De la serie: «Administración en marcha»
A veces lee uno cosas y cuestan de creer pero, en fin, lo he leído en «La Nueva España» de hoy domingo (en la sección Cuencas - Caudal) y tal como allí lo explica lo reproduzco yo.
Resulta que el ayuntamiento de Aller (Asturias) regala una pegatina con el escudo municipal a los ciudadanos que paguen en ese concejo el impuesto de vehículos de tracción mecánica (vulgo, impuesto de circulación). Y resulta que un ciudadano cuya identidad responde a las siglas José Luis L.C., natural de allí y residente en Barcelona pegó el escudo en cuestión en la parte trasera de su coche. La foto no es muy buena pero permite apreciar que el escudo es de unas dimensiones bastante normales y, por lo demás, es un escudo heráldico municipal como cualquier otro; quiero decir que no se trata de una señora en pelotas ni cosa parecida.
Pues bien, circulando por una carretera de Sant Feliu de Llobregat, nuestro buen José Luis fue requerido para que se detuviera por un control de los Mossos d'Esquadra (policía autonómica catalana, en la expresión literal de «La Nueva España») uno los cuales, tras comprobar que tenía la documentación en regla, sacó el bloc y el boli y empezó a redactar una estupenda multita de 50 euros. ¿Por qué?, le preguntó José Luis y nos preguntamos todos. Pues, según el de la barretina, porque podía propiciar la distracción de otros conductores.
Vaya por Dios: en una comunidad autónoma donde circulan impunemente en forma de pegatina tanto toros coñaqueros como burros autóctonos, resulta que el pobre escudo del concejo de Aller puede distraer al que circula detrás.
Luego resulta que a quienes nos hacen el control de alcoholemia es a los conductores.
Pero... ¿en manos de quién estamos?
De la serie: «Pequeños bocaditos»
El otro día hablaba, de pasada, de la tercera beta de la distribución Linkat, desarrollada por el Departament d'Educació de la Generalitat catalana para su uso en los centros públicos como software ordinario. Estupendo, ya era hora, aunque temo por su futuro según cómo acabe lo del 1 de noviembre.
Este fin de semana la he instalado y me he dedicado a probarla.
Primera impresión: no es espectacular. Pero no lo digo como una crítica negativa sino al contrario: me gustan las formas sencillas, siempre que el fondo sea sólido. Y el fondo de la Linkat es sólido: está basado en SuSE Linux, una distro de origen empresarial cuya marca es sinónimo desde hace muchos años de amabilidad para el usuario. Seguramente esto levantará ciertas críticas en el ámbito libre y más de uno se preguntará -con su razón- por qué Linkat no ha partido de una distro comunitaria -la quintaesencia del software libre- como Debian, al igual que hizo primero LinEx y después, obviamente, su secuela Guadalinex. Imagino que la respuesta es política: hablar de SuSE es hablar, actualmente, de Novell y hablar de Novell es hacer callar en seco a los que intentan frenar los desarrollos libres en Cataluña diciendo que no tienen soporte empresarial. Si Linkat sobrevive a uno de los probables resultados del 1 de noviembre será en cierta medida gracias a eso.
Segunda impresión: el acierto -para mí, personalmente, valiosísimo- de incorporar como cliente de correo por omisión a Thunderbird. Dentro del mundo Linux, Thunderbird no es de preferencia mayoritaria. Nunca he entendido por qué: he trabajado con Evolution y KMail y, siendo excelentes, no mejoran sustancialmente a Thunderbird; en cambio se ven arrasados por éste en una cosa: la gestión de spam. Ninguno, absolutamente ninguno, lo hace como Thunderbird y me ha sido gratísimo reencontrarme con él después de haberlo abandonado cuando decidí funcionar Linux only contra viento y marea (e, incidentalmente, no ha habido viento ni marea algunos a los que oponerse). Este fin de semana he gestionado con Thunderbird todo mi correo y ha sido estupendo ver la bandeja de entrada vacía de marranadas -completamente vacía- e ir a la papelera solamente a comprobar que no hay errores de autoaprendizaje y no los había. Ayer sábado tuve que corregirle dos sin importancia y hoy, hasta el momento, ninguno. De verdad que es un placer que recomiendo muy calurosamente. Con Window$, por cierto, funciona igual de bien, según mi propia experiencia ya algo anticuada, afortunadamente.
Tercera impresión: contiene todos los códex multimedia, incluso los privativos. Durante muchos meses funcioné con SuSE 10.1 -quizá por eso me siento tan cómodo con Linkat- y me pareció una distribución amable, cómoda y práctica, pero me encabronó mucho el asunto de que no intalara los códex privativos por razones de patentes. Mariconadas. Encima, instalarlos por cuenta propia era una llaga de cuidado. Por eso me deshice de SuSE. Linkat viene ahora a complementar ese único problema y se ha hecho casi acreedora a quedarse en mi escritorio como distribución habitual de trabajo.
Digo casi porque le he detectado un problema grave (aunque quizá sea cosa de mi máquina, tengo que mirarlo con más cuidado) y es que con escritorio KDE no me reconoce algunos periféricos importantes: el lápiz de memoria, la cámara de fotos y la Palm; sí, en cambio, la grabadora externa de DVD, menos mal; parece como si hubiera algún problema con los puertos USB y es raro porque con la SuSE 10.1 no los tuve. Tampoco instala en escritorio KDE el lector Adobe Reader que -siento decirlo porque es privativo, aunque gratuito y de libre distribución- sigue siendo lo mejor que hay para leer archivos PDF, si bien Adobe Reader sí que se instala fácilmente vía YaST en KDE. En cambio, con escritorio Gnome, funciona todo como un reloj. Me cabrea, porque yo soy más de KDE, pero en los últimos meses, entre Ubuntu y LinEx, ya me estoy acostumbrando al escritorio de la huella plantar. A ver si llega ya la Catix 3.0 al rescate...
Por lo demás, hice la instalación en catalán y me parece muy correcta (alguna cosilla, más técnica que lingüística, he pillado: por ejemplo, al desplegar el icono meteorológico del METAR del aeropuerto que permite instalar en la barra de Gnome, la velocidad del viento aparece en una estrambótica unidad definida como nph ¿nusos -nudos- por hora? Mal, muy mal: el nudo ya es, solito, una medida de velocidad (1 nudo = 1 milla náutica por hora); los nudos por hora serían, pues, una medida de aceleración y un viento como el de hoy, que acelerara, según el recuadro, a razón de entre 15 y 20 nudos por hora nos iba a dejar sin casas -y sin ciudad- antes de que anocheciera. O se escribe mph o se indica kts que es la notación internacional estándar del nudo. Nada, un pequeño bug mental que será, supongo, rápida y fácilmente corregido en cuanto lo reporte.
Permite también instalación en castellano y en inglés. Igual me decido a probar en el otro disco la de castellano, aunque no sé si valdrá la pena y no será mejor suponerla directamente correcta... instalar la Linkat me supone aproximadamente 50-60 minutos en mi ordenador y configurar los distintos programas ni te cuento; y el tiempo es oro. La de inglés, desde luego, descartada.
Y eso es todo. Acabaré de probarla hoy con unos cuantos trabajos reales (¡glub!) que tengo pendientes y mañana me dedicaré a pasarles el report de lo que he detectado que es, en esencia, lo que vengo contando.
Es un buen trabajo y merece la colaboración de todos.
De la serie: «Correo ordinario»
¿Cómo calificar las declaraciones de Gilberto Gil en una entrevista que concede a «El Mundo» y que compendia parcialmente Todoscontraelcanon.es? ¿Interesantes? Bueno, sí, pero no es eso exactamente lo que quiero expresar. ¿Clarificadoras? ¿Pedagógicas? Algo de eso.
En realidad, no dice nada nuevo, nada que no hayan dicho -entre muchos otros- Lawrence Lessig o, sobre todo, Richard Stallman, cada cual a su modo. Simplemente dice y reitera, que la propiedad intelectual no puede ser considerada del mismo modo que la propiedad material convencional. Que una canción -o un poema- no es, en absoluto, lo mismo que un solar.
Hay una obviedad material evidente: la propiedad intelectual no puede robarse porque, al contrario de lo que sucede con la propiedad material, la copia intelectual no desposee al autor de su obra, lo que sí sucede, como es de cajón, si se roba un coche o una cartera: su dueño se queda sin ello. Esta obviedad es útil dialécticamente para resituar en un primer momento al común de la ciudadanía que nunca ha reflexionado sobre estos temas y que -ley del mínimo esfuerzo- ubica fácilmente lo de propiedad en el sentido equivocado cayendo en la trampa saducea del apropiacionismo. Pero no es la característica diferencial más importante.
De hecho -lo he dicho muchas veces y no soy el único- la propiedad intelectual no existe. Por eso escribo el término sistemáticamente con una salvedad tipográfica (cursivas, entrecomillado, o similar): porque lo uso en sentido absolutamente sarcástico. Por supuesto que los saltimbanquis del apropiacionismo aprovecharían esa afirmación para ponerme como chupa de dómine friki, anarquista, ácrata, terrorista, asocial, okupa y no sé cuantas cosas más.
Pues no. No tengo el menor inconveniente en decir, sin despeinarme ni nada, que creo en la propiedad privada y que estoy de acuerdo con aquellos que la definen como un derecho natural. Un derecho, por supuesto, sometido a limitaciones y condiciones porque también creo que el bien común es asimismo una obligación natural a la que todos debemos supeditarnos y a la que todo debe supeditarse; pero ese es otro discurso en el que no voy a entrar ahora. Quedemos, simplemente, en que admito como lógico y perfectamente aceptable que un señor pueda ser el dueño de su casa, de su coche o de su negocio mientras todo ello lo haya adquirido no sólo legalmente sino también legítimamente, a justo título moral.
Digo que la propiedad intelectual no existe porque fue un invento: no es algo que haya estado ahí toda la vida: la propiedad intelectual nace con la imprenta y, de ella, con la profesionalización independiente del autor. El profesional de la creación, si es que antes del Renacimiento pudo hablarse en estos términos, no fue independiente hasta entonces; la creación necesitó de un soporte material: un monasterio, un mecenas, una corte real o feudal... El filósofo, el pensador, el trovador, el pintor, necesitaban ser subvencionados por un hombre rico -rey, noble, mercader...- que, en dinero o en especie, cubriera sus necesidades materiales o bien hallarse acogidos al auxilio también material de la religión. Y, realmente, no necesitaban más: ése era el modelo de negocio (si se le quiere llamar así) de la época. Y no era ni mejor ni peor que otros modelos anteriores o posteriores: simplemente es el que había. El concepto de la propiedad intelectual era desconocido completamente: existían los derechos de autor (ciertos y vivos aún) consistentes básicamente en el del reconocimiento de la autoría y en el de divulgación de la obra; el mecenas tampoco adquiría derecho alguno como no fuera, a lo sumo, la propiedad del elemento material de la obra: el cuadro entendido como una tela pintada, el edificio, el libro (papel escrito encuadernado, únicamente) y muy poco más.
Pero lo que sí existía, tanto por parte del autor como del mecenas era el afán divulgativo. Nadie escribe para sí mismo, sino para ser leído por otros; ningún mecenas paga para que escriban para él sino para que esa obra se divulgue a su mayor gloria (disfrutáis de esta obra porque el gran don Fulano puso la pasta). Y la divulgación es copia, pura y simple copia. Por tanto, se copiaba a mansalva y se hacía con todas las bendiciones civiles y apostólicas: los diferentes monasterios de la misma orden o de diversas órdenes intercambiaban monjes copistas para enriquecer su patrimonio intelectual (ojo: patrimonio no es lo mismo que propiedad, porque mientras que lo primero tiene una vocación colectiva y abierta, lo segundo exige lo individual y cerrado) y en todas partes eran bien recibidos quienes venían a participar de ese conocimiento almacenado en bibliotecas y archivos, religiosos y civiles, y bienvenidos eran los que, además, aportaban conocimiento para enriquecer ese patrimonio.
La imprenta cambió las cosas y cambió también el modelo de negocio. El autor pudo profesionalizarse en un sentido más actual del término, pudo dejar de ser un asalariado, un beneficiado, para ser un profesional liberal; y para proteger este modelo de negocio no tanto al autor como al impresor -que realizaba la inversión, el que sustituía al mecenas- y para protegerlo no del usuario, no del ciudadano, sino de otras imprentas, es decir, de la competencia, se inventó una suerte de patente, de exclusiva, de monopolio por tiempo limitado, al que se llamó propiedad intelectual. También se le hubiera podido llamar patente de edición -cosa que, por otra parte, es realmente- y, desde luego, en ningún caso tiene que ver -ni originariamente se pretendió- con la propiedad material común y corriente.
Hay, además, otro elemento en todo esto mucho menos material: el concepto de procomún. De acuerdo con él, todo el conocimiento, al ser hijo del conocimiento preexistente pertenece a la Humanidad: uno puede componer una canción pero no ha inventado la música, ni los instrumentos, ni la técnica compositiva, ni su plasmación escrita ni, sobre todo, la evolución previa de la música sin la cual no podría haberse llegado a la canción actual. Todo nuevo conocimiento es deudor del anterior; quizá incluso podría decirse que no existe el concepto nuevo en el mundo del conocimiento sino que lo que nos parece nuevo no es sino una evolución de lo que ya existía: ¿el primer principio de la termodinámica aplicado al conocimiento? Quizá sí. Por eso, aunque se hable de propiedad intelectual, en todo el mundo (incluso en los Estados Unidos, tempplo universal de la propiedad privada) se parte de que el conocimiento es patrimonio de todos y que su exclusiva durante un tiempo es una concesión de la sociedad -a la que realmente pertenece la obra- al autor y no a la inversa. La prueba -entre otras muchas evidencias- es que a nadie se le ocurriría pensar que la propiedad privada material pudiera tener fecha de caducidad y, de hecho, no la tiene y la propiedad intelectual, aunque larga y tendida, la tiene. La pretensión de que, pasado un tiempo, el autor cede forzosamente a la sociedad la obra de su propiedad es una monstruosa falacia.
El problema gordo, no obstante, nos ha venido ahora, cuando lo que fue hasta hace pocos años un simple modelo de negocio se ha convertido en un complejo modelo especulativo. Vivimos en unos momentos en que los derechos de autor no están prácticamente nunca en manos del autor sino de los editores y productores; es lo único que explica esta barbaridad de que los derechos económicos de autor, en vez de durar un tiempo determinado a partir del inicio de la divulgación de la obra (como fue en un principio y como sigue siendo, por ejemplo, en el caso de las patentes industriales) estén sujetos a la barbaridad de permanecer vigentes durante setenta años a partir de la muerte del autor. Como en tantos ámbitos de la economía, han refinado el método de explotación: el autor profesional ya no es libre, es un asalariado... sin contrato de trabajo. Sólo faltan las cadenas y los remos. Y el editor o productor se apropia de su trabajo -a cambio de una comisión de miseria- durante toda la vida del autor... y setenta años más.
El ladrón, por tanto y ya que hablamos de robos (y no hemos empezado nosotros), no es el dueño que disfruta de lo suyo, sino el que se apropia de lo que es de otros. Y ya hemos visto qué es de quién.
Aplíquese cada cual el cuento.
De la serie: «Los jueves, paella»
Via El Comentario, accedo a este recorte de «La Nueva España» (gracias, Lamastelle):
Menasa: 11 prejubilados, 21 en la calle
El Principado, los sindicatos y la plantilla de Metalúrgica del Nalón S. A. (Menasa) han llegado a un principio de acuerdo para pactar una salida a los 32 trabajadores de la fundición que perderán sus empleos con el cierre de la emblemática fundición langreana. El acuerdo, respaldado ayer en asamblea por dos tercios de la plantilla, recoge la prejubilación de once operarios y el compromiso del Gobierno regional de mediar para recolocar a los veintiún obreros restantes, según confirmaron fuentes sindicales y de la Consejería de Industria.
Los representantes sindicales trasladaron ayer la propuesta del Principado a los trabajadores en una asamblea celebrada en Sama. El criterio básico para beneficiarse de la prejubilación es contar con una antigüedad mínima de seis años en la empresa. Estos trabajadores percibirán un 75 por ciento del salario bruto como retribución. El Principado también se compromete a «ayudar» a recolocar a los excedentes de la fundición langreana.
La propuesta, trasladada ayer a los trabajadores por los representantes sindicales, fue apoyada por veintiuno de los treinta operarios presentes en la asamblea. El resto se manifestó en contra del acuerdo, según indicó Juan Baisaneque, secretario comarcal de la Federación Minerometalúrgica de CC OO, que explicó que los sindicatos se reunirán con el consejero de Industria, Graciano Torre, para exponer la postura de la plantilla. «Los trabajadores nos han pedido que se negocien recolocaciones con empleo estable y a poder ser dentro de las Cuencas, y es lo que vamos a plantear», indicó.
Por su parte, Carlos Borge, uno de los miembros de la plantilla y portavoz del grupo de operarios que permanecieron encerrados en la fundición, expresó su temor ante la incertidumbre que se cierne sobre los obreros. «Ahora la Consejería habla de ayudar a recolocarnos cuando hace unos días se daba por hecho. Además hay que darse prisa para hacerlo, porque el 4 de agosto finaliza el expediente de regulación de empleo y estaremos en la calle».
Triste, aunque previsible, epílogo. Como se veía venir: «Donde dije digo, digo Diego». Las promesas están hechas para no ser cumplidas y salvo los once que se medio salvan (ya verán qué risa eso de la prejubilación cuando lleguen a la edad de la jubilación de verdad), los demás a la puta calle, sin remisión y ante la indiferencia de los poderes públicos cuyos ecos de de anuncios rimbombantes de que se ocuparán de las recolocaciones todavía se oyen.
Como digo siempre, vae victis!.
____________________Hace pocas fechas sucedió en Barcelona un acontecimiento luctuoso: una furgoneta de Mossos d'Esquadra se saltó, sin más, un semáforo rojo, y se llevó por delante a un motorista, causándole la muerte. Un acontecimiento desgraciado que debe dar lugar, por supuesto, a una depuración de responsabilidades. Después hablaremos de ellas.
Pero ayer por la noche, Antena 3 TV por poco me hace vomitar la cena porque viendo y, sobre todo, oyendo el reportaje sobre el suceso, mismamente parecía que en vez de un accidente de tráfico se hubiera tratado de un atentado terrorista. La saña con que el redactor trataba a los policías autonómicos estaba mucho más cerca del tono con que se dan las noticias sobre los desplantes de Txapote que del empleado por los propios padres de la víctima (notoriamente mayores: el fallecido tenía 41 años) que sollozaban de pura pena, sin el menor atisbo de ira, suplicando que se tomaran medidas para que algo así no volviera a suceder nunca más.
Los medios de la derecha están realmente desencadenados y la desproporción se extiende entre ellos; no hay acontecimiento, por pequeño, cotidiano y habitual que sea, que no sea aprovechado para echar sobre el adversario político, ideológico y/o mediático responsabilidades completamente desproporcionadas, aunque la desproporción llegue a constituir una caricatura del propio medio que la cultiva: el calumnia que algo queda llevado al paroxismo y a la extrema idiotez. En un país normal yo tendría la esperanza de que un trastazo electoral o una caída de ventas les enseñara que no es este el camino; pero este no es un país normal y hay gente que -contra toda memoria- parece creer que con la derecha este país sería una Arcadia feliz y sin problemas; lo malo es que también pasa la viceversa, que no pocos gilipollas -Santa Lucía les conserve la oreja, porque lo que es ya la vista...- se creen que con esa izquierda de pitiminí vivimos en el mejor de los mundos.
Tiene la señora Tura un problema que, en parte, se ha buscado ella. En aquel afán trasnochado de que los Mossos sean masivamente propios, rechazando la integración generalizada de guardias civiles y de funcionarios de la Policía Nacional, ha creado un cuerpo excesivamente joven. Excesivamente joven en su media de edad y excesivamente joven en las personas de muchos centenares -miles- de sus integrantes. Ya se han dado unos cuantos -demasiados- episodios de chulería con ciudadanos y con detenidos que la simple madurez de los agentes hubiera podido evitar; posiblemente se ignore -y a lo mejor deliberadamente- que la falta de madurez se compensa con un endurecimiento de la disciplina, pero esa parece palabra poco grata en el ambiente políticamente correcto.
Y que conste que no estoy personalmente descontento -en mi simple percepción personal- del funcionamiento de los Mossos d'Esquadra. Desde que han pasado a ellos las competencias en materia de policía judicial y de orden público, se observa una tranquilizadora presencia policial en la calle que, sin embargo, no parece agobiante. Aparte, también es de agradecer una serie de pequeños detalles como, por ejemplo, que de ordinario vistan civilmente (o sea, con uniforme, pero de calle) y no como los nacionales que últimamente no había otra manera de verlos como no fuera equipados como para ir al Vietnam; otro detalle interesante y grato es que, cuando acuden a una emergencia, no ponen la sirena a toda mecha sino que sólo la utilizan para pedir paso cuando éste se les cierra, lo que es muy de agradecer en una ciudad brutalmente ruidosa como Closcelona.
Lo de la furgoneta homicida ha tenido un detalle de adicional lamentación: no iban a una verdadera urgencia; se dirigían al lugar en el que, desde hace muchos meses, se manifiestan los vecinos del barrio de Vall d'Hebron contra la presencia de una sala de picolepsia que se ha montado allí desde hace cosa de un año contra la voluntad del vecindario. No eran peligrosos guerrilleros urbanos: se trataba de ciudadanos que llevan a cabo una protesta pacífica -por más que molesta-, periódica, ya digo, desde hace muchos meses, y en la que no suele romperse nada ni agredirse a nadie. No había tanta urgencia ni tanta necesidad de saltarse semáforos en rojo.
En todo caso, y nunca antes de establecidos judicialmente los hechos, sanciónese a los agentes culpables, pero sancióneseles por su verdadera falta o delito, lo que, en su caso, será algo parecido a una imprudencia temeraria -con o sin infracción de reglamentos- con resultado de muerte, y sufran las correspondientes accesorias y sus efectos profesionales. Pero hasta aquí. No, como parece querer Antena 3 y el resto de la perrera -que hasta parece gozosa con el dramático suceso-, por asesinato en atentado terrorista.
____________________21.000 euros (tres millones y medio de las viejas) ha costado la bitácora del president Maragall, según ha reconocido el conseller de la Presidència, Joaquim Nadal. ¿Cómo puede costar 21.000 euros un blog? Y más un blog como ese (vedlo vosotros mismos en el enlace) que ni chicha ni limoná, no es nada del otro jueves, nada de lo que no disfrute cualquier bitacorista con medios completamente gratuitos. El único coste de una bitácora son las horas de trabajo de su autor: ¿es que cobra Maragall un plus por escribir en la bitácora? No parece que vayan por ahí los tiros. Entonces... ¿quién se embolsa más de tres kilazos de los de antes por una bitácora que un usuario común y corriente amuebla en diez o quince minutos con cualquiera de los muchos CMS gratuitos que hay por ahí?
Estas cosas del tresporciento de verdad que a mí me superan. Me da el mismo coraje que cuando el Gobierno se gasta millonadas acojonantes en estudios que acaban concluyendo las mismas cosas que ya decíamos hace dos, tres o cuatro años los internautas... gratis. Los internautas cuando se trata de nuestro ámbito: cabe decir lo propio de otros ámbitos y de otros colectivos. Por no hablar -y no se habla- de la ingente cantidad de estudios que se externalizan pese a que podrían ser realizados con perfecta y sobrada capacitación por los funcionarios competentes y por su mismo sueldo mensual.
La alegría con que se tira de dinero público es increíble, pero esta incredulidad se ve aún superada por la que produce la impunidad -jurídica y política- con la que se ejecutan estas conductas. Un conseller del tripartit se llevó a la familia de paseo en helicóptero (pagando nosotros, claro) y aún tuvo el morro de decir que lo hizo por compaginar trabajo y vida familiar, hay que joderse; ahora mismo, estamos en estos días a vueltas con que si Zapatero ha usado un avión del Ejército del Aire para sus cositas privadas. En ninguno de estos casos -y menos en el de los tresporcientos originarios- ha habido consecuencias graves para sus autores, con la única excepción del caso Treball. En Catalunya hay materia para que se monte una mucho más gorda que la de Marbella, pero aquí no pasa nada (y ojo, que lo de Marbella ha costado: lo que ha explotado ahora es algo que se arrastraba desde muchos años atrás y durante todos estos años lo sabía todo el puto mundo).
En fin, esto es lo que hay y lo que, a lo que se ve, nos importa a todos un carajo, como si, una vez pagado a Hacienda, nuestro dinero fuera menos nuestro. Quizá el mal esté en las retenciones: si nos pagaran íntegro nuestro salario y cada año la declaración nos saliera a todos positiva (¿mira todo el mundo cuál es su cuota líquida cuando la declaración le sale negativa?) y cada primavera tuviéramos que empeñar en el banco nuestras vacaciones para poder pagar al Fisco la inmensa pastizara que todos los españoles (salvo los ricos y los pobres) pagamos ahora mismo a cómodos grititos mensuales previamente descontados de la nómina, supongo que nos pondríamos como fieras ante estos fraudes.
Pero esto de las retenciones es otra trampa del sistema: primero, porque se asegura el cobro; segundo porque consigue que nos dé la impresión de que no pagamos. Sólo así se explica que hagan con nuestro dinero de sus mangas capirotes ante nuestra beatífica indiferencia.
Pasa como con todo los demás: nos lo tenemos bien merecido.
____________________Y con esto cierra gloriosamente esta paella el mes de julio. Este fin de semana, muchísimos españoles se darán el bote del trabajo. Yo, como otros no pocos, aún habré de esperar un par de días más. Pero, de momento, la paella sigue -como sigue todo «El Incordio»- y, por tanto, el próximo jueves 3 de agosto aquí estará el arroz. Este año, las vacaciones, que las habrá, se retrasan un poquito. Las vacaciones entendidas como salida, como pequeño viaje (este año, un par de semanitas en el País Vasco, en la comarca guipuzcoana de Goierri): como simple ausencia del trabajo diario serán el mesecito de siempre.
La paella vuelve, por tanto, la semana que viene (y, seguramente, también la otra) pero «El Incordio», con sus correos ordinarios y sus pequeños bocaditos, sigue ahí, a pie firme, impasible el ademán (¡uy, lo que he dicho!) y seguirá dando la vara unas cuantas veces por semana.
Los sufridores de la canícula urbana aún tendrán dos semanitas de sombra fresca en este modesto rinconcito.
A los que os vais ya: que descanséis, que repongáis fuerzas y a ver si dedicáis unos ratitos vacacionales al afilado de colmillos, cachis, que si los ciudadanos mordiésemos de verdad un poquito de cuando en cuando, algunas cosas iban a cambiar y para bien.
Felices vacaciones a quienes las hayan.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
En cierta ocasión, Artur Mas cometió la ignorante imprudencia de insinuar que las escuelas extremeñas rebosaban de ordenadores gracias al dinero catalán y le contesté en esta misma bitácora (supongo que ni se enteró, pero me da igual) que las escuelas extremeñas rebosaban de ordenadores gracias a que su gobierno, en vez de regalarle a Bill Gates unas increíbles millonadas como hizo CiU en Catalunya, ahorró grandes cantidades de dinero público utilizando un software mucho más eficiente, escalable, elástico, rentable y disponible: software libre.
Hace ya años que existe -y crece con éxito- la distribución LinEx creada por la Junta de Extremadura y pensada inicialmente para el sistema educativo público. Llegada recientemente a su estupenda versión 2006, se anuncia ahora (oficialmente mañana, en rueda de prensa) que LinEx equipará a toda la administración autonómica extremeña en un proceso que durará un año y que, además, se adoptarán los estándares públicos PDF y ODF (certificados ISO) como únicos de esa administración. Evidentemente, el efecto expansivo en la economía general extremeña, además de ser beneficioso, va a ser devastador para los monstruos del software apropiativo, no por su cuota de mercado en Extremadura sino porque pronto se constituirá en un modelo a seguir. Así que preparémonos para oir barbaridades y FUDs a barullo.
Dentro de unos -pocos- años, Extremadura entera será un parque tecnológico importante. Lo será, porque estas cosas generan empresa, generan empleo y generan PIB, mientras otros buscan PYMES con un farol quejándose, eso sí, de que algunos tienen muchos ordenadores con un presunto dinero propio. Ahora mismo, Catalunya, cuatro años después del lanzamiento de LinEx, lanza la tercera y última beta de su propia distribución para el ámbito educativo, que pinta muy bien, por cierto -todo hay que decirlo-, pero ha sido como un parto y no se ha llegado a ello sin una lucha denodada. Eso me lleva a decir, con mucho dolor, muchísimo, que en este ámbito, Catalunya llega; llegar, lo que se dice llegar, llega... pero se va quedando atrás. A ver si podemos empujar la cosa cuando hayan vencido los onerosísimos contratos-programa con Micro$oft, pero mucho me temo que si el señor Mas asciende al altar del lado montaña de la plaza de Sant Jaume ya nos podemos ir despidiendo, porque el álbum tecnológico catalán estará lleno de fotos de la Rosa de España.
En fin... Con tristeza por lo mío, con alegría por ellos, encantado por lo que este paso significa ya ahora pero sobre todo por lo que va a significar en el futuro no sólo para Extremadura sino para España entera y, desde luego, para el software libre a cualquier nivel, sólo me cabe dar la enhorabuena a Extremadura y a los extremeños.
¡Qué envidia!
De la serie: «Correo ordinario»
Víctor Domingo, el presidente de la Asociación de Internautas, me tiene convertido en portavoz de hecho de la Asociación ante los medios de comunicación catalanes (sobre todo, los de lengua catalana). Gracias a eso, el macluhaniano cuartito de hora de gloria mediática que corresponde a todo quisque, se convierte en mi caso, al cabo del año, en una cierta cantidad de horas.
Pero eso va un poco por picos. En invierno, con la política candente, los medios generalistas se ocupan poco de la red, a no ser que un hecho verdaderamente espectacular, o por cualquier razón de gran repercusión, irrumpa puntual y aisladamente; hecho espectacular o de gran repercusión que casi siempre tiene que ver con presuntos «atentados» contra la propiedad intelectual o con la pederastia, no pocas veces falazmente asociados. Casualmente, cuando pasa eso, nos las vemos y nos las deseamos para que nuestra voz se escuche fuera de la red; lo conseguimos -más o menos- pero nos cuesta un gran esfuerzo.
En verano la cosa cambia. En verano, Internet empieza a interesar, supongo que a falta de otra cosa. Y, como siempre, interesa lo menos riguroso, lo que menos aporta... o lo que es susceptible de páginas de sucesos. Estos días, estoy saltando prácticamente de una radio a otra a cuenta de la Campus Party y de la nueva campaña de seguridad promovida por la AI junto con INTECO y Panda Software.
Lo de la Campus Party lo encuentro una cosa simpática y punto. Es una fiesta y, como tal, no va más allá de lo que es una fiesta. Para mí -es una opinión personal, pero creo que no le falta un cierto fundamento- la Campus Party y el Festival del mundo celta de Ortigueira son lo mismo: lo uno con ordenadores y lo otro con gaitas. Es verdad que de ambas cosas se deducen algunas aportaciones interesantes, claro que sí, pero la cantidad y la calidad de lo aportado no justifican per se el volumen de la movida: el volumen de la movida se justifica (y sobradamente, por supuesto) por la propuesta lúdica. He estado un par de veces en Ortigueira y lo he pasado muy bien; no renuncio, en absoluto, a volver, quizá para enseñárselo a mis hijas antes de que estén en edad de enseñármelo ellas a mí. Dudo, no obstante, que pise alguna vez la Campus Party como participante (otra cosa sería que me llamaran para algo muy concreto) porque a mis 51 años ya no me aguanta el cuerpo ciertas movidas, pero esa improbabilidad es por esa única razón no por principio alguno que me lo impida.
En cuanto a la campaña de seguridad ya es más normal la curiosidad de los medios porque se incardina dentro del brasero espectacular de lo luctuoso. Como ya sabemos que Internet es un mar infestado de piratas, de tiburones y de otros grandísimos peligros, ahora que estamos en la modorra política (y más en Catalunya, donde la legislatura tiene puesta ya la fecha de caducidad a la vuelta de vacaciones), hombre, vamos a ver eso que han montado los de la AI, que la cosa huele a sangre que se las pela. Y ahí tienes a Javier Cuchí explicando por no sé cuántas emisoras los peligros -ciertos, reales- de la red pero sudando tinta china -y consiguiéndolo, espero- para explicar que, bueno, tampoco hay que alarmarse, que se trata de tomar precauciones normales que son en sí mismas suficientes y que, a partir de ellas, no hay que agobiarse ya mucho.
Y es verdad. Son precauciones que en la calle ya hemos somatizado pero que seguimos rigurosamente: procuramos alejarnos de los desconocidos con pinta sospechosa, llevamos el dinero bien guardadito en un bolsillo cerrado para que no nos lo roben o se nos pierda, nos incomodan -y, si podemos, evitamos- los cajeros automáticos al aire libre, y tratamos de no deambular por barrios... temerosos. Siempre llevamos un cierto miedo en el subconsciente y por eso tomamos precauciones, pero ese miedo está tan en el subconsciente que no nos agobia.
En cambio, en la red, parece que el común de los usuarios, sobre todo de los usuarios medios o poco avanzados, sigue una conducta paradójica: por una parte, navegan pálidos de puro miedo temiendo todos los peligros reales (que son unos cuantos) e imaginarios (que son muchos miles); pero, por la otra, no toman la menor precaución, ni la más básica. Es como estar muerto de miedo por causa del SIDA y hacérselo diariamente y sin preservativo con personas distintas y desconocidas. Hay gente -yo conozco a algunos- que funciona con Window$ sin antivirus, ni antispy, ni cortafuegos, ni nada; y navega (con M$ Internet Explorer) por donde le echen: pornografía, casinos virtuales, la intemerata...; gestiona su correo electrónico con Outlook Expre$$ y lo trabaja en modo HTML permitiéndole que abra automáticamente los -presuntos- archivos gráficos (JPG, sobre todo) o abriendo a su vez y sin mayores precauciones adjuntos en formatos de M$ Office. Eso por no hablar de una especie poco estudiada, pero real, de los que yo llamo cumplimentadores compulsivos de formularios, al parecer incapaces de ver un cuestionario en red sin rellenar todos y cada uno de los campos que le piden y enviarlo, da igual que sea para recibir una muestra gratuita de un programa (¡ay!) como para apuntarse a una asociación promotora de la veda de la pesca de ostras durante su período de menstruación. En sentido contrario, también están los que no osan escribir los números de su tarjeta de crédito en una página segura (y en la duda, hacen muy bien, cuidado) pero luego la pierden tranquilamente de vista quince minutos cuando pagan con ella en el restaurante.
Por eso no me importa sacrificar algunas horas de tiempo libre o moscosas, según el caso, para hacer un poco de pedagogía. De pedagogía de la seguridad, por supuesto (no sólo porque represento, en tales casos, a la AI, que le da muchísima importancia, sino porque yo también creo en esa necesidad), pero también pedagogía de la tranquilidad. Me supone un plus de motivación contribuir a que la gente tome las precauciones necesarias -que no son tantas ni tan difíciles- pero que, a partir de ahí, disfrute de la red, la aproveche, construya en ella y de ella se edifique a sí misma. La red es el mayor almacén de cultura que han visto jamás los tiempos y sería terrible no participar de esa riqueza por miedo a peligros soslayables y en no pocos casos exagerados.
Quizá un día de estos le sugiera a Víctor que después de una de esas necesarias y exitosas campañas de seguridad en red que desplegamos tres o cuatro veces al año, hiciéramos una adicional campaña balsámica de tranquilidad en red: «Espera a terminar la digestión pero, llegado el momento adecuado, no dejes de disfrutar del agua fresquita».
Y a gozar, que son dos días...
De la serie: «Pequeños bocaditos»
La ministresa de Cultura, doña Carmen Calvo, que Dios nos conserve en el puesto por lo menos mientras su probable sustituta sea Carme Chacón, es dama marchosa y de chupa tomar, según cuentan, a la que le va la marcha rockera dura. Prueba de ello es que un grupo de ese género («Lujuria», por mal nombre) le mandó un disco con una carta manuscrita que doña Carmen no ha vacilado en calificar de maravillosa y la gobernante (que no gobernanta) competente [o eso dicen] en materia de Cultura parece cercana a la meada de Lavanda Puig por mor del detalle. Con permiso de la señora Calvo y salvados sus exquisitos gustos -en los que no incluiremos los mingitorios por ser éstos de mi cosecha- dudo de tanta maravilla a la vista de los textos de los angelitos en cuestión.
Me divierte comentar la cosa porque la he visto en la inevitable «Libertad Digital» y no es que la noticia no tenga cierta gracia -aunque tampoco es para tanto- pero me emociona el rasgamiento de vestiduras del medio en cuestión que asusta a sus beatíficos y bienpensantes lectores con los cortes de una canción y de un videoclip obrante en Youtube, así como un enlace a la web del grupo. Este último enlace, y el de la canción, pueden encontrarse en la a mi vez enlazada página del periódico losantino, que al César lo que es del César y quien quiera meter impactos a los tíos estos lujuriosos primero ha de dárselos al accionariado de don Fadrique, que es quien, en definitiva, nos suministra la noticia.
Los tales, en definitiva -quiero decir los de «Lujuria»-, son más malos que el aceite de ricino y justifican plenamente el boicot a la música incluso mucho antes de la necesidad de practicarlo para poner coto a las atrocidades de la $GAE. Van de independientes -po fale, po fueno- pero, agarrarse, de independentistas, de indepes castellanos, tú, que se autoproclaman comuneros. Si Carlos I lo hubiera sabido y hubiera dispuesto de la necesaria tecnología para ello, no hubiera necesitado verdugos para cargarse a Padilla, a Bravo y a Maldonado, se hubiera limitado a ponerles el videoclip o el disco y a decirles algo así como: «Caballeros, escuchad la voz de los vuestros, morid con vilipendio y que Dios se apiade de vuestras almas siempre que en tan horrendo suplicio no lleguéis a renegar de Él». Pero Carlos I no lo sabía y sospecho que, de haberlo sabido, por pura humanidad los hubiera hecho quemar vivos antes de una ejecución como la descrita. Así que los tres líderes comuneros fueron sencillamente decapitados sin mayores crueldades y aire, que esta tarde juega el Madrí.
En fin, que a uno se la trae bastante floja el nacionalismo, pero cuando hablo de nacionalismo suelo, en general, hablar de nacionalismo serio: el catalán, el vasco, el español... Lo del nacionalismo castellano... lo siento, pero me suena a rechifla. Con todos mis respetos a «Mester de Juglaría» (eso, al menos, era música) pero con bastante pocos a los rijosos en cuestión. Que no se me asusten los seguidores de Losantos, que no será «Lujuria» quien ponga en peligro la unidad de España ni la clase de religión.
De todos modos, que los disfrute doña Carmen Calvo, aúpa Castilla libre (¿del yugo catalán, a lo mejor?) y viva el arroz con leche. Y que los ondulen con la permanén (alusión a canción patriótica del nacionalismo madrileño).
En su caso.
De la serie: «Correo ordinario»
Una de mis esquizofrenias en red la constituye el asunto de la anorexia. Como ya saben mis seis o siete jabatos, soy padre de dos chavalas que, a fecha de hoy, tienen nueve años, una, y prácticamente catorce, otra. O sea que, en materia de anorexia, bulimia y similares putadas, tengo a una ya en edad de peligro y a otra acercándose a ella, si es que no lo está ya, porque se ha sabido de casos con siete años. Afortunadamente -y siempre a fecha de hoy y déjame tocar mucha madera- no hay otro factor de riesgo aparente que el de la edad. Pero, así y todo, me preocupa mucho más -siempre a fecha de hoy- ese tema que otros -de los que tampoco me considero, como padre, libre en absoluto- tales como la droga o el alcohol. En fin, ya torearemos con cada cosa a medida que el riesgo sea más alto. Llegará un momento que también habré de temer al coche. Joder, qué vida...
Con eso de los peligros que amenazan a mis hijas me pongo muy, muy bruto, como todos los padres, y sólo cinco mil años de civilización europea me contienen de exigir que pongan a narcos y camellos contra el paredón, que den garrote vil a los modistos, que condenen a trabajos forzados a los propietarios de discotecas, que las modelos sean enroladas forzosamente en la Legión y allí sean sometidas a una cura de engorde con ingente aporte de féculas y pinchazos diarios de esteroides hasta llegar a la obesidad mórbida y que capen con tenazas candentes a los padres que compran a sus hijos varones menores de 25 años coches de más de 60 caballos.
Por eso, cada vez que me entero de que se monta un contubernio para cerrar a saco extrajudicial páginas web con propaganda anoréxica, primero me alegro como un cafre y después lo lamento como un europeo. Me pasa como con la pena de muerte: no siento lástima por el condenado (en la mayoría de los casos es un hijo de puta: los sistemas judiciales garantistas no son infalibles pero más o menos funcionan) sino asco por una sociedad que de manera tan organizada, tremebunda y alevosa se deshace de un elemento que, al lado del cuerpo social, no es más que un insecto más o menos cojonero. Cuando veo a un violador chino desnucado de un nuevelargazo no siento compasión por él y sí una arcada por esa pandilla de mil millones de abusananos que con tanta cultura milenaria y tanta cagarela no se les ocurre nada mejor para protegerse de unos pocos miles de capullos. Hasta nosotros, los españoles, que somos unos manazas y unos mataos, nos lo hemos montado muchísimo mejor y con muchísima más elegancia moral con los cabrones esos de ETA.
Hace unas no muchas fechas, nada menos que el Departament de Salut de la Generalitat, la Agencia de Calidad de Internet (IQUA) y la Associació contra l'Anorèxia y la Bulímia firmaron un acuerdo (en catalán) para luchar contra los contenidos que promueven prácticas y divulgan técnicas anoréxicas. Bien está. Bien está -y cuenten, si lo desean, con mi colaboración- si la idea es prevenir contra esos contenidos, si la idea es divulgar los peligros de esas prácticas y el horror de esas enfermedades, si la idea es educar a padres e hijos para mejor soslayar esas páginas. Mucho menos bien -francamente mal- estaría lo que ya ha ocurrido (por los citados o por otros) o ya se les ha pasado por la cabeza: cerrar páginas extrajudicialmente presionando a los proveedores.
Está mal por muchas razones. La primera, es intrínseca, es de cajón: eso sería censura. Si hemos establecido como fundamentales unos derechos -el de la libertad de expresión, entre los de primera fila-, no caben excepciones. Ya hay demasiadas con el cachondeo en que se ha convertido lo de las injurias y las calumnias o eso otro, que también sería cachondeo sino hubiera el drama que hay detrás, de la apología del terrorismo. Si mantenemos en prisión calentitos y con tres comidas diarias a cabronazos que han asesinado a mansalva -y en algunos casos a mujeres y niños, entre otros inocentes- y no hemos hecho excepción alguna en materia de pelotón de ejecución y quien la hizo por libre pringa ahora presidio o lo pringó el tiempo que mandó Su Señoría (no sé si Vera está aún en el maco), con mayor razón hay que meterse en el tras las tijeras de amordazar palabras. La segunda, porque es muy cabreante ese fariseísmo de los poderes públicos de prohibir con la derecha lo que bendicen con la izquierda; lo bendicen y muchas veces lo premian por innovador o por emprendedor. O sea que lloran lágrimas de cocodrilo por la anorexia pero luego mean colonia por inaugurar pasarelas o por tomarse unas copichuelas -pagadas con dinero público- con un merluzo de corte y confección. Como lo del coche: nos atornillan con carnets por puntos pero luego dan permisos de circulación a coupés de ciento noventa caballos. La tercera, porque lo que hay que hacer es educar a los hijos, o sea estar encima de lo que hacen y de lo que piensan, cosa que pide tiempo, es entretenida y no deja ver el fútbol, pero es que ser padre es eso, precisamente; cerrarles el ordenador porque empieza el partido o cerrar páginas web porque es más fácil y barato que cerrarle todo el tinglado al gallego orgullo de la industria nacional, de la bolsa y de las maquiladoras, es torticero y gilipollesco.
Digámoslo claro y sin ambages: el mundo de la moda es directa, clara y principalmente culpable de la anorexia como problema social al promover mediante publicidad directa, indirecta y subliminal, muy agresiva -hasta lo prácticamente criminal- hacia los jóvenes y adolescentes estéticas inalcanzables que llevan directa y rápidamente a las conductas anoréxicas. Hay una perfecta y notoria relación de causa-efecto. Por tanto, si quieren luchar contra la anorexia manu militari, que cierren pasarelas, desfiles, firmas y boutiques con mayor afán que si fuesen herrikotabernas; y si no quieren hacerlo, bien, vale, pero con las mismas reglas para todo: que dejen en paz Internet. Me explico: no se van a cargar Internet por cerrar las páginas de un montoncillo de cabrones pro-anoréxicos, pero no está este país para andar haciendo propagandas perniciosas -y falsas- sobre la Red. O sea, que lo que sí puede que se carguen es la presencia española -empresarial, cívica- en Internet: ya lo están consiguiendo, con tanto clamor gallináceo sobre piraterías, pederastias, timos y estafas y demás. Que existen, claro que sí, y que son ideseables, por supuesto; pero la red es mucho, muchísimo más que eso y de ese muchísimo más no hablan. Serán órdenes de la $GAE...
Porque si dejamos que se expanda el pánico de los idiotas o la vomitiva hipocresía de los políticos, el día menos pensado oiremos a algún cretino pedir que se cierren las calles. Se empieza clamando contra el terrorismo y se termina (¡ojalá hayan terminado, que lo dudo!) montándole a un ciudadano un numerito en el aeropuerto por las tijeritas del neceser o por una lima de uñas. Y ojo con las cerillas, que sus cabezas son de material explosivo.
Y digo yo: ¿por qué no cerramos nosotros a los políticos?
De la serie: «Los jueves, paella»
El pasado lunes se celebró en Guadalajara un funeral en memoria de los 11 fallecidos en acto de servicio durante la extinción de un incendio forestal el año pasado, con motivo del primer aniversario del suceso. Un año durante el cual las familias de las víctimas se han sentido ninguneadas, escarnecidas y burladas en su exigencia de que se aclaren las responsabilidades reales de lo que ocurrió y en varias otras reivindicaciones.
Resultó que, de pronto, empezaron a aparecer por allí políticos con la santa intención de salir en la foto y percibir el correspondiente tributo de figuroneo. Todo tipo de políticos: los del poder (Comunidad de Castilla-La Mancha) y los de la oposición, con Rajoy al frente de la banda. Ante tamaña y descarada exhibición de rostro pétreo, las once familias, secundadas por allegados y amigos, decidieron largarse de la iglesia. No querían políticos. Éstos, en vez de tener la dignidad de dar media vuelta, permanecieron en su lugar, descanso, y pude ver el rostro imperturbable de Rajoy (no más ni menos imperturbable que el del resto de indeseables del PP y de lo que no era el PP) ante media docena de bancadas vacías que había entre él y el altar.
Recuerdo ahora que a finales del año pasado los políticos quisieron hacerse la gran foto con Fernando Alonso montándole un homenaje con motivo de su victoria en el Campeonato del mundo de Fórmula 1. Naturalmente, se trataba sobre todo de una ceremonia de puro autobombo politiquero que Fernando rechazó de plano con palabras muy duras hacia los oportunistas que jamás le hicieron ni puto caso cuando era un desconocido y querían ahora pegarse el gran moco a su costa.
Y leía ayer en «El Periódico» un artículo de Joan Coscubiela, preboste máximo de CCOO en Catalunya, artículo en el que formulaba a los políticos preguntas muy inteligentes sobre el creciente índice de abstención en convocatorias electorales. Aludía a la interpretación autosatisfactoria que los políticos habían dado a la enorme abstención producida en el referéndum estatutario catalán, como si todo el interés de los ciudadanos consistiera en irse a la playa en verano, a esquiar en invierno, a recoger setas en otoño y a ser víctimas de astenia primaveral el resto del año, como maravillosa explicación de la falta de concurrencia a las urnas. Y se preguntaba si no se veía como un hecho grave la abstención de ciudadanos que, lejos de ser pasotas o ácratas, en el ámbito cívico son muy activos y concienciados: voluntarios, miembros de asociaciones, etcétera. Lo único que le faltó a Coscubiela para haberlo dicho todo bien dicho fue plantearse eso mismo, eso mismito, en el ámbito sindical, en el que la cosa funciona exactamente igual. Peor no, peor imposible.
Pero mucho me temo que el desplante de las familias de Guadalajara, el rebote de Fernando Alonso y los alarmados planteamientos de Coscubiela, que no son sino un reflejo gráfico de una amplia y extensa realidad, que no son sino pequeños símbolos del escupitajo general, de la náusea que a los ciudadanos de a pie nos provoca la política y los políticos o, casi mejor dicho, esta política y estos políticos, todos estos signos, decía, van a ser olímpicamente ignorados por los destinatarios del mensaje. Ellos viven en su inaccesible, lejana y alta nube. Estamos en manos de enteras bandas de indeseables para los que no somos sino chusma, animales metidos en un redil.
También a principios de esta semana, y en el mismo medio, Josep María Terricabras alertaba de que la impugnación del sistema ya no era algo propio de fachas o de marginales, que la negación de la democracia (o de esta democracia, como tal) se estaba extendiendo como un reguero de polvora entre la ciudadanía común y corriente, incluso entre la más concienciada. Evidentemente. participo totalmente de ello. Esto no es una democracia: es un timo, un verdadero timo, no hay otra palabra para describirlo. Las maquinarias de partido, excesiva y brutalmente protegidas por una Constitución redactada por y para ellas y embutida a la trágala a base de o esto o el diluvio, nos han robado alevosa y premeditadamente esa soberanía que, sarcásticamente, se dice que es nuestra. Y una mierda.
Algún día... ¡Ay, algún día..!
____________________¿Será una sorpresa Montilla? No es que tenga esperanza alguna en ningún político, sea quien sea y venga de donde venga; a estas alturas de la película, las cosas no van a cambiar desde dentro. Por lo demás, si el regreso de CiU a la Generalitat me llena de desazón, el reenganche del tripartit me llena de vergüenza ajena. No sé qué es peor.
Pero confieso mi curiosidad. Montilla es un individuo aparentemente anodino, pero engaña, según dicen; parece que es un tío que sabe sujetar el poder con fuerza: sabe apropiárselo y sabe mantenerlo. Pero no está ahí la clave: Montilla procede de un sector que es el grueso del electorado del PSC, el del cinturón rojo [que se llamó] de Barcelona; un electorado tradicionalmente muy desmovilizado en materia autonómica catalana y al que probablemente se deba en buena medida esa enorme abstención del estatut y los ilógicamente justitos resultados electorales sociatas en Catalunya. ¿Podría Montilla movilizar a ese sector en unas elecciones autonómicas, en las elecciones del 1 de noviembre, haciendo olvidar el ridículo maragalliano del tripartit?
Su reciente ascenso en las encuestas de opinión puede ser el simple reflejo de una cierta ilusión ante un candidato nuevo, inédito para el electorado, y las aguas volverían a su cauce en pocas semanas o bien podríamos estar ante el principio del despegue de un fenómeno político desconocido hasta ahora -en cuanto a las personas- en Catalunya.
Ya que para otra cosa no sirven, al menos que satisfagan a los aficionados a los pasatiempos y a los apostadores de porras.
¿Aún nos divertiremos de aquí a noviembre?
____________________Entre el 18 y el 20 de agosto -la fecha exacta no se sabe con certeza- de 1936 fue asesinado Federico García Lorca. Esa muerte, del todo abominable y desgarradoramente prematura, ha traído, con el tiempo, una consecuencia positiva: toda la obra de Federico, transcurridos 70 años de su muerte, pasarán al procomún, pasarán a ser del dominio público, pasaránn a integrarse, con todos los honores y de forma plena, en el patrimonio cultural de la Humanidad dentro de un mes.
Ese crimen generacional que se autoinfligieron los mierdas de españoles de la época, nos va a proporcionar algunas alegrías de este estilo en próximas fechas. Así, a vuelapluma, se me ocurre pensar en Pedro Muñoz Seca (podremos representar «La venganza de don Mendo», sin pagarle diezmo a nadie) y en tantos políticos cuyas memorias, escritos y discursos están sujetos al odioso copyright, del que nos libraremos paulatinamente en los próximos tres años (más unos cuantos de posguerra) merced a la gracia retrechera de los pelotones de ejecución formados por hijos de la gran puta de todos los bandos habidos y por haber. El no menos bestial fratricidio europeo nos producirá idéntico beneficio un poquito más allá.
¡Qué horrible es tener que escribir esto! ¡Qué espanto tener que agradecer a una bestialidad tan enorme, a una infamia tan abyecta, el enriquecimiento, digamos, prematuro del acervo cultural de la especie humana!
Pero es que el problema está, precisamente, en ese falso carácter de prematuro al que acabo de aludir. Alargar el copyright hasta fecha tan lejana e incierta como setenta años después de la muerte del autor es una animalada, se mire por donde se mire. En fin, no me voy a extender sobre esto; lo he dicho muchas veces y lo diré muchas más, pero no ahora, no hoy. Simplemente quería ilustrar que no deberían hacer falta asesinatos, ejecuciones ni otras circunstancias execrables para que el patrimonio cultural de todos se enriqueciera en un plazo razonable.
Pero, como dijo Franco ante el cadáver aún caliente de Carrero (¡qué triste epitafio para tan canina fidelidad!), no hay mal que por bien no venga. Esa puta guerra reventó a tres generaciones de españoles y aún estamos algunos -demasiado pocos, por lo que veo- intentando que no reviente también a una cuarta; esa puta guerra acabó prematuramente con centenares de miles de vidas, vidas de personas cuyo esencial delito fue decir demasiado, escribir demasiado... pensar demasiado, en definitiva, la funesta manía de la que nos acusaba el cabrón aquel. Setenta y cinco años después obtenemos el único beneficio de aquella masacre, ya ves...
Descansen en paz Federico García Lorca, Pedro Muñoz Seca, Miguel Hernández y tantos otros, asesinados por la vesanía y por el analfabetismo. Cuánto más hubiéramos podido disfrutar de sus obras de la propia mano de sus autores.
Aunque de otra manera, ahora también podremos hacerlo.
____________________Próximo jueves, 27 de julio, último del mes, cerca ya de las vacaciones, aunque muchos estarán ya de vuelta de las mismas. De momento, en todo caso, hay que acabar julio y apenas entramos en su último tercio: aún le quedan días y aún pasarán cosas antes de que el país se encuentre sumido en el marasmo. Lo que me pregunto es si alguna vez deja de estarlo, al menos en lo que a la ciudadanía se refiere.
En fin, aquí seguirá estando «El Incordio», lejos aún de sus vacaciones. Salvo incidentes, habrá paellas -y lo que ruede entre una y otra- los dos primeros jueves de agosto. Luego ya veremos qué pasa. Voy a dedicar la etapa vacacional -entre otras muchas cosas, claro- a meditar una reforma de esta bitácora. Una reforma que tengo en la cabeza desde hace tiempo y que afectará, sobre todo, a la forma y mucho menos a los contenidos. No estoy cómodo en este Blogger: es muy fiable (no como el otro, que se caía -y me parece que se sigue cayendo- cada dos por tres) pero poco flexible. Creo que va llegando ya la hora de que «El Incordio» sea al cien por cien de factura propia y habrá que acogerse a la fórmula «alojamiento específico + Wordpress». Además, quiero redefinir los enlaces y su clasificación, además de hacer una criba que suponga corregir y también aumentar.
Aún es prematuro, no obstante, avanzar nada. He de habituarme a Wordpress y ver qué tal me sale. Necesitaré, además, un manitas que me ayude -desinteresadamente- con el diseño porque como grafista soy un trapacero de mucho cuidado. O sea que pueden romperse todavía muchas cosas. Además, no preveo ejecutarlo -si es que decido llevarlo adelante- hasta finales de año o principios del que viene.
Seguiré informando, pero en su momento. Ahora sólo cabe desearos a todos que este clima infernal os resulte soportable y que sobreviváis incólumes a él.
Seguid pendientes de «El Incordio», que siguen subiendo artículos.
De la serie: «Correo ordinario»
Comprar un disco es algo que debiera ser visto como un acto de colaboración con el enemigo. Seguidamente, a modo de firma, podríamos poner a alguien como V.I. Lenin. O quizá a Ignasi Ramonet, a Naomi Klein, a Susan George o a cualquier otro icono del altermundismo (el mal calificado fenomeno de la antimundialización). De cualquier modo, algo propio de un rojo, de un marginal, de un guarro con rastas.
Pero no. Es una frase -literal y perfectamente contextuada en sí misma- que dijo y subrayó en el I Encuentro Nacional de Internautas Enrique Dans, profesor del Instituto de Empresa, encorbatado -pero sin gomina, ojo- y me atrevo a suponer (porque no he hablado con él lo suficiente como para afirmarlo rotundamente, pero indicios rebosan por todas las costuras) que muy poco revolucionario marxista o ácrata.
Leo el artículo aparecido hoy martes en Libertad Digital de Daniel Rodríguez Herrera, de quien sí aseguro de forma más que suficiente de primera mano y ciencia propia que no tiene nada que ver con cosa parecida a un revolucionario marxista o ácrata, en un sentido paralelo, con un mensaje prácticamente calcado, en base a una sentencia menos clavada pero suficiente y ampliamente claro en idéntico sentido.
Daniel recoge una cita de Ana María Méndez en su intervención en la mesa que tuve el placer de moderar (lo de moderar es un decir) y es una cita exacta: «Veo cierto rubor en los clientes cuando, mientras hacen sus compras, se les habla del canon. Yo lo estoy pasando muy mal y perderé mi negocio así que, por favor, poned una sonrisa de oreja a oreja cuando os descarguéis algo». Pero en otro momento la repitió de otra manera que a mí me gusto más y que utilicé de punto de libro de su intervención y en la que, tras repetir lo de la mala conciencia de la gente al bajar contenidos de la red, dijo (lo tomé casi taquigráficamente): Os estoy pagando el derecho de subiros y bajaros de la red lo que os dé la gana. Dadme, al menos, el gustazo de veros haciéndolo con una sonrisa de oreja a oreja.
No me extiendo en comentarios sobre Ana María; he dejado reiteradamente clara mi altísima admiración hacia ella. La irreductibilidad de la Asociación de Internautas ante la vesanía no es fácil, nos está costando un importante esfuerzo. Pero los partos, entre dos o tres mil, duelen bastante menos. Esta mujer ha hecho como nosotros pero sola, y sola estuvo durante dos años, hasta que llegó a la conclusión de que estaba tratando a la $GAE como una almorrana, o sea, sufriéndola en silencio (la expresión es suya, de Ana María). Y dio una patada en el suelo. Y esta patada causó dolor en muchos frenillos. Lo sigue causando. Y va a causar mucho más. Andando el tiempo (y al ídem) esta mujer le va a causar al apropiacionismo y a don Teddy más daño incluso del que -gustosamente, prestosamente- les hemos causado desde la AI. Y si esta mujer ha estado sola hasta ahora, sépase desde este momento -y por si no estaba ya claro a estas alturas- que no va a volver a estarlo nunca más. O sea que agárrese quien proceda, porque baja quemada la cosa.
El jueves hablaré en mi paella de lo próximos que están los políticos de los ciudadanos a cuenta de un muy ilustrativo incidente eclesiástico. Esto que ha pasado en el ENI, menos espectacular, menos vistoso, es lo mismo: ¿qué podemos tener que ver gentes altermundistas como yo (rojillos, vaya) con neocons como Daniel Rodríguez? ¿Cómo, además, podemos convivir en una misma Asociación y estar de acuerdo con sus fines, con sus objetivos y con sus motivos, aunque andemos como el perro y el gato en cuestiones ajenas a la propia Asociación? Y hablo de dos modestas personas, sobre todo yo. ¿Cómo pueden ignorar los políticos -y lo han hecho, los tíos- tanta unanimidad? ¿Cómo se puede pasar por encima del hecho de que, en algunos aspectos importantes, esenciales, del devenir nacional, ciudadanos tan opuestos, tan radicalmente opuestos en nuestra concepción de la política y de la economía, podamos estar tan estrechamente de acuerdo (y, claro, no hablo solamente de Daniel y yo, sino de centenares y centenares de miles de personas en este país)? ¿Por qué un Enrique Dans, un teórico del mercado libre, puede decir algo -y decirlo, además, de una manera tan tajante, tan inequívoca y tan hasta espectacular- que podrían firmar muy probablemente -aventuro, por supuesto- un José Luis Sampedro o un Arcadi Oliveres y por qué pueden los políticos ignorarlo?
A mí me gustaría ser determinista como Dans, que tiene muy claro que esta comedia de las entidades de gestión terminará prácticamente sola, como por el orden natural de las cosas. Como decía el alférez chusquero aquel del Robledo de las Milicias de los años 40: si no cae por la fuerza de la gravedad, caerá por su propio peso. Pero yo suelo rendir culto más bien al esfuerzo y, sobre todo, al sacrificio. Me sorprendió muy gratamente que Enrique propugnara muy claramente el boicot al plástico: es la primera persona de su nivel y de su influencia en la red a quien oigo esa llamada en modo diáfano (me falta leerla, a menos que me haya perdido algo -que es posible- pero, en cualquier caso, todo se andará). Estupendo, si gente de su influencia están en esa onda; pero que quede claro: sólo ese boicot, que supone una actitud generalizada y extendida, no un estar a la expectativa por parte de cuatro y el cabo, puede derrotar a los malos. Mientras tanto, los malos tienen un poder quizá inexplicable pero no menos patente. Podemos tumbarlos, podemos reducirlos al puro guano: pero no by the face. Hay que moverse, hay que correr y hay que llevar el botiquín a mano, porque ellos tiran con bala y son despiadados. Preguntadle, si no, a Ana María y a su gente.
Sí, ganaremos. Somos muchos más y somos mucho mejores. Pero, claro, la batalla hay que librarla. Si los ejércitos se quedan en el cuartel, sólo sirven para que los turistas los fotografíen. Y si se sale al campo de batalla, aunque se gane, aunque se venza con esplendor y gloria, siempre hay muertos, siempre hay quien no puede gozar de la victoria. O se asume esto o a pagar canon hasta el fin de los tiempos.
Eso sí, hay un incentivo: Vae victis!!!
De la serie: «Correo ordinario»
Lo veía venir. Mira que lo dije: «Lo que parece deducirse de la psicología judicial que se desprende de las dos sentencias que ha sufrido la Asociación de Internautas en el pleito que le han interpuesto la $GAE y el Teddy, es que aquello de que quien la hace la paga está tan firmemente implantado en las circunvoluciones togadas que, ante la imposibilidad de identificar claramente al quien, el aforismo se convierte en "alguien (no importa quién sea) debe pagar por lo que alguien (sigue sin importar quien sea) ha hecho". Y el juez tenderá a responsabilizar de los comentarios al autor de la bitácora». Si antes lo digo...
Dice el artículo 16 de la Ley 34/2002, de 11 de julio, de servicios de la sociedad de la información y de comercio electrónico, bajo el epígrafe general Responsabilidad de los prestadores de servicios de alojamiento o almacenamiento de datos: «1. Los prestadores de un servicio de intermediación consistente en albergar datos proporcionados por el destinatario de este servicio no serán responsables por la información almacenada a petición del destinatario, siempre que: a) No tengan conocimiento efectivo de que la actividad o la información almacenada es ilícita o de que lesiona bienes o derechos de un tercero susceptibles de indemnización, o b) Si lo tienen, actúen con diligencia para retirar los datos o hacer imposible el acceso a ellos».
Pues bien, en el asuntillo aquel de Mafius contra alguna gentecilla del claustro del IES Saramago, su señoría ha dictado sentencia en faltas... ¡condenando a Mafius por comentarios de terceros!
Lo grande es que Mafius entregó a la jueza la IP del posteador que -según la magistrada- cometió la falta de amenazas por la que es condenado el titular de la bitácora, pero de todos modos considera la juzgadora que... ¡sigue siendo un anónimo porque la IP no tiene ninguna relevancia! Joder, estrictamente tampoco la tendría un número de DNI, pero hay que ver lo que identifica el dichoso numerito.
Por otra parte, cae la jueza -como casi todos sus colegas- en el error grave, claro y pertinaz de comparar el mundo digital con la edición de papel, tomando así por editor a quien solamente es kioskero. Me gustaría ver el documento original de la sentencia para ver, por otra parte, cómo articula la jueza la responsabilidad penal (en faltas, eso sí) de Mafius porque tal y como lo cuenta éste, la jueza no entra en si el posteador es un tercero o es -como acusan los denunciantes- el propio Mafius, de modo que podríamos estar ante hechos probados nada probados, al estilo de aquello de solo o en compañía de otros que tantas risas hubiera causado de no haber habido una tragedia y un misterio tan tremendos detrás de esa sentencia.
Mafius anuncia en su bitácora que va a apelar. Hace bien y le deseo suerte, por él y por todos nosotros, pero está claro que tenemos un problema grave en el mundo digital español: la ignorancia supina, tremebunda, espantosa, del colectivo judicial hacia la realidad de la red. Y hablo de realidad tecnológica, no me estoy refiriendo a meras teorías. Alguien -aparte de la $GAE y, en lo posible, en vez de ésta- debiera dar cursillos urgentes y de amplio alcance a los magistrados españoles sobre lo que se está cociendo realmente más allá de las polvorientas salas de togas; alguien debe decirles que la red es un mundo realmente nuevo que admite muy pocas comparaciones, casi ninguna, con lo anterior, que la red no es la imprenta y que esas analogías que se están aplicando son, en todo caso, perversas.
No hace muchos días decía que, puestos a establecer analogías, los comentarios en las bitácoras son como las pintadas en las paredes; puede hacerse lo que se quiera -lo que la ley prevea- con el autor de una trapazada escrita si es habido; si no lo es, hay que aguantarse con la impunidad, como sucede tantas veces, que al cabo del año muchísimo delito queda sin resolver. Pero lo que no cabe en ninguna cabeza es condenar por la pintada a la comunidad de propietarios del edificio.
Y, ya metiéndome en camisa de once varas, o sea, yendo un poco más allá en el estricto tenor de esta bitácora, alguien debería también explicar a los jueces que su tarea está incardinada en una organización social y que tener sentido de Estado no es un menoscabo para su independencia sino, al contrario, una contextualización. Cuando un juez dicta una sentencia, debe tener un cierto sentido teleológico sobre el alcance de la misma y debe ser consciente de que puede causar muchísimo más daño del que resuelve. La fría y estricta aplicación de la ley (cuando la aplican, que ya vemos cómo en el presente caso) es algo que puede hacer una máquina, un robot; hacen falta seres humanos que juzguen precisamente para que exista esa contextualización. Si la contextualización no se da, si los jueces hacen una interpretación fundamentalista de la independencia, si se colocan por encima de la realidad social al aplicar -y encima mal- la ley, están entonces funcionando igual que máquinas y para eso sería más barato y más eficiente sustituirlos efectivamente por ordenadores.
Si sentencias como ésta de hoy acaban siendo firmes, si sentencias como las dos que ha sufrido la Asociación de Internautas en el caso de la demanda de la $GAE y el Teddy no se ven enmendadas por el Tribunal Supremo (y, visto el panorama, cada día lo preveo más crudo) el daño que los jueces van a causar al desarrollo tecnológico español puede alcanzar proporciones históricas.
Y si alguien cree que exagero, al tiempo.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Convencido estaba yo de ser un bicho raro. Ya me imagino que eso es lo que cree mucha gente, porque eso es lo que pasa cuando vas por la vida de librepensador auténtico, aún reconociendo que las ideas propias pueden no ser brillantes pero, en fin, uno llega hasta donde llega. Tanto suele creerlo la beocia mental general, que, de día en día, consiguen hasta contagiártelo: «Fíjate en ese -te dices- doctor ingeniero, tres másters, catorce muertos en quince años de obras públicas -seis premiadísimas- ganando en una semana lo que yo en un lustro y ahí lo tienes: le gusta el fútbol. Está claro, chaval: estás como un cencerro».
Y va uno circulando por el mundo como perrito sin amo, de tío raro, intentando inculcar valores a las hijas (para igual conseguirlo y todo y convertirlas en bichos raros como uno), de pringao total porque no consigo pasar del cuarto metro de coche y sufriendo no tanto porque este país se va a la mierda y al subdesarrollo secular y ancestral, sino más bien porque su gentuza se lo merece; va uno convenciéndose de su pertenencia a la hez, a la escoria de una sociedad que es escoria toda ella...
¡Y de pronto! De pronto leo un artículo como este en «La Revista» de ayer, domingo 16 (el enlace sólo esta semana: después hay que buscar el artículo por su título en el desplegable: «Rescate en la tormenta»).
Gracias, don Arturo, no por indicarme que no soy un pringao, que lo sigo siendo, sino por hacerme ver que comparto la pringuez con gente como usted -guardando las muchísimas distancias que hay que salvar- y con gente que, sencillamente, cumple con su deber y con la hombría de bien más allá de los cincuenta nudos de viento en medio del Atlántico, mientras los... otros... patean balones en medio del éxtasis de muchedumbres vociferantes de seres de alto standing. De esta forma, mi depresión de pequeña escoria se vuelve ligero calorcito en mi corazón.
Por un momento, llegué a asustarme.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
De todo hay en la viña del Señor, en cualquier ámbito. Hay internautas e internautas; hay bomberos y bomberos; hay cantantes y cantantes. Son perogrulladas en su sentido literal (¿en qué se diferencia un bombero de un bombero, dicho así?) pero todos sobreentendemos que en cualquier colectivo hay personal de distinto pelaje y que lo único que caracteriza a un colectivo es el colectivo mismo y no tal o cual miembro.
Por eso cabe decir que hay okupas y okupas. Hay okupas que tienen muy asumido -y muy responsablemente- que están llevando a cabo una reivindicación política y, en consecuencia, se comportan con fundamento, como diría aquél: organizan unos CSO (Centro Social Okupado) muy interesantes, con actividades de tipo cultural que para los degustadores de esas tendencias pueden llegar a estar muy bien hechas y, en algunas ocasiones, llegan a la auténtica virguería, como la barcelonesa Kasa de la Muntanya, cabe la parte alta del barrio de Gràcia, que hasta ha llegado a formar parte del programa de visitas extraescolares de algunos coles públicos y privados. Hay otros okupas que son un hatajo de capullos (¿kapullos, quizá?), botarates incapaces de hacer nada constructivo, más bien tirando a hijos de papá (sin perjuicio de que el papá sea un currante como cualquier otro), que se meten en cualquier agujero infecto a vivir del cuento y tirar del frasco de priva barata rodeados de mierda, que no hacen nada constructivo y que con su guarrería -y a veces también con sus ruidos excesivos- causan alguna molestia al vecindario. Pero poco más.
O sea que podríamos decir -salvando las deshonrosas excepciones- que el gremio okupa, sea del sector constructivo, sea del sector gilipollas, da poco por el culo en materia de convivencia urbana. Pero son diferentes. Tienen su estética, tienen su jerga, tienen sus modos de relación, tienen su modo de vida, en definitiva. Grave delito: en la sociedad del pensamiento único, el diferente no tiene cabida. Y como la cosa de discriminar o putear al diferente sólo por serlo no tiene lógica, hay que inventarse algo para hacerlo racionalmente y así, a los okupas, esos tíos tan raros que, encima, no respetan la sacrosanta propiedad privada (tanto más sacrosanta en cuanto más se haga de ella un uso antisocial, es decir, la especulación pura y dura), resulta que son... violentos.
¿Por qué son violentos? Pues porque el buen rollito del tripartito barcelonés ha hecho que, además de los cruceros, tengamos un tipo de turismo muy especial: el de los aficionados a la guerrilla urbana que han tomado nuestra ciudad como un parque temático. Gentecilla con rastas, símbolos ácratas -que muy probablemente no se crean ellos mismos- que saben de la tolerancia de nuestra normativa, de nuestra poli y de nuestros jueces y que aprovechan nuestras fiestas populares y nuestra manga ancha alcohólica para pasar unos días de vino y hostias. Y la ignorancia de la gente y la mala fe del pensamiento único, incapaces de -o poco interesados en- ver más allá de las apariencias, les etiqueta rápidamente de okupas solamente porque lo parecen.
Así las cosas, viene el inefable Clos y mete el remo hasta el corvejón: «Negociaremos con los okupas la paz de las fiestas de Gràcia» (se celebran por la Virgen de agosto). Y los okupas han contestado: «¿Mande lo qué?». Porque, claro, no hay nada que negociar. Resulta que los tales okupas montan sus fiestas alternativas, pero coordinados con la comisión y cumpliendo todas las ordenanzas municipales y toda la normativa vigente en la materia. Además, en las fiestas del pasado año, en las que hubo el follón que hizo cagarse al Consistorio, el concejal del distrito (de ERC, además) exoneró a los okupas de toda culpa. Claro, los chicos ahora no entienden qué le pica al poncio en jefe.
Lo que le pica es que en primavera hay elecciones municipales (pronto tendremos guía urbana nueva a cargo del Ayuntamiento, o sea, de nuestros propios y mismos bolsillos) y toca aprovechar cualquier circunstancia para montar el número buenoide del alcalde dialogante y condescendiente.
Hoy les toca a los okupas cargar con un muerto que no es suyo. Después del soberbio regalito que le hizo a la $GAE en el Paralelo, espero que si el día menos pensado quiere eliminar el top manta de buen rollito no tenga la mala idea de errar con la otra parte contratante.
Nos íbamos a enfadar muchísimo.
De la serie: «Correo ordinario»
Visitar el claustro de la Catedral de Barcelona: pasta (o sea, que hay que pagar); visitar el claustro de la Catedral de León: pasta (lo he sufrido -que no lo he sufrido porque no me ha salido de mis laicos cojones pagar- no hace ni cuarenta y ocho horas); viajas por diversas zonas del país y visitar el patrimonio cultural español en manos de la Iglesia: pasta; prohibido hacer fotografías, tienes que comprar -si quieres conservar un documento gráfico del lugar- las postales que se venden a la puerta: pasta; intentas enseñar la Catedral de Barcelona a unos amigos y te sale un hijo de puta que dice tener no sé qué exclusiva de guía y que no puedes hacer eso por la cara: pasta (claro que lo envié a la mierda -con esas palabras- y le dije que llamara a los GEOs, si quería, vamos, hasta ahí podríamos llegar con el apropiacionismo); quieres visitar tal o cual monumento o edificio de valor histórico o artístico en manos de la Iglesia y con cualquier pretexto -o sin pretexto-: pasta. Lleva a tu propio fotógrafo a tu boda, comunión o bautizo y verás la trifulca que te lía el mierda de fotógrafo comisionista (o comisionador, según sea o se mire) de la parroquia en cuestión: por pasta, claro está.
Pasta, después de que durante siglos y más siglos sus edificios y propiedades -por no hablar de otras sinecuras que no son ahora del caso- han sido pródigamente mantenidos con dinero público, por no decir que la inmensa mayoría de ellos fueron construidos por suscripción popular, por confiscación popular (o sea, a cargo del señor feudal, que ya sabemos de dónde obtenía la pasta o, simplemente, por confiscación directa, en efecto), por dádivas y regalías enormes (monasterios, feudos, etc.) o a cargo del tesoro del Rey, que ídem del lienzo.
En la actualidad: única organización religiosa que obtiene, por tal simple hecho (o sea, by the face), pasta del Estado, por vía de un convenio internacional; además, se beneficia de programas públicos -estatales, autonómicos y locales- de grandes subvenciones para el mantenimiento de sus propiedades de valor histórico o artístico (sin que haya forma humana de encontrar, de un modo global y ciudadanamente posible, ni desde el Estado ni desde el beneficiario, cuentas claras del destino de estas subvenciones que nadie ha probado -y tienen que probar- que no van a otras cosas. Por lo demás, y dejando aparte subvenciones directas, habría que computar (y es difícil) la ingente dismenorrea de dinero público que se va en apartados paralelos como, por ejemplo, la ingente red de ONG que tiene la Iglesia en su órbita o la aún más ingente red escolar. Encima, en un Estado constitucional que se define como estado social de derecho, pretende la Iglesia establecer -a su favor, por supuesto- prebendas y atribuciones en materia ideológica en la enseñanza pública, imponiendo el proselitismo en su doctrina y seleccionando al comisariado político que ha de impartirla, aunque -caramba- ese comisariado cobrará del dinero público, aparte del que ya le va a la Iglesia por la enorme cantidad de demás conceptos. Y aún pide más [enlace con caducidad].
Lo que más me jode -y debiera joder a la España laica que, pese a todo, se fuma un puro mirando hacia otro lado- es que Zap I El Anodino, soltará aún más pasta -sí, sí, más aún que el propio Aznar- y la consagrará en un documento internacional formal, al simple cambio de que se silencie al Federico y a su banda. Una inmensa montonada de pasta pagada con el esfuerzo de todos los españoles, a cambio de que Jiménez Losantos no tenga otro medio de vida, pobrecillo, que su Libertad Digital (un medio electrónico que va tan mal que igual en diciembre no consigue pasar del millón y medio de lectores diarios) o que el Rouco se meta su sucia lengua en el culo. Ambas cosas serán un placer, qué duda cabe, pero ese placer no vale más allá de cinco o seis euros; no de los míos: de los de todos. Brame Rouco y orqueste Jiménez y tengamos los españoles buenas prestaciones sociales, buenas infraestructuras, buena sanidad, y todo lo demás.
Alguna vez he dicho que lo del canon de la $GAE (o el propio Teddy) son minucias útiles más que nada como símbolo, como icono. Pero mientras el Bautista recibe todas las hostias, alguien aferra firmemente el copón desde el que se reparten y nos la da con queso más aún que el titiriterismo que vive de la sopa boba (que ya es dar con queso). No deja de ser curioso que andemos a tiros -y con toda justicia- por el canon de la $GAE y olvidemos con excesiva frecuencia (por no decir siempre) el no menos abusivo, injusto y despiadado canon de la Iglesia, cuando la Iglesia, en un país como España, que entre el Cantábrico hasta el peñón es un inmenso museo (pese a las enormes mermas que nos causaron los franceses y la FAI), es, con mucho, muy por encima de la $GAE, la mayor esquilmadora de conocimiento público [redundancia] y de memoria histórica de este país.
Pasta, pasta y pasta.
De la serie: «Correo ordinario»
Bueno, ya de vuelta en casa después de dos días muy intensos y apasionantes. Muchas cosas que contar, tantas, que se amontonan una sobre otra y se pierden no pocas debajo del amasijo. Seamos realistas: irá saliendo todo; pero con el correr de los días, renuncio terminantemente a intentar hacerlo en un solo artículo. Lo hago también por el bien de mis seis o siete.
Digamos que para calentar motores en este sábado de lavandería barcelonesa (única porquería de esta ciudad de la que Clos no tiene la culpa) expondré unas impresiones generales. La más importante de ellas: salió todo muy bien. Y ojo, que no dejó de haber problemas: la huelga de pilotos de Iberia, aunque desconvocada el miércoles, dejó secuelas muy largas (leo en el periódico que aún hoy, sábado, hay vuelos anulados) e impidió algunas presencias importantes que hubieron de ser suplidas a uña de caballo (con lo que, en algún caso, hasta se salió ganando, también hay que decirlo) y en mi caso particular lamento 
profundamente la ausencia de Jorge Cortell que hubiera dado un toque sulfúrico a la mesa redonda que moderé yo, la de ciberderechos y propiedad intelectual; Jorge fue sustituido por Ana María Méndez, de la que ya he hablado en varias ocasiones y cuya participación en mesa redonda estaba prevista pero en otra y en otro momento del acontecimiento; ya digo que el tema Iberia obligó a un cierto rebomborio. Pero si faltó el toque sulfúrico de Jorge, tuvimos el cagontó de Ana María, que dejo boquiabierta a la concurrencia -cifras, documentos, pruebas en mano- sobre a qué extremos puede llegar la mendacidad de la $GAE y cómo, efectivamente, las sociedades de gestión de derechos económicos de autor son entidades sinónimo de lucro. Y eso que la concurrencia, así en general, ya estaba curtida en materia de caracterización del kiosko de don Teddy.
Más cosas. Tuvo un éxito -que yo creo que sorprendió a la propia empresa- el apartado de presentación de páginas web (entendí, hace semanas, que iban a ser bitácoras, pero no: eran páginas web en general). Lamento no haber podido asistir a todas por mis obligaciones en la sala de al lado (mesas redondas y presentaciónes de páginas se realizaron simultáneamente en salas contiguas), pero creo que asistí por lo menos a diez de las otras catorce (a la mía, obviamente). Y fue muy interesante porque los presentadores nos sentimos muy, muy cómodos. No sé por qué, no sabría explicarlo racionalmente. Quizá porque esa necesidad de elegir entre un evento u otro hizo que la totalidad de la concurrencia estuviera verdadera y especialmente interesada en las exposiciones a las que asistía.
Lo que no tiene precio en estas actividades: la contactología. Conocer personalmente a gente como Javier Pedreira Wicho, de Microsiervos, a Daniel Rodríguez (y anda que no nos habremos tirado -dialéctica y civilmente- los trastos a la cabeza en mil ocasiones), ¡hombre! a Enrique Dans; y la sorpresa inesperada porque supe de ella hace muy poco, Pilar Socorro, periodista y conductora de un programa de Radio Nacional, difícil de definir (ella, no el programa) si no se quiere utilizar adjetivos aparentemente exagerados (no lo
serían, en absoluto) pero que es una de aquellas presencias que llenan un ambiente, un espacio, un grupo...; no sorprende, en absoluto, su éxito radiofónico del que me propongo disfrutar en próximas emisiones. A todo ello, además, otras personas ya conocidas pero siempre gratas de volver a ver: Javier Casares Durky, primera línea de la AI y autor -con otros- de OJObuscador, Alberto Abella, co-autor y editor de «El libro blanco del software libre en España», José María Luque Caspa, responsable de la Comisión de Seguridad de la Asociación de Internautas y factótum de muchísimos éxitos de la Asociación en ese ámbito...
Y mucha más gente; siempre se es puñeteramente injusto en estas enumeraciones porque siempre se acaba olvidando a alguien y, en mi caso, seguro que a varios. Iréis saliendo, no os enfadéis: en el fondo, no os olvido; simplemente es que vuestras caras están eclipsadas por la de una sosías de Yola Berrocal (mucho menos hipermástica, eso sí), segurata del aeropuerto de León, que esta mañana me ha montado un número porque en la maleta -en el neceser- tenía unas tijeritas y al parecer había miedo de que amenazara al comandante con hacerle la fimosis in situ si no desviaba el aparato a Trípoli (en el mostrador nos recomendaron no facturar para así luego no languidecer en las cintas de la espantosa terminal de Barcelona; y con la alegría del buen consejo y de librarme del marrón aeroportuario barcelonés, olvidé las putas tijeritas que llevo en el neceser). Ya sé que la pobre chica solo cumple con su trabajo (demasiado bien para lo que le pagan, seguramente) y que la culpa es de los gilipollas integrales que hacen esas normas. Pero es que se han pasado mucho. Veinte pasajeros y, unos por otros, mi número de las tijeritas, otra media docena han tenido que desprenderse de los cinturones (Ana María, entre otros), una señora ha tenido que tirar vete a saber qué a la papelera, probablemente una simple lima de uñas, y tres señoras, tres, han entrado al cuartito al efecto para ser cacheadas. Maldita mierda de jodidos aeropuertos. Tres años tendrían que estar de huelga los pilotos y no tres días... Eso no es seguridad, es pura paranoia y puro psicoterrorismo de Estado.
Suerte que hay cosas que nos hacen olvidar ese pequeño estúpido rato, como el recuerdo de la gente de León, que nos ha tratado de maravilla, esas cenitas estupendas en el Barrio Húmedo (qué morcilla tienen, ñammmmmmm) y, como colofón, unos simpáticos colegas de Ana María Méndez, comerciantes leoneses asimismo perjudiciarios de la $GAE, que anoche nos llevaron por tres o cuatro lugares exquisitos; o ese escenario impresionante (no: no he dicho incomparable) del Parador Hostal de San Marcos, que para un adorador de la arquitectura es de verdadero síndrome de Stendhal.
Evidentemente esta es una crónica muy superficial de dos días que, repito, han sido densísimos. Hemos vuelto muy cansados -se ha trabajado bastante, aunque solo nos hemos dado cuenta de ello a toro pasado: el ambiente ha sido gratísimo- pero muy contentos del resultado. Hemos hecho muchas cosas, hemos hablado de casi todo... se han hecho análisis, proyectos... La Asociación de Internautas ha hecho, en su página web, una primera serie de conclusiones de urgencia del acontecimiento, pero está claro que hay muchíiiisimas más que extraer de estos dos días y, vamos, seguro que se extraerán.
Por mi parte iré poniendo aquí las mías, bien en artículos específicos sobre la cuestión, bien como comentarios incidentales al hilo de otros argumentos. Pero insisto en que hay mucha tela que cortar.
Aunque sea con las tijeritas de mi neceser.____________________Nota
Las fotografías que aparecen en esta página son obra de Javier Pedreira Wicho, excepto la suya, precisamente, que la obtuvo Enrique Dans.