal adecuado, ERE al canto y chapa: lo importante es que la curva del beneficio uniformemente acelerado no se detenga. Y dentro de seis meses se me habrá acabado el contrato, habré realizado las acciones con las que incentivaron ese precioso trabajo y me iré a otra [aún denominada] empresa a meterla por la senda del crecimiento exponencial.
Evidentemente, a esa rémora no le interesa lo más mínimo el ingente montón de posibilidades que la tecnología puede deparar en un futuro a medio y largo plazo porque ese cretino va a vivir -y como un obispo con mando en diócesis- del corto plazo, así que lo que hay que hacer es frenar en seco la expansión de esa tecnología que a corto plazo nos fastidia la cuenta de resultados, por más que a medio y largo nos prometa enteros sacos de dividendos.
Esto es lo que hay. Y como vivimos en un mundo cada vez más empresarializado -en el noroccidental, la empresarialización de la vida cívica y pública alcanza ya casi el total- las [que llaman] empresas van consiguiendo -y van a conseguir aún más- lo que hace veinte o treinta años, aún siendo coporaciones poderosísimas, no osaron ni soñar.
Las entidades de gestión, por su parte, van a salvarse por puro comensalismo: son pequeños necrófagos cuya presencia apenas nota el cocodrilo y que prestan a éste el servicio de mondadientes a cambio de las migajas, que constituyen el banquete de las élites dirigentes del gremio.
Por eso soy pesimista, por eso he evolucionado de un determinismo optimista poco calculado (como el que aún experimenta Enrique Dans, por ejemplo, y ya veremos lo que le dura) hacia un catastrofismo cada vez más negro.
Y no es que no haya solución, pero ésta es completamente ilusoria: un potente, masivo y resuelto movimiento cívico que dé el puñetazo encima de la mesa, que haga el silencio en el gallinero, que induzca a la prudencia del sector financiero y al terror en el sector político (las entidades de gestión da igual). Nada que hacer: la ciudadanía está absolutamente apática; seamos claros: cuando se ha retrocedido de manera tan escandalosa en derechos fundamentales, básicos y primarios en el orden laboral, político y cívico, ante la total indiferencia de las víctimas, no cabe esperar que éstas reaccionen ante un nuevo despojo en materia... secundaria. Si de la dejaron endiñar en todo el vivere, que es lo primero... ¿cómo no se van a dejar fornicar en el filosofare, que es lo que viene después?
En consecuencia, ya estamos viendo ese tango de la comisión del Congreso para la modificación de la Ley de Propiedad Intelectual, donde cabe alucinar no solamente por la traición a los intereses del ciudadano (eso ya es común y habitual) sino también por el cúmulo de despropósitos que generan un día sí y al siguiente aún más. Impune y tranquilamente.
Me temo, damas, caballeros, niños y militares sin graduación, que estamos irremisiblemente perdidos.
Leo una entrada en la web de la Asociación de Internautas titulada «Tecnologías-control: entre la esperanza y el miedo» y me produce un cierto escalofrío la frase que cierra el artículo. La transcribo:
Está claro que el sueño de Internet como fenómeno de difusión libre de contenidos vive sus últimos momentos.Hace dos años, me hubiera reído de esta afirmación. Ahora estoy casi seguro de su certeza. Y si es de espanto en su tenor y en su significado literal y material, no sé cómo calificar su alcance amplio. Veámoslo de esta manera: por primera vez en la Historia, el poder empresarial es tan brutal que puede llegar a frenar en seco el avance tecnológico y torcer el rumbo de la cultura. Para mal, claro está.
Nos gusta frecuentemente recordar que cuando apareció el magnetófono a cassette, la industria discográfica se puso como una moto; y lo propio cabe decir de la cinematográfica con la popularización del vídeo doméstico. En ambos casos, la tecnología demostró que la histeria estaba completamente injustificada y que el más fácil y más asequible acceso a los contenidos por parte de todos derivó en un mayor consumo de copias y en un crecimiento sustancial en las cuentas de resultados. Pero eso no es lo importante; lo importante es que todo ese poderosísimo mundo empresarial no pudo frenar el avance tecnológico y no pudo cambiar el vector que ese avance había proyectado en la participación del ciudadano en los bienes culturales. Y no sólo ganó la industria, sino que ganaron también las sociedades de gestión, que recibieron ingresos pingües y hasta entonces impensados por los cánones impuestos a los soportes analógicos y a la maquinaria de grabación, que en cosa de poquísimos años (aún menos de los pocos que, por ejemplo, tardó en implantarse generalizadamente el teléfono móvil) pasó de ser un elemento exclusivo de profesionales a un electrodoméstico común en todos los hogares; la copia privada, contra lo que ellos temían, no sólo no constituyó una merma de beneficios para nadie sino que generó grandes ingresos para unos cuantos. Los únicos que no salieron ganando -ni perdiendo, tampoco: se quedaron igual- fueron los creadores, que no tuvieron instrumento para darle siquiera un pequeño mordisquito al pastel; si exceptuamos, claro, a los cuatro de siempre, a la media docena de niños bonitos de la industria y de la corporación gremial (vertical, por supuesto).
El mundo digital prometía aún mayores avances y aún mayores beneficios. Y beneficios para todos porque la asequibilidad de los medios digitales, tanto en producción como en divulgación, en esta ocasión sí que daba instrumentos para que los creadores de a pie, los que no forman parte de la beautiful de la industria y de las sociedades de gestión, pudieran hincar un diente, siquiera modesto, al monumental reparto de beneficios que se veía venir.
Claro que tanto beneficio para tanta gente, incluso para los menos favorecidos por el establishment gremial, significaba un par de cambios: una reestructuración a fondo del sistema industrial de producción y distribución de contenidos de ocio y otro tanto de lo mismo -incluso su posible desaparición- con respecto a las sociedades de gestión.
En condiciones normales de presión y temperatura, es decir, cuando los empresarios eran empresarios y no un hatajo de cabrones sin ojos más que para la bolsa (pensando, por supuesto, en sus stock options y no en los accionistas), la reconversión, aunque dura, se hubiera llevado a cabo: obviamente, lo primero que quiere un empresario es la supervivencia (y la curva ascendente de la gráfica de beneficios) de su empresa y, por tanto, aunque tenga que proceder quirúrgicamente e incluso llegar a sufrir pérdidas durante unos [pocos] ejercicios, sigue adelante, reconvierte y, salvo los que perecen en el fragor de la contienda, triunfa. Pero ese gremio que hay ahora al mando de las empresas (así suele llamárselas todavía, pese a todo) funciona con parámetros absolutamente distintos. Le preocupa la curva de beneficios del próximo trimestre, semestre, todo lo más, y referida, además, al conjunto del grupo financiero que resulta ser el verdadero propietario de la empresa y al que sirve realmente el de la corbata. Por tanto, importa unas narices lo que suceda dentro de nueve meses: la prensa económica -y, por tanto, la reacción en bolsa- se va a fijar sobre todo en los resultados del último trimestre y en si se mantiene la exponencialidad del crecimiento. Si después de ese trimestre el crecimiento empieza a detenerse, le daremos un poco de oxígeno poniendo en la calle al 30 por 100 de la plantilla; si esto no es suficiente, venderemos la [todavía llamada] empresa; y si nadie ofrece por ella un precio contable-fiscal adecuado, ERE al canto y chapa: lo importante es que la curva del beneficio uniformemente acelerado no se detenga. Y dentro de seis meses se me habrá acabado el contrato, habré realizado las acciones con las que incentivaron ese precioso trabajo y me iré a otra [aún denominada] empresa a meterla por la senda del crecimiento exponencial.
Evidentemente, a esa rémora no le interesa lo más mínimo el ingente montón de posibilidades que la tecnología puede deparar en un futuro a medio y largo plazo porque ese cretino va a vivir -y como un obispo con mando en diócesis- del corto plazo, así que lo que hay que hacer es frenar en seco la expansión de esa tecnología que a corto plazo nos fastidia la cuenta de resultados, por más que a medio y largo nos prometa enteros sacos de dividendos.
Esto es lo que hay. Y como vivimos en un mundo cada vez más empresarializado -en el noroccidental, la empresarialización de la vida cívica y pública alcanza ya casi el total- las [que llaman] empresas van consiguiendo -y van a conseguir aún más- lo que hace veinte o treinta años, aún siendo coporaciones poderosísimas, no osaron ni soñar.
Las entidades de gestión, por su parte, van a salvarse por puro comensalismo: son pequeños necrófagos cuya presencia apenas nota el cocodrilo y que prestan a éste el servicio de mondadientes a cambio de las migajas, que constituyen el banquete de las élites dirigentes del gremio.
Por eso soy pesimista, por eso he evolucionado de un determinismo optimista poco calculado (como el que aún experimenta Enrique Dans, por ejemplo, y ya veremos lo que le dura) hacia un catastrofismo cada vez más negro.
Y no es que no haya solución, pero ésta es completamente ilusoria: un potente, masivo y resuelto movimiento cívico que dé el puñetazo encima de la mesa, que haga el silencio en el gallinero, que induzca a la prudencia del sector financiero y al terror en el sector político (las entidades de gestión da igual). Nada que hacer: la ciudadanía está absolutamente apática; seamos claros: cuando se ha retrocedido de manera tan escandalosa en derechos fundamentales, básicos y primarios en el orden laboral, político y cívico, ante la total indiferencia de las víctimas, no cabe esperar que éstas reaccionen ante un nuevo despojo en materia... secundaria. Si de la dejaron endiñar en todo el vivere, que es lo primero... ¿cómo no se van a dejar fornicar en el filosofare, que es lo que viene después?
En consecuencia, ya estamos viendo ese tango de la comisión del Congreso para la modificación de la Ley de Propiedad Intelectual, donde cabe alucinar no solamente por la traición a los intereses del ciudadano (eso ya es común y habitual) sino también por el cúmulo de despropósitos que generan un día sí y al siguiente aún más. Impune y tranquilamente.
Me temo, damas, caballeros, niños y militares sin graduación, que estamos irremisiblemente perdidos.
sábado, 25 de febrero de 2006
Bienvenidos a la nueva casa de «El Incordio»
Ya iba anunciando en mi página ahora antigua que no les aguantaba otra trastada más a los de Bitacorae. Y, de hecho, no ha sido otra trastada: es que llevan caídos la práctica totalidad de esta semana que ya se acaba. Por eso me he pasado con armas y bagages a Blogger y, como podéis ver, la hoja de estilos es parecidilla a la del alojamiento que tenía hasta ahora. No me gustan los cambios estéticos bruscos.
Ha sido una migración dolorosa inicialmente, porque la verdad es que Bitacorae tiene un CMS muy bueno, una verdadera gozada muy flexible, gracias a su webFTP y a que permite el acceso al código de la hoja de estilos; pero todas estas ventajas no sirven de nada si la operatividad de la bitácora se trunca con frecuencia y gravemente por causa de su anfitrión.
Blogger tiene un CMS también excelente -no tan bueno, todo hay que decirlo, como el de Bitacorae- y por lo que llevo visto en las bitácoras que en él se alojan, su incidentalidad (que la tiene, ojo) es mínima. Es, en definitiva, lo que necesita ante todo una bitácora con una media semanal superior a las tres entradas (posts) -que algunos meses llega incluso a las cinco- es fiabilidad.
Quiero agradecer a los compañeros de la Asociación de Internautas, la muy importante ayuda que me han dispensado en la búsqueda de un nuevo alojamiento, gracias a la cual la migración -desde que decidí definitivamente irme de Bitacorae hasta este mismo momento- no ha durado apenas más de cuarenta horas.
Veréis pocas novedades: irán viniendo con el tiempo y con mi familiarización con la nueva página de estilos. De momento podéis ver algo nuevo: publicidad. Espero que no os moleste: es pequeña y nada agresiva; amable, como todo lo que hace Google. Tampoco me voy a hacer millonario con ella, ya os lo podéis imaginar. Simplemente me hace gracia que me paguen -aunque sea un centimillo- por mi página. Probablemente, si algún día llego a ver algún cheque de Google, su importe se lo comerá la comisión bancaria y aún saldré perdiendo. Pero, repito, me hace gracia, qué queréis que os diga, la carne es débil...
Por lo demás, contenidos plenamente disponibles -salvo para usos comerciales- con la habitual licencia de Creative Commons y las ganas de seguir dando caña completamente intactas.
Sólo me queda recordaros a los bitacoristas que me honráis con vuestros enlaces que, por favor, los actualicéis y que lo hagáis -para prevenir otras migraciones nunca imposibles- a mi dominio:
Recordad también todos los lectores que utilizáis la sindicación, que debéis actualizar vuestros lectores de feed con esta URL:
Nada más. Espero seguir viéndoos o, mejor dicho, que me sigáis viendo a mí, en este pisito nuevo que, no obstante, se mantiene en el mismo barrio antiapropiacionista que el anterior.
Hasta casi todos los días.
Ha sido una migración dolorosa inicialmente, porque la verdad es que Bitacorae tiene un CMS muy bueno, una verdadera gozada muy flexible, gracias a su webFTP y a que permite el acceso al código de la hoja de estilos; pero todas estas ventajas no sirven de nada si la operatividad de la bitácora se trunca con frecuencia y gravemente por causa de su anfitrión.
Blogger tiene un CMS también excelente -no tan bueno, todo hay que decirlo, como el de Bitacorae- y por lo que llevo visto en las bitácoras que en él se alojan, su incidentalidad (que la tiene, ojo) es mínima. Es, en definitiva, lo que necesita ante todo una bitácora con una media semanal superior a las tres entradas (posts) -que algunos meses llega incluso a las cinco- es fiabilidad.
Quiero agradecer a los compañeros de la Asociación de Internautas, la muy importante ayuda que me han dispensado en la búsqueda de un nuevo alojamiento, gracias a la cual la migración -desde que decidí definitivamente irme de Bitacorae hasta este mismo momento- no ha durado apenas más de cuarenta horas.
Veréis pocas novedades: irán viniendo con el tiempo y con mi familiarización con la nueva página de estilos. De momento podéis ver algo nuevo: publicidad. Espero que no os moleste: es pequeña y nada agresiva; amable, como todo lo que hace Google. Tampoco me voy a hacer millonario con ella, ya os lo podéis imaginar. Simplemente me hace gracia que me paguen -aunque sea un centimillo- por mi página. Probablemente, si algún día llego a ver algún cheque de Google, su importe se lo comerá la comisión bancaria y aún saldré perdiendo. Pero, repito, me hace gracia, qué queréis que os diga, la carne es débil...
Por lo demás, contenidos plenamente disponibles -salvo para usos comerciales- con la habitual licencia de Creative Commons y las ganas de seguir dando caña completamente intactas.
Sólo me queda recordaros a los bitacoristas que me honráis con vuestros enlaces que, por favor, los actualicéis y que lo hagáis -para prevenir otras migraciones nunca imposibles- a mi dominio:
http://www.elincordio.com
Recordad también todos los lectores que utilizáis la sindicación, que debéis actualizar vuestros lectores de feed con esta URL:
http://incordio.blogspot.com/atom.xml
Nada más. Espero seguir viéndoos o, mejor dicho, que me sigáis viendo a mí, en este pisito nuevo que, no obstante, se mantiene en el mismo barrio antiapropiacionista que el anterior.
Hasta casi todos los días.
Correo ordinario
CC de protección oficial
(14 de abril de 2006)
Una tarde libre
(12 de abril de 2006)
Orden y jerarquía
(11 de abril de 2006)
Ya cayó el primero
(28 de marzo de 2006)
Desproporcionado e injusto
(27 de marzo de 2006)
Malinovsky
(25 de marzo de 2006)
No hay cuerda
(20 de marzo de 2006)
Potentes patentes
(14 de marzo de 2006)
Zaragoza mon amour
(13 de marzo de 2006)
Piratas y moribundos
(11 de marzo de 2006)
El rincón del blogger
(8 de marzo de 2006)
Hay que poner fin a esto
(7 de marzo de 2006)
El diezmo de [todo lo] digital
(28 de febrero de 2006)
Patentes inmateriales
(27 de febrero de 2006)
¿Queda aún esperanza?
(26 de febrero de 2006)
Los jueves, paella
Suizos, monos y franceses
(6 de abril de 2006)
Corrupción, función y contradicción
(30 de marzo de 2006)
Rendición, botellón y erupción
(23 de marzo de 2006)
Muertos
(16 de marzo de 2006)
Niñas, mujeres y... griego
(9 de marzo de 2006)
Pelota, bombas y puñaladas
(2 de marzo de 2006)
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