jueves, 29 de junio de 2006

Adiós, MENASA

De la serie: «Pequeños bocaditos»

El martes terminó el encierro de los últimos cinco trabajadores de MENASA en las instalaciones de la fundición. Un encierro de 345 días, a falta únicamente de menos de tres semanas para cumplirse el año.

Ayer, miércoles, se celebró en el parque Dolores Fernández Duro, de La Felguera la última de las concentraciones semanales que ese día, a las siete de la tarde, se venía celebrando como una de las iniciativas de la Plataforma en Apoyo a MENASA y del Colectivo de Mujeres de la Empresa. Todo ha terminado ya.

No ha acabado bien la cosa. Como dije hace muy pocos días, MENASA se va definitivamente al garete y sus trabajadores entran ahora en esa dinámica perversa de las recolocaciones que va a promover Industria y el Ayuntamiento de Langreo.

Simplemente termino con la transcripción -recogida de «La Nueva España»- de algunas palabras de Carlos Borge, portavoz de los encerrados, que son, en sí mismas, toda una sentencia:

«[...] sabéis que nos sentimos engañados, digan lo que digan. Nos dieron la información que querían, para que fuésemos previsibles [...] Los verdaderos culpables son las federaciones sindicales, la Consejería de Industria y la Alcaldesa»

Recoja cada cual su parte alícuota de mierda y embadúrnese con ella.

Cornás

De la serie: «Los jueves, paella»

Me vengo dando cuenta, desde hace un tiempo de un ¿curioso? detalle. Hasta no hace mucho, los portavoces de la Guardia Civil, los televisivos, cuando menos, tenían una graduación muy baja, si no inexistente. Solían ser guardias rasos, quizá cabos; raramente suboficiales y muy excepcionalmente oficiales también del segmento bajo: alféreces (una graduación que parece que existe también y todavía en escalas profesionales), tenientes y algún rarísimo capitán. Tampoco se correspondía la graduación con la importancia del hecho que se comunicaba: un cabo podía estar hablando del desmantelamiento de una importante red de narcotráfico y la aprehensión de quince toneladas de cocaína y una semana después aparecer un teniente explicando la detención, más o menos accidentada, de un camellete de baja estofa cuando intentaba atracar una gasolinera.

Pero, como digo, desde hace un tiempo, casualmente desde que ETA no tira, están empezando a aparecer comandantes, coroneles y hasta incluso generales (hace una semana salió uno, pero no logré ver de cuántas estrellas) manteniéndose, eso sí, la misma regla de la desproporción en la importancia del hecho informado. No recuerdo ahora mismo de qué informaba el general, pero sí que me pareció, en aquel momento, un suceso menor, de segunda o tercera fila, que apenas ocuparía unos poquísimos centímetros cuadrados en la prensa diaria.

Me precio de ser un tío de comprensión amplia. Puedo comprender fácilmente que la seguridad no debe tomarse a chacota en momentos -desgraciadamente muy duraderos en el tiempo- en que un montón de cabrones anda asesinando a mansalva si generales mejor que coroneles y si diez mejor que cinco. También puedo comprender que, en la misma medida en que el riesgo racionalmente desciende hasta su práctica desaparición -al menos, por el momento-, amanezca en algunos espíritus hambrientos el ansia de gloria mediática. Es aquello del cuartito de hora que decía no recuerdo ahora mismo si McLuhan.

Pero también soy un tío que valora la gallardía. Quizá porque bajo la misma cruz de Santiago inserta en un águila (nuestra popular gallina) me tuvieron quince meses dándome la brasa forzosa con este tema. Y resulta que me parece muy poco gallardo... nada gallardo... incluso gallináceo... ese asunto de mantenerse a cubierto y seguro cuando caen chuzos de punta haciendo que den la cara y el insomnio los peoncillos y, a la que amaina, esconder a la tropa en la sala de guardia y salir a la luz del sol a pasar bajo el arco del triunfo luciendo fagines, espadas y bastones.

Aquel orgullo que muchísimos ciudadanos sentimos por nuestros ejércitos en la primera mitad de la década de los noventa, durante las misiones en la antigua Yugoslavia -que también, por cierto, tuvieron sus sombras, pero esa no es la cuestión ahora-, se está tornando asquito al ver el comportamiento muy poco militar, muy poco guerrero y muy poco decoroso -bastante cobardazo, digamos las cosas por su nombre-, de algunos altos mandos militares en los últimos años, desde enterradores precipitados de subordinados al adulador y pringoso beneficio político del señor ministro hasta críticos con el Gobierno e incluso con el Sistema cuyos defectos, al parecer, sólo llegan a detectar una semana antes de la jubilación. Y ahora generales televisivos justamente cuando ya parece que está lejos el peligro de que una bomba lapa se les lleve las pelotas.

¡Ánimo, valientes!
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Oía ayer que esta generación de jóvenes va a ser la primera de la historia cuya calidad de vida va a empeorar en relación a la de sus padres. Es cierto, en condiciones normales de presión y temperatura, aunque, más circunstancialmente, me pregunto qué pasa con las generaciones de hijos que viven una guerra en relación con las de sus padres que no tuvieron que chupar trinchera. Con todo, hasta las dos últimas han sido pocas las generaciones que no han tenido que batir el cobre en campos de batalla.

Por una parte, lo siento, me sabe mal. Miro a mis hijas y presiento que su futuro no va a ser negro -esperemos- pero sí muy duro, durísimo, salvando la lógica cuestión de los pluses de suerte o de infortunio personal excepcionales a los que todos estamos expuestos en todo momento. Siempre queda la esperanza de que dentro de diez años -cuando mis hijas empiecen a entrar en el mundo laboral, en su propia vida- las cosas hayan cambiado o comiencen a cambiar.

Pero también tengo muy claro que las cosas no cambian solas. Digo mejor: las cosas no mejoran solas, como tampoco empeoraron solas. Las cosas cambian por unas dinámicas, por unos juegos de vectores: unos tiran hacia un lado y otros hacia otro y la resultante (¡ah, la física de 4º de bachillerato de entonces!) determina el rumbo de los acontecimientos. Cuando crece un vector y no los otros, o cuando alguno o varios de ellos disminuyen, la resultante cambia. Creo que esto empieza a saberse hoy a partir de 3º o 4º de Ingeniería (no me atrevo, según está el patio, a dar por cierta la posibilidad de que lo sepan antes).

Y ya hace veinte años que empecé a olerme este cambio de resultante.

Recuerdo que por aquella época colaboraba como voluntario en formación de educadores de tiempo libre juvenil; la normativa exigía los 18 años, como mínimo, para acceder a los cursos de monitores, o sea que sus participantes eran, en su práctica totalidad estudiantes universitarios. Y recuerdo lo difícil que era organizar actividades fuera cual fuera la fecha porque aquellos tíos... ¡siempre estaban de exámenes!

Me preguntaba cuándo aprendían la materia sobre la que se examinaban porque parecía talmente que su vida universitaria transcurría de un examen a otro. Y les preguntaba cómo toleraban eso: en mis tiempos, en aquel entonces no tan lejanos, por la cuarta parte de lo que les hacían a ellos, sacábamos los muebles a la Diagonal y les pegábamos fuego. En mis últimos cursos de carrera, las fechas de los exámenes finales las fijábamos asambleariamente y, además, duplicadas, es decir, cada asignatura tenía dos fechas y el estudiante elegía la que más le convenía, de modo que cada cual se confeccionaba su propio calendario de exámenes. Y no había más que hablar.

Los jóvenes han perdido combatividad, se han convertido -con mis más respetuosos saludos a las excepciones, que las hay, aunque no muchas- en mansos acomodaticios, consumidores compulsivos de lo que les echen, gente desideologizada que, en el mejor de los casos, no tiene otro objetivo vital que la promoción profesional, ansia, por otra parte, muy loable, pero no como única aspiración en la vida. Hay mucho más mundo y muchos más desafíos más allá de los objetivos, de los resultados y de las cosas que se puede comprar uno con la nómina. Y ha sido esto lo que ha provocado la debilidad del vector que ha llevado, en una lenta pero implacable evolución, a la situación actual.

De hecho, llevamos treinta años en un retroceso incesante en nuestros derechos como trabajadores. Incesante. Las libertades formales adquiridas en el mundo del trabajo a partir de la muerte de Franco sólo han sido, en lo práctico, eso: formales. Podemos votar a unos representantes sindicales que no conocemos (de hecho votamos muy poco y muy pocos: el menfoutisme sindical está extendidísimo y con su razón) y los sindicatos son maquinarias en todo parecidas a las de los partidos y con la misma finalidad de los partidos: la retroalimentación. Por eso nuestros derechos retroceden incesantemente: los sindicatos forman parte de la maquinaria del Sistema y son cómplices y beneficiarios del mismo.

Yo gustaba de decir que la fuerza que hemos perdido como trabajadores la hemos ganado, decuplicada, como consumidores. Ahí podríamos hacer mucho daño, más del que nunca habíamos soñado con hacer, y de ahí que tengamos un potencial de fuerza inmenso: potencial, porque no lo ejercemos y así nos va. Por eso ya no lo digo. ¿Para qué?

Los jóvenes podrían aprovechar que han sido convertidos en máquinas de consumir para amenazar -y atenazar mediante la amenaza constante- con la peor de las huelgas que se le puede inferir hoy en día al capitalismo: la de consumo, el boicot. Pero parece que privarse de lo superfluo, de lo más prescindible, someterse a la más pequeña incomodidad, pensarlo siquiera, es algo tan doloroso que es inasumible para las nuevas generaciones.

Las cosas no pasan por casualidad, la evolución social no es como la erupción de un volcán, imprevisible e incontrolable. Cuando la evolución social va mal, hay que hablar de culpas y cuando se habla de culpas hay que ser autocrítico: no la tienen los otros. El poder financiero ha hecho su trabajo y lo ha hecho bien, ha cumplido perfectamente su papel. Son las nuevas generaciones las que no han hecho los deberes, son las nuevas generaciones las únicas culpables de lo que les pasa. Han perdido la cultura del sacrificio finalista y van a tener que sacrificarse gratis, a beneficio de otros y a la trágala. Y de por vida.

Que lo sepan mis hijas y sus coetáneos y, en su momento, que se apliquen el cuento.
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Y, como dije hace una semana, carpetazo al semestre. Pasado mañana empezará sus vacaciones mucha gente; otros, la mayoría, las haremos al mes siguiente; y los menos, pero no pocos, descansarán en septiembre. Es el verano, época poco propicia para complicarse la vida, época que pide tumbarse al sol y, como decimos los catalanes, panxa contenta.

Pero seguirán pasando cosas, ya lo veréis y seguro que, aprovechando nuestras ansias por descansar y desconectar, alguna nos van a endiñar. La ley de Murphy es inexorable cuando andan los políticos detrás de los acontecimientos.

Próximo jueves, 6 de julio, víspera del día grande, ya se sabe, a Pamplona hemos de ir y habrá, seguro, reparto de cornadas. Veremos qué culos salen perforados de ésta. Pero seguro, seguro, que no serán sólo los de los mozos en el encierro.

Los cuernos trascienden de los callejones navarros y la política española está abarrotada de cabestros: somos tan desgraciados, que ni siquiera merecemos que nos la peguen toros bravos.

No hay vuelta al ruedo para nosotros.

martes, 27 de junio de 2006

¡A por ellooooos, oéeeeh!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Toujours la France, como acabo diciendo siempre. ¿Qué sería de Europa sin los gabachos?

Por de pronto, salvo inevitables astracanadas para ver quién acaba ganando la cosa, nos hemos librado del show calzoncillero hasta septiembre. Menos da una piedra. Y a los barrigones infectos del morlaco coñaquero, a ver si les da por quitarse la depresión pegándole al veterano hasta que les reviente el hígado.

Y, por cierto, el erario público -que se nutre también de mis modestas pero dolorosas aportaciones- se ha ahorrado una buena pasta en primas a los merluzos vestidos de colorado. Alguna escuela que otra se podrá construir con lo ahorrado, porque los solípedos esos no salen precisamente baratos. Eso siempre ayuda a soportar las retenciones en nómina.

Vive la France!!!

domingo, 25 de junio de 2006

De Asturias viene el llanto...

De la serie: «Pequeños bocaditos»

San Juan es una de las fiestas más sentidas y más extendidas en toda España. No lo es menos en Asturias donde algún rescoldo del remotísimo pasado celta hace aún más sensible la atracción ante una noche que hasta no hace mucho fue tenida -y tenida en serio- como mágica, la noche del solsticio, la noche del trébol.

Pero ha sido un San Juan triste en Asturias. Muy triste.

Primero, por el accidente que se ha llevado la vida de dos miembros del grupo Felpeyu. No eran muy conocidos fuera de Asturias (no pertenecían a la élite de la $GAE: vivían de su trabajo) pero formaban parte importante de esa generación que ha levantado el folk astur y lo ha llevado muchísimo más allá de la gaita y del tambor que daban ese sonido agudo, colorista y alegre a las fiestas y a los acontecimientos.

Precisamente en mi último viaje a Asturias, el verano pasado, hice la única excepción (más o menos habitual, de año en año) a mi boicot sistemático a la música española y adquirí tres discos de folk astur: uno de ellos fue precisamente Yá!, de Felpeyu. Lo contaba en una entrada de «El Incordio» a mi regreso. Veo en el desplegable la foto de los siete. No logro identificarles, no conozco bien sus caras, pero sé que hay dos, Carlos e Igor, que ya no están y otros tres están muy mal. Algo pasó en la autopista cuando venían, precisamente -maldita sea- a Barcelona. Tenían vínculos con mi ciudad; supongo que vendrían por una actuación o varias, pero así como su productora discográfica es un pequeño sello gijonés (que me da la impresión que es de ellos mismos), la distribuidora es una firma -también pequeña, parece- de Barcelona.

Ese disco pasa hoy a adquirir un valor especial para mí. Ojalá non hubiera. Y ojalá también Carlos e Igor estén ahora en una umbría de castaños y carbayus, contemplando el transcurrir de cuélebres y trasgos, y acariciados por les xanes junto a un estanque de aguas cristalinas.

Qué menos, joder, qué menos...
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La otra catástrofe de este San Juan astur infausto es MENASA. De maneras extrañas -como todo el curso de los acontecimientos en torno a este problema- el viernes se enteraban los trabajadores (a falta de tres semanas para cumplirse el año de encierro) que TRIMAN, la empresa que hace apenas tres meses parecía segura salvadora de MENASA, daba por cancelada toda la operación de adquisición de la empresa de Lada al no haberse cumplido sus exigencias de hacerse con el cien por cien del capital, dada la negativa de trece pequeños accionistas -dieciocho por ciento del capital- a vender sus participaciones.

No se entiende muy bien. Era lógico suponer que esos trece -o parte de ellos- intentarían especular con la necesidad imperiosa de sus acciones, pero no parece que la cosa hubiera de llegar a tanto como para provocar la catástrofe total. Hundida la empresa, ¿cuánto valdrán ahora sus jodidas acciones?

Por otra parte, desde el Principado se anuncia que la empresa navarra, pese a no haberse quedado con MENASA, se establecerá igualmente en Langreo. ¿Mande lo qué?

¿Qué guarrada se esconde detrás de esto?

Los trabajadores de MENASA se sienten traicionados. No deseo a nadie la noche de verbena que seguramente habrán pasado, muertas ya -racionalmente- todas las posibilidades de salvar su empleo. Un año de lucha entre brillos de esperanza y pozos de depresión, parece que llega a su fin porque desde el Principado se han apresurado a afirmar que por puro realismo renuncian a buscar un nuevo inversor que salve a la empresa.

En condiciones normales de presión y temperatura, pensaría que el anuncio del viernes es una finta, la última, para que los accionistas minoritarios dobleguen el espinazo y se avengan, en el último momento, a vender en condiciones razonablemente buenas para todos unas acciones que no van a valer un churro si la operación no se cierra.

¿O sí que van a valer un churro? Recordemos cómo empezó el problema MENASA hace ahora un año: los propietarios, dejaron morir la empresa con la santísima intención de especular con los terrenos, lindantes ya a zona urbana cotizada e irremediablemente recalificados como tal zona urbana a plazo incierto pero seguro. Quizá para algunos sea un poco menos incierto que para otros y de ahí que, en el fondo, no interesara a nadie (salvo a sus trabajadores) salvar MENASA. Veremos cuánto tarda en llegar la recalificación. ¿A que poco?

Los trabajadores se sienten traicionados. Traicionados por el Principado, traicionados por el Ayuntamiento de Langreo (eventualmente beneficiario políticamente de la guapada residencial que sustituiría a una fea fundición), traicionados por CCOO y por UGT (esta ya es su especialidad habitual) y traicionados, en fin, por su propio comité de empresa, lo que ya es el recarajo.

El asunto de MENASA huele a mierda que no se puede parar a su lado.

Y esa mierda nos pringa a todos. Si después de un año de lucha, cincuenta valientes y sus familias salen escaldados, la derrota será de todos nosotros. Porque los centenares de menasas que hay por toda España quedan, a su vez, sin esperanza alguna.

Los malos habrán ganado.

viernes, 23 de junio de 2006

La sangre y la letra

De la serie: «Correo ordinario»

Aunque un poco tarde (
ya anda por toda la red), me entero del serial que ha liado la dirección del IES Saramago, de Arganda, en Madrid, ejerciendo represalias académicas y administrativas, e incluso denunciando judicialmente en faltas, a un alumno del centro por las críticas que éste virtió en su bitácora hacia determinados aspectos de la vida académica del centro, de la gestión directiva del mismo y también a algunas cuestiones de su administración económica.

El muchacho, al que voy a referirme por su supuesto apodo en red, Mafius, fue acusado de injurias en juicio de faltas cuya vista se ha celebrado esta misma semana.

He echado un vistazo a la bitácora en cuestión (mis lectores pueden hacer lo mismo, puesto que la he enlazado más arriba, y recomiendo que lo hagan antes de que se produzca la eventualidad de que la sentencia judicial la cierre) y, a reserva de una ulterior lectura atenta, no veo materia para sanción alguna, como no sea una sintaxis y una ortografía penosas que dicen tan poco y tan mal del crítico como, quizá sobre todo, de los criticados, aunque, eso sí, tiene las ideas bien claras y no carece de estructura mental para exponerlas muy correctamente, en términos formales. Este chaval hará carrera si dedica un par de horas diarias a leer buena literatura.

Yo no veo materia para sanción alguna -y menos penal, aún en faltas- en la bitácora en sí; otra cosa son los términos que se vierten en algunos comentarios, no pocos, por cierto. Y este es el clavo ardiendo al que se ha agarrado la dirección del centro para sacudirle la badana a Mafius. Pero, claro... ¿qué culpa tiene Mafius de lo que otros dicen en los comentarios de su bitácora? La dirección del centro sostiene -con alucinante torpeza- que algunos de esos comentarios los ha escrito el propio Mafius. Es cierto que algunos bitacoristas padecen una especie de esquizofrenia que les lleva a debatir con ellos mismos y se autocomentan disfrazados de tercero; tampoco es lo común, afortunadamente, pero sucede. Lo que también sucede es que esto casi nunca puede probarse, a menos que el esquizofrénico sea, además, muy burro.

En todo este asunto me preocupan varias cosas. Una, es la actitud de los docentes del Saramago. Otra es lo que hará el juez. Empecemos por esta última.

Lo primero que verá el juez es que, efectivamente, en el contenido estricto de la bitácora no hay materia punible, esto para mí está claro como el agua: este chico ha ejercido limpiamente su derecho a la libertad de expresión y ha utilizado para ello un medio especialmente doloroso para los criticados. Luego iremos a ello. El problema va a estar en los comentarios. Lo que parece deducirse de la psicología judicial que se desprende de las dos sentencias que ha sufrido la Asociación de Internautas en el pleito que le han interpuesto la $GAE y el Teddy, es que aquello de que quien la hace la paga está tan firmemente implantado en las circunvoluciones togadas que, ante la imposibilidad de identificar claramente al quien
, el aforismo se convierte en «alguien (no importa quién sea) debe pagar por lo que alguien (sigue sin importar quien sea) ha hecho». Y el juez tenderá a responsabilizar de los comentarios al autor de la bitácora. No criminalmente, claro: la responsabilidad penal no puede ser jamás subsidiaria de la de otro; pero sí civilmente. Un parrafito torcido en esa sentencia y ya tenemos un problema planteado.

Realmente, qué hacer con los posteadores desbocados, es un problema. Es verdad que no debería permitirse el insulto brutal y gratuito amparándose en el anonimato, pero... ¿cómo se impide? Si se responsabiliza al blogger éste cerrará los comentarios de su bitácora y muchas bitácoras quedarían, de esta forma, sin parte importante de su valor; incluso, en no pocos casos, sin todo su valor. Por ejemplo, la
bitácora de David Bravo se ha ido convirtiendo en el lugar de reunión, expresión y manifestación de una comunidad; hace ya tiempo que David aporta personalmente poco: se limita a recoger alguna noticia o acontecimiento, a lo sumo la comenta en muy pocas líneas y, a continuación, es esa comunidad la que desarrolla. Y en esa comunidad hay gente muy buena y también, como no, faltones y trolls a barullo. La forma intermedia -por parte del blogger- que sería la de revisar previamente los comentarios, es algo que puedo hacer yo, que tengo muy pocos (de hecho, lo hice durante mi estancia en el CMS de Bitácoras.com, pero aquí los dejo abiertos, ya que no experimento graves problemas de trolls) pero muchos autores de bitácoras necesitarían horas para hacerlo y, además, el retraso en las autorizaciones deterioraría la espontaneidad de la bitácora y acabaría prácticamente con todas esas comunidades que ha llevado mucho tiempo levantar.

Ya que a los jueces les gusta tanto la analogía con los modelos conocidos (si no, es que se pierden, los tíos), les sugiero que comparen los comentarios en las bitácoras con las pintadas en las paredes. Pintadas anónimas que dicen lo que les parece -verdaderas barbaridades, en muchos casos- y que quedan impunes porque a nadie se le ocurre responsabilizar de las mismas a la comunidad de propietarios del edificio.

Otro aspecto de la cuestión es el cuadro docente del IES Saramago, que está dando una imagen penosa, lamentable y vomitiva -y, afortunadamente, en absoluto generalizable- de la comunidad educativa española. Imagen penosa por su mal encaje de la crítica, por ácida que ésta sea; imagen lamentable por su desadaptación a la nueva realidad que imponen las tecnologías (se pierde el control de la comunicación: ya no se puede censurar -como se hacía antes- el periódico escolar del centro; ahora, un alumno abre una bitácora y expone tu culo al aire... universal; y hay que aguantarse); y vomitiva por la represión negra y salvaje que ejercen sobre el autor de la crítica utilizando para ello subterfugios e indignidades diversas. Si yo fuera el responsable educativo de la Comunidad de Madrid, quienes iban a sufrir un buen expediente o, como mínimo, unas severas diligencias informativas, iba a ser todo este gremio [dicen que] docente que está mostrando vergonzosa y desvergonzadamente a todo el país cómo no debe ser un educador. Nos ha jodido el profe de filosofía...

En vez de vestirse de gris y tomar la porra, lo que hay que hacer, analfabéticos preceptores de imberbes, es lanzarse al ruedo del debate (¡so filósofo..!) y sostenerse con razones. Explicar por qué sí o por qué no de las acusaciones de Mafius, responderle punto por punto, palabra por palabra. Vuestros alumnos aceptarán o no vuestras razones, mantendrán su protesta o la abandonarán pero, en todo caso, os respetarán (quizá porque, además, verán que os respetáis a vosotros mismos). De otra manera, no hacéis otra cosa que cubriros de mierda ante vuestros alumnos y ante la mayoría -¡gracias a Dios!- de vuestros colegas, de decenas de miles de vuestros colegas que, cada día, afrontan con paciencia, sabiduría y honestidad problemas como este... ¡y otros muchísimo más graves!

Y dejad en paz a los jueces, que bastante tienen con la $GAE.

jueves, 22 de junio de 2006

El día de los infames

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Como era previsible -previsible, previsto y bien atado-, se aprobó en el Congreso la LPI. Y se aprobó con el paquete completo de abominaciones, salvándose únicamente de la quema las conexiones de banda ancha y los discos duros de los PC.

Se ha ofrecido feroz resistencia por parte de unas cuantas entidades, personas y alguna que otra alianza estratégica. Pero, obviamente, no ha sido suficiente. Casi nunca resultan suficientes los capitantrueno por voluntariosos, tenaces y duros que sean. Los tebeos son los tebeos y la realidad es la realidad; y en la realidad, el Capitán Trueno sólo mete miedo a los malos cuando dice aquello de Cisneros: «¡Estos son mis poderes!» y los poderes son unas cuantas baterías de morteros.

Si las personas, entidades y alianzas estratégicas se hubieran visto apoyadas por manifestaciones masivas, por preocupaciones de ministros del Interior y de delegados del Gobierno, por repeticiones sistemáticas y masivas del asunto Ramoncín, por boicots no menos sistemáticos y verdaderamente masivos al producto del enemigo, hoy estaríamos destapando botellas de cava.

No ha sido así. Incluso no siendo así, quedaría aún la esperanza de la subversión, pero no cabe esperar subversión alguna (y ellos lo saben); nadie va a poner proa a la tormenta si cuando hubo pequeñas olitas viraron en redondo y huyeron a toda máquina hacia el puerto más próximo; y eso aún los que se atrevieron a navegar, que fueron pocos.

En esta hora, sólo podemos acudir a un pensamiento nada menos que de Ramiro Ledesma: «La categoría de vencido sólo se adquiere después de haber luchado y esto es lo que distingue del desertor y del cobarde». A los vencidos, ánimo. Se hizo lo que se pudo y a veces hasta más de lo que se pudo. Seguiremos buscando brecha y seguiremos en la brega, que el enemigo no piense que esto se ha acabado. Si lo pensara, cometería el enésimo error y en uno de esos errores perecerá.

A los que no alcanzan la categoría de vencidos, pues nada. Podéis seguir descargando gratis toda la música y todo el cine que os apetezca; siempre os han importado tres cojones los derechos y la ética: simplemente, habéis podido hacerlo y lo habéis hecho, sin ninguna otra consideración, sin pararos a pensar si ejercíais un derecho o si vulnerábais el de otros, sin ningún otro planteamiento... sin ningún escrúpulo, en definitiva. Cuando os den el palo (porque cuando menos os lo esperéis os darán el palo y será fuerte) haréis como los asnos: sufriréis una contracción de dolor, quizá alguno más chulito que otro rebuzne un poco, y seguiréis tirando del carro que, esta vez, os van a cargar a conciencia.

Cocorocóoooooooooooooo.

Tostadas

De la serie: «Los jueves, paella»

Ya comprenderéis que era inevitable ¿verdad? La primera entrada de esta primera paella de verano no podía ir dedicada a otra cosa que al Estatut. Y, realmente, es inevitable pero decir, lo que se dice decir, no hay mucho en lo que extenderse.

La mitad de los ciudadanos de Catalunya pasó olímpicamente del tema. No lo entiendo. Una cosa son unas elecciones, en las que, obligados a optar entre el cártel de Cali y el cártel de Medellín, muchísimos ciudadanos (entre los que me incluyo) nos lo ponemos todo por montera y que sea lo que Dios quiera, oye, tanto me dan los unos como los otros porque todos son iguales (y hay que ver lo que les jode que se diga de ellos que todos son iguales, como si no fuera cierto...). Pero en un referéndum, en una consulta (vinculante, además) en la que se pide respuesta concreta a una pregunta concreta sobre la procedencia o no de un texto legal... no lo acabo de entender. Pude entender la abstención en un referéndum sobre el estatut en 1979, cuatro años después del franquismo, con una actitud -por demás generalizada- de una cierta incredulidad ante el hecho autonómico: muy pocos ciudadanos creían en esa época que la autonomía supusiera una influencia importante en su vida y en su cotidianidad. Pero un cuarto de siglo después, me parece que constatar a dónde se ha llegado con aquel estatuto es motivo ampliamente suficiente para que cualquier ciudadano alcance a vaticinar la enorme influencia que el
Estatut del 2006 va a suponer para él, incluso personalmente. Por eso comprendo el SÍ, comprendo (y he suscrito) el NO, pero no entiendo la abstención.

De este Estatut van a depender, aún en mayor medida que del otro, y en cuanto se vaya desarrollando la legislación ordinaria que le seguirá, cosas como la educación, la sanidad, las políticas familiares, de inmigración, cultural, fiscal (el Impuesto de Sucesiones, por ejemplo, es de total soberanía autonómica), la vivienda y amplios, muy amplios, aspectos de nuestra vida, de nuestro trabajo y hasta de nuestra entidad civil.

Pero, en fin, esto quisieron unos pocos, esto no quisimos muchos menos y de esto se desentendió la mitad de la ciudadanía catalana.

¿Consecuencia? Un estatuto políticamente muy débil porque -aunque lo diga la COPE es verdad, por una vez y sin que siente precedente- sólo ha sido expresamente aceptado por uno de cada tres catalanes. Políticamente débil sí, pero legalmente válido como el que más y lo tendremos sobre nuestras cabezas durante muchísimos años, presumiblemente tantos como el anterior. Era el Estatut de los políticos y los políticos ya lo tienen. A partir de ese momento, los ciudadanos les importamos nuevamente una mierda.

Se perdió, además, una buena ocasión -Estatut aparte- de darles a los políticos un puñetazo que hubieran tardado años en olvidar: los ciudadanos hubiéramos podido reventarlos sin piedad participando masivamente y votando NO mayoritariamente. Con ello, les hubiéramos dado un potentísimo golpe en el plexo solar y no sólo a los de aquí: en Madrid no se hubieran salido -ni muchísimo menos- de chiquitas.

Y esta es la historia de una ciudadanía que no parece consciente de serlo: mansedumbre, servidumbre y, consecuentemente, podredumbre.

No pienses. El führer ya lo hace por ti. Qué cómodo. Qué bien.
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La Junta de la Sagrada Familia entra en guerra contra Clos para que la línea del AVE no pase cerca del importante templo. Cuenta, por supuesto, con todo mi apoyo. Moral y cívico, ya que no puede ser de otro tipo.

Pero no porque no haya soluciones tecnológicas. Creo a pies juntillas en la profesionalidad y sabiduría de nuestros ingenieros y estoy seguro de que esa solución propuesta consistente en pantallas subterráneas de protección sería eficaz. El problema no son los ingenieros, no. El problema es la aparición -por demás inevitable- del idiota de la gomina haciendo acrobacias de eficiencia y empezando a recortar gastos de aquí y de allí a la hora de la ejecución del proyecto. A ver si alguien se cree que el Carmel se hundió solo.

Mi padre, aparejador con bodas de oro profesionales ya largamente rebasadas, suele decir -no sin cierto asco- que donde el técnico dice: «es posible», llega el economista y objeta: «no es rentable». Bueno, conozco a unos cuantos economistas y no tengo la percepción de que la proporción de cabrones en esa especialidad profesional sea distinta -desde luego, no superior- de la de cualquier otra titulación. Los de la gomina vienen de otra rama universitaria que no menciono por no indisponerme con algún que otro amigo que aprecio y que tiene que ver con ella; bueno, esto de la Universidad ya no dice hoy nada: hasta los del calzoncillo tienen su titulín correspondiente, así que ya...

De todas formas, incluso libres de los idiotas del pelo pringoso, la solución de ingeniería es una opción de cierto riesgo, entendiendo que el riesgo cero consiste precisamente en no correrlo. Y ahí está el asunto: ¿por qué poner en juego el importante símbolo que supone la Sagrada Familia? Hace treinta años hubiera dicho que causarle un problema severo a la Sagrada Familia desencadenaría en Catalunya una Semana Trágica de consecuencias imprevisibles; hoy, viendo lo avícola que está el personal, no creo que sucediera nada en absoluto y por eso el anestesista dichoso se crece y cede ante los intereses de los botiguers del Passeig de Gràcia, que quieren a toda costa que el AVE se pare en ese apeadero infecto que hubiera habido que arrasar cuando hace cuarenta y cinco años se cubrió la zanja ferroviaria de la calle de Aragó. Con lo cual, por cierto, entre la paradita de Sants, la del Passeig de Gràcia y la terminal de la Sagrera, convierten el tren de alta velocidad en un puto vagón de metro. Para este viaje, no nos hacía falta Álvarez Cascos. Si encima añadimos las paraditas del aeropuerto y de todos los sitios que van a querer paradita del AVE, el trayecto Madrid-Marido de Esperanza Aguirre-Zaragoza-Lleida-El Prat de Llobregat se cubrirá en cosa de un par de horas y media, más o menos; el trayecto El Prat de Llobregat-Terminal de la Sagrera (con parada y fonda en todas las estaciones, apeaderos, cantinas y mercadillos) necesitará de otra amplia hora, con lo que el pasajero hará bien apeándose en el aeropuerto y tomando un carísimo y abusivo pero más rápido taxi.

Vaya gremio tenemos puesto en este ayuntamiento, madre de Dios...
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El campeonato calzoncillero me dio el otro día una alegría, caramba, quién lo iba a decir: la gente esa del toro coñaquero tuvo partido con otros desharrapados a las tres de la tarde que es, precisamente, la hora a la que yo, entre junio y septiembre, salgo del trabajo y me voy a la piscina a moverme un poco y tener bajo control hipertensiones, azúcares y demás malos humores. Pues bien: piscina absolutamente limpia de gente. 200 metros cuadrados de agua (320 metros cúbicos) para mí solito. Literal y materialmente. Por una vez y sin que siente precedente, bendije las pezuñas de la gente esa. Si siguen jugando a las tres de la tarde, bien (aunque me parece que no, porque el otro día, en las proximidades de mi casa, un hijo de la gran puta lanzaba petardos de quince megatones a las once de la noche) pero, en todo caso, que los quiten de enmedio de una vez puñetera y a ver si acabamos ya con tanto fútbol que no es que habitualmente ponga mucho la tele pero, desde hace unos días, la tengo en el calabozo.

¿Falta mucho para cuartos?
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Leo por ahí: «El administrador cifra el agujero de Fórum entre 2.700 y 3.400 millones de euros».¡Joder! Y eso que Clos había dicho que la ciudad había ganado no sé cuantísima pasta con su invento megalómano. Pero leo más y veo que no, que se trata de lo de los sellos.

Y es que no gana uno para sustos, rodeamos como estamos de toda laya de fórums tramposos...
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Esto se acaba ya por hoy... Empieza el verano, la estación más asquerosa de Barcelona (parece que estés todo el día metido en una lavandería) y es cuestión de refugiarse en el aire acondicionado: primero el del trabajo y después en el de casa. Ya sé que no es muy sostenible, pero no sufro el calor; o, mejor dicho, no sufro la humedad asociada al calor: prefiero, con mucho, los 36 tórridos pero sequísimos grados que marcaba el termómetro en Alcalá o en Madrid el otro día, que los pringosos 26 barceloneses que hacen que, cuando llegas a casa, parezca que en vez de una camisa te quites un envoltorio de esparadrapo.

Y el jueves que viene será el último de junio, a las puertas de habernos cepillado ya el primer semestre del año. Parece que fue ayer cuando cometíamos la horterada esa de comernos compulsivamente doce uvas y pasado mañana, como quien dice, volveremos a estar en las mismas. En cuatro días, las vacaciones; en tres, se habrán terminado; y como las empresas subcontratadas gastan menos en personal que un delantero centro en libros de filosofía, antes del Pilar ya estarán colgando las iluminaciones navideñas de forma que, llegada la Nochebuena, ya está uno hasta las narices de las lucecitas de marras.

Vivid felices y fresquitos hasta el próximo jueves.

miércoles, 21 de junio de 2006

De nuevo en casa

De la serie: «Correo ordinario»

Tengo desesperada a mi media docenita de parroquianos. Y es que una semana de silencio es mucha semana de silencio, un acontecimiento inaudito en «El Incordio» que, en condiciones normales, sólo se produce en época vacacional. Como consuelo y compensación, casi puedo ya adelantar que mi época vacacional de este año -en lo que a esta bitácora se refiere- va a verse reducida más o menos a la mitad, muy a mi pesar.

Ha sido una semana intensa e interesante de jueves a domingo; también intensa, pero por otras razones, de lunes a hoy. Comentaremos el primer tramo y obviaremos al segundo por carecer de ningún interés para el lector.

El jueves asistí al 1r Congreso de Software Libre y PYMEs Industriales. La verdad, muy poca asistencia que entiendo por dos razones: la primera, es que la divulgación de este congreso fue muy escasa en medios públicos (yo me enteré por un comentario en
La Farga que no vi rebotado más que en mi propia bitácora); y la segunda, que el sector es muy duro como cliente de software (libre o no libre). Porque hablar de PYMEs industriales es hablar de unas pocas empresas de medio centenar de empleados, que sí se toman muy en serio el plus de productividad que suponen las TIC incluso -o, quizá, sobre todo- en el ámbito de la administración y gestión de la empresa; pero es hablar de decenas de miles de pequeños talleres de menos de cinco trabajadores en los que no se quiere ni oir hablar de otra tecnología de software que no sea el empotrado en su máquina-herramienta (ámbito en el que el software libre no está presente ni creo que vaya a estarlo nunca) y en las que la gestión de la empresa se encarga al gestor y/o, a lo sumo, a un auxiliar administrativo contratado por horas que trabaja con un paquete ofimático o comercial específico generalmente sin licencia.

En estas circunstancias no cabía esperar multitudes y únicamente me pregunto si no habría un cierto desenfoque en el planteamiento del Congreso. Porque mientras, por una parte, se convocaba a un sector tan concreto de las PYMEs, tampoco parecía, por otro lado, que fuera a hablarse de una oferta específica de software para uso industrial. De hecho, no recuerdo haber detectado la presencia de empresas desarrolladoras de soluciones específicamente industriales basadas en software libre. ¿Las hay? Imagino que sí pero, en su caso, o no supieron de la convocatoria o no les interesó.

Se habló, pues, de software libre teórico, se habló de paquetes ofimáticos, tuvimos ocasión de conocer a una asociación empresarial de usuarios -no de desarrolladores- de software libre y de alguna otra iniciativa asociativa -fundacional, más bien- al respecto y se habló, en definitiva, de cosas que a mí, que vivo el software libre, aparte de como usuario, como un elemento teórico que desarrollo en el ámbito activista y divulgativo, me interesaron pero que -siento ser tan cruel- no tenían la menor garra para un industrial; nada, en absoluto, que motivara a un encargado de taller o a un pequeño colectivo profesional para invertir en la cuestión una preciosa jornada entera.

Y, como delegado de Hispalinux, recibí una cierta reconvención por parte de varios intervinientes (algunos sabían de mi presencia y representatividad; otros, la mayoría, no) en el sentido de que en el trato con el mundo empresarial hay que abandonar la actitud y el lenguaje evangelizador. Tuve una breve intervención para acusar recibo de la bronca y para considerarla justa, tanto más en cuanto que yo comparto la crítica (que se ha podido leer en esta misma bitácora más de una vez) y únicamente defendí al ámbito militante del software libre sobre la base de que el éxito de nuestra propuesta quizá ha sorprendido a un sector probablemente amplio que no acaba de asumir la empresarialización -que, por definición, nunca sería excluyente- de algo tan altermundista.

En todo caso, queda claro (al menos, a mí me quedó claro) que si la Fundación ASCAMM, organizadora del evento, pretende una segunda edición del mismo (cosa a la cual, por otra parte, les animo) deberá haber una mayor meticulosidad y una más precisa orientación de contenidos, de actores y, sobre todo, de destinatarios.

El viernes, a Madrid o, mejor dicho, a Alcalá de Henares, para asistir, el sábado, a la asamblea anual de la Asociación de Internautas. La asamblea de una asociación no es nada interesante, en general: rendimiento de cuentas, memoria de actividades, presupuesto y poca cosa más; a lo sumo, cuando toca, elección de nuevos cargos, que tampoco suele ir más allá. Lo interesante (y el grueso de la cuestión) siempre es aquello de los ruegos y preguntas porque eso constituye el verdadero eje de comunicación, la verdadera transmisión de conocimiento entre los socios, más allá, mucho más allá, de la lista de correo.

Y de ahí salieron dos o tres cosas. Una me la callo (empezamos bien, je, je) porque, aunque ya es semipública, no le voy a machacar la primicia al padre de la criatura, Víctor Domingo, que no creo que tarde mucho en anunciarla públicamente. Ojo a la
página de la Asociación en estos próximos días.

Otra fue el sempiterno tema del pleito que nos interpuso la $GAE por injurias, calumnias, pedradas, zancadillas y no sé cuántas cosas más que no cometimos nosotros sino un señor o señores alojados en nuestro servidor, pleito en el que hemos obtenido dos increíbles y alucinantes sentencias contrarias, en primera instancia y en Audiencia Provincial. En fin, la cosa ha ido al Supremo y se reafirmó la voluntad de la Asociación de llevar sin vacilar la cuestión esta a la justicia europea si llega a ser necesario. Cosa de la que yo, personalmente, discrepo y creo que ya lo dije en esta bitácora: si el Tribunal Supremo sentencia en contra nuestra, culpabilizando con ello a un proveedor de servicios -en contra de lo previsto por la LSSI y de la normativa europea- yo dejaríala la cosa así, pagaría la indemnización al Teddy y compañía y que caiga el horror sobre las TIC españolas, a ver si un fuerte traumón como el que representaría esta sentencia (todas las empresas españolas proveedoras de servicios tendrían que echar el cierre, entre otros desastrosos efectos) mentaliza a los excelentísimos señores magistrados de que esto es el siglo XXI y no el XVI, que la red no es la imprenta y que, en todo caso, ya que no saben hacer otra cosa que actuar por analogía con modelos conocidos (y en vías de extinción), al menos que la practiquen bien porque, si comparan las responsabilidades con el mundo editorial de papel, cascarle al proveedor no es sacudirle al editor -como me imagino que ellos se creen que hacen- sino al librero, al vendedor del kiosko. Cosa que no se hizo ni en tiempos de Franco, si dejamos aparte comandos incontrolados.

Pero, en fin, la muchachada es guerrera y quiere llevar las cosas hasta el final. Si Teddy Bautista creía que nos iba a atemorizar, a detener y mucho menos a hundir, ha cometido un error de bulto, como errores de bulto lleva cometiendo incesantemente desde que se ha empeñado en que la sociedad de la información le pague una sustanciosa renta por nada. En fin, cada cual debe asumir la responsabilidad y el coste de sus inacciones, de sus miedos y de sus cobardías y así como el común de los ciudadanos pagamos nuestro menfoutisme y nuestras actitudes gallináceas con sucesivos y crecientemente mortificantes puteos y puñaladas traperas en la espalda, los autores deberán a su vez sufrir las consecuencias de los despropósitos que está cometiendo ese gremio al que permiten beatífica, silenciosa y nada gallardamente, que haga lo que le dé la gana: con nosotros y, sobre todo, con ellos mismos.

Quede, pues, con esto inaugurada esta pequeña rentrée de «El Incordio»

martes, 13 de junio de 2006

Sus datos, señor ciudadano...

De la serie: «Correo ordinario»

Hoy he tenido que ponerme la gorra de sindicalista y realizar un pequeño trámite, necesario para la defensa de mis compañeros (y mía propia) ante el riesgo de que datos sensibles de los ciudadanos lleguen a ser vistos en lugares que no deben.

Hace unos días, anunciaron en mi trabajo que iban a cambiarnos los sistemas operativos Window$ 2000 por Window$ XP. Esto parecería una tontería y media. Media, porque, teóricamente, estamos en vías de que se implante en la Administración de la Generalitat un escritorio Linux; pero esto no me lo creía ni en tiempos de Oriol Ferran, o sea que imaginarse ahora, y más con CiU o la sociovergència -que le dicen- a cuatro o cinco meses de hacerse con el mando en plaza, porque una reedición del tripartit es más difícil que el doctorado en Astrofísica de Aramís Fuster. Y tontería entera porque, con el W$ Vista a cosa de un año, menudo despilfarro de dinero ciudadano en un sistema operativo ya prácticamente anticuado (si es que alguna vez no lo fue). Podría justificar la tontería entera si los que firman las compras (o los contratos-programa) fueran gentes informadas y conocedoras del patio que pensaran que al Vista muy largo me lo fiáis y que está por ver si se consigue que salga -como está anunciado- el 2007 porque, al paso que va y con la marcha que se dan en Micro$oft, va a haber que llamarlo Window$ Sagrada Familia; pero mucho me temo que los firmantes de las cosas ni están informados ni les importa tres pimientos estarlo: ellos tiran del troç y arreando que es gerundio, que la pasta del ciudadano es larga por más que el nuevo estatut no vaya a estirarla ni un milímetro, digan lo que digan...

Pero es que justamente anoche recibía una de las recopilaciones que Manel Zaera envía cotidianamente a la lista de administraciones públicas de Softcatalà y que nunca dejo de mirarme, en el peor de los casos, por encima y bajo el epígrafe «Crece la polémica sobre las "llamadas a casa" de Windows XP con WGA» enlazaba a
Kriptópolis aludiendo al problema del malware que Micro$oft anda instalando en los ordenadores de sus clientes o de los millones de piratillas que han sido sus cómplices en la estandarización forzosa por vía cautiva de sus productos, so pretexto de acabar (¿acabar? je, je, je) con el uso ilegal de su sistema operativo XP.

Esto de que una empresa ande fisgando los datos de los ordenadores de la gente no es nada bueno (yo diría que es hasta ilegal, dado que el WGA se instala solito a las primeras de cambio y luego ya no hay quien lo saque), pero esto se remedia utilizando otros sistemas operativos que no sean del monopolio (o que lo sean, pero distintos del XP). Lo malo es cuando este sistema invasivo está instalado en el ordenador de un funcionario (¡y éste trabaja en red local o corporativa!) sin que el tal funcionario pueda decir ni pío sobre el asunto.

Porque claro, los custodios de los datos del ciudadano somos los funcionarios. Y los ciudadanos confían en nosotros, en los funcionarios públicos, en la independencia que nos da la inmunidad de que gozamos, y poco les importa qué mecanismos o qué máquinas o qué software utilicemos (claro que si les importara, otro gallo cantaría). En consecuencia, la mayoría de los funcionarios, por más ganas y voluntad que le echemos al asunto (y se la echamos, que conste) no estamos en condiciones de garantizar en absoluto el secreto de los datos que los ciudadanos nos suministran. A mí, personalmente, en mi puesto de trabajo actual, me preocupa relativamente poco porque no tengo hoy en mi máquina muchos datos sensibles, en términos generales (alguno hay delicado, pero no más que eso); sin embargo, hasta hace algo menos de tres años, desde mi máquina manejaba la base de datos de la Tesorería de la Seguridad Social y en el disco duro o en los directorios de red local tenía documentos que contenían datos que maldita la gracia que le harían al ciudadano correspondiente que trascendieran. Pues bien, toda esa información la estaba manejando (¡y qué remedio!) mediante un sistema operativo no sólo inseguro frente a agresiones externas sino traidor él mismo.

Ante la prueba que supone la existencia del WGA (Windows Genuine Advantage), reconocida y hasta divulgada por la propia Micro$oft, hoy he dirigido un escrito a la directora de Servicios del Departament donde trabajo en la actualidad y de cuya sección sindical CSI-CSIF soy responsable, advirtiendo de toda esta problemática, aunque perfectamente consciente de que no va a servir para nada (la implantación de Window$ XP continuará inexorablemente, ya lo veréis), salvo para una cuestión no poco interesante: si algún día se le buscan las cosquillas a un funcionario por una filtración de datos de la que pudiera sospecharse causada por una infiltración en o exfiltración del sistema operativo XP, este escrito, cuya entrada ha sido debidamente registrada, aparecerá en defensa del funcionario agredido. La directiva de CSI-CSIF en Catalunya me ha comunicado que transmitirá un escrito en idéntico sentido a la Dirección General de la Función Pública de la Generalitat, a los mismos efectos.

Por supuesto, Micro$oft negará que WGA sea malware y argüirá que su único destino es el de detectar -mediante comunicación diaria, nada menos- si la copia de lamáquina en la que está instalado es ilegal. Pero eso es lo que Micro$oft dice y yo no me creo. Generalmente, M$ suele emplear la falacia de exigir pruebas de la peligrosidad de su software y, como le decía en mi escrito a la directora de Servicios, esto es trasladar impropiamente al mundo comercial un principio procesal. Es el vendedor-suministrador quien tiene que explicarle con todo detalle al comprador-consumidor qué producto le está colocando y es ese vendedor el que debe probar a plena satisfacción que su mercancía es correcta. El consumidor tiene perfecto derecho a desconfiar del producto y esta desconfianza no debe basarse en prueba alguna; al contrario, debe ser el fabricante el que pruebe que la desconfianza es infundada. Y esto a mí no me lo prueba Micro$oft si no me deja llevar su código fuente a un especialista de mi confianza. No me lo prueba ni a mí ni a nadie. ¡Ah! Y el CNI no me sirve: esos no se enteraron de la perejilada hasta que tuvieron a los moritos instalados allí. Aparte de que si fueran eficientes, tampoco me fiaría de ellos, entre otras cosas, por esa misma eficiencia que pueden, perfectamente, usar contra mí (y contra cualquier ciudadano).

En fin, supongo (espero, más bien) que estas cosas sean historia dentro de unos pocos años y que, pasado éstos, nos preguntemos, tomando unas cervecitas «¿te acuerdas de cuando Micro$oft hacía lo que le daba la gana con nuestros datos?». Pero el futuro ya se verá en su momento. La realidad de presente es que los datos públicos de este país -y de muchos otros- están en manos de una empresa privada sin que nadie pueda saber lo que hace ésta con ellos.

Y nuestros políticos, en la luna.

domingo, 11 de junio de 2006

GNU/LinEx 2006 rc2

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Mi ordenador tiene un sistema de discos duros extraíbles. Es un poco anticuado, dado que ahora son más asequibles los discos duros externos conectados por USB, pero hace tres años los externos eran carísimos y lo de los extraíbles no es tampoco mala fórmula.

En mi máquina hay dos: uno, que utilizo para el funcionamiento normal y para el almacenamiento de mis datos y otro que dedico a hacer guarradas, como, por ejemplo, instalar un Window$ para poder hacer la declaración del IRPF que esos inútiles de la Agencia Tributaria parecen incapaces de programar en Java, la multiplataforma por excelencia.

Hace tres o cuatro días instalé Ubuntu 6.06 en el principal y ayer estuve probando en el segundo, en el de trasteo, la nueva versión de LinEx, la distribución de la Junta de Extremadura.



Caramba, pues está muy bien, asumido que su escritorio es Gnome. Ya adquirí una buena opinión de LinEx desde el primer momento, allá por el 2000 o el 2002, creo recordar. Únicamente cabreaba un poco -a la larga: en un principio era gracioso- este asunto de los iconos "autonomizados" (llamar "Zurbarán" al GIMP, por ejemplo), pero en la versión 2006 puede optarse por los iconos y denominaciones clásicos de Gnome.

Me reconoció todos los hierros a la primera (salvo el escáner, ya es sabido: mierda para Hewlett Packard, marca que para mí se ha muerto) y, curiosamente, no me reconoce la Palm entrándola por USB, pero sí mediante Bluetooth, qué cosas; y sin problemas con los MP3 de las niñas ni con la memoria flash USB, ni con la impresora, ni con nada.

Por lo demás, en la actualización inicial ya instala -si se consiente en ello- los controladores apropiativos para la lectura de DVD, de MP3 y de otros diversos formatos multimedia. Muy notable, el sistema de actualización y de instalación, por cierto.

En definitiva, una distribución candidata a quedarse ahí y de pasar al disco duro principal como herramienta de cada día. Me gusta más que Ubuntu. Quizá cuando las niñas se vayan de campamento este verano y si yo tengo un poco de tiempo que dedicarle al asunto, haga una red local con su ordenador y el mío, aprovechando el router inalámbrico.

Lo que sí es cierto, visto Ubuntu y, sobre todo, visto este GNU/LinEx 2006 es que las dificultades de instalación y de gestión de Linux son cada vez más leyenda negra y menos realidad. Esto está empezando ya a estar listo para el escritorio de las marujitas: sólo falta ahora quitarles la pereza.

O que la BSA casque fuerte. ¿A que no?

jueves, 8 de junio de 2006

Hitler sale de su tumba

De la serie: «Los jueves, paella»

Aunque era algo cantado y sabido, quedo horrorizado ante la constatación, prácticamente probatoria, del asunto de los vuelos de la CIA. Pero no es que me horrorice de la misma manera que cualquier salvajada de las que se prodigan diariamente en cualquier parte del mundo, es que esta tiene una implicación personal mía. Mía y de todos los ciudadanos. Por mi casa, por nuestra casa, ha pasado el tren de Auschwitz cargado de material para los campos de exterminio.

Ahora, caben dos cosas: o hacer como los alemanes de los años cuarenta, cuando el tren era tren y no avión, y volver la cara autoconvenciéndonos de que el tren es un mercancías vulgar, cuya carga y destino ignoramos, como ignoramos el de cualquier tren que pasa por la estación local, o reaccionar como verdaderos ciudadanos libres exigiendo responsabilidades -¡gravísimas responsabilidades!- a los cómplices, al menos mientras no podamos echar el guante a los autores directos, cosa que no sucederá nunca, si fuimos incapaces de castigar a los asesinos de un periodista español y de reirle la gracia al gobierno (nuestro) que disculpó y cubrió al gobierno del que los criminales eran mandatarios.

A mí se me ponen los pelos de punta cuando pienso que yo podría estar cenando con mi familia, conversando con los amigos, tomando el sol en la piscina o trabajando tranquilamente, y mientras tanto, en el aeropuerto, estar repostando un avión cargado de seres tenidos por infrahombres camino de un destino geográfico y humano desconocido y, en definitiva, camino de la desaparición al más claro estilo Hitler, Pinochet o Videla. Sin paliativos. Guantánamo es el campo de exterminio homologado y llenándonos de horror lo que sabemos que pasa allí... ¿qué podremos sospechar racionalmente de lo que sucede en campos de exterminio de los que no sabemos siquiera su ubicación geográfica, de dachaus secretos?

El informe del Parlamento europeo no menciona al aeropuerto del Prat -aunque hubo rumores de que pudo estar implicado en los aviones del Treblinka norteamericano- y sí al de Mallorca, pero es igual; aunque la vecindad no sea tan inmediata, Mallorca forma parte del país del que soy ciudadano -por no hablar de la Unión Europea- y el asunto me afecta igual.

Yo no sé qué hará el común de los ciudadanos europeos; no me hago muchas ilusiones: la molicie exagerada, el hedonismo desmesurado y el total embotamiento de inteligencias y sensibilidades favorecerán que la atrocidad pase por alto. Desde luego, en el caso español lo tengo clarísimo: aquí no se va a mover una brizna. Si algo que toca a tantos y tan de cerca, como la vivienda, sólo suscita la presencia protestataria de unos pocos centenares ¿qué va a importar que los nuevos nazis envíen a la fosa común a unos cuantos moros más o menos?

Por cierto:

· ¿Sabemos seguro que todos son moros?
· Aunque fuera así... ¿sería un alivio?
· ¿Cuánto tiempo hace que no vemos al vecino?
· ¿Alguien da por seguro que mañana no será... pasajero... uno mismo?
· ¿Todos los desaparecidos oficiales son ancianos demenciados?

Mira a tus hijos, a tus hermanos o a tus padres antes de responder a estas preguntas... si puedes.

Si el gobierno español sabía -y parece que sabía- lo de estos vuelos, ha cometido -como mínimo- delito de encubrimiento de crímenes contra la Humanidad. Si, además de saberlo, autorizó por acción o por omisión, sería, además, cómplice.

Ahora solo falta ver si el juez Garzón se pone las pilas o mira también para otro lado.
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Por segundo día consecutivo y tercero en un corto período de tiempo, los funcionarios judiciales catalanes se hallan en huelga. Tras el de ayer -segundo día- ya se llegó a la conclusión de que la mayoría de los procedimientos pendientes, definitivamente atascados, quedan ya para después del verano. ¡Sólo con dos jornadas y pese a los servicios mínimos!

Hombre, yo que creía -con tantos ciudadanos de atrevida ignorancia- que los funcionarios no trabajabámos y ahora resulta que con sólo dos días de simple no ir al trabajo se atasca todo. O sea que algunos funcionarios, como mínimo, parece que sí trabajan (cuando no hacen huelga), visto lo que hay.

Los funcionarios judiciales, así, corporativamente, son los parias de la profesión. Trabajan -como queda demostrado- en una estructura medieval, bajo un sistema de castas tremendamente clasista, obligados por normativas durísimas a seguir procedimientos complejos y agobiantes (innecesarios muchos de ellos, por demás, a estas alturas) con milimétrica escrupulosidad y sometidos a exigencias de responsabilidad disciplinaria que saltan más que las liebres. Y por si fuera poco, su ambiente material de trabajo es, con frecuencia, de verdadera depresión: edificios vetustos, acondicionados de cualquier manera (y mal), quintales y más quintales de papeles amontonados por doquier, paredes que hace decenios que no ven una mano de pintura, mobiliario que se cae a trozos... y luego, además, los gages comunes a todos los funcionarios: profesión desprestigiada (y lo más cabreante es que sus principales desprestigiadores son los necios de los políticos, nos ha jodido la eficacia de éstos...), sueldos congelados desde ya ni nos acordamos cuándo (y ya eran bajos cuando Solchaga nos hizo la broma), carrera profesional cerrada a piedra y lodo, herramientas de trabajo malas o inadecuadas (o ambas cosas)... en fin, unas risas. Luego, encima, tenemos que oirnos que somos unos privilegiados por ser el último reducto que mantiene un derecho que debería tener todo el mundo: un puesto de trabajo fijo y razonablemente seguro. Puesto de trabajo fijo del que todo el mundo se acuerda cuando van mal dadas, pero que nadie quiere, por cierto, cuando en el sector privado se abre la veda del pelotazo y todo el mundo moja pan.

Mis compañeros de la Administración de Justicia en Catalunya (no sé por qué sólo en Catalunya, porque estas habas se cuecen en todo el puerco país) piden un poco de dignidad y un poco de árnica. Y les responden con insultos: os pagaremos más si hay menos bajas y sois unos tramposos con el reloj. Esto último, sin pruebas, sin nombres y apellidos y sin expedientes disciplinarios, porque no cumplir el horario es una falta -que empieza a ser seria cuando se comete cotidianamente- pero hacer mierdecillas con la tarjeta de fichar es una falta grave, de esas faltas a las que un político, si no es un mierda, sólo puede aludir con expedientes encima de la mesa. Si no, el expediente hay que metérselo al político que, informado como demostraría estar, viene practicando la vista gorda.

Por lo demás, me consta que, con todos sus defectos gremiales, los jueces trabajan como burros y en condiciones muy parecidas y, obviamente, materialmente precarias. Trabajan muchísimas horas y no las cobran.

Si todo el mundo trabaja y la cosa no avanza... ¿por qué están tan atascados los juzgados y los tribunales de justicia?

¿Legislación anquilosada? ¿Falta de medios materiales? ¿Y quiénes serían, por tanto, los responsables?

Evidentemente: los políticos. Es que no salimos de la miseria con estos tíos...
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Creo que un día de estos, no sé si mañana o pasado, empieza el campeonato ese de los pateabolas en calzoncillos. Espero que a España se la carguen cuanto antes. Nos ahorraremos tabarra y muchísima pasta en primas. Con esos tíos sí que no ahorran los políticos.

En todo caso, líbrenos Dios del tormento de que ganen (los de los calzoncillos y, ya puestos, los políticos).
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Aún tengo más cosas, pero he de cerrar. He de hacer unos cambios en mi ordenador: básicamente, cambiar de distribución de Linux. Ya me he hartado de la gilipollez de SuSE y su porquería de no instalar controladores multimedia porque vulneraría patentes. Pues que se las metan en el culo. Tras reiterados intentos de instalar CATix 1.2 fracasados por un problema de mi máquina que no acabo de detectar pese al interés -que agradezco muchísimo- de los chicos de la empresa que presta apoyo técnico a los usuarios y al propio Toni Miravete, con harto dolor de corazón, abandono el escritorio KDE, al que favorecen poco unas distros más bien tirando a casposillas, y me paso a Ubuntu 6.06 (no, nada de Kubuntu, ni hablar), espero que provisionalmente, en tanto que aparezca CATix 1.3, que parece que no falta mucho, y confiando en que pueda instalarla sin unos problemas que, después de todo, no tuve con su versión 1.1 Con todo esto, me espera una tarde-noche de configurar a todo pasto; trabajo que es divertido, me gusta, pero que lleva mucho rato y algún que otro cagontó aquí y allá. Y que cansa, coño.

En lo demás, no puedo asegurar la paella del próximo jueves. Tal como anuncié ayer, asistiré a un congreso de PYMEs y Linux y si el miércoles no me da tiempo de preparar esto, ya veremos. El viernes, por demás, salgo para Alcalá para participar el sábado en la Asamblea de la Asociación de Internautas y no estaré de regreso en Barcelona hasta el domingo por la noche, así que será un fin de semana largo y vacuo, en lo que respecta a esta bitácora. Eso sí: gracias a ambos acontecimientos, volveré con noticias que no necesitarán esperar a una paella para verse en «El Incordio», o sea que el lunes siguiente habrá contenidos frescos.

Pero para todo ello falta todavía una semana, una semana que espero larga y provechosa y que añada aún muchas entradas a esta bitácora con cuya lectura habitual me honráis los cinco o seis.

Abrazotes a todos.

miércoles, 7 de junio de 2006

Software libre y PYMEs

De la serie: «Correo ordinario»

La semana que viene, concretamente el 15 de junio, se celebra en el Parc Tecnològic del Vallès, organizado por la Fundació ASCAMM, el
1er Congreso de Software Libre para PYMEs Industriales. Tengo mucho interés en esa jornada como en todas las que proyectan el software libre sobre el mundo de la pequeña y mediana empresa, porque las PYMEs, tanto si son proveedoras como si son clientes, son el mar en el que se mueve más cómodamente el software libre y suponen un plus de competitividad a ambos lados del mostrador.

Como productores, está claro: el modelo empresarial europeo -y, dentro de él, muy especialmente, el español- se basa en una economía cuyo PIB y cuyos puestos de trabajo son aportados en más de un 90 por 100 por las pequeñas y medianas empresas, necesitaba un modelo de negocio telemático en el que pudiera competir con los grandes monstruos, y ese modelo de negocio sólo podía estar basado en el software libre puesto que el apropiativo, al capturar a modo de rehenes tanto a sus clientes como a los proveedores de servicios sobre su software, no permite un proyecto de empresa propio y original; Micro$oft no quiere empresas libres sino franquiciados cautivos. El software libre, al contrario, al tratarse de un modelo abierto -y, además, comunitario- no se basa en la venta de copias sino en los servicios de valor añadido, servicios que pueden diseñar el empresario y el profesional a su gusto y ganas sin más limitaciones que las obvias resultantes de ajustarse a la demanda del mercado y sin depender, por tanto, de las onerosas limitaciones, prohibiciones, cargas y condicionamientos a que obliga el trabajo sobre software apropiativo.

Y como clientes, está claro también: la flexibilidad, la escalabilidad, el perfecto encaje con la necesidad del momento, la nada desdeñable gratuidad en el software común (sistema operativo, paquete ofimático, herramientas de navegación y comunicación en red, diseño, etc.) y, sobre todo, la independencia de la empresa única que permite, a cada momento, sin obligaciones de futuro, la contratación de quien ofrezca mejor relación calidad-precio, entre otras condiciones, y que garantiza esa óptima relación gracias a la libre competencia.

Últimamente me gusta insistir en esta característica de la eficiencia económica, comercial e industrial del software libre, aun consciente de que muchos (¡y buenos!) integrantes de la comunidad no ven ese movimiento empresarial con buenos ojos. En algunos casos, temen el secuestro del software libre por parte de grandes corporaciones que podrían llegar a apropiárselo (en lo que podrían tener su buena razón si no continuamos manteniendo férreamente el pie sobre el pedal del freno de las patentes de software) y en otros casos rechazan la empresarialización del software libre como una tendencia del software libre a constituirse en un elemento característico del comercio justo, portador de valores solidarios y de desarrollo social y humano; cosa que constituye, por cierto, una parte de la esencia real del software libre, pero que, a mi modo de ver no es exclusiva ni excluyente. Precisamente porque el software libre no es intrínsecamente exclusivo ni excluyente.

Era evidente que si se estaba promoviendo un producto con semejantes características de versatilidad, eficiencia, economía, funcionalidad y demás, tarde o temprano el mundo económico, el mundo de la empresa, acabaría fijando sus ojos en él. Era solamente una cuestión de tiempo puesta en relación con la actividad y la habilidad divulgadora que pudiéramos desplegar los guerreros del software libre. Y, en fin, esa empresarialización, va a traer, además, algunos efectos secundarios beneficiosos.

En primer lugar, el de las administraciones públicas. Las administraciones públicas, gracias a la necedad de la práctica totalidad de los políticos y a la desvergonzada venalidad de unos cuantos, están en manos del monopolio. Sin embargo, si el software libre se sigue expandiendo como hasta ahora en el mundo de la empresa (y la previsión es de una implantación creciente y acelerada), las administraciones públicas, por más que disguste a la Rosa de España y a su jefe don Steve, tendrán que acabar cediendo y sin tardar mucho. Primero, cediendo en uno de los elementos secuestradores de la telemática que son los formatos apropiativos, de los que hasta ahora se vienen utilizando de manera omnímoda los del monopolio; a casi nada tardar, las administraciones públicas tendrán que acostumbrarse a emitir y a recibir documentación en formatos que constituyan estándares públicos, lo que equivale, prácticamente, a que sean libres. Y segundo, cediendo en el software que se use ante la ineficiencia de unas herramientas que manejan mal y de manera incómoda -hechas así de propósito: ¿cabe mayor estulticia?- los estándares que no son cerrados y, por supuesto, propios.

En segundo lugar, un frente que resiste más ferozmente que la aldea gala al invasor romano: el del usuario doméstico, capturado por el desconocimiento, capturado por la metodología waltdisneyana de Micro$oft y capturado, en definitiva, por el fácil pirateo de software apropiativo que tan sibilinamente permiten y aún fomentan las empresas más importantes, primero para establecer como estándares sus formatos y después para mantenerlos como tales. Trampa y monopolio: esta es la verdad de la neutralidad tecnológica por la que tanto claman. Pero si el usuario doméstico empieza a funcionar con software libre en su trabajo y comprueba durante ocho horas diarias su amabilidad, su estabilidad y, sobre todo, esa sensación de libertad, ese fin de la claustrofobia que experimenta el usuario a las poquísimas semanas de haber abandonado el monopolio, cuando esas sensaciones han vencido el agobio de la migración; cuando eso suceda, digo, la batalla del hogar estará ganada para las distros Linux... y lo que venga.

Por eso me interesa toda manifestación pública que ponga en relación a la PYME con el software libre, por eso estaré el día 15, como delegado de Hispalinux en Catalunya, en la jornada organizada por ASCAMM y por eso seguiré asistiendo, mientras los moscosos aguanten, a este tipo de acontecimientos. En nombre propio o en representación de quien sea. Solo o en compañía de otros.

Seguiré informando.

martes, 6 de junio de 2006

Teletrabajo

De la serie: «Correo ordinario»

Hace muy pocos días,
leía en el blog de Enrique Dans un comentario respecto de la decisión de Hewlett Packard de devolver la característica de puesto convencional (presencial) a la mayoría de sus puestos de teletrabajo. Eso me da un estupendo pretexto, porque hace tiempo que me venía apeteciendo hablar de teletrabajo. Hoy lo voy a hacer así por encima, pero, si tuviera tiempo este verano, me gustaría investigar un poco y dedicarle un modesto pero serio estudio que me permitiera inaugurar, en este año y en este CMS de Blogger, la serie «En profundidad».

Dos o tres años atrás, dediqué unas pocas horas a este tema, importante, porque parecería que en un próximo futuro el teletrabajo podría coexistir en condiciones de igualdad con el trabajo tradicional. No encontré nada. Bueno, sí, hay páginas dedicadas a este tema y algunos estudios (no muchos ni, en general, de gran calidad). Parece que la prospectiva laboral no despierta mayor interés pese a los cambios sociales, acaso importantes, que podría generar la cuestión y las profundas implicaciones de la misma. Insisto que hablo en base a información de hace dos o tres años (que en la red es una eternidad).

Lo primero que hice fue ir a las páginas de los dos grandes sindicatos. No fui a la del mío, porque en el mío parece que esta posibilidad no se contempla como escenario de futuro pese a que la función pública es un firme candidato a este sistema. Por lo demás, los grandes sindicatos generalistas, tampoco. Uno, ignora simplemente el fenómeno. Otro, no concibe el teletrabajo sino como lo que hacen los teleoperadores, básicamente, y también algunos representantes de comercio. No sé qué es peor.

Pensé, seguidamente, que la patronal, por aquello de jugarse los cuartos, sería más previsora y más avanzada en el tema de vérselas venir, pero esa idea suponía una inapropiada sobrevaloración de la cutrez empresarial reinante en este desgraciado país. Efectivamente: nada de nada. Ni la gran patronal ni las agrupaciones de PYMEs parecían tener prevista la cuestión.

Por aquí y por allá encontre algunos -pocas y pequeñas- referencias más o menos ocasionales a la cuestión, pensando en casos como el de los escritores o los periodistas free lance que realizan su trabajo con el auxilio de un ordenador y lo transmiten telemáticamente por medio de éste. Tampoco. Me parece que esto es confundir el teletrabajo con el ejercicio profesional independiente que utiliza medios modernos pero que se ejerce al modo tradicional. Llegué a leer cosas curiosas, casuísticas concretas, por ejemplo, el de unos teletrabajadores -esos sí, de verdad- amigos o vecinos, que llegaron a alquilar entre todos un local al que ir a trabajar todas las mañanas. Muy interesante anécdota que más abajo comentaré.

Mi propio trabajo es prácticamente ordenador y teléfono al cien por cien. Muchas veces me pregunto cuál será el coste de la infraestructura de que yo dispongo para realizar mi trabajo en términos presenciales. Mi superficie física de trabajo, contando el espacio que ocupa la mesa y los armarios no andará lejos de los nueve metros cuadrados. Nueve metros cuadrados de repercusión de ocho plantas sobre solar en una de las zonas más caras de Barcelona (si no la que más). El mobiliario correspondiente: mesa, ala, sillón giratorio, armarios... Servicios: sanitarios, climatización, limpieza, mi pequeña parte alícuota de ascensor, limpieza e iluminación de escalera, seguridad, inspecciones y revisiones de la gente de ergonomia y de salud laboral. Las reparaciones y el mantenimiento de todo ello. Otrosí: el detrimento de la sostenibilidad urbana causado por mi necesidad de transporte público (que tiene un coste y que, además, contamina), de seguridad, y de servicios municipales diversos, elementos de los que nunca se podría prescindir completamente, pero que con una cantidad sustancial de teletrabajadores podría disminuir en coste y aumentar en eficacia de manera espectuacular en ambos aspectos. No cuento mi equipamiento (teléfono, ordenador, red local, intranet, etc.) porque este se me tendría que suministrar igual -o subvencionar el mío privado- en caso de teletrabajo.

Es una bonita suma que, multiplicada por las decenas de miles de funcionarios públicos que estamos en idénticas condiciones, resulta un impresionante fortunón que va a cargo del bolsillo ciudadano.

Evidentemente, tampoco es todo tan claro. Hay inconvenientes para ambas partes. La empresa, para empezar, tendría que plantearse cambiar la cultura del control horario por la cultura del valor aportado por el trabajador (lo que se llama productividad), cambio cultural que, por cierto, los empresarios habrán de afrontar muy pronto sin necesidad de que llegue el teletrabajo; no es un cambio cultural fácil sobre todo porque algunas cargas de trabajo son difíciles de medir (ya lo verá el ministro Sevilla cuando se ponga a realizar valoraciones objetivas de muchos puestos de trabajo funcionariales) y no hay otro criterio que el simple, confuso y difuso parámetro de que la cosa funcione. El caso de HP al que se refiere Enrique será habitual: hay, efectivamente, casos en los que el teletrabajo, pese a su economía material para la empresa, puede llegar a ser contraproducente por la desincentivación del trabajador solitario, en relación a la motivación del miembro de un equipo que vive presencial, sensorialmente. Este inconveniente que ha detectado HP también puede fácilmente serlo para el propio trabajador: mucha gente llegaría a sufrir cuadros de estrés o incluso de depresión si no tuviera un ambiente de trabajo. También hay que reconocer que la tremenda ventaja que supone para el trabajador la libertad horaria y la consiguiente conciliación con las obligaciones familiares pueden provocar una caída en picado de la productividad porque no sólo debe disciplinarse el trabajador en el sentido de que debe hacer su trabajo de cada día, puntualmente y bien sino que hay que disciplinar a la propia familia para que tenga en cuenta que, en determinadas horas, en determinados momentos, papá o mamá están trabajando y no pueden estar por ir a comprar el pan o por arreglar la descarga de inodoro; que, de hecho, no pueden ser ni siquiera levemente importunados. Esta necesidad de disciplina familiar (no siempre posible, seamos realistas) sumada a la necesidad de un ambiente de trabajo claramente segregado del familiar es lo que pudo dar lugar a los amigos que buscaron -y llegaron a pagar de sus propios bolsillos- un lugar de trabajo presencial para desarrollar a gusto su teletrabajo. Ahora vemos que no es tan de locos como parecía.

Esto aparte, las implicaciones sociales y sindicales de que amplios sectores de trabajadores estén incomunicados. Incomunicados, me refiero, en su cotidianidad. Aunque respeto la necesidad de los liberados y de los asalariados de las organizaciones sindicales, el verdadero representante sindical, por más que tenga sus horas de crédito y demás, es el que está cada día en su puesto de trabajo viviendo los problemas al minuto y codo con codo con sus compañeros; apartar al activista de la cotidianidad del puesto de trabajo lo hace alejarse de la realidad (como les pasa, aunque de forma exagerada, a los políticos); pues lo mismo le ocurre al trabajador común sin necesidad de ser activista sindical: la consciencia de los derechos y de su ejercicio viene de la sensación de comunidad que da el lugar de trabajo común y colectivo y eso no puede suplirlo ningún correo electrónico, ninguna mensajería instantánea ni ninguna videoconferencia.

Son simples trazos a vuelapluma de algo que me gustará estudiar más detenidamente y ampliar un poco formalmente al simple beneficio de mis lectores, sin pretensión académica alguna. Pero, de todas formas, el trabajo de verdad sobre este tema está en manos de sociólogos, quizá de antropólogos y, desde luego, de promotores empresariales o sindicales. El teletrabajo es una realidad segura de futuro; lo único aventurado es establecer cuándo lo será. Para una vez que algo se ve venir tan claramente, valdría la pena ir anticipando las ventajas y los inconvenientes que ya se otean en el horizonte solamente con contemplar la cuestión de lejos. Ya vendrá la realidad -más apasionante que cualquier previsión- a traer problemas y también -¿por qué no?- alicientes nuevos.

Pero será como siempre: cuando nos pille el toro.

jueves, 1 de junio de 2006

Pues, hala: no hay paella

De la serie: «Los jueves, paella»
Cerrado por enfermedad del dueño

Estos dos o tres últimos días, debate sobre el estado de la cosa esta. Nada, que todo muy bien, muy bonito, que hay que arreglar el asunto de que llegan demasiados negros a las Canarias, que dimita el ministro porque han detenido -sin más ni menos- a dos pringados con carnet, y que si los guardias civiles tienen o no el C de catalán.

En este puto y jodido país, no pasa nada más.

Oh, sí, por la gloria de Santa Margarita María de Alacoque, casi me olvido: se ha muerto la Jurao. Esto es verdaderamente importante.

Po fueno, po fale, po malegro.

Estando así el ambiente, no esperaréis que me canse yo ¿verdad?

Pues hala, a seguir bien y hasta el jueves que viene.