viernes, 29 de septiembre de 2006

Natalicio

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Qué penita, hombre, por cinco miserables días no pude cumplir puntualmente la promesa que hice -y que ayer reiteraba en la paella- de daros una sorpresa y es esta: «El Incordio» ha tenido un hermanito. Vaya, mejor dicho, una hermanita. Se llama «l'Escullera» y es una nueva bitácora que acabo de abrir y sobre la que ya llevaba tiempo deshojando la margarita porque, por un lado, me apetecía ir adelante con ella y, por el otro, tenía un poco de miedo de dar el paso.

«l'Escullera» será exclusivamente en catalán y de ahí que dijera que no íbais a poder disfrutarla todos; aunque el catalán es una lengua latina y, para un castellanohablante, es de relativamente fácil comprensión lectora con la simple y esporádica ayuda de un diccionario o similar recurso (cosa que encabrona muchísimo a los del Institut d'Estudis Catalans y por eso intentan liarlo lo más que pueden), también comprendo que leer en un idioma ajeno, por más que fácil, es un ejercicio de necesidad y no un objeto de placer, con lo que no me hago ilusiones sobre las parte no catalana de mi media docena más uno de fieles.

Todavía está un poco desnudilla, hay que irle metiendo cosas, enlaces, llamadas y demás, pero todo se andará.

Su temática se centrará en aspectos de la ciudad de Barcelona: en su política municipal, en su sociedad y su sociología, en su gente, en sus tradiciones... todo ello desde mi punto de vista y con mi talante habitual, que todos conocéis bien. O sea que, aunque no será tan fiera como «El Incordio», no será tampoco una bitácora precisamente amable. Ya su mismo título, precisamente, nos lleva al recuerdo de un encantador paseo, lleno de tradición, de aromas, de sabor, la Escullera, Escollera o Rompeolas, que el ínclito Clos, para variar, nos destruyó a beneficio de una mejor entrada en el puerto de los jodidos cruceros y de un hotel cuyo arquitecto será el no menos ínclito Bofill, el genio del aeropuerto botijero este que tenemos. De todo esto (y de muchas más cosas, por supuesto) iré hablando con el correr del tiempo en esta nueva bitácora cuyo enlace os refresco de nuevo:

http://www.escullera.net


¿Y qué pasará con «El Incordio»?

No pasará absolutamente nada. «El Incordio» ya no es hijo único, pero seguirá siendo la niña de mis ojos. Eso sí que lo he tenido claro desde el instante siguiente al de la aparición de la idea de la segunda bitácora: «l'Escullera» no le robará ni un minuto a «El Incordio». Cuando tenga que elegir -espero que aislada y ocasionalmente- entre uno y otro, el hijo mayor saldrá ganando siempre. Incluso seguiré hablando de Barcelona en esta bitácora, coincidiendo o no con la otra en el tema y en la fecha, porque hay cosas que ocurren en mi ciudad que la trascienden o que, en todo caso, deben ser conocidas fuera de ella, al menos en la modesta medida de mis paginitas.

Espero que os guste -a aquellos que la tengáis al alcance de vuestro conocimiento- y ya iremos viendo todos juntos qué interrelaciones y qué flujos generan una y otra andando el tiempo.

Aquí lo seguiremos día a día.

jueves, 28 de septiembre de 2006

Buen rollito, por Alá

De la serie: «Los jueves, paella»

Llevamos unos días calentitos a cuenta del Islam. Primero el Papa, que va y les espeta que esa religión es intrínsecamente violenta y que eso está feo; los del turbante, seguidamente, agarran el gran globo y, en ostentosa demostración de su no violencia y de su tolerante beatitud ante las críticas, amenazan con arrasar el Vaticano, queman efigies del Papa y, en fin, llevan a cabo otras similares actividades culturales de buen rollito. Después viene Aznar y dice algo quizá inoportuno, según está el patio, pero sensato, sin que siente precedente, las cosas como son: que harto ya de que la civilización occidental pida perdón una y otra vez por cosas que a la luz del siglo XXI fueron tropelías (y que quizá en los tiempos en que se cometieron -en su progreso humanístico, en su cultura y en su mentalidad- lo fueran mucho menos), aún estamos esperando que los del turbante hagan lo propio por lo ídem desde, efectivamente, la invasión y ocupación violenta de un territorio soberano (España, of course) hasta el simpático cañonamiento de los Budas afganos a cargo de aquellos moderados y píos talibanes, pasando por la ocupación de Constantinopla, todavía mantenida hoy día y que algún país musulmán utiliza -como si fuera su territorio soberano- para justificar su pretensión europea (contra la opinión y deseo, por cierto, de la mayoría de los ciudadanos de la Unión, sistemáticamente desoídos, no faltaría más, por sus propios políticos), pasando por el asuntillo aquel de Nueva York y las torres que igual es que se cayeron solas y no a causa de un jueguecito de los hijos de Alá, y no digo que pasando por los trenes madrileños de aquel infausto marzo porque igual la culpa la tuvo la FAI. Y, finalmente, cagaditos ante tanto pacifismo islámico, tan buen rollo musulmán y tanta filantropía mahometana, los promotores de una obra teatral que iba a representarse en Alemania en cuyo argumento constaba una decapitación (obviamente simbólica) de Jesucristo, de Mahoma y de una tarcera deidad, no sé si Buda, han preferido envainársela por si las moscas, incurriendo con ello en las iras de doña Ángela Merkel, la cancillera teutona; pero, claro, por más cabreada que esté doña Ángela, los acoquinados teatreros no corren el menor peligro de que ésta los degüelle, les estrelle un avión en casa o haga que la FAI, la francmasonería, los rosacruces o vete tú a saber, les metan una mochila-bomba cuando viajan en tren; así de salvajes e intolerantes somos los occidentales. O sea que la opción es clara: entre el peligrosísimo cabreo de la Merkel y las bonachonas cabezadas de desaprobación de una legión de mullahs, serán valientes y se enfrentarán a la alemana, sí señor, con dos cojones.

Ya sé que ahora saldrá media docena de progres de mercadillo de pueblo a llamarme islamófobo, que es una de las últimas delicadezas de la chusma políticamente correcta, pero mira, oye, me lo pongo por montera. Lo que no acabo de entender, en todo caso, es esta especie de síndrome de Estocolmo que nos aqueja. Una civilización (entendiendo como civilización un determinado modo de entender la vida y, en ese modo, la organización de la sociedad y los valores individuales) ha declarado la guerra a la nuestra y nosotros no parecemos dispuestos sino a encender por nuestra propia mano la mecha que está debajo de nuestro mismísimo culo. No es que se hayan cometido tales o cuales actos de agresión: es que se nos ha declarado clara y diáfanamente la guerra. ¿Con algunas razones? Probablemente. No somos unos angelitos, desde luego, y llevamos muchos años puteando gravemente al moro, aunque compartimos este puteo activo con el de sus propias clases dirigentes (ideológicamente dirigentes, en muchos casos). Pero que debamos hacer un examen de conciencia colectivo -y, obviamente, actuar en consecuencia-, no implica dejarnos asesinar en masa en base a una especie de sentencia unilateral, brutal y genocida y mucho menos, ¡y muchísimo menos! renunciar a los principios que definen la esencia misma de nuestra propia cultura, entre los cuales se hallan la libertad de conciencia, de culto y de expresión. A los que, por cierto, ellos -los musulmanes- se acogen con entusiasmo y con tonantes voces de exigencia cuando están en nuestra casa, mientras que no sólo impiden esos derechos en la suya (y frecuentemente con el uso intensivo de la pena de muerte), sino que también intentan impedirlos en la nuestra cuando su ejercicio no les gusta.

En Europa siempre hemos sido muy raros para estas cosas. Cuando Hitler se puso chulo, en los años 30, también hubo acróbatas del buen rollo que propugnaban paciencia y templanza mientras el otro se zampaba tranquilamente Austria y Checoslovaquia; la humillación que supuso para Alemania el Tratado de Versalles, armisticio (en realidad, imposición de condiciones para una rendición) que puso fin en falso a la primera guerra mundial, explicaba el fenómeno Hitler y, en cierto modo (sólo muy en cierto modo), justificaba que los alemanes se hubieran echado en sus brazos. Pero esa explicación y esa justificación relativa, jamás debieron ser pretextos para una debilidad europea frente al nazi. Cuando, en definitiva, se colmó el vaso de la paciencia, arreglar el estropicio tuvo el coste que es público y notorio. Seis o siete años antes, hubiera sido muchísimo más barato.

Veremos en el futuro cuánto acabará costándonos el buen rollito. El nuestro, por supuesto.
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Pues, hablando de cosas calentitas, podría ser que el asunto este de la movida por una vivienda digna del día 30 funcionara y todo. Se nota ambientorro y
la blogosfera está respondiendo decentemente. O sea que no son de esperar multitudes tremendas (ojalá, pero no creo) pero parece que, bueno, tampoco van a ser numeritos patéticos de unos pocos -poquísimos- centenares de esforzados.

Se intenta llegar a la cifra de 10.000 para ciudades como Barcelona o Madrid. Eso constituiría una movilización digna pero, desengañémonos, sigue siendo muy escasa ante la magnitud del problema y ante el esfuerzo convocante. Sin ir más lejos, este mismo domingo, día 1 de octubre, al día siguiente del señalado para la manifestación pro-vivienda, en Barcelona se va a celebrar un festival aéreo para el que se barajan cifras de asistencia cercanas al medio millón de personas (y, vistas las de otros años, no son cifras nada aventuradas); por lo menos la mitad de los que van a asistir al festival son personas cuya problemática los hace susceptibles de participar en la movida del día anterior. ¿Dónde estará y haciendo qué toda esa masa ingente el día que se intente dar un paso para solucionar uno de sus más importantes problemas?

Puedo imaginármelo: salvo unos pocos que estarán ocupados con cosas serias -serias de verdad: trabajo, voluntariado, etc.-, los demás estarán engrosando el aforo de cualquier espectáculo o actividad de ocio; o, simplemente, en sus casas (o sea, en el domicilio familiar, en el de los padres) viendo la tele (que ya son ganas).

Hay veces en que los problemas surgen y cuesta mucho llegar a saber por qué, cuál ha sido su génesis. Otras veces, hay problemas que se eternizan y uno se pregunta por qué narices cuesta tanto resolverlos.

Pero otras veces, ambas cosas están claras: los problemas surgen porque un montón de sinvergüenzas se suben al tren del pelotazo o, simplemente, viven en un estado de permanente especulación; y los problemas no hay quien los resuelva porque los sufre gente cobarde, apalancada, acomodaticia y, desde luego, un punto (o muy) masoquista.

En el caso de la vivienda -como en el del canon- la cosa está bien clara.
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Calma chicha en Catalunya, caramba. Nadie diría que estamos prácticamente a un mes de las elecciones al Parlament o, lo que es lo mismo, al Gobierno de la Generalitat. Hay encuentritos, sí, hay comentarios, sí, hay, aquí, allá o acullá, alguna pequeña echada de trastos a la cabeza del contrario, pero no hay sang i fetge (sangre y pus se diría en castellano). Se conocen los presupuestos generales del Estado para 2007 y hay quienes opinan que no están mal y hay quienes opinan que nos dan poco, pero sin griterío, sin follón.

Por un lado, está bien, así deben ser las cosas: comportarse como personas y no como dogos argentinos siempre en busca de la yugular del contrario en medio de los aullidos de la jauría.

Pero, por otro lado, resulta sospechoso porque, desgraciadamente, esto no es normal. En España (o en los países hispánicos, o en el Estado, o en la nación de naciones, o como quiera que le llamen ahora al sitio este en el que estamos) esto no forma parte de la climatología habitual. Entre esto y la perrera, hay un término medio que es más nuestro, más habitual, más incardinado en nuestro medio ambiente sociológico en el que cagarse en la puta madre de alguien ya casi no va siendo ni insulto, de tan común.

Algo raro está pasando, estoy convencido de ello. ¿No será que...? ¡No, no! ¿Cómo voy a pensar eso de nuestros políticos, hombre de Dios? ¡Jamás en la vida, caray! No me hagáis caso: es que, por un momento (deben ser lo años, que ya pesan) se me había ocurrido que estos tíos ya se habían puesto de acuerdo y que ya estaba el pescado vendido votemos lo que votemos.

Pero no, hombre... ¿Cómo iban nuestros políticos a hacernos una cosa así?
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Pues hala, ya nos hemos echado al coleto este primer jueves de otoño, último del mes de septiembre. La próxima paella verá la luz dentro ya del último trimestre del año y ya no digo aquello de que el tiempo vuela; primero, porque ya lo dije la semana pasada; y, segundo, porque es un lugar común, igual que aquello de que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad (aunque la $GAE no quiera verlo y los políticos no se enteren).

Tengo pendiente una cosilla con mis lectores, puesto que les hice una promesa que no he podido cumplir, algo relacionado con una sorpresa. Preveía inconvenientes técnicos que me impidieran responder a la promesa; otra cosa es que, efectivamente, me han surgido inconvenientes técnicos pero no precisamente por el lado que los esperaba. Y es que la ley de Murphy es inexorable, ya se sabe... O sea que dejamos la cosa para dentro de una o dos semanas. Con mis más sentidas disculpas. Esto me pasa por bocazas, pero es una cosa que me hace mucha ilusión y la tenía tan encima ya, que no supe callarme. Bueno, no pasa nada: nunca es tarde si la dicha es buena. De todos modos, aviso que no todos mis seis o siete podrán disfrutarla, ya lo siento... En su momento sabréis por qué.

Hasta la semana que viene, por lo que se refiere a este arroz. Pero «El Incordio» sigue día a día, erre que erre. Y con buena salud.

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Puta locura

De la serie: «Correo ordinario»

Cuando la cólera hace perder el sentido de la mesura, se cometen muchas tonterías, es un poco como el pánico. Puede comprenderse. Puede comprenderse mucho menos cuando esta cólera es corporativa, es decir, cuando no afecta a una persona más o menos dependiente de su carácter, de sus sentimientos y de su genio, sino a un colectivo pensante y deliberante, como puede serlo, por ejemplo, un Ayuntamiento; puede comprenderse mucho menos, pero sigue pudiéndose comprender si se hace un esfuerzo. Lo que no se entiende, en absoluto, es que un juez pierda el oremus y ese, en su puesto aún más necesario, sentido de la proporción y reaccione ante la palabra internet como si hubiera recibido un cablazo.

Por partes. Me entero de la cuestión via
Barrapunto y Noticias Dot.

Hay un individuo, que responde al nick de Torbe, que tiene una página web, una especie de portal un tanto esperpéntico que responde al ilustrativo nombre de
Puta Locura y que dedica a recrearse en las cutreces más características. Nada del otro jueves, si bien lo miramos: cosas como esa las hay por un tubo en la red y tienen su clientela; ya se sabe que, para gustos, los colores. Bueno, pues el tal Torbe insertó hace dos años en su página web una entrada sobre las mujeres de Torrelavega (Cantabria), ciertamente grosera, en la que las calificaba global y colectivamente de «feas», atribuyendo esta fealdad a una descendencia especialmente directa del homo neanderthalensis que, por cierto, Torbe redirige, como es de ver, a las mujeres vascas, de las que tampoco dice, precisamente, galanuras. En fin, en mi opinión, si este chico va así por la vida presencial, poco roscos se va a comer y, si se los come, prefiero no pensar con qué tipo de partenaires se lo hace. Pero allá él con su circunstancia, con sus partenaires y con sus roscos.

Hasta aquí, como queda dicho, todo normal; de ningún buen gusto, pero normal.

El asunto se complica cuando
el Ayuntamiento de Torrelavega se encabrona un año después y presenta una querella criminal por injurias contra Torbe. El anuncio de esa querella criminal, por otra parte, está lleno de curiosidades alrededor de la gran cantidad de molestias que se ha tomado la corporación municipal si atendemos a lo dicho por doña Lidia Ruiz Salmón, concejal de Igualdad, sobre que los servicios jurídicos del consistorio han hecho distintos estudios para evaluar la situación, acumulando un expediente sobre el caso bastante voluminoso [...] (sic, en el medio que se enlaza). O sea que a los ciudadanos de Torrelavega les está costando la torta un pan.

Es una gran tontería. No es que el Ayuntamiento de Torrelavega no tenga derecho a presentar esa querella criminal, pero con ello da una trascendencia al asunto que jamás hubiera tenido sin ese acuse de recibo. Conozco poco Torrelavega; paso cerca cuando voy a Asturias o regreso de allí y creo recordar que la visité hace muchísimos años pero apenas guardo memoria de esa visita, lo que quiere decir que no me llamó la atención, ni para bien ni para mal, cosa que implica que, en mi opinión, las chicas de Torrelavega no son implícita, ni colectiva ni globalmente feas porque, en ese caso, hubiera recordado tan peculiar detalle. Ahora, toda la red está al caso (y baja llena) de que un botarate ha enlazado directamente a todo el mujerío de la población cántabra con un homínido prehistórico. Eso es pedir a gritos que le pase a Torrelavega lo que a Lepe, cada cual en su terreno; y -ojalá no, pero el peligro es cierto- las pobres mujeres de Torrelavega van a tener que desplegar a todo trapo, y quieras que no, un sentido del humor que si lo hubiera tenido antes su Ayuntamiento no hubiera sido necesario ni con ganas ni sin ellas.

Pero eso, con ser grave, no es lo peor. Lo peor es el señor juez.

El señor juez debe pertenecer a ese sector de la judicatura que en cuanto oye la palabra internet ya debe creer que tiene que vérselas con la guerra del Vietnam o cosa parecida, se arremanga la toga y lanza la gran carga de caballería jurídica, en una exageración formal tan similar a la del Ayuntamiento de Torrelavega, que bien podría compararse a la carga de la Brigada Ligera, y, en vez de proceder como es común en estos casos (por ejemplo, cuando el presunto delito se ha cometido sobre el papel y no en la red), es decir, citando al imputado a declarar en calidad de tal, con todos los pronunciamientos y prevenciones legales, y seguir normalmente la instrucción hasta su elevación a plenario. Sobre todo cuando es un asunto tan poco claro -en lo referente a su calificación- en el que nos estamos moviendo en el muy borroso, elástico y amplio límite (más bien un hinterland, una tierra de nadie) que hay entre la injuria y la libertad de expresión. Que nos lo cuenten a nosotros, los de la Asociación de Internautas. Pues no: su señoría manda a la poli para detener a Torbe en su domicilio, con dos cojones, hombre; una medida probablemente ajustada a estricto derecho sobre la que el juez es soberano pero que el juez sabe mejor que nadie que debe aplicarse con suma moderación y restricción y que prácticamente nunca se utiliza en delitos de persecución a instancia de parte, por más que esa parte sea una administración pública.

Con ello, la inicial tontería del Ayuntamiento de Torrelavega ha tenido un efecto multiplicador en la desmesura judicial que, obviamente, tendrá un efecto devastador en la red.

No se me interprete mal. No estoy pretendiendo decir que en la red todo vale. En absoluto: en la medida de lo técnica y jurídicamente posible (que no siempre lo es), hay que exigirle a cada cual la responsabilidad por sus actos y por sus palabras. Pero hay que tener en cuenta las limitaciones que tiene la red, en relación al mundo presencial, en el asunto este de la persecución; hay que tener en cuenta las especificidades de Internet, las peculiares características de la red que hacen que, como en el presente caso, si no se actúa con fina y sutil habilidad, cum grano salis, como le sugería el secretariado comunista al alcalde Pepón en la obra de Guareschi, no sólo puede frustrarse el propósito, sino que puede haber un efecto boomerang que lleve lo contraproducente a lo devastador.

«Puta locura» era, hasta hoy, una página de cierto éxito; sus visitas, a partir de hoy, se van a multiplicar y no por mérito de Torbe sino por la torpeza de la corporación municipal cántabra de marras.

Lo siento -lo siento de verdad, de corazón- por las verdaderas víctimas de todo este desagradable asunto, las mujeres de Torrelavega, con las que me solidarizo citando un refrán catalán: «Brams d'ase no arriben al cel»; que, libremente traducido, vendría a decir que «Los rebuznos no les llegan a los ángeles».

En todo caso, hay que tener en cuenta algo que siempre le he oído decir a mi padre: hay muchas mujeres feas que, a los cinco minutos de hablar con ellas, te olvidas de que lo son. Y apostillo yo: lo mismo que ocurre con muchas mujeres guapas.

Una rosa y un beso. A todas ellas.

martes, 26 de septiembre de 2006

Danzad, danzad, malditos

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Ayer terminaron las fiestas de la Mercè, y casi acaba mal el asunto: una multitud (calculada en 200.000 personas, más los que quedaron fuera, Mossos d'Esquadra mediante) abarrotaron el recinto del Fòrrum para ver la actuación de «El canto del loco»; parece que hubo incluso conatos de avalancha y, por supuesto, el sistema de transporte público resultó colapsado y severamente desordenado. Es natural y, por una vez, la culpa no la tiene el Ayuntamiento (y conste que
en otra parecida ocasión también exculpé a John Anestesia) porque no es posible responder correctamente ante una masa de más de doscientas mil personas que se mueven simultáneamente hacia o desde un lugar. Además, en el otro lado de la ciudad se celebraba, más o menos a la misma hora, el tradicional «Piromusical», que también congrega a una ingente masa que debe ser vigilada, atendida y transportada. A todo no se llega. La culpa del Ayuntamiento, en todo caso, está en la promoción de esos espectáculos multitudinarios cuando sería mucho más deseable familiarizar la Mercè con actos descentralizados y más pequeños en los diferentes barrios. Allá películas: personalmente, no me moví de mi barrio -apenas siquiera de mi casa- en todo el fin de semana (soy, en este aspecto, muy franquista: las masas de más de veinte personas me producen urticaria o, como dice un amigo mío: la gente debería estar prohibida).

Lo que me entristece de todo este asunto es ver a toda esa masa ingente movilizándose, casi diría que con bulimia feroz, por una propuesta de ocio mientras que las cosas verdaderamente serias que -habrá que decir: teóricamente- preocupan de verdad a la ciudadanía obtienen movilizaciones casi de risa, de centenares de personas o, en el mejor de los casos, de unos pocos miles.

Se dice que los jóvenes están preocupadísimos con el tema de la vivienda y su carestía. Bien:
el próximo sábado hay una convocatoria en toda España, ciudad por ciudad. Ya veremos cuánta gente acude, pero no hay ninguna razón -contra toda lógica- para ser optimista. Si, por el contrario, acudieran a la convocatoria doscientas mil personas, si el delegado del Gobierno y la señora Tura se volvieran locos para rebañar policías de aquí y de allá para cubrir bien la cuestión; si el alcalde tuviera que dejar su asueto para ir al Ayuntamiento y devanarse los sesos para ver de dónde saca personal con el que reforzar el transporte público; si la prensa de papel y televisiva tuviera que jorobar el fin de semana a media plantilla para cubrir el acontecimiento; si los miembros de los consejos de administración de bancos y cajas tuvieran las líneas echando humo, oye que el lunes tenemos que hablar de esto, no faltes, a ver si este asunto va a traer consecuencias; si idem del lienzo los de las constructoras, joder, a ver qué va a pasar el lunes en el mercado contínuo; si los gobiernos de todas las administraciones tuvieran que masturbarse las meninges, a ver ahora qué decimos, oye, Pepito, qué se te ocurre que podríamos hacer para que parezca que afrontamos este tema en serio, qué medidas anunciamos que cuelen... Si todo esto sucediera, como ya dije hace muy pocos días, se habría dado el primer paso (y quizá de gigante) hacia la solución del problema.

Y lo que aún tendría más valor... ¿Más? Sí, más: la gente podría llegar a darse cuenta del poder real que tiene, sin necesidad de la tontería esa del votito; la gente podría darse cuenta de que puede frenar en seco muchísimas de las agresiones a que constantemente la somete el poder político y económico. Se podría poner en vías de solución el problema de la vivienda, del trabajo precario, de la propiedad intelectual, de la estafa del precio de la gasolina... ¿Sólo con manifestaciones? Es que no es la manifestación: es que lo que necesitamos, lo que realmente atemorizaría al enemigo sería la exteriorización de la firme voluntad de actuar en común, al unísono y con un mismo objetivo, sirviendo solamente a nuestros propios intereses, tal como los percibe cada uno de nosotros, sin la interferencia manipuladora de los de siempre.

Por supuesto, eso es puramente ilusorio; no porque sea objetiva o materialmente imposible, sino porque el instinto gregario y un hedonismo brutal y a todas luces exagerado cuidadosamente cultivado y frecuentemente abonado y regado por los interesados, tienen inactiva nuestra capacidad individual -y obviamente, la colectiva- de razón y de reivindicación. La perfección con que la manipulación de las masas ha avanzado en los últimos dos mil años ha llevado a que sobre aquello del panem et circenses, puedan prescindir del panem. Con la jarana, basta.

Y así nos va, claro.

lunes, 25 de septiembre de 2006

Alatriste

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Bueno, pues ya he ido a ver Alatriste.

Tras veinte años (más bien largos) sin ir al cine, he comprobado varias cosas... La primera, que las butacas de los cines de ahora son muy aparentes, pero a los diez minutos de estar sentado ya no sabes dónde meter el culo; antes, una vez te habías asegurado de que ningún cabrón había pegado un chicle en la butaca, no era la cosa para siestas, desde luego, pero se sobrellevaba bien la inmovilidad. La segunda, que tanta cagarela sobre las virtudes del cine en la sala y nada, todo mentira: la cosa, tal como se proyecta en el papel ese de delante, parece rodada en 400 ISO y el sonido no es tal sino un ruido de mil millones de innombrables, no sé qué necesidad hay de dejar sordo al público. La tercera, es que después de treinta años sin censura (o eso dicen los ilusos), sigue habiendo gilipollas que se ríen a carcajadas cuando un actor dice "mierda" o "me cago en tal", por más dramática que sea la escena. La cuarta, es que entre los [llamados] perfumes insufribles por la derecha, la sobaquina agria que viene de la izquierda (o viceversa) y el olor de palomitas masticadas que viene de atrás (y que tira pa ídem), uno añora aquellas épocas en que los cines se perfumaban con aquella porquería verde -que llamaban, para más cachondeo, esterilair- pero que era gloria bendita al lado de ese hedor. La quinta, es que encima de dejarte seis euros y veintitantos céntimos en taquilla -vaya atraco- tienes que aguantar más publicidad que en un intermedio de Antena 3 y, a mayor marrón, parte de la publicidad es de la obra social de la Caixa, ya se sabe, las hermanas dominicas esas que tan buenas son que nos llevan de excursión y hay que ver cómo cuidan de los tulliditos y de las preñadas con las comisiones que nos confiscan cuando hacemos nosotros su trabajo operando por Internet.

Conclusión: por más que lo nieguen los cinéfilos de pacotilla (o sea, prácticamente todos), en casa, con un buen sofá, con el amigo Jack y un vaso con hielo en la mesita, con el retrete a seis metros, con un mando a distancia con el pause y un reproductor DVD (capaz para DivX, of course), la cosa tira muchíiiisimo mejor, vaya que sí. Y sin exageraciones: una tele normalita, el reproductor conectado a la cadena estéreo y tira de cojones y mucho más barato, a dónde vas a parar. Y, total, para lo que hay que ver...

Bueno, pero vayamos al Alatriste, que es a lo que hemos venido.

Hombre, no está mal. Para empezar, demuestra que, con un poco de pasta y un director que no sea un neurasténico obsesionado con los usos masturbatorios en el medio rural del secano castellano durante la posguerra, en este país hay quien parece que sabe hacer cine y todo. Debo confesar que no creía yo en esa posibilidad, pero hay que rendirse a la evidencia por excepcional que sea (y mucho me temo que lo es: a estas horas hay un montón de cretinos experimentales gastándose en idioteces infumables el dinero que les regala Dixie, que es el nuestro, a mayor escarnio).

Lo más negativo, un guión errático: una sucesión de cosas que van pasando sin tener nada que ver una con la otra (su orden podría alterarse sin que la presunta trama argumental ni se enterara). Lo más positivo, una realización cuidadísima en todos los aspectos: vestuario, fotografía, iluminación, exteriores, ambientación, sonido directo, que ya es raro, pero, además, de una calidad inaudita en nuestro desgraciado cine nacional y, en fin, un conjunto que hace de cada escena un verdadero cuadro, una obra de arte visual.

Los pocos españoles que saben historia constatarán cómo incluso en las más altas cimas de la gloria, este país hiede a mierda que no hay quien pare en él. Para la mayoría de españoles que no tiene ni puta idea del país en el que vive y para el común de los extranjeros, el asombro de ver cómo una nación puede dominar el mundo con dos sobrados cojones y vivir en la miseria moral y material más abyecta. De verdad que me gustaría comprobar la reacción íntima de un norteamericano medio mientras ve esta película (el español medio me importa tres pimientos: seguirá masticando asquerosamente sus palomitas y lo mismo le dará un cosido que un fregado). Seguro que no se lo cree.

Los forofos del toro coñaquero añorantes de hazañas de héroes de Baler se quedarán corridos: nada de banderas al viento ni de trompetas victoriosas, ni fieles infanterias ni alcázares sin novedades; lo único que preocupa a los forzosos héroes del XVII es que llevan cinco meses sin cobrar (incidentalmente: fue rigurosamente auténtico). La única concesión al espectador ansioso de ardor guerrero es una desmayada negativa a la rendición a la voz, flojita y monocorde, de esto es un Tercio español.

Para los forofos de Alatriste (libros) y de Pérez Reverte, bien, vale, el tono de la película es coincidente con el que cabía esperar, su calidad formal también, y cabe plantearse el divertido ejercicio -nada difícil, por otra parte- de adivinar a cuál de los cinco libros pertenece la escena que se está viendo a cada momento. No decepciona, en absoluto, pero tampoco se sale pletórico de entusiasmo. Está bien. Punto. Si miráis los foros, veréis que la impresión es esa.

Pero, bueno, la película puede enseñarse. Si compite por el Óscar no creo que lo gane (no es el tipo de película de aventuras que los norteamericanos esperan ver, aunque está realizada muy a su medida), pero hará un papel digno, que según están las cosas, ya vale.

Bueno, pues dentro de veinte años, cuando se vuelva a hacer una cosa de parecida calidad, quizá vuelva al cine. Aunque después de esta experiencia, con calidad y todo, sigo pensando que mejor en archivo digital y en casa. O sea que igual no, igual no vuelvo.

Y a la Caixa y a los exhibidores, que les den por el culo.

jueves, 21 de septiembre de 2006

Kilitos, Ibarra y censura

De la serie: «Los jueves, paella»

¡Qué estupenda polémica ha venido de la mano de la Pasarela Cibeles y de la criba de esqueléticas! Un montón de tías de estas que parecen salidas de películas de terror se han puesto histéricas (bueno, esto posiblemente forme parte de su patología) y también han puesto el grito en el cielo algunos diseñadores. Lo más curioso es que la nota de corte ha sido un cociente 18 de masa corporal, lo que es claramente insuficiente: por lo que he podido ver en los reportajes, las señoras esas siguen siendo mayoritariamente cadavéricas, así que habría que ir pensando en subir el corte a 20 y así y todo sería delgadez, aunque no ya extrema, puesto que el índice medio saludable se establece para las mujeres entre 22 y 24. Aprovecho para recordar que el índice de masa corporal se obtiene dividiendo el peso en kilos entre el cuadrado de la estatura en metros, y, aunque hay que matizarlo individualmente, caso por caso, es un cociente más objetivo que la talla porque, como cualquiera puede comprender, no es lo mismo la talla 38 en una señora de 1,65 metros de altura que en otra de 1,80. En todo caso, son mejores y más operativas estas medidas positivas y plausibles que andar cerrando páginas web como bobos.

El asunto ha tenido además un grato efecto multiplicador: la pasarela Gaudí o Barcelona, o como quiera que se llame ahora la pachanga textil catalana, parece que va a aplicar los mismos criterios al igual que otro certamen portugués. Y, en fin, la medida ha suscitado comentarios aprobatorios en toda la prensa europea, aunque un diseñador de voz atipladita, él, se haya quejado -con evidente exageración, no sé si eso formará parte, a su vez, de su eventual patología- de que no se va a poder trabajar con modelos gordas y celulíticas.

Aparte de que sí, de que pueden perfectamente trabajar con modelos gordas y celulíticas; pero si no les gusta, si sus trapitos no quedan lo bastante cool con señoras suficientes, siempre pueden recurrir a las oficinas del INEM, donde les harán sugerencias útiles para que se ganen la vida de otra manera, en lugar de tocar lo que no suena a los (y, sobre todo, a las) adolescentes y a sus padres.

Contrasta esto con una campaña comercial de la firma multinacional de cosmética Dove llamada
Campaña por la belleza real (lamentablemente, la página es toda ella porquería Flash) donde reivindica a la mujer corriente, a la que vemos por la calle, con sus estupendas imperfecciones, con ese medio centimetrillo de tripita graciosa o con ese culo un pelín abundante que, a la postre, resulta tan suculento. La publicidad gráfica de la compañía, que puede verse en cualquier calle española, es un encanto.

Porque, claro, estas cosas van a gustos. No obstante creo que la mayor parte de los hombres hetero sin transtornos de la conducta sexual estaremos de acuerdo en que hacérselo con una de esas modelos talla 36 tiene algo de necrofílico, ha de dar repelús. Además, puede ser peligroso: te clavan una clavícula o un hueso de la cadera y el problema es para el personal de Urgencias. Quita, quita...

Probablemente haya más división de opiniones con las mujeres perfectas, las mujeres 10, aquellas que, seguro, no tienen problemas de índice de masa corporal y que, contrariamente, tienen todas las masas en su exacto lugar y correcta proporción dentro de un cierto estándar de razonable rotundidad anatómica. Personalmente, pertenezco al sector que piensa que la excesiva perfección es cosa de poliuretano: a mí, estas señoras me parecen de plástico y me inclino más por las alegres infracciones canónicas de una anatomía de carne y hueso.

Y en fin, la historieta aquella que no sé si es anécdota o es real, según la cual Marylin Monroe le propuso -en broma, supongo- a Albert Einstein que tuvieran un hijo común, que habría de ser algo fenomenal si heredaba la belleza de ella y la inteligencia de él. Einstein, según la historieta, habría rehusado -en serio, supongo- aterrorizado ante la posibilidad de que la herencia pudiera ser a la inversa.

Pues eso.
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Se va Ibarra de Extremadura, vaya, de su gobierno, ya se entiende. Oficialmente, por el compromiso que para su salud supone el infarto de miocardio que sufrió el año pasado, en noviembre, si no recuerdo mal. Realmente, a lo mejor es eso o a lo mejor vete a saber.

Me queda una sensación contradictoria. Como catalán, debería alegrarme. Ibarra no es sólo un antinacionalista -ahí, coincidiríamos, incluso- sino un redondo anticatalán. Ibarra nos ha hecho mucho daño, no a los catalanistas sino a los catalanes. Desde esa perspectiva, la marcha de Ibarra debería alegrarme y me alegraría si no fuera porque deja un buen heredero: el escasamente eficiente Defensor del Pueblo, Enrique Múgica Herzog, otro a quien se le sublevan las almorranas en cuanto oye hablar en nuestra lengua.

Pero como ciudadano -en una no sé si posible abstracción hipotética de mi condición de catalán- lo siento. Lo siento, en primer lugar, por los extremeños. Creo que Ibarra es lo mejor que les ha podido pasar y creo que ha levantado esa región -aunque todavía hoy la más deprimida de España- más de lo que la generación anterior pudo soñar. Es verdad que ha contado con muchísimas ayudas económicas, tanto estatales (¿catalanas?) como europeas. Es verdad. Pero otros también las han tenido y no han sabido gestionarlas. Si los fondos mineros asturianos los hubiera gestionado Ibarra en vez de toda la colección de pisacharcos que se han sucedido en el gobierno del Principado, otro gallo le estaría cantando ahora a la tierrina. Espero que Ibarra haya dejado escuela de esa eficacia de gestión: la van a necesitar, porque se les vienen encima las duras; los fondos europeos van a recortarse mucho y los estatales no van a venir muy boyantes.

En lo demás, Ibarra era de lo poquito que va quedando de honradez ideológica. No es que fuera un socialista rrrrrrevolucionario, ni mucho menos, pero tampoco podría calificársele de fucsia, que es el más cariñoso epíteto que se merece esa chusma que hay ahora en la mal llamada izquierda española. Todavía recuerdo cuando llegó al poder -con las habladurías ciudadanas calificando de maestrillo al, en realidad, profesor universitario, cosa que volverá a ser en breve, según parece- y entró a saco en las propiedades de algunos terratenientes marqueses, condeses y otros eses. Creo recordar que los tribunales le pararon los pies -al menos en parte- pero ya enseñó los dientes y el programa de festejos a una serie de capullos que supieron a que atenerse y empezaron a avenirse a razones.

Como activista del software libre no es que lo sienta, es que llevo un disgusto tremendo. En este desgraciado país de calcetines sudados, Ibarra -por sí o gracias a los asesores que él puso ahí, lo que meritoriamente viene a ser lo mismo- ha sabido percibir de dónde viene el viento del futuro e implantó en Extremadura el sistema educativo tecnológico más avanzado de Europa, quizá del mundo: abrazó la eficacia y la eficiencia del sistema operativo GNU/Linux y, a caballo del mismo, ha hecho de Extremadura una región con un potencial de conocimiento a mucho menos de una generación vista, importante. El proyecto de alfabetización digital para todos los estamentos sociales y la creación de una red de telecentros que ha permitido el acceso a los medios tecnológicos del cien por cien de la población, la informatización de las aulas escolares públicas y, lo más reciente, la migración de toda la administración pública autonómica de Extremadura al software libre aprovechando el buque insignia del proyecto, la distribución GNU/LinEx, basada en Debian, que utilizamos incluso muchos particulares ubicados físicamente lejos de Extremadura. Yo mismo, por ejemplo. La comunidad está ahora expectante y con un cierto culín: ¿seguirán los herederos de Ibarra con el proyecto? ¿Lo dejarán morir?

GNU/LinEx y el proyecto extremeño han sido consagrados internacionalmente, con el reconocimiento de la propia ONU y, más espectacularmente aún, con la noticia de que será la distribución que motorizará el famoso ordenador de 100 dólares que promueve una institución tan indiscutiblemente solvente como el Instituto Tecnológico de Massachussets, el legendario MIT.

Que tenga una larga, apacible y grata jubilación y que, en ella, sufra sus sombras y goce sus luces. Pero en mi memoria y pese a los defectos -ciertamente imperdonables- antes apuntados, Rodríguez Ibarra quedará como un hombre que luchó por su tierra desde el rigor y desde un indudable genio; y quedará como un hombre que supo ver cómo la tecnología, cuando se usa con racionalidad, con independencia (con neutralidad, doña Rosa), es un factor de desarrollo de primer orden que puede dar muchas sorpresas en el mundo del futuro.

Ojalá en ese futuro pueda estar España entera, no sólo Extremadura.
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La carraca que está montando la perrera con el asunto del 11-M es, desde luego, alucinante de todo punto. No recuerdo jamás tal espectáculo en España desde que tengo uso de razón y memoria, y mira que las ha habido gordas. Les va a costar caro, de eso no hay duda, porque cada vez me topo con más gente de derechas que no quiere saber nada de esas maneras y de esa forma de intoxicar a la opinión pública para mal disimular un error enorme (de hecho, un engaño con el que quisieron arrimar el ascua a su sardina en algo muy traumático) que les costó unas elecciones y sobre lo que, además, no hay vuelta atrás. Uno no entiende cómo habiendo pagado ya una factura que no tiene devolución posible, se empeñan en reclamarla -injustificadamente, además- a riesgo -muy probable- de que con ello acaben pagando aún más facturas y, seguramente, mayores. No, el honor no es: esos tíos no lo tienen (y los de enfrente, tampoco; menuda peña, unos y otros).

No pareciendo, pues, que su interés sea ganar las próximas elecciones, uno se pregunta qué pretende la perrera que controla lo que hasta el año 2000 era un partido de derechas normal y corriente, capaz incluso de hacer bien alguna cosa que otra.

Pero lo que pasó ayer en el Parlamento, con todos los grupos conchabándose para acallar a uno fue absolutamente inaudito. Inaudito hasta lo sospechoso, para qué vamos a engañarnos.

¿Qué es lo que hay que temer de la palabra? Aún cuando se la pueda calificar de ruido ¿quién teme que otro hable? ¿Y por qué? ¿Va a convertirse este ¿por qué? en la pregunta del millón?

Quemar un libro, secuestrar una publicación, cerrar una página web, incluso por orden judicial, retrata a quien lo hace o promueve y lo pone en una situación mucho más baja que la eventual villanía en la que con sus palabras hubiera podido incurrir el así amordazado.

¿No habíamos quedado -así lo han insistido hasta el hastío durante más de un cuarto de siglo- que el Parlamento es el sacrosanto templo de la palabra? Ya lo sé: en esta legislatura, el PP no ha hecho más que ladrar; pero me temo que el parlamento también es el sacrosanto templo del ladrido cuando quien lo emite es un señor que ocupa un escaño. La cosa funciona así. Y si no funciona así, si esto es la ley del embudo o el Reichstag hitleriano, que lo digan y sabremos a que atenernos (corre, agafa les maletes i no paris fins a Perpinyà; ja s'ho faran!, cantaba La Trinca, aludiendo a lo que procede en estos casos).

Lo que le hicieron ayer al PP todos los grupos parlamentarios, por más que lo permita el Reglamento del Congreso, la Biblia en pasta, la flauta de Bartolo o la carabina de Ambrosio es, redondamente CENSURA.

Andan estos sociatas muy puestos en esto del poder omnímodo: anteayer querían cerrar webs manu militari, como quien dice (y no han rectificado, pese al clamor de la red); ayer, cerraron la boca al principal grupo de la oposición (depositario de millones de votos, por poco que nos guste). ¿Qué nos espera mañana? ¿Deportaciones a Siberia?

Esto está empezando a ser muy grave.
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Pues, hala, otro jueves al coleto y adiós verano, adiós. El próximo, 5 de octubre, será ya otoñal astronómicamente; veremos el clima cómo se comporta, aunque yo nunca me vuelvo a poner el sayo hasta muy pasado el Pilar. De momento, se acercan las fiestas patronales de Barcelona, que serán este próximo fin de semana alargado al lunes; veremos cómo se dan. Por mi parte tengo pendiente para esos días una promesa que hice a mis lectores y que creo que voy a poder cumplir.

Iniciamos el último trimestre del año, joder, que cuanto más viejo se hace uno, más rápido caen, parece que fue ayer cuando celebraba el Año Nuevo de este y ya tenemos el 2007 a la vuelta de la esquina. No el AVE, pero sí el 2007.

Qué país...

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Propiedad papelera

De la serie: «Correo ordinario»

Este tema de la propiedad intelectual llega a extremos de locura. Leía hace muy pocos días (lamento no poder poner el enlace: no recuerdo dónde lo leí) que los editores estaban indignados con Google no sólo por la digitalización de libros aún sometidos a derechos económicos de autor sino también por la digitalización de libros que están en el dominio público, basándose en que el editor hace un esfuerzo económico para la divulgación de ese libro del que Google se aprovecha.

Podría responderse a esto que la solución (o mejor: la burla) al cabreo editorial está en no ofrecer la imagen digitalizada del libro sino solamente el texto, es decir, tras pasarle a la imagen un OCR. Esto tendría dos objeciones (desde el punto de vista de Google, claro): la primera, que no existe aún el OCR perfecto, lo que implica que cada libro requeriría un número de horas -probablemente no pequeño- de trabajo humano que encarecería el proyecto quizá hasta lo imposible; segundo, que el texto puro y duro de una obra descatalogada, ya es dominio público pleno ante la imposibilidad de identificar su procedencia; la imagen en sí misma, en cambio, es de propiedad intelectual de Google. Aquí vamos, como veis, de puta a puta y sigo la ruta.

Pero no es del negociete de Google de lo que quiero hablar, sino de un nuevo despropósito en la escalada apropiacionista: o sea, que el editor quiere cobrar, pretende tener derechos económicos vigentes, incluso en obras que ya son del dominio público, que han sido devueltas al procomún. El editor también tiene un truco para evitar las imágenes digitalizadas de Google, es un invento que ya pusieron en práctica para piratizar las fotocopias de contenidos de dominio público: se coge a cualquiera -de más o menos prestigio, según lo caro que se quiera vender el libro o lo mucho o poco que se le quiera promocionar- y se le encarga que haga comentarios sobre la obra enla misma obra (generalmente, comentarios a pie de página); muchos comentarios, de tal forma que no exista prácticamente página que no tenga un pie con un comentario. Claro, estos comentarios sí constituyen, de acuerdo con la abominación legal, propiedad intelectual (que, naturalmente y como es costumbre, ostentará el editor). Por tanto, la digitalización de un «Lazarillo de Tormes» comentado por don Celemín Carrasclás, catedrático emérito de la Universidad de Guitarrita Alta, provocará la urgente invocación a los GEOs al clamor tremendo de ¡piratería!, ¡robo del salario de un autor! y del resto de sandeces del repertorio.

El copyright llevado al soporte es el último peldaño del sótano más infecto de la charca putrefacta del apropiacionismo. Por ejemplo, el cuadro de Velázquez «La rendición de Breda», es del dominio público. El cuadro, ya se entiende, como hecho intelectual: el lienzo material nos pertenece solamente a los españoles a través de la institución conocida como Patrimonio Nacional. Pero no podemos digitalizar una «Rendición de Breda» desde una fotografía publicada en un libro: esa fotografía está sujeta a derechos económicos de autor (bien entendido que hablo sólo de la fotografía, no de otros contenidos del libro). Absurdo.

O sea que, ahora, el papel, el simple y puro papel, también debería producir ingresos por derechos de autor, según algunos cafres. Pero bueno... Cuando se edita una obra que está en el dominio público ¿cuál es el valor añadido que permite cobrar por esa edición? Evidentemente, la edición estricta, el libro material, no puede ser otra cosa. Pero entonces... cuando alguien ha comprado ese ejemplar, la editorial ya ha cobrado lo que tiene que cobrar sin que pueda quejarse de lo que se haga ni con el continente (ya pagado) ni con el contenido, que sabemos que es libre ya. ¿Qué más se supone que tiene que reclamar en este caso el editor? Sólo podría quejarse si el libro le hubiese sido robado en términos materiales no en los metafóricos tan caros al apropiacionismo.

Ya sabemos que la codicia es larga y ancha y que la especie humana está materialmente imposibilitada de ver una salsa sin verse en la perentoriedad de lanzarse sobre ella armada de una barra de pan, pero todo tiene sus límites y la simple presencia en un proceso que acaba adquiriendo valor económico no otorga automáticamente el derecho a participar de ese valor.

Sobre todo cuando la presencia en cuestión está en vías de extinción. Cuando, a través de una búsqueda de Google estaba intentando localizar la referencia de la noticia que encabeza y da lugar a esta entrada del «El Incordio», he accedido a una presentación de un curso de verano de la Universidad Menéndez Pelayo sobre este tema. Leída así a vuelapluma, resulta que una directiva editorial escribe, en tono resignado pero patético, que dentro de veinte años no habrá un solo título sin digitalizar. Presumiendo -y no creo que por ello pueda ser acusado de determinista- que dentro de veinte años (y de muchos menos) existirán ya modos y medios eficientes y cómodos de lectura digital, cabe vaticinar que el libro, el libro entendido en su aspecto material, habrá prácticamente desaparecido como elemento de consumo masivo. El negocio, pues, de la edición de obras artísticas del dominio público, es el primer barco de toda esa flota ruinosa de la propiedad intelectual que se hundirá; a ese viejo y podrido cascarón de nuez le quedan dos telediarios.

Por eso es, si cabe, más indignante que pretendan sacar tajada de un modelo de negocio que ya no tiene prácticamente ningún objeto y que está listo para descabello.

¿Cuál será la próxima de esos majaderos?

martes, 19 de septiembre de 2006

Ganarse la vivienda

De la serie: «Pequeños bocaditos»

No es que sea materia muy concreta de esta bitácora -salvo, acaso, en las paellas de los jueves- pero cuando hay que ayudar hay que ayudar y la causa, además, lo vale.

Sepa, pues, todo el mundo -afectados directos y materiales, por supuesto, pero también todos aquellos que sin sufrir el problema en carne propia nos indigna que muchos conciudadanos no puedan ejercer sus derechos más esenciales por culpa de la especulación y del latrocinio- que el próximo sábado, 30 de septiembre a las 18:00 horas (seis de la tarde), en la plaza de Catalunya, en Barcelona, tendrá lugar una manifestación por el derecho a una vivienda digna
.

Las manifestaciones, por sí solas, no arreglan cosas, ya lo sé. Pero son el principio, son el primer paso del camino que conduce a la solución. Si no se da este primer paso, nunca se culmina el recorrido. Y lo que no puede ser es que, con tantísimo afectado, estas manifestaciones cuenten sus participantes por centenares mientras cualquier cuchipanda municipal, por estúpida que sea (y la mayoría lo son un rato) congrega fácilmente centenares de miles de botarates.

Si a la manifestación del día 30 concurren decenas de miles de jóvenes (y no es mucho pedir, porque los afectados son centenares de miles, quizá algún millón que otro en el área barcelonesa) algo estará empezando a cambiar. Al tiempo.

Déjate de sonrisitas sarcásticas, déjate de hacer el burro en la discoteca, déjate de pensar que pasas de estas movidas frikis, muchacho, empieza a hacerte consciente de tus derechos y de la obligación moral que tienes de reclamarlos, sé responsable, por una vez, contigo y hacia tí mismo, y empieza a mover el culo ahora.

Ya.



Peligro: ¡mafia!

De la serie: «Correo ordinario»

Siguen y no paran. Lo sabíamos. Pese a que el último fracaso en el intento de colar de rondón las patentes de software en Europa parecía definitivo, no nos fiamos y, en medio de descorches de cava, avisábamos, alegres pero muy desconfiados, que no había que bajar la guardia, que había que estar atentos para ver por dónde iban a intentar colarlas esta vez.

Ahora ya lo sabemos: puenteando el sistema público de la Unión Europea.
lo explica Juantomás García, el presi de Hispalinux, en su blog, del que extraigo parte de la explicación, procedente de un escrito de Roberto Santos, que es muy clara: Algunos políticos con conocidos intereses particulares en la industria de patentes y en multinacionales norteamericanas de software, junto a los funcionarios de la OEP, intentan que la UE haga outsourcing del sistema de propiedad intelectual e industrial para eliminar los controles políticos y judiciales sobre el sistema de concesión de patentes [...] La EOP (oficina de patentes europea) que no es un organismo de la UE, tiene concedido por un acuerdo la gestión de la aprobación de patentes, pero los los Estados tienen jurisdicción para, en caso de conflicto, dirimirlo en sus tribunales nacionales. La iniciativa se llama EPLA y trata de que no se someta a la jurisdicción de la UE y que los Estados miembros no tengan potestad sobre las patentes que afectan en su territorio. Esta iniciativa es un agujero negro sin control por donde pueden introducirse patentes que no se ajustan a los criterios definidos por la UE y pueden lesionar sus intereses.

Así de fácil. Puro y duro gangsterismo al estilo Chicago principios del XX. Se trata de que la protección contra las distorsiones del sistema de patentes la ejerza la propia Oficina de Patentes, sin recurso alguno a tribunales ordinarios. Si Al Capone hubiera llegado a imaginarse algo así, se hubiera quitado el sombrero: ¡su propia organización constituyendo el organismo jurisdiccional que procesa a sus muchachos con exclusión de la justicia ordinaria!

Si no fuera por la cantidad de veces que lo he dicho ya (y no sólo yo, sino miles de voces mucho más cualificadas) diría que esto está yendo demasiado lejos. El atentado sistemático, mafioso y reiterado contra la soberanía de la Unión Europea y de sus estados y contra los intereses de sus ciudadanos por parte de un lobby absolutamente corrupto constituido por el funcionariado de las oficinas de patentes (le llaman funcionariado y no sé por qué: son organismos privados) impulsados por una industria codiciosa y por un sistema político-económico que quiere sujetar en monopolio de unos pocos el desarrollo tecnológico en un momento en que lo más sustancial de éste se sustenta, precisamente, en el conocimiento, ha llegado ya hace tiempo a extremos vergonzosos.

Sorprendentemente, nuestros políticos se están comportando, en este aspecto; pero el resto de sus actos en materias que no andan conceptualmente lejos de la que nos ocupa hacen que su limpio historial en el tema de las patentes de software no sea insuficiente para quitarnos del cuerpo el miedo y la desconfianza. Sabemos -porque lo vemos a diario- que Micro$oft se mueve por los edificios públicos españoles no como por territorio conquistado sino como por territorio propio. Y sabemos que Micro$oft es el miembro más activo, más interesado y, en definitiva, cabeza visible y real del lobby apropiacionista que patrocina la constante e incesante ofensiva de las patentes de software. Sabemos, por tanto -tantas veces lo habremos visto...- que los expedientes más limpios tardan en mancharse lo que tarda alguien en firmar un cheque.

A mí me gustaría ser tan optimista
como lo fue Pepe Cervera el pasado mes de julio, pero me cuesta; tenemos delante a un enemigo (no adversario: enemigo) que no se detiene ante nada, que carece de ética y que carece incluso de estética, porque no hay vergüenza que le detenga a la hora de emplear las tácticas más sucias que puedan concebirse, y le da igual hacerlo de tapadillo o a plena luz del día.

Espero que podamos detener este nuevo intento pero incluso así... ¿cuánto habremos de esperar para detectar la siguiente maniobra (puerca, por supuesto)? Y otra cosa: ¿cuánto tiempo aguantarán los políticos esta guerra de desgaste? Más: ¿realmente necesitarán los políticos tanto como el desgaste para ceder o bastará con mucho menos?

El verdadero problema que tenemos con las patentes de software es la ignorancia del hombre de la calle; la ignorancia cuando no la irresponsable defensa de las mismas. Digo irresponsable por falta de meditación. La habilidad del apropiacionismo ha consistido en la falacia de la propiedad intelectual; la propiedad es un concepto con el que todos, hasta el más lerdo, sabemos manejarnos y, por tanto, ha bastado equiparar -de forma conceptualmente perversa y falaz, claro- el conocimiento a los bienes materiales, para que el ciudadano común tome partido rápidamente. A partir de ahí, si el debate de las patentes de software llega a la calle (de lo que, desgraciadamente, aún estamos lejos) tendremos que desplegar grandes esfuerzos (enormes esfuerzos) para convencer al ciudadano de a pie que los antiapropiacionistas no somos anarquistas que pretendemos privar de su trabajo a unos pencos ni quitarle a él el pisito cuya hipoteca le cuesta tanto esfuerzo sino que, al contrario, constituimos un movimiento que pretende recuperar algo que el apropiacionismo intelectual nos ha robado a todos, que no pretemos robarle sino
devolverle..

Esta idea errónea que tan implantada por omisión tiene la ciudadanía, es bien conocida de gente como Gates o Bautista, por poner los dos ejemplos más conocidos en España (que ni de lejos son los únicos). La boutade de Gates llamando comunistas a los partidarios del software libre es mucho más inteligente de lo que solemos creer: aunque sea una imbecilidad (y él sabía que lo es), es un mensaje que cala en el espíritu de los ciudadanos comunes y más en el de los norteamericanos.

Por tanto, entre intento salvaje e intento cafre del apropiacionismo para enchufarnos a la trágala las patentes de software, el mundo del conocimiento libre debería dedicarse -además de vigilar la llegada del siguiente embate- a una profunda y extensa labor de pedagogía en la calle. Hay que llegar como sea a los medios de papel y a las televisiones, hay que conquistar los corazones de los intelectuales que influyen en la opinión pública. Sobre todo, hay que hacer ver a la gente que la propiedad intelectual no tiene nada que ver con la propiedad común, que no son conceptos paralelos, ni similares ni mucho menos inseparables, que la misma palabra está definiendo realidades completamente distintas e incluso opuestas.

Lograr esa conquista de la calle sí que sería nuestra gran victoria.

lunes, 18 de septiembre de 2006

Adiós, Oriana

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Se nos fue Oriana Fallaci. Mujer controvertida, la han calificado en la mayoría de los papeles escribidores más bien tirando a capones que no se han atrevido a criticarla, acoquinados ante su calidad literaria y su enormidad periodística, y que tampoco han osado quitarse el sombrero ante el valor físico y moral de una mujer que siempre llamó al pan, pan y al bastardo, hijo de puta, pasándose por el arco del triunfo la gilipollez políticamente correcta. Los pobres enanos moral y mentalmente castrados la llevaron incluso a los tribunales por «La rabia y el orgullo», su último y furioso canto de verdades del barquero; por cierto, no sé cómo terminó, ni si hubo sentencia ni en qué sentido. Bah, no me interesa en lo mínimo, como muy probablemente le importara a ella un rábano.

Me alegra que muriera en Florencia, la ciudad que siempre amó, la flor más perfumada del Renacimiento, un marco digno y perfecto para una dama como ella. Me apena, en cambio, leer que, por disposición suya, sus exequias se han realizado en una más que estricta intimidad. Parece que apenas asistió una docena de personas.

Es una pena que no podamos despedir a nuestros grandes hombres y mujeres como se merecen. Parece que ahora está de moda disponer para uno mismo unas honras fúnebres en la intimidad. Me imagino el por qué, naturalmente: la gente grande no quiere que los enanos rodeen sus restos en la última ceremonia; a los grandes de verdad, les pone enfermos -igual que nos pasa a los pequeñitos- la perspectiva de los políticos haciendo el figurón a su costa, de imaginarse el propio cadáver rodeado de gente tan baja, tan vil, tan poca cosa moral. ¡Qué asco, por Dios!

Ya en otro orden de cosas, recuerdo como, tras ganar el año pasado el campeonato del mundo de Fórmula 1, Fernando Alonso quiso hacer otro tanto, no celebrar su éxito con un gran acontecimiento, adivinando la ingente cantidad de capullos que se apuntarían prestos a la foto. Al dejarlos con el culo al aire, le dejaron un balcón, así por las buenas, para que él solo se lo montara con la chusma. Naturalmente, la ceremonia quedó desangelada, por más que la plaza estuviera llena de asturianos entusiastas. Si no estamos nosotros, búscate la vida.

Qué triste.

No podemos celebrar nada, ni vidas ni muertes, ante la perspectiva de que un intento de celebración digna y multitudinaria nos obligue a pasar por la náusea de tener que aguantar a esos indeseables que, encima, impúdicos, no vacilan en colocarse desvergonzadamente en primera fila.

Tengo en casa algunos libros de Oriana Fallaci. Uno de ellos, mi favorito, quizá, es «Entrevista con la Historia». Literariamente no es, seguramente, el mejor. Mi predilección es personal: recuerdo a todos y cada uno de los personajes entrevistados y las circunstancias que protagonizaron y que les hizo acreedores a la atención de la Fallaci. En ese mismo libro, en notas en papel o escritas a lápiz en sus propias páginas he ido anotando cómo han acabado -en su caso- estos personajes y qué peripecias posteriores a la entrevista vivieron. Resulta muy curioso contrastar lo que dijeron aquel día con la historia posterior. Pero hay algo intocable en ese libro: es la Oriana Fallaci que se proyecta -con toda su rabia y con todo su orgullo, mira por dónde- sobre cada uno de los personajes a los que entrevista; para concluir que, en realidad, esa entrevista con la Historia es, casi mejor, una entrevista que la Historia le hace a ella.

Adiós, Oriana. Te echaré de menos. Mucho.

¡Fuego!

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Varios frentes abiertos otra vez y a la vez, que va a haber que ir tratando; algunos ya llevan días. La rentrée guerrera ha sido un poco morosa y le dio semana y media de cuartelillo al mes de septiembre, pero ya está la artillería haciendo temblar el ambiente.

Por una parte, las patentes de software atacan de nuevo. Atacan de nuevo en una maniobra, como ya es habitual, por la mano izquierda, de forma enrevesada y a la chita callando; por cierto, y hablando de manos, se ve que está la de Micro$oft detrás del asunto y con el software libre como objetivo a batir (o sea: a abatir). Tendré que estudiar un poco la cuestión (como digo, es realmente enrevesada) y a ver si la explico para que todos la entendamos. Pero urge: parece que tenemos el problema encima a finales de este mismo mes, o sea, dentro de diez días.

Por la otra, si vimos que Clos nos dejó un recuerdo suyo en el convento, lo mismo ha hecho Montilla y nos ha preparado una Ley de ¡¡¡impulso!!! de la sociedad de la información en la que se pretende que la autoridad, policial, por supuesto, pueda cerrar páginas web. Aquí está, a modo de avanzadilla del problema, un
enlace al proyecto de ley en cuestión (documento PDF).

¿Más aún? Sí, señor, más aún. El PSOE se montó este fin de semana un cachondeíto fino no se sabe muy bien para qué -muy probablemente para salir en los papeles, ahora que anda calentito ya el panorama electoral- y ya en el colmo de la desfachatez invitó con voz y voto (sic) a gentecilla como Teddy Bautista, Pili Bardem, Víctor Belén, digo, Víctor Manuel y otras hierbas. Para que no nos quepa duda alguna de lo que hay, como si dijésemos. Aprovecharon para inaugurar televisión en red... que sólo puede verse con Güindou$, según parece, pero, mira, en este caso, como que me importa un pimiento, oye, ni que la hubieran previsto para ser operativa incluso con el kernel más antiguo y arrastrado de Linux. Bueno, pues, como era de esperar, los de la sopa boba pillaron cacho, no faltaba más, y además de la voz, el voto y los canapés, levantaron un buen pedazo de nuestra pasta (no de la de los sociatas, no: de la nuestra). Para variar, también aquí tenemos una
avanzadilla del problema de la más que clara y diáfana mano de Periodistas 21.

Nada, que no damos abasto y parece esto una película -mala- de espadachines: con un florete en cada mano y un tercero en un pie, batiéndonos cada uno con cuarenta guardias del Cardenal simultáneamente. No son molinos, son gigantes y de los peligrosos, así que fuerza y a arremetellos por todos los flancos.

Y por cierto: si esta semana se me ocurre siquiera insinuar que no tengo materia sobre la que escribir, os autorizo para que me déis, allá donde me encontréis, un puntapié en el trasero.

Hasta ahora mismo (o casi).

viernes, 15 de septiembre de 2006

Esto es clavarla

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Hacía tiempo que no veía una tira cómica que expresara tan exactamente lo que sentimos la inmensa mayoría de los españoles por encima de ideologías, religiones, sexo, estatura, gustos gastronómicos u orientación sexual:

(20 minutos - Edición del 14 de septiembre de 2006)

jueves, 14 de septiembre de 2006

Monumento a los caídos

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Se caen de esta bitácora dos enlaces, uno antiguo y el otro mucho más reciente. Uno es la República Internet de Carlos Sánchez Almeida. En su momento, ya comenté el abandono de la lucha en red del conocido abogado antiapropiacionista y no tiene sentido mantener un enlace que aún conduce a algo -un libro suyo, muy interesante, por cierto- pero que no es sino una bitácora congelada (me da no sé qué decir «muerta»). Otro es la bitácora de Mercè Molist, escritora y periodista, buena conocedora de la red, que un día se despertó después de haber tenido un sueño y adiós muy buenas, la amiga Mercè cambia el rumbo y se va a surcar otros mares literarios. Espero, sinceramente, que tenga mucha suerte en esta nueva etapa.

Así que, por primera vez desde su fundación, «El Incordio» resta en vez de sumar. Es una pena: eran dos bitácoras muy distintas pero de gran calidad las dos; la de Sánchez Almeida era, además, una referencia.

Es un pequeño drama, pero no el acabóse. Todo nace, se desarrolla, a veces se reproduce y muere. La inmortalidad -que cabe, en este ámbito de los escribidores- es posible pero difícil, queda solo al alcance de unos pocos privilegiados.

Otras bitácoras nacerán y esta mía, vuestra, las irá recogiendo; y «El Incordio» volverá a sumar: volverá a sumar amigos, volverá a sumar caminos, volverá a sumar ideas.

Seremos aún más y seremos aún mejores. Que no os quepa duda.

Radares y niños

De la serie: «Los jueves, paella»

Las cosas, como son: tenía razón el PP cuando, ante la última regularización masiva de inmigrantes ilegales, clamó por el efecto llamada que causaría tal regulación (ciertamente enorme). De vez en cuando, y sin que siente precedente, el PP tiene razón y todo; lo que ocurre es que como la expresa ladrando, en vez de hablar como las personas o [se dice que] como los parlamentarios, los ciudadanitos normales no lo entendemos.

El tema de la inmigración es muy propicio a toda la mandanga flou de la izquierda fucsia sobre transversalidad, multiculturalidad, mestizaje y todas las demás tonterías pour épater le bourgeois. Es un decir, porque precisamente estas tonterías al bourgeois me lo llevan atragantado.

Pero el tema de la inmigración es serio. Es seria la inmigración ilegal, que supone tener a centenares de miles de personas circulando en el más absoluto precario, viviendo a salto de mata, y, como nadie puede darles trabajo porque el que le dé trabajo a un sin papeles se la carga con todo el equipo, evidentemente acaban o delinquiendo o en manos de explotadores y de mafiosos, lo que, a la postre, acaba siendo lo mismo. Pero, claro, hay que comer cada día y alojarse en algún sitio, aunque sea en una guarida infecta inapropiada incluso para las ratas, o hasta en un terrado (en Barcelona se ha visto y, por cierto, nadie ha ido a prisión por lucrarse con tan espantoso inquilinato). También la inmigración legal trae problemas, pero de otro tipo, y ya hablé de ello en otra ocasión. Además, lo legal es legal y punto.

Encima, con el tema de los sin papeles vivimos completamente engañados: nos ponen una cortina de pateras y cayucos y, en realidad, el grueso de los sin papeles nos está entrando en autocar por los puestos fronterizos (¡ex-puestos fronterizos!) de los Pirineos. Por La Jonquera entran impunemente verdaderas caravanas de autobuses, sobre todo aprovechando la temporada turística que, en España -y más en Cataluña-, es larga.

El efecto llamada, por lo demás, es cierto; en sus países de procedencia les explican películas que indudablemente son auténticas: que aquí atamos los perros con longanizas, que la poli aquí no es brutal sino que te da mantas, comida y palabras cariñosas, que luego viene la Cruz Roja y te mete en un hospital, que los críos no son repatriados y luego, cuando tengan papeles, tendrán derecho a hacer venir -legalmente y por la puerta grande- a los padres y a los hermanos, que, mientras tanto, la asistencia médica (buenísima, tío, como en las pelis americanas) es excelente y a cargo de profesionales encantadores, que el cole no sólo es gratuito sino incluso obligatorio y que si eres musulmán, no te preocupes, que en todas partes se desvivirán para que comas sin jalufo (aunque si eres celíaco, por ejemplo, lo puedes tener mucho más crudo para que estén por tí: incluso si eres de allá, de los ricachos con DNI). ¿Cómo no van a jugarse el pellejo, el dinero que tienen y ¡ay! hasta el que no tienen y arrostrar casi sin pestañear las penalidades de los primeros meses? La mayoría de nosotros también lo haría, en su lugar, no nos engañemos...

Hay que acabar con las películas, sobre la base de que para entrar en este paraíso sólo hay una puerta y en ella hay un guardia civil que pide la papela con cara. Si no hay papela, sólo queda la puta calle.

Lo que ocurre es que mientras van entrando ilegales en masa, demasiada gente sale ganando: primero, los atontados fucsia que tienen algo humanitario con lo que discursear para mantener el chollo; segundo, el montón de especuladores de carne humana, gente en todo comparable a los etarras, que vive asiáticamente de la explotación de sin papeles; tercero, todo el sistema financiero que ve con satisfacción cómo la inmigración, también la legal pero, sobre todo, la ilegal, presiona a la baja los salarios y aumenta la demanda de bienes y servicios (en algunos casos con muchísima presión adicional); y cuarto, el conjunto del sistema, para el que, además de la ventaja anterior, es mucho menos gravoso ir toreando este problema que lo que se requeriría para que fuera inexistente en origen, o sea, que no hiciera falta irse de casa para ganarse la vida decentemente, o dicho más claramente: que los países más desgraciados puedan acceder a un nivel de desarrollo suficiente.

Pero no: se acabarían muchos y suculentos negocios.
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Zap I estaba ayer exultante por los excelentes -dice él ¿y que va a decir?- resultados del carnet por puntos. En dos meses y medio, ha ahorrado un centenar de vidas. Buenas son, pero no parecen muchas si tenemos en cuenta que se trata de los dos meses y medio más calientes del año. Veremos qué va pasando y, sobre todo, cómo va evolucionando a medida que disminuya la psicosis inicial de los conductores. Las cifras de verdad -hasta donde lo sean, que hay buenos motivos para dudar de ellas- las veremos dentro de un año y entonces haremos comparaciones y veremos curvas de tendencia y todas estas cosas antipáticas que nadie mira nunca pero que, si se hace, desactivan en un chisgarabís el discurso triunfal del politicastro.

De momento, pletórico de entusiasmo por las cifras (y por las municipales y autonómicas que se avecinan, apenas un añito antes de que toquen las suyas) ya nos anuncia que va a sembrar las carreteras españolas de radares y de guardias.

Sobre los guardias, nada que decir. Lo de los radares tiene un problemilla: hacer grandes inversiones en tecnologías agresivas -o sea, que joden al ciudadano, hablando claro- es algo que conlleva un gran riesgo: el crack. O sea, los dispositivos o las técnicas anti-radar. Sí, ya sé que están prohibidos, sometidos a sanción económica y a descuento de no sé cuantos puntos del carnet, pero la realidad es que son muy difíciles de descubrir (imposible, de forma sistemática) y que muchísimos coches -sobre todo de gama alta- van equipados con estos dispositivos de los que se rumorea que algunos concesionarios de marcas de lujo venden bajo mano como una opción más o que incluso los regalan como oferta para acabar de rematar la venta. Me refiero, obviamente, a los dispositivos serios, a los que funcionan de verdad, no a esas porquerías -legales- que venden y que se basan en la información , solamente aproximada, que suministra Tráfico porque le da la gana y solamente mientras se la siga dando (hay que ser tonto del culo para comprarse eso).

Y no solamente es el aparato contramedidas, es que, a veces, una técnica sencilla puede desactivar todo el invento: recordemos cómo hubo quien descubrió que un simple toquecito con un rotulador podía enviar a hacer puñetas un sistema DRM. Y eso no hay ley que pueda prohibirlo; y si llega a haberla, no hay forma humana -casi ni siquiera divina- de hacerla cumplir.

Los ciudadanos estamos ahora comunicados. Hay una red. Y toda tecnología prohibitiva es un desafío. En estos precisos instantes, en trasteros, en habitaciones juveniles, incluso en laboratorios universitarios, hay miles de jóvenes en todo el mundo, comunicados unos con otros, intercambiando información sin restricción alguna, devanándose los sesos para descubrir técnicas sencillas, asequibles y, sobre todo, de difícil interdicción e intercepción legal, para cepillarse tecnologías que a usted, don Zap (es decir, a nosotros, los ciudadanos) han costado muchísimos millones. Tarde o temprano lo lograrán, lo divulgarán -en cuestión de horas lo sabremos todos aunque los medios lo callen- y toda su parafernalia radarística quedará virtualmente calcinada.

Déjese de tonterías y déjese de gastar dinero en represión. Gástese el dinero en mejorar la red viaria; gástese el dinero en mejorar la señalización, que en toda España da verdadero asco; gástese el dinero en reformular las limitaciones de velocidad (las hay materialmente inasumibles, por más que se las quiera respetar); que sus guardias vigilen estrechamente (y no aleatoriamente, un sábado sí y cincuenta y dos no) las discotecas y salas de fiestas instaladas en polígonos industriales de los extrarradios urbanos; y, en fin, tienda a la profilaxis y a la pedagogía, a la prevención y no a la represión.

Y, sobre todo, deje de hacer el burro con nuestra pasta.
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Hay un equipo local de futboleros de mi ciudad que dicen que son más que un club. Bueno, dejando aparte a enemigos -asimismo peloteros- que opinan que sí, que son algo más y entonces exclaman algo escatológico y desgradable, yo no veo nada claro esto de ser más que un club cuando en realidad son eso, un club (aunque a veces parezcan más bien una entidad financiera, además de pelotera).

Y como son más que un club, su mandamás ha decidido que en vez de llevar publicidad comercial en la camiseta que se ponen los peloteros y sus émulos encima de los calzoncillos, es decir, sobre el tórax, harán propaganda de entidades humanísticas y buen rollito. Y así, al son de su marcha triunfal más que un clamor, el preboste citado se fue a Nueva York a firmar con UNICEF (es decir, el fondo de la ONU para la Infancia) el convenio mediante el cual el club que es más y todo eso llevará en la prenda indicada el logotipo del organismo benéfico.

Qué bien y qué bonito.

Pero... ¿qué veo? ¡Ostras! Encima del logotipo de UNICEF obra el emblema de una conocida marca comercial transnacional, una tal Nike (que se pronuncia niqué, porque hace referencia a la
diosa griega de la victoria y no naic, como hace la horterez anglosajada), especializada en atuendos más o menos deportivos, aunque yo creo que estos se dedicarían a lo que les echen, pero en fin.

Bueno, el caso es que la tal Nike -la empresa, no la diosa- fue sorprendida empleando niños, menores, en la fabricación de sus artilugios en complacientes y necesitados países del tecer mundo. Aunque presuntamente Nike ha rectificado -en realidad se ha limitado a redactar un codiguillo que impone con la boca pequeña y buenas palabras a sus contratistas-, los hechos no tienen vuelta de hoja. En mi personal caso, donde he estado yo -APAs, entidades juveniles...- no ha estado Nike, eso seguro. Y afortunadamente es muchísima la gente que hace lo mismo, aunque desgraciadamente mucha menos que los gilipollas que compran a saco sin preguntarse por la ética de la empresa que marca el producto (porque muchas, como precisamente Nike, no fabrican nada: ponen su marca sobre lo que fabrican otros de acuerdo con especificaciones cuyo desarrollo frecuentemente Nike contrata fuera de la propia empresa).

O sea que la flagrante contradicción -o sea, la mofa sobre los valores, que no es otra cosa- con la que los peloteros incurren en la promoción de su propia imagen, ya es gorda pero... ¿qué cabe decir de los dirigentes de UNICEF? ¿Son tan lerdos que a ninguno se le ocurrió preguntar por los acompañantes de su logotipo? ¿O no son lerdos pero, en realidad, también les importa un pito y lo que les interesa es el figuroneo... u otros beneficios que pudieran proceder del peloterismo? Tratándose de un organismo de la ONU, ese ente triste, inútil, lamentable y frecuentemente ridículo, no me sorprendería ninguna de ambas posibilidades.

Menudo gol a los derechos del niño. És un clam.
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Bueno, pues nada, se acabó por hoy. Próximo jueves, 21 de septiembre, último del verano al que para entonces le quedarán apenas horas. En Barcelona se preparan para aquel fin de semana las fiestas de la Mercè y veremos qué nos depara el acontecimiento. A mí me gustaría aprovechar la ocasión festiva y patronal para dar una sorpresa (agradable, espero) a mis seis o siete, aunque no sé si todos ellos la podrán aprovechar. Tampoco estoy seguro de que pueda darla en ese fin de semana, que me gustaría por aquello del simbolismo. Pero, bueno, si no es para la Mercè será para el fin de semana siguiente, pero será, porque la decisión está tomada ya, a falta de unos pqueños detalles finales.

Dentro de una semana, pues, volverá a haber arroz. Mientras tanto, recordad que «El Incordio» sigue día a día.

Hasta ahora, pues.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

A ver si no...

De la serie: «Administración en marcha»

Resulta que hoy había en el Congreso comparecencia de Rubalcaba a propósito de la investigación del 11-M y como tenía yo esta tarde el cuerpo jotero, me he dicho: «hombre, vamos a ver en directo todas las sandeces que va a soltar la perrera (entre gritos, zapatazos, comportamientos de futbolero y demás cosas que suelen)».

De modo que me voy a la página del Congreso en cuestión, busco el lugar para conectarme al circuito de televisión de la cámara y toma castaña:


Luego diréis que soy un broncas, que hay que ver cómo me pongo, que menuda ojeriza que le tengo a Micro$oft, que no será para tanto... ¿Y esto qué?

O sea: el Congreso de los Diputados me obliga a ser cliente de una empresa privada (de una sola y además extranjera y no europea) para poder ver en directo sus sesiones.

¿Corrupción? ¿Cheques de don Steve? ¿Simple cretinismo integral? ¿El responsable de informática del Congreso una mierda de profesional?

¿En qué cabeza cabe? ¿Dónde están mis derechos como ciudadano, dónde la igualdad? ¿Por qué, señor Marín, tengo que comprarme porquería de software de Micro$oft para ejercer mis derechos como ciudadano? ¿Para qué coño está usted ahí?

Los señores estos de la cámara en cuestión, se dedican un día y otro a dar por el saco a los ciudadanos que [dicen que] representan, cuando no es con una $GAE, es con un Micro$oft. Oigan ustedes: ¿por qué no consuman de una puta vez su tendencia a la puñalada trapera en los omóplatos y nos entregan directamente y en bloque a Francia?

Porque se me da que, al menos, como ciudadanos franceses de segunda o de tercera viviríamos mejor, porque lo que es con ustedes, lo llevamos claro.

Y, a lo mejor, hasta recuperaríamos Gibraltar.

martes, 12 de septiembre de 2006

Copyleft: derechos y obligaciones

De la serie: «Correo ordinario»

Lucía Etxebarría vuelve a ver comprometida su honestidad intelectual (y la otra) ante la acusación de haber plagiado -presuntamente- párrafos textuales del artículo de un psiquiatra, Jorge Castelló, titulado «Dependencia emocional y violencia doméstica» en su último libro «Ya no sufro por amor». No es la primera vez: hace cuatro o cinco años, la revista «Interviu» acusó a Etxebarría de haber plagiado una obra de la autora Elisabeth Burtzel. En aquella ocasión, la cosa no pasó de esa acusación mediática y del subsiguiente escandalillo pero, según recuerdo, no llegó a instancias judiciales. En el presente caso sí, hay una demanda presentada contra la escritora por Jorge Castelló, admitida a trámite por el Juzgado Mercantil número 2 de Valencia. Ya veremos en qué quedará la cosa.

En lo que a mí respecta, no me pronuncio por la sencilla razón de que no he leído ninguno de los dos textos, ni el de doña Lucía ni el de don Jorge. Ni siquiera tengo sospechas que inclinen mi íntimo criterio en favor de una u otra parte. Lo que sea sonará y a mí me importa más bien poco. Más bien poco me importa el caso en concreto, pero no una cierta proyección del mismo. Me explico.

Este caso actual (Jorge contra Lucía) se caracteriza porque el primigenio artículo del doctor Castelló, posteriormente publicado muy ampliado en formato papel, se divulgó inicialmente en la red, ignoro bajo qué licencia, aunque para el caso y para los efectos de mi comentario, da igual. Y coincide este terremotillo literario con un rumor de queja que va vibrando cada vez con más fuerza en toda la red y es el sordo pero cada vez más patente cabreo de la blogosfera por el hecho de que los medios comerciales tomen textos de las bitácoras, los citen, los reproduzcan, los suban y los bajen y vulneren sistemáticamente las licencias, vulneraciones entre las que destacan, por sistemáticas, la omisión del nombre del autor y del título de su obra (lo cual es obligatorio aunque el autor ponga la obra en el dominio público puro y duro, como hace Jorge Cortell y puede verse al final de su página) o la que establece comúnmente Creative Commons, tipo de licencias a la que estamos adscritos la mayoría de los bitacoristas, que obliga a incluir, cuando se trata de un medio digital, un enlace a la obra citada o reproducida.

Y ya que tanto les gusta la palabra, que no se les cae de la boca a los medios apropiacionistas, habrá que decir que estas conductas son constitutivas de piratería intelectual y me pregunto si los autores de bitácoras no tendríamos que movernos y empezar a perseguir estas conductas como otrora hizo Mercè Molist cuando le trapichearon un escrito rifándose las obligaciones que imponía la licencia. Lo único que me da repelús es que empieza uno asociándose con otros para pagar entre todos a abogados que empiecen a dar caña a un coste individualmente asequible y termina fundando sin darse cuenta, maldita sea, una entidad de gestión de derechos de autor. No lo quiera Dios, no, pero algo habrá que inventar.

Miles de autores estamos esforzándonos mes tras mes, semana tras semana y muchos incluso día tras día, para divulgar nuestras ideas, nuestras opiniones, nuestros sentimientos y, en fin, todo aquello que sea literaria, gráfica o audiovisualmente divulgable, sólo por el placer de esa divulgación. No queremos dinero; incluso quienes sacan algunos eurillos del asunto los obtienen como un agradable subproducto, pero nunca constituye una motivación, ni principal, ni secundaria, nada. Lo damos todo gratis y, en general abrimos la mano muchísimo y restringimos muy pocas cosas: desde el simple dominio público (que lo permite absolutamente todo), pasando por la GDFL (que lo permite prácticamente todo), hasta las licencias CC que apenas obligan a mantener la gratuidad de la obra o su derivación bajo el mismo tipo de licencia, permitimos (y deseamos, y fomentamos) que la obra se copie, se cite, se reproduzca total o parcialmente, que se reedite digitalmente o en papel, que se pase a otros formatos para su disfrute en diversos tipos de aparatos (PDA, MP3, etc.) y que se hagan con ella juegos malabares y siempre sin pagar nada. En definitiva, siempre gratis y casi siempre libre o, mejor dicho, siempre libre o casi libre.

Pero no: la cicatería del apropiacionismo, su felonía, su rapacidad, nos niega un derecho esencial y básico, natural, tanto que incluso la mismísima Ley, la puta LPI de las narices, lo ha mantenido pese a que priva a casi todos de casi todo a beneficio de las sociedades de gestión de derechos económicos de autor: el derecho a la autoría, el derecho moral del autor a ser reconocido como tal en su propia obra. Los señoritos del cortijo sólo ven en los derechos del autor la materia prima que transformar en esa inmensa falacia que llaman propiedad intelectual gracias a la cual viven tantos -principalmente y mejor que nadie, los aparceros- de la sopa boba; lo demás, les importa un pimiento.

No hace falta emplear siquiera una hora navegando para darse cuenta no solamente de la ingente cantidad de contenidos que conforma la blogosfera sino de la facilidad con que se tropieza uno con cosas de una gran calidad. De gran calidad literaria, de gran calidad gráfica, de gran calidad musical; es una delicia: una enorme e inacabable cantidad de material buenísimo que, encima, crece cada día en unas proporciones asombrosas, que sólo hay que cogerlo y disfrutarlo, sin más. Sin más que, si se usa para reproducirlo o citarlo, expresar su autoría, ya ves que difícil y qué gravoso...

Algo habrá que hacer. Evitando crear sociedades-rémora como las que conocemos, evidentemente, pero los autores de contenidos copyleft tenemos que dar ya una patada en el suelo y empezar a ponernos serios con este tema. Sobre todo porque no estamos lejos, si no andamos con cuidado, de que las entidades de gestión se apropien no de nuestros contenidos solamente sino de nuestros derechos en bloque. Ojo porque la mierda esta de LPI les deja un agujero para que perciban remuneración por derechos colectivos también sobre el uso de obras libres. No celebremos victorias caducadas, porque las sentencias judiciales que se han ganado últimamente en este aspecto lo han sido a la luz de la antigua ley. No lo tengo yo tan claro con la porquería actual.

Conviene no olvidar (¿ves? nosotros sí que somos consecuentes) de quién es la autoría intelectual de la abominación actualmente vigente y conviene tener muy presente que, aún no hace muchos meses, el amigo Farré ya insinuó (y más que insinuó) que la $GAE y otros congéneres podrían estar detrás de meter la garra sobre nuestra obra, sobre los contenidos copyleft.

Somos más y somos mejores, lo he dicho muchas veces. Lo cual quiere decir, adicionalmente, que no somos tontos.

A ver si se empieza a notar.