De la serie: «Pequeños bocaditos»
Hay ocasiones en las que hay que decir obviedades, cosas que son de cajón, que caen por su peso. Porque si las obviedades no se dicen, los idiotas, que son legión -y más entre la plebe política-, aplican la imbecilidad aquella de que el que calla otorga y elevan a los altares del boletín oficial correspondiente las mayores abominaciones. Abominaciones que, por supuesto, estropean siempre la digestión a los ciudadanos pero que últimamente están logrando también estropear, en la misma medida, la de la economía productiva. Si no fuera porque el acta de diputado o el nombramiento para una dirección general parece que eleva al beneficiario a no sé qué limbo dorado y lejano (lejano, hacia un ignoto arriba), les diría a los políticos que se están meando en su propio plato de sopa, pero esos ni comen sopa, ni comen en nuestra misma mesa; hasta a veces parece que se mean en los platos porque deben creer que eso hace fino. Es el síndrome de la gorra de plato que con tanta gracia definía Jesús Gil, que de sinvergüenzas y de políticos sabía un rato.
Por eso, pese a la extrema rivalidad ideológica que nos profesamos mutuamente, no puedo sino quitarme el sombrero y aplaudir a rabiar la última columna de Daniel Rodríguez en «Libertad Digital» y no entrar siquiera, para no romper tan raro hechizo, en un par de frases, escritas al pairo del contexto, que rechazo frontalmente. Habla, Daniel, de la propuesta del europarlamentario francés Alain Lamassoure, de imponer una tasa a los SMS y a los mensajes de correo electrónico, matizada posteriormente (y en seguida) reduciéndola a los SMS.
Ayer, en el programa «La Gran Via», de la desconexión catalana de Radio Intereconomía, decía yo algo parecido a uno de los comentarios de Daniel en su artículo: ¿qué servicio adicional nos va a prestar la Unión Europea por ese impuesto adicional? ¿La simple negligencia en la gestión presupuestaria es motivo para realizar lo que en puridad no es sino un acto confiscatorio sobre el ciudadano? ¿Es que no pagamos ya el IVA sobre los SMS?
Digámoslo de otra manera: si mi mujer y yo no administramos bien el dinero que ganamos ¿podemos exigir e imponer a nuestras empresas respectivas un aumento de sueldo por esta simple y única razón? O, mejor aún y supuesto desgraciadamente más frecuente en un próximo futuro: si una familia no puede afrontar la hipoteca que la aplasta... ¿puede atracar un banco para afrontar los cargos mensuales?
La tributación es necesaria para sostener unos servicios comunes y sólo se justifica en tanto la existencia y calidad de éstos. No vale decir que el dinero no llega como pretexto para apretar más la tuerca y convertir en hecho imponible cualquier acto normal y corriente de nuestra vida cotidiana. No vale decirlo y menos cuando, provistos de un rotulador rojo y con capacidad ejecutiva, la mayoría de los ciudadanos trincaríamos el capítulo 2 de cualquier presupuesto público (gastos de bienes corrientes y servicios) y verías tú si dejaríamos el presupuesto bien sobrado sin necesidad de nuevos impuestos y sin que disminuyera la cantidad ni la calidad de los servicios públicos. El capítulo 2 es el los lápices y las gomas de borrar, pero también es el de los estudios con los que se socorre al cuñado cuando no llega a fin de mes, el de las atenciones protocolarias, el de los viajes en bussines class y hoteles de diez mil estrellas, el de los coches oficiales, el de según qué dietas e indemnizaciones por desplazamientos, y así un largo y carísimo etcétera. Y si llevamos el rotulador a los respectivos capítulos 2 del capítulo 4 (transferencias corrientes, es decir, las que nutren los organismos autónomos, empresas públicas y otras administraciones como, por ejemplo, las locales) el suma y sigue es ya importante.
Apañados estamos con esta gente, entre el paquete de cánones que nos ha metido a la trágala el Parlamento y el Lamassoure de las narices. Así se desarrolla la sociedad digital. Por cierto, Daniel, muy buena la propuesta de poner en la puta calle a este señor y amortizar el coste de su escaño.
España en el culo de Europa y Europa en el cubo de la basura.
miércoles, 31 de mayo de 2006
martes, 30 de mayo de 2006
¡Croac, croac!
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Se está muriendo, como es más que notorio, doña Rocío Jurado, o cualquiera que sea su filiación civil auténtica. En fin, como antes se hacía con las parturientas, le deseo una hora corta, que es lo mejor que cabe desear ante un cáncer de páncreas en fase final. Bueno, quizá a la hora de escribir estas líneas haya muerto ya pero, en todo caso, es cuestión, a mucho estirar, de días.
Como en toda agonía de famoso que se va prolongando en el tiempo, se va repitiendo aquella escena que algunos vimos por primera vez cuando Franco cagaba melenas, es decir, decenas -quizá centenares- de reporteros a la puerta del lugar de autos y «partes» médicos o familiares cada media hora (o menos, si el programa está especializado en la cosa).
Y como en casi todos estos casos se oye gente clamar contra los reporteros, periodistas o lo que coño sean los tíos estos: lo más bonito que les llaman es buitres.
Hombre, no voy a ser precisamente yo -ni a hacerlo precisamente aquí- quien defienda formatos y profesionales (¿de qué profesión exactamente, por favor?) como las salsas, los tomates, los tus lados o las anarosas, pero no deja de chocarme, a medio camino entre la náusea y la carcajada, todo ese puritanismo farisaico que pide respeto, intimidad, silencio ante el dolor y trata de buitres a los tíos esos de no sé qué profesión que están a las puertas del domicilio de la doliente (y espero sinceramente que lo de doliente sea un decir).
Porque, señores, damas, caballeros y militares (¡y militaras! ¡y militaros!) sin graduación: aquí no hay más buitre, no hay más carroñero, no hay más basura que el respetable, que los señores telespectadores. Si al respetable lo que le interesara fuera el desarrollo de la tesis sobre si don Quijote fue el último medieval o el primer renacentista, todo ese gremio que está a la puerta de un chalet de la Moraleja esperando para ponernos delante de nuestras ansiosas narices la foto del cadáver, estaría asaltando la Facultad de Letras de la Complutense.
Llamar buitres a la gente esa, cuando el producto de su triste oficio va a suscitar audiencias muy millonarias en esa cadena y en la otra y en la de más allá (además de la del váter), no es más que una evidente y propia amalgama entre ignorancia y mala fe.
Los buitres de verdad, somos nosotros. Esos gilipollas que están a la puerta del chalet, no son más que los encargados de cebar al cerdo para echárnoslo a nosotros, a los verdaderos buitres, cuando ya huela y esté, pues, en sazón.
La verdad jode, pero curte.
Se está muriendo, como es más que notorio, doña Rocío Jurado, o cualquiera que sea su filiación civil auténtica. En fin, como antes se hacía con las parturientas, le deseo una hora corta, que es lo mejor que cabe desear ante un cáncer de páncreas en fase final. Bueno, quizá a la hora de escribir estas líneas haya muerto ya pero, en todo caso, es cuestión, a mucho estirar, de días.
Como en toda agonía de famoso que se va prolongando en el tiempo, se va repitiendo aquella escena que algunos vimos por primera vez cuando Franco cagaba melenas, es decir, decenas -quizá centenares- de reporteros a la puerta del lugar de autos y «partes» médicos o familiares cada media hora (o menos, si el programa está especializado en la cosa).
Y como en casi todos estos casos se oye gente clamar contra los reporteros, periodistas o lo que coño sean los tíos estos: lo más bonito que les llaman es buitres.
Hombre, no voy a ser precisamente yo -ni a hacerlo precisamente aquí- quien defienda formatos y profesionales (¿de qué profesión exactamente, por favor?) como las salsas, los tomates, los tus lados o las anarosas, pero no deja de chocarme, a medio camino entre la náusea y la carcajada, todo ese puritanismo farisaico que pide respeto, intimidad, silencio ante el dolor y trata de buitres a los tíos esos de no sé qué profesión que están a las puertas del domicilio de la doliente (y espero sinceramente que lo de doliente sea un decir).
Porque, señores, damas, caballeros y militares (¡y militaras! ¡y militaros!) sin graduación: aquí no hay más buitre, no hay más carroñero, no hay más basura que el respetable, que los señores telespectadores. Si al respetable lo que le interesara fuera el desarrollo de la tesis sobre si don Quijote fue el último medieval o el primer renacentista, todo ese gremio que está a la puerta de un chalet de la Moraleja esperando para ponernos delante de nuestras ansiosas narices la foto del cadáver, estaría asaltando la Facultad de Letras de la Complutense.
Llamar buitres a la gente esa, cuando el producto de su triste oficio va a suscitar audiencias muy millonarias en esa cadena y en la otra y en la de más allá (además de la del váter), no es más que una evidente y propia amalgama entre ignorancia y mala fe.
Los buitres de verdad, somos nosotros. Esos gilipollas que están a la puerta del chalet, no son más que los encargados de cebar al cerdo para echárnoslo a nosotros, a los verdaderos buitres, cuando ya huela y esté, pues, en sazón.
La verdad jode, pero curte.
lunes, 29 de mayo de 2006
Roma no paga a los traidores
De la serie: «Correo ordinario»
Cuenta la historia que Marcus Pompilius Lenas sobornó a Áudax, Ditalco y Minurus, emisarios de Viriato para negociar la paz con Roma, a fin de que asesinaran al lider lusitano, cosa que hicieron. Y sigue contando la historia (aunque ya no sé si con una cierta interferencia de la leyenda) que, cuando pidieron cobrar el precio de la traición, fueron a su vez ejecutados bajo la conocida admonición «Roma no paga a los traidores».
Cierta o legendaria, la frase se ha repetido constantemente en el transcurso de los siglos, como una sentencia aplicable a todos aquellos que, traicionando principios y fidelidades, han visto cómo salían escaldados del lance que tan provechoso esperaban.
Es lo que le pasará al Partido Popular y lo que, en parte, le está pasando: muerto de miedo ante la perspectiva de que los faranduleros le monten un número como el que escenificaron en la ceremonia de entrega los Premios Goya que se celebró poco antes de las elecciones del 11-M, de tan horrenda memoria para las huestes de la derecha, y aquejados de un tremendo síndrome de Estocolmo, aguanta lo que le echen para no molestar al colectivo. No puede encontrarse otra explicación al hecho de que, en muy pocos meses, en la misma cámara parlamentaria, primero voten una cosa y después otra.Y hasta se llenan la boca, ellos también, con ese discurso estúpido del salario de los autores.
Pero la farándula, inclemente, no cede y no paga a los traidores su salario. Se ve que la farándula se baja las traiciones de redes P2P, vaya, hombre, vivir para ver...
Y así, Almodóvar se permite el lujo (¿por qué privarse?) de decir -sin despeinarse y sin prueba alguna, por supuesto- que en vísperas del 11-M el PP estuvo a punto de dar un golpe de Estado; y otro individuo más alucinante, sólo explicable en esta España sucia, miserable, piorréica y vil que hace grande a la de Felipe IV, ese Boris Izaguirre, se permite el lujo de soltar que el tándem Batasuna-ETA es más democrático que el PP.
Y el PP se defiende del primero con una querellita -inmediatamente archivada sin que el tal archivo genere apelación alguna- que recuerda la vergüencita de Tierno Galván cantando «La Internacional» con vocecita de monaguillo de Montserrat y el puñito no muy en alto; y sobre el segundo impresentable, el PP, por boca de su portavoz dice que, bueno, a palabras necias, oídos sordos y que lo mejor es no hacer caso. Evidentemente, la parte más guerrera de la parroquia se cabrea (no sin cierta razón) y vaticina otro fracaso electoral para esa formación derechista de pasta flora.
A mí me parece muy curioso, con lo broncas que son para otras cosas mucho más peregrinas, con lo rápidos que son para hacer un drama político espantoso de la cuestión más tonta e intrascendente, y hay que ver lo lilas y modositos que son con la gente que vive de la copia...
No deja de ser sorprendente, alucinante e increíble el poder que tiene esta gente. ¿Y de dónde sale? No constituyen un lobby cívico: fuera de su círculo no cuentan con el apoyo de nadie, como hace poco aprendió en carne propia Ramoncín; precisamente uno de los éxitos de la Asociación de Internautas en su campaña anti-canon ha sido mostrar a la ciudadanía la verdadera cara de estos tíos, cuya simple existencia asociativa ignoraba plenamente hace tres años el hombre de a pie. No constituyen un lobby económico puesto que, aunque ingresan muchísima pasta -buena parte de ella extraída a la fuerza de nuestros bolsillos-, ese dinero les da para vivir como cardenales a los de la beautiful dirigente y a media docena de pegotes más, pero no constituyen un imperio económico serio, al menos que se sepa... ¡y vete a saber!. En cambio, se enfrentan a ellos verdaderos lobbys cívicos (asociaciones de internautas, de consumidores, colegios profesionales y uno de los dos sindicatos más importantes, sumando todo ello un peso social considerable) y económicos (toda la industria tecnológica entre la que está, por sólo citar a dos, Micro$oft e IBM)... y no se consigue vencerlos. No se consigue vencerlos, ya se entiende, en la vía política (en la vía de hecho lo serán, antes o después). ¿Qué fascinación, qué influencia, qué poder tienen esos tíos cantachifles y faranduleros sobre los políticos para llevar a éstos a la traición contra sus ciudadanos y no sólo a la traición como un hecho puntual, sino como un comportamiento constante y sostenido? ¿Con qué tipo de fuerza trabajan para incluso permitirse el lujo de no pagar e incluso insultar a los traidores?
Es verdad que toda la carraca mediática vive de los derechos económicos de autor y, por tanto, se alinea con los intereses del gremio copista, cierto. Pero no parece, por sí solo, suficiente.
No lo sé ni creo que lo sepa nadie salvo ellos (ellos entendidos como la media docena que todos sabemos). No sé si será información -información personal y comprometida- pero... ¿qué tipo de información, así, de forma generalizada, comprometedora y grave, podrían reunir sobre tantísimos políticos los cantachifles y demás vendecopias por esta sola característica? Tanto más en cuanto que, lobbys aparte, los políticos tienen en sus manos el arma defensiva más eficaz sobre esa gente: las subvenciones. Subvenciones -o ausencia de ellas- en las que creo firmemente que está la clave del «No a la guerra» que, a toro pasado (hay que tener morro), le espetaron al PP en los aludidos Premios Goya, quemados por las restricciones que el PP en el poder impuso sobre ese sector... presupuestario.
No soy yo el único que se está preguntando por la procedencia del desmedido y desproporcionado poder que tienen las entidades intermediarias del comercio cultural y de ocio, la $GAE la primera, por supuesto, pero no la única. No son tiempos ya para andar pensando en conspiraciones judeomasónicas, desde luego, pero hay cosas que tienen explicación y otras que no. Con la pasta que amontona un Micro$oft, se comprende perfectamente que tenga comprados todos los ministerios estatales y regionales de montones de países, el nuestro incluido; no nos gusta, en absoluto, pero no hay misterio alguno: todos hemos visto a Ballmer dándose viento con el talonario y, por supuesto, acabamos de ver cómo a Bill Gate$ & wife les han regalado un Príncipe de Asturias por la pasta sobrante que se gastan con los negritos, o chinitos, o lo que toque, de cuya ruina continuada son, por cierto, co-autores, ex aequo con depredadores financieros de otros sectores industriales y comerciales. Las asociaciones benéficas estas que nos ocupan, no tienen estos dinerales (y menos después de haber pagado facturas de hoteles de cinco estrellas y otros similares artículos de primera necesidad) y su poder de comunicación depende muy frecuentemente de empresas que ahora tienen enfrente.
Todo lo cual, no es sino una razón más para seguir luchando con mayor ahínco: ya no es solamente una cuestión -por importante que sea, que lo es- de cánones y de otras abominaciones apropiacionistas. Ese poder ignoto es una espada de Damocles sobre la ciudadanía: hay que averiguar de dónde sale, de quién o de qué les viene.
Y neutralizarlo sin contemplaciones.
Cuenta la historia que Marcus Pompilius Lenas sobornó a Áudax, Ditalco y Minurus, emisarios de Viriato para negociar la paz con Roma, a fin de que asesinaran al lider lusitano, cosa que hicieron. Y sigue contando la historia (aunque ya no sé si con una cierta interferencia de la leyenda) que, cuando pidieron cobrar el precio de la traición, fueron a su vez ejecutados bajo la conocida admonición «Roma no paga a los traidores».
Cierta o legendaria, la frase se ha repetido constantemente en el transcurso de los siglos, como una sentencia aplicable a todos aquellos que, traicionando principios y fidelidades, han visto cómo salían escaldados del lance que tan provechoso esperaban.
Es lo que le pasará al Partido Popular y lo que, en parte, le está pasando: muerto de miedo ante la perspectiva de que los faranduleros le monten un número como el que escenificaron en la ceremonia de entrega los Premios Goya que se celebró poco antes de las elecciones del 11-M, de tan horrenda memoria para las huestes de la derecha, y aquejados de un tremendo síndrome de Estocolmo, aguanta lo que le echen para no molestar al colectivo. No puede encontrarse otra explicación al hecho de que, en muy pocos meses, en la misma cámara parlamentaria, primero voten una cosa y después otra.Y hasta se llenan la boca, ellos también, con ese discurso estúpido del salario de los autores.
Pero la farándula, inclemente, no cede y no paga a los traidores su salario. Se ve que la farándula se baja las traiciones de redes P2P, vaya, hombre, vivir para ver...
Y así, Almodóvar se permite el lujo (¿por qué privarse?) de decir -sin despeinarse y sin prueba alguna, por supuesto- que en vísperas del 11-M el PP estuvo a punto de dar un golpe de Estado; y otro individuo más alucinante, sólo explicable en esta España sucia, miserable, piorréica y vil que hace grande a la de Felipe IV, ese Boris Izaguirre, se permite el lujo de soltar que el tándem Batasuna-ETA es más democrático que el PP.
Y el PP se defiende del primero con una querellita -inmediatamente archivada sin que el tal archivo genere apelación alguna- que recuerda la vergüencita de Tierno Galván cantando «La Internacional» con vocecita de monaguillo de Montserrat y el puñito no muy en alto; y sobre el segundo impresentable, el PP, por boca de su portavoz dice que, bueno, a palabras necias, oídos sordos y que lo mejor es no hacer caso. Evidentemente, la parte más guerrera de la parroquia se cabrea (no sin cierta razón) y vaticina otro fracaso electoral para esa formación derechista de pasta flora.
A mí me parece muy curioso, con lo broncas que son para otras cosas mucho más peregrinas, con lo rápidos que son para hacer un drama político espantoso de la cuestión más tonta e intrascendente, y hay que ver lo lilas y modositos que son con la gente que vive de la copia...
No deja de ser sorprendente, alucinante e increíble el poder que tiene esta gente. ¿Y de dónde sale? No constituyen un lobby cívico: fuera de su círculo no cuentan con el apoyo de nadie, como hace poco aprendió en carne propia Ramoncín; precisamente uno de los éxitos de la Asociación de Internautas en su campaña anti-canon ha sido mostrar a la ciudadanía la verdadera cara de estos tíos, cuya simple existencia asociativa ignoraba plenamente hace tres años el hombre de a pie. No constituyen un lobby económico puesto que, aunque ingresan muchísima pasta -buena parte de ella extraída a la fuerza de nuestros bolsillos-, ese dinero les da para vivir como cardenales a los de la beautiful dirigente y a media docena de pegotes más, pero no constituyen un imperio económico serio, al menos que se sepa... ¡y vete a saber!. En cambio, se enfrentan a ellos verdaderos lobbys cívicos (asociaciones de internautas, de consumidores, colegios profesionales y uno de los dos sindicatos más importantes, sumando todo ello un peso social considerable) y económicos (toda la industria tecnológica entre la que está, por sólo citar a dos, Micro$oft e IBM)... y no se consigue vencerlos. No se consigue vencerlos, ya se entiende, en la vía política (en la vía de hecho lo serán, antes o después). ¿Qué fascinación, qué influencia, qué poder tienen esos tíos cantachifles y faranduleros sobre los políticos para llevar a éstos a la traición contra sus ciudadanos y no sólo a la traición como un hecho puntual, sino como un comportamiento constante y sostenido? ¿Con qué tipo de fuerza trabajan para incluso permitirse el lujo de no pagar e incluso insultar a los traidores?
Es verdad que toda la carraca mediática vive de los derechos económicos de autor y, por tanto, se alinea con los intereses del gremio copista, cierto. Pero no parece, por sí solo, suficiente.
No lo sé ni creo que lo sepa nadie salvo ellos (ellos entendidos como la media docena que todos sabemos). No sé si será información -información personal y comprometida- pero... ¿qué tipo de información, así, de forma generalizada, comprometedora y grave, podrían reunir sobre tantísimos políticos los cantachifles y demás vendecopias por esta sola característica? Tanto más en cuanto que, lobbys aparte, los políticos tienen en sus manos el arma defensiva más eficaz sobre esa gente: las subvenciones. Subvenciones -o ausencia de ellas- en las que creo firmemente que está la clave del «No a la guerra» que, a toro pasado (hay que tener morro), le espetaron al PP en los aludidos Premios Goya, quemados por las restricciones que el PP en el poder impuso sobre ese sector... presupuestario.
No soy yo el único que se está preguntando por la procedencia del desmedido y desproporcionado poder que tienen las entidades intermediarias del comercio cultural y de ocio, la $GAE la primera, por supuesto, pero no la única. No son tiempos ya para andar pensando en conspiraciones judeomasónicas, desde luego, pero hay cosas que tienen explicación y otras que no. Con la pasta que amontona un Micro$oft, se comprende perfectamente que tenga comprados todos los ministerios estatales y regionales de montones de países, el nuestro incluido; no nos gusta, en absoluto, pero no hay misterio alguno: todos hemos visto a Ballmer dándose viento con el talonario y, por supuesto, acabamos de ver cómo a Bill Gate$ & wife les han regalado un Príncipe de Asturias por la pasta sobrante que se gastan con los negritos, o chinitos, o lo que toque, de cuya ruina continuada son, por cierto, co-autores, ex aequo con depredadores financieros de otros sectores industriales y comerciales. Las asociaciones benéficas estas que nos ocupan, no tienen estos dinerales (y menos después de haber pagado facturas de hoteles de cinco estrellas y otros similares artículos de primera necesidad) y su poder de comunicación depende muy frecuentemente de empresas que ahora tienen enfrente.
Todo lo cual, no es sino una razón más para seguir luchando con mayor ahínco: ya no es solamente una cuestión -por importante que sea, que lo es- de cánones y de otras abominaciones apropiacionistas. Ese poder ignoto es una espada de Damocles sobre la ciudadanía: hay que averiguar de dónde sale, de quién o de qué les viene.
Y neutralizarlo sin contemplaciones.
domingo, 28 de mayo de 2006
Urbanos (I)
De la nueva serie: «Administración en marcha»
Sábado, 27 de mayo, 19:45 CEST (o sea, hora española, para entendernos). Un coche patrulla de la Guàrdia Urbana pasea tranquilamente por la calle (también conocida como «carretera») de Sants en sentido dirección a l'Hospitalet. No lleva encendidos los pirulos, ni corre. Simplemente, parece que disfruta -como muchos, muchísimos, miles de ciudadanos- de una tarde soleada y primaveral, con una temperatura relativamente agradable en uno de los ejes comerciales de la ciudad.
Y como la pareja de munipas va de buen rollo, no va a dedicarse a tocar los cojones a los hijos de puta que por sus motivos particulares se apropian, para ellos solitos, de uno de los dos carriles de circulación, deteniéndose en ellos todo el tiempo que les cuadre, bajo lo que parece la taumatúrgica protección de los intermitentes de stop, lo que en una vía concurridísima provoca el correspondiente efecto embudo. Así que la autoridad -que yo creía competente- sortea tranquilamente a dos cabrones, entre la plaza Salvador Anglada hasta el cruce con Badal, sin acusar recibo (uno de ellos, por cierto, no contento con entorpecer el tráfico rodado puso ruedas sobre la acera para joder también el tránsito peatonal) y sigue su camino disfrutando del clima y haciendo la vista gorda por tercera vez en la propia calle Badal, donde hay otro que lo mismo, bien a la vista, sin esconderse, entorpeciendo el acceso a la Ronda del MIg.
Lástima de móvil con cámara de fotos. Empiezo a tener ganas de hacerme con uno, para ofrecer claras pruebas de que si no te pasas del tiempo en zona verde o azul, en esta ciudad, cuando vas sobre ruedas, dos o cuatro, motorizadas o no, puedes mearte tranquilamente sobre los derechos de los demás -sobre todo, si los demás van a pie- con la total complacencia de la autoridad [dicen que] competente.
Los datos de la patrulla: vehículo señalado con el indicativo C-943 y matrícula 6653 DVS.
Hasta la próxima, que seguro que será pronto.
Sábado, 27 de mayo, 19:45 CEST (o sea, hora española, para entendernos). Un coche patrulla de la Guàrdia Urbana pasea tranquilamente por la calle (también conocida como «carretera») de Sants en sentido dirección a l'Hospitalet. No lleva encendidos los pirulos, ni corre. Simplemente, parece que disfruta -como muchos, muchísimos, miles de ciudadanos- de una tarde soleada y primaveral, con una temperatura relativamente agradable en uno de los ejes comerciales de la ciudad.
Y como la pareja de munipas va de buen rollo, no va a dedicarse a tocar los cojones a los hijos de puta que por sus motivos particulares se apropian, para ellos solitos, de uno de los dos carriles de circulación, deteniéndose en ellos todo el tiempo que les cuadre, bajo lo que parece la taumatúrgica protección de los intermitentes de stop, lo que en una vía concurridísima provoca el correspondiente efecto embudo. Así que la autoridad -que yo creía competente- sortea tranquilamente a dos cabrones, entre la plaza Salvador Anglada hasta el cruce con Badal, sin acusar recibo (uno de ellos, por cierto, no contento con entorpecer el tráfico rodado puso ruedas sobre la acera para joder también el tránsito peatonal) y sigue su camino disfrutando del clima y haciendo la vista gorda por tercera vez en la propia calle Badal, donde hay otro que lo mismo, bien a la vista, sin esconderse, entorpeciendo el acceso a la Ronda del MIg.
Lástima de móvil con cámara de fotos. Empiezo a tener ganas de hacerme con uno, para ofrecer claras pruebas de que si no te pasas del tiempo en zona verde o azul, en esta ciudad, cuando vas sobre ruedas, dos o cuatro, motorizadas o no, puedes mearte tranquilamente sobre los derechos de los demás -sobre todo, si los demás van a pie- con la total complacencia de la autoridad [dicen que] competente.
Los datos de la patrulla: vehículo señalado con el indicativo C-943 y matrícula 6653 DVS.
Hasta la próxima, que seguro que será pronto.
jueves, 25 de mayo de 2006
Carta a un autor español
De la serie: «Correo ordinario»
Te escribo, querido amigo, al día siguiente del dos de tres, es decir, del segundo episodio de los tres de que constará la culminación de la vergüenza. Me refiero a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Primero fue el Congreso, que la aprobó con práctica unanimidad; ayer el Senado que con casi la misma (un par de testimoniales votos en contra) la aprobó con unas pequeñas e intrascendentes enmiendas; y dentro de muy poco, el Congreso, otra vez, la dejará definitivamente lista para sanción.
Contra la voluntad de todos los españoles.
Te escribo a tí, autor español, al autor por excelencia; no a ese autor de la minoría dorada afecto al sistema y abundantemente premiado por éste con sinecuras, contratos-subvención públicos o cargos en sociedades de gestión, sino a ti, al verdadero autor, al que forma esa ingente masa de proletarios de la creación, de la carne de cañón que intenta, casi siempre vanamente, vivir de lo que escribe, que se gana la vida honradamente en un trabajo totalmente ajeno a su vocación o que, cercano a la misma -en casos afortunados-, no vive, porque no puede, de su propia creación.
Te escribo como un autor que soy también, que tampoco vive de lo que escribe pero que, quizá a diferencia de ti, como única circunstancia que nos distingue a uno de otro, no lo pretende, ni lo quiere, ni lo intenta.
Ayer fuimos derrotados.
Ayer fuimos derrotados yo como internauta y autor en red, tú como autor vocacional que aspira a poder vivir de su creación, y los dos como ciudadanos, como tantos millones de ciudadanos.
Y... ¿sabes? Nos lo merecemos, nos hemos ganado a pulso esta derrota, tú, yo, todos los ciudadanos. Por cobardes. Por acomodaticios. Por perezosos.
Siempre he dicho que el miedo se alimenta de si mismo y que no sirve para nada más que para engordar, para hacerse más grande, para generar más miedo. Tantas veces lo habré visto y dicho en mi actividad sindical, al ver cómo los funcionarios interinos renunciaban -al igual que muchos funcionarios de carrera, es verdad- a reclamar sus derechos por miedo a represalias; cuántas veces les habré dicho -hasta que ahora los hechos me ha dado plenamente la razón- que cuando decidieran liquidarlos lo harían sin contemplaciones, sin tener en cuenta sin fueron díscolos o mansos. Refugiarte como un ratoncito muerto de miedo en un rincón sólo sirve para ponérselo fácil a la escoba que te va a aplastar.
La gran masa de los afiliados -forzosos, en la mayoría de los casos- a las sociedades de gestión de derechos económicos de autor ha vivido siempre en el miedo, en el miedo de sufrir unas represalias sobre algo que no se tiene, en el miedo a que os quiten un pan que jamás os han dado. ¿Cuántos de los 80.000 famosos autores asociados a la $GAE vivís de lo que os da la $GAE? ¿Cuántos os podéis permitir siquiera dos o tres modestos aperitivos anuales con lo que os da la $GAE?
Y, sin embargo, jamás os habéis atrevido a levantarle la voz a la beautiful dominante, a la que os trata como a pringaos, a la que sólo os tiene en cuenta para usaros de rehenes clamando por un salario que vosotros desconocéis, al menos en la tal dignidad de salario, porque solamente son unas migajas indecentes.
¿De qué tenéis, de qué habéis tenido miedo? ¿A qué tanto ponerse en contacto con nosotros («por Dios, sobre todo que no trascienda quién soy, que me la juego», la de veces que lo habremos oído o leído) para luego volveros a sumergir en vuestro miedo y en vuestra miseria? ¿Ni siquiera de perdidos os echáis al río?
Pues he aquí vuestro castigo: la perpetuidad de vuestra miseria, la perpetuidad de vuestro miedo, la cadena perpetua al rincón ratonesco sin otra novedad posible que la llegada -más tarde o más temprano- de la escoba que os aplaste (que lo hará fácilmente al teneros perfectamente localizados).
Pero no sois, en absoluto, los únicos culpables. Ni siquiera los mayores culpables.
Estamos los ciudadanos, las otras víctimas de la abominación. Los ciudadanos que hemos actuado... no, mejor: hemos dejado de actuar... por miedo residual, un miedo no finalista, de amplio espectro, el miedo del animal domado y castrado en todos los ámbitos que teme al palo aún en aquellos casos en que no tiene ninguna razón para pensar que se lo puedan propinar; un miedo que abotarga, que castra todo análisis crítico, que se refugia en una falsa molicie a la que accede con enormes sacrificios y que basta con la amenaza de su supresión, de su pérdida, para hacerle sudar frío, porque esa falsa molicie es lo único que tiene: a ella ha inmolado toda su personalidad. Su alma, ya estéril, ha matado toda rebeldía, toda crítica, toda posibilidad de objeción.
El sistema, armado de hipotecas, de trabajo precario y de unos medios verdaderamente criminales, ha aprendido y perfeccionado hasta extremos inauditos las lecciones de los carceleros de los campos de extermino nazis y soviéticos. Si éstos aprendieron cómo un recluso podía -materialmente, literalmente- vender a su madre o a sus hijos por quince gramos de carne podre disimulada en el fondo de la sopa de [pocos] nabos, el sistema moderno ha aprendido que ni la carne hace falta, que basta con la amenaza implícita de suprimir el pedazo de pan negro y duro del desayuno. Y es tal la perfección alcanzada en esa materia, que ni siquiera hace falta la amenaza: la propia víctima la edifica ella misma. Y así se llega al lujo de llamar democracia al campo de concentración y se asume la perfección carcelaria de no precisar ni siquiera la molestia de ahorcar al díscolo, al rebelde, que pasa a ser incluso útil como contrapunto, como desfogue del preso común y capón que viendo en la rebeldía su propia vergüenza, reacciona contra ella con la risa o con el desprecio: el rebelde es un friki o un anarquista iluso, un pobre pringao que no se entera de las reglas del juego, alguien que nunca llegará a nada. El cénit de la ciencia penitenciaria: el preso investido a sí mismo como el más eficiente y terrible carcelero de sí mismo.
Presos de ese falso y tramposo hedonismo, los ciudadanos vemos pasar ante nuestras narices los más tremendos castigos y hasta pedimos a gritos que nos sean aplicados porque si no el sistema no se sostiene. Y así, tragamos alegres y contentos con las más macabras abominaciones laborales y con el encarcelamiento tremendo en nuestra propia vivienda, de la que ya no heredarán nuestros hijos sino su deuda (y eso si el sistema no nos obliga antes a vender la parte ya pagada para poder sobrevivir con una pensión de miseria, que es la próxima que están pergeñando).
Y entre nuestros democráticos aplausos, el sistema nos aplica, muerto de risa, el castigo, por manos de unos kapos llamados políticos.
Lo del canon no es sino un episodio más; quizá ni siquiera el más importante. Habrá más oportunidades para cepillárselo y sin duda acabará arrasado, pero no porque sea justo y necesario para nosotros, sino porque es conveniente para una facción de la junta directiva del campo de exterminio. Pero habrá otros castigos, en este y en otros ámbitos. Por esa supresión del canon que tanto les conviene a ellos nos harán pagar una factura a nosotros vendiéndonos -entre nuestro pollináceo asentimiento- que han suprimido el canon por favorecernos a nosotros.
Parte de nuestra doma consistió en asumir la enseñanza de que la justicia, al final, siempre triunfa. Mentira. Doble mentira. Primero, porque su justicia no es la justicia (si es que cabe hablar, en general, de justicia, de lo cual albergo mis dudas). Segundo, porque la justicia -en su caso- jamás brilla sola: su triunfo se alimenta de esfuerzo, de sacrificios, de heroísmo y muchísimas veces de víctimas, de víctimas culpables y también de víctimas inocentes. La justicia -si la hay, si existe- necesita para funcionar, para ejercer, grandes cantidades de sangre, de sudor y de lágrimas. No es autolimpiable, como algunos elementos modernos o como suelen creer las almas estériles cuando ya no tienen nada en que creer verdaderamente.
Esta es, querido autor español, autor de verdad, hermano en el pijama a rayas y en el número tatuado en el brazo, nuestra historia y nuestra realidad. Y seguramente, también será nuestro futuro, ya que él sólo depende de nosotros y ya ves tú el panorama.
Hasta siempre. Nos veremos mañana por la mañana, en el patio, antes del desayuno.
A la hora de las ejecuciones.
Te escribo, querido amigo, al día siguiente del dos de tres, es decir, del segundo episodio de los tres de que constará la culminación de la vergüenza. Me refiero a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Primero fue el Congreso, que la aprobó con práctica unanimidad; ayer el Senado que con casi la misma (un par de testimoniales votos en contra) la aprobó con unas pequeñas e intrascendentes enmiendas; y dentro de muy poco, el Congreso, otra vez, la dejará definitivamente lista para sanción.
Contra la voluntad de todos los españoles.
Te escribo a tí, autor español, al autor por excelencia; no a ese autor de la minoría dorada afecto al sistema y abundantemente premiado por éste con sinecuras, contratos-subvención públicos o cargos en sociedades de gestión, sino a ti, al verdadero autor, al que forma esa ingente masa de proletarios de la creación, de la carne de cañón que intenta, casi siempre vanamente, vivir de lo que escribe, que se gana la vida honradamente en un trabajo totalmente ajeno a su vocación o que, cercano a la misma -en casos afortunados-, no vive, porque no puede, de su propia creación.
Te escribo como un autor que soy también, que tampoco vive de lo que escribe pero que, quizá a diferencia de ti, como única circunstancia que nos distingue a uno de otro, no lo pretende, ni lo quiere, ni lo intenta.
Ayer fuimos derrotados.
Ayer fuimos derrotados yo como internauta y autor en red, tú como autor vocacional que aspira a poder vivir de su creación, y los dos como ciudadanos, como tantos millones de ciudadanos.
Y... ¿sabes? Nos lo merecemos, nos hemos ganado a pulso esta derrota, tú, yo, todos los ciudadanos. Por cobardes. Por acomodaticios. Por perezosos.
Siempre he dicho que el miedo se alimenta de si mismo y que no sirve para nada más que para engordar, para hacerse más grande, para generar más miedo. Tantas veces lo habré visto y dicho en mi actividad sindical, al ver cómo los funcionarios interinos renunciaban -al igual que muchos funcionarios de carrera, es verdad- a reclamar sus derechos por miedo a represalias; cuántas veces les habré dicho -hasta que ahora los hechos me ha dado plenamente la razón- que cuando decidieran liquidarlos lo harían sin contemplaciones, sin tener en cuenta sin fueron díscolos o mansos. Refugiarte como un ratoncito muerto de miedo en un rincón sólo sirve para ponérselo fácil a la escoba que te va a aplastar.
La gran masa de los afiliados -forzosos, en la mayoría de los casos- a las sociedades de gestión de derechos económicos de autor ha vivido siempre en el miedo, en el miedo de sufrir unas represalias sobre algo que no se tiene, en el miedo a que os quiten un pan que jamás os han dado. ¿Cuántos de los 80.000 famosos autores asociados a la $GAE vivís de lo que os da la $GAE? ¿Cuántos os podéis permitir siquiera dos o tres modestos aperitivos anuales con lo que os da la $GAE?
Y, sin embargo, jamás os habéis atrevido a levantarle la voz a la beautiful dominante, a la que os trata como a pringaos, a la que sólo os tiene en cuenta para usaros de rehenes clamando por un salario que vosotros desconocéis, al menos en la tal dignidad de salario, porque solamente son unas migajas indecentes.
¿De qué tenéis, de qué habéis tenido miedo? ¿A qué tanto ponerse en contacto con nosotros («por Dios, sobre todo que no trascienda quién soy, que me la juego», la de veces que lo habremos oído o leído) para luego volveros a sumergir en vuestro miedo y en vuestra miseria? ¿Ni siquiera de perdidos os echáis al río?
Pues he aquí vuestro castigo: la perpetuidad de vuestra miseria, la perpetuidad de vuestro miedo, la cadena perpetua al rincón ratonesco sin otra novedad posible que la llegada -más tarde o más temprano- de la escoba que os aplaste (que lo hará fácilmente al teneros perfectamente localizados).
Pero no sois, en absoluto, los únicos culpables. Ni siquiera los mayores culpables.
Estamos los ciudadanos, las otras víctimas de la abominación. Los ciudadanos que hemos actuado... no, mejor: hemos dejado de actuar... por miedo residual, un miedo no finalista, de amplio espectro, el miedo del animal domado y castrado en todos los ámbitos que teme al palo aún en aquellos casos en que no tiene ninguna razón para pensar que se lo puedan propinar; un miedo que abotarga, que castra todo análisis crítico, que se refugia en una falsa molicie a la que accede con enormes sacrificios y que basta con la amenaza de su supresión, de su pérdida, para hacerle sudar frío, porque esa falsa molicie es lo único que tiene: a ella ha inmolado toda su personalidad. Su alma, ya estéril, ha matado toda rebeldía, toda crítica, toda posibilidad de objeción.
El sistema, armado de hipotecas, de trabajo precario y de unos medios verdaderamente criminales, ha aprendido y perfeccionado hasta extremos inauditos las lecciones de los carceleros de los campos de extermino nazis y soviéticos. Si éstos aprendieron cómo un recluso podía -materialmente, literalmente- vender a su madre o a sus hijos por quince gramos de carne podre disimulada en el fondo de la sopa de [pocos] nabos, el sistema moderno ha aprendido que ni la carne hace falta, que basta con la amenaza implícita de suprimir el pedazo de pan negro y duro del desayuno. Y es tal la perfección alcanzada en esa materia, que ni siquiera hace falta la amenaza: la propia víctima la edifica ella misma. Y así se llega al lujo de llamar democracia al campo de concentración y se asume la perfección carcelaria de no precisar ni siquiera la molestia de ahorcar al díscolo, al rebelde, que pasa a ser incluso útil como contrapunto, como desfogue del preso común y capón que viendo en la rebeldía su propia vergüenza, reacciona contra ella con la risa o con el desprecio: el rebelde es un friki o un anarquista iluso, un pobre pringao que no se entera de las reglas del juego, alguien que nunca llegará a nada. El cénit de la ciencia penitenciaria: el preso investido a sí mismo como el más eficiente y terrible carcelero de sí mismo.
Presos de ese falso y tramposo hedonismo, los ciudadanos vemos pasar ante nuestras narices los más tremendos castigos y hasta pedimos a gritos que nos sean aplicados porque si no el sistema no se sostiene. Y así, tragamos alegres y contentos con las más macabras abominaciones laborales y con el encarcelamiento tremendo en nuestra propia vivienda, de la que ya no heredarán nuestros hijos sino su deuda (y eso si el sistema no nos obliga antes a vender la parte ya pagada para poder sobrevivir con una pensión de miseria, que es la próxima que están pergeñando).
Y entre nuestros democráticos aplausos, el sistema nos aplica, muerto de risa, el castigo, por manos de unos kapos llamados políticos.
Lo del canon no es sino un episodio más; quizá ni siquiera el más importante. Habrá más oportunidades para cepillárselo y sin duda acabará arrasado, pero no porque sea justo y necesario para nosotros, sino porque es conveniente para una facción de la junta directiva del campo de exterminio. Pero habrá otros castigos, en este y en otros ámbitos. Por esa supresión del canon que tanto les conviene a ellos nos harán pagar una factura a nosotros vendiéndonos -entre nuestro pollináceo asentimiento- que han suprimido el canon por favorecernos a nosotros.
Parte de nuestra doma consistió en asumir la enseñanza de que la justicia, al final, siempre triunfa. Mentira. Doble mentira. Primero, porque su justicia no es la justicia (si es que cabe hablar, en general, de justicia, de lo cual albergo mis dudas). Segundo, porque la justicia -en su caso- jamás brilla sola: su triunfo se alimenta de esfuerzo, de sacrificios, de heroísmo y muchísimas veces de víctimas, de víctimas culpables y también de víctimas inocentes. La justicia -si la hay, si existe- necesita para funcionar, para ejercer, grandes cantidades de sangre, de sudor y de lágrimas. No es autolimpiable, como algunos elementos modernos o como suelen creer las almas estériles cuando ya no tienen nada en que creer verdaderamente.
Esta es, querido autor español, autor de verdad, hermano en el pijama a rayas y en el número tatuado en el brazo, nuestra historia y nuestra realidad. Y seguramente, también será nuestro futuro, ya que él sólo depende de nosotros y ya ves tú el panorama.
Hasta siempre. Nos veremos mañana por la mañana, en el patio, antes del desayuno.
A la hora de las ejecuciones.
Dies irae
De la serie: «Los jueves, paella»
Es posible que hoy bata récords en materia de incorrección política, pero es que estoy -más que habitualmente- hasta los mismísimos. Por los temas que trataré hoy aquí y por otro que merece rancho aparte y que ya no es tema de paella sino que forma parte del núcleo habitual de esta bitácora. Cada cosa en su momento. Ahora, ato bien los machos, respiro profundamente tres o cuatro veces y me pongo al puto mundo por montera. Vamos allá...
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La primera va por el asuntillo este -más bien estúpido- del doping en el deporte.
Claro, yo creía que esto del doping, era como drogarse: meterse una raya, chutarse un pico y todas esas cosas que le están prohibidas al común ciudadano civil. Pero no: esto del doping consiste -me explican- en meterse cosas que puedan provocar un rendimiento extraordinario a un deportista y que van desde corticosteroides hasta simples medicamentos contra la gripe; sí, porque se considera doping tanto el doping propiamente dicho como aquellas sustancias susceptibles de ocultar al analista el doping. De total paranoia. El día menos pensado habrá que ponerle una camisa de fuerza a cualquier saltador de pértiga que se ponga a ametrallar a la gente desde un campanario con la neura completamente cortocircuitada por la simple visión de un zumo de naranja. Aunque también cabe tranquilizarse: la inteligencia emocional que puede presumírseles a estos del calzoncillo, en todo comparable a la sensibilidad de un adoquín, hace que no parezca que pueda temerse la materialización de ese peligro.
En definitiva, no lo entiendo. Habida cuenta de que eso del deporte es puro espectáculo y que eso del citius, altius, fortius es tan aplicable al atletismo -pongo por caso- como al tomate de la tele berluscoña, no veo por qué no se aplica el mens absente in corpore insepulto y caiga quien caiga, oye, maricón el último. ¿Que uno quiere sacarse sangre, limpiarla con «Fairy» y ventilarla al fresco siete noches para luego enchufársela por via endovenosa -claro- diez minutos antes de empezar a hacer el burro? Bueno ¿y qué? Con tal de que permitan a todos los competidores que hagan lo propio... ¿qué tiene de malo? Las marranadas esas más o menos bioquímicas que se meten... ¿me las prohíben a mí? ¿Me puede detener la poli -sin inspector de la $GAE ni nada- por tenerlas en el botiquín? Siempre que no haya cometido algún delito para obtener la cosa (falsificación de recetas o parecido) no ¿verdad? Entonces... ¿por qué, en cambio, me caen encima hasta los GEOs si me pillan sorbiendo una cosa de esas cinco minutos antes de jugar un partido de fútbol?
Que no me vengan con la imbecilidad esa del mal ejemplo para la juventud. El mal ejemplo para la juventud es «Los Serrano» (radical, terminante e inapelablemente prohibida en mi casa) y no que un tal Johnson se ponga de esteroides hasta el culo. Después de todo, a la juventud se le enseña como una gracia cool y modelna eso de meterse líneas por las narices, pastillitas abarrotadas de anfetas y matarratas por la boca y humo de hierbajos en los pulmones. Y, después de todo... ¿no fué un calzoncillero acróbata de la vida sana (ejteeee, di no) el máximo exponente de ejemplo juvenil políticamente correcto?
Ya sabemos que esas sustancias que se administran muchos de esos de la carne sudorosa y maloliente son muy malas (y eso que, en no pocos casos, tócate los cojones, como el de estos días, se lo meten por prescripción facultativa). Por supuesto, a mí no se me ocurre tomármelas (bueno, algunas, como la cafeína, sí, porque hasta la cafeína se ve que es droga dura si ejerces en calzoncillos) para llevar a cabo mi modesta y honorable función pública, pese a lo cual, si no son drogas (de las comunes) ni llego borracho al trabajo, nadie me dice esta boca es mía. Soy mayor de edad y se supone que sé lo que hago; igual que los que fuman y los que, sin llegar a emborracharse, al menos sistemáticamente, le pegan demasiado al frasco. Que yo sepa, no se detiene a los alcohólicos -al menos por el simple hecho de serlo- ni (todavía) a los fumadores y eso que mira que dicen que está demostradísimo lo malo que es eso que ingieren y que aspiran...
Pues a eso que llaman deportista, lo mismo. Que se tome lo que le dé la gana. Y si casca, ya lo enterraremos y hasta lo proclamaremos héroe de lo políticamente correcto para orgullo, honra y loor de su estirpe, que era lo que se hacía con los gladiadores y otras especies de similar pelaje en aquellos tiempos de los albores de la civilización occidental que, aunque un poco bestias sí que eran, cada vez estoy más convencido de que en el fondo eran bastante más humanos.
Y muchísimo menos gilipollas.
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Llevamos unos días en que unos cuantos multiculturales, transversales y elementos de mestizaje, como gusta decir a unos cuantos capullos que yo me sé, nos están dando unas alegrías de aquí te espero, hasta el punto de que ha habido que llevar a Cataluña a un montón de guardias civiles para tapar los agujeros dejados por el déficit de policías a que nos ha llevado la prisa por cobrar competencias como sea, aunque no se disponga de medios con qué afrontarlas. Pero también hay que justificar a la Tura (¿por qué me caerá tan bien -y sin motivo alguno- esa señora?) admitiendo que ni aquí ni en ninguna parte puede un responsable policial prever que toda la escoria de mil campos de batalla europeos aterrice por aquí en plan Equipo A pero en versión mala gente y se ponga manos a la práctica intensiva de desmanes, así, a saco y porque nos sale de los cataplines y nos hace falta pasta.
A ver si yo lo entiendo: enviamos a nuestros soldaditos (pagando nosotros, los ciudadanitos) a sacarles las castañas del fuego a unos tales albano-kosovares a quienes estaban apiolando de mala manera unos no me acuerdo quiénes -no hay Dios Padre que se aclare con aquella macedonia de criminales de allá abajo- y los albano-kosovares en cuestión, para darnos las gracias, vienen aquí armados hasta los dientes y se ponen a dar caña a nuestros ciudadanos, robándoles hasta las bombillas y apaleándoles hasta la extenuación a la menor protesta. Es la ventaja de trabajar en una nación civilizada: cuando te pilla la autoridad competente, en vez de ponerte directamente en el paredón y arreglado el asunto sin papeleos ni engorros burocráticos, pues no, te leen unos derechos muy graciosos y si tienes la mala suerte de que el juez esté por la labor y en su recto proceder, te ponen a la sombra pero, bueno, tampoco es como allá ¿eh? que aquí hay tres buenas comidas al día, cama, techo, televisión, abogados gratis, montañas de garantías (para tí, no para el panoli al que has molido todos los huesos) y hasta vis a vis, que al pajarito hay que sacarlo de la jaula de vez en cuando y en condiciones, no jodamos (o sí, vaya).
Esto se nos está yendo de las manos.
Que la gente venga desde el culo del mundo a trabajar, estupendo. Hombre, sería mucho mejor que en sus casas originarias vivieran decentemente y no tuvieran que irse, a su vez, a lo que desde su perspectiva también es el culo del mundo, cargado de costumbres distintas -muchas de ellas, antipáticas- para ganarse las habichuelas. Pero como es norma de eficiencia capitalista (y de cajón) que para que haya ricos tiene que haber pobres, pues eso es lo que hay y no vamos a poder cambiarlo de hoy para mañana. El caso es que esta gente viene para acá.
Muy bien: en lo que a mí respecta, encantado. Después de todo, los que trabajan, que son la mayoría, no me parece que le roben el trabajo a nadie y sí, más bien, que ocupan puestos que nadie quiere y que son necesarios. Veremos qué pasará dentro de una generación, pero esa es otra historia en la que aquí y ahora no voy a entrar.
Pero no basta con trabajar: hay que cumplir con nuestras normas. Cumplir con nuestras normas no se refiere solamente a abstenerse de truculencias como rebanarles el clítoris a las niñas o asesinar a los infieles sino en otras cosas adicionales. Como, por ejemplo, no saquear fraudulentamente el sistema de protección social.
Sí, porque hay prácticas que no son excepcionales y sí muy extendidas entre inmigrantes que desempeñan trabajos en domicilios, esencialmente el cuidado de personas discapacitadas o enfermas. Resulta que muchísimos de estos trabajadores perciben sustanciosos estipendios por su trabajo. Hasta ahí bien porque, además -y lo sé de primera mano- la calidad de ese trabajo es, en muchos casos, excelente. Lo malo es que exigen (y repito: no son excepciones ni casos aislados) que se les pague en negro. No cotizan por tanto, a la Seguridad Social ni, por supuesto, contribuyen con su IRPF. Obviamente, en cambio, como sus ingresos son oficialmente inexistentes, se apuntan a todos los bombardeos sociales: ayudas, subvenciones, asistencia, etcétera. Otros, ganando mucho menos que ellos, no tenemos acceso ni siquiera a una mísera ayuda para libros de texto porque consta en diez mil quinientos sitios distintos que ganamos más que el equivalente de tres veces el salario mínimo.
Como somos oficialmente ricos, nos tenemos que joder a beneficio de los que son oficialmente pobres (y que, por ejemplo, se están ventilando ellos solitos la tercera parte de la dinámica inmobiliaria mientras los atontados de nuestros mocitos deambulan entre botellón multitudinario y sentada de protesta de cuatro y el cabo). Y si todo fuera esto, vaya y pase. Lo malo es que nos están anunciando que -con la sonriente complacencia de los daosporculo de los cocos y los ugetes (ya me gustaría a mí verlos haciendo esto en el Langreo del 34, si hay cojones)- a las parejas en las que trabajan los dos, la pensión de viudedad se la pueden pintar al óleo. Así, sin que ardan conventos ni nada. Ya nos está bien merecido.
Claro, con este saqueo que supone pagar hasta los pañales de familias en las que el más tonto ingresa tres mil negrísimos euros cada mes, el sistema, obviamente, no se sostiene.
Encima, el ciudadano -local- que intenta hacer las cosas legalmente, puede encontrarse sin servicio. Me contaba mi esposa -enfermera de una unidad pública de cuidados paliativos domiciliarios- que aconsejó a la hija de una enferma que ésta estuviera atendida por alguien las veinticuatro horas del día porque ya no estaba en condiciones de desenvolverse sola; la hija en cuestión, una empresaria de éxito (que le dicen ahora) y titular de una sólida posición económica, buscó y encontró rápidamente porque no regateó dinero. Sólo que, llegado el acuerdo con el interesado (peruano o ecuatoriano, no recuerdo), le dijo: «Bueno, pues nada, empiece el día 1 próximo y, mientras tanto aquí tiene la tarjeta del gestor para que vaya a que cumplimente la documentación y realice los trámites correspondientes». «¿Documentación? ¿Trámites? Nada de eso -objetó el otro- Usted me paga en efectivo a final de mes y cuestión resuelta». A esa señora -que, repito, no regateaba el dinero, pero sí era muy estricta con la normativa (sabe lo que son los sindicatos en lo legal y los chantajistas en lo ilegal)- le costó muchísimo encontrar a alguien que se aviniera a trabajar en condiciones que constituyen el sueño de muchísimos españoles. Como que creo que al final fue un español lo que encontró.
Hay que meter mano a esta gente y hay que meterles por el puto culo toda la normativa. Ni esto son las montañas de Kosovo ni esto es el desmadre del otro lado del charco. Esto es la Unión Europea y aquí hay -o debería haber- un orden.
Aquí hay que proteger con muchísimo celo y muchísimo escrúpulo a los que vienen a trabajar y trabajan normal y regularmente: no hay derecho a que patronos sin escrúpulos se rifen sus derechos laborales y muchísimo menos los que se refieren a la seguridad y salud en el trabajo; no puede consentirse que se especule con su necesidad de vivienda de la manera cafre y salvaje como se está haciendo (si el asunto de los terrados patera barceloneses no lleva a alguien a la cárcel, es que estamos realmente muy mal). Pero, con idéntico celo e idéntico escrúpulo, aquí hay que patear los cojones de los hijoputas que se creen que esto es como el valle del Neretva o como una película de Cantinflas con sus mordidas y todo.
Porque si no se hace así -y de forma rápida e incisiva- no tardarán en salir los que propongan legalizar formas rápidas e incisivas de trato al inmigrante de esas que ahora lo son por la mano izquierda, por así decirlo, y entonces habrá que oir a los gilipollas del buen rollito, de la multiculturalidad y de toda la cagarela, chillar como gallinas histéricas cuando algún Le Pen local -y ya hay aspirantes- nos meta inopinadamente quince o veinte diputados en el parlamento. Y que no sean más.
Ahí queda eso.
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Se me quedan cosas en el tintero. Hubiera querido, por ejemplo, hablar un poco de cómo la estupidez nacionalista -ávida de maduras, pero que rechaza las correspondientes duras- ha entrado en conflicto con otra estupidez nacionalista igualmente pueblerina y entre las dos amenazan con cargarse el invento de la Eurorregión, esencial -es que manda narices ¿eh?- para ambas comunidades. Y más cosas. Pero iba esta paella a convertirse en un libro, y tampoco es eso.
Así que lo vamos a dejar para el próximo jueves, que será 1 de junio y estaremos a tres semanitas de habernos echado al coleto la primavera, jo, es que pasa el tiempo que nos atropella. Que nos lo digan a los padres, viendo cómo hay que renovar completamente el vestuario de temporada de los hijos porque se quedó pequeño el del verano pasado; y sin subvenciones ni nada. Y eso no es nada: espérate a la vuelta al cole.
Suerte que los CD grabables me los compro en Andorra y me ahorro el diezmo de la $GAE. Todo ayuda.
Hasta la semana que viene y que no sea nada.
Es posible que hoy bata récords en materia de incorrección política, pero es que estoy -más que habitualmente- hasta los mismísimos. Por los temas que trataré hoy aquí y por otro que merece rancho aparte y que ya no es tema de paella sino que forma parte del núcleo habitual de esta bitácora. Cada cosa en su momento. Ahora, ato bien los machos, respiro profundamente tres o cuatro veces y me pongo al puto mundo por montera. Vamos allá...
La primera va por el asuntillo este -más bien estúpido- del doping en el deporte.
Claro, yo creía que esto del doping, era como drogarse: meterse una raya, chutarse un pico y todas esas cosas que le están prohibidas al común ciudadano civil. Pero no: esto del doping consiste -me explican- en meterse cosas que puedan provocar un rendimiento extraordinario a un deportista y que van desde corticosteroides hasta simples medicamentos contra la gripe; sí, porque se considera doping tanto el doping propiamente dicho como aquellas sustancias susceptibles de ocultar al analista el doping. De total paranoia. El día menos pensado habrá que ponerle una camisa de fuerza a cualquier saltador de pértiga que se ponga a ametrallar a la gente desde un campanario con la neura completamente cortocircuitada por la simple visión de un zumo de naranja. Aunque también cabe tranquilizarse: la inteligencia emocional que puede presumírseles a estos del calzoncillo, en todo comparable a la sensibilidad de un adoquín, hace que no parezca que pueda temerse la materialización de ese peligro.
En definitiva, no lo entiendo. Habida cuenta de que eso del deporte es puro espectáculo y que eso del citius, altius, fortius es tan aplicable al atletismo -pongo por caso- como al tomate de la tele berluscoña, no veo por qué no se aplica el mens absente in corpore insepulto y caiga quien caiga, oye, maricón el último. ¿Que uno quiere sacarse sangre, limpiarla con «Fairy» y ventilarla al fresco siete noches para luego enchufársela por via endovenosa -claro- diez minutos antes de empezar a hacer el burro? Bueno ¿y qué? Con tal de que permitan a todos los competidores que hagan lo propio... ¿qué tiene de malo? Las marranadas esas más o menos bioquímicas que se meten... ¿me las prohíben a mí? ¿Me puede detener la poli -sin inspector de la $GAE ni nada- por tenerlas en el botiquín? Siempre que no haya cometido algún delito para obtener la cosa (falsificación de recetas o parecido) no ¿verdad? Entonces... ¿por qué, en cambio, me caen encima hasta los GEOs si me pillan sorbiendo una cosa de esas cinco minutos antes de jugar un partido de fútbol?
Que no me vengan con la imbecilidad esa del mal ejemplo para la juventud. El mal ejemplo para la juventud es «Los Serrano» (radical, terminante e inapelablemente prohibida en mi casa) y no que un tal Johnson se ponga de esteroides hasta el culo. Después de todo, a la juventud se le enseña como una gracia cool y modelna eso de meterse líneas por las narices, pastillitas abarrotadas de anfetas y matarratas por la boca y humo de hierbajos en los pulmones. Y, después de todo... ¿no fué un calzoncillero acróbata de la vida sana (ejteeee, di no) el máximo exponente de ejemplo juvenil políticamente correcto?
Ya sabemos que esas sustancias que se administran muchos de esos de la carne sudorosa y maloliente son muy malas (y eso que, en no pocos casos, tócate los cojones, como el de estos días, se lo meten por prescripción facultativa). Por supuesto, a mí no se me ocurre tomármelas (bueno, algunas, como la cafeína, sí, porque hasta la cafeína se ve que es droga dura si ejerces en calzoncillos) para llevar a cabo mi modesta y honorable función pública, pese a lo cual, si no son drogas (de las comunes) ni llego borracho al trabajo, nadie me dice esta boca es mía. Soy mayor de edad y se supone que sé lo que hago; igual que los que fuman y los que, sin llegar a emborracharse, al menos sistemáticamente, le pegan demasiado al frasco. Que yo sepa, no se detiene a los alcohólicos -al menos por el simple hecho de serlo- ni (todavía) a los fumadores y eso que mira que dicen que está demostradísimo lo malo que es eso que ingieren y que aspiran...
Pues a eso que llaman deportista, lo mismo. Que se tome lo que le dé la gana. Y si casca, ya lo enterraremos y hasta lo proclamaremos héroe de lo políticamente correcto para orgullo, honra y loor de su estirpe, que era lo que se hacía con los gladiadores y otras especies de similar pelaje en aquellos tiempos de los albores de la civilización occidental que, aunque un poco bestias sí que eran, cada vez estoy más convencido de que en el fondo eran bastante más humanos.
Y muchísimo menos gilipollas.
Llevamos unos días en que unos cuantos multiculturales, transversales y elementos de mestizaje, como gusta decir a unos cuantos capullos que yo me sé, nos están dando unas alegrías de aquí te espero, hasta el punto de que ha habido que llevar a Cataluña a un montón de guardias civiles para tapar los agujeros dejados por el déficit de policías a que nos ha llevado la prisa por cobrar competencias como sea, aunque no se disponga de medios con qué afrontarlas. Pero también hay que justificar a la Tura (¿por qué me caerá tan bien -y sin motivo alguno- esa señora?) admitiendo que ni aquí ni en ninguna parte puede un responsable policial prever que toda la escoria de mil campos de batalla europeos aterrice por aquí en plan Equipo A pero en versión mala gente y se ponga manos a la práctica intensiva de desmanes, así, a saco y porque nos sale de los cataplines y nos hace falta pasta.
A ver si yo lo entiendo: enviamos a nuestros soldaditos (pagando nosotros, los ciudadanitos) a sacarles las castañas del fuego a unos tales albano-kosovares a quienes estaban apiolando de mala manera unos no me acuerdo quiénes -no hay Dios Padre que se aclare con aquella macedonia de criminales de allá abajo- y los albano-kosovares en cuestión, para darnos las gracias, vienen aquí armados hasta los dientes y se ponen a dar caña a nuestros ciudadanos, robándoles hasta las bombillas y apaleándoles hasta la extenuación a la menor protesta. Es la ventaja de trabajar en una nación civilizada: cuando te pilla la autoridad competente, en vez de ponerte directamente en el paredón y arreglado el asunto sin papeleos ni engorros burocráticos, pues no, te leen unos derechos muy graciosos y si tienes la mala suerte de que el juez esté por la labor y en su recto proceder, te ponen a la sombra pero, bueno, tampoco es como allá ¿eh? que aquí hay tres buenas comidas al día, cama, techo, televisión, abogados gratis, montañas de garantías (para tí, no para el panoli al que has molido todos los huesos) y hasta vis a vis, que al pajarito hay que sacarlo de la jaula de vez en cuando y en condiciones, no jodamos (o sí, vaya).
Esto se nos está yendo de las manos.
Que la gente venga desde el culo del mundo a trabajar, estupendo. Hombre, sería mucho mejor que en sus casas originarias vivieran decentemente y no tuvieran que irse, a su vez, a lo que desde su perspectiva también es el culo del mundo, cargado de costumbres distintas -muchas de ellas, antipáticas- para ganarse las habichuelas. Pero como es norma de eficiencia capitalista (y de cajón) que para que haya ricos tiene que haber pobres, pues eso es lo que hay y no vamos a poder cambiarlo de hoy para mañana. El caso es que esta gente viene para acá.
Muy bien: en lo que a mí respecta, encantado. Después de todo, los que trabajan, que son la mayoría, no me parece que le roben el trabajo a nadie y sí, más bien, que ocupan puestos que nadie quiere y que son necesarios. Veremos qué pasará dentro de una generación, pero esa es otra historia en la que aquí y ahora no voy a entrar.
Pero no basta con trabajar: hay que cumplir con nuestras normas. Cumplir con nuestras normas no se refiere solamente a abstenerse de truculencias como rebanarles el clítoris a las niñas o asesinar a los infieles sino en otras cosas adicionales. Como, por ejemplo, no saquear fraudulentamente el sistema de protección social.
Sí, porque hay prácticas que no son excepcionales y sí muy extendidas entre inmigrantes que desempeñan trabajos en domicilios, esencialmente el cuidado de personas discapacitadas o enfermas. Resulta que muchísimos de estos trabajadores perciben sustanciosos estipendios por su trabajo. Hasta ahí bien porque, además -y lo sé de primera mano- la calidad de ese trabajo es, en muchos casos, excelente. Lo malo es que exigen (y repito: no son excepciones ni casos aislados) que se les pague en negro. No cotizan por tanto, a la Seguridad Social ni, por supuesto, contribuyen con su IRPF. Obviamente, en cambio, como sus ingresos son oficialmente inexistentes, se apuntan a todos los bombardeos sociales: ayudas, subvenciones, asistencia, etcétera. Otros, ganando mucho menos que ellos, no tenemos acceso ni siquiera a una mísera ayuda para libros de texto porque consta en diez mil quinientos sitios distintos que ganamos más que el equivalente de tres veces el salario mínimo.
Como somos oficialmente ricos, nos tenemos que joder a beneficio de los que son oficialmente pobres (y que, por ejemplo, se están ventilando ellos solitos la tercera parte de la dinámica inmobiliaria mientras los atontados de nuestros mocitos deambulan entre botellón multitudinario y sentada de protesta de cuatro y el cabo). Y si todo fuera esto, vaya y pase. Lo malo es que nos están anunciando que -con la sonriente complacencia de los daosporculo de los cocos y los ugetes (ya me gustaría a mí verlos haciendo esto en el Langreo del 34, si hay cojones)- a las parejas en las que trabajan los dos, la pensión de viudedad se la pueden pintar al óleo. Así, sin que ardan conventos ni nada. Ya nos está bien merecido.
Claro, con este saqueo que supone pagar hasta los pañales de familias en las que el más tonto ingresa tres mil negrísimos euros cada mes, el sistema, obviamente, no se sostiene.
Encima, el ciudadano -local- que intenta hacer las cosas legalmente, puede encontrarse sin servicio. Me contaba mi esposa -enfermera de una unidad pública de cuidados paliativos domiciliarios- que aconsejó a la hija de una enferma que ésta estuviera atendida por alguien las veinticuatro horas del día porque ya no estaba en condiciones de desenvolverse sola; la hija en cuestión, una empresaria de éxito (que le dicen ahora) y titular de una sólida posición económica, buscó y encontró rápidamente porque no regateó dinero. Sólo que, llegado el acuerdo con el interesado (peruano o ecuatoriano, no recuerdo), le dijo: «Bueno, pues nada, empiece el día 1 próximo y, mientras tanto aquí tiene la tarjeta del gestor para que vaya a que cumplimente la documentación y realice los trámites correspondientes». «¿Documentación? ¿Trámites? Nada de eso -objetó el otro- Usted me paga en efectivo a final de mes y cuestión resuelta». A esa señora -que, repito, no regateaba el dinero, pero sí era muy estricta con la normativa (sabe lo que son los sindicatos en lo legal y los chantajistas en lo ilegal)- le costó muchísimo encontrar a alguien que se aviniera a trabajar en condiciones que constituyen el sueño de muchísimos españoles. Como que creo que al final fue un español lo que encontró.
Hay que meter mano a esta gente y hay que meterles por el puto culo toda la normativa. Ni esto son las montañas de Kosovo ni esto es el desmadre del otro lado del charco. Esto es la Unión Europea y aquí hay -o debería haber- un orden.
Aquí hay que proteger con muchísimo celo y muchísimo escrúpulo a los que vienen a trabajar y trabajan normal y regularmente: no hay derecho a que patronos sin escrúpulos se rifen sus derechos laborales y muchísimo menos los que se refieren a la seguridad y salud en el trabajo; no puede consentirse que se especule con su necesidad de vivienda de la manera cafre y salvaje como se está haciendo (si el asunto de los terrados patera barceloneses no lleva a alguien a la cárcel, es que estamos realmente muy mal). Pero, con idéntico celo e idéntico escrúpulo, aquí hay que patear los cojones de los hijoputas que se creen que esto es como el valle del Neretva o como una película de Cantinflas con sus mordidas y todo.
Porque si no se hace así -y de forma rápida e incisiva- no tardarán en salir los que propongan legalizar formas rápidas e incisivas de trato al inmigrante de esas que ahora lo son por la mano izquierda, por así decirlo, y entonces habrá que oir a los gilipollas del buen rollito, de la multiculturalidad y de toda la cagarela, chillar como gallinas histéricas cuando algún Le Pen local -y ya hay aspirantes- nos meta inopinadamente quince o veinte diputados en el parlamento. Y que no sean más.
Ahí queda eso.
Se me quedan cosas en el tintero. Hubiera querido, por ejemplo, hablar un poco de cómo la estupidez nacionalista -ávida de maduras, pero que rechaza las correspondientes duras- ha entrado en conflicto con otra estupidez nacionalista igualmente pueblerina y entre las dos amenazan con cargarse el invento de la Eurorregión, esencial -es que manda narices ¿eh?- para ambas comunidades. Y más cosas. Pero iba esta paella a convertirse en un libro, y tampoco es eso.
Así que lo vamos a dejar para el próximo jueves, que será 1 de junio y estaremos a tres semanitas de habernos echado al coleto la primavera, jo, es que pasa el tiempo que nos atropella. Que nos lo digan a los padres, viendo cómo hay que renovar completamente el vestuario de temporada de los hijos porque se quedó pequeño el del verano pasado; y sin subvenciones ni nada. Y eso no es nada: espérate a la vuelta al cole.
Suerte que los CD grabables me los compro en Andorra y me ahorro el diezmo de la $GAE. Todo ayuda.
Hasta la semana que viene y que no sea nada.
miércoles, 24 de mayo de 2006
Lloriqueos
De la serie: «Correo ordinario»
La BSA nos obsequió ayer con otro de sus llantos con lágrimas de cocodrilo. La BSA (Bussiness Software Alliance), o sea, la asociación de comercializadores de software, o sea, la banda de los apropiacionistas, es una entidad cuyos fines y objetivos me importan tanto como la talla de las bragas de Exuperancia Rapú y cuyas actividades me producen idéntica indiferencia, salvo una: la persecución de la piratería del software. Me explico: no es que me preocupe ese fenómeno (en lo que a mí respecta, allá películas) pero las -presuntas- actividades de la BSA al respecto me desternillan de risa. Un día les demandaré por los daños y perjuicios causados a mi plexo solar y que no les pase nada como me rompa la cadera cayéndome de la silla.
Decía que nos salieron ayer por peteneras a cuenta de las cifras españolas de la piratería que dicen que les afecta. Y no es que las cifras me parezcan infladas o exageradas; nada de eso, al contrario: creo que estimar que el 46% del software que se utiliza en este país es ilegal, me parece de una modestia candorosa cuando, fuera de las panolis de las administraciones públicas (total, es dinero del ciudadano) y de unas pocas empresas, el paquete ofimático del monopolio no lo paga ni el potito. Y el sistema operativo, asimismo del monopolio, se paga en la medida en que éste viene incorporado al comprar el ordenador, pero solamente en ese momento: tan pronto ese sistema operativo se moderniza, la actualización ya es ilegal. O sea que esto de que el software pirata no alcanza a la mitad de las máquinas de este país, no me lo trago ni borracho de gaseosa. Pero si estas son las cifras que le gusta divulgar a la BSA, bueno, allá ellos, a mí ni me va ni me viene.
Lo que me parte de risa es esa simulación de empeño en el drama y en la persecución. Eso aún me lo creo menos. ¿Por qué? Pues porque ellos saben -tan bien como las discográficas- que si no se piratea en masa no ingresan un duro.
Veamos: cuando yo compré mi primer PC, en 1991, me costó 320.000 pesetas (lo que en euros corrientes vendría a ser un pelín menos de los 2.000: excuso decir en euros constantes si extrapoláramos a fecha de hoy lo que suponía esta cifra hace quince años); en aquel entonces, un procesador de textos WordPerfect 4 costaba, comprado legalmente, unas 100.000 pesetitas (600 euros, siempre teniendo en cuenta que hablamos de 1991). Por este precio, hoy se compra un paquete ofimático entero y sigue siendo un abuso.
Miremos los precios del software actual: simplemente, valoren los usuarios del sistema operativo del monopolio lo que cuesta, en el comercio legal, todo el conjunto de programas que tiene metido en el disco duro; después de asustarse, reduzca -sobre el papel- todo ese conjunto de programas a lo imprescindible y vuelva a calcular ese importe en términos de licencias legalmente adquiridas. En seguida cae uno en la cuenta de que lo que ha pagado por el hardware es el chocolate del loro en comparación con el coste del software, aún reducido éste a lo imprescindible para dedicar la máquina al uso que se desea darle. Hace quince o veinte años, con los primeros PC, el problema era el mismo e incluso peor. Si los fabricantes de software -esa cachonda BSA, que no sé si existía entonces- se hubieran radicalizado y hubieran perseguido la piratería en serio, hoy la microinformática no tendría la extensión que tiene (desde luego, el mundo no sería en absoluto igual) y los fabricantes de software no ganarían las ingentes fortunas que ganan. Porque, como se deduce fácilmente, con que paguen las grandes corporaciones públicas y privadas ya tienen más suficiente para generar esos ingresos brutales. Realmente se han tirado años fomentando sibilinamente la piratería de sus propios productos: el negocio a largo plazo está en inducir la estandarización del producto, no en una cifra ocasional de ventas de tal año o de tal otro, como muy hábilmente supo ver Bill Gates desde el principio. Alguna vez he dicho que en los primeros años noventa, a Micro$oft sólo le faltó repartir Window$ 3.1 lanzando los disquetes a las playas desde avionetas... por supuesto, mediante piratas interpuestos.
Imagino que por esta razón tampoco pueden reconocer la realidad de las cifras, que con toda seguridad son mucho más altas de las que dice la BSA: interesa que la piratería aparezca como una excepción minoritaria, muy extendida, demasiado, pero que no es la práctica generalizada. Ahí sí que se distinguen de sus colegas, las sociedades intermediarias de productos culturales: éstas hinchan las cifras hasta lo brutal para dar a entender que lo que ellos llaman piratería es una práctica generalizada y prácticamente no sujeta a excepción; por supuesto, improductivas como son, sus ingresos se basan en la aplicación de cánones sobre lo que grabe o sea grabable (y, obviamente, por nada) y para ello tienen que simular que lo que ellos llaman piratería llega a los más recónditos rincones de la sociedad.
Por lo demás, me gustaría saber cuántos usuarios de Photoshop han aforado el cuarto de millón de viejas que cuesta y lo mismo digo de otras aplicaciones como Dreamweaver y tantos otros programas para uso de profesionales que está al alcance material de cualquier chiquillo. Si nos vamos al Autocad, de Autodesk, la propia empresa, a través de su pintoresca CEO, la señora Carol Bartz, reconoce una sola copia legal por cada entre seis y diez que circulan. Parece que esa proporción se escapa considerablemente de la que da para el conjunto de la industria la BSA. Por cierto que Autodesk protagonizó una anécdota muy divertida con el Colegio de Arquitectos de Madrid; eso y unas declaraciones francamente alucinantes de doña Carol, me inspiraron un artículo que apareció en mi bitácora hace ya tiempo.
En cambio, la BSA se parece a la $GAE (y similares hierbas) cuando empiezan los dimes y diretes con los precios: ambas entidades -o ambos tipos de entidad- rechazan categóricamente que los precios abusivos de su producto tengan que ver con la piratería. Pero incluso en ese superficial acuerdo encontramos diferencias: la BSA (¡sorpresa!) recuerda a quien no le gusten los precios del software apropiativo que tiene como alternativa el software libre (si la memoria o la información no me fallan, es la primera vez que emplean este argumento), mientras que don Teddy se cuidará, más que de mearse en la cama, de sugerir la música copyleft como alternativa a la música apropiativa. Quizá sea porque la BSA sabe que todo el mundo conoce la existencia del software libre y que si este no se extiende como una mancha de aceite por los escritorios privados es porque todavía está un poco verde para su adopción por un usuario poco o nada apoyado por un servicio informático; este es un problema que de reduce prácticamente a cada mes que pasa hasta estar próximo a su desaparición, pero, bueno, esta no es la cuestión ahora. En cambio, la $GAE y las discográficas saben perfectamente hasta dónde podría llegar la catástrofe si la gente se lanzara en masa a la mucha y buena música copyleft que ya va habiendo en la Red.
Ello no obstante, la BSA sabe que no pasará mucho tiempo antes de que proponer el software libre como alternativa a los programas de pago le resulte contraproducente incluso como recurso dialéctico en defensa de los precios de sus socios y esa es la verdadera razón por la que la BSA no lucha a fondo contra esa piratería que tanto dice dolerle. En realidad, la BSA se limita a mantener las aguas en ese correcto cauce de ingresar fortunas a costa de las administraciones públicas y de las grandes empresas, sabiendo que una presión excesiva podría llevar a las PYMES y a los particulares a la adopción masiva del software libre, lo que acarrearía fatalmente que el software apropiativo de sus socios perdiera esa estandarización que lograron dejándose piratear prácticamente a saco. Y eso sí que sería la ruina. No hay más que ver, como comenté ya en el artículo citado, cómo Autodesk se la envainó cuando el Colegio de Arquitectos de Madrid amenazó con financiar un desarrollo de programa de diseño asistido por ordenador en base a software libre si la empresa no dejaba de acosar a sus afiliados (que, obviamente, utilizan Autocad pirateado prácticamente en masa).
Otro día tendremos que comentar también -en clave de humor, por supuesto- las cifras del recuadrito por países que hay en el artículo de «El Mundo» que he citado al principio. Id mirándolas y sacando vuestras propias conclusiones porque la cosa tiene su guasa.
Y es que los ricos también lloran.
La BSA nos obsequió ayer con otro de sus llantos con lágrimas de cocodrilo. La BSA (Bussiness Software Alliance), o sea, la asociación de comercializadores de software, o sea, la banda de los apropiacionistas, es una entidad cuyos fines y objetivos me importan tanto como la talla de las bragas de Exuperancia Rapú y cuyas actividades me producen idéntica indiferencia, salvo una: la persecución de la piratería del software. Me explico: no es que me preocupe ese fenómeno (en lo que a mí respecta, allá películas) pero las -presuntas- actividades de la BSA al respecto me desternillan de risa. Un día les demandaré por los daños y perjuicios causados a mi plexo solar y que no les pase nada como me rompa la cadera cayéndome de la silla.
Decía que nos salieron ayer por peteneras a cuenta de las cifras españolas de la piratería que dicen que les afecta. Y no es que las cifras me parezcan infladas o exageradas; nada de eso, al contrario: creo que estimar que el 46% del software que se utiliza en este país es ilegal, me parece de una modestia candorosa cuando, fuera de las panolis de las administraciones públicas (total, es dinero del ciudadano) y de unas pocas empresas, el paquete ofimático del monopolio no lo paga ni el potito. Y el sistema operativo, asimismo del monopolio, se paga en la medida en que éste viene incorporado al comprar el ordenador, pero solamente en ese momento: tan pronto ese sistema operativo se moderniza, la actualización ya es ilegal. O sea que esto de que el software pirata no alcanza a la mitad de las máquinas de este país, no me lo trago ni borracho de gaseosa. Pero si estas son las cifras que le gusta divulgar a la BSA, bueno, allá ellos, a mí ni me va ni me viene.
Lo que me parte de risa es esa simulación de empeño en el drama y en la persecución. Eso aún me lo creo menos. ¿Por qué? Pues porque ellos saben -tan bien como las discográficas- que si no se piratea en masa no ingresan un duro.
Veamos: cuando yo compré mi primer PC, en 1991, me costó 320.000 pesetas (lo que en euros corrientes vendría a ser un pelín menos de los 2.000: excuso decir en euros constantes si extrapoláramos a fecha de hoy lo que suponía esta cifra hace quince años); en aquel entonces, un procesador de textos WordPerfect 4 costaba, comprado legalmente, unas 100.000 pesetitas (600 euros, siempre teniendo en cuenta que hablamos de 1991). Por este precio, hoy se compra un paquete ofimático entero y sigue siendo un abuso.
Miremos los precios del software actual: simplemente, valoren los usuarios del sistema operativo del monopolio lo que cuesta, en el comercio legal, todo el conjunto de programas que tiene metido en el disco duro; después de asustarse, reduzca -sobre el papel- todo ese conjunto de programas a lo imprescindible y vuelva a calcular ese importe en términos de licencias legalmente adquiridas. En seguida cae uno en la cuenta de que lo que ha pagado por el hardware es el chocolate del loro en comparación con el coste del software, aún reducido éste a lo imprescindible para dedicar la máquina al uso que se desea darle. Hace quince o veinte años, con los primeros PC, el problema era el mismo e incluso peor. Si los fabricantes de software -esa cachonda BSA, que no sé si existía entonces- se hubieran radicalizado y hubieran perseguido la piratería en serio, hoy la microinformática no tendría la extensión que tiene (desde luego, el mundo no sería en absoluto igual) y los fabricantes de software no ganarían las ingentes fortunas que ganan. Porque, como se deduce fácilmente, con que paguen las grandes corporaciones públicas y privadas ya tienen más suficiente para generar esos ingresos brutales. Realmente se han tirado años fomentando sibilinamente la piratería de sus propios productos: el negocio a largo plazo está en inducir la estandarización del producto, no en una cifra ocasional de ventas de tal año o de tal otro, como muy hábilmente supo ver Bill Gates desde el principio. Alguna vez he dicho que en los primeros años noventa, a Micro$oft sólo le faltó repartir Window$ 3.1 lanzando los disquetes a las playas desde avionetas... por supuesto, mediante piratas interpuestos.
Imagino que por esta razón tampoco pueden reconocer la realidad de las cifras, que con toda seguridad son mucho más altas de las que dice la BSA: interesa que la piratería aparezca como una excepción minoritaria, muy extendida, demasiado, pero que no es la práctica generalizada. Ahí sí que se distinguen de sus colegas, las sociedades intermediarias de productos culturales: éstas hinchan las cifras hasta lo brutal para dar a entender que lo que ellos llaman piratería es una práctica generalizada y prácticamente no sujeta a excepción; por supuesto, improductivas como son, sus ingresos se basan en la aplicación de cánones sobre lo que grabe o sea grabable (y, obviamente, por nada) y para ello tienen que simular que lo que ellos llaman piratería llega a los más recónditos rincones de la sociedad.
Por lo demás, me gustaría saber cuántos usuarios de Photoshop han aforado el cuarto de millón de viejas que cuesta y lo mismo digo de otras aplicaciones como Dreamweaver y tantos otros programas para uso de profesionales que está al alcance material de cualquier chiquillo. Si nos vamos al Autocad, de Autodesk, la propia empresa, a través de su pintoresca CEO, la señora Carol Bartz, reconoce una sola copia legal por cada entre seis y diez que circulan. Parece que esa proporción se escapa considerablemente de la que da para el conjunto de la industria la BSA. Por cierto que Autodesk protagonizó una anécdota muy divertida con el Colegio de Arquitectos de Madrid; eso y unas declaraciones francamente alucinantes de doña Carol, me inspiraron un artículo que apareció en mi bitácora hace ya tiempo.
En cambio, la BSA se parece a la $GAE (y similares hierbas) cuando empiezan los dimes y diretes con los precios: ambas entidades -o ambos tipos de entidad- rechazan categóricamente que los precios abusivos de su producto tengan que ver con la piratería. Pero incluso en ese superficial acuerdo encontramos diferencias: la BSA (¡sorpresa!) recuerda a quien no le gusten los precios del software apropiativo que tiene como alternativa el software libre (si la memoria o la información no me fallan, es la primera vez que emplean este argumento), mientras que don Teddy se cuidará, más que de mearse en la cama, de sugerir la música copyleft como alternativa a la música apropiativa. Quizá sea porque la BSA sabe que todo el mundo conoce la existencia del software libre y que si este no se extiende como una mancha de aceite por los escritorios privados es porque todavía está un poco verde para su adopción por un usuario poco o nada apoyado por un servicio informático; este es un problema que de reduce prácticamente a cada mes que pasa hasta estar próximo a su desaparición, pero, bueno, esta no es la cuestión ahora. En cambio, la $GAE y las discográficas saben perfectamente hasta dónde podría llegar la catástrofe si la gente se lanzara en masa a la mucha y buena música copyleft que ya va habiendo en la Red.
Ello no obstante, la BSA sabe que no pasará mucho tiempo antes de que proponer el software libre como alternativa a los programas de pago le resulte contraproducente incluso como recurso dialéctico en defensa de los precios de sus socios y esa es la verdadera razón por la que la BSA no lucha a fondo contra esa piratería que tanto dice dolerle. En realidad, la BSA se limita a mantener las aguas en ese correcto cauce de ingresar fortunas a costa de las administraciones públicas y de las grandes empresas, sabiendo que una presión excesiva podría llevar a las PYMES y a los particulares a la adopción masiva del software libre, lo que acarrearía fatalmente que el software apropiativo de sus socios perdiera esa estandarización que lograron dejándose piratear prácticamente a saco. Y eso sí que sería la ruina. No hay más que ver, como comenté ya en el artículo citado, cómo Autodesk se la envainó cuando el Colegio de Arquitectos de Madrid amenazó con financiar un desarrollo de programa de diseño asistido por ordenador en base a software libre si la empresa no dejaba de acosar a sus afiliados (que, obviamente, utilizan Autocad pirateado prácticamente en masa).
Otro día tendremos que comentar también -en clave de humor, por supuesto- las cifras del recuadrito por países que hay en el artículo de «El Mundo» que he citado al principio. Id mirándolas y sacando vuestras propias conclusiones porque la cosa tiene su guasa.
Y es que los ricos también lloran.
lunes, 22 de mayo de 2006
AmerICANN
De la serie: «Pequeños bocaditos»
La Unión Europea -junto con varios otros países- está empeñada en que el ICANN, la entidad que gestiona los dominios de Internet (lo que implica, de hecho, el dominio de Internet), pase a estar controlada por la ONU (el ICANN depende ahora de los Estados Unidos). La cosa levantó oleadas de protestas -a las que me adherí- porque la ONU alberga, con gran alegría, por cierto, un buen montón de países que son, dicho sin innecesarios ambages, dictaduras sanguinarias (Cuba, China, un montón de países árabes) la mayoría de las cuales, además, ven a Internet como a la madre de todos los enemigos. Personalmente, por si fuera poco, a mí, generalmente, me sale urticaria cada vez que la ONU interviene en algo porque, incluso cuando lo hace inicialmente bien, a la larga siempre la caga.
Pero además, se pudo decir que, ubicado en los Estados Unidos, el ICANN siempre había funcionado decentemente, y hasta los más tórridos antiamericanos -entre los que tengo el gusto de encontrarme- tuvimos que admitirlo, porque la evidencia es la evidencia, porque ya se sabe lo que jode la verdad y porque al que le pique, que se rasque, que eso es lo que hay.
Pero esto que se pudo decir, ahora hay que decirlo con voz más bajita. Se puede seguir diciendo, porque una flor no hace verano, pero ya tenemos la primera pifia sospechosa del ICANN: el rechazo de los dominios de primer nivel .xxx, destinados a los contenidos pornográficos.
Yo no creo mucho en los dominios de primer nivel que sólo muy ocasionalmente son útiles y más habitualmente son un lastre... del que algunos obtienen rendimiento. Si no hubiera dominios de primer nivel, uno no tendría que registrar su dominio personal o comercial tantas veces (y págalas) como dominios haya, si no quiere ver su nombre o su empresa haciendo cosas raras en manos de ciberokupas. Tanto más raras cuanto más dinero se le quiera sacar via chantaje al honorable interesado. Imaginemos por simple hipótesis -no doy ideas porque el supuesto es imposible en la realidad- lo que pasaría con un dominio iglesiacatolica.xxx si el Vaticano no corriera a comprarlo... y pagarlo, claro. Pues eso: que con eso de los dominios de primer nivel sólo se consigue crear situaciones de estas...
Tampoco sé qué interés puede tener para los... bueno... los industriales... del porno el dominio .xxx, no conozco ese negocio, pero supongo que alguno habrá o no se hubieran empeñado tanto en ello.
Pero sí me parece una gilipollez absoluta la objeción de Bush alegando que el dominio .xxx supondrá la creación de un barrio rojo en Internet. En primer lugar, porque el barrio rojo ya existe con sólo escribir cuatro o cinco palabras -alternativas o acumulativas- en Google; en segundo lugar, porque si Bush se considera guardián de la moral, que empiece dando ejemplo y retirando a sus marines de medio mundo (y más cosas, pero no quiero ser prolijo).
Un puritanismo gilipollesco en cuyo empecinamiento -y evidente extorsión al ICANN- el Gobierno norteamericano ha quebrado una trayectoria que todos los que intentamos ejercer un pensamiento independiente, por encima de nuestras ideas y deseos, admirábamos y deseábamos que continuara. Ahora, gracias al limitadísimo cociente intelectual del presidente norteamericano y a la presión de intelectualmente no menos limitados ámbitos del puritanismo calvinista, los partidarios de que el ICANN pase a las manos de gobiernos como el chino, el iraní, el cubano, el saudí, el marroquí, el tunecino, el afgano y tantos otros más que suspiran -y no siempre disimuladamente- por cepillarse esa red que tanto les molesta, se han acercado un pasito más a su objetivo.
Y así va el mundo como va...
La Unión Europea -junto con varios otros países- está empeñada en que el ICANN, la entidad que gestiona los dominios de Internet (lo que implica, de hecho, el dominio de Internet), pase a estar controlada por la ONU (el ICANN depende ahora de los Estados Unidos). La cosa levantó oleadas de protestas -a las que me adherí- porque la ONU alberga, con gran alegría, por cierto, un buen montón de países que son, dicho sin innecesarios ambages, dictaduras sanguinarias (Cuba, China, un montón de países árabes) la mayoría de las cuales, además, ven a Internet como a la madre de todos los enemigos. Personalmente, por si fuera poco, a mí, generalmente, me sale urticaria cada vez que la ONU interviene en algo porque, incluso cuando lo hace inicialmente bien, a la larga siempre la caga.
Pero además, se pudo decir que, ubicado en los Estados Unidos, el ICANN siempre había funcionado decentemente, y hasta los más tórridos antiamericanos -entre los que tengo el gusto de encontrarme- tuvimos que admitirlo, porque la evidencia es la evidencia, porque ya se sabe lo que jode la verdad y porque al que le pique, que se rasque, que eso es lo que hay.
Pero esto que se pudo decir, ahora hay que decirlo con voz más bajita. Se puede seguir diciendo, porque una flor no hace verano, pero ya tenemos la primera pifia sospechosa del ICANN: el rechazo de los dominios de primer nivel .xxx, destinados a los contenidos pornográficos.
Yo no creo mucho en los dominios de primer nivel que sólo muy ocasionalmente son útiles y más habitualmente son un lastre... del que algunos obtienen rendimiento. Si no hubiera dominios de primer nivel, uno no tendría que registrar su dominio personal o comercial tantas veces (y págalas) como dominios haya, si no quiere ver su nombre o su empresa haciendo cosas raras en manos de ciberokupas. Tanto más raras cuanto más dinero se le quiera sacar via chantaje al honorable interesado. Imaginemos por simple hipótesis -no doy ideas porque el supuesto es imposible en la realidad- lo que pasaría con un dominio iglesiacatolica.xxx si el Vaticano no corriera a comprarlo... y pagarlo, claro. Pues eso: que con eso de los dominios de primer nivel sólo se consigue crear situaciones de estas...
Tampoco sé qué interés puede tener para los... bueno... los industriales... del porno el dominio .xxx, no conozco ese negocio, pero supongo que alguno habrá o no se hubieran empeñado tanto en ello.
Pero sí me parece una gilipollez absoluta la objeción de Bush alegando que el dominio .xxx supondrá la creación de un barrio rojo en Internet. En primer lugar, porque el barrio rojo ya existe con sólo escribir cuatro o cinco palabras -alternativas o acumulativas- en Google; en segundo lugar, porque si Bush se considera guardián de la moral, que empiece dando ejemplo y retirando a sus marines de medio mundo (y más cosas, pero no quiero ser prolijo).
Un puritanismo gilipollesco en cuyo empecinamiento -y evidente extorsión al ICANN- el Gobierno norteamericano ha quebrado una trayectoria que todos los que intentamos ejercer un pensamiento independiente, por encima de nuestras ideas y deseos, admirábamos y deseábamos que continuara. Ahora, gracias al limitadísimo cociente intelectual del presidente norteamericano y a la presión de intelectualmente no menos limitados ámbitos del puritanismo calvinista, los partidarios de que el ICANN pase a las manos de gobiernos como el chino, el iraní, el cubano, el saudí, el marroquí, el tunecino, el afgano y tantos otros más que suspiran -y no siempre disimuladamente- por cepillarse esa red que tanto les molesta, se han acercado un pasito más a su objetivo.
Y así va el mundo como va...
domingo, 21 de mayo de 2006
Expertos
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Revivo en mis hijas -sobre todo en la mayor- la época de mi adolescencia en la que veíamos el Festival de Eurovisión como principio y fin, alfa y omega de nuestra proyección nacional en el mundo. Solamente el desfile de la victoria era retransmitido por el locutor (uno ya mayor que estaba permanentemente abonado al castrense acontecimiento) con mayor entusiasmo (y halitosis conceptual) que los chillidos de José Luis Uribarri empeñado en hacernos creer que nuestra participación en la cuchipanda cantachifle aquella homologaba nuestra España del desarrollo con aquella Europa ya desarrollada. La atención de mis hijas al asunto me hace pensar, no sin cierta tristeza, que pese a tanta TIC (o falta de ella, quizá precisamente) y tanta mandanga, las cosas siguen igual y que, pese a estar en la zona euro, seguimos tan distantes de Alemania o de Suecia como en aquel entonces.
Este año, para variar, la representación de la tele pública esta nuestra ha hecho el ridículo por enésima vez, cosa que me trae completamente al pairo de no ser por la triste constatación de que, efectivamente, los resultados eurovisivos siguen siendo un reflejo fiel del resto de las realidades de nuestro país. El grupo representante fueron las jejereje aquellas y la canción creo que ni siquiera la he oído.
De lo que deduzco leyendo por ahí parece que la elección de tan virtuoso trío o cuarteto (ya no sé ni cuántas son) ha estado en manos de una comisión de expertos que han montado el tinglado a puerta cerradísima.
La conclusión es obvia: o la comisión de expertos en cuestión está constituida por un hatajo de pollinos de aquí te espero o, si realmente han optado por la mejor de las posibilidades, habrá que replantear la campaña Todos contra el canon y solicitar no sólo que se les suprima el canon a las sociedades intermediarias de la cosa esta que dicen que canta y baila sino que, encima, nos paguen a los ciudadanos una indemnización compensatoria por la cantidad de mierda que nos tenemos que tragar cada vez que entramos en un bar, ponemos la radio o se descargan cosas de la burrita. Lo que yo me planteo es si ambas posibilidades son alternativas y no serán, quizá, acumulativas.
De todas formas, consolémonos: la España que ganó Eurovisión de la mano de Massiel (y al año siguiente con Salomé, ex aequo con otros cuatro, menudo mejunje...) no era mucho mejor que la España que hizo el ridículo festivalero unos pocos años antes o unos pocos años después.
Ahora, no obstante, nos queda el consuelo de los que están peor: turcos, restos del naufragio soviético y otras inauditas hierbas. Temporibus illis sólo teníamos a portugueses y griegos, pero eran nuestros hermanos de armas en la cruzada contra el rojo feroz y no se podía llevar excesivamente lejos la broma sobre ellos.
Que nada, que mis chavalillas, más presas de la ilusión que del realismo (¡ay, Señor, qué edades!) se fueron a la cama decepcionadas, ignorantes todavía de que el honor patrio -si cabe- no está en manos de las raspas en cuestión. Como tampoco lo está, afortunadamente, en las veintidós pezuñas selectas que pronto harán ondear montones de banderas llenas de toros coñaqueros.
Y a los que espero se cepillen a las primeras de cambio (cosa que es lo que, afortunadamente, suele suceder) para que nos dejen en paz y sin la puta pelota cuanto antes mejor.
Laus Deo.
Revivo en mis hijas -sobre todo en la mayor- la época de mi adolescencia en la que veíamos el Festival de Eurovisión como principio y fin, alfa y omega de nuestra proyección nacional en el mundo. Solamente el desfile de la victoria era retransmitido por el locutor (uno ya mayor que estaba permanentemente abonado al castrense acontecimiento) con mayor entusiasmo (y halitosis conceptual) que los chillidos de José Luis Uribarri empeñado en hacernos creer que nuestra participación en la cuchipanda cantachifle aquella homologaba nuestra España del desarrollo con aquella Europa ya desarrollada. La atención de mis hijas al asunto me hace pensar, no sin cierta tristeza, que pese a tanta TIC (o falta de ella, quizá precisamente) y tanta mandanga, las cosas siguen igual y que, pese a estar en la zona euro, seguimos tan distantes de Alemania o de Suecia como en aquel entonces.
Este año, para variar, la representación de la tele pública esta nuestra ha hecho el ridículo por enésima vez, cosa que me trae completamente al pairo de no ser por la triste constatación de que, efectivamente, los resultados eurovisivos siguen siendo un reflejo fiel del resto de las realidades de nuestro país. El grupo representante fueron las jejereje aquellas y la canción creo que ni siquiera la he oído.
De lo que deduzco leyendo por ahí parece que la elección de tan virtuoso trío o cuarteto (ya no sé ni cuántas son) ha estado en manos de una comisión de expertos que han montado el tinglado a puerta cerradísima.
La conclusión es obvia: o la comisión de expertos en cuestión está constituida por un hatajo de pollinos de aquí te espero o, si realmente han optado por la mejor de las posibilidades, habrá que replantear la campaña Todos contra el canon y solicitar no sólo que se les suprima el canon a las sociedades intermediarias de la cosa esta que dicen que canta y baila sino que, encima, nos paguen a los ciudadanos una indemnización compensatoria por la cantidad de mierda que nos tenemos que tragar cada vez que entramos en un bar, ponemos la radio o se descargan cosas de la burrita. Lo que yo me planteo es si ambas posibilidades son alternativas y no serán, quizá, acumulativas.
De todas formas, consolémonos: la España que ganó Eurovisión de la mano de Massiel (y al año siguiente con Salomé, ex aequo con otros cuatro, menudo mejunje...) no era mucho mejor que la España que hizo el ridículo festivalero unos pocos años antes o unos pocos años después.
Ahora, no obstante, nos queda el consuelo de los que están peor: turcos, restos del naufragio soviético y otras inauditas hierbas. Temporibus illis sólo teníamos a portugueses y griegos, pero eran nuestros hermanos de armas en la cruzada contra el rojo feroz y no se podía llevar excesivamente lejos la broma sobre ellos.
Que nada, que mis chavalillas, más presas de la ilusión que del realismo (¡ay, Señor, qué edades!) se fueron a la cama decepcionadas, ignorantes todavía de que el honor patrio -si cabe- no está en manos de las raspas en cuestión. Como tampoco lo está, afortunadamente, en las veintidós pezuñas selectas que pronto harán ondear montones de banderas llenas de toros coñaqueros.
Y a los que espero se cepillen a las primeras de cambio (cosa que es lo que, afortunadamente, suele suceder) para que nos dejen en paz y sin la puta pelota cuanto antes mejor.
Laus Deo.
viernes, 19 de mayo de 2006
«Traxtore» en lucha
De la serie: «Correo ordinario»
Este martes pasado tuve ocasión de participar en una tertulia en Radio Intereconomía a la que también había sido invitada Ana María Méndez, copropietaria de la tienda y también negocio en red Traxtore.
De Ana María sabía ya alguna cosa por una carta suya que reprodujo en su página la Asociación de Internautas dedicada a Ramoncín y por un artículo de Mercè Molist que también reprodujo la web de la AI. El problema enorme que vive esta mujer me inspiró a mí también una entrada en mi bitácora que redacté aquella misma noche y que venia inspirada -ampliándola- en otra que, en idéntico sentido, publiqué en «El Incordio» hace algo más de un año.
Ana María tiene un problema enorme (tan enorme como una demanda de 66.000 euros) que le ha interpuesto la $GAE en una nueva jugada sucia (y típica) del cobrador por excelencia de tasas, pechos, aranceles, impuestos privados mucho peores que los públicos y cánones infinitos, hasta el mismísimo birlibirloque como arte devengador de la exacción. Aquí está la historia del caso Traxtore.
Esta misma tarde, me llama Ana María para explicarme que ayer estuvo en el Parlament de Catalunya y que se entrevistó, acompañada de su abogado, Josep Jover, con Bernardo Fernández Martínez, diputado por el PSC, y con Núria de Gispert, ex-consellera de Justicia y diputada por CiU. Ha salido desmoralizada de la entrevista (evidentemente, tiene poca práctica con políticos) porque ha vivido lo que [cuando no se tiene práctica con políticos] es una experiencia kafkiana: desde hacerse de nuevas de los problemas que están creando a todos los niveles la $GAE (y las demás hierbas que no son la $GAE), como si, a estas alturas de la película y con el polvo que ha levantado (y más aún el que está levantando ahora) la LPI, no supieran hasta los negritos de las pateras quiénes son, a qué se dedican y cómo las gastan las autodenominadas sociedades de gestión de derechos de autor, hasta recriminar a la interesada por no haberse movido antes y haberles hecho partícipes del problema con tiempo, como si no fuera la interesada la que paga sus impuestos -y como los jueces no estén al loro, hasta lo que no son sus impuestos) y los ilustrísimos señores diputados no fueran los que cobran un sueldo por estar ahí, pulsando los problemas de la sociedad a la que [dicen que, y yo no me lo creo] defienden.
Me acerca por correo electrónico el documento que han entregado a los dos diputados en cuestión y que constituye la historia, asombrosa, indignante y desgarradora de Traxdata (uuuuups, perdón: Traxtore), con su cronología, que yo reproduzco aquí mismo tal como me ha llegado:
- Julio de 2003 - Varias Entidades de gestión (SGAE, AIE, etc.) firman un acuerdo con la asociación de empresas tecnológicas ASIMELEC por el cual los CD y DVD deben pagar un canon por la copia privada que se hace con esos discos.
- Julio de 2004 - La SGAE se pone en contacto con Traxtore y le exige la documentación para realizar una auditoría.
- Noviembre de 2004 - La auditoria concluye que Traxtore debe abonar 48.088,27 euros por la venta de CD y DVD durante 14 meses auditados. ¿CUÁNTO ES EL TOTAL DE LO FACTURADO POR CD Y DVD EN ESE PERIODO?, HABRÍA QUE INCLUIRLO Y SACAR EL PORCENTAJE
- Desde 2005 - Traxtore mantiene innumerables conversaciones con SGAE. La entidad propone la posibilidad de liquidar la cifra en plazos previa firma de un contrato de compromiso personal extendido a nombre de mi madre, administradora única del negocio.
- Enero de 2006 - Primera demanda judicial contra Traxtore interpuesta por la SGAE, juicio monitorio y embargo.
- Febrero de 2006 - El juez emplaza a SGAE a responder a nuestra defensa en el plazo de 30 días.
- Marzo de 2006 - La SGAE intentar pactar nuevamente el contrato personal a nombre de mi madre. No hay acuerdo, el caso es sobreseído en el tribunal.
- El mismo día que cumplía el plazo y es sobreseída la demanda, la SGAE interpone una segunda demanda en el mismo juzgado, hace la misma reclamación, pero en esta ocasión por vía ordinaria.
Explican, además, a los señores diputadísimos, que hay más de 1.800 tiendas afectadas o afectables por estas prácticas y que, bueno, que a ver qué hacemos.
Los señores diputadísimos, aparentemente patidifusos, se excusan ante Ana María diciendo que el Parlament de Catalunya no es competente en esta materia (¡ah, las competencias, cuan oportunas son para achicar marrones!) y que lo que conviene que haga es que redacte un memorándum muy documentado y muy circunstanciado y que se lo entregue para que ellos lo eleven a donde corresponda y lo hagan llegar a aquellas instancias que pudieren tener tiempo, humor y ganas (¡oh! y competencia...) para echarse el asunto sobre los hombros. O -pienso yo- ponérselo por montera, que la anatomía destinataria no pilla lejos.
Le he propuesto que siga el consejo de Sus Señorías y confeccione el dossier en cuestión pero que de entregárselo a ellos, nada. Primero, porque ya conocemos las posturas -reiteradamente expresadas en el Congreso y en el Senado- de PSC-PSOE y CiU; segundo, porque hay canales mucho más eficientes... y públicos. Cuando lo tenga confeccionado, que medite con calma qué es lo mejor para darle un curso productivo.
Menos mal, en todo caso, que Ana María Mendez es guerrera y va a los diputados rogando y con el mazo dando. Aparte de su acreditada resistencia legal, ha puesto en pie una asociación de afectados por la $GAE y similares del ámbito comercial en el que ella trabaja, la Asociación Española de Pequeñas y Medianas Empresas de Informática y Nuevas Tecnologías (APEMIT) que está dispuesta a dar toda la guerra que pueda. No es de extrañar: está en juego la supervivencia de muchos pequeños comerciantes.
Despedía su llamada telefónica diciendo que iba a solicitar permiso al Ayuntamiento para montar un tenderete en zona céntrica para poner un grano de arena más en la concienciación de la gente sobre los problemas que están trayendo a la sociedad las entidades de gestión dichosas. Le he ofrecido, por supuesto, mi ayuda personal y el apoyo corporativo de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
Todo suma, en esta lucha incierta y ciclotímica de constantes picos hacia arriba y hacia abajo que no sabemos cómo acabará a corto plazo, que, con unos políticos mínimamente normales y pendientes de los derechos de los ciudadanos y no del tráfico de influencias de un lobby de poder tan ignoto y misterioso como cierto, tendríamos muy claro. Pero tenemos lo que tenemos y sólo podemos confiar, suficientes o insuficientes, en nuestras propias fuerzas.
Contamos ahora también con las de Ana María y sus compañeros, los pequeños comerciantes de material TIC.
No es parca fuerza.
Este martes pasado tuve ocasión de participar en una tertulia en Radio Intereconomía a la que también había sido invitada Ana María Méndez, copropietaria de la tienda y también negocio en red Traxtore.
De Ana María sabía ya alguna cosa por una carta suya que reprodujo en su página la Asociación de Internautas dedicada a Ramoncín y por un artículo de Mercè Molist que también reprodujo la web de la AI. El problema enorme que vive esta mujer me inspiró a mí también una entrada en mi bitácora que redacté aquella misma noche y que venia inspirada -ampliándola- en otra que, en idéntico sentido, publiqué en «El Incordio» hace algo más de un año.
Ana María tiene un problema enorme (tan enorme como una demanda de 66.000 euros) que le ha interpuesto la $GAE en una nueva jugada sucia (y típica) del cobrador por excelencia de tasas, pechos, aranceles, impuestos privados mucho peores que los públicos y cánones infinitos, hasta el mismísimo birlibirloque como arte devengador de la exacción. Aquí está la historia del caso Traxtore.
Esta misma tarde, me llama Ana María para explicarme que ayer estuvo en el Parlament de Catalunya y que se entrevistó, acompañada de su abogado, Josep Jover, con Bernardo Fernández Martínez, diputado por el PSC, y con Núria de Gispert, ex-consellera de Justicia y diputada por CiU. Ha salido desmoralizada de la entrevista (evidentemente, tiene poca práctica con políticos) porque ha vivido lo que [cuando no se tiene práctica con políticos] es una experiencia kafkiana: desde hacerse de nuevas de los problemas que están creando a todos los niveles la $GAE (y las demás hierbas que no son la $GAE), como si, a estas alturas de la película y con el polvo que ha levantado (y más aún el que está levantando ahora) la LPI, no supieran hasta los negritos de las pateras quiénes son, a qué se dedican y cómo las gastan las autodenominadas sociedades de gestión de derechos de autor, hasta recriminar a la interesada por no haberse movido antes y haberles hecho partícipes del problema con tiempo, como si no fuera la interesada la que paga sus impuestos -y como los jueces no estén al loro, hasta lo que no son sus impuestos) y los ilustrísimos señores diputados no fueran los que cobran un sueldo por estar ahí, pulsando los problemas de la sociedad a la que [dicen que, y yo no me lo creo] defienden.
Me acerca por correo electrónico el documento que han entregado a los dos diputados en cuestión y que constituye la historia, asombrosa, indignante y desgarradora de Traxdata (uuuuups, perdón: Traxtore), con su cronología, que yo reproduzco aquí mismo tal como me ha llegado:
- Julio de 2003 - Varias Entidades de gestión (SGAE, AIE, etc.) firman un acuerdo con la asociación de empresas tecnológicas ASIMELEC por el cual los CD y DVD deben pagar un canon por la copia privada que se hace con esos discos.
- Julio de 2004 - La SGAE se pone en contacto con Traxtore y le exige la documentación para realizar una auditoría.
- Noviembre de 2004 - La auditoria concluye que Traxtore debe abonar 48.088,27 euros por la venta de CD y DVD durante 14 meses auditados. ¿CUÁNTO ES EL TOTAL DE LO FACTURADO POR CD Y DVD EN ESE PERIODO?, HABRÍA QUE INCLUIRLO Y SACAR EL PORCENTAJE
- Desde 2005 - Traxtore mantiene innumerables conversaciones con SGAE. La entidad propone la posibilidad de liquidar la cifra en plazos previa firma de un contrato de compromiso personal extendido a nombre de mi madre, administradora única del negocio.
- Enero de 2006 - Primera demanda judicial contra Traxtore interpuesta por la SGAE, juicio monitorio y embargo.
- Febrero de 2006 - El juez emplaza a SGAE a responder a nuestra defensa en el plazo de 30 días.
- Marzo de 2006 - La SGAE intentar pactar nuevamente el contrato personal a nombre de mi madre. No hay acuerdo, el caso es sobreseído en el tribunal.
- El mismo día que cumplía el plazo y es sobreseída la demanda, la SGAE interpone una segunda demanda en el mismo juzgado, hace la misma reclamación, pero en esta ocasión por vía ordinaria.
Explican, además, a los señores diputadísimos, que hay más de 1.800 tiendas afectadas o afectables por estas prácticas y que, bueno, que a ver qué hacemos.
Los señores diputadísimos, aparentemente patidifusos, se excusan ante Ana María diciendo que el Parlament de Catalunya no es competente en esta materia (¡ah, las competencias, cuan oportunas son para achicar marrones!) y que lo que conviene que haga es que redacte un memorándum muy documentado y muy circunstanciado y que se lo entregue para que ellos lo eleven a donde corresponda y lo hagan llegar a aquellas instancias que pudieren tener tiempo, humor y ganas (¡oh! y competencia...) para echarse el asunto sobre los hombros. O -pienso yo- ponérselo por montera, que la anatomía destinataria no pilla lejos.
Le he propuesto que siga el consejo de Sus Señorías y confeccione el dossier en cuestión pero que de entregárselo a ellos, nada. Primero, porque ya conocemos las posturas -reiteradamente expresadas en el Congreso y en el Senado- de PSC-PSOE y CiU; segundo, porque hay canales mucho más eficientes... y públicos. Cuando lo tenga confeccionado, que medite con calma qué es lo mejor para darle un curso productivo.
Menos mal, en todo caso, que Ana María Mendez es guerrera y va a los diputados rogando y con el mazo dando. Aparte de su acreditada resistencia legal, ha puesto en pie una asociación de afectados por la $GAE y similares del ámbito comercial en el que ella trabaja, la Asociación Española de Pequeñas y Medianas Empresas de Informática y Nuevas Tecnologías (APEMIT) que está dispuesta a dar toda la guerra que pueda. No es de extrañar: está en juego la supervivencia de muchos pequeños comerciantes.
Despedía su llamada telefónica diciendo que iba a solicitar permiso al Ayuntamiento para montar un tenderete en zona céntrica para poner un grano de arena más en la concienciación de la gente sobre los problemas que están trayendo a la sociedad las entidades de gestión dichosas. Le he ofrecido, por supuesto, mi ayuda personal y el apoyo corporativo de la Asociación de Internautas y de Hispalinux.
Todo suma, en esta lucha incierta y ciclotímica de constantes picos hacia arriba y hacia abajo que no sabemos cómo acabará a corto plazo, que, con unos políticos mínimamente normales y pendientes de los derechos de los ciudadanos y no del tráfico de influencias de un lobby de poder tan ignoto y misterioso como cierto, tendríamos muy claro. Pero tenemos lo que tenemos y sólo podemos confiar, suficientes o insuficientes, en nuestras propias fuerzas.
Contamos ahora también con las de Ana María y sus compañeros, los pequeños comerciantes de material TIC.
No es parca fuerza.
jueves, 18 de mayo de 2006
Catalunya, no cuelgues...
De la serie: «Los jueves, paella»
No quise hablar de eso la semana pasada, pero es inevitable, no puede soslayarse la lamentable, triste, penosa y patética verbena que está ofreciendo... ¿el Govern de la Generalitat? No: los partidos (todos ellos) que están -o estaban hasta hace cuatro días- en el Govern de la Generalitat; y, por supuesto, el principal -y prácticamente único- partido de la oposición, que déjalo correr también a ese. El restante no da para una línea.
Nunca recuerdo haberme avergonzado tanto de ser catalán, y eso que no tengo demasiada culpa de ese número. Digo demasiada porque alguna, inevitablemente, sí que debo asumirla. Y no por haber votado a ese, al otro o a ninguno (que no se alegren los mesetarios del toro coñaquero, que a esos también podría hablarles de lo suyo) sino por haber tragado, en la proporción que me corresponde de las enormes tragaderas culares del común y total de los ciudadanos, con el despropósito político común. De Catalunya, por supuesto, y de fuera de Catalunya. Lo que pasa es que el numerito de este momento en la comedia nos toca a nosotros, y eso hay que asumirlo.
Nos vendieron un innecesario estatut donde lo que necesitábamos era una mayor y mejor financiación. Eso sí que lo queríamos los catalanes, porque lo necesitábamos como el agua que no tenemos y que dicen los del morlaco que no les damos y que así no hay quien haga campos de golf en la ciudad de vacaciones, dígame. Pero eso se podía lograr con una legislación común bien edificada. Claro, esto es difícil: esperar que una ley se haga bien en este país es como esperar que se le aparezca la virgen de Guadalupe a Angel Paulowsky. Pero habría habido que intentarlo (lo de la ley, no lo de la virgen).
En vez de esto, se liaron con un nuevo estatut por el que nadie en la calle ansiaba. Y no sólo se liaron con el estatut sino que, además, se liaron entre ellos a ver quién lo hacía más gordo. Después de las elecciones -en las que no fue nada ajeno ni distante el voto de castigo a Aznar, si no de qué iba ERC a duplicar diputados- se gestó ese difícil tripartit... que hubiera sido viable y hasta productivo de no haber sido por el puto estatut de los cojones. Pero en el estatut hubo que meter la pueblerinada y hubo que empeñarse con naciones irredentas (a medio siglo escaso de que se acaben todas, pero esa es otra historia) no por un ímpetu nacional excesivo sino porque había que dar la nota.
O sea, que nos pusimos a matar con toda España para apenas conseguir rebañar un poco el plato y no se consiguió -porque no se ha conseguido, digan lo que quieran- una financiación decente, no se ha conseguido ni siquiera el puto aeropuerto y, por supuesto, no se ha conseguido la nación de las narices (y menos mal, qué coño). Eso sí, tendremos un representante ante la mierda esa de la UNESCO (que pagaremos, con sus abundantísimas dietas, sus astronómicas notas de gastos de representación y sus doscientos funcionarios -Cos Diplomàtic de Catalunya?-todos los gilipollas de los catalanes de a pie). Rebaja tras rebaja, hasta la vergüenza final.
Luego ha venido todo lo demás. El President que se come un trágala haciendo conseller a un hasta entonces secretario general bajo sospecha de prácticas muy feas con los funcionarios e investigado por la Fiscalía y por el Departamento... ¡que ponen a su cargo y que es nada menos que el competente en materia de función pública! Tres semanas después se lo cepillan (menos mal, Vendrell el Breu, como Julio Rodríguez, el inefable ministro de Educación de Carrero Blanco) pero no se lo cepillan como rectificación (que ya hubiera sido tardía) del despropósito sino porque se lo lleva la corriente de la ruptura del pacto de gobierno.
Eludo profundizar en interioridades de las que he sido testigo. Y no porque esté sujeto a secreto profesional (porque, bien leído, sale todo en el diari oficial y algunas cosas hasta en la prensa, no hay secreto que valga) sino porque me da, sencillamente, vergüenza. Mucha vergüenza. Pese a no tener más culpa que la parte alícuota de culpabilidad general de toda la ciudadanía catalana, la verdad, se me cae la cara.
Pero que nadie se preocupe: escribiendo estas líneas, parece (a juzgar por el incívico escándalo de petardos -de quince megatones, aparentemente- que se ha liado pese a ser hora de descanso vecinal) que los calzoncilleros locales han vencido a pelotazos a los viles desharrapados extranjeros, así que pelillos a la mar, a votar que sí al engendro y a seguir tragando que es lo nuestro.
Cataluuuuuuunya triomfant tornaràaaaaaaaa a guanyar la lliiiiiiiiga...
____________________
Via Ignacio Escolar descubro una bitácora muy curiosa llamada Pierre Nodoyuna. Pierre Nodoyuna era el nombre de un personaje de dibujos animados, aviador primero y automovilista después -o al revés, no recuerdo bien- tan gafe como malvado, siempre acompañado de un perro de raza indefinida llamado Patán caracterizado por una risa cínica y gangosa de can hijoputesco como aquel entrañable Atila de la familia Cebolleta. La caricatura de don Pierre obra en la página y ojo, macho, que viene la $GAE y te amarga la bitácora.
Es un blog muy interesante y altamente recomendable cuyo autor despliega casi tanta mala leche como yo. He llegado a él por la via mencionada en referencia al penúltimo ídolo de este país de fimosis y halitosis ajera, Fernando Alonso, puesto en relación con el eterno fracasado Alejandro Sanz... ¡ay, no, perdón! (¿en qué estaría yo pensando?) Carlos Sainz, que para la televisión autonómica catalana era el pilot madrileny cuando perdía -que era casi siempre- y el pilot del RACC cuando le sonaba la flauta e iba y ganaba.
Tengo mis reservas sobre el discurso automovilístico del apócrifo amigo Nodoyuna. Aunque comulgo a pies juntillas con su tono y con su natural mala sangre, Fernando Alonso, si bien nos ha salido contestatario y titular de novia pija (mi hija le practica el vudú cada día) tiene sus razones: se ha hecho a sí mismo con la ayuda de tres o cuatro y nadie daba por él un sello de Franco custodiado por AFINSA. En cuanto Briatore lo puso en órbita, la gilipollancia nacional, intentando sacarle tajada, cuando menos política, al fenómeno, se sumergió en ese orgullo racial tan ridículo que arrastramos desde muchísimo antes de que al Paquito de las nieves le tocara un as de oros en la quiniela (que nunca repitió: imagino que aún estará intentando averiguar qué coño pasó aquel día).
Obviamente, a Alonso todo este show de política de orinal le produce arcadas (que no se molesta tampoco en disimular demasiado: parece ser que hubo que dedicar largo rato a convencerle para que no diera un desplante con el premio Príncipe de Asturias que le regalaron -y nunca mejor dicho- por la cara); y en medio de esas arcadas, Alonso, que después de todo es jovencito y pipiolo, aunque sea un tigre pisándole al Renault, a veces se pone un tanto soberbio.
Pero... ¿qué quieres que te diga, querido y desconocido amigo Pierre? Entre las chulerías de Alonso -que, después de todo, gana- y el tintineo de llaves de Carod, a quien falta poco para formar un equipo de investigación con el Paquito de las nieves a ver si consigue él también averiguar cómo cojones duplicó diputados, creo que me quedo con el chaval astur.
Ya crecerá.
____________________
Ayer fue el Día Mundial de Internet, una cosa que se ha inventado no sé quién ni para qué, porque servir, lo que se dice servir, no sirve para nada, como no sea por aquello de la carraca mediática, que abre un paréntesis en sus cotidianas historias para no dormir de crackers, piratas, pederastas y otras hierbas fantasmagóricas y analfabéticas, para echar las campanas al vuelo de lo muy avanzada, necesaria, interesante y útil que resulta la Red (y como mejor ejemplo, no se les ocurre otra cosa que la reventa de entradas de la final calzoncillera). Por supuesto, hoy volverán a sus mamoneces habituales y nos hablarán de redadas récord europeo de quince personas puestas inmediatamente en libertad sin cargos y de cómo es de eficaz la poli persiguiendo el intercambio de imágenes porno con menores como forma de tapar lo incapaz que es de impedir que se tomen esas imágenes, que es lo verdaderamente sustancial. Nuestros entrañables maderos y tricornios, que tanto nos han enorgullecido por su eficacia y por su abnegación en la lucha contra el terrorismo, se están cubriendo de mierda en el mundo digital. No es sorprendente, si consideramos que los cursillos se los da la $GAE y que han llegado incluso a actuar a las órdenes de inspectores de esa entidad privada misteriosamente todopoderosa. Por no hablar -en materia de mandos- del ilustrísimo comandante Salom y sus pintorescas teorías sobre el aburrimiento en red como elemento fatalmente conductor a la pedofilia. No cuelgues.
De lo que no oí hablar ayer -u oí muy poco- fue de los problemas. Poco o nada oí hablar de que el acceso a Internet no es realmente un servicio universal en este país, de que la implantación de la banda ancha es tan minoritaria que, aunque en un primer momento da risa, después provoca pura depresión, de que las cifras españolas van para atrás como el cangrejo y que, en definitiva, la Internet hispánica no es sino una especie de patio de Monipodio donde entre telecos y apropiacionistas el deporte de moda es el garrotazo gangsteril al bolsillo del consumidor (con la bendición y sonrisa piorréica de los poderes públicos) al que no me atrevo a llamar ciudadano por la total (digo total) privación de derechos que sufrimos en esta materia.
No. De todo esto, apenas oí hablar ayer. Y, por supuesto, tampoco se hablará de ello hoy. No es que estemos a punto de perder el tren: eso lo estábamos hace cuatro o cinco años (y ya lo decíamos). Hoy, el tren, según sospecho, se ha perdido ya.
Olor nacional a pies.
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Próximo jueves, 25 de mayo, san nada en particular, entrando ya en el último tercio de la primavera, que aún dará para el espectáculo del referendum estatutario. Pero ya iremos llegando a eso y viéndolo. Porque atentos al calendario catalán a medio plazo: referendum, breve descanso veraniego, elecciones autonomicas anticipadas, brevísimo descanso navideño y elecciones municipales.
No, si no me extraña que tanta gente se eche al balompié...
No quise hablar de eso la semana pasada, pero es inevitable, no puede soslayarse la lamentable, triste, penosa y patética verbena que está ofreciendo... ¿el Govern de la Generalitat? No: los partidos (todos ellos) que están -o estaban hasta hace cuatro días- en el Govern de la Generalitat; y, por supuesto, el principal -y prácticamente único- partido de la oposición, que déjalo correr también a ese. El restante no da para una línea.
Nunca recuerdo haberme avergonzado tanto de ser catalán, y eso que no tengo demasiada culpa de ese número. Digo demasiada porque alguna, inevitablemente, sí que debo asumirla. Y no por haber votado a ese, al otro o a ninguno (que no se alegren los mesetarios del toro coñaquero, que a esos también podría hablarles de lo suyo) sino por haber tragado, en la proporción que me corresponde de las enormes tragaderas culares del común y total de los ciudadanos, con el despropósito político común. De Catalunya, por supuesto, y de fuera de Catalunya. Lo que pasa es que el numerito de este momento en la comedia nos toca a nosotros, y eso hay que asumirlo.
Nos vendieron un innecesario estatut donde lo que necesitábamos era una mayor y mejor financiación. Eso sí que lo queríamos los catalanes, porque lo necesitábamos como el agua que no tenemos y que dicen los del morlaco que no les damos y que así no hay quien haga campos de golf en la ciudad de vacaciones, dígame. Pero eso se podía lograr con una legislación común bien edificada. Claro, esto es difícil: esperar que una ley se haga bien en este país es como esperar que se le aparezca la virgen de Guadalupe a Angel Paulowsky. Pero habría habido que intentarlo (lo de la ley, no lo de la virgen).
En vez de esto, se liaron con un nuevo estatut por el que nadie en la calle ansiaba. Y no sólo se liaron con el estatut sino que, además, se liaron entre ellos a ver quién lo hacía más gordo. Después de las elecciones -en las que no fue nada ajeno ni distante el voto de castigo a Aznar, si no de qué iba ERC a duplicar diputados- se gestó ese difícil tripartit... que hubiera sido viable y hasta productivo de no haber sido por el puto estatut de los cojones. Pero en el estatut hubo que meter la pueblerinada y hubo que empeñarse con naciones irredentas (a medio siglo escaso de que se acaben todas, pero esa es otra historia) no por un ímpetu nacional excesivo sino porque había que dar la nota.
O sea, que nos pusimos a matar con toda España para apenas conseguir rebañar un poco el plato y no se consiguió -porque no se ha conseguido, digan lo que quieran- una financiación decente, no se ha conseguido ni siquiera el puto aeropuerto y, por supuesto, no se ha conseguido la nación de las narices (y menos mal, qué coño). Eso sí, tendremos un representante ante la mierda esa de la UNESCO (que pagaremos, con sus abundantísimas dietas, sus astronómicas notas de gastos de representación y sus doscientos funcionarios -Cos Diplomàtic de Catalunya?-todos los gilipollas de los catalanes de a pie). Rebaja tras rebaja, hasta la vergüenza final.
Luego ha venido todo lo demás. El President que se come un trágala haciendo conseller a un hasta entonces secretario general bajo sospecha de prácticas muy feas con los funcionarios e investigado por la Fiscalía y por el Departamento... ¡que ponen a su cargo y que es nada menos que el competente en materia de función pública! Tres semanas después se lo cepillan (menos mal, Vendrell el Breu, como Julio Rodríguez, el inefable ministro de Educación de Carrero Blanco) pero no se lo cepillan como rectificación (que ya hubiera sido tardía) del despropósito sino porque se lo lleva la corriente de la ruptura del pacto de gobierno.
Eludo profundizar en interioridades de las que he sido testigo. Y no porque esté sujeto a secreto profesional (porque, bien leído, sale todo en el diari oficial y algunas cosas hasta en la prensa, no hay secreto que valga) sino porque me da, sencillamente, vergüenza. Mucha vergüenza. Pese a no tener más culpa que la parte alícuota de culpabilidad general de toda la ciudadanía catalana, la verdad, se me cae la cara.
Pero que nadie se preocupe: escribiendo estas líneas, parece (a juzgar por el incívico escándalo de petardos -de quince megatones, aparentemente- que se ha liado pese a ser hora de descanso vecinal) que los calzoncilleros locales han vencido a pelotazos a los viles desharrapados extranjeros, así que pelillos a la mar, a votar que sí al engendro y a seguir tragando que es lo nuestro.
Cataluuuuuuunya triomfant tornaràaaaaaaaa a guanyar la lliiiiiiiiga...
Via Ignacio Escolar descubro una bitácora muy curiosa llamada Pierre Nodoyuna. Pierre Nodoyuna era el nombre de un personaje de dibujos animados, aviador primero y automovilista después -o al revés, no recuerdo bien- tan gafe como malvado, siempre acompañado de un perro de raza indefinida llamado Patán caracterizado por una risa cínica y gangosa de can hijoputesco como aquel entrañable Atila de la familia Cebolleta. La caricatura de don Pierre obra en la página y ojo, macho, que viene la $GAE y te amarga la bitácora.
Es un blog muy interesante y altamente recomendable cuyo autor despliega casi tanta mala leche como yo. He llegado a él por la via mencionada en referencia al penúltimo ídolo de este país de fimosis y halitosis ajera, Fernando Alonso, puesto en relación con el eterno fracasado Alejandro Sanz... ¡ay, no, perdón! (¿en qué estaría yo pensando?) Carlos Sainz, que para la televisión autonómica catalana era el pilot madrileny cuando perdía -que era casi siempre- y el pilot del RACC cuando le sonaba la flauta e iba y ganaba.
Tengo mis reservas sobre el discurso automovilístico del apócrifo amigo Nodoyuna. Aunque comulgo a pies juntillas con su tono y con su natural mala sangre, Fernando Alonso, si bien nos ha salido contestatario y titular de novia pija (mi hija le practica el vudú cada día) tiene sus razones: se ha hecho a sí mismo con la ayuda de tres o cuatro y nadie daba por él un sello de Franco custodiado por AFINSA. En cuanto Briatore lo puso en órbita, la gilipollancia nacional, intentando sacarle tajada, cuando menos política, al fenómeno, se sumergió en ese orgullo racial tan ridículo que arrastramos desde muchísimo antes de que al Paquito de las nieves le tocara un as de oros en la quiniela (que nunca repitió: imagino que aún estará intentando averiguar qué coño pasó aquel día).
Obviamente, a Alonso todo este show de política de orinal le produce arcadas (que no se molesta tampoco en disimular demasiado: parece ser que hubo que dedicar largo rato a convencerle para que no diera un desplante con el premio Príncipe de Asturias que le regalaron -y nunca mejor dicho- por la cara); y en medio de esas arcadas, Alonso, que después de todo es jovencito y pipiolo, aunque sea un tigre pisándole al Renault, a veces se pone un tanto soberbio.
Pero... ¿qué quieres que te diga, querido y desconocido amigo Pierre? Entre las chulerías de Alonso -que, después de todo, gana- y el tintineo de llaves de Carod, a quien falta poco para formar un equipo de investigación con el Paquito de las nieves a ver si consigue él también averiguar cómo cojones duplicó diputados, creo que me quedo con el chaval astur.
Ya crecerá.
Ayer fue el Día Mundial de Internet, una cosa que se ha inventado no sé quién ni para qué, porque servir, lo que se dice servir, no sirve para nada, como no sea por aquello de la carraca mediática, que abre un paréntesis en sus cotidianas historias para no dormir de crackers, piratas, pederastas y otras hierbas fantasmagóricas y analfabéticas, para echar las campanas al vuelo de lo muy avanzada, necesaria, interesante y útil que resulta la Red (y como mejor ejemplo, no se les ocurre otra cosa que la reventa de entradas de la final calzoncillera). Por supuesto, hoy volverán a sus mamoneces habituales y nos hablarán de redadas récord europeo de quince personas puestas inmediatamente en libertad sin cargos y de cómo es de eficaz la poli persiguiendo el intercambio de imágenes porno con menores como forma de tapar lo incapaz que es de impedir que se tomen esas imágenes, que es lo verdaderamente sustancial. Nuestros entrañables maderos y tricornios, que tanto nos han enorgullecido por su eficacia y por su abnegación en la lucha contra el terrorismo, se están cubriendo de mierda en el mundo digital. No es sorprendente, si consideramos que los cursillos se los da la $GAE y que han llegado incluso a actuar a las órdenes de inspectores de esa entidad privada misteriosamente todopoderosa. Por no hablar -en materia de mandos- del ilustrísimo comandante Salom y sus pintorescas teorías sobre el aburrimiento en red como elemento fatalmente conductor a la pedofilia. No cuelgues.
De lo que no oí hablar ayer -u oí muy poco- fue de los problemas. Poco o nada oí hablar de que el acceso a Internet no es realmente un servicio universal en este país, de que la implantación de la banda ancha es tan minoritaria que, aunque en un primer momento da risa, después provoca pura depresión, de que las cifras españolas van para atrás como el cangrejo y que, en definitiva, la Internet hispánica no es sino una especie de patio de Monipodio donde entre telecos y apropiacionistas el deporte de moda es el garrotazo gangsteril al bolsillo del consumidor (con la bendición y sonrisa piorréica de los poderes públicos) al que no me atrevo a llamar ciudadano por la total (digo total) privación de derechos que sufrimos en esta materia.
No. De todo esto, apenas oí hablar ayer. Y, por supuesto, tampoco se hablará de ello hoy. No es que estemos a punto de perder el tren: eso lo estábamos hace cuatro o cinco años (y ya lo decíamos). Hoy, el tren, según sospecho, se ha perdido ya.
Olor nacional a pies.
Próximo jueves, 25 de mayo, san nada en particular, entrando ya en el último tercio de la primavera, que aún dará para el espectáculo del referendum estatutario. Pero ya iremos llegando a eso y viéndolo. Porque atentos al calendario catalán a medio plazo: referendum, breve descanso veraniego, elecciones autonomicas anticipadas, brevísimo descanso navideño y elecciones municipales.
No, si no me extraña que tanta gente se eche al balompié...
miércoles, 17 de mayo de 2006
El viento maligno
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Sigo la guerra del canon con extrema preocupación. Aunque las últimas noticias son buenas... no, buenas, no: parecen, a lo sumo, poco malas..., no estoy viendo esto nada claro.
Aunque he admitido -y, de momento, sigo admitiendo- que la alianza multisectorial (sociedad-empresa) integrada en «Todos contra el canon» es necesaria en este concreto ámbito y si bien parece que se ven algunos resultados con esa maniobra de la Comisión del Senado de encomendar todo el asunto al Pleno y, encima, hoy leemos en «Expansión» (via Asociación de Internautas) algunas noticias esperanzadoras, no acabo de ser optimista. Pero no digo esto pensando en el resultado final de la guerra, sino en un alcance mayor.
He admitido como necesaria -ya lo he dicho- esa alianza, pero tampoco he ocultado mis recelos hacia ella. Una ventaja táctica puntual podría dar al traste con el resultado estratégico que, realmente, perseguimos. Aliados como la industria discográfica no son de fiar. Timeo Danaos et dona ferentes: a ellos no les interesa el canon porque con él no ganan nada pero, sobre todo, (¡atención!) el canon es la gran justificación dialéctica del derecho de copia privada, cuya supresión es su indisimulado fin último. A nosotros podría muy bien ocurrirnos que ganáramos el pleito y perdiésemos el juicio: la celebración de la ruina de la $GAE podría realizarse sobre la lápida de nuestra propia tumba. Y este sería el triste epitafio de dos muertos vecinos: no quisieron negociar cuando era hora y el cementerio les puso de acuerdo. Ya se dice que a la fuerza ahorcan.
No estoy planteando una postura de revisionismo: la culpa, toda la culpa, es de la $GAE, sobre eso no me cabe ninguna duda. Si la $GAE fuera el limpio organismo de representación de los autores que dice ser (y miente) ya hace cuatro años que todos, ciudadanos, entidades intermediarias y ¿por qué no? la industria, nos hubieramos sentado a una mesa. Hubiera sido un acuerdo parturiento, duro, difícil y proceloso, pero creo que se hubiera alcanzado y que, con larga perspectiva, hubiera sido provechoso. Las entidades, en cambio, cegadas por su poder, hicieron valer todo su dominio de la situación y no hubo negociación y sí pleitos, represión, represalias, imposición, y codicia insaciable y creciente.
El sector industrial, silencioso hasta casi ahora mismo (tuvo que aprobarse en el Congreso la reforma de la LPI para que reaccionara) puede ser el que se alce al final con el santo y con la limosna. Efectivamente, si cae el canon, la $GAE y las demás entidades de gestión serían ipso facto estructuras muertas y la rebelión de sus bases -en realidad, ya para nada- sería fatal e inminente; pero es que nosotros no nos íbamos a ir de chiquitas: si el canon cae -y sólo caerá por imposición, a nivel europeo, de la industria- veremos a la copia privada pasar de derecho a delito. No se esconden: los industriales piden a gritos en Bruselas el modelo anglosajón, que consiste precisamente en eso, en la supresión del canon y de la copia privada.
Es verdad que esa actitud de la industria no tiene sentido a largo plazo. En Estados Unidos, una represión feroz no consigue frenar las redes P2P, que continúan creciendo en usuarios y en tecnologías; poco tardará en llegar la encriptación -por más que la prohíban, que la prohibirán- y el coste del control y de la persecución será prohibitivo incluso para estados tan potentes como el norteamericano. Aquí pasará igual: la penalización del ejercicio del derecho de copia privada dará lugar a la subversión en ese ámbito y se seguirá descargando música y cine a saco: el romanticismo del galeón pirata dará paso al romanticismo -tan caro al carácter hispánico- de la guerrilla. Pero, por más que sea irremediable, incluso propugnable, en términos estrictos la subversión de la ley no es cosa buena.
Ubi est, mors, victoria tua?
Sigo la guerra del canon con extrema preocupación. Aunque las últimas noticias son buenas... no, buenas, no: parecen, a lo sumo, poco malas..., no estoy viendo esto nada claro.
Aunque he admitido -y, de momento, sigo admitiendo- que la alianza multisectorial (sociedad-empresa) integrada en «Todos contra el canon» es necesaria en este concreto ámbito y si bien parece que se ven algunos resultados con esa maniobra de la Comisión del Senado de encomendar todo el asunto al Pleno y, encima, hoy leemos en «Expansión» (via Asociación de Internautas) algunas noticias esperanzadoras, no acabo de ser optimista. Pero no digo esto pensando en el resultado final de la guerra, sino en un alcance mayor.
He admitido como necesaria -ya lo he dicho- esa alianza, pero tampoco he ocultado mis recelos hacia ella. Una ventaja táctica puntual podría dar al traste con el resultado estratégico que, realmente, perseguimos. Aliados como la industria discográfica no son de fiar. Timeo Danaos et dona ferentes: a ellos no les interesa el canon porque con él no ganan nada pero, sobre todo, (¡atención!) el canon es la gran justificación dialéctica del derecho de copia privada, cuya supresión es su indisimulado fin último. A nosotros podría muy bien ocurrirnos que ganáramos el pleito y perdiésemos el juicio: la celebración de la ruina de la $GAE podría realizarse sobre la lápida de nuestra propia tumba. Y este sería el triste epitafio de dos muertos vecinos: no quisieron negociar cuando era hora y el cementerio les puso de acuerdo. Ya se dice que a la fuerza ahorcan.
No estoy planteando una postura de revisionismo: la culpa, toda la culpa, es de la $GAE, sobre eso no me cabe ninguna duda. Si la $GAE fuera el limpio organismo de representación de los autores que dice ser (y miente) ya hace cuatro años que todos, ciudadanos, entidades intermediarias y ¿por qué no? la industria, nos hubieramos sentado a una mesa. Hubiera sido un acuerdo parturiento, duro, difícil y proceloso, pero creo que se hubiera alcanzado y que, con larga perspectiva, hubiera sido provechoso. Las entidades, en cambio, cegadas por su poder, hicieron valer todo su dominio de la situación y no hubo negociación y sí pleitos, represión, represalias, imposición, y codicia insaciable y creciente.
El sector industrial, silencioso hasta casi ahora mismo (tuvo que aprobarse en el Congreso la reforma de la LPI para que reaccionara) puede ser el que se alce al final con el santo y con la limosna. Efectivamente, si cae el canon, la $GAE y las demás entidades de gestión serían ipso facto estructuras muertas y la rebelión de sus bases -en realidad, ya para nada- sería fatal e inminente; pero es que nosotros no nos íbamos a ir de chiquitas: si el canon cae -y sólo caerá por imposición, a nivel europeo, de la industria- veremos a la copia privada pasar de derecho a delito. No se esconden: los industriales piden a gritos en Bruselas el modelo anglosajón, que consiste precisamente en eso, en la supresión del canon y de la copia privada.
Es verdad que esa actitud de la industria no tiene sentido a largo plazo. En Estados Unidos, una represión feroz no consigue frenar las redes P2P, que continúan creciendo en usuarios y en tecnologías; poco tardará en llegar la encriptación -por más que la prohíban, que la prohibirán- y el coste del control y de la persecución será prohibitivo incluso para estados tan potentes como el norteamericano. Aquí pasará igual: la penalización del ejercicio del derecho de copia privada dará lugar a la subversión en ese ámbito y se seguirá descargando música y cine a saco: el romanticismo del galeón pirata dará paso al romanticismo -tan caro al carácter hispánico- de la guerrilla. Pero, por más que sea irremediable, incluso propugnable, en términos estrictos la subversión de la ley no es cosa buena.
Ubi est, mors, victoria tua?
Dicotomía y esquizofrenia
De la serie: «Correo ordinario»
El software libre ha llegado a su adolescencia. Y, como todo adolescente, se enfrenta a su crecimiento y a su paulatina transformación en adulto con confusión, con granitos y con periódicas crisis de autoestima.
Me preocupa. Me preocupa, sobre todo, por aquello de morir de éxito. Porque hay peligro de muerte. Después de todo, la adolescencia contrapone una salud de hierro y una fuerza de caballo con el riesgo nada académico de descerebrarse cabalgando en una moto o de aplastarse yendo en coche con dos copitas o con dos pastillitas o con dos [presuntos] cojoncitos de más.
El software libre aún depende muchísimo de la comunidad que lo ha puesto en órbita; y pese a la velocidad tremenda a la que evolucionan las tecnologías, así seguirá siendo aún durante bastante tiempo. Hoy, y dentro de un año, y muy probablemente todavía dentro de cinco, si la comunidad se derrumba el software libre desaparecerá.
Y la comunidad empieza a dividirse. No pretendo ser catastrofista, al contrario: si esta división deriva hacia una especialización, hacia la diversidad de ramas de un mismo tronco que saben mantener su vinculación a ese tronco, es decir, que mantienen perfectamente vigente y prioritaria su pertenencia a un mismo árbol que florece para todos y que da frutos para todos (aunque unos se coman esos frutos frescos y otros hagan mermelada con ellos), esa dicotomía llevaría a una mayor eficiencia y, por tanto, a más y mejores resultados. Pero si, por el contrario, la ramificación supone enfrentamiento, el árbol morirá.
Ahora mismo, en el ámbito filosófico, finalista o como se quiera llamar, percibo dos claras corrientes: una, la originaria, la de los primitivos pioneros (aunque no todos los que lo fueron estén ya integrados en ella y, a su vez lo estén muchos recién llegados), la de los activistas, para los cuales el software libre no es un mero instrumento sino una lucha, una forma de entender la vida misma aplicada a la informática o, si no se quiere ser tan ampuloso, una forma de entender la informática misma; para otros, su especial morfología productiva -aunque cuente, por supuesto, con el fenómeno comunitario como un factor esencial- lo ha convertido en un producto de gran calidad perfectamente competitivo en el mercado industrial y comercial. Y así, mientras unos, encabezados por el mismísimo Richard Stallman, predican el software libre como una buena nueva quasi evangélica que ha venido a liberarnos (cosa que, bien entendida, no deja de ser cierta), otros -sin una clara cabeza visible todavía, aunque con apoyos fácticos tan sustanciales como IBM, entre otros- venden eficiencia empresarial y productividad en las cámaras de comercio y en las organizaciones patronales, con grandes éxitos, por cierto.
Esto supone el uso de discursos distintos; radicalmente distintos, porque van -al menos aparentemente- desde posiciones próximas al altermundismo o, cuando menos, simpatizantes con él, hasta posturas rayanas en el más radical liberalismo económico. Es la ventaja y el inconveniente del software libre: es un valor universal tan apto y tan práctico que sirve igualmente a explotadores y a explotados y que, por ello, también los contraría a todos por cuanto sirve con igual eficacia al adversario.
Tenemos que evitar a toda costa que eso cause una fractura a la comunidad. Cada cual tiene sus ideas y cada cual tiene su concepción del mundo; en todas ellas cabe el software libre y, por tanto, a lo que debe dedicarse cada cual es a expandirlo en su ámbito de acción, de actividad o de preferencia y, evidentemente, utilizando el lenguaje y la argumentación adecuados a cada entorno, pero siempre sin dejar de lado que, al final de la jornada, hay que volver a casa, al igual que en una familia, las diferentes ocupaciones profesionales no obstaculizan (o se supone que no debieran hacerlo) el proyecto común.
Todavía podría hablarse de una tercera corriente -con la que yo me considero, quizá, más identificado- pero que no tiene personalidad propia sino que es una corriente que amalgama a las otras dos (compatible dialécticamente con ambas, además) aplicable a los únicos ámbitos en que esta amalgama es posible: el mundo de las administraciones públicas, de los sindicatos, de la educación o de las ONG, en el que conceptos como independencia y libertad no están reñidas -al contrario, deben complementarse- con los de eficacia, seguridad y ahorro económico.
Hay otras facetas en la que esta división también se manifiesta y de las que cabe decir lo mismo que la anterior: bien entendidas y gestionadas suponen un mayor impulso o, por la via del enfrentamiento, la ruina, y es la rivalidad (¿necesaria?) entre escritorios GNU/Linux. He visto ya en varios foros cómo cada vez se enconan más (llegándose muchas veces a las manos, en el sentido digital -pero no mejor- de la palabra) los partidarios de KDE y los de Gnome y todavía no he llegado a leer (pero al paso que vamos todo se andará) la frase temible: «Antes Window$ que [el escritorio rival]».
A esta otra división sí que es difícil encontrarle ventajas, sobre todo porque va contra natura. En un entorno que valora la libertad antes que otra cosa y que ha llegado a lo que cabe denominar redondamente triunfo la pretensión de un escritorio único (por más que se diga -que es dudoso- que un único escritorio favorecería la expansión doméstica y oficinista de GNU/Linux) o la censura a quienes utilizan uno u otro, o la calificación despectiva de unos hacia otros, es absurda y catastrófica. Los posicionamientos de Stallman y de Torvalds en favor de uno en concreto no sólo no ayuda sino que puede malograr muchísimos de sus propios esfuerzos.
Han cambiado muchas cosas desde que los linuxeros éramos una especie de secta de iluminados marginales que propugnábamos una alternativa al producto del Gran Dios Moloch y que, encima, osábamos decir que era mejor y más limpia (en muchos sentidos, lo de limpia). Muchos países pobres ven ya claramente cómo el software libre es una oportunidad real de desarrollo tecnológico y lo van adoptando contra las presiones y los sobornos del monopolio; en los países ricos, el mundo de la empresa ve en el software libre una oportunidad de mayor competitividad, en un momento en que arañar un milímetro en eficiencia productiva es esencial. El futuro, pues, se adivina, racionalmente, optimista porque el avance inaudito de la tecnología abre aún más el abanico de posibilidades: nuevos aparatos, nuevos estándares que nacerán ya pensando en la compatibilidad total, en la compatibilidad con todo, nuevos actores en los mercados para los que el uso de una tecnología u otra va a depender del resultado de cálculos muy complejos y no de cantos de sirena de comerciantes o de activistas.
En cierto modo, hemos ganado, hemos alcanzado en la realidad palpable unos objetivos con los que hace no tantos años apenas nos atrevíamos a soñar y cuya consecución parecía más una cuestión de fe que de realismo. Llegados a este punto, nosotros, como comunidad, necesitamos una reconversión, una reflexión, una especie de refundación y un nuevo planteamiento de objetivos, y todo ello teniendo en cuenta la nueva realidad.
No vayamos a ser los propios padres los que matemos al muchacho.
El software libre ha llegado a su adolescencia. Y, como todo adolescente, se enfrenta a su crecimiento y a su paulatina transformación en adulto con confusión, con granitos y con periódicas crisis de autoestima.
Me preocupa. Me preocupa, sobre todo, por aquello de morir de éxito. Porque hay peligro de muerte. Después de todo, la adolescencia contrapone una salud de hierro y una fuerza de caballo con el riesgo nada académico de descerebrarse cabalgando en una moto o de aplastarse yendo en coche con dos copitas o con dos pastillitas o con dos [presuntos] cojoncitos de más.
El software libre aún depende muchísimo de la comunidad que lo ha puesto en órbita; y pese a la velocidad tremenda a la que evolucionan las tecnologías, así seguirá siendo aún durante bastante tiempo. Hoy, y dentro de un año, y muy probablemente todavía dentro de cinco, si la comunidad se derrumba el software libre desaparecerá.
Y la comunidad empieza a dividirse. No pretendo ser catastrofista, al contrario: si esta división deriva hacia una especialización, hacia la diversidad de ramas de un mismo tronco que saben mantener su vinculación a ese tronco, es decir, que mantienen perfectamente vigente y prioritaria su pertenencia a un mismo árbol que florece para todos y que da frutos para todos (aunque unos se coman esos frutos frescos y otros hagan mermelada con ellos), esa dicotomía llevaría a una mayor eficiencia y, por tanto, a más y mejores resultados. Pero si, por el contrario, la ramificación supone enfrentamiento, el árbol morirá.
Ahora mismo, en el ámbito filosófico, finalista o como se quiera llamar, percibo dos claras corrientes: una, la originaria, la de los primitivos pioneros (aunque no todos los que lo fueron estén ya integrados en ella y, a su vez lo estén muchos recién llegados), la de los activistas, para los cuales el software libre no es un mero instrumento sino una lucha, una forma de entender la vida misma aplicada a la informática o, si no se quiere ser tan ampuloso, una forma de entender la informática misma; para otros, su especial morfología productiva -aunque cuente, por supuesto, con el fenómeno comunitario como un factor esencial- lo ha convertido en un producto de gran calidad perfectamente competitivo en el mercado industrial y comercial. Y así, mientras unos, encabezados por el mismísimo Richard Stallman, predican el software libre como una buena nueva quasi evangélica que ha venido a liberarnos (cosa que, bien entendida, no deja de ser cierta), otros -sin una clara cabeza visible todavía, aunque con apoyos fácticos tan sustanciales como IBM, entre otros- venden eficiencia empresarial y productividad en las cámaras de comercio y en las organizaciones patronales, con grandes éxitos, por cierto.
Esto supone el uso de discursos distintos; radicalmente distintos, porque van -al menos aparentemente- desde posiciones próximas al altermundismo o, cuando menos, simpatizantes con él, hasta posturas rayanas en el más radical liberalismo económico. Es la ventaja y el inconveniente del software libre: es un valor universal tan apto y tan práctico que sirve igualmente a explotadores y a explotados y que, por ello, también los contraría a todos por cuanto sirve con igual eficacia al adversario.
Tenemos que evitar a toda costa que eso cause una fractura a la comunidad. Cada cual tiene sus ideas y cada cual tiene su concepción del mundo; en todas ellas cabe el software libre y, por tanto, a lo que debe dedicarse cada cual es a expandirlo en su ámbito de acción, de actividad o de preferencia y, evidentemente, utilizando el lenguaje y la argumentación adecuados a cada entorno, pero siempre sin dejar de lado que, al final de la jornada, hay que volver a casa, al igual que en una familia, las diferentes ocupaciones profesionales no obstaculizan (o se supone que no debieran hacerlo) el proyecto común.
Todavía podría hablarse de una tercera corriente -con la que yo me considero, quizá, más identificado- pero que no tiene personalidad propia sino que es una corriente que amalgama a las otras dos (compatible dialécticamente con ambas, además) aplicable a los únicos ámbitos en que esta amalgama es posible: el mundo de las administraciones públicas, de los sindicatos, de la educación o de las ONG, en el que conceptos como independencia y libertad no están reñidas -al contrario, deben complementarse- con los de eficacia, seguridad y ahorro económico.
Hay otras facetas en la que esta división también se manifiesta y de las que cabe decir lo mismo que la anterior: bien entendidas y gestionadas suponen un mayor impulso o, por la via del enfrentamiento, la ruina, y es la rivalidad (¿necesaria?) entre escritorios GNU/Linux. He visto ya en varios foros cómo cada vez se enconan más (llegándose muchas veces a las manos, en el sentido digital -pero no mejor- de la palabra) los partidarios de KDE y los de Gnome y todavía no he llegado a leer (pero al paso que vamos todo se andará) la frase temible: «Antes Window$ que [el escritorio rival]».
A esta otra división sí que es difícil encontrarle ventajas, sobre todo porque va contra natura. En un entorno que valora la libertad antes que otra cosa y que ha llegado a lo que cabe denominar redondamente triunfo la pretensión de un escritorio único (por más que se diga -que es dudoso- que un único escritorio favorecería la expansión doméstica y oficinista de GNU/Linux) o la censura a quienes utilizan uno u otro, o la calificación despectiva de unos hacia otros, es absurda y catastrófica. Los posicionamientos de Stallman y de Torvalds en favor de uno en concreto no sólo no ayuda sino que puede malograr muchísimos de sus propios esfuerzos.
Han cambiado muchas cosas desde que los linuxeros éramos una especie de secta de iluminados marginales que propugnábamos una alternativa al producto del Gran Dios Moloch y que, encima, osábamos decir que era mejor y más limpia (en muchos sentidos, lo de limpia). Muchos países pobres ven ya claramente cómo el software libre es una oportunidad real de desarrollo tecnológico y lo van adoptando contra las presiones y los sobornos del monopolio; en los países ricos, el mundo de la empresa ve en el software libre una oportunidad de mayor competitividad, en un momento en que arañar un milímetro en eficiencia productiva es esencial. El futuro, pues, se adivina, racionalmente, optimista porque el avance inaudito de la tecnología abre aún más el abanico de posibilidades: nuevos aparatos, nuevos estándares que nacerán ya pensando en la compatibilidad total, en la compatibilidad con todo, nuevos actores en los mercados para los que el uso de una tecnología u otra va a depender del resultado de cálculos muy complejos y no de cantos de sirena de comerciantes o de activistas.
En cierto modo, hemos ganado, hemos alcanzado en la realidad palpable unos objetivos con los que hace no tantos años apenas nos atrevíamos a soñar y cuya consecución parecía más una cuestión de fe que de realismo. Llegados a este punto, nosotros, como comunidad, necesitamos una reconversión, una reflexión, una especie de refundación y un nuevo planteamiento de objetivos, y todo ello teniendo en cuenta la nueva realidad.
No vayamos a ser los propios padres los que matemos al muchacho.
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