De la serie: «Pequeños bocaditos»
Es algo que viene sucediendo desde hace ya unos años, cuando Clos entregó Barcelona a sus amigos de las inmobiliarias y empezó los planes de dignificación de los barrios antiguos, dignificación consistente en echar a los habitantes de siempre -por las buenas o a las malas- para, a beneficio de los núñeces, de los metrotreses y demás tropa, llenar los viejos barrios, debidamente arrodillados (arrodillar [para el caso]: acción y efecto de pasar el rodillo y dejarlo todo tanquam tabula rasa), con gente chupiguay de la que paga muchísima pasta (preferiblemente negra, fraudulenta y no pocas veces narcotraficada) por un metro cuadrado, y no esa viejecita pringosa de pensión no contributiva que se creía, la tía, que podía estar ahí hasta morirse pagando ciento ochenta euros mensuales por cuarenta metros cuadrados de piso insalubre al lado de lo que va a ser la Filmoteca, no te jode...
Como muchas veces la simple presión comercial no es suficiente, hay que recurrir a la otra para que la viejecita de los cojones se largue de una puta vez. Y entonces es cuando se vende la casa a unos especialistas, unos mamporreros chuloputescos que se dedican a hacer la vida imposible al vecindario resistente, con la cómplice apatía del Ayuntamiento y demás autoridades... inmobiliarias, por supuesto.
Mientras nos creemos que la mierda se acumula en Marbella, aquí no hi ha un pam de net, como decimos en Catalunya. Como decimos los de a pie, claro, los perjudiciarios, los puteados por esa peña infame de la clase política que hay que ver la de virguerías que están prometiendo estos días; ya se sabe: prometer antes de meter; y después de haber metido, nada de lo prometido. El desenlace de la comedia, mañana a última hora.
Pero, mientras los políticos se disputan el banquete grasiento, la ciudadanía, obviamente, tiene problemas más importantes que estos. Problemas vitales, de pura supervivencia. Podemos ver una muestra aquí (en catalán).
Mientrastanto, algunos resistentes encuentran problemas por vía, también, del apropiacionismo intelectual (vaya, hombre). V de Vivienda publicó un vídeo en YouTube; era una simulación, una fantasía de cosas que podrían acontecer si la especulación inmobiliaria fuese delito; que no lo es, desgraciadamente. Pues parece que la Caixa (¡hombre! mira por dónde aparece el rey de Roma...) se ha quejado de su aparición en el vídeo y envió una nota siniestra a V de Vivienda y presionó a YouTube para que lo quitara. Lo que logró, en un primer momento. Pero la repercusión mediática de tal acto de censura (hay que ver, los de la obra social, cómo las gastan) ha hecho que el vídeo vuelva a subir. Aquí lo tenéis Y a ver lo que dura):
No perderse la conversación con la señora de la oficina municipal anti-mobbing, a la que no oso llamar «colega» porque igual es una empleada de empresa beneficiaria de outsourcing público (de una privatización y subsiguiente erosión de servicios públicos, vaya); a este paso, los funcionarios vamos a acabar siendo artículos de lujo por escasez de la especie...
Total, nada: un simple y breve apunte para la jornada de reflexión.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Sí, sí, sí... Voy a utilizar la jornada de reflexión a los precisos efectos para los que ha sido diseñada: ¡ooommmmmmmmmmmmmmmm!
A lo práctico: ¿con qué voto tocaría más los cojones a esa peña?
De la serie: «Correo ordinario»
Recurrente, pero inevitable: hay que hablar del medio siglo de tele en España. Por más que no haya quien la mire actualmente (es un decir, aunque sí que parece que pierde a cada año que pasa algunas décimas porcentuales de espectadores habituales) negar su valor e influencia en la sociedad actual y en las dos últimas generaciones es propio de marcianos. Todavía leía estos días que la mitad de los españoles se informan exclusivamente por medio del televisor (y así nos luce el pelo, como acabo diciendo siempre) y sospecho que, desgraciadamente, es una proporción a prueba del cedazo de Josu Mezo. Eso si no se queda aún corta.
Yo, personalmente, creo ser un arquetipo del protociudadano televisado. El televisor entró en casa tan pronto llegó la señal a Barcelona (allá por 1958 o 1959, debió ser: no fue muy inmediatamente a provincias, y eso que la mía aún era de las privilegiadas); mis padres habían sido, de solteros, muy cinéfilos (cuando ir al cine era ir a cine, no a ver tal o cual película de tal o cual imbécil) y tuvieron que dejarlo correr, atados por unos hijos en aquel entonces muy pequeños (por entonces, lo del canguro aún no se estilaba). Eso de tener pantalla en casa y ver contenidos gratis fue algo que parecía un sueño. Mantienen aún hoy esa afición televisiva, pero es muy curioso (o no tanto, según se mire): la magia está en la gratuidad; así como se gastan un buen dinero -en relación a su condición de pensionistas de jubilación monoparental, puesto que mi madre siempre fue ama de casa- en un aparato de calidad y buenas prestaciones, creo que en su casa no entrará jamás una televisión con contenidos de pago. Probablemente, para ese viaje volverían a ir al cine pasando por taquilla (lo que les recomiendo muy calurosamente que no hagan jamás).
Quiero decir, con esta batallita de abuelo Cebolleta, que mi memoria es el mejor documental de historia de la televisión que tengo, muy por encima de todos los programas de revival con los que machacan a diario al personal desde hace unas semanas. Y esa memoria me dice que la televisión ha evolucionado poco en todos estos años. Por no decir nada. ¡Oh, si, por supuesto! Ha evolucionado muchísimo la tecnología de producción y un poco la de recepción (color, estéreo...) pero nada en absoluto la estructura de contenidos, que se ha mantenido inalterable con los años, con la aparición de las autonómicas, primero, y de las privadas después... Esto de las privadas fue mi mayor decepción, por cierto. Yo estaba ilusionadísimo con ellas, pero no para verlas (a pesar de que es poco elegante decirlo a toro pasado, yo ya preveía que nos iban a ofrecer la clase de mierda que nos ofrecen) sino porque pensaba que, ante el nuevo mapa, las televisiones públicas iban a buscar su espacio en los contenidos de calidad y no en una competencia puramente comercial; o sea, que TVE iba a optar por un modelo -lógicamente adaptado- parecido al de Radio Nacional. En fin: lo abultado de mi error es notorio.
Lo cutre y lo chabacano imperaron desde el primer momento con tanta fuerza como ahora, salvadas algunas limitaciones obligadas por la moralina en el poder, y la manipulación informativa -digan lo que quieran- fue exactamente la misma entonces que ahora. No se diferencian un solo milímetro. La información televisiva de entonces estaba al servicio del sistema, exactamente igual que ahora; la información televisiva de entonces estaba al servicio del partido -único- en el poder, exactamente igual que ahora, aunque cambiando el único por un falsamente consolador de turno. Ni siquiera las cadenas privadas han modificado este panorama desde ningún punto de vista.
De todo ello se deduce una simple y triste cosa: la historia de la televisión en España es la historia de un pedrusco, de una roca, cuya más importante característica es la de permanecer hoy en el mismo, exacto y preciso lugar que hace cincuenta años. Es muy sintomático que el fenómeno más importante de la historia reciente de la sociedad española constituya, a su vez, la historia de una inmovilidad y de un inmovilismo.
Por primera vez en este medio siglo -de una aridez social insufrible- se adivina una alternativa, una alternativa seria. Una convulsión tecnológica, la digital, hace pensar en un posible cambio en profundidad de la oferta televisiva. Por dos vías digitales.
Una, sobre la que no me hago demasiadas ilusiones porque, en realidad y aunque más amplio, se trata del mismo panorama regulado: la TDT, la televisión digital terrestre. Más de lo mismo: si ahora, en una ciudad como Barcelona, tenemos siete u ocho canales abarrotados de mierda (entre estatales, autonómicos y locales, sean públicos o privados), en breve tiempo tendremos cuatro, seis u ocho veces esta cantidad... sin siquiera un movimineto milimétrico en cuanto a calidad. La famosa interactividad de la TDT será sólo un instrumento para la participación de la masa del aliento a ajo y olor a pies en concursos denigrantes (como ahora con los SMS, sólo que más perfeccionado) que servirán para captar víctimas de un spam teledigital muy bien pagado (muy bien pagado a las cadenas, no a las víctimas; y ojo al parche y quedáos con la fecha, que esto ya no lo vaticino a toro pasado).
El segundo sendero digital es la red, hoy (veremos lo que dura) fuera de control y de licencia, libre y abierto (insisto: de momento; y dependiendo únicamente de la ciudadanía, o sea que mal vamos). Pronto vamos a tener el primer ejemplo cercano: «Libertad Digital TV» (no hay enlace, que yo sepa). No me hago ilusiones respecto de sus contenidos -serán igual de tóxicos que su periódico en red- pero, por lo menos, espero que sea tecnológicamente tan progresista como su funcionamiento en web. Y entendamos lo de tecnológico como un concepto social más que puramente técnico, en el sentido de que parecen haber captado bastante bien lo que es la red en su naturaleza y en su biología.
La web -y no la TDT- nos va a llevar a la verdaderamente nueva televisión: la televisión a requerimiento, on demand como dice la pijancia anglosajada, es decir, la que va a suponer que el espectador va a dejar de sentarse para ver qué echan sino a disponerse para conectar con lo que quiere ver, es decir previa una libre y unilateral meditación. Por no contar con las disponibilidades multiplataforma, si no las ahoga el puto y jodido apropiacionismo, como es más que probable. El relativo -o, incluso absoluto- bajo coste quizá no tanto de la producción (que también) aunque sí, sobre todo, de la emisión y de la distribución (que tiende a 0) y, por tanto, de la eficiencia del tráfico publicitario (sobre todo si hay sabiduría para basarlo en modelos nuevos) hace prever una oferta como la de la red: atractiva, cualitativa... e inacabable. Si, encima, hay inteligencia -y la habrá, por lo menos en muchos ámbitos- de poner bajo licencias copyleft los contenidos, esto será un paraíso para todos: también para los que quieren ganar -quizá mucho- dinero. Sin joder al personal en sus derechos. Ya hay sobrados ejemplos, no invento nada (y eso que queda mucho por inventar).
Hoy sólo puedo decir a mis hijas: «yo vi el principio de esto, y entonces era más o menos igual de mierda que ahora». Quizá, gracias a la red, pueda decir a mis nietos: «yo vi el principio de esto, pero nada que ver aquella porquería infame con este inmenso tesoro que tenéis ahora».
Ojalá. Pero seguro que los de siempre lo joderán. Ya lo veréis.
De la serie: «Correo ordinario»
El libro ha sido objeto esta semana de dos grandes putadas: una, la condena del tribunal de Justicia de la Unión Europera al Gobierno español por hacerse el sueco con el canon que la UE impuso a las bibliotecas públicas por préstamos de libros; otra, una nueva tronada de Dixie: imponer el precio único en los libros (supongo que título por título) de forma que se cierre el paso a los descuentos y a la competencia entre librerías.
Ambas cosas son graves. Muy graves.
La pimera, significa que los libros devengarán un canon (de 1 euro, creo que es) a los autores (es decir, en realidad, a las editoriales) cada vez que se presten en las bibliotecas públicas. Califico solamente de grave esta sentencia y no de catástrofe porque quiero imaginarme sus consecuencias en el mejor supuesto: de ese canon se hará cargo el Presupuesto; no quiero ni imaginar que haya de pagarlo directamente el usuario, porque esa sería la muerte de las bibliotecas públicas, precisamente en un momento en que están experimentando un auge -al menos, lo parece- con las nuevas propuestas de barrio nacidas en los municipios y las diputaciones provinciales y el estupendo trabajo de dinamización que están realizando las nuevas generaciones de profesionales bibliotecarios.
Con todo, estamos nuevamente ante una tremenda agresión del apropiacionismo, ante una manifestación de codicia desbocada y ante una cabronada de tamaño descomunal porque, aunque no lo notemos, todos pagaremos esta atrocidad. O sí lo notaremos: con congelaciones salariales de funcionarios, con menores incrementos o extensiones de prestaciones sociales, con la disminución de la calidad de los servicios públicos y de todo aquello que sea inherente a una nueva partida de gasto. Contrariamente, no sé por qué me huelo que las extendidísimas y cuantiosísimas subvenciones al sector editorial no van a disminuir en un solo céntimo. En dos palabras: un atraco.
La segunda también es tremenda y absolutamente alucinante, toda vez que si la primera es una imposición de la Unión Europea contra la que el Gobierno ha intentado resistir -bueno, más o menos- hasta el último momento, esta segunda nace del propio Gobierno y de esa señora absolutamente nefasta, ministra [que le dicen] de Cultura y que parece empeñada en cargársela a toda costa. En esencia, la cosa reside en cerrar la puerta a la competencia en materia de comercio librero impidiendo los descuentos, es decir, bloqueando un precio que la editorial marcaría (supongo que funcionará aproximadamente bajo esta mecánica). No sé cómo regulará esta cuestión para un sector como el libro de ocasión y me temo lo peor para la difusión de obras copyleft en formato material (o sea, libro).
Esta señora, además de una mala fe acojonante (porque tiene una mala fe tremenda, está claramente -y lo sabe, y persevera- al servicio de un sector anticultural, ella sabrá por qué y sabrá también qué beneficio se obtiene que, en todo caso, no será público), parece que conciba las ideas por el sitio de cagar. Pero, bueno... Una cosa -en el ámbito del comercio- es impedir el abuso de poder de las grandes superficies que tengan consecuencias en materia social. Cuando digo en materia social me refiero, por ejemplo, a limitarles la apertura en festivos, en lo que el pequeño comercio no puede competir porque no encuentra personal para trabajar en esos días (de hecho, ya tiene dificultades hasta por los sábados); y el asunto no está en proteger una modalidad de negocio sino en que, de permitirles horario y calendario libres a las grandes superficies, sus propios empleados no tendrían defensa alguna frente a la patronal de la gran empresa al haber sido eliminada la competencia de la PYME en el sector. Es decir -y esa sí que es admisible: por razones morales aunque no hubiera otras- la excepción social, puesto que con ella no se trata de defender a golfos perezosos vividores de la sopa boba y a especuladores sino a padres de familia y a jóvenes trabajadores. Pero ahí, en el interés social consagrado constitucionalmente, se terminan las excepciones al libre comercio y de la libre empresa que también es objeto de protección constitucional al mismo nivel, por cierto, que los derechos del consumidor.
No se nos oculte, además, el claro interés empresarial -que no de los autores- que se oculta -torpemente, por cierto- detrás de la medida de la ministresa de los cojones: los autores cobran (salvo escasísimas, ilustres y muy privlegiadas excepciones) por ejemplar vendido, no por recaudación. La medida que pretende Dixie no está, por tanto, orientada hacia el interés del autor sino hacia el interés del editor.
Espero que esté próxima, pues, la plataforma material que permita la lectura de libros digitales y espero, además, que merced a su popularidad se abarate a los pocos meses de su aparición en el mercado; ya me imagino que le atizarán el correspondiente canon y ya veremos qué hacemos entonces los usuarios -unos pocos, combatirlo, y la mayoría tragar y callar, como en todo; ya me lo sé de memoria- pero, en todo caso, empezaremos a derrumbar este mercado distorsionado, falso y fulleramente protegido que están construyendo, con singular entusiasmo, los sociatas y, en ellos, una señora que cada día parece más cercana al analfabetismo funcional y a la carencia total de vergüenza y de escrúpulos. Repito: ellos/ella sabrán en interés de quién.
De los ciudadanos y de los autores, no, desde luego.
De la serie: «Los jueves, paella»
El PSOE ya tiene candidato para la alcaldía de Madrid. Bueno, yo diría más bien que lo que tiene es un kamikaze que se ha presentado voluntario para la incineración a lo bonzo. Me entran ahora diarreas de risa al recordar a Zap I El Anodino y a su Sancho Panza en versión «Vogue», la vicepresidentísima, pidiendo tranquilidad a las masas tras el fiasco de Bono y prometiéndoles por la gloria de Pablo Iglesias que al final habría un candidato competitivo, puesto ahí para ganar. Ahí va, la leche... El difunto don Pablo tiene un motivo adicional -en mi personal imaginario- para arrearles a sus -presuntos- descendientes políticos otra buena tanda de puntapiés en las posaderas.
Al señor este, Miguel Sebastián, lo conocen en su casa a la hora de comer y ese es muy mal rollo, el peor, para presentarse a unas elecciones. Se dirá que el barcelonés heredero Hereu tampoco era muy conocido más allá del cuerpo de guardia del Ayuntamiento y ahí lo tienes. Pero lo del Hereu se ha tramado con más finura y, además, tiene más ventajas de partida. Más finura porque no lo han hecho solamente candidato sino, además, alcalde; tiene unos meses para irse haciendo una famita. Unos meses en los que podrá adjudicar a propio mérito todo aquello que vaya bien (que nunca será mucho, según está la cosa) y clamar por la herencia cuando se produzca algún estropicio; hay que recordar que eso de la herencia, entre unas cosas y otras, viene siendo recurrente -y de éxito- desde hace más de treinta años. Pero la verdadera ventaja de Hereu está en los otros: la fidelidad asegurada de los de ERC y los de IU, a los que Clos tuvo la rara habilidad de poner a chupar del bote cuando aún no eran estrictamente necesarios (pero sí se veía venir que tarde o temprano lo iban a ser) y la deprimente mediocridad (por no usar términos más duros y, en definitiva, más apropiados) de los de CiU y del PP. Yo, es que creo que si solamente cogiera con dos dedos una papeleta de cualquiera esos dos, me saldría urticaria (lo malo es que con la de los de antes, también; pero por otras razones). Por tanto, para bien o para mal de los ciudadanos, Hereu lo tiene bastante guisadito.
A Miguel Sebastián le pasa todo lo contrario. A lo mejor es un señor brillante (lo dudo: es asesor de Zap) pero en los meses que faltan de aquí a la primavera no veo yo que pueda adjudicarse nada destacado por más que los asesores de imagen se masturben las meninges para vender ese picatoste desgarbado. Encima, el contrincante es de dos mil megatones: Ruiz Gallardón, uno de los valores más cotizados del PP (sector cabeza amueblada) y su nada improbable alternativa de futuro, calcinado ya para siempre el malogrado Rajoy, tan pronto el previsible revolcón electoral de las próximas generales obligue al sector racional del partido a poner a la perrera a ladrar en la COPE para ganarse las habichuelas o, en su defecto, se monte el follón interno que cabe esperar. Además, Gallardón cae simpático, en general, a los madrileños; es más: resulta casi más simpatico (o sin el casi) a mucha gente del PSOE que a los sectores caninos de su propio partido, que no disimulan la inquina que sienten hacia él. Pero sin él... Madrid podría perderse y eso para los pepes sería un palo insufrible. Y más sin el Gobierno central y con la Comunidad de Madrid nada amarrada. Perder las tres joyas de la corona de las Españas es inaceptable para cualquier partido que quiera seguir teniendo alguna oportunidad de salir de la oposición.
Madrid, Madrid, Madrid...
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Y cambio sin cambiar, como santa Teresa, que vivía sin vivir en ella...
Todos estos meneos en el PSOE me dan que pensar... Siempre he pensado, por ejemplo, que Zap tiene un cociente intelectual -y una formación ídem- más bien tirando a lamentable. No hay más que oirlo hablar: en una generación política que no destaca precisamente ni por su oratoria ni por su erudición, él llama la atención sobre todos los demás por su alto grado de esas carencias. Sus discursos -vacuos, balbuceantes...- no son sino un amontonamiento bastante triste de lugares comunes, de hablar sin decir nada. Y de falta de ideas, of course.
¿Cómo es, pues, posible que alguien así esté ahí? ¿Cómo es posible que un apparatchik, apenas válido, en condiciones normales de presión y temperatura, como asesor -o como comisario político- de un carguito medianejo haya llegado a la cumbre de la gobernación española? Pues yo nunca he creído en la casualidad, pero habré de rendirme a la evidencia: la historia de Zapatero ha sido un constante estar en el lugar oportuno en el momento exacto, pero no gracias a su habilidad sino a un pasar por allí en aquel momento, camino de ni se sabe. Así llegó a la Secretaría General del PSOE: tras la retirada de Felipe y los fiascos de Almunia y de Borrell, los barones se estaban peleando como gatos y el partido corría un serio peligro de explosión. Y allí estaba él. Si nos seguimos peleando, esto se hunde del todo; pongamos pues a uno que ni chicha ni limoná para que vaya gestionando el día a día mientras nosotros arreglamos nuestros asuntos en el sótano y... ¡hombre! ¡mira quién viene por ahí!
Sus primeras elecciones, las de 2004 hubieran debido ser, en el orden natural de las cosas, un varapalo. Quizá no muy fuerte, no sé, pero era una derrota cantada. Sin embargo jugó en su favor un factor crucial -la inmensa, antipática, insoportable e injustificada soberbia de José María Aznar- que se manifestó en dos ocasiones que tocaron el punto sensible de la ciudadanía: el desprecio olímpico e inaudito hacia un pueblo que le pidió masivamente el rechazo a la guerra de Irak y, por supuesto, a la intervención española, al que respondió con la foto de las Azores; la segunda, el colmo, el indisimulado entusiasmo con que la cúpula del PP acogió el atentado del 11-M viendo en él el regalo de una mayoría absoluta que tenían, hasta ese mismo día, más perdida que ganada (no así las elecciones, ojo) y su subsiguiente metedura de pata atribuyéndoselo a ETA, si bien no fue esto lo peor, puesto que la estupidez más grande, la dirimente, fue empecinarse con la autoría de ETA cuando estaba claro que había sido cosa de moros. Y allí estaba Zapatero, sin comerlo ni beberlo -yo creo que hasta le tuvieron que dar un codazo: venga, hombre, levántate, joder, que es la tuya- pero allí: en el punto exacto, en el momento preciso. Luego, la perrera, en su desesperación, aparte del empecinamiento ridículo sobre la trama etarra y todo el amasijo de toxinas y de mierda que está amontonando desde hace dos años y medio, ha llegado a insinuar incluso que el atentado fue cosa del PSOE; otro día hablaremos de eso, cuando tanto ladrido los reduzca a una oposición numéricamente más menguada aún que la actual. Pero en aquel momento, el PP mete el remo hasta las orejas y allí estaba él.
Desde entonces, ya ni la suerte le ha hecho falta a Zap: ya está, de forma permanente, en el lugar preciso y en todo momento, mientras los que fácilmente podrían darle un baldeo se dedican a aullar y también a pelearse como gatos (quizá como perros, en este caso). Se les nota menos que a los barones del PSOE, pero así están también las cosas en la casa de la derecha. Si Zap no mete la pata escandalosamente, como hizo su antecesor (y ojo con la negociación con ETA, que por ahí le puede venir la cosa al menor tropezón) o el PP no rectifica, no da un giro de 180º a su forma de hacer -llamémosle- política, sépase: Zap ya está, con larga anticipación, colocado en el momento exacto y ahí seguirá -porque de ahí no se mueve- en el momento oportuno.
¿Qué será del PSOE si hay Zap hasta el 2011? No lo sé. El PSOE no me preocupa lo más mínimo. Si ese fuera todo el problema, me sentaría en una mecedora con un vasito del amigo Jack en la mano y me dispondría a disfrutar del espectáculo (que va a ser prestoso). Pero el problema no es el PSOE, que lo zurzan, el problema es que en ese carro vamos también todos los españoles, con nuestro trabajo, nuestras casas, nuestros hijos y nuestro futuro. Futuro cada vez más negro porque el de nuestros hijos, al paso que vamos, no parece pasar por casas, ni por trabajo, ni por hijos... ni por futuro.
Apañados estamos.
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¡Ah, collons! Lo que son las lenguas ¿eh? Si se habla de realitat nacional, así, en catalán, se pone el gremio del toro coñaquero hecho una fiera, se rasga las vestiduras clamando por la inminente ruptura de la unidad de España e impetrando la intervención divina y, así como de paso, casi la de la Legión, para que corrijan ambos, a estacazos si es posible, el desaguisado constitutivo de tan alta traición, de tamaño despropósito histórico y de tal aberración política, económica y social.
Pero si se habla de realidá nasioná, ele la grasia, entonces el PP se da besos a tornillo con el PSOE y todos juntos y en unión bailan por sevillanas y por soleares mientras el toro etílico sigue pastando tranquilamente en dehesas imperiales, matando pausadamente moscas con el rabo y sin alterarse para nada. Uno mira al otro lado del zoológico, o sea, a la perrera, y tampoco acusa recibo, que nada, que tranquilos, que en otro lado ya dicen que España es una y no cincuenta y una y que viva la Constitución y la Blanca Paloma.
Pese a llevar más de cincuenta y un años en este lamentable país, no salgo de mi asombro cada vez que compruebo palpablemente lo vigente que está la ley del embudo, oye, que pasan generaciones y pasan siglos y no se olvida. Como la negociación con ETA: toda la perrera poniendo a parir a Zap que -como siempre- habla mucho pero sin decir nada, y mientras tanto, los presos etarras siguen encerrados y lejos; aparte, los jueces siguen procesando y condenando a etarras y batasunos un día sí y al otro también. Pese a todo, Zap es un traidor a la patria, a las víctimas y a no sé qué más. La perrera -y las víctimas, que ya parecen las tías aquellas de la Plaza de Mayo- parecen sufrir un ataque de amnesia aguda y no recuerdan que Aznar negoció con -en propias palabras- el Frente de Liberación Nacional Vasco (hay que joderse, oirle eso a un presidente del Gobierno español) y sí acercó etarras a prisiones del País Vasco.
Alucino por un tubo, de verdad...
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Bueno, pues nada, jueves preelectoral, a la espera de ver qué pasa aquí, que, sea lo que sea, no será nada bueno, ya lo veréis.
Próximo jueves, 2 de noviembre, día de Difuntos, festividad y ambiente adecuados para comentar las resultas de los comicios del día anterior (y de los bebicios de la noche precedente, la de la tradicionalísima castañada, me cago en halloween y en la puta madre de quien lo inventó), o sea que aquí estaremos para echar los correspondientes -y prácticamente seguros- sapos y culebras... o cagados de pánico ante lo que se nos viene encima como -también- parece previsible.
Como decía la asistenta de Rigoberto Picaporte: «Que no le pase ná, señorito».
De la serie: «Correo ordinario»
Ayer me sorprendí mucho al leer unas declaraciones de Umberto Eco en las que acusa a Internet del déficit de conocimientos en materia de Historia de que adolece el común de los jóvenes europeos de forma cada vez más extendida, al modo de ese mismo aspecto en Norteamérica.
No me sorprendió, entendámonos, la afirmación en bruto -que comparto- sino el hecho de señalar a la red como culpable de la situación. No es la primera vez que Umberto Eco se manifiesta en términos muy críticos contra Internet y, por ello, no es la primera vez que me sorprende. Digo que me sorprende porque Eco sería la última persona a quien yo supondría aquejada de netfobia, un fenómeno comúnmente más asociable a la ignorancia y a la necedad (por sí solas o complementando intereses sectoriales afectados, tipo $GAE y demás ornitología) que a la sabiduría y la erudición que en Eco son, y en grado sumo, cualidades indiscutibles. No he podido acceder a sus declaraciones in extenso puesto que, según mi fuente («El Navegante») han sido divulgadas por la revista alemana «Cicero» y entre mi lamentablemente pobre acervo políglota no está el idioma alemán. Y es una lástima, porque me gustaría saber -con la debida profundidad- cómo relaciona Eco el ingente volumen de información próxima de la red con la ignorancia de la juventud occidental en la materia de Historia.
Es verdad -todos lo sabemos- que la red representa un volumen de información enorme y que el exceso de información produce una especie de indigestión intelectual. Pero esa «bulimia del internauta» es un fenómeno de recién llegados y con el paso de los años -quizá, incluso, de los meses-, se va curando. Yo, a veces, realizo un ejercicio que consiste en irme a la Wikipedia y pinchar en la columna de la izquierda donde dice página aleatoria para, partiendo de esa página, ir a donde me lleve el viento de los enlaces que contienen los diversos artículos. Es un ejercicio que (muy de cuando en cuando, ya digo) realizo desde hace muchísimos años, porque data de mi época de adolescente cuando hacía esto con el «Espasa abreviado» que había en casa. Y es una forma de meterse un chute de vértigo intelectual, como para no perder de vista lo vastísimo que es el conocimiento humano y experimentar ese puntito de saludable agorafobia cultural (saludable, insisto, cuando es solamente un puntito) necesario para mantener los pies en el suelo e impedir que los árboles nos tapen la visión del bosque. Pero, por lo demás, navegar, lo que se dice navegar, navego poco. Soy más bien un ferry de línea con la ruta bastante estudiada y con las escalas perfectamente preestablecidas, todo ello suficiente para estar al día en las materias que constituyen mis centros de interés y sólo muy de cuando en cuando me dedico al crucero, como queda dicho. E imagino que la mayoría de los internautas veteranos andará por similares parámetros: con singladuras más largas o más cortas, con más o menos escalas, pero por ahí andarán también. Es decir, de una manera no simplemente instintiva, rechazamos el banquete brutal y nos alimentamos razonablemente, aunque tengamos a un simple golpe de ratón el restaurante entero, de la misma manera que un multimillonario gastrónomo se alimenta de forma muy sofisticada pero dietéticamente correcta, no se dedica sistemáticamente a aquello de «La grande bouffe» por más que su fortuna se lo permita. La bulimia del novato se va con la primera gastroenteritis.
Yendo a la cuestión del estudio (o de su carencia) de la Historia, yo creo que las causas son otras. La primera y principal -común en Europa y América- es el desprecio por las Humanidades; se destierran las lenguas clásicas -latín y griego- de los planes de estudio (y el latin y el griego, mejor o peor aprendidos, no importa tanto, abren ante la persona un verdadero mundo en el que, sin ellos, es muy difícil de penetrar; y es un mundo apasionante porque en él están las raíces mismas de nuestra civilización y de nuestra cultura), se relativiza el estudio de la literatura, se abandona -y a eso íbamos- el de la historia, se restringe la geografía (¿para qué vamos a estudiar las cordilleras o los ríos de China?) ignorando que sin ella no es posible comprender el porqué y el cómo de otras culturas (y, por tanto, es imposible comprender las otras culturas en sí mismas) y el estudio de la lengua, al menos en España, forma parte de la instrumentación política, o sea que menudo asco. Hasta el estudio de los idiomas modernos se desvincula del hecho cultural (por ejemplo, la oportunidad de leer a Shakespeare, a Víctor Hugo o a Dante en sus propias lenguas) y se mecaniza como algo instrumental y así, el que estudia aleman, inglés o -cada vez más infrecuentemente- francés, no se ve a sí mismo leyendo su rica e imponente literatura o escuchando sus óperas sino, corbata al pescuezo y maletín en mano, cerrando tratos comerciales. Imagen utilitarista que, por supuesto se fomenta desde el poder. Esta manía que les ha dado por machacar a los enanos con idiomas extranjeros -a falta de uno, ahora dos- no tiene absolutamente nada que ver con su acervo cultural -que les importa un carajo y ahí queda lo dicho- sino en la necesidad que tienen las empresas de que el uso de esos idiomas -y muy especialmente el inglés- esté más que extendido para facilitar su tráfico técnico y mercantil.
La Historia, encima, incide directamente en la política y, por tanto, cuanto más se ignore, mejor; y si no hay más remedio que hacerla estudiar un poquito, impartirla debidamente cocinada. En unos sitios más que en otros, pero en todos. Cada vez que cojo los libros de texto de Historia de mis hijas (por cierto, que hasta la palabra la disimulan dentro de la coña marinera esa de sociales, que a mí, además, me evoca la policía política del franquismo) me da un puntazo de hipertensión y se me ponen las transaminasas como locas. Si alguna vez he pillado a algún profe de mis niñas en plan pero, oye, ¿cómo explicáis estas barbaridades? he recibido una caída de ojos y un encogimiento de hombros como respondiendo ya lo sé, es una concatenación de burradas, pero así vienen los programas obligatorios ¿qué quieres que haga yo?. Y si nos vamos a la Historia reciente... ¡buf! Porque en España y en Europa -por causas comunes, pero distintas- la historia reciente es traumática y ahí no se salva ni el potito. Lo que hay ahora en cada lugar, es la consecuencia directa y troncal de tal victoria o de tal derrota y todavía hoy la política anda midiendo con lupa ideologías propias o contrarias en función de los enfrentamientos de hace sesenta o setenta años. En Francia, no se puede estudiar -a lo sumo, así por encima- a un Drieu La Rochelle porque era colaboracionista y, aunque gran parte de su obra no tuvo que ver con este hecho, a ver si por el hilo se llega al ovillo y elevamos a los altares a los petainistas. No lo quiera Dieu. Aquí igual: en tiempos del Invicto se estudiaba a Machado -y no digamos a Hernández- deprisita deprisita y porque no había otro remedio, no fuera alguien a suponer que los rojos podían ser incluso inteligentes o sensibles; de la misma forma, ahora se pasa a mach 3 sobre un escritor tan valioso como García Serrano porque... era falangista.
Con toda esa inmensa charca de basura, con esa montaña de mierda, con ese mundo educativo y cultural construido por políticos analfabetos y por mercaderes embotados y embutidos de pura codicia, culpar a Internet de que la juventud occidental sea cada día más ignorante, más inculta, más zafia y -ahí es a donde querían llegar- más manipulable, me parece hasta ridículo.
Aunque lo diga Umberto Eco.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Hombre, por una buena que se les ocurre, igual se despachurra por la incompetente opinión de ese individuo nefasto que es Pere Navarro, el director general de Tráfico.
Resulta que en Europa hay una extendidísima opinión -entre los técnicos, pero también entre la población- favorable a que los automóviles lleven permanentemente encendidas las luces de cruce (las cortas, para entendernos) tanto de día como de noche. Se argumenta -y yo estoy de acuerdo- que eso aumenta mucho la visibilidad del vehículo y, en consecuencia, disminuye la siniestralidad. Parece que, además, eso es especialmente efectivo para evitar parte de los accidentes de que son víctimas peatones y ciclistas.
Yo no enciendo las luces sistemáticamente, pero he adquirido el hábito de no apagarlas una vez las enciendo (por ejemplo, para entrar un túnel o por razón de una lluvia torrencial o no tan torrencial) y muchas veces me he propuesto adoptar individual y voluntariamente la medida que se propone desde Europa, pero lo he desestimado puesto que la ley no es muy clara respecto a la sancionabilidad del uso inadecuado (¿qué es inadecuado?) del alumbrado.
Pero es cierto que, aunque el día sea radiante, las luces de cruce hacen mucho más visible a un coche en los retrovisores del que tiene delante. Eso ahorra muchos sustos -y quizá mucho más que sustos- en autopistas y vías rápidas, cuando el coche que va delante se pone a adelantar a ese camión sin haberse fijado en que nosotros nos acercamos desde atrás y por su izquierda. Hay que tener en cuenta que este incidente -casi siempre pequeño, afortunadamente- no siempre se debe a un despiste o a que el conductor de delante es un hijo de puta que va a la suya y pasa de todo: con la edad, por ejemplo, se pierde visión periférica y el ángulo de visión perfecta se estrecha (yo ya me lo empiezo a notar levemente) y ayuda mucho, en este caso, que el coche que viene desde atrás sea un brillo en el espejo más que una mancha de color (y más, según qué colores).
El problema de la visión periférica afecta también, por supuesto, a los peatones, que, a según qué edades, pueden no ver venir a un coche que se les aproxime en según qué ángulo. ¿No os ha pasado nunca lo de típico vejete que parece que se haya querido echar materialmente encima de vuestro coche? Pues no está -necesariamente, al menos- como una regadera suicida: es, simplemente, que no os ha visto. Lo del ciclista es lo mismo, pero por causas distintas: suele ser más joven (o, redondamente, joven) y no tiene problema de visión periférica, pero carece de retrovisores y, además, por su propia fragilidad tiene que estar muy atento a lo que tiene por delante, de modo que unas oportunas luces pueden ayudarle a incrementar su visión por el rabillo del ojo.
Pero Pere Navarro dice que no, que una mierda. Él parece saber de visiones periféricas lo mismo que de sánscrito y dice que a ver qué va a ser eso de llevar las luces encendidas a las doce de la mañana en un mes de agosto español, que él la mortalidad la reduce a radarazo, multazo y puntazo limpio. Ahí tienes la realidad de toda su habitual cagarela sobre la prevención y demás; la suya y la de sus turiferarios.
Pero, bueno... ¿es que nadie le va a dar a ese tío un buen puntapié en el trasero de una puta vez?
En términos políticos, ya se entiende.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Este próximo sábado, 29 de octubre, va a tener lugar un acontecimiento singular: la celebración de 350 fiestas simultáneas (bueno, más o menos) en todo el mundo para dar la bienvenida al navegador Firefox 2.0 que estará disponible precisamente desde hoy.
Por supuesto, ya me he apuntado a la fiesta de Barcelona (seguramente me acompañará mi hija mayor, para que vaya saboreando el ambiente y así, de paso, vamos sembrando la semilla de la continuidad generacional), aunque no creo que podamos asistir a todo su desarrollo (desde las 20:00 a las 23:30), pero seguro que apareceremos por allí, cuando menos, una horita o dos.
Justamente cuando acaba de aparecer el M$ Explorer 7.0 que no mejora en apenas nada la versión 1.5 del propio Firefox. O sea, que M$IE 7.0 se concibió empatado y nace superado. Para colmo, Firefox ha empezado ya a trabajar sobre la versión 3.0 (y de la mejor manera: pidiéndole a la gente que diga lo que le gustaría que tuviera esa versión) cuya aparición se calcula para dentro de unos dos años (que ya serán tres, pero sigue siendo un plazo aceptable).
Esta es la enésima prueba (no es la primera ni será la última) de un montón de cosas: primera, la viabilidad de los proyectos de software libre; segunda, la vitalidad de los proyectos de software libre; y tercera, y muy importante, la clara superioridad del conocimiento libre sobre el apropiacionismo como vía más eficiente para la innovación y el avance tecnológico. O sea que toda aquella carraca apolillada y tramposa de que el software libre es un freno para la innovación se cae solita: el software libre sólo es un freno para la caja registradora de las anticuadas y polvorientas empresas como Micro$oft, únicamente capaces de pergeñar productos putrefactos.
Está claro, pues, que no hay empresa que pueda enfrentarse a una comunidad entregada y sabiamente coordinada; en este caso, desde una fundación. De la mano del conocimiento libre, nos esperan tiempos apasionantes en un futuro que está ahí ya, a la vuelta de la esquina.
Sólo cabe esperar que esa estúpida rencilla que enfrenta a Mozilla y a Debian por un quítame de allá la licencia de este moñaco, se solucione pronto y satisfactoriamente. Hay valores superiores que deben ser preservados y el mundo del conocimiento libre (y en él, el del software libre) está en un momento tan dulce como delicado. Ahí fuera está el patio lleno de enemigos muy duros, encarnizados e hijoputescos; lo último que necesitamos es dividirnos o complicarnos la vida de puertas adentro.
Pero, en fin, cuando llueva ya abriremos el paraguas; mientras tanto, disfrutemos del sol radiante que nos ilumina y no dejemos de echarle madera para que siga ardiendo.
Por más que ladren, avanzamos.
De la serie: «Correo ordinario»
Pepe Cervera me ha chafado hoy la guitarra en su «Retiario» con la entrada «Las hojas del rábano», diciendo prácticamente lo mismo que pretendía decir yo a cuenta de la pobre Ñ, que me la traen como a puta por rastrojo entre Dixie y la vice, como si todos los problemas de la red en España fuera la provisional imposibilidad de utilizar nuestra peculiar letra en los URL. Con todo, no me resisto a reproducir -en mi libre y peculiar expresión- los problemas que enuncia Pepe y que de verdad aquejan a la red española: la diariamente exponencial subida a la parra del apropiacionismo intelectual; las conexiones lentas y caras, más el trato soberbio, despectivo y negligente al usuario, con indisimulado, generalizado y alegremente tolerado bandolerismo por parte de telecos y de ISPs; la baja penetración en red de la sociedad (que seguro que a más de uno le va muy bien: ya hay demasiados pendejos electrónicos abusando de la libertad de expresión para decir lo que les da la gana sin ningún respeto por las jerarquías ni la menor cortesía hacia sus superiores); una Administración electrónica no deficiente, como dice Pepe, sino prácticamente inexistente mientras los diversos planes para ello nacen, se reproducen y mueren (tras el correspondiente mordisco al Presupuesto, eso que no falte); el comercio y la industria españoles en red que hacen reir... en fin, para no llorar, que ya no nos quedan lágrimas; y, cerrando el bucle de la mierda ambiental, volvemos a las telecos para darnos cuenta de cómo en interés de éstas se asfixia inmediatamente todo intento de implantar localmente (y no digamos regionalmente) una red de banda ancha wi-fi al servicio gratuito (o a precio político) de todos los ciudadanos, un tipo de iniciativa que se extiende por América y por Europa (con excepción del país del aliento a ajo y del olor a pies) como un reguero de pólvora.
Y nos salen las dos tías estas con la Ñ. Lo que, por cierto -como muy bien dice Cervera, tío, es que no dejas nada para los demás-, aún podría ser un obstáculo para la expansión hispana en la red.
Pero Pepe aún olvida cosas (¡te pillé, muchacho!). Pepe aún olvida que el individuo este, Ballmer, el CEO del monopolio, estuvo dándose una vueltecita por la colonia esta de aquí que tan fielmente le pastorea el PSOE (el PSOE porque está de turno, pero sabemos que, en su lugar y momento, el PP, CiU, PNV, IU, ERC y demás, funcionarán exactamente igual). Se entrevistó con Clos. Un marciano, en su santa inocencia, se preguntaría: ¿por qué tiene que entrevistarse con el ministro de Industria de un país el gerente de una empresa que, en ese país, no es sino una PYME, en razón del PIB que aporta, de los puestos de trabajo que supone y de la inversión en I+D que realiza? Eso sí: es un gran proveedor del Gobierno. Y a eso venía el elemento ese: a asegurarse de seguir siéndolo, él sabrá a cambio de qué. Porque justo cuando ese pájaro andaba por aquí -y no de turismo, precisamente-, estaba en información pública el proyecto de ley de Administración electrónica, un proyecto de ley que -contra todas las promesas electorales del PSOE en la materia, pero a eso ya estamos acostumbrados- ignora el software libre y, lo que es mucho peor, no se moja, ignorándolos prácticamente también, los estándares públicos, los formatos libres. Pese al clamor suscitado en el curso de esa información pública y de recogida de opinión ciudadana, la cual ha sido debidamente pasada por el tercer ojo (que no es el de Rampa sino el del culo). Eso ha debido poner muy contento al gachó monopolístico, que se ha ido de aquí habiéndose asegurado la toma como rehén tecnológico de toda la ciudadanía española, que será obligada por su propio Gobierno a usar sus deficientes productos como necesaria uniformidad reglamentaria, que dicen en el Ejército, firmes ar. Sólo quedan dos reductos: Extremadura y Andalucía. Pero el tío del monopolio se entrevistó también con Chaves, el presidente autonómico andaluz, y dentro de unos no demasiados meses veremos si tenemos razón o no para la mala espina que nos produce ese encuentro.
A mí y a tantísimos otros ya se nos acaban las palabras para definir el inmenso escándalo que rodea todo este asunto Micro$oft-administraciones públicas españolas. Cuando los de mi generación éramos jóvenes, nos cabreaba el colonialismo americano, ese seguidismo de la política yanqui tan caro al régimen de Franco y no menos caro al que le siguió (je, hay cosas que no cambian). Pero es que esto de ahora es mucho peor porque no estamos sometidos solamente a los designios de la Casa Blanca (después de todo, el centro de mando del país más potente del mundo en todos los órdenes salvo en el de la decencia)... ¡es que estamos sometidos también a una empresa privada! No es inédito -nací en 1955, no ayer- que las multinacionales campen por sus respetos en los países subordinados; no es nuevo que se establezcan -o se deslocalicen, como se dice ahora para expresar lo contrario- a su gusto, ganas y maneras, imponiendo las condiciones que les parece para lo uno o para lo otro. Pero lo de Micro$oft ya no es un problema de imperialismo, lo de Micro$oft apesta a banana desde todos los puntos de vista y, además de la frustración que causa la profunda ignorancia de la ciudadanía ante ese problema -del que es cómplice por pura dejadez, por pura pereza- produce una vergüenza tremenda el sometimiento de nuestros políticos a los mandatos de la empresa. Y este sometimiento -de ahí no me sacan- no es gratuito ni es honrado.
Está la opinión pública revuelta con el saco sin fondo de la corrupción marbellí -y con el morbo añadido de los nombres implicados- y está alarmada por la proliferación de casos que se van destapando cada día por todas partes. Es casi lo mismo: los que queríamos verlo y saberlo, ya sabíamos que la práctica totalidad de la política local española es un cenagal; a mí me indigna, casi más que la corrupción en sí, la cantidad de tiempo que hace que los ciudadanos sabemos de su existencia sin que hasta ahora haya pasado nada.
Con la relación entre Micro$oft y las administraciones públicas españolas y con la entrega de éstas a los intereses de los especuladores intelectuales y al lobby de las empresas de telecomunicación, pasa casi exactamente lo mismo. Hay ahí más mierda que en el palo de un gallinero y todo el mundo hace ver que no se entera. ¿Estallará algún día como ha estallado la corrupción municipal? No estoy nada seguro: aquí no nos las habemos con unos palurdos que, en feliz expresión del difunto Gil, se encontraron de pronto con que, sin saber de dónde les caía, tenían una gorra de plato puesta y se dedicaron a chupar del bote como la cosa más natural del mundo, como si la amplia extensión de la caca vacunara a todos contra una posible limpieza; aquí tenemos enfrente a profesionales de verdad -en eso sí que son buenos- en ambos lados.
Pero aunque un día estallara toda la turbiedad que, con toda seguridad, hay en este asunto, seguramente sería tarde, ya se habrá pagado el altísimo y lacerante precio que nos costará esta broma: el desarrollo tecnológico español.
Que no nos pase nada (que nos pasará).
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Leo en NoticiasDot las cuitas que acongojan a los exhibidores españoles de cine, que denuncian indignados el poder omnímodo -monopolístico, dicen- de las majors, de las grandes distribuidoras americanas, que acumulan el 80 por 100 de la taquilla nacional.
Comprendo el problema. Soy [modestísimo] activista en un ambiente en el que el enemigo controla el 90 por 100 del panorama, y también jugando sucio. Pero hay una pequeña diferencia: mientras el minoritario producto por el que yo lucho es neta, clara y probadamente superior a la porquería monopolística (y, además, legalmente gratuito en sus artículos más extendidos y populares), el minoritario producto por el que [dicen que] luchan los exhibidores españoles es una perfecta mierda, con muy raras excepciones que, cuando se dan, gozan del éxito merecido.
Por lo demás, los llamados exhibidores no son unos inocentes pajaritos: son tres o cuatro y dominan el panorama nacional en todas las grandes capitales, con precios prefijados y apenas competencia. Déjalos correr, a esos también. Y si no, que me expliquen ellos por qué la misma película es más cara en Barcelona que en Zaragoza y por qué en ninguna de ambas capitales -ni de las demás- puedo elegir diferentes precios, que oscilan en márgenes irrisorios. De Al Capone al «Tempranillo» y tiro porque me toca, me río y me carcajeo de sus lágrimas de cocodrilo. Además, probablemente constituyan uno de los negocios más miserables en la relación ingresos brutos-puestos de trabajo. Y ya no vamos a entrar en los sueldos y los modelos contractuales que practica el común de esos angelitos para no deprimirnos antes de la siesta.
Por no hablar del inaudito detalle de que estos tíos osan cobrar lo mismo por una porquería de película española guerracivilista producida con tres pesetas que por una superproducción americana de muy buen pasar que ha costado una millonada.
La reacción, además, es absolutamente ridícula por parte de esos negociantes incompetentes, hez de empresarios y escoria de peloteadores pseudoculturales, que son muy liberales, ellos, cuando hablan de fiscalidad o de mercado de trabajo, pero que en cuanto la caja empieza a bajar -como directa y natural consecuencia de un modelo de negocio putrefacto y demodée- hay que oírles chillar como gallinas acorraladas por la zorra, pidiendo protección (o sea clamando por el proteccionismo), cánones, medidas gubernamentales... Por supuesto, todo ello amparado en esa imbecilidad de la excepción cultural que se inventaron los franceses a beneficio de los medrosos de la sopa boba. Por eso los de aquí se apuntaron con tanto entusiasmo.
De momento, aquí nos machacan con cánones a todos: a los ciudadanos, los primeros, pero también a las televisiones privadas, que se ven obligadas por ley a invertir en cine español quieras que no y a cuotas de pantalla, a las industrias electrónicas, al pequeño comercio tecnológico y, en fin, a todo el que pillan; encima, Dixie barrunta cascarle también un canon al doblaje a beneficio de los pencos, de los vagos y de los capones mentales. En este país no hay creación fuera de la red: en este país hay un patio de Monipodio en el que, encima, los maleantes se dedican a llamar ladrones a los que sí trabajan y a los que están salvando los muebles de la cultura sin aspirar, encima, a ganar un duro.
Por mí pueden hundirse. En el mar de la indiferencia ciudadana.
De la serie: «Los jueves, paella»
Ya lo decía el Tenorio de Zorrilla: traición es, más como mía.... La foto de Mas con Zapatero a cuenta de un estatut que ha sido una burla total a todos los catalanes, tanto a los nacionalistas como a los que no lo son, ya hizo prever esto que se veía venir y que ya hace meses que tiene un nombre: sociovergència. O sea, el maridaje -concubinato- entre el PSC y CiU. Lo tendremos -de forma prácticamente irremediable- a partir del próximo 2 de noviembre, con mayor o menor, más larga o más breve, escenificación.
Claro, prácticamente no hay otro remedio si se quiere neutralizar a ERC. ERC ha sido víctima de su propia estupidez, de creerse inmune e impune en aquel absolutamente imbécil tintineo de llaves de Carod-Rovira y, por demás y como mal de fondo, de cabalgar sobre un imposible histórico: la independencia soberana de Catalunya. Lo pueden pintar de verde, si quieren, pero, a menos que una deflagración nuclear nos transporte de golpe no a una época pasada sino a una época absolutamente apartada de la Historia, lo de la independencia y la soberanía se lo pueden meter por donde les quepa. Ellos solitos, que no hace falta nadie más...
Hombre, me sabe mal decir esto cuando pienso que hay unos cuantos -principalmente jóvenes- que se lo creen de buena fe, más -siempre acabamos en Ivà- la verdad jode, pero curte. Paso, pues, por que haya jóvenes -apasionados, ciegos de romanticismo- que se lo crean y por que haya unos pocos más, bastante menos jóvenes -un tanto panolis, las cosas como son-, que también. Lo que me jode de verdad es la constatación de que la cúpula de ERC se lo cree menos que el mismísimo Zaplana y de que todo su rollo indepe no es más que el impuesto del medro, el particular canon para su específica sopa boba (y lo de «sopa boba» no lo escribo, obsérvese, en cursiva).
Claro, el haraganeo en la cómoda oposición con escaño pagado y amplia subvención adicional para el sostenimiento de la maquinaria básica del partido, permite ir diciendo tonterías en la misma medida en que un asno suelta pedos. Pero cuando se llega a tocar poder, el parámetro tiene que funcionar con las patas traseras bien asentadas sobre el suelo. En fin, para no extenderme, son tan cortos (más que el rabo de un conejo) que se olvidan de establecer mecanismos de control sobre las bases y luego, cuando se dedican al pasteleo más vergonzoso vienen las bases y les atizan el revés. Es el inconveniente de los sistemas asamblearios: la gente de a pie no deja que el de arriba sea un perfecto sinvergüenza, vaya por Dios. Y, claro, los muy atontados, se encontraron metidos en medio del charco, en pelotas y sin ropa en la orilla.
Mientras tanto, no obstante, ya habían hecho mucho daño. Forzaron -solos, o en compañía de otros, no acierto a verlo bien- un estatut que la ciudadanía no sentía como necesidad primordial e insoslayable y, encima, se dejaron meter entre las almorranas una mierda de estatut que no solucionaba el único problema que sí era sentido por la ciudadanía como de urgente y necesaria solución: la financiación de Catalunya. Se puede hacer peor, pero entrenándose mucho, mucho, mucho... Aparte -aunque mucho más anecdóticamente- las payasadas de Perpinyà, de la corona de espinas y lo del recaudador de impuestos sobre la renta del cargo público elevado al rango de Conseller.
Por supuesto que todo esto no se explica sin la visión de un Maragall decadente, sombra de sí mismo, carente de dignidad política y hasta en ocasiones -como la mencionada del Conseller recaudador- parecería que carente también de la otra. Por supuesto que las gilipolleces de ERC le estrecharon mucho el margen pero, con todo, cabía esperar de Maragall una cierta grandeza. Y no hubo, como es notorio.
A nadie, por tanto, le han quedado ganas de volver a meter en palacio a todo ese desorden hasta que esa gentecilla demuestre haber aprendido modales, formas y las reglas del juego este. Y, sobre todo, haber aprendido a tener bien controlado el partido mediante el tan acreditadamente eficaz sistema de compromisarios que con tanto éxito utilizan todos los demás para meter en cintura a la chusma.
Lo bueno es que, aún sin la gentecilla en cuestión, el patio de armas de palacio no está como para dar gritos de júbilo. CiU (y más que CiU, el propio Mas) saben perfectamente el coste de pactar con el PP. Fue caro cuando el PP era solamente un hatajo de brutos, así que cabe imaginarse el coste de pactar con la perrera que hay ahora. Así que el pacto con el PP, descartado y descartado, además, ante notario: nunca más (por ahora), lo juro por Snoopy y por el Niño Jesús de Praga. Ello supone la obligación -inasumible, a priori- de obtener mayoría absoluta. Tampoco los sociatas lo tienen mucho mejor. Descartada asimismo -y exactamente por lo mismo- ERC, sus únicas posiblidades de gobierno -algo más fáciles, pero no mucho más, que las de CiU- estarían en la mayoría absoluta (también prácticamente imposible) o en una mayoría absoluta en coalición con la marabunta esa -déjalos correr, también, aunque están bastante más talluditos que ERC- de Iniciativa & etcétera, SCCL.
O sea que se tira por la tangente: CiU y PSC casaditos. Hasta por la Iglesia, si hace falta (buenooo, la Tarraconense dará saltos de júbilo: habrá que oir las campanas de la clerigalla y los sermones domingueros meadores de colonia renaixentista con aroma de unitat nacional).
¿Y los ciudadanos? Los ciudadanos, a preparar kilos y más kilos de vaselina porque nos la van a meter doblada y hasta el fondo. Si antes sufríamos los tresporcientos en monoaural, ahora los vamos a sufrir en estéreo. La salsa es la misma, pero el pan para mojarla va a ser el doble y no van a tolerar que se seque el plato. Que no nos pase nada.
Mientras tanto, ante tanta desvergüenza, contemplamos -mucho más asqueados que divertidos- la comedia electoral en la que cada cual desempeña su papel como si el pescado no estuviera vendido, entre el ridículo y bochornoso DVD de los unos y los estallidos del otro ante un periodista impertinente. Pero estamos atemorizados y desmoralizados, en la certeza de que -a nosotros y a Catalunya, si es que Catalunya es algo más que una entelequia a beneficio de ellos- nos esperan cuatro años de desastre y de expolio y, además, sin esperanza alguna.
Sólo nos dejan la calle. Ante el secuestro infame de la política, ante el cada vez más indisimulado pasteleo del sucio reparto del botín y de la exclusión total de la ciudadanía a todos los efectos (¿a qué votar? Me lo explique alguien), no nos queda sino esperar a que nuestra frustración, nuestra ira y nuestra desesperanza nos lleven a la explosión callejera, a una especie de catarsis probablemente inútil en la práctica, pero quizá un placebo que alivie, siquiera momentáneamente, la hipertensión total que sin duda sufriremos y, además, pronto. En ese momento, faltaría más, lamentarán actitudes antidemocráticas y violentas (todo lo que les contraría y/o escapa de su control es antidemocrático y violento), clamarán por su legitimidad electoral y, durante unos cuantos -y pocos- días le pondrán un poco más de vaselina a la sodomización cívica. Ya está.
Y nosotros seguiremos vendidos, traicionados, enculados, solos y desarmados.
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Hoy debería estar de buen humor. Bien, lo estoy, cuando consigo abstraerme de toda esta mierda. Es el aniversario del principio de un proyecto familiar que me llena más de satisfacción a cada día que pasa. Pero sufro por mis hijas. Ninguna generación lo ha tenido fácil nunca, en ningún momento histórico, pero creo que si ellas y sus congéneres no consiguen -o no quieren- darle un vuelco a esta situación (y el vuelco puede tener, según como, un precio muy caro) lo van a pasar mal, muy mal. No los primeros años, no: toda su vida. Si no se produce ese vuelco, creo que estaríamos ante el único momento conocido en la Historia en el que una generación empeora -y, además, no poco- sus condiciones de vida respecto de la anterior sin necesidad de que medie una guerra o una catástrofe natural o sanitaria. Solamente a base de puro y simple... progreso.
En fin, ahí queda eso, en este jueves 19 de octubre, festividad de santa Laura, un nombre que se ha hecho muy frecuente en los últimos años; y es el de mi hija pequeña.
Próximo jueves, 26, último del mes de octubre, último del horario de verano y primer día de la última semana antes de la culminación de la catástrofe cívica que va a suponer para la historia este muy negro día de Todos los Santos del 2006.
Habrá paella, por supuesto.
De la serie: «Correo ordinario»
Ayer fui a recoger en la oficina de Correos el libro «Copyleft: manual de uso», de varios autores, publicado por el proyecto editorial Traficantes de Sueños, también disponible en formato digital (PDF). Pero yo en materia de lectura soy muy antiguo, todavía necesito papel decentemente encuadernado (además, no existe todavía un sistema físico lo suficientemente ergonómico como para leer con un mínimo de comodidad texos digitales largos; y el día que exista -no lejano, presumiblemente-, que se agarre la industria editorial).
El caso es que, aunque tengo menos tiempo que dinero, no he podido resistirme a dormir un poco menos y leer el prólogo del editor y algunas primeras páginas del capítulo dedicado al software libre del que es autor el profesor y compañero de Hispalinux Jesús M. González Barahona. Visto esto y visto el índice, la cosa ya resulta muy prometedora. Además, el libro está muy bien estructurado, con un capítulo para cada una de las manifestaciones creativas (música, edición, software, etc.) y, tal como indica el título, la manera en que es conveniente, o mejor, o imprescindible, o recomendable usar el copyleft. De donde preveo que de este libro voy a hablar en más ocasiones; quizá en muchas más.
Pero, ya en el propio prólogo, encuentro un intento de definir, siquiera por encima, lo que es el copyleft y se hace eco de algunas objeciones a algunos usos de la palabra, especialmente en lo que se refiere a las licencias Creative Commons. Me gusta mucho cómo lo enfoca el prologuista y casi me remitiría a él, pero es que esta materia me escuece bastante y quisiera detenerme un poco sobre ella.
Las licencias Creative Commons, creadas por Lawrence Lessig o bajo sus auspicios, no son, en esencia, sino una modalidad de uso de los derechos de autor. El propio Lessig no se priva de declarar en su libro que él cree en la propiedad intelectual. Bueno, allá él. El caso es que, llamemos a los derechos del autor derechos de autor, «propiedad» intelectual o Pepito, las licencias CC son una forma de gestionarlos. Una forma que parte de la base de que el conjunto de la sociedad ha de poder acceder de manera fácil y económica a los bienes culturales, a la producción intelectual, entendiendo que la manera económica equivale a la manera única para muchos sectores de población en muchos países del mundo. Yo diría que para la mayoría de sectores de población en la práctica totalidad de países del mundo. Estas licencias consisten, en todas sus modalidades, que el usuario (es decir, el que lee, oye o mira) tiene derecho a copiar y divulgar la obra a su gusto, reconociendo siempre la autoría de la misma en la forma en que el autor la haya descrito (nombre, título, enlace a la página web, si está en red, etcétera); estas son, repito, características comunes a todas las licencias CC. A partir de ahí, el autor puede reservarse o limitar algunos derechos o establecer algunas obligaciones: puede prohibir obras derivadas (traducciones, por ejemplo) o puede permitirlas pero con la condición de que la obra derivada resultante se divulgue bajo la misma licencia que la original; o puede prohibir, por otro ejemplo, el uso comercial de la obra lo que, por cierto, constituye la limitación más frecuente. También hay una licencia CC -que yo encuentro redundante- que es la de dominio público, según la cual sólo se impone la obligación del reconocimiento del autor sin ninguna otra limitación, restricción ni reserva de derechos.
A partir de ahí, hay toda una serie de corrientes de opinión favorables o adversas: que si las CC son la sublimación del conocimiento libre o, contrariamente, que si las CC son una forma amable y descafeinada del apropiacionismo mismo. Hay quien elogia la originalidad de la idea que las alumbró y también hay quien dice que no son sino una vulgarización bastarda de la famosa GFDL, la versión documental de la GPL de la Free Software Foundation. Por tanto, hay lecturas amplias y lecturas estrictas del concepto de copyleft. Observad que no empleo acepciones valorativas: digo amplias, no generosas y digo estrictas y no fundamentalistas. Y quiero que quede claro que cuando digo una cosa y no otra es porque quiero que se entienda una cosa y no otra.
Pero también es cierto (los hechos están ahí y son indiscutibles) que las licencias CC han sido el motor de la eclosión del conocimiento libre en la red. No hay mas que buscar música libre, literatura o periodismo libres, cine o documental libres, para comprobar palpablemente el dominio aplastante de Creative Commons, exponencialmente por encima de cualesquiera otras licencias (con la única y trascendental excepción del software, eso sí que es también cierto). No hay muchas bitácoras que tengan su documentación bajo licencia GFDL, aunque también es de justicia tener en cuenta que la GFDL está pensada para los manuales que acompañan a los programas informáticos liberados bajo la GPL, no para la creación grosso modo, en general.
Personalmente -y ahora sí que entro en valoraciones- me parece injusto negar a las licencias CC el pan y la sal de la cualidad de copyleft, por más que nos conste que, estricta e históricamente, el copyleft va más lejos de todo lo que no sea, prácticamente, dominio público. Opino que entregar la creación intelectual de forma desinteresada -inherentemente, gratuita- a todo el que quiera acceder a ella y permitirle, además, copiarla y divulgarla, roza el ensueño. ¿Y las limitaciones? Yo creo que en no pocos casos tienen sus buenas razones. Hubo una época en que yo prohibí obras derivadas de las mías; no era un capricho: siendo mis obras artículos de opinión (personal, por lo tanto), éstos no deberían poderse modificar. Luego pensé en las traducciones y decidí liberar también este aspecto de mi creación. Mantengo, por ejemplo, la prohibición de uso comercial (una prohibición habitual que levanta muchas quejas en el sector libre a ultranza) que, como ya he explicado alguna vez, no responde al miserable y cicatero si alguien hace pasta con mi obra yo quiero mi parte, sino más bien a que en el momento en que una obra se comercializa, ya le cae encima la jodida sociedad de gestión (en mi caso sería C€DRO) que se pondría a cobrar cánones y demás expolios. No. No en mi nombre. Ni hablar. Mientras la ley otorgue a las sociedades estas de las narices las atribuciones que tienen, no autorizaré -salvo un caso muy, muy, muy excepcional y por una causa (y digo causa, no motivo) muy, muy, muy importante- el uso comercial de mi obra. Y la autorización de la obra derivada se condiciona a su divulgación bajo la misma clase de licencia que la original: no se acerroja nada que haga yo o que haga alguien basándose en mi trabajo. No veo por qué esas limitaciones -pocas, técnicas y de destinatarios, de hecho, restringidos- me habrían de impedir decir que mi obra forma parte del procomún ni que ello hubiera de ser contradictorio con mi [modesto] activismo en pro del conocimiento libre.
Me interesaba aclarar todo esto porque hay veces que las objeciones a las Creative Commons o a ciertas formas de ver el copyleft no parecen enunciadas con espíritu de debate (per se enriquecedor) sino, en algunos casos -afortunadamente aislados-, con una cierta intención dogmática: esto es y esto no es. Sean lo que sean y dejen de ser lo que dejen de ser, existe ya en la red (y también un poco fuera de ella) un importantísimo volumen de creación -frecuentemente de gran calidad- que nos ha llegado de la mano de unas licencias CC que, aunque no completamente libres en estricta puridad, son generosísimas y más que suficientes para lo que verdaderamente interesa: el acceso general y asequible a los bienes culturales.
Seguiré leyendo... y hablando.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
A la salud (y nunca mejor dicho) de un amigo mío que no sé si sonreirá cuando lea esto (¡arriba ese ánimo, hombre!), y pensando en la actitud de las administraciones públicas ante el actual (y ya no tan actual, desgraciadamente) progreso tecnológico, y pensando en algo que aquí y ahora mismo tengo muy cerca (lamento ser tan críptico, pero ahí está la gracia para qui potest capere), me atrevo, muy humildemente, a hacer una muy pequeña modificación del «Julio César» de Shakespeare (la versión 1.2, podríamos decir, aprovechando que está en el dominio público tiempo ha):
«...y gritará en estos confines con su regia voz: "¡Innovación!"... Y el otro cambiará la caja registradora».
Y así nos va.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
El blog de Jorge Cortell está cerrado debido, según manifiesta, a los consejos de sus abogados ante una investigación criminal... ¿a la que está sometido? ¿A la que están sometiendo a otros a los que él podría comprometer o por los que él podría verse comprometido? ¿De qué va esta investigación criminal?
Hace mucho tiempo que andan detrás de Cortell, sobre todo porque Jorge es uno de los que plantan cara y se juegan el tipo. No es nada sorprendente que, vista su irreductibilidad, alguien haya decretado una escalada en su persecución.
No sé qué pasa, ni por qué, ni por quién, ni a causa de quién, ni por órdenes de quién. Espero no tardar mucho en saberlo por un canal u otro.
Pero sea como sea, sepas Jorge, si llegas a leer esto, que estoy contigo al cien por cien. Y no te quepa duda de que muchos miles más de seres libres, de adictos a la pastilla roja, estarán igualmente a tu lado.
Pase lo que pase, sea lo que sea: Jorge, a por todas
Fuera de serie: «Una paella en martes» (sin que siente precedente)
Se cumplen hoy veinte años de aquel célebre «...À la ville de... Barsalona, Espagne». Escribo deliberadamente mal el toponímico de mi ciudad porque, para mantener en toda su precisión el recuerdo de aquella imagen, hay que remarcar que Juan Antonio Samaranch lo pronunció en catalán. En fin, esto no es ninguna noticia: imagino que toda la prensa barcelonesa y parte de la nacional se harán eco de la efeméride; ayer mismo ya alguno se adelantaba. Incluso el domingo ya cacé el especial extraordinario que «El Periódico» colgó en la red y, por cierto, aprovecho la ocasión para felicitar al editor del rotativo del Grupo Z por su acierto al ofrecer gratuitamente el facsímil en formato PDF de la edición del día 18 (el siguiente al de autos) y ofrecerlo, además, íntegro. Porque las páginas de información general distinta del acontecimiento central y las de los pequeños anuncios explican muy bien cómo era aquella Barcelona de finales de 1986.
Recuerdo aquel día como si fuera hoy mismo y supongo que todos los barceloneses mayores de 30 años lo recordarán con idéntica intensidad y con la misma claridad. Yo jamás había visto aquel entusiasmo, aquel encanto colectivo y muchos abuelos me decían que sólo podía compararse la intensidad y la extensión de aquella explosión de júbilo con la que aconteció el 14 de abril de 1931.
Lo cierto es que no había para menos porque a aquellas 13:30 horas del 17 de octubre de 1986 no se materializaba un sueño: empezaba un sueño. Un sueño maravilloso. Si yo puedo decir que he visto un pueblo entregado como un solo hombre a una causa, a un proyecto, es porque viví aquel día. No lo había visto nunca antes ni, desde entonces, lo he vuelto nunca a ver. Ni la muerte de Franco, pese al futuro previsiblemente apasionante que se abría ante nuestros ojos, levantó tanto entusiasmo, tanta sensación de unión por una ilusión, quizá porque también había en aquella ocasión un punto -y no pequeño- de miedo y de incertidumbre.
También hubo incertidumbre hace veinte años, no el día 17 pero sí el 20, después de aquel fin de semana de júbilo y de fiesta. El día 20 nos asaltó un temor: «¿Seremos capaces?». Un poco deslumbrados por la consecución de aquello que había parecido, de tan difícil, imposible, no nos dimos cuenta, en un primer momento, del compromiso que nuestra ciudad había asumido, de la enormidad del reto que había aceptado; de pronto recordamos que los barceloneses formábamos parte del país de la chapuza («la feina mal feta no té futur», se desgañitaba la propaganda oficial de la Generalitat, señal de que en las alturas nos veían bien visto el pelo de la dehesa) y que la imprecisión y la improvisación cutre eran públicas y notorias características de la raza. Además... ¡leches! toda aquella retahíla de administraciones implicadas que, si todo iba como mandaba la tradición, se dedicarían a sacudirse tortazos y a ponerse la zancadilla la unas a la otras: Ayuntamiento, Generalitat, Diputación, Estado... ¡la Virgen! Uy, qué mal pintaba todo eso...
Pero del fondo de todos nosotros surgió, tanto individual como colectivamente, una especie de confianza, algo que nos decía que sí, que seríamos capaces de hacerlo y que lo haríamos bien. Que lo haríamos muy bien. Que lo haríamos ¿por qué no? mejor que nadie.
Fueron seis años deliciosos. Fueron seis años en los que, a pesar de las obras que hubimos de aguantar, la cantidad ingente de mala leche que nos tuvimos que tragar, pese a algunos momentos de desazón cuando veíamos que alguna cosa no iba como tenía que ir (aquel aeropuerto maldito -todavía lo está- que era el insomnio de Samaranch), a pesar de todo (y todo fue mucho) valió la pena ser barcelonés. Fue maravilloso sentirnos, todos y cada uno de nosotros, partícipes, autores y ejecutores de aquel proyecto; fue alucinante tener dentro aquella sensación de unión, de complicidad, en torno a aquella ilusión, aquella firme voluntad de todos los barceloneses de hacerlo bien. Y fue verdaderamente increíble cómo a medida que iba transcurriendo el tiempo y se iba consiguiendo -demasiadas veces deprisa y corriendo, que se escapa el tren- que los políticos finalmente y midiendo cada milímetro de compromiso, se pusieran de acuerdo, aquella voluntad de hacerlo ben se fue transformando en aquella voluntad de hacer los mejores juegos olímpicos de la historia.
Lo logramos.
Veinte años después, y aún existiendo el modelo a disposición de todos, pese a los grandes avances técnicos que favorecen los procesos organizativos y la mejor calidad de los eventos, aún no ha habido unos juegos olímpicos tan exactos, precisos y encantadores como los de Barcelona'92. Aún hoy, veinte años después, la calidad organizativa de unos juegos olímpicos se mide con el patrón Barcelona.
El día 9 de agosto, por la noche, aquella mascota infame, el Coby de mala memoria (en mi opinión, el único fiasco de Barcelona'92) se elevó en el aire y todos quedamos... amigos para siempre. Se habían clausurado los mejores juegos de la historia olímpica y lo habíamos hecho los barceloneses con un par.
Al día siguiente, lunes 10 de agosto de 1992, los barceloneses (los barceloneses que aún permanecíamos en la ciudad, porque el éxodo fue masivo ya el propio domingo: mucha gente había pospuesto sus vacaciones para ver las olimpiadas in situ) nos mirábamos los unos a los otros como si nos faltara algo. Ahora, sí, el sueño se había materializado; nos despertamos y allí lo teníamos, todo el mundo aplaudiendo nuestra gesta: lo habíamos hecho, lo habíamos hecho mejor que nadie y... se había acabado. Nos quedamos aturdidos, como perrito sin amo. Nos mirábamos como preguntándonos los unos a los otros: y ahora ¿qué?
Epílogo
A mi, la estupefacción me duró poco. El martes, 11 de agosto, a media mañana, nacía mi primera hija y daba comienzo la culminación de mi propio sueño familiar que había empezado a cocerse, suavemente, poquito a poquito, justamente el verano de aquel mismo 1986.
Mi familia fue hacia arriba (aún no estábamos todos, tenían que pasarnos todavía más cosas maravillosas), pero Barcelona no. Maragall estuvo ahí unos pocos años más y luego quiso escalar montañas más altas. En su lugar puso, se puso o pusieron a Clos y Barcelona fue arrebatada a sus ciudadanos y cayó en picado por la curva denigrante del olor a pies.
Hasta hoy.
Sic transit gloria mundi
____________________Versió en català d'aquest article a «l'Escullera»
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Las verdades del barquero. Un poco más suavecitas de como me gustan a mí, pero suficientes y sobrantes para que unos cuandos gilipollas vayan ya bien aviados.
Enlazo a la cosa y no digo ni una palabra más.
De la serie: «Correo ordinario»
He visto por ahí un estudio (sin acritud: parece serio) que habla del teletrabajo en la Unión Europea cifrándolo en España en el 5% frente a un 8% de media europea (creo recordar, no toméis de modo axiomático estas cifras; pero por ahí andan).
Me parece mucho. Que uno de cada veinte trabajadores sea teletrabajador, a día de hoy me parece una exageración. Con esas cifras, tendría que conocer a alguno y no conozco a nadie. Imagino que al común de los lectores les pasará lo mismo.
Ahora bien... ¿Qué se entiende por teletrabajador?
En el único documento sindical al que yo he podido acceder y que habla de la cuestión (procedente de UGT) se confunde la figura del teletrabajador con la del operador telefónico que tanto abunda en empresas de servicios y, además, en proporción creciente. O sea que, a menos que desde que yo tuve acceso a este documento haya cambiado el criterio o algún otro sindicato haya difundido algún otro (que, al presente, desconozco) en el ámbito sindical se vive o bien en la total y absoluta ignorancia del fenómeno o bien en el error más craso sobre el mismo. El operador telefónico podría ser un caso de teletrabajo pero sólo si se dan unas determinadas condiciones que luego veremos.
¿Qué más casos de teletrabajador o de aparente teletrabajador podríamos conocer? Porque hay casos muy clásicos de trabajadores que ejercen sus funciones muy lejos de la base física de la empresa: pensemos en vendedores (viajantes de comercio, sobre todo), escritores o periodistas free lance. Todos ellos hacen actualmente uso de tecnologías de la información y la comunicación; todos ellos trabajan con un ordenador -general pero no necesariamente portátil- y todos ellos se comunican con su empresa o con su cliente mediante elementos como las intranets, el correo electrónico, la videoconferencia y, en general, con uno o varios de los posibles usos de Internet. Sin embargo, no tengo claro que el uso de la red para transmitir raports de ventas, artículos originales, tesis, reportajes gráficos y demás constituya propiamente teletrabajo. Y seguramente es considerando estas actividades como teletrabajo con lo que se llegaría fácilmente al 5% de teletrabajadores que he leido; aunque quizá entonces el 5% pase a ser una proporción excesivamente corta, en mi percepción de la realidad. El uso de estas tecnologías por los profesionales expresados, no constituye teletrabajo (en realidad, están trabajando a la más clásica usanza) sino, simplemente, modernizando los medios de comunicación con los que transmiten su trabajo. El escritor ya no trabaja con una máquina de escribir y luego mete los folios en un sobre que envía por correo al editor: escribe con un ordenador personal y transmite su obra por correo electrónico en forma de archivo digital. Y no serán pocos los casos en que corrijan pruebas sobre documento asimismo digital (yo mismo he corregido galeradas sobre un documento en PDF). El vendedor o el viajante ya no necesitan enviar raports o pedidos por telegrama o mediante el télex de la sucursal más próxima: simplemente lo envían por correo electrónico o lo transmiten a través de la intranet de la empresa. El fotógrafo no envía negativos por correo o por mensajería sino que transmite su trabajo al periódico o cualquier otro tipo de empresa telemáticamente y, además, ya no envía su trabajo en bruto (o no necesariamente) sino que ya lo transmite procesado mediante un sistema de edición gráfica por ordenador. Sin embargo, estas personas siguen, esencialmente, trabajando como lo hacían hace veinte, treinta o cincuenta años.
¿Qué podría, pues, entenderse por teletrabajo, por teletrabajo de verdad?
No me atrevo a dar una definición dogmática. Pensemos que este no es solamente un mero asunto de internautas (que también tenemos nuestra parte en el análisis, por supuesto, pero no como actores únicos del mismo) sino también de verdaderos especialistas del mundo de la empresa, del mundo sindical o de otro modo sociolaboral, porque las implicaciones del teletrabajo son enormes tanto a nivel empresarial, como a nivel social como a nivel puramente humano y familiar.
Yo creo que lo que caracteriza al teletrabajo es el uso de la telemática como elemento sustitutivo de la presencialidad personal. En otras palabras: la desubicación geográfica, el lugar de trabajo como elemento físico, material, que pasaría a no tener apenas importancia en el desempeño del trabajador. Por ejemplo, yo mismo, que ejerzo el noventa por cien de mis funciones con el ordenador y con el teléfono, podría desemeñarlas igualmente en mi casa o en un refugio de montaña (que tuviera una eficiente conexión a Internet, claro) bastando con mi presencia personal en la sede de mi unidad administrativa una vez por semana o quizá incluso por quincena. Y todo ello sin que mi trabajo sea per se telemático, como el del teleoperador (que sí sería teletrabajador si no tuviera que estar ubicado en un lugar determinado) ni per se remoto respecto de la sede de la empresa, como en el caso del viajante (que sólo podría ser un verdadero teletrabajador -de acuerdo con estos criterios- si pudiera vender telemáticamente en vez de hacerlo personalmente, pero se me antoja que, de ser posible este caso, simplemente desaparecería la figura del viajante).
Estamos todavía muy lejos de que el teletrabajo -el auténtico, según lo he trazado grosso modo- sea algo común, frecuente y extendido. Hace falta un cambio profundo de cultura empresarial, sindical y familiar y eso llevará su tiempo. Empezará -como seguro que ya se dan algunos (pocos) casos ahora mismo- con ejecutivos lo suficientemente elevados en el organigrama empresarial como para tener libertad de acción, gente con puestos cuyo valor es el valor mismo de sus decisiones y no su presencia en tal sitio y a tal hora. De ahí irá bajando hasta llegar a colectivos mucho más extensos.
Ya lo dije en otra ocasión: hay que irse poniendo a estudiar las implicaciones del teletrabajo muy seriamente. Evidentemente, es una tarea de prospectiva en tanto que se está intentando predecir un escenario futuro, ya que en el riguroso presente el fenómeno no es apenas apreciable; pero la prospectiva, realizada con rigor, es una tarea útil y muy necesaria (de algún modo y a muy distintos niveles, todos la llevamos a cabo en nuestra vida profesional y en nuestra vida personal). En todo caso me asusta que se esté esperando a que el fenómeno se extienda para ponerse a analizarlo: si se piensa bien, las implicaciones del teletrabajo como modelo extendido, habitual y común, son tan enormes que no sé si hacemos bien esperando a que las dinámicas funcionen solas para ponernos a caracterizarlas. Puede causar transtornos sociales e incluso daños de quizá difícil correción.
Dedicadle al asunto alguna horita de reflexión serena y veréis que sí.