De la serie: «Pequeños bocaditos»
Mañana -ya hoy para la mayoría de mis seis o siete asiduos- es «el día de Alatriste». Muchos centenares de miles de españoles -no exagero ni un corneta- estábamos esperando tal día como agua de mayo, pese al agobio de la antipática, odiosa, abominable y asfixiante propaganda de la tele berluscoña. No es tanta la ilusión por ver la película -hay prisa pero también hay que joderse: gracias a Dios, habrá tiros, bombas y puñaladas para verla lo más pronto posible- como por verla ahí puesta. Lo demás, ya llegará.
Mañana puede ser -espero que sea- el día en que alguien nos enseñe que en este puto país se puede hacer buen cine, buen cine en serio, sin necesidad de que la ministra de [in]Cultura se ponga la chupa de cuero. Y buen cine con mensaje. Con mensaje no de niño gilipollas comiendo mierda en la posguerra civil sino con un mensaje que nos está haciendo falta, un mensaje que nos dice que hubo una vez en que este país fue grande. Grande de verdad y sin necesidad de Aurora Bautista, de Alfredo Mayo, del gobernador civil de la provincia y del obispo de la diócesis.
Pero no grande porque tuviéramos grandes reyes, o grandes dirigentes. Al contrario: tras la muerte del segundo Felipe, nuestro reyes y dirigentes fueron tan pisacharcos, tan lerdos, tan analfabetos, tan traidores, tan cagapalanganas y tan capullos como los actuales. Bueno, tanto como los actuales no, pero casi. Y, aunque iniciando su decadencia, este país -al que ya va volviendo a ser hora de llamar de nuevo España, con Ñ de coño- siguió siendo grande simplemente porque sus paisanos -por aquel entonces llamados ya españoles, aunque el rey lo fuera coloquialmente de Castilla- echaron p'alante a pura y viva fuerza de cojones. Sin más. Puteados, jodidos y descalzos, pero con dos cojones -y en no pocos casos algunos importantes ovarios- de acero al molibdeno-vanadio. Más cornás da el hambre.
En este país carente de líderes, ya no competentes, sino simplemente en quienes pueda uno confiar aunque sean idiotas, quizá hayamos de buscar un estandarte en cinco novelas y una película. Visto lo visto, no sería, en absoluto, la peor propuesta. De cualquier modo, algo hay que hacer para salir de esa especie de síndrome Vietnam que nos aqueja desde hace trescientos años.
Sólo cabe esperar que no se materialice el único de mis temores al respecto y es el de que los hechos acaben dando la razón a los del burro ario y esa magnífica catarsis de capa y espada sólo sirva para que los del toro coñaquero se suban aún más a la parra en su estúpido y antipático patrioterismo gallináceo a la moda manolo el del bombo.
Nos vemos uno de estos días en el cine. Así, de paso, sabré cómo es, después de más de veinte años.
Sin que siente precedente.
jueves, 31 de agosto de 2006
Social a tope (bis)
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Uno escribe sus cosas y sus vivencias. A veces escribe cosas aparentemente disparatadas y entonces relee y se pregunta... ¿son realidades o son percepciones? Porque, claro, muchas veces lo que uno percibe es real, pero sólo para él. Otras veces es real en términos absolutos, material, palpable. Como los despropósitos de la Caixa que describí en su día, no hace mucho.
Uno relee y piensa: ¿no será una simple sensación en vez de una realidad? ¿Cómo puede una entidad tenida por seria ser tan burda, tan torpe, tan estúpidamente codiciosa, por más que sea una entidad financiera? ¿Cómo se puede llamar idiota al cliente de una manera tan descarada y tan vil? ¿Está regida la Caixa por músicos afectos al poder fáctico de la $GAE en vez de por economistas brillantes y de acrisolados conocimientos?
Luego vienen los hechos -escritos y descritos por otros- y ve que no se ha equivocado, que el hecho de que la Caixa sea una de las principales entidades financieras de este país en vez de un cuchitril de pringados no es más que la pueba palpable de que los ciudadanos de este país -y muy especialmente, en este caso, los catalanes- somos tontos del culo.
Y así nos luce el pelo.
Uno escribe sus cosas y sus vivencias. A veces escribe cosas aparentemente disparatadas y entonces relee y se pregunta... ¿son realidades o son percepciones? Porque, claro, muchas veces lo que uno percibe es real, pero sólo para él. Otras veces es real en términos absolutos, material, palpable. Como los despropósitos de la Caixa que describí en su día, no hace mucho.
Uno relee y piensa: ¿no será una simple sensación en vez de una realidad? ¿Cómo puede una entidad tenida por seria ser tan burda, tan torpe, tan estúpidamente codiciosa, por más que sea una entidad financiera? ¿Cómo se puede llamar idiota al cliente de una manera tan descarada y tan vil? ¿Está regida la Caixa por músicos afectos al poder fáctico de la $GAE en vez de por economistas brillantes y de acrisolados conocimientos?
Luego vienen los hechos -escritos y descritos por otros- y ve que no se ha equivocado, que el hecho de que la Caixa sea una de las principales entidades financieras de este país en vez de un cuchitril de pringados no es más que la pueba palpable de que los ciudadanos de este país -y muy especialmente, en este caso, los catalanes- somos tontos del culo.
Y así nos luce el pelo.
Ensalada de verano
De la serie: «Los jueves, paella»
Último jueves y último día de agosto, 31, felicidades a todos los Ramones y Ramonas, y empezamos esta paella que certifica el fin de las vacaciones, del verano laboral, y que inicia la temporada de arroz incordiante 2006-2007.
Allá voy.
____________________
Nuevamente epidemia mediática, esta vez de malos tratos a mujeres, eso que llaman estúpidamente violencia de género (o de número o de caso). Así, por las buenas: todo es un problema de violencia con más o menos apellidos, como una pelea de taberna o como un atentado terrorista, qué más da, todo es violencia lo mismo. Lo políticamente correcto llega a convertir en estupidez extrema la cosa más seria cuando la envuelve con el asqueroso manto de ese lenguaje cursi (gramaticalmente incorrecto, además) constitutivo de un inmenso y sistemático eufemismo.
Nunca sabemos nada de las causas de fondo del asunto. Puede ser -en la inmensa mayoría de los casos se trata de familias desestructuradas previamente- una normativa de divorcio con más de un cuarto de siglo de indecorosa antigüedad que, siendo justa en aquel entonces y acorde con la realidad del momento, es hoy una barbaridad sostenida únicamente por la berrea incansable de un autodenominado -y falso- feminismo palurdo y, según sospecho, de un lobby abogadil que no le anda lejos; o podría ser -injusticia esencial aparte- que por más normativa de divorcio que haya, ésta es una institución sólo para ricos: hay que subir a rentas muy altas para que un divorcio, una simple separación, no suponga el traspaso por los dos cónyuges de la línea de la pobreza, da igual quien tenga que pagar o quién tenga que cobrar pensiones, porque con dos sueldos normales no hay quien sostenga dos casas cuando apenas se puede con una; también podría ser -además de lo anterior- que un porcentaje importante de los casos estuviera protagonizado por inmigrantes, pero insinuar tal cosa entra aún más de lleno en el orbe de lo políticamente incorrecto, pese a la evidencia del salvaje comportamiento de los hombres islámicos con la mujer en general y pese a la evidencia de la rudeza extrema de la relación hombre-mujer (en perjuicio de ésta, claro) en subculturas muy primarias como las de algunos países iberoamericanos. También resulta curioso que las ablaciones de clítoris (una plaga de la que no nos libramos, debe ser porque está toda la policía persiguiendo pederastas por Internet) no sean incluidas en las estadísticas de violencia de género. ¿Es que no constituyen, acaso, una agresión por razón de sexo, el femenino en este caso? Pero, claro, como se trata de una violencia directa y exclusivamente atribuible a población inmigrante, meditar sobre estas problemáticas en su correcto contexto debe ser algo así, como racista, facha, xenófobo o nazi y seguro que hasta engorda o tiene colesterol.
Total, que con esto pasa como con Internet: de pronto hay epidemias y nos da la impresión de que todo el país se levanta en bytes contra los menores o en armas contra las mujeres.
Y lo único que pasa es que es agosto, que los ánimos se encienden más fácilmente con el calor (esto parece que está demostrado), que en los meses de verano no se generan noticias serias (o sea, políticas) y que los gilipollas mediáticos titulares están de vacaciones, con lo que sus lugares están ocupados por gilipollas suplentes de menor cuantía locos por demostrar al mundo que, en materia de imbecilidad, a ellos no les gana nadie y pueden ser perfectamente titulares (lo que algunos, a la larga, logran).
De cualquier cosa son capaces menos de coger el problema por los cuernos y estudiarlo a fondo sin cogérsela con papel de fumar.
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Este verano he hecho muchísima carretera, al menos para lo que acostumbro. El campamento de las niñas, que ha quedado mucho más lejos de lo habitual (en el límite mismo de la imposibilidad de ir a verlas en un simple fin de semana) y una Guipúzcoa que se caracteriza por una infinidad de pequeños pero interesantes lugares que conocer en breves visitas trazadas en circuitos por carretera, me han llevado a patearme cinco mil kilómetros en apenas un mes.
O sea que he comido mier... digo, carnet por puntos, a base de bien.
Bueno, en realidad el problema no está en el carnet por puntos. Eso es un método como cualquier otro, tan crackeable como cualquier otro: basta con tener mucha pasta y pagarle 300 euros por punto al listo que se va a hacer pasar por el infractor, o con pagarle las renovaciones de carnet de conducir al abuelo o, más simplemente, efectuarse compensaciones mutuas entre cónyuges o entre padres e hijos, beneficiando al que tenga el saldo más ajustado. Sin problemas para casi nadie: pagarán el pato, como siempre, los menos favorecidos por la fortuna, los que no dispongan de cincuenta mil de las viejas por punto para comprar, los hogares donde sólo haya un carnet de conducir y aquellos en los que el abuelo ya no pase la revisión médica ni siquiera con el cachondeo de sistema vigente establecido a beneficio de unos amiguetes concesionarios de las revisiones médicas; o sea, prácticamente los inmigrantes, el colectivo que cumple en mayor medida estas condiciones. Y si los picos o los tíos estos vestidos de requeté que van por el País Vasco o los barretineros de Tura quieren evitarlo, tendrán que cumplir la ley (y no torcerla a su antojo) y parar e identificar in situ al infractor, en vez de fotografiar en masa interpretando fraudulentamente la facultad que les confiere la normativa de soslayar la detención del vehículo cuando con ello pudiera ponerse en peligro la seguridad del tráfico.
El fastidio, la mierda, más que en el carnet por puntos reside en la estupidez infinita de las limitaciones de velocidad. Primero, en sí mismas. 120 km/h de velocidad máxima en una autopista es una canallada: incluso metiéndole el 10 por 100 de margen de que se dispone sin que salte el fotomatón del radar (recientemente rebajado: antes era del 15%); Francia, otro país que bien baila, limita su velocidad a 140 km/h que, con el margen del 10 por 100, lleva la cosa a unos razonables y amplios 150 km/h. Lo de las autovías es sangrante: 100 km/h en multitud de tramos. De las carreteras ni hablo, aunque estas sí que son de veras peligrosas teniendo en cuenta las negligencias constantes en materia de conservación y de señalización por parte de las administraciones públicas [in]competentes.
Y es que el problema no está solo en que las limitaciones de velocidad sean estúpidamente cortas, ni asimismo estúpidamente distribuidas, ni en que las cifras de mortalidad en tráfico estén estadística y groseramente trampeadas, como ya demostraron sobradamente Josu Mezo y Wonka a resultas de un artículo de «El Incordio» tras el ridículo de la Semana Santa pasada. El problema es que combinando todos los factores se logra un explosivo que habrá causado no pocos muertos, cuya composición es: en primer lugar, la excesiva atención al velocímetro, en detrimento de la atención a la carretera y al tráfico, en aquellos automóviles -la mayoría aún- que no tienen dispositivo de fijación automática de la velocidad; en segundo lugar, los apelotonamientos de vehículos en vías rápidas, todos clavaditos a 130 km/h (en autopista) circulando como bandadas de pájaros o como aviones en formación (pero los conductores no son pilotos de combate) intentando apurar patéticamente ese kilómetro por hora de más de seguridad sin radar para ver de adelantar a ese pesado que se mantiene a nuestra misma altura y no se mueve de ahí (eso ha sido una constante, en mi percepción, este verano; y la tercera, la mala leche -poco amiga de una conducción eficaz- que nos entra a todos los conductores cuando, sin ton ni son, nos encontramos limitaciones de velocidad absurdas en tramos en los que el trazado y el piso no justifican ese descenso respecto de la velocidad por omisión que la normativa permite en ese tipo de vía. En resumen, multitud de conductores en un estado de cagamento constante en quien todos sabemos.
Aparte de eso, el florecimiento estúpido de un negocio estúpido que vive de los estúpidos, como esos detectores de radar legales que, en realidad, no son tales detectores, sino simples visualizadores de una información que es pública, la ubicación de los radares fijos, combinados con un GPS para que el sistema nos diga que estamos cerca de uno. Entre otros defectos que no me voy a cansar enumerando, tiene el de que el aparatito -además de intrínsecamente impreciso- puede ser cegado por los de Tráfico el simple día que el director general esté de mal humor por un divieso en el culo y haga suprimir la información o, aún mejor, que la falsee para pillar in fraganti a unos cuantos detentadores de detectores; y entonces, comprador atontado, ve a reclamarle al maestro armero. ¿Comprendes por qué esos artilugios de ingeniería subnormal son legales?
Y espera a que empiece la temporada discotequera de verdad, en pleno invierno, y entonces a ver si hay cojones, con todo el carnet por puntos que se quiera, de comparar las cifras de mortalidad juvenil en carretera los fines de semana de antes con las de después. Por lo demás, las propias cifras oficiales -suponiéndolas ciertas... que vete a saber- tampoco están siendo tan espectaculares.
Como tampoco, a fuerza de habitual, es tan espectacular el puteo sistemático al ciudadano.
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Nos acostábamos anteanoche con una noticia medio buena y medio mala como era la salida de Clos del Ayuntamiento de Barcelona para irse de titular al Ministerio de Industria. De la parte mala, según me temo, habremos de hablar largo y tendido en los próximos meses.
Vamos a la buena. Como decía yo anteayer, nos lo hemos (vaya, nos lo han) quitado de encima. Ocho o nueve larguísimos e inacabables años aguantando a este hombre nefasto para Barcelona a la perfecta altura de Porcioles (no sé si un milímetro más o un milímetro menos, pero por ahí). Y, vaya, hombre, es ahora cuando empiezan a salir plumitas entonando la canción de sus cagadas que sólo unos pocos -poquísimos y de a pie- habíamos osado escribir antes. Y aún así, sus cagadas no salen completas.
Veamos: sus dos fracasos, según la papelería de las últimas veinticuatro horas, han sido el Fòrum (Fòrrum, para los enemigos) y el agujero del Carmel y su catastrófica gestión política (¿y qué cabía esperar?) en la que hasta hubo incluso conatos de censura, como el famoso apagón informativo. Bueno, lo del Carmel, como catástrofe material y política es tan evidente que no ha necesitado nunca comentario alguno: el que ose decir que aquello pudo ser un éxito político de Clos está para que lo encierren, pero en un manicomio y con la camisa de fuerza bien ajustada. Lo del Fòrum tiene más mandanga. La palabra fracaso en ese ámbito nunca había sido pronunciada -en papeles de envergadura- hasta ayer. Lo sabíamos todos los ciudadanos, hasta el más lerdo; y nadie se tragó aquellas cuentas del Gran Capitán en las que resultaba que hasta se había ganado dinero, cuando todos sabemos que nuestros hijos, ahora menores, serán padres a su vez y aún seguirán pagando la deuda de ese monumento inane a la megalomanía de un alcalde desencadenado al que nadie se atrevió a poner tasa ni freno. Pero, hasta ayer, el tema se soslayaba.
Es grave. Es grave pero no es lo único. Ni lo peor. Lo peor es la pérdida tremenda de calidad de vida que hemos experimentado los barceloneses adicionalmente. Digo adicionalmente porque hay que sumarla al recorte en parecido sentido que hemos sufrido todos los españoles. Nuestros transportes públicos van como una mierda; las calles están sucias y descuidadas; las normas contra el incivismo (en mis tiempos se llamaba, redondamente, gamberrismo) sólo han servido para perseguir casi sanguinariamente a colectivos marginales que causaban un daño -cuando lo causaban- relativamente menor; se ha expulsado de la ciudad -encarecimiento brutal de la vivienda, falta de oportunidades...- a nuestros jóvenes, pero no a los jovencitos-jovencitos (a esos también les llegará el turno) sino a las parejas jóvenes que empiezan su vida y que con su exilio han privado a la ciudad -sin culpa alguna por parte de ellos, claro- de miles de barcelonesitos que hubieran impedido o paliado el envejecimiento brutal de nuestra población local, aunque también es verdad que esto está en vías de solución: los chacales inmobiliarios amigos de Clos se están encargando de los ancianos más indefensos de los barrios tradicionales; nuestra antes simpática y servicial Guàrdia Urbana se ha convertido en un vulgar cuerpo represivo sin otro valor añadido o, en otros sericios, en una cuadrilla de inoperantes, no tanto, imagino, por sus individuos, sino por las escasez de los mismos causada por los recortes presupuestarios a que ha obligado la megalomanía alcáldica; hablando de servicios, ha privatizado no sé cuantos y, como subsiguiente consecuencia, su calidad se ha desplomado; y, en fin, como ya se ha dicho muchas veces, ha convertido la ciudad en un parque temático a beneficio de los guiris de los cruceros y, muy sobre todo, de la peña hostelera del señor Gaspart que, en conjunto, ha amasado con Clos mayores fortunas que con las propias olimpiadas.
Esta es, en muy pocas palabras (porque hay que ver lo que me dejo), la perla que va a asir el timón de la industria española: un especialista en convertir a los trabajadores industriales en camareros.
Que no nos pase nada. No como internautas: como españoles necesitados de una industria potente y pujante.
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Bien, pues hasta aquí hemos llegado hoy, y no me parece poco para empezar. Me parece que en esta temporada que iniciamos habrá una buena cosecha de paellas interesantes: elecciones autonómicas en Catalunya a mediados de otoño, municipales y varias autonómicas en la primavera y... bueno, parecería que nada más, pero, aunque no es necesariamente probable tampoco es imposible que cerca del verano, a poco más medio año de agotar la legislatura, unos buenos resultados de las encuestas provocaran un pequeño adelanto electoral. O sea que si la clase política ya es asnal en condiciones normales -y más en los últimos tiempos- el espectáculo electoral puede proporcionarnos momentos verdaderamente colosales.
Estaremos atentos. Hasta el próximo jueves, primero que será del mes de septiembre y antepenúltimo del verano.
Último jueves y último día de agosto, 31, felicidades a todos los Ramones y Ramonas, y empezamos esta paella que certifica el fin de las vacaciones, del verano laboral, y que inicia la temporada de arroz incordiante 2006-2007.
Allá voy.
Nuevamente epidemia mediática, esta vez de malos tratos a mujeres, eso que llaman estúpidamente violencia de género (o de número o de caso). Así, por las buenas: todo es un problema de violencia con más o menos apellidos, como una pelea de taberna o como un atentado terrorista, qué más da, todo es violencia lo mismo. Lo políticamente correcto llega a convertir en estupidez extrema la cosa más seria cuando la envuelve con el asqueroso manto de ese lenguaje cursi (gramaticalmente incorrecto, además) constitutivo de un inmenso y sistemático eufemismo.
Nunca sabemos nada de las causas de fondo del asunto. Puede ser -en la inmensa mayoría de los casos se trata de familias desestructuradas previamente- una normativa de divorcio con más de un cuarto de siglo de indecorosa antigüedad que, siendo justa en aquel entonces y acorde con la realidad del momento, es hoy una barbaridad sostenida únicamente por la berrea incansable de un autodenominado -y falso- feminismo palurdo y, según sospecho, de un lobby abogadil que no le anda lejos; o podría ser -injusticia esencial aparte- que por más normativa de divorcio que haya, ésta es una institución sólo para ricos: hay que subir a rentas muy altas para que un divorcio, una simple separación, no suponga el traspaso por los dos cónyuges de la línea de la pobreza, da igual quien tenga que pagar o quién tenga que cobrar pensiones, porque con dos sueldos normales no hay quien sostenga dos casas cuando apenas se puede con una; también podría ser -además de lo anterior- que un porcentaje importante de los casos estuviera protagonizado por inmigrantes, pero insinuar tal cosa entra aún más de lleno en el orbe de lo políticamente incorrecto, pese a la evidencia del salvaje comportamiento de los hombres islámicos con la mujer en general y pese a la evidencia de la rudeza extrema de la relación hombre-mujer (en perjuicio de ésta, claro) en subculturas muy primarias como las de algunos países iberoamericanos. También resulta curioso que las ablaciones de clítoris (una plaga de la que no nos libramos, debe ser porque está toda la policía persiguiendo pederastas por Internet) no sean incluidas en las estadísticas de violencia de género. ¿Es que no constituyen, acaso, una agresión por razón de sexo, el femenino en este caso? Pero, claro, como se trata de una violencia directa y exclusivamente atribuible a población inmigrante, meditar sobre estas problemáticas en su correcto contexto debe ser algo así, como racista, facha, xenófobo o nazi y seguro que hasta engorda o tiene colesterol.
Total, que con esto pasa como con Internet: de pronto hay epidemias y nos da la impresión de que todo el país se levanta en bytes contra los menores o en armas contra las mujeres.
Y lo único que pasa es que es agosto, que los ánimos se encienden más fácilmente con el calor (esto parece que está demostrado), que en los meses de verano no se generan noticias serias (o sea, políticas) y que los gilipollas mediáticos titulares están de vacaciones, con lo que sus lugares están ocupados por gilipollas suplentes de menor cuantía locos por demostrar al mundo que, en materia de imbecilidad, a ellos no les gana nadie y pueden ser perfectamente titulares (lo que algunos, a la larga, logran).
De cualquier cosa son capaces menos de coger el problema por los cuernos y estudiarlo a fondo sin cogérsela con papel de fumar.
Este verano he hecho muchísima carretera, al menos para lo que acostumbro. El campamento de las niñas, que ha quedado mucho más lejos de lo habitual (en el límite mismo de la imposibilidad de ir a verlas en un simple fin de semana) y una Guipúzcoa que se caracteriza por una infinidad de pequeños pero interesantes lugares que conocer en breves visitas trazadas en circuitos por carretera, me han llevado a patearme cinco mil kilómetros en apenas un mes.
O sea que he comido mier... digo, carnet por puntos, a base de bien.
Bueno, en realidad el problema no está en el carnet por puntos. Eso es un método como cualquier otro, tan crackeable como cualquier otro: basta con tener mucha pasta y pagarle 300 euros por punto al listo que se va a hacer pasar por el infractor, o con pagarle las renovaciones de carnet de conducir al abuelo o, más simplemente, efectuarse compensaciones mutuas entre cónyuges o entre padres e hijos, beneficiando al que tenga el saldo más ajustado. Sin problemas para casi nadie: pagarán el pato, como siempre, los menos favorecidos por la fortuna, los que no dispongan de cincuenta mil de las viejas por punto para comprar, los hogares donde sólo haya un carnet de conducir y aquellos en los que el abuelo ya no pase la revisión médica ni siquiera con el cachondeo de sistema vigente establecido a beneficio de unos amiguetes concesionarios de las revisiones médicas; o sea, prácticamente los inmigrantes, el colectivo que cumple en mayor medida estas condiciones. Y si los picos o los tíos estos vestidos de requeté que van por el País Vasco o los barretineros de Tura quieren evitarlo, tendrán que cumplir la ley (y no torcerla a su antojo) y parar e identificar in situ al infractor, en vez de fotografiar en masa interpretando fraudulentamente la facultad que les confiere la normativa de soslayar la detención del vehículo cuando con ello pudiera ponerse en peligro la seguridad del tráfico.
El fastidio, la mierda, más que en el carnet por puntos reside en la estupidez infinita de las limitaciones de velocidad. Primero, en sí mismas. 120 km/h de velocidad máxima en una autopista es una canallada: incluso metiéndole el 10 por 100 de margen de que se dispone sin que salte el fotomatón del radar (recientemente rebajado: antes era del 15%); Francia, otro país que bien baila, limita su velocidad a 140 km/h que, con el margen del 10 por 100, lleva la cosa a unos razonables y amplios 150 km/h. Lo de las autovías es sangrante: 100 km/h en multitud de tramos. De las carreteras ni hablo, aunque estas sí que son de veras peligrosas teniendo en cuenta las negligencias constantes en materia de conservación y de señalización por parte de las administraciones públicas [in]competentes.
Y es que el problema no está solo en que las limitaciones de velocidad sean estúpidamente cortas, ni asimismo estúpidamente distribuidas, ni en que las cifras de mortalidad en tráfico estén estadística y groseramente trampeadas, como ya demostraron sobradamente Josu Mezo y Wonka a resultas de un artículo de «El Incordio» tras el ridículo de la Semana Santa pasada. El problema es que combinando todos los factores se logra un explosivo que habrá causado no pocos muertos, cuya composición es: en primer lugar, la excesiva atención al velocímetro, en detrimento de la atención a la carretera y al tráfico, en aquellos automóviles -la mayoría aún- que no tienen dispositivo de fijación automática de la velocidad; en segundo lugar, los apelotonamientos de vehículos en vías rápidas, todos clavaditos a 130 km/h (en autopista) circulando como bandadas de pájaros o como aviones en formación (pero los conductores no son pilotos de combate) intentando apurar patéticamente ese kilómetro por hora de más de seguridad sin radar para ver de adelantar a ese pesado que se mantiene a nuestra misma altura y no se mueve de ahí (eso ha sido una constante, en mi percepción, este verano; y la tercera, la mala leche -poco amiga de una conducción eficaz- que nos entra a todos los conductores cuando, sin ton ni son, nos encontramos limitaciones de velocidad absurdas en tramos en los que el trazado y el piso no justifican ese descenso respecto de la velocidad por omisión que la normativa permite en ese tipo de vía. En resumen, multitud de conductores en un estado de cagamento constante en quien todos sabemos.
Aparte de eso, el florecimiento estúpido de un negocio estúpido que vive de los estúpidos, como esos detectores de radar legales que, en realidad, no son tales detectores, sino simples visualizadores de una información que es pública, la ubicación de los radares fijos, combinados con un GPS para que el sistema nos diga que estamos cerca de uno. Entre otros defectos que no me voy a cansar enumerando, tiene el de que el aparatito -además de intrínsecamente impreciso- puede ser cegado por los de Tráfico el simple día que el director general esté de mal humor por un divieso en el culo y haga suprimir la información o, aún mejor, que la falsee para pillar in fraganti a unos cuantos detentadores de detectores; y entonces, comprador atontado, ve a reclamarle al maestro armero. ¿Comprendes por qué esos artilugios de ingeniería subnormal son legales?
Y espera a que empiece la temporada discotequera de verdad, en pleno invierno, y entonces a ver si hay cojones, con todo el carnet por puntos que se quiera, de comparar las cifras de mortalidad juvenil en carretera los fines de semana de antes con las de después. Por lo demás, las propias cifras oficiales -suponiéndolas ciertas... que vete a saber- tampoco están siendo tan espectaculares.
Como tampoco, a fuerza de habitual, es tan espectacular el puteo sistemático al ciudadano.
Nos acostábamos anteanoche con una noticia medio buena y medio mala como era la salida de Clos del Ayuntamiento de Barcelona para irse de titular al Ministerio de Industria. De la parte mala, según me temo, habremos de hablar largo y tendido en los próximos meses.
Vamos a la buena. Como decía yo anteayer, nos lo hemos (vaya, nos lo han) quitado de encima. Ocho o nueve larguísimos e inacabables años aguantando a este hombre nefasto para Barcelona a la perfecta altura de Porcioles (no sé si un milímetro más o un milímetro menos, pero por ahí). Y, vaya, hombre, es ahora cuando empiezan a salir plumitas entonando la canción de sus cagadas que sólo unos pocos -poquísimos y de a pie- habíamos osado escribir antes. Y aún así, sus cagadas no salen completas.
Veamos: sus dos fracasos, según la papelería de las últimas veinticuatro horas, han sido el Fòrum (Fòrrum, para los enemigos) y el agujero del Carmel y su catastrófica gestión política (¿y qué cabía esperar?) en la que hasta hubo incluso conatos de censura, como el famoso apagón informativo. Bueno, lo del Carmel, como catástrofe material y política es tan evidente que no ha necesitado nunca comentario alguno: el que ose decir que aquello pudo ser un éxito político de Clos está para que lo encierren, pero en un manicomio y con la camisa de fuerza bien ajustada. Lo del Fòrum tiene más mandanga. La palabra fracaso en ese ámbito nunca había sido pronunciada -en papeles de envergadura- hasta ayer. Lo sabíamos todos los ciudadanos, hasta el más lerdo; y nadie se tragó aquellas cuentas del Gran Capitán en las que resultaba que hasta se había ganado dinero, cuando todos sabemos que nuestros hijos, ahora menores, serán padres a su vez y aún seguirán pagando la deuda de ese monumento inane a la megalomanía de un alcalde desencadenado al que nadie se atrevió a poner tasa ni freno. Pero, hasta ayer, el tema se soslayaba.
Es grave. Es grave pero no es lo único. Ni lo peor. Lo peor es la pérdida tremenda de calidad de vida que hemos experimentado los barceloneses adicionalmente. Digo adicionalmente porque hay que sumarla al recorte en parecido sentido que hemos sufrido todos los españoles. Nuestros transportes públicos van como una mierda; las calles están sucias y descuidadas; las normas contra el incivismo (en mis tiempos se llamaba, redondamente, gamberrismo) sólo han servido para perseguir casi sanguinariamente a colectivos marginales que causaban un daño -cuando lo causaban- relativamente menor; se ha expulsado de la ciudad -encarecimiento brutal de la vivienda, falta de oportunidades...- a nuestros jóvenes, pero no a los jovencitos-jovencitos (a esos también les llegará el turno) sino a las parejas jóvenes que empiezan su vida y que con su exilio han privado a la ciudad -sin culpa alguna por parte de ellos, claro- de miles de barcelonesitos que hubieran impedido o paliado el envejecimiento brutal de nuestra población local, aunque también es verdad que esto está en vías de solución: los chacales inmobiliarios amigos de Clos se están encargando de los ancianos más indefensos de los barrios tradicionales; nuestra antes simpática y servicial Guàrdia Urbana se ha convertido en un vulgar cuerpo represivo sin otro valor añadido o, en otros sericios, en una cuadrilla de inoperantes, no tanto, imagino, por sus individuos, sino por las escasez de los mismos causada por los recortes presupuestarios a que ha obligado la megalomanía alcáldica; hablando de servicios, ha privatizado no sé cuantos y, como subsiguiente consecuencia, su calidad se ha desplomado; y, en fin, como ya se ha dicho muchas veces, ha convertido la ciudad en un parque temático a beneficio de los guiris de los cruceros y, muy sobre todo, de la peña hostelera del señor Gaspart que, en conjunto, ha amasado con Clos mayores fortunas que con las propias olimpiadas.
Esta es, en muy pocas palabras (porque hay que ver lo que me dejo), la perla que va a asir el timón de la industria española: un especialista en convertir a los trabajadores industriales en camareros.
Que no nos pase nada. No como internautas: como españoles necesitados de una industria potente y pujante.
Bien, pues hasta aquí hemos llegado hoy, y no me parece poco para empezar. Me parece que en esta temporada que iniciamos habrá una buena cosecha de paellas interesantes: elecciones autonómicas en Catalunya a mediados de otoño, municipales y varias autonómicas en la primavera y... bueno, parecería que nada más, pero, aunque no es necesariamente probable tampoco es imposible que cerca del verano, a poco más medio año de agotar la legislatura, unos buenos resultados de las encuestas provocaran un pequeño adelanto electoral. O sea que si la clase política ya es asnal en condiciones normales -y más en los últimos tiempos- el espectáculo electoral puede proporcionarnos momentos verdaderamente colosales.
Estaremos atentos. Hasta el próximo jueves, primero que será del mes de septiembre y antepenúltimo del verano.
martes, 29 de agosto de 2006
Dolor de tripa
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Una estupenda noticia: Clos se larga de Barcelona. Nos lo han quitado de encima por fin. Ya era hora. ¡¡¡Albricias!!!. Le sustituye uno que, muy apropiadamente, se llama Hereu (Heredero, en castellano). A ver cómo nos quedan las almorranas.
Una noticia fatal: Clos entra con mando en plaza en el Ministerio de Industria. Justo cuando empiezan las conversaciones con la $GAE y demás congéneres para el asunto del canon y justo cuando los internautas y las demas asociaciones de consumidores estamos pidiendo presencia en estas negociaciones. Aquí tenéis un adelanto de lo que puede ser el nuevo talante en Industria:

Ay, ay, ay...
Una estupenda noticia: Clos se larga de Barcelona. Nos lo han quitado de encima por fin. Ya era hora. ¡¡¡Albricias!!!. Le sustituye uno que, muy apropiadamente, se llama Hereu (Heredero, en castellano). A ver cómo nos quedan las almorranas.
Una noticia fatal: Clos entra con mando en plaza en el Ministerio de Industria. Justo cuando empiezan las conversaciones con la $GAE y demás congéneres para el asunto del canon y justo cuando los internautas y las demas asociaciones de consumidores estamos pidiendo presencia en estas negociaciones. Aquí tenéis un adelanto de lo que puede ser el nuevo talante en Industria:

Ay, ay, ay...
Autores y marcas
De la serie: «Correo ordinario»
Total, que estando yo por el marmitako y por la sidra (afortunadamente, no siempre a seis euros y medio), parece que un tal Ubago, uno de esos que [dicen que] canta, dijo algunas de las habituales tonterías del apropiacionismo cantachifle, la más cutre y habitual de las cuales es ese lloriqueo de «¡regulen Internet!». Nada importante, una de esas chorradas que suelta ese gremio habitualmente y a las que ya no deberíamos hacer ni caso (de hecho, no se lo hace casi nadie, salvo la ministra ¡ay! de Cultura).
Pero, claro, es verano, ferragosto pleno y, como cantaba Gardel (y ese no protestaba por piratería alguna, se limitaba a cantar bien y a trabajar mucho), el músculo duerme, la ambición descansa..., así que a falta de otras cosas más interesantes en las que andar, me entran al trapo nada menos que Enrique Dans y Víctor Domingo, el presi de la Asociación de Internautas. Tampoco son declaraciones de suma importancia: dejar en calzoncillos intelectuales al pobre Ubago no es labor ardua para un cociente mental normal.
Lo divertido del caso es que ACAM, el brazo tonto de la $GAE, se ha tomado la cosa por la tremenda y, por boca, boquita, bocaza de otro tal Juan José Castillo, gerente de la cosa esa (el Teodomiro debe estar de vacaciones o metido en la nevera envuelto en papel de aluminio, para conservarse mejor y no pasarse ya más de lo que está), ha arremetido contra nuestro presi al que atribuye nada menos que la culpabilidad de que los internautas españoles no tengamos un servicio más rápido y más barato. Imagino que se referirá a la banda ancha porque en la Asociación, por 24 eurillos al año, no sé qué más vamos a pedir.
Hombre, está bien. Cuando he regresado del País Vasco, he visto la lista de la AI bastante mortecina y el Castillo este la ha animado un poco y estamos echando unas risas a su costa. Por supuesto que no voy a caer en la tentación -que, por otra parte, no me acomete en absoluto- de defender las inocencias y las pericias de Víctor porque es que lo dicho por el tal Juanjo se cae solo. Ya digo, unas risas.
Pero, vaya, sí que me ha chocado la cosa esta que dice el tío ese sobre lo de no querer pagar su trabajo a no sé qué profesionales. No, no, te equivocas, Juanito: como muy bien decía hoy un compañero socio en la lista de la AI, el problema no está en que no queramos pagar a no sé quién por no sé qué trabajo, el problema está en que se nos obliga a pagar por un trabajo que no queremos o por un servicio que no nos interesa. ¿Ves? Si el Ubago este gana millones, como el otro profesional, el de los ricitos, por esa mierda que canta, a mí me parece muy bien, encantado de la vida, el mundo está lleno de gilipollas y me parece estupendo aprovecharse de ellos; pero, claro, no con mi dinero. Si yo no consumo eso que berrea, obviamente no quiero pagarle y no tengo por qué pagarle. Y la $GAE me obliga a pagarle. Eso es lo que no quiero. Como el bar de al lado de casa no me gusta, no entro en él y obviamente, no pago. A otros sí les gusta, entran y, claro, pagan por lo que se beben. Y todos contentos, así funciona el comercio: compro si quiero y lo que quiero; dejo de comprar -y, por supuesto, no pago- lo que no quiero.
Además, seamos claros, en la materia que tratamos, buscar un buen producto en el mercado presencial es una tontería y una pédida de tiempo y posiblemente de dinero. Hay buen producto, excelentísimo, pero no en los corteingleses y otras hierbas: está en la red y está en el directo. En la red hay gente que se busca la vida -y la va encontrando, modestamente, si se quiere, pero la va encontrando- pasando de discográficas multinacionales y poco a poco va teniendo éxito porque crea lo que quiere lo que le gusta, lo que siente, y eso, con un poco de valía, acaba siendo, inevitablemente, una buena obra (llámesele música, literatura, teatro...). Y ese mismo autor -autor de verdad, no un majadero prefabricado y ahora iré a ello- se gana razonablemente bien la vida en los conciertos, en el directo, conciertos cada vez más llenos porque los chicos de ahora cada vez quieren menos música en lata y más sensaciones y esos autores de verdad, esos que transmiten verdaderas sensaciones, que ofrecen verdadero arte, se dan a conocer en esa red que tanto odian los ubagos, los de los ricitos y los desertores del ladrillo. La lata está bien para ponerse unos auriculares en las orejas y no oir el ruido de los autobuses o de la propaganda electoral, pero para nada más. La música de verdad, la buena música, en concierto. Lo de los niñatos de porexpán, a la lata y tira que te va. Los conciertos de ésos son promocionales de la lata de la temporada y con más de la mitad del aforo regalado en concursos de sopicaldos o de radiofórmulas.
Ando estos últimos días vacacionales leyendo un libro de Lluís Bassat, «El libro rojo de las marcas», y, a medida que voy avanzando en el texto, a medida que Bassat (el indudable número uno español en la materia y uno de los grandes cracks mundiales de la misma) va desentrañando cómo se fabrica una marca, me resulta chocante la perfecta extrapolación del tema al mundo de las multinacionales discográficas. Efectivamente, todos estos cantachifles de ínfima cuantía, no tienen nada ni de creadores ni mucho menos de artistas: son eso, marcas, productos que, debidamente promocionados (excelentemente promocionados), arrojan un rendimiento a la empresa -esta sí- creadora. El nene de los tirabuzones no es un creador: es un creado. Y estas marcas, además, son caducas y eso también lo saben los verdaderos creadores del asunto: su duración es efímera, apenas los seis o siete años en que los teenagers a quienes se les han endilgado dejan de serlo. Incluso gente más seria que ha llegado a caer en esa dinámica -pienso, por ejemplo, en Hevia- acaba teniendo que volver a (y vivir de) sus orígenes -salvados los dividendos de la lata que, añadidos sobre todo al canon, pueden ser de caballo- porque su creación, de calidad en su origen, ha sido objeto y víctima de una moda efímera en la que, por tres o cuatro años, ha salido de sus cauces naturales por obra y gracia de la fabricación de fuegos fatuos discográficos. El libro de Bassat describe meridianamente el proceso de esa fabricación y también el de su caducidad, contra la cual hay remedio sólo en casos muy excepcionales; don Lluís sólo habla de coches, de televisores y de chocolates, pero todo ello, de pe a pa, es perfectamente extrapolable.
Así que, Juanito, muchacho, has perdido una ocasión de oro para callarte o, si no te podías contener, para al menos defender a los que se supone deberían ser tus auténticos beneficiarios: los artistas y creadores. Claro que mal irían éstos si te necesitaran a tí para defenderse. Se defienden solos y se hacen respetar solos trabajando -trabajando mucho-, haciendo bien su trabajo y, sobre todo, no yendo por el mundo diciendo tonterías. O sea, Juanito, muchacho, que tú sabrás a quién defiendes.
Yo también lo sé. Pero me lo callo.
Total, que estando yo por el marmitako y por la sidra (afortunadamente, no siempre a seis euros y medio), parece que un tal Ubago, uno de esos que [dicen que] canta, dijo algunas de las habituales tonterías del apropiacionismo cantachifle, la más cutre y habitual de las cuales es ese lloriqueo de «¡regulen Internet!». Nada importante, una de esas chorradas que suelta ese gremio habitualmente y a las que ya no deberíamos hacer ni caso (de hecho, no se lo hace casi nadie, salvo la ministra ¡ay! de Cultura).
Pero, claro, es verano, ferragosto pleno y, como cantaba Gardel (y ese no protestaba por piratería alguna, se limitaba a cantar bien y a trabajar mucho), el músculo duerme, la ambición descansa..., así que a falta de otras cosas más interesantes en las que andar, me entran al trapo nada menos que Enrique Dans y Víctor Domingo, el presi de la Asociación de Internautas. Tampoco son declaraciones de suma importancia: dejar en calzoncillos intelectuales al pobre Ubago no es labor ardua para un cociente mental normal.
Lo divertido del caso es que ACAM, el brazo tonto de la $GAE, se ha tomado la cosa por la tremenda y, por boca, boquita, bocaza de otro tal Juan José Castillo, gerente de la cosa esa (el Teodomiro debe estar de vacaciones o metido en la nevera envuelto en papel de aluminio, para conservarse mejor y no pasarse ya más de lo que está), ha arremetido contra nuestro presi al que atribuye nada menos que la culpabilidad de que los internautas españoles no tengamos un servicio más rápido y más barato. Imagino que se referirá a la banda ancha porque en la Asociación, por 24 eurillos al año, no sé qué más vamos a pedir.
Hombre, está bien. Cuando he regresado del País Vasco, he visto la lista de la AI bastante mortecina y el Castillo este la ha animado un poco y estamos echando unas risas a su costa. Por supuesto que no voy a caer en la tentación -que, por otra parte, no me acomete en absoluto- de defender las inocencias y las pericias de Víctor porque es que lo dicho por el tal Juanjo se cae solo. Ya digo, unas risas.
Pero, vaya, sí que me ha chocado la cosa esta que dice el tío ese sobre lo de no querer pagar su trabajo a no sé qué profesionales. No, no, te equivocas, Juanito: como muy bien decía hoy un compañero socio en la lista de la AI, el problema no está en que no queramos pagar a no sé quién por no sé qué trabajo, el problema está en que se nos obliga a pagar por un trabajo que no queremos o por un servicio que no nos interesa. ¿Ves? Si el Ubago este gana millones, como el otro profesional, el de los ricitos, por esa mierda que canta, a mí me parece muy bien, encantado de la vida, el mundo está lleno de gilipollas y me parece estupendo aprovecharse de ellos; pero, claro, no con mi dinero. Si yo no consumo eso que berrea, obviamente no quiero pagarle y no tengo por qué pagarle. Y la $GAE me obliga a pagarle. Eso es lo que no quiero. Como el bar de al lado de casa no me gusta, no entro en él y obviamente, no pago. A otros sí les gusta, entran y, claro, pagan por lo que se beben. Y todos contentos, así funciona el comercio: compro si quiero y lo que quiero; dejo de comprar -y, por supuesto, no pago- lo que no quiero.
Además, seamos claros, en la materia que tratamos, buscar un buen producto en el mercado presencial es una tontería y una pédida de tiempo y posiblemente de dinero. Hay buen producto, excelentísimo, pero no en los corteingleses y otras hierbas: está en la red y está en el directo. En la red hay gente que se busca la vida -y la va encontrando, modestamente, si se quiere, pero la va encontrando- pasando de discográficas multinacionales y poco a poco va teniendo éxito porque crea lo que quiere lo que le gusta, lo que siente, y eso, con un poco de valía, acaba siendo, inevitablemente, una buena obra (llámesele música, literatura, teatro...). Y ese mismo autor -autor de verdad, no un majadero prefabricado y ahora iré a ello- se gana razonablemente bien la vida en los conciertos, en el directo, conciertos cada vez más llenos porque los chicos de ahora cada vez quieren menos música en lata y más sensaciones y esos autores de verdad, esos que transmiten verdaderas sensaciones, que ofrecen verdadero arte, se dan a conocer en esa red que tanto odian los ubagos, los de los ricitos y los desertores del ladrillo. La lata está bien para ponerse unos auriculares en las orejas y no oir el ruido de los autobuses o de la propaganda electoral, pero para nada más. La música de verdad, la buena música, en concierto. Lo de los niñatos de porexpán, a la lata y tira que te va. Los conciertos de ésos son promocionales de la lata de la temporada y con más de la mitad del aforo regalado en concursos de sopicaldos o de radiofórmulas.
Ando estos últimos días vacacionales leyendo un libro de Lluís Bassat, «El libro rojo de las marcas», y, a medida que voy avanzando en el texto, a medida que Bassat (el indudable número uno español en la materia y uno de los grandes cracks mundiales de la misma) va desentrañando cómo se fabrica una marca, me resulta chocante la perfecta extrapolación del tema al mundo de las multinacionales discográficas. Efectivamente, todos estos cantachifles de ínfima cuantía, no tienen nada ni de creadores ni mucho menos de artistas: son eso, marcas, productos que, debidamente promocionados (excelentemente promocionados), arrojan un rendimiento a la empresa -esta sí- creadora. El nene de los tirabuzones no es un creador: es un creado. Y estas marcas, además, son caducas y eso también lo saben los verdaderos creadores del asunto: su duración es efímera, apenas los seis o siete años en que los teenagers a quienes se les han endilgado dejan de serlo. Incluso gente más seria que ha llegado a caer en esa dinámica -pienso, por ejemplo, en Hevia- acaba teniendo que volver a (y vivir de) sus orígenes -salvados los dividendos de la lata que, añadidos sobre todo al canon, pueden ser de caballo- porque su creación, de calidad en su origen, ha sido objeto y víctima de una moda efímera en la que, por tres o cuatro años, ha salido de sus cauces naturales por obra y gracia de la fabricación de fuegos fatuos discográficos. El libro de Bassat describe meridianamente el proceso de esa fabricación y también el de su caducidad, contra la cual hay remedio sólo en casos muy excepcionales; don Lluís sólo habla de coches, de televisores y de chocolates, pero todo ello, de pe a pa, es perfectamente extrapolable.
Así que, Juanito, muchacho, has perdido una ocasión de oro para callarte o, si no te podías contener, para al menos defender a los que se supone deberían ser tus auténticos beneficiarios: los artistas y creadores. Claro que mal irían éstos si te necesitaran a tí para defenderse. Se defienden solos y se hacen respetar solos trabajando -trabajando mucho-, haciendo bien su trabajo y, sobre todo, no yendo por el mundo diciendo tonterías. O sea, Juanito, muchacho, que tú sabrás a quién defiendes.
Yo también lo sé. Pero me lo callo.
De nuevo en casa
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Bueno, pues ya en casita de nuevo, después de unos estupendos días en el País Vasco (propiamente, Guipúzcoa), lejos de mi trabajo, lejos de la internete y lejos de todo lo cotidiano... ¡hasta la PDA agotó la batería y no me di ni cuenta!
Realmente, lo mejor que se puede decir de este pequeño viajecillo es que no hay novedades dignas de mención: todo ha salido como estaba previsto, sin prácticamente incidencias; y si alguien piensa que eso puede ser aburrido le contestaré que quizá, pero que es lo mejor para descansar.
Y así, he dedicado dos semanas a convivir con mi familia todas las horas del día, a gozar de la sidra y del txacolí, a disfrutar de unos pintxos alucinantes y a ponerme como el Quico de bacalao -mi pescado predilecto, con mucho- que esta gente vasca cocina como los ángeles; sin desdeñar pochas, chuletones, bonitos y demás delicias. Incluso entrar en una casa de comidas normal y pedir un menú normal es una delicia que me obliga a exigir enérgicamente la inmediata detención y condena por intoxicadores de todos los restauradores de diario de Barcelona (con muy pocas y compasivas excepciones).
Y todo ello rodeado de unos paisajes maravillosos que no me son extraños (aunque tiene sus propias peculiaridades, el paisaje guipuzcoano no es esencialmente distinto del cántabro o del asturiano) pero que le ubican a uno en algo que no debe ser muy distinto del mítico jardín del Edén. Y como siempre habrá quien retuerza el colmillo sarcástico, papeles cantan y ahí van pruebas fotográficas:
No me resisto, sin embargo, a comentar un par de marrones:
Primero: apropiacionismo en Vitoria
Fuimos a Vitoria -única visita no guipuzcoana- con el propósito principal de ver las obras de la Catedral. No lo conseguimos en primera instancia: hay que reservar plaza para las visitas, así que el primer día lo dedicamos a visitar la ciudad. Por cierto, hermosísima. Habiendo reservado plaza, volvimos a ese exclusivo fin dos días después y a fe que valió la pena: visitar las obras más de salvamento que propiamente de restauración de la Catedral es una experiencia interesantísima (y a quienes apasione la arquitectura, más todavía); además, tuvimos la suerte de ser guiados por una simpática licenciada en Bellas Artes, que sabía manera bien sabida. ¿Cuál fue pues el problema? Este: prohibido hacer fotos. Perdón: ¿prohibido hacer fotos de un monumento gótico del siglo XIV? ¿Quién se ha arrogado el derecho a esa sorprendente propiedad intelectual? ¿Con qué derecho? Bueno, pues así es. El apropiacionista es, en este caso, la Fundación Catedral Santa María, la cual puede considerarse receptora moral de dos potentes capones por apropiación cultural indebida.
Segundo: tiro al guiri en San Sebastián
Una cosa es que algo salga caro: ya se sabe que si hay demanda, la oferta se sube a la parra y cuando vas de forastero vas de pardillo, quieras que no. Otra cosa es que te timen redondamente. Aratz, el joven gerente de Oiharte, el alojamiento rural en el que hemos pasado estos días, nos dijo que una botella de sidra a 3,50 euros ya era muy cara y, efectivamente, esa fue la mayor clavada que sufrimos yendo por ahí: el precio habitual estaba entre cincuenta céntimos y un euro menos. Pues bien, anotad en vuestros cuadernos de precaución turística: el bar Ambrosio, en la plaza de la Constitución de San Sebastián, un establecimiento normalito del todo, que nadie se crea que es lo de Arzak, osa cobrar por una botella de sidra común y corriente... ¡¡6,50 euros!!. No encontré el trabuco ni la manta serrana, debía tenerlos el tío detrás del mostrador. Por cierto, que cuando le dije al empleado que este atraco lo contaría en Internet, me respondió, sin despeinarse ni nada, que le importaba una mierda. Así como suena. O sea que seguro que su contrato debe estar a punto de vencer.
Pero fueron, prácticamente, las dos únicas notas desagradables.
Así que, con las pilas bien recargadas, queridos asíduos, vuelvo a estar con vosotros listo para el combate. Y veo que no vamos a poder permanecer tranquilamente al ralentí hasta el lunes que viene (el de rentrée de verdad) porque en la red ya van pasando cosas y habrá que hablar de ellas.
Una pista: un tal Álex Ubago y la ACAM.
Bueno, pues ya en casita de nuevo, después de unos estupendos días en el País Vasco (propiamente, Guipúzcoa), lejos de mi trabajo, lejos de la internete y lejos de todo lo cotidiano... ¡hasta la PDA agotó la batería y no me di ni cuenta!
Realmente, lo mejor que se puede decir de este pequeño viajecillo es que no hay novedades dignas de mención: todo ha salido como estaba previsto, sin prácticamente incidencias; y si alguien piensa que eso puede ser aburrido le contestaré que quizá, pero que es lo mejor para descansar.
Y así, he dedicado dos semanas a convivir con mi familia todas las horas del día, a gozar de la sidra y del txacolí, a disfrutar de unos pintxos alucinantes y a ponerme como el Quico de bacalao -mi pescado predilecto, con mucho- que esta gente vasca cocina como los ángeles; sin desdeñar pochas, chuletones, bonitos y demás delicias. Incluso entrar en una casa de comidas normal y pedir un menú normal es una delicia que me obliga a exigir enérgicamente la inmediata detención y condena por intoxicadores de todos los restauradores de diario de Barcelona (con muy pocas y compasivas excepciones).
Y todo ello rodeado de unos paisajes maravillosos que no me son extraños (aunque tiene sus propias peculiaridades, el paisaje guipuzcoano no es esencialmente distinto del cántabro o del asturiano) pero que le ubican a uno en algo que no debe ser muy distinto del mítico jardín del Edén. Y como siempre habrá quien retuerza el colmillo sarcástico, papeles cantan y ahí van pruebas fotográficas:
No me resisto, sin embargo, a comentar un par de marrones:
Primero: apropiacionismo en Vitoria
Fuimos a Vitoria -única visita no guipuzcoana- con el propósito principal de ver las obras de la Catedral. No lo conseguimos en primera instancia: hay que reservar plaza para las visitas, así que el primer día lo dedicamos a visitar la ciudad. Por cierto, hermosísima. Habiendo reservado plaza, volvimos a ese exclusivo fin dos días después y a fe que valió la pena: visitar las obras más de salvamento que propiamente de restauración de la Catedral es una experiencia interesantísima (y a quienes apasione la arquitectura, más todavía); además, tuvimos la suerte de ser guiados por una simpática licenciada en Bellas Artes, que sabía manera bien sabida. ¿Cuál fue pues el problema? Este: prohibido hacer fotos. Perdón: ¿prohibido hacer fotos de un monumento gótico del siglo XIV? ¿Quién se ha arrogado el derecho a esa sorprendente propiedad intelectual? ¿Con qué derecho? Bueno, pues así es. El apropiacionista es, en este caso, la Fundación Catedral Santa María, la cual puede considerarse receptora moral de dos potentes capones por apropiación cultural indebida.
Segundo: tiro al guiri en San Sebastián
Una cosa es que algo salga caro: ya se sabe que si hay demanda, la oferta se sube a la parra y cuando vas de forastero vas de pardillo, quieras que no. Otra cosa es que te timen redondamente. Aratz, el joven gerente de Oiharte, el alojamiento rural en el que hemos pasado estos días, nos dijo que una botella de sidra a 3,50 euros ya era muy cara y, efectivamente, esa fue la mayor clavada que sufrimos yendo por ahí: el precio habitual estaba entre cincuenta céntimos y un euro menos. Pues bien, anotad en vuestros cuadernos de precaución turística: el bar Ambrosio, en la plaza de la Constitución de San Sebastián, un establecimiento normalito del todo, que nadie se crea que es lo de Arzak, osa cobrar por una botella de sidra común y corriente... ¡¡6,50 euros!!. No encontré el trabuco ni la manta serrana, debía tenerlos el tío detrás del mostrador. Por cierto, que cuando le dije al empleado que este atraco lo contaría en Internet, me respondió, sin despeinarse ni nada, que le importaba una mierda. Así como suena. O sea que seguro que su contrato debe estar a punto de vencer.
Pero fueron, prácticamente, las dos únicas notas desagradables.
Así que, con las pilas bien recargadas, queridos asíduos, vuelvo a estar con vosotros listo para el combate. Y veo que no vamos a poder permanecer tranquilamente al ralentí hasta el lunes que viene (el de rentrée de verdad) porque en la red ya van pasando cosas y habrá que hablar de ellas.
Una pista: un tal Álex Ubago y la ACAM.
jueves, 10 de agosto de 2006
Fin de temporada
De la serie: «Los jueves, paella»
Llevo estos días de vacaciones amodorradas, días previos al pequeño y breve viaje que constituirá la verdadera propuesta activa de este año, viviendo sin vivir en mí. No sé si me explico. Mi mujer empezó las vacaciones el lunes, pero yo entré ayer en la segunda semana. Y todo ha sido un tranquilo far niente con algo de lectura como aspecto más activo; por lo demás, seguir el proceso de urbanización de las niñas, que me volvieron completamente asilvestradas de un campamento en Navaleno (Soria) bastante durillo, pero ya se sabe lo que son los chicos: más dura es una actividad, más les entusiasma. Si muchos padres aborregados y abotargados en sus molicies y sus miedos lo supieran, de otro modo irían muchos jóvenes pero, en fin, que cada palo aguante su vela y si tienes guardia jódete.
Decía esto porque, entre otras inactividades, he estado siguiendo con cierto interés (¡pásmese el mundo!) en estas tardes de sesteo la reposición de una serie que TV3 emitió hace ya algunos años, no muchos, con el título «Temps de silenci» (Tiempo de silencio). A ver, seamos claros: es un folletín, no nos vamos a engañar. Pero un folletín con cierta clase, producido con medios (y con gusto, que la pasta no lo es todo), pelín sectario a ratos, pero bien conectado con la realidad de otros tiempos que pretende -y consigue- retratar razonablemente bien. Es la historia de una familia burguesota a modo (fábrica textil fundada por el abuelo patriarca cien años antes) desde la República hasta la transición, con sus luces -a veces de oropel- y sus sombras, no pocas veces dramáticas o, si se quiere, un tanto putrefactas.
Pero hay cosas que fotografía muy bien y que conmigo han conectado mucho. Como, por ejemplo, lo de la torreta (chalecito, casita de campo) como eje difuso pero siempre presente alrededor del cual hacen girar los acontecimientos. Aunque mi familia no procede de esa tan alta burguesía, por parte de padre -por parte, pues, catalana- no desciende tampoco de la estricta clase obrera (como sí la materna, la asturiana) y mi abuelo pudo realizar a principios de los 50 aquel viejo sueño que Macià concretó como propuesta muchísimos años antes con aquello de la caseta i l'hortet y, desde aquel entonces, en mi familia hubo torreta. Con los años, mis padres tuvieron torreta propia, pero ese ya fue más un signo del desarrollismo español que de la sociedad catalana tradicional propiamente...
Mis primeros recuerdos infantiles -hasta los siete u ocho años, escasamente-, recuerdos de verdad, firmes, no vaguedades de la memoria, tienen mucho que ver con aquella torreta primigenia del abuelo y casi más que mis estancias allí recuerdo con especial cariño la ilusión con que vivía los días previos a la marcha hacia Cabrils, donde estaba ubicada, ilusión sólo equiparable a la de los días previos a la marcha anual a Asturias. Recuerdo aquellos trenes de RENFE, verdes y plateados, entonces nuevos y alucinantes o aquellos autocares de la «Empresa Casas» (creo que todavía existe, no lo sé seguro) alguno de los cuales, incluso en aquel entonces, parecía ciertamente una guagua más bien tirando a cutre. O recuerdo aquel bache espantoso (años, tardó el Ayuntamiento en adecentarlo un poco) en el que mi padre siempre, siempre, siempre calaba el coche (un flamante «Dauphine») hasta que por fin aprendió a sortearlo limpiamente y, desde entonces, cada vez que pasábamos el dichoso bache sin novedad gritábamos todos un estentóreo «¡salvadoooooos!». Cuando voy a Cabrils, muy de cuando en cuando -la torreta sigue en manos de la familia, aunque ya no de mi rama-, siempre recuerdo el bache, ya inexistente pero que aún sabría situar con precisión casi milimétrica. Entonces les digo a mis hijas: «cuando yo era niño, esto era el salvados» y a través del retrovisor veo sus caras de estar tomándome por un orate. Quizá lo sea, en esos ratos...
«Temps de silenci» me ha evocado aquella torreta de mi infancia y me ha hecho gracia; quizá por eso le he sido relativamente fiel estas tardes (unas pocas, de hecho: desde que descubrí su reposición ya un poco adentrada la serie) a algo que Ignacio Agustí, con su tetralogía «La ceniza fue árbol», hizo un millón de veces mejor con un ingrediente llamado genio.
Porque, no habiendo genio, sólo algo así, una cierta nostalgia -si así podemos llamar al recreo de unos pocos recuerdos sin mayor importancia que la intrínseca- podría devolverme, fugazmente, por un escaso par de horas durante unos pocos días, a la jodida televisión.
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Galicia ha ardido e iba a decir aquello de «nadie sabe cómo ha sido», pero yo me barrunto que sí, que sí se sabe cómo ha sido. Voy a ser prudente porque cuando una realidad no se conoce a fondo es mejor no andar aventurando cosas.
Es verdad que Galicia no responde exactamente a la configuración del resto del norte de España. Dentro de sus evidentes diferencias, hay una cierta homogeneidad -cuando menos, paisajística- entre el País Vasco, Cantabria y Asturias. No hace falta propiamente conocerlas: basta, simplemente, con recorrerlas por carretera. Cuando se cruza la ría de Navia, sin embargo, el cambio es mucho más rotundo y la homogeneidad se rompe. Galicia es claramente diferente. Pero tampoco es normal que Galicia arda igual -o frecuentemente, peor- que el propio bosque mediterráneo en el que, por más que digan, el fuego forma parte del medio ambiente desde que existe la memoria humana; Galicia goza de temperaturas muchísimo más suaves -aunque a veces, como en todas partes, haya picos levantiscos- y Galicia no sufre -cuando menos en la medida mediterránea, ni de lejos- sequías tremendas.
Y si en los incendios del bosque mediterráneo hay mano humana de hijo de puta con demasiada frecuencia, lo de Galicia, vamos, es que hasta huele.
Demasiado hijo de puta como para que sea... natural. Toda sociedad tiene un porcentaje determinado de dementes y de cabrones patológicos que ya sabemos que hay que sufrir; no veo qué causa podría haber para que en Galicia ese porcentaje se subiera por las nubes, así que alguna otra causa debe haber. Y creo firmemente que la hay. Y creo firmemente que por allá lo saben. Estoy convencido de que por allá todo el mundo sabe quién, cómo y por qué (y quizá, sobre todo, por cuenta de quién) porque no es posible que año tras año arda media región de manera verdaderamente pavorosa y nadie haya visto nunca nada, teniendo en cuenta, además, la dispersión de la población en pequeños núcleos en los que todo el mundo conoce a todo el mundo. Quizá ahí esté el mal. Galicia -aparte de a quemado- huele a omertà, a mafiosa ley del silencio. Conviene no olvidar que Galicia mantiene vigente el caciquismo más cafre aún en mucha mayor medida que Andalucía o Extremadura, lugares en que todo se ventila entre una duquesa y dos marqueses; no: en Galicia hay mucho menos título nobiliario pero mucho más cabrón de paisano. Luego hasta que se rompa la omertà, Galicia arderá por los cuatro costados sin que pueda hacerse prácticamente nada.
Pero, claro, esta situación no es nueva: existe desde hace montones de años. Por eso da verdadero asco oir a los políticos acusarse unos a otros de la situación, como si lo de los incendios sólo sucediera con los otros. No se avergüenzan de que, otra vez, como en la época del chapapote, tengan que ir voluntarios a sacar las castañas del fuego (nunca mejor dicho, desgraciadamente) porque los recursos públicos no dan para más; pero que, después de ello, vuelva el miedo, el silencio ominoso y la situación se perpetúe. Tal es el grado de venalidad de los políticos -de todos ellos- que da igual que los intereses sean de grandes corporaciones o de pequeños padrinos infectos: no hay manera de cortar por lo sano. Ni con unos, ni con otros. Estamos completamente inermes y en manos de esa gentuza.
¡Qué asco, por Dios, qué asco!
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Bueno, pues la paella se va de vacaciones. No habrá arroz ni el próximo jueves 17 ni el 24. Sí, probablemente, el jueves 31, festividad de San Ramón Nonato, una onomástica que celebran muchos catalanes, ya que es un patronímico muy propio de estos pagos. Tampoco al «Incordio» le queda ya mucha gasolina. No quiero declararlo ya cerrado por vacaciones, pero casi podría hacerlo, aunque prefiero reservarlo para algún improbable apunte de última hora.
Me espera el País Vasco, donde acamparé en un alojamiento rural de la comarca de Goierri, que me ha sido unánimemente descrita como de una gran hermosura. No me sorprende nada: todo el norte de España es un paraíso natural aunque haya sido mi Asturias la que se haya apropiado publicitariamente del calificativo. Y allí, con la única salvedad del martes 15, en que tendré una intervención telefónica en COM Ràdio a las once y algo de la mañana, desconectaré de administraciones públicas, interneses, foros, correo electrónico y de todo y me entregaré al tapiz verde del paisaje, al mar, al chuletón, a la sidra, al besugo a la parrilla, al bacalao y a no sé cuantas cosas más que los vascos confeccionan como los mismos ángeles.
A la vuelta os lo ilustro.
Que tengáis -los que podáis- unas felices vacaciones y un verano reposado. Un abrazo a todos.
Llevo estos días de vacaciones amodorradas, días previos al pequeño y breve viaje que constituirá la verdadera propuesta activa de este año, viviendo sin vivir en mí. No sé si me explico. Mi mujer empezó las vacaciones el lunes, pero yo entré ayer en la segunda semana. Y todo ha sido un tranquilo far niente con algo de lectura como aspecto más activo; por lo demás, seguir el proceso de urbanización de las niñas, que me volvieron completamente asilvestradas de un campamento en Navaleno (Soria) bastante durillo, pero ya se sabe lo que son los chicos: más dura es una actividad, más les entusiasma. Si muchos padres aborregados y abotargados en sus molicies y sus miedos lo supieran, de otro modo irían muchos jóvenes pero, en fin, que cada palo aguante su vela y si tienes guardia jódete.
Decía esto porque, entre otras inactividades, he estado siguiendo con cierto interés (¡pásmese el mundo!) en estas tardes de sesteo la reposición de una serie que TV3 emitió hace ya algunos años, no muchos, con el título «Temps de silenci» (Tiempo de silencio). A ver, seamos claros: es un folletín, no nos vamos a engañar. Pero un folletín con cierta clase, producido con medios (y con gusto, que la pasta no lo es todo), pelín sectario a ratos, pero bien conectado con la realidad de otros tiempos que pretende -y consigue- retratar razonablemente bien. Es la historia de una familia burguesota a modo (fábrica textil fundada por el abuelo patriarca cien años antes) desde la República hasta la transición, con sus luces -a veces de oropel- y sus sombras, no pocas veces dramáticas o, si se quiere, un tanto putrefactas.
Pero hay cosas que fotografía muy bien y que conmigo han conectado mucho. Como, por ejemplo, lo de la torreta (chalecito, casita de campo) como eje difuso pero siempre presente alrededor del cual hacen girar los acontecimientos. Aunque mi familia no procede de esa tan alta burguesía, por parte de padre -por parte, pues, catalana- no desciende tampoco de la estricta clase obrera (como sí la materna, la asturiana) y mi abuelo pudo realizar a principios de los 50 aquel viejo sueño que Macià concretó como propuesta muchísimos años antes con aquello de la caseta i l'hortet y, desde aquel entonces, en mi familia hubo torreta. Con los años, mis padres tuvieron torreta propia, pero ese ya fue más un signo del desarrollismo español que de la sociedad catalana tradicional propiamente...
Mis primeros recuerdos infantiles -hasta los siete u ocho años, escasamente-, recuerdos de verdad, firmes, no vaguedades de la memoria, tienen mucho que ver con aquella torreta primigenia del abuelo y casi más que mis estancias allí recuerdo con especial cariño la ilusión con que vivía los días previos a la marcha hacia Cabrils, donde estaba ubicada, ilusión sólo equiparable a la de los días previos a la marcha anual a Asturias. Recuerdo aquellos trenes de RENFE, verdes y plateados, entonces nuevos y alucinantes o aquellos autocares de la «Empresa Casas» (creo que todavía existe, no lo sé seguro) alguno de los cuales, incluso en aquel entonces, parecía ciertamente una guagua más bien tirando a cutre. O recuerdo aquel bache espantoso (años, tardó el Ayuntamiento en adecentarlo un poco) en el que mi padre siempre, siempre, siempre calaba el coche (un flamante «Dauphine») hasta que por fin aprendió a sortearlo limpiamente y, desde entonces, cada vez que pasábamos el dichoso bache sin novedad gritábamos todos un estentóreo «¡salvadoooooos!». Cuando voy a Cabrils, muy de cuando en cuando -la torreta sigue en manos de la familia, aunque ya no de mi rama-, siempre recuerdo el bache, ya inexistente pero que aún sabría situar con precisión casi milimétrica. Entonces les digo a mis hijas: «cuando yo era niño, esto era el salvados» y a través del retrovisor veo sus caras de estar tomándome por un orate. Quizá lo sea, en esos ratos...
«Temps de silenci» me ha evocado aquella torreta de mi infancia y me ha hecho gracia; quizá por eso le he sido relativamente fiel estas tardes (unas pocas, de hecho: desde que descubrí su reposición ya un poco adentrada la serie) a algo que Ignacio Agustí, con su tetralogía «La ceniza fue árbol», hizo un millón de veces mejor con un ingrediente llamado genio.
Porque, no habiendo genio, sólo algo así, una cierta nostalgia -si así podemos llamar al recreo de unos pocos recuerdos sin mayor importancia que la intrínseca- podría devolverme, fugazmente, por un escaso par de horas durante unos pocos días, a la jodida televisión.
Galicia ha ardido e iba a decir aquello de «nadie sabe cómo ha sido», pero yo me barrunto que sí, que sí se sabe cómo ha sido. Voy a ser prudente porque cuando una realidad no se conoce a fondo es mejor no andar aventurando cosas.
Es verdad que Galicia no responde exactamente a la configuración del resto del norte de España. Dentro de sus evidentes diferencias, hay una cierta homogeneidad -cuando menos, paisajística- entre el País Vasco, Cantabria y Asturias. No hace falta propiamente conocerlas: basta, simplemente, con recorrerlas por carretera. Cuando se cruza la ría de Navia, sin embargo, el cambio es mucho más rotundo y la homogeneidad se rompe. Galicia es claramente diferente. Pero tampoco es normal que Galicia arda igual -o frecuentemente, peor- que el propio bosque mediterráneo en el que, por más que digan, el fuego forma parte del medio ambiente desde que existe la memoria humana; Galicia goza de temperaturas muchísimo más suaves -aunque a veces, como en todas partes, haya picos levantiscos- y Galicia no sufre -cuando menos en la medida mediterránea, ni de lejos- sequías tremendas.
Y si en los incendios del bosque mediterráneo hay mano humana de hijo de puta con demasiada frecuencia, lo de Galicia, vamos, es que hasta huele.
Demasiado hijo de puta como para que sea... natural. Toda sociedad tiene un porcentaje determinado de dementes y de cabrones patológicos que ya sabemos que hay que sufrir; no veo qué causa podría haber para que en Galicia ese porcentaje se subiera por las nubes, así que alguna otra causa debe haber. Y creo firmemente que la hay. Y creo firmemente que por allá lo saben. Estoy convencido de que por allá todo el mundo sabe quién, cómo y por qué (y quizá, sobre todo, por cuenta de quién) porque no es posible que año tras año arda media región de manera verdaderamente pavorosa y nadie haya visto nunca nada, teniendo en cuenta, además, la dispersión de la población en pequeños núcleos en los que todo el mundo conoce a todo el mundo. Quizá ahí esté el mal. Galicia -aparte de a quemado- huele a omertà, a mafiosa ley del silencio. Conviene no olvidar que Galicia mantiene vigente el caciquismo más cafre aún en mucha mayor medida que Andalucía o Extremadura, lugares en que todo se ventila entre una duquesa y dos marqueses; no: en Galicia hay mucho menos título nobiliario pero mucho más cabrón de paisano. Luego hasta que se rompa la omertà, Galicia arderá por los cuatro costados sin que pueda hacerse prácticamente nada.
Pero, claro, esta situación no es nueva: existe desde hace montones de años. Por eso da verdadero asco oir a los políticos acusarse unos a otros de la situación, como si lo de los incendios sólo sucediera con los otros. No se avergüenzan de que, otra vez, como en la época del chapapote, tengan que ir voluntarios a sacar las castañas del fuego (nunca mejor dicho, desgraciadamente) porque los recursos públicos no dan para más; pero que, después de ello, vuelva el miedo, el silencio ominoso y la situación se perpetúe. Tal es el grado de venalidad de los políticos -de todos ellos- que da igual que los intereses sean de grandes corporaciones o de pequeños padrinos infectos: no hay manera de cortar por lo sano. Ni con unos, ni con otros. Estamos completamente inermes y en manos de esa gentuza.
¡Qué asco, por Dios, qué asco!
Bueno, pues la paella se va de vacaciones. No habrá arroz ni el próximo jueves 17 ni el 24. Sí, probablemente, el jueves 31, festividad de San Ramón Nonato, una onomástica que celebran muchos catalanes, ya que es un patronímico muy propio de estos pagos. Tampoco al «Incordio» le queda ya mucha gasolina. No quiero declararlo ya cerrado por vacaciones, pero casi podría hacerlo, aunque prefiero reservarlo para algún improbable apunte de última hora.
Me espera el País Vasco, donde acamparé en un alojamiento rural de la comarca de Goierri, que me ha sido unánimemente descrita como de una gran hermosura. No me sorprende nada: todo el norte de España es un paraíso natural aunque haya sido mi Asturias la que se haya apropiado publicitariamente del calificativo. Y allí, con la única salvedad del martes 15, en que tendré una intervención telefónica en COM Ràdio a las once y algo de la mañana, desconectaré de administraciones públicas, interneses, foros, correo electrónico y de todo y me entregaré al tapiz verde del paisaje, al mar, al chuletón, a la sidra, al besugo a la parrilla, al bacalao y a no sé cuantas cosas más que los vascos confeccionan como los mismos ángeles.
A la vuelta os lo ilustro.
Que tengáis -los que podáis- unas felices vacaciones y un verano reposado. Un abrazo a todos.
miércoles, 9 de agosto de 2006
Trabajo de chinos
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Debo reconocer que, aparte de la gloria mediática, esto de hablar por radio -o por tele, lo mismo da, para el caso- es útil para la reflexión. Cuando voy a un medio, y ya dejando aparte la muy importante cuestión de que no voy casi nunca por mí mismo sino como representante de la AI o de Hispalinux, no puedo caer en las ondas con «El Incordio» en ristre: a las once de la mañana o a las siete de la tarde podría arrasar las meninges de un montón de marujitas y de otros seres bienpensantes. Prudencia, pues...
Ayer, precisamente, en COM Ràdio, emisora en la que estoy interviniendo todos los martes vacacionales en horas de desayuno de perezoso, se suscitó el tema del pobre chino que ha dado con sus huesos en una cárcel que supongo bastante infecta como consecuencia de un soplo de Yahoo. Evidentemente, la tentación de practicar con un micrófono delante mi deporte favorito, esto es, leña a las grandes corporaciones, era enorme, pero pensé que todas las colegialas del país se iban a caer de culo como yo acusara a su amable suministrador de mensajería instantánea (porque M$N no se hubiera librado, por supuestísimo) poco menos que de crímenes contra la Humanidad. Y, después de todo, la cosa no es que tenga atenuantes, en absoluto, pero sí explicaciones. Veamos alguna...
China tiene mil y pico millones de habitantes que crecen, no exageraré diciendo que exponencialmente, pero sí a marchas forzadas (tres hurras por las políticas forzosas de control de la natalidad: so inútiles). Y China es un país en plena y fulgurante eclosión económica. O sea que China es un mercado de tente y no te menees. En materia de tecnología de consumo, ahora mismo mercados importantes sólo hay tres y medio: el norteamericano, el europeo, el nipocoreano y el medio que es el hispanoamericano (ya veremos dentro de unos años, pero hoy por hoy es sólo medio); China sería el cuarto... ordinalmente pero si esto sigue así, va camino de ser el primerísimo.
Estando en estas, es muy difícil pedir a grandes empresas multinacionales que tienen que sostener crecimientos enormes de año en año (o exponerse al derrumbamiento súbito del valor de sus acciones) que soslayen un mercado como el chino. Podrían hacerlo, seguramente, si todas se pusieran de acuerdo pero... ¿es posible este acuerdo? Y, siéndolo... ¿cuánto tardarían en crearse otras empresas que fueran como lobos a cubrir ese agujero? No, no es realista: si hay demanda, tarde o temprano aparecerá la oferta por cualquier costura; si hay un mercado, van todos a por él como leones y punto.
Claro, resulta que este mercado está regulado por una dictadura, por una dictadura que, como todas las demás, no respeta nada y hace lo que le sale de los cataplines amparándose en la muy inteligible, fulminante y generalmente respetadísima ley del pelotón de ejecución. Por tanto, esa dictadura impone unas normas: o las respetas o estás fuera del mercado que controla pistola en mano. Y esas normas no se sujetan a los principios generales del derecho sino a los principios que le salen a cada momento de los cataplines a una gerontocracia anquilosada y dueña de las articulaciones administrativas del Estado, es decir, del poder, de la burocracia. Lo que hoy no esta prohibido, mañana lo está por los cataplines mencionados; lo que mañana no está limitado, lo estará la semana que viene por el mismo procedimiento.
Y las empresas -Google, Micro$oft, Yahoo...- achantan la mui. No es que las justifique, en absoluto: los derechos humanos no entienden de bolsa y, por tanto, el Tribunal penal internacional debería pedir responsabilidades a los ejecutivos de estas empresas por complicidad en crímenes contra la Humanidad (cosa que no sucederá nunca, aunque debiera: pero ya sabemos cómo funciona el mundo). Sin embargo, con todas las responsabilidades que se quieran por parte de las empresas, lo que no debemos olvidar es que el verdadero criminal, el verdadero genocida, no es otro que el gobierno chino, o el régimen chino, como se prefiera, porque llega un momento en que nunca se sabe cuál es causa y cuál es efecto. Las empresas, en un entorno, digamos, democrático, cometen un sinfín de cabronadas y, desde luego, no tienen escrúpulos, pero saben muy bien dónde está el límite: en su cliente, en la gallina de los huevos de oro. Lo demostró Google cuando, en los Estados Unidos, se enfrentó al poder en defensa no de la vida ni de la libertad (en el sentido material) de sus clientes, sino de su simple intimidad.
Es lo mínimo que puede esperarse, aunque sepamos de una serie de empresas que creen que van a sobrevivir machacando, agrediendo y jodiendo a sus clientes.
Pero esa es otra canción (sin canon).
Debo reconocer que, aparte de la gloria mediática, esto de hablar por radio -o por tele, lo mismo da, para el caso- es útil para la reflexión. Cuando voy a un medio, y ya dejando aparte la muy importante cuestión de que no voy casi nunca por mí mismo sino como representante de la AI o de Hispalinux, no puedo caer en las ondas con «El Incordio» en ristre: a las once de la mañana o a las siete de la tarde podría arrasar las meninges de un montón de marujitas y de otros seres bienpensantes. Prudencia, pues...
Ayer, precisamente, en COM Ràdio, emisora en la que estoy interviniendo todos los martes vacacionales en horas de desayuno de perezoso, se suscitó el tema del pobre chino que ha dado con sus huesos en una cárcel que supongo bastante infecta como consecuencia de un soplo de Yahoo. Evidentemente, la tentación de practicar con un micrófono delante mi deporte favorito, esto es, leña a las grandes corporaciones, era enorme, pero pensé que todas las colegialas del país se iban a caer de culo como yo acusara a su amable suministrador de mensajería instantánea (porque M$N no se hubiera librado, por supuestísimo) poco menos que de crímenes contra la Humanidad. Y, después de todo, la cosa no es que tenga atenuantes, en absoluto, pero sí explicaciones. Veamos alguna...
China tiene mil y pico millones de habitantes que crecen, no exageraré diciendo que exponencialmente, pero sí a marchas forzadas (tres hurras por las políticas forzosas de control de la natalidad: so inútiles). Y China es un país en plena y fulgurante eclosión económica. O sea que China es un mercado de tente y no te menees. En materia de tecnología de consumo, ahora mismo mercados importantes sólo hay tres y medio: el norteamericano, el europeo, el nipocoreano y el medio que es el hispanoamericano (ya veremos dentro de unos años, pero hoy por hoy es sólo medio); China sería el cuarto... ordinalmente pero si esto sigue así, va camino de ser el primerísimo.
Estando en estas, es muy difícil pedir a grandes empresas multinacionales que tienen que sostener crecimientos enormes de año en año (o exponerse al derrumbamiento súbito del valor de sus acciones) que soslayen un mercado como el chino. Podrían hacerlo, seguramente, si todas se pusieran de acuerdo pero... ¿es posible este acuerdo? Y, siéndolo... ¿cuánto tardarían en crearse otras empresas que fueran como lobos a cubrir ese agujero? No, no es realista: si hay demanda, tarde o temprano aparecerá la oferta por cualquier costura; si hay un mercado, van todos a por él como leones y punto.
Claro, resulta que este mercado está regulado por una dictadura, por una dictadura que, como todas las demás, no respeta nada y hace lo que le sale de los cataplines amparándose en la muy inteligible, fulminante y generalmente respetadísima ley del pelotón de ejecución. Por tanto, esa dictadura impone unas normas: o las respetas o estás fuera del mercado que controla pistola en mano. Y esas normas no se sujetan a los principios generales del derecho sino a los principios que le salen a cada momento de los cataplines a una gerontocracia anquilosada y dueña de las articulaciones administrativas del Estado, es decir, del poder, de la burocracia. Lo que hoy no esta prohibido, mañana lo está por los cataplines mencionados; lo que mañana no está limitado, lo estará la semana que viene por el mismo procedimiento.
Y las empresas -Google, Micro$oft, Yahoo...- achantan la mui. No es que las justifique, en absoluto: los derechos humanos no entienden de bolsa y, por tanto, el Tribunal penal internacional debería pedir responsabilidades a los ejecutivos de estas empresas por complicidad en crímenes contra la Humanidad (cosa que no sucederá nunca, aunque debiera: pero ya sabemos cómo funciona el mundo). Sin embargo, con todas las responsabilidades que se quieran por parte de las empresas, lo que no debemos olvidar es que el verdadero criminal, el verdadero genocida, no es otro que el gobierno chino, o el régimen chino, como se prefiera, porque llega un momento en que nunca se sabe cuál es causa y cuál es efecto. Las empresas, en un entorno, digamos, democrático, cometen un sinfín de cabronadas y, desde luego, no tienen escrúpulos, pero saben muy bien dónde está el límite: en su cliente, en la gallina de los huevos de oro. Lo demostró Google cuando, en los Estados Unidos, se enfrentó al poder en defensa no de la vida ni de la libertad (en el sentido material) de sus clientes, sino de su simple intimidad.
Es lo mínimo que puede esperarse, aunque sepamos de una serie de empresas que creen que van a sobrevivir machacando, agrediendo y jodiendo a sus clientes.
Pero esa es otra canción (sin canon).
martes, 8 de agosto de 2006
Social a tope
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Veo poca tele. Porque no me gusta, por supuesto. Pero, sobre todo, porque ni en vacaciones tengo mucho tiempo que dedicarle. Con media docena de libros aún pendientes de leer, a la tele le queda poco lugar por más que mi actividad en la bitácora haya bajado algo (o bastante, según se mire). Pero algo veo. Aunque no me creo nada -pero nada-nada ¿eh?- suelo ver los telediarios mientras cenamos; ninguno en particular: el que cae primero sin hablar de deportes. Y, como todo el mundo sabe, desde hace unos años, los telediarios sufren interrupciones publicitarias (¡qué apropiado, lo de sufrir..!).
Por este lado me estoy dando cuenta de que la entidad que más a saco nos saca la pasta a los catalanes -y a un buen mordisco de entre el resto de españoles-, o sea, la Caixa, anda haciendo muy insistentemente publicidad de su obra social. Qué buenas son las hermanas dominicas, qué buenas son que nos llevan de paseo, qué buenas son que nos llevan de excursión. Chin pon.
Cuando la santa ira de las Españas irredentas se cebó contra los catalanes por la OPA de Gas Natural (por cierto, de la Caixa) a ENDESA y después por la coña marinera del estatut este que ha aprobado el setenta por ciento de la mitad de los catalanes, se habló de boicots. Se habló, faltaría más, es recurrente, de boicot al cava, pero se habló también de boicot a la Caixa. Como no hubo noticias al respecto -los medios de comunicación independientes mudos, muditos, los tíos- se desataron los rumores, de acuerdo con los cuales la gente de fuera de Cataluña estaría cancelando sus cuentas de la Caixa prácticamente en masa, para gozo y gloria de otras entidades como, por principal ejemplo, y siempre según los rumores, de Caja Madrid.
La publicidad esta caritativa y social me hace oler que el problema ha llegado a Cataluña, donde la antipatía hacia la Caixa es creciente entre la ciudadanía (basta con escuchar conversaciones en cualquier parte: el bar, el autobús...) y, además, está perdiendo competitividad a marchas forzadas. Ya le fracasó hace unos pocos años el proyecto de tarjeta monedero y fracasó porque los comerciantes respondieron que esta ya se la habían hecho y que ya estaban hartos de que todo el comercio de Cataluña tuviera a la Caixa por socio forzoso a más o menos el cinco por ciento de media con la coña de las tarjetas de crédito. Es mucho -sobre todo para los pequeños comerciantes, que poco pueden negociar- que se les lleven un tres o un cinco por ciento de la facturación, quizá más (las casas de putas se dice que van al quince).
La bulimia recaudatoria de la Caixa ha hecho carne viva en toda la ciudadanía cliente (que es muchísima) y es ya proverbial la brutalidad de sus comisiones y honorarios. Tanto es así que cuando un ciudadano poco al loro de los temas internáuticos me pregunta qué es la $GAE y no tengo tiempo para grandes explicaciones, le contesto que es algo así como la Caixa, pero con la música. Mi interlocutor comprende la situación en una fracción de segundo.
Pero es que, además, la Caixa ya va siendo desde hace un tiempo poco competitiva: sus hipotecas están entre las más caras del mercado, sus planes y fondos dan pena (yo me dejé enredar en uno que en diez años me ha dado un interés acumulado inferior al 1,8%), propina unos garrotazos acojonantes por las tarjetas y sus comisiones de gestión son de tente y no te menees. Un ejemplo propio y muy reciente: en la única cuenta que aún tenemos en casa -la de la hipoteca: no nos sale a cuenta ya novarla en otra entidad- ordené la devolución de un recibo de una entidad cuyo domicilio es para mí desconocido -no puedo, pues, darme de baja de esa entidad en condiciones razonablemente normales- y di de baja la domiciliación misma. Ojo: a través de Internet. Pues bien: 3 euros por la devolución del recibo y 1,5 euros por la baja de la domiciliación... ¡que hice yo! Vale: la devolución del recibo genera unos gastos (no sé si tanto como de 3 euros, pero bueno, vale, admitámoslos); pero... ¿qué coño de gastos genera la baja de una domiciliación que, encima, hice yo? Por supuesto, reclamaré ese puto euro y medio y, por supuesto, me lo cobraré decuplicado en todo caso en carne de empleado -que se preparen en la agencia de al lado de mi trabajo, porque voy a dedicar los desayunos de todo septiembre a pedir extractos y todo lo que se me ocurra-.
Claro, si así se va ganando las simpatías de la parroquia, no me extraña que la gráfica de las cuentas vaya hacia abajo. Además, todos los catalanes nos acordamos mucho -y mal, claro- de la Caixa dichosa cada vez que pagamos uno de los odiosos y odiados peajes de autopista, sabiendo que tan justa y benéfica entidad moja pan en el asunto y, por si fuera poco, las muy ventajosas condiciones de las cuentas en bancos virtuales (ING Direct, Open Bank, etc...).
Así que bueno, que vale, que sí: obra social a tutiplén. La gracia que nos hace tanta obra social a los catalanes -a todos- enganchados de un modo u otro en la telaraña perversa de la entidad.
Gracia retrechera que experimentamos con cada recibo.
Veo poca tele. Porque no me gusta, por supuesto. Pero, sobre todo, porque ni en vacaciones tengo mucho tiempo que dedicarle. Con media docena de libros aún pendientes de leer, a la tele le queda poco lugar por más que mi actividad en la bitácora haya bajado algo (o bastante, según se mire). Pero algo veo. Aunque no me creo nada -pero nada-nada ¿eh?- suelo ver los telediarios mientras cenamos; ninguno en particular: el que cae primero sin hablar de deportes. Y, como todo el mundo sabe, desde hace unos años, los telediarios sufren interrupciones publicitarias (¡qué apropiado, lo de sufrir..!).
Por este lado me estoy dando cuenta de que la entidad que más a saco nos saca la pasta a los catalanes -y a un buen mordisco de entre el resto de españoles-, o sea, la Caixa, anda haciendo muy insistentemente publicidad de su obra social. Qué buenas son las hermanas dominicas, qué buenas son que nos llevan de paseo, qué buenas son que nos llevan de excursión. Chin pon.
Cuando la santa ira de las Españas irredentas se cebó contra los catalanes por la OPA de Gas Natural (por cierto, de la Caixa) a ENDESA y después por la coña marinera del estatut este que ha aprobado el setenta por ciento de la mitad de los catalanes, se habló de boicots. Se habló, faltaría más, es recurrente, de boicot al cava, pero se habló también de boicot a la Caixa. Como no hubo noticias al respecto -los medios de comunicación independientes mudos, muditos, los tíos- se desataron los rumores, de acuerdo con los cuales la gente de fuera de Cataluña estaría cancelando sus cuentas de la Caixa prácticamente en masa, para gozo y gloria de otras entidades como, por principal ejemplo, y siempre según los rumores, de Caja Madrid.
La publicidad esta caritativa y social me hace oler que el problema ha llegado a Cataluña, donde la antipatía hacia la Caixa es creciente entre la ciudadanía (basta con escuchar conversaciones en cualquier parte: el bar, el autobús...) y, además, está perdiendo competitividad a marchas forzadas. Ya le fracasó hace unos pocos años el proyecto de tarjeta monedero y fracasó porque los comerciantes respondieron que esta ya se la habían hecho y que ya estaban hartos de que todo el comercio de Cataluña tuviera a la Caixa por socio forzoso a más o menos el cinco por ciento de media con la coña de las tarjetas de crédito. Es mucho -sobre todo para los pequeños comerciantes, que poco pueden negociar- que se les lleven un tres o un cinco por ciento de la facturación, quizá más (las casas de putas se dice que van al quince).
La bulimia recaudatoria de la Caixa ha hecho carne viva en toda la ciudadanía cliente (que es muchísima) y es ya proverbial la brutalidad de sus comisiones y honorarios. Tanto es así que cuando un ciudadano poco al loro de los temas internáuticos me pregunta qué es la $GAE y no tengo tiempo para grandes explicaciones, le contesto que es algo así como la Caixa, pero con la música. Mi interlocutor comprende la situación en una fracción de segundo.
Pero es que, además, la Caixa ya va siendo desde hace un tiempo poco competitiva: sus hipotecas están entre las más caras del mercado, sus planes y fondos dan pena (yo me dejé enredar en uno que en diez años me ha dado un interés acumulado inferior al 1,8%), propina unos garrotazos acojonantes por las tarjetas y sus comisiones de gestión son de tente y no te menees. Un ejemplo propio y muy reciente: en la única cuenta que aún tenemos en casa -la de la hipoteca: no nos sale a cuenta ya novarla en otra entidad- ordené la devolución de un recibo de una entidad cuyo domicilio es para mí desconocido -no puedo, pues, darme de baja de esa entidad en condiciones razonablemente normales- y di de baja la domiciliación misma. Ojo: a través de Internet. Pues bien: 3 euros por la devolución del recibo y 1,5 euros por la baja de la domiciliación... ¡que hice yo! Vale: la devolución del recibo genera unos gastos (no sé si tanto como de 3 euros, pero bueno, vale, admitámoslos); pero... ¿qué coño de gastos genera la baja de una domiciliación que, encima, hice yo? Por supuesto, reclamaré ese puto euro y medio y, por supuesto, me lo cobraré decuplicado en todo caso en carne de empleado -que se preparen en la agencia de al lado de mi trabajo, porque voy a dedicar los desayunos de todo septiembre a pedir extractos y todo lo que se me ocurra-.
Claro, si así se va ganando las simpatías de la parroquia, no me extraña que la gráfica de las cuentas vaya hacia abajo. Además, todos los catalanes nos acordamos mucho -y mal, claro- de la Caixa dichosa cada vez que pagamos uno de los odiosos y odiados peajes de autopista, sabiendo que tan justa y benéfica entidad moja pan en el asunto y, por si fuera poco, las muy ventajosas condiciones de las cuentas en bancos virtuales (ING Direct, Open Bank, etc...).
Así que bueno, que vale, que sí: obra social a tutiplén. La gracia que nos hace tanta obra social a los catalanes -a todos- enganchados de un modo u otro en la telaraña perversa de la entidad.
Gracia retrechera que experimentamos con cada recibo.
viernes, 4 de agosto de 2006
El pis de «El País»
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Si «El País» tuviera que definir lo que es un redactor, probablemente lo haría diciendo algo así como motor explosivo que sirve para un parato de cazar o bombear o bien para un bión que lleva pajeros. Porque redactores, lo que se dice redactores, no creo que tenga, a la vista del merluzo -que no firma y hace bien- un parrafito como el que sigue, refiriéndose al sonado acuerdo de la Junta extremeña de adoptar estándares y software libre para todo sus sistema administrativo:
«[...] el sistema operativo libre gnuLinex –derivado de GNU/Linux desarrollado en esta comunidad- y el formato abierto ODF –versión estándar del formato propietario PDF-.»
¿Es posible decir más burradas con menos palabras? Supongo que sí, que se puede; pero quien pudiera llegar a batir este récord estaría en niveles verdaderamente olímpicos.
Lo dejo ahí. No voy a ofender la inteligencia de mis seis o siete fieles con más comentarios.
A buen... pocas.
Si «El País» tuviera que definir lo que es un redactor, probablemente lo haría diciendo algo así como motor explosivo que sirve para un parato de cazar o bombear o bien para un bión que lleva pajeros. Porque redactores, lo que se dice redactores, no creo que tenga, a la vista del merluzo -que no firma y hace bien- un parrafito como el que sigue, refiriéndose al sonado acuerdo de la Junta extremeña de adoptar estándares y software libre para todo sus sistema administrativo:
«[...] el sistema operativo libre gnuLinex –derivado de GNU/Linux desarrollado en esta comunidad- y el formato abierto ODF –versión estándar del formato propietario PDF-.»
¿Es posible decir más burradas con menos palabras? Supongo que sí, que se puede; pero quien pudiera llegar a batir este récord estaría en niveles verdaderamente olímpicos.
Lo dejo ahí. No voy a ofender la inteligencia de mis seis o siete fieles con más comentarios.
A buen... pocas.
jueves, 3 de agosto de 2006
Diari de Flashcelona
De la serie: «Pequeños bocaditos»
¿Qué ha hecho nuestro dilecto closuntamiento con «Diari de Barcelona»?
El «Diari de Barcelona» se proclamó desde siempre orgullosamente Decano de la prensa continental, y es verdad: tiene casi trescientos años de historia. Por supuesto, en ese tiempo le ha pasado de todo, como a casi todos los periódicos. Su edición en papel sobrevivió muy poco y muy mal al final del franquismo. Un día, el Ayuntamiento de Barcelona se hizo con su cabecera y lo convirtió en un diario digital a modo de boletín popular del closuntamiento. No me parece que haya sido nunca un gran éxito en red y yo, desde luego, no le hacía ni puto caso, aunque muy de cuando en cuando entraba en él, más que nada para poner el dedo en la llaga, como un santo Tomás mediático, y comprobar que el resucitado (tipo señor de Balantry, o sea, un tanto cadáver) seguía vivo, o sea, zombie.
El otro día entré desde el trabajo y vi que acababan de sumergirlo en una porquería de flash. Vaya por Dios, el DdB dejó de estar en manos de tipógrafos para pasar a los informáticos; pero ahora ha pasado a manos de los productores de dibujos animados y más malos que los japoneses (me encanta ver como Takuma Sato se estocina con su F-1 una carrera sí y otra también a la salud de toda la porquería que le han metido, desde aquella nefasta «Heidi», a una generación y media; y el día menos pensado, me doy de alta en el Club de Fans de Harry Truman). Bueno, decía que el «Diari de Barcelona» había acabado en una especie de medusa en red, viscoso, urticante y purulento como sólo puede serlo algo de Macromedia (ahora del grupo Adobe). Además, salvo toda la cagarada waltdisneyana, contenidos nada, pero que nada de nada. Mierda total versión Pro. Pero, ¡ay, amigo! todo esto pude verlo porque en el trabajo -no faltaba más- tengo Window$. Cuando llego a casa, me lavo cuidadosamente las manos y entro en Linux y entonces... de «Diari de Barcelona» nada de nada. Ceguera total.
Este es el closuntamiento que echó las campanísimas al vuelo con la ordenanza aquella de la administración electrónica y la operatividad universal para todos los ciudadanos cualquiera que fuera la máquina y sistema operativo que utilizaran. Toma operatividad universal: Macromedia Flash.
Luego dirán que soy un broncas, que no encuentro nunca nada bien y que si tal, que si cual y que si Pascual. Lo único que siento es haber hablado tan bien de aquella ordenanza que, a la vista está, es todo fantasía y cuento chino. Fue un momento de debilidad que lamento sentidamente.
No volverá a pasar.
¿Qué ha hecho nuestro dilecto closuntamiento con «Diari de Barcelona»?
El «Diari de Barcelona» se proclamó desde siempre orgullosamente Decano de la prensa continental, y es verdad: tiene casi trescientos años de historia. Por supuesto, en ese tiempo le ha pasado de todo, como a casi todos los periódicos. Su edición en papel sobrevivió muy poco y muy mal al final del franquismo. Un día, el Ayuntamiento de Barcelona se hizo con su cabecera y lo convirtió en un diario digital a modo de boletín popular del closuntamiento. No me parece que haya sido nunca un gran éxito en red y yo, desde luego, no le hacía ni puto caso, aunque muy de cuando en cuando entraba en él, más que nada para poner el dedo en la llaga, como un santo Tomás mediático, y comprobar que el resucitado (tipo señor de Balantry, o sea, un tanto cadáver) seguía vivo, o sea, zombie.
El otro día entré desde el trabajo y vi que acababan de sumergirlo en una porquería de flash. Vaya por Dios, el DdB dejó de estar en manos de tipógrafos para pasar a los informáticos; pero ahora ha pasado a manos de los productores de dibujos animados y más malos que los japoneses (me encanta ver como Takuma Sato se estocina con su F-1 una carrera sí y otra también a la salud de toda la porquería que le han metido, desde aquella nefasta «Heidi», a una generación y media; y el día menos pensado, me doy de alta en el Club de Fans de Harry Truman). Bueno, decía que el «Diari de Barcelona» había acabado en una especie de medusa en red, viscoso, urticante y purulento como sólo puede serlo algo de Macromedia (ahora del grupo Adobe). Además, salvo toda la cagarada waltdisneyana, contenidos nada, pero que nada de nada. Mierda total versión Pro. Pero, ¡ay, amigo! todo esto pude verlo porque en el trabajo -no faltaba más- tengo Window$. Cuando llego a casa, me lavo cuidadosamente las manos y entro en Linux y entonces... de «Diari de Barcelona» nada de nada. Ceguera total.
Este es el closuntamiento que echó las campanísimas al vuelo con la ordenanza aquella de la administración electrónica y la operatividad universal para todos los ciudadanos cualquiera que fuera la máquina y sistema operativo que utilizaran. Toma operatividad universal: Macromedia Flash.
Luego dirán que soy un broncas, que no encuentro nunca nada bien y que si tal, que si cual y que si Pascual. Lo único que siento es haber hablado tan bien de aquella ordenanza que, a la vista está, es todo fantasía y cuento chino. Fue un momento de debilidad que lamento sentidamente.
No volverá a pasar.
Lánguido agosto
De la serie: «Los jueves, paella»
Tranquilo inicio del mes de agosto, el vacacional por excelencia. Vacacional y urbano, porque la carga ominosa de las hipotecas empieza a notarse y ya hay mucho personal, muchísimo, que no sale de la ciudad durante las vacaciones o, dicho con mayor propiedad, no sale de viaje. O sea que la suelta de pelambrera se reducirá, todo lo más, a una escapadita de fin de semana o de entresemana.
Pero ojo con la escapadita: civiles, mossos y ertzainas se apostarán -recónditos, emboscados, mimetizados- por las carreteras, ansiosos de recaudación, radar y alcoholímetro en mano, sabedores de que la pasta larga no está en el concienciadísimo conductor de ruta larga sino en el incauto pardillo que va y vuelve en el día. Ahora no nos daremos hostias por exceso de velocidad, ahora nos las daremos por estar mirando al velocímetro en lugar de hacerlo a lo que tenemos delante; han bajado el margen de error de los radares y diez simples kilómetros por hora de más nos pueden llevar a la mismísima mierda. Y la cosa del alcoholímetro recomienda, por lo demás, ir de restaurante por la propia ciudad, utilizando el transporte público, como le gusta al alcalde. Los restaurantes de fuera de las grandes de las ciudades, que lloren como mujeres lo que no supieron defender como sector económico, que entre soplómetros y medidas de represión antitabáquica -que aún se anuncian llevadas al paroxismo, al puro talibanismo, en un próximo futuro- que afronten el director general de Tráfico o la ministra de Sanidad (pero pagando ellos, no nosotros) las nada modestas cuentas de los restaurantes. Joder, que en vez de ir de ruta gastronómica parece que vaya uno a presidio.
Bueno, pues no con mi dinero, ya lo sabe quien corresponda.
____________________
La red está aburridilla; sólo el incesante goteo de spam (eficaz y puntualmente reducido a guano por Thunderbird) me indica que el servidor de correo está en perfecto estado de funcionamiento; de otro modo, tendría que autoenviarme mensajes para convencerme de que no está caído. Enrique Dans e Ignacio Escolar postean lánguidamente, como por cumplir. Otros (yo incluido, que no escribo un palo al agua desde el domingo) ni eso. Solamente Jorge Cortell ha entrado en el mes de agosto exhibiendo una grafomanía de aquí te espero, una especie de subidón estival poligráfico que, desde luego, se le agradece: él nos salva el honor a todos.
Por lo demás, aterrizo en la web de Arturo Pérez-Reverte (más promocional de Alfaguara que verdaderamente personal del escritor, es una lástima), para ver si han actualizado el artículo de «El Semanal» del domingo, y veo que no. Tendré que ir a la fuente, o sea, a la página de «El Semanal», lo que me da pereza porque tendré que buscarla en Google y tal, pero qué le vamos a hacer. Y no, por favor: no os molestéis en enviarme el enlace, muchas gracias; para cuando leáis esto ya habré llegado.
En la web de Pérez-Reverte veo anunciado un concurso en el que regalan una entrada para el pre-estreno de «Alatriste» (the movie, je, je) a sortear entre los que contesten a la pregunta de cuál de los cinco libros publicados sobre el personaje prefieren. No me gustan estos concursos; siempre me huelen a que das más de lo que te ofrecen: por una puta entrada, tres mil respuestas. Yo estoy más predispuesto a contestar a estas cosas sin concurso que con él. Y lo voy a hacer, mira, pero aquí, sin concurso; si lo quieren saber, que vengan.
Lo he estado pensando. ¿Cuál me gustó más de los cinco? Pues el primero. Bueno, ahora algunos lectores (dos o tres de mis esforzados lo son también de don Arturo) dirán que, claro, el primero, la nostalgia de lo primigenio, el largo e inacabable placer de la primera luz... Quizá haya algo de eso, es verdad, pero lo cierto es que el primero me impresionó por su ambientación que, por lo demás, determinó la de los otros cuatro, quizá porque en el primero hubo ex aequo una mano Pérez-Reverte que no se llama Arturo y eso creó, de algún modo, una suerte de marca indeleble. Eso primero hizo lo que no consiguieron los otros cuatro (que también me entusiasmaron, pero de otra manera): que levantara el culo de la silla y fuera a la estantería a buscar un libro de Néstor Luján, «La vida cotidiana en el Siglo de Oro español», para comprobar cómo Alariste estaba agazapado, invisible, pero seguro que ahí, entre los párrafos de Luján.
Néstor era un gran historiador de lo cotidiano, de lo diario. Ponía en nuestras manos no la Historia, con mayúscula, de grandes reyes, extensos imperios y tremendas batallas, sino la vida diaria de los que, cada cual en su tiempo, eran como nosotros. Uno puede verse trasplantado a aquella época, enseguida encuentra al personaje real que encarnaría: «¿Ves? Si yo viviera esa época representando en mi sociedad lo mismo que represento yo ahora en la actualidad, sería este, o este o aquel otro». Personajes, todos ellos, difíciles o imposibles de descubrir entre los grandes historiadores de la mayúscula, pero que Néstor nos servía con claridad meridiana.
Le gustaba mucho hacerlo desde su afición preferida: la gastronomía, la cocina. Tengo dos libros muy queridos en este ámbito (la historia y la gastronomía): uno es mío, comprado legal y honradamente, que es la versión castellana del «Llibre del coch» de Robert de Nola. Versión castellana del propio autor, no una traducción obra de terceros de su primera versión en catalán; el otro se lo mangué alevosamente a mi suegro y lo disfruto en la desvergonzada tranquilidad de que el honorable y respetable padre de mi santa no lo ha echado de menos en los últimos dos años: me refiero a un libro editado a modo de coleccionable por «La Vanguardia», allá en 1983, titulado «El arte de comer» con el subepígrafe: «Crónica de 4.000 siglos: del fuego a la Nueva Cocina». Bueno, ya serán menos siglos porque, seguramente, se quiso decir años. Aparte de unas primera paginitas dedicadas a especular sobre lo muy bien que le supo la comida al pierolapithecus catalaunicus cuando arrimó la chicha al fuego y sobre las lentejas de los egipcios, entra de lleno en la cocina de la antigua Grecia y, sobre todo, en la mucho más documentada cocina romana. Y de ahí hasta nuestros días.
Oh, lo olvidaba: este último libro es, cómo no, de Néstor Luján pero... no es solamente de él, en puridad. Por supuesto, la base y el grueso de la obra es la erudición y la amenidad de Néstor, aquel inagotable pozo de cultura, de cultura de la buena, no de lo así llamado por don Teddy, pero hay en ese libro algo más y muy importante. Veréis, uno coge el recetario de mi paisano Robert y enseguida ve que, tal como él lo formula (y aún con ingredientes actuales, que en el siglo XVI no debían ser -ni con mucho- tan exquisitamente refinados) el resultado es incomible para paladares del siglo XXI (por no hablar ya de la estricta dietética); y aún se da, pese a todo, una cierta proximidad: los recetarios medievales o los griegos y romanos son aún peores. Lo que hace esa edición es, por una parte, ofrecer la receta original y allá cada cual; pero, tras esa receta original se ofrece también el resultado de una investigación prolija: esa misma receta, pero actualizada. De esa investigación (cuya excelencia y suculencia certifico) se encargaron Josep Julià, director del prestigiosísimo restaurante barcelonés «Reno» y el equipo del primer espada de este restaurante en aquella época, el chef Isidro Martín y llevaron a cabo lo que, en el epílogo de la obra, Julià califica -a mi modo de ver, acertadamente- de reinterpretación.
En «La vida cotidiana en el Siglo de Oro español», la gastronomía es, aunque importante, sólo una parte de la cotidianidad que describe, especialmente con base en Madrid que, como capital del reino, generó la más y mejor documentación costumbrista, además de la propia literatura (prolija y profusamente citada en la obra) de tan rica centena. Y la descripción es tan coincidente en la obra de Luján y de los Pérez-Reverte, que la primera ha tenido que formar parte de las fuentes de la segunda; fuentes que, en gran medida han tenido que ser necesariamente comunes. Lo que asombra, sin embargo, es que el colorido de la ambientación sea tan coincidente en ambos autores.
No tanto, sin embargo, en los cuatro libros siguientes cuyo valor hay que buscar -y se encuentra- en otros aspectos.
Otro día hablo de ello.
____________________
Bien, pues ya he cumplido -aunque un tanto monotemáticamente- con el mandato arrocero de este jueves 3 de agosto y parto en pos del próximo, el 10, festividad de san Lorenzo, aquel a quien dieron muerte por el agradable procedimiento de asarlo en una parrilla, cual el besugo que pienso zamparme en Orio este mismo mes, pero un poco más adelante. De ahí que la próxima paella cerrará la temporada 2005-2006 de «El Incordio», que volverá a abrirse (ya convertida en 2006-2007) en algún indefinible momento de la última semana de agosto. Casi seguro que habrá paella el jueves, 31 de este mismo mes.
Supongo que alguna cosa escribiré (o podré escribir) en la bitácora de aquí al próximo jueves. No lo sé, no garantizo nada, pero supongo que uno o dos ratitos tendré para ponerme. Las vacaciones rompen todas las rutinas y yo soy muy rutinario, necesito del orden para poder funcionar adecuadamente.
Y es que, en vacaciones, o estás de vacaciones o no haces nada.
Que os sea a todos leve, grato, fresquito y hasta el próximo jueves. Y ojo con los guardias que entre alcohol, tabaco, velocidad, radares, soplómetros, Ley de Propiedad Intelectual y demás, pronto no tendremos señora a la que agarrarnos. Porque estoy convencido de que estos cabrones el día menos pensado nos prohíben el sexo heteroídem.
Cada día se va pareciendo más esto a lo de Franco. Hay que joderse.
Tranquilo inicio del mes de agosto, el vacacional por excelencia. Vacacional y urbano, porque la carga ominosa de las hipotecas empieza a notarse y ya hay mucho personal, muchísimo, que no sale de la ciudad durante las vacaciones o, dicho con mayor propiedad, no sale de viaje. O sea que la suelta de pelambrera se reducirá, todo lo más, a una escapadita de fin de semana o de entresemana.
Pero ojo con la escapadita: civiles, mossos y ertzainas se apostarán -recónditos, emboscados, mimetizados- por las carreteras, ansiosos de recaudación, radar y alcoholímetro en mano, sabedores de que la pasta larga no está en el concienciadísimo conductor de ruta larga sino en el incauto pardillo que va y vuelve en el día. Ahora no nos daremos hostias por exceso de velocidad, ahora nos las daremos por estar mirando al velocímetro en lugar de hacerlo a lo que tenemos delante; han bajado el margen de error de los radares y diez simples kilómetros por hora de más nos pueden llevar a la mismísima mierda. Y la cosa del alcoholímetro recomienda, por lo demás, ir de restaurante por la propia ciudad, utilizando el transporte público, como le gusta al alcalde. Los restaurantes de fuera de las grandes de las ciudades, que lloren como mujeres lo que no supieron defender como sector económico, que entre soplómetros y medidas de represión antitabáquica -que aún se anuncian llevadas al paroxismo, al puro talibanismo, en un próximo futuro- que afronten el director general de Tráfico o la ministra de Sanidad (pero pagando ellos, no nosotros) las nada modestas cuentas de los restaurantes. Joder, que en vez de ir de ruta gastronómica parece que vaya uno a presidio.
Bueno, pues no con mi dinero, ya lo sabe quien corresponda.
La red está aburridilla; sólo el incesante goteo de spam (eficaz y puntualmente reducido a guano por Thunderbird) me indica que el servidor de correo está en perfecto estado de funcionamiento; de otro modo, tendría que autoenviarme mensajes para convencerme de que no está caído. Enrique Dans e Ignacio Escolar postean lánguidamente, como por cumplir. Otros (yo incluido, que no escribo un palo al agua desde el domingo) ni eso. Solamente Jorge Cortell ha entrado en el mes de agosto exhibiendo una grafomanía de aquí te espero, una especie de subidón estival poligráfico que, desde luego, se le agradece: él nos salva el honor a todos.
Por lo demás, aterrizo en la web de Arturo Pérez-Reverte (más promocional de Alfaguara que verdaderamente personal del escritor, es una lástima), para ver si han actualizado el artículo de «El Semanal» del domingo, y veo que no. Tendré que ir a la fuente, o sea, a la página de «El Semanal», lo que me da pereza porque tendré que buscarla en Google y tal, pero qué le vamos a hacer. Y no, por favor: no os molestéis en enviarme el enlace, muchas gracias; para cuando leáis esto ya habré llegado.
En la web de Pérez-Reverte veo anunciado un concurso en el que regalan una entrada para el pre-estreno de «Alatriste» (the movie, je, je) a sortear entre los que contesten a la pregunta de cuál de los cinco libros publicados sobre el personaje prefieren. No me gustan estos concursos; siempre me huelen a que das más de lo que te ofrecen: por una puta entrada, tres mil respuestas. Yo estoy más predispuesto a contestar a estas cosas sin concurso que con él. Y lo voy a hacer, mira, pero aquí, sin concurso; si lo quieren saber, que vengan.
Lo he estado pensando. ¿Cuál me gustó más de los cinco? Pues el primero. Bueno, ahora algunos lectores (dos o tres de mis esforzados lo son también de don Arturo) dirán que, claro, el primero, la nostalgia de lo primigenio, el largo e inacabable placer de la primera luz... Quizá haya algo de eso, es verdad, pero lo cierto es que el primero me impresionó por su ambientación que, por lo demás, determinó la de los otros cuatro, quizá porque en el primero hubo ex aequo una mano Pérez-Reverte que no se llama Arturo y eso creó, de algún modo, una suerte de marca indeleble. Eso primero hizo lo que no consiguieron los otros cuatro (que también me entusiasmaron, pero de otra manera): que levantara el culo de la silla y fuera a la estantería a buscar un libro de Néstor Luján, «La vida cotidiana en el Siglo de Oro español», para comprobar cómo Alariste estaba agazapado, invisible, pero seguro que ahí, entre los párrafos de Luján.
Néstor era un gran historiador de lo cotidiano, de lo diario. Ponía en nuestras manos no la Historia, con mayúscula, de grandes reyes, extensos imperios y tremendas batallas, sino la vida diaria de los que, cada cual en su tiempo, eran como nosotros. Uno puede verse trasplantado a aquella época, enseguida encuentra al personaje real que encarnaría: «¿Ves? Si yo viviera esa época representando en mi sociedad lo mismo que represento yo ahora en la actualidad, sería este, o este o aquel otro». Personajes, todos ellos, difíciles o imposibles de descubrir entre los grandes historiadores de la mayúscula, pero que Néstor nos servía con claridad meridiana.
Le gustaba mucho hacerlo desde su afición preferida: la gastronomía, la cocina. Tengo dos libros muy queridos en este ámbito (la historia y la gastronomía): uno es mío, comprado legal y honradamente, que es la versión castellana del «Llibre del coch» de Robert de Nola. Versión castellana del propio autor, no una traducción obra de terceros de su primera versión en catalán; el otro se lo mangué alevosamente a mi suegro y lo disfruto en la desvergonzada tranquilidad de que el honorable y respetable padre de mi santa no lo ha echado de menos en los últimos dos años: me refiero a un libro editado a modo de coleccionable por «La Vanguardia», allá en 1983, titulado «El arte de comer» con el subepígrafe: «Crónica de 4.000 siglos: del fuego a la Nueva Cocina». Bueno, ya serán menos siglos porque, seguramente, se quiso decir años. Aparte de unas primera paginitas dedicadas a especular sobre lo muy bien que le supo la comida al pierolapithecus catalaunicus cuando arrimó la chicha al fuego y sobre las lentejas de los egipcios, entra de lleno en la cocina de la antigua Grecia y, sobre todo, en la mucho más documentada cocina romana. Y de ahí hasta nuestros días.
Oh, lo olvidaba: este último libro es, cómo no, de Néstor Luján pero... no es solamente de él, en puridad. Por supuesto, la base y el grueso de la obra es la erudición y la amenidad de Néstor, aquel inagotable pozo de cultura, de cultura de la buena, no de lo así llamado por don Teddy, pero hay en ese libro algo más y muy importante. Veréis, uno coge el recetario de mi paisano Robert y enseguida ve que, tal como él lo formula (y aún con ingredientes actuales, que en el siglo XVI no debían ser -ni con mucho- tan exquisitamente refinados) el resultado es incomible para paladares del siglo XXI (por no hablar ya de la estricta dietética); y aún se da, pese a todo, una cierta proximidad: los recetarios medievales o los griegos y romanos son aún peores. Lo que hace esa edición es, por una parte, ofrecer la receta original y allá cada cual; pero, tras esa receta original se ofrece también el resultado de una investigación prolija: esa misma receta, pero actualizada. De esa investigación (cuya excelencia y suculencia certifico) se encargaron Josep Julià, director del prestigiosísimo restaurante barcelonés «Reno» y el equipo del primer espada de este restaurante en aquella época, el chef Isidro Martín y llevaron a cabo lo que, en el epílogo de la obra, Julià califica -a mi modo de ver, acertadamente- de reinterpretación.
En «La vida cotidiana en el Siglo de Oro español», la gastronomía es, aunque importante, sólo una parte de la cotidianidad que describe, especialmente con base en Madrid que, como capital del reino, generó la más y mejor documentación costumbrista, además de la propia literatura (prolija y profusamente citada en la obra) de tan rica centena. Y la descripción es tan coincidente en la obra de Luján y de los Pérez-Reverte, que la primera ha tenido que formar parte de las fuentes de la segunda; fuentes que, en gran medida han tenido que ser necesariamente comunes. Lo que asombra, sin embargo, es que el colorido de la ambientación sea tan coincidente en ambos autores.
No tanto, sin embargo, en los cuatro libros siguientes cuyo valor hay que buscar -y se encuentra- en otros aspectos.
Otro día hablo de ello.
Bien, pues ya he cumplido -aunque un tanto monotemáticamente- con el mandato arrocero de este jueves 3 de agosto y parto en pos del próximo, el 10, festividad de san Lorenzo, aquel a quien dieron muerte por el agradable procedimiento de asarlo en una parrilla, cual el besugo que pienso zamparme en Orio este mismo mes, pero un poco más adelante. De ahí que la próxima paella cerrará la temporada 2005-2006 de «El Incordio», que volverá a abrirse (ya convertida en 2006-2007) en algún indefinible momento de la última semana de agosto. Casi seguro que habrá paella el jueves, 31 de este mismo mes.
Supongo que alguna cosa escribiré (o podré escribir) en la bitácora de aquí al próximo jueves. No lo sé, no garantizo nada, pero supongo que uno o dos ratitos tendré para ponerme. Las vacaciones rompen todas las rutinas y yo soy muy rutinario, necesito del orden para poder funcionar adecuadamente.
Y es que, en vacaciones, o estás de vacaciones o no haces nada.
Que os sea a todos leve, grato, fresquito y hasta el próximo jueves. Y ojo con los guardias que entre alcohol, tabaco, velocidad, radares, soplómetros, Ley de Propiedad Intelectual y demás, pronto no tendremos señora a la que agarrarnos. Porque estoy convencido de que estos cabrones el día menos pensado nos prohíben el sexo heteroídem.
Cada día se va pareciendo más esto a lo de Franco. Hay que joderse.
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