De la serie: «Correo ordinario»
Dos o tres entradas atrás prometí la traducción al castellano de un artículo mío que ha publicado el último número del boletín de los cuerpos administrativos y técnicos del Área Autonómica de Catalunya de CSI-CSIF. Una vez relajados con la intervención de Forges en el empeño del MAP de hacernos más simpáticos a la población, bueno será que se conozcan algunas realidades que acontecen en algunas administraciones públicas y, según me temo, en muchas administraciones públicas. Porque, evidentemente, el artículo hace referencia a la Generalitat de Catalunya -que es mi ámbito profesional y sindical- pero es perfecta y literalmente aplicable a muchísimas más: autonómicas, municipales y a amplios sectores de la Administración estatal y corporativa. Ténganse, pues, los amigos de buscar pajas en ojo ajeno, no vaya a ser que en el suyo haya vigas... y encima con aluminosis.
No digo más. El artículo habla -y no poco- por sí solo.
____________________La informática administrativa en la Generalitat
A finales del 2003, y como consecuencia de los resultados de las elecciones al Parlament de Catalunya, el PSC, ERC y IC-EV-EU acordaron gobernar en coalición (el más que conocido tripartit) y establecieron las bases de este gobierno en el llamado Pacte del Tinell. Este pacto definía -entre muchas otras cosas, obviamente- la política que habría de seguir el Gobierno en relación con las nuevas tecnologías y, especialmente, los criterios de relación entre las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y las administraciones públicas catalanes, en especial, claro está, la de la Generalitat.
No quiero entrar ahora en el contenido concreto del Pacte del Tinell en esta materia ni en su grado de cumplimiento, pero sí que quiero poner de relieve que aquella ocasión fue la primera, si la memoria no me falla, en que las TIC -y, en ellas, la informática y la telemática- formaban parte de un documento político en su específica faceta de herramientas de las administraciones públicas y en el que, de alguna manera, se indicaba qué camino había que seguir en el uso de las TIC como tales instrumentos de trabajo diario y cotidiano (además de las implicaciones para el ciudadano en materias como la seguridad, la protección de datos, la comunicación con las administraciones, etcétera).
Por primera vez veíamos cómo una declaración política (no era un programa, sólo establecía unas bases generales) abría las puertas a que en la Administración de la Generalitat existiera (y, por tanto, se impartiera a su personal) doctrina ofimática.
Pero, aún así, nada de nada.
Hace muchos años, prácticamente veinte, que la informática entró en las unidades administrativas de la Generalitat y posiblemente desde hace diez o doce puede decirse -sin perder de vista la alta probabilidad de que haya un cierto número de excepciones- que ya es habitual y real en la práctica el principio «un trabajador, un ordenador». Bien, pues desde hace estos veinte años, la entrada de la informática en la administración se ha enfocado como la entrada de una maquinaria más eficiente... para hacer las mismas cosas de la misma manera. Así, la formación de los empleados ha consistido, simplemente, en una sucesión de manuales verbales de uso de las máquinas o de los programas, que no otra cosa son los cursillos habituales de informática más o menos administrativa. Además, desde que toda esta -llamémosle- formación está externalizada, los docentes (la capacitación de los cuales, por cierto, no ha habido nunca manera de conocer con alguna concreción desde la acción sindical; o yo, al menos, no lo he conseguido nunca) no saben apenas nada de la particularidad de las tareas administrativas e imparten la materia de una forma poco focalizada hacia el trabajo habitual de los funcionarios a los que está formando.
En consecuencia, hoy, acabando el 2006, siglo XXI, en la administración pública se sigue trabajando exactamente igual que hace veinte años: el ordenador se utiliza como si fuera una máquina de escribir que, eso sí, hace más cosas, las hace mejor y las hace más bonitas. Después de todo, menos mal...
Además, hace también unos pocos años que los empleados públicos -por lo menos, los de base y siempre, como es de rigor, salvando las más que probables y más o menos numerosas excepciones- no necesitamos estar en guerra constante para que se nos suministren instrumentos adecuados y competitivos: la adquisición de maquinaria por vía de leasing, renting o similares métodos, que suponen la renovación relativamente frecuente del parque informático, el precio cada vez más bajo del material y, por otra parte, la ralentización del proceso de obsolescencia de las máquinas, que se ha alargado mucho en el curso de los últimos diez años, son factores que hacen que nuestras herramientas sean, en general, competitivas.
Y esta situación hace que el panorama sea todavía más sangrante, ya que la inexistencia de una doctrina ofimática y la subsiguiente ausencia de formación en doctrina de uso de la informática hace que se desperdicien, por falta o defecto de uso, recursos que facilitarían y acelerarían los procesos administrativos. Inmensas posibilidades de autoedición, inmensas posibilidades telemáticas que van más allá del simple correo electrónico, la interacción a través de las intranets (frecuentemente concebidas simplemente como escaparates internos o cajones donde dejar cosas a disposición de quien las quiera o donde tomarlas) y una serie de recursos, en fin, que, entre otros muchos beneficios, supondrían importantes ahorros en la cantidad ingente de papel que se utiliza y, por tanto, en la necesidad de estructuras materiales y de esfuerzo humano en materia de archivística y gestión documental (que se supone que el uso de la informática habría de haber disminuido radicalmente), en centenares o quizá miles de horas de reuniones internas que, además de su coste intrínseco en horas de trabajo, suponen alteraciones y movidas en las agendas y calendarios, interrupciones en los ritmos de trabajo y otros inconvenientes, muchos de los cuales se podrían evitar con un uso eficiente de la ofimática y, además, de una ofimática sostenida por una maquinaria de la cual ya se dispone habitualmente, no se hace preciso realizar estudios de costes ni planificar nuevas inversiones. Ya disponemos -siempre en general- de los instrumentos adecuados o, cuando menos, suficientes. En fin, las posibilidades son infinitas...
Cuando los directivos de alto nivel de la empresa privada ya hace tiempo que circulan con más electrónica encima que un cazabombardero (PC portátil, PDA, teléfono móvil de altas prestaciones) como instrumental absolutamente imprescindible e irrenunciable, en la Generalitat aún hay demasiada gente que cree -como aquellos ejecutivos de hace años- que todo este asunto de ordenadores es cosa de administrativos y de secretarias y que si hay que prestarle un poco más de atención que la que se presta a un bolígrafo es, únicamente, porque el ordenador es un aparato costoso; pero no por otra cosa. Precisamente la poca doctrina ofimática que -si así puede llamarse- existe en el ámbito de la Generalitat es la que improvisamos como podemos, en el estricto marco cercano de nuestras unidades y cada cual por su cuenta, los funcionarios de base. A medida que se va ascendiendo en la pirámide jerárquica, las TIC se van desvaneciendo (siempre que no haya prensa cerca, por supuesto: entonces se adopta rápidamente un berroqueño y absurdo argot tecnómano que queda tan guay como ininteligible); la presencia de un uso razonablemente normalizado de las TIC es inversamente proporcional a la altura de la silla en la pirámide de mando. Hoy, por simple ejemplo, es todavía impensable elevar un informe a un alto cargo en algún formato que no sea el papel. En general. Por supuesto.
Las administraciones públicas -tarde, como siempre, y ya veremos si además mal, pero esta es otra cuestión- se empiezan a preparar para comunicarse con el ciudadano. Estupendo: ya tocaba. Esperemos que, además, toque correctamente y que las cosas se hagan como es debido. Pero el ciudadano ha de saber que, aunque disponemos de los instrumentos materiales adecuados, los empleados públicos no estamos preparados -por falta de formación, por falta de información y por falta de planificación- ni individualmente, en la mayoría de los casos ni, desde luego, globalmente, para sostener una comunicación digital normal con ese ciudadano. Y es de temer que, cuando los de arriba se pongan por fin manos a la obra, quieran solucionarlo a golpe de cursillo de veinte horas contratado de cualquier manera, de hoy para mañana, al primero que llega.
Después vendrán las quejas -porque vendrán, que nadie lo dude-, los ¡ay! y los ¡quién lo iba a decir!.
Pues aquí queda dicho. Porque si no se dice, aún se lo montarán para que, a ojos de los ciudadanos, seamos los funcionarios los culpables del desastre.
Como siempre.
____________________¿Cómo os ha quedado el cuerpo?
De la serie: «Pequeños bocaditos»
El Ministerio de Administraciones Públicas está llevando a cabo una campaña sobre el plan de formacion de los funcionarios españoles. Bueno, se pueden decir muchas cosas sobre este tema -pronto diré alguna aquí mismo- pero, en fin, nunca está de más una campañita que nos reivindique un poco a nosotros, los profesionales de la Administración, los que damos la cara y los que cargamos con lacras en las que muchas veces no tenemos nada que ver, por desgracia para todos.
La campaña está basada en viñetas de Forges lo cual es muy oportuno. Oportuno, porque es uno de los mejores humoristas de este país y oportuno, porque tradicionalmente ha sido un fustigador de funcionarios, unas veces con razón, otras con alguna menos. Suyo es, sin ir más lejos, el título que toma prestado esta entrada.
La viñeta de hoy me ha hecho gracia porque implica específicamente a la tecnología informática y porque tiene un doble anclaje con esta bitácora: su temática principal y la profesión de su autor. Por eso me ha parecido oportuno reproducirla.
De la serie: «Correo ordinario»
La patochada de la semana -de la semana pasada, se entiende- nos ha venido servida por los indios mapuches. Siento decirlo, sobre todo porque los de IU y similares igual me califican de mapuchófobo, que si es por éstos, puedes calificar de hijoputa para arriba a un caucásico y no se inmutan, pero como llames tonto a un chino te ponen a parir por xenófobo, racista y no se cuántas cosas más; como, además, sospechen discriminación de género, pueden llegar a pedir que se convoque al tribunal de Nühremberg para que te ahorquen.
Bueno, resulta -como muchos ya sabréis- que los indios mapuches en cuestión, amigos y residentes en Chile los cuatro o cinco que más o menos son, han demandado a Micro$oft, o amenazan con hacerlo, por traducir a su idioma el Window$, cosa que consideran una vulneración... ¡de su propiedad intelectual! Es lo que, con toda razón, Antonio José Chinchetru califica de hacer el indio; que vaya con cuidado, que también a él lo van a echar a la hoguera por indiófobo los fans de ese triste don Gaspar.
Chinchetru se lanza, en el artículo enlazado, a poner de relieve la estupidez de los aborígenes chilenos (vamos a no llamarles indios, buen rollito, tú...) y el despropósito que implica esta reclamación. No es que no tenga razón, que la tiene sobrada, pero a mí me llaman más la atención dos aspectos de la cuestión.
El primero es que la mapuchada esta no es -anécdota estúpida aparte- sino un indicador de a dónde se está llegando con este asunto de la propiedad intelectual. En sí mismo y en esa criminal apetencia que invade el orbe consistente en atribuir forzosamente precio (y apropiárselo, claro) a todo lo que tiene valor. Yo estoy seguro de que, en este momento, hay cerebritos tratando de encontrar la fórmula para apropiarse del aire y, obviamente, cobrarnos a todos por él. ¿Por qué no, después de todo? Ya hay compañías que se han apropiado del agua, otras que, patentes mediante, se han apropiado de recursos naturales enteros -principios activos de diversas plantas, por ejemplo- y, por supuesto, esta brutalidad de la propiedad intelectual que, como mentira repetida millones de veces, ha pasado a ser una verdad tan natural.
En este contexto, uno se pregunta por qué los mapuches dichosos no iban a a querer aprovecharse económicamente de la propiedad intelectual que ostentan -según ellos- sobre su idioma. Puestos a inventar burradas (en esta materia, parecería que ya no viene de una más) podríamos los hispanohablantes apropiarnos de la lengua española y así -¡leches, qué invento!- obligar a los autores a que nos pagaran a todos un canon por el uso de nuestra propiedad intelectual. ¿Qué coño es eso de cantar o de escribir en español gratis? ¡So pirata! A pagar un canon se ha dicho... Hasta podríamos crear una entidad de gestión de derechos lingüísticos: la SGHE (Sociedad General de Hablantes del Español) y que les fuera pasando al Teddy Bautista, al correspondiente piernas de C€DRO y al resto de la banda la correspondiente factura por el uso de la lengua española por parte de sus patrocinados.
El segundo aspecto es verdaderamente interesante, fantasías cerveceras aparte. Supongamos que los mapuches demandan a Micro$oft... ¿No sería muy ilustrativo leer las alegaciones de su defensa letrada? Cabe imaginarse a Micro$oft alegando ante un juez que un idioma forma parte del procomún, que constituye conocimiento no apropiable. Me iba a caer de la silla de risa viendo los esfuerzos que harían los leguleyos de Ballmer tratando de impugnar la menor sin tocar esa mayor que, supuestamente, les permite patentar el software y predicar su patentabilidad en todo el orbe. Señoría, yo puedo patentar algoritmos matemáticos bajo forma de software, pero los apaches, los comanches, los mapuches o como coño se llamen no pueden apropiarse de su idioma así por las buenas. ¿Por qué? Bueno, pues... porque no... porque... ¡porque yo facturo una millonada al año y Su Señoría se calla, joder ya, tanto rojo, tanto comunista y tanta leche..!
Quizá los mapuches no sean tontos y hayan visto en toda esa comedia una buena forma de sacar pasta, la pasta que gustosamente pagaría Micro$oft para ahorrarse un pleito con un fondo tan incómodo en el que el monopolio ocuparía una posición tan comprometida (vaya por Dios: después de tanta cagarela, va a resultar que son ellos los piratas...). Para eso tenemos la Fundación Bill & Belinda Gates, Premio Príncipe de Asturias, poca broma, cuyo voluminoso talonario -quizá más incluso que el de Ballmer- puede ser utilísimo para el caso: un plan de desarrollo para los indios (con perdón) mapuches a base de millones de dólares que comprenda -además de tropecientas licencias gratuitas de Window$ Vi$ta- un plan de caminos, viviendas, escuelas, regadíos, instalaciones de ganadería intensiva, quizá un aeropuertecito y una saneada cuenta corriente para el jefe y sus consejeros o como quiera que se denomine y estructure la pirámide dirigente de la tribu en cuestión y nos olvidamos de pleitos y de tonterías ¿eh, muchachos?. Y, con un poco de suerte, B&B Gates podrían aspirar al premio Nobel de cara al año que viene o al otro.
Aunque la Academia sueca salga indudablemente más cara que la Fundación Príncipe de Asturias, la casa es potente y no repara en gastos, faltaría más.
C'est la vie© Ámbito francófono SL, 2006
De la serie: «Correo ordinario»
Asistí ayer por la tarde a un acto promovido por el CIDEM (una empresa pública adscrita a la Secretaria d'Indústria de la Generalitat), para tratar del tema de las bitácoras de empresa. Un acto del que, en condiciones normales, hubiera prescindido por previsible. Entiéndaseme bien: no es que considere que ya lo sé todo (muy al contrario, cada día me duelo más de mis carencias porque cada día me descubro algunas que desconocía), pero lo que sí sé muy bien es que en el mundo de la empresa catalana no se ha rebasado mucho la época en que don Antonio López se ganaba la vida con una agencia de viajes que trasladaba emigrantes de África a América, así que hablarle de blogs a ese gremio es como hablarle de mecánica cuántica a la Pantoja.
Pero hablaba Enrique Dans y sentí una gran curiosidad. A Enrique Dans lo he visto hablar un par de veces pero en ámbitos internáuticos, por así decirlo, y me apeteció escucharlo en su salsa más propia que es el ámbito empresarial, porque tenía interés en comprobar si usaba o no el mismo registro lingüístico, el mismo enfoque y la misma perspectiva que en los otros casos. Y sí, por cierto: básicamente -con muy pequeñas variaciones y con el desarrollo de la temática lógicamente adaptado al perfil del auditorio- el registro y el lenguaje son idénticos. Por lo demás, Enrique estuvo, como siempre, interesante y ameno, aunque en interés -desde luego, no tanto en amenidad- tuvo un competidor de altura en Fabián Gradolph, un ejecutivo de IBM, blogger él mismo, que nos mostró la blogosfera del gigante azul y la política de empresa al respecto. Toda una muestra, con sus posibles -y desde luego, pequeñas- matizaciones, de lo que es ver claro el mundo real... en el que está inmerso también, y cada vez con mayor visibilidad, el mundo virtual. Hubo otras dos intervenciones... bueno eso, de señores que intervinieron.
Cuando fui a saludar a Enrique, al final del acto, le pregunté si no tenía la impresión de que estaba predicando en desierto y me respondió que, desde su visión de Instituto de Empresa, en Madrid, percibía que en los últimos tiempos parecía que estaba dándose un cambio de mentalidad pero que, claro, comprendía que en Catalunya, con un índice tan alto de PYMEs la realidad fuera otra. Snif. Por eso decía ayer o anteayer que estoy preparando a mis hijas para que, de cara a su futuro profesional, sea cual sea la profesión que elijan, no tengan a Barcelona como única opción; habré de empezar cuanto antes la segunda fase y hacerles ver que, probablemente, Barcelona no vaya a ser ya ni siquiera la mejor opción. Chicas, esto se hunde: hay que largarse...
Y si el mundo de la empresa privada da pena, el de la administración pública es de la más negra depresión. En estos días, el boletín del ámbito administrativo y técnico del sector autonómico catalán de mi sindicato, CSI-CSIF, publica un artículo mío en el que hablo de ello. No descarto traducirlo al castellano y publicarlo en «El Incordio» porque da una idea de cómo se dilapida el dinero del ciudadano por falta de formación, de información y de planificación desde las cumbres. Resumiendo el artículo en pocas palabras, vengo a decir que si hace unos años nuestro problema en el ámbito digital o informático eran los medios materiales, tal problema ya no existe prácticamente en los ámbitos burocráticos de la Generalitat y, sin embargo, pese a disponer de unos medios con los que podríamos hacer verdaderas virguerías, sin mayores ni ulteriores inversiones, disponiendo como disponemos de una maquinaria suficientemente moderna y competitiva, seguimos trabajando como hace veinte años y utilizando recursos modernísimos con la mentalidad de entonces. No hay planificación, no hay doctrina, no hay nada. Las administraciones públicas están preparándose para el diálogo digital con el ciudadano y el funcionariado está ayuno en la metodología propia de la tecnología en este ámbito porque toda su formación ha consistido en cursillos de 20 horas (y casi nunca de calidad) de guor, exel, axes y pogüerpoin.
Y es que, además, en estos temas de las TIC hay que pelear contra unos elementos bastante duros, porque no solamente estamos ante un fenómeno de ignorancia fundamental, sino ante un problema generacional. A mis cincuenta y un años, me doy cuenta de que mi interés por estos temas (no oso, ni por asomo, hablar de mis conocimientos porque aún tengo sentido del ridículo) es excepcional e inaudito en la gente de mi quinta que no trabaje en empresas propiamente tecnológicas (y aún en ellas... a alguno se pilla con mucho vocabulario tecno y sin nada debajo de él). Soy una especie de náufrago que va por ahí como viviendo en un mundo ajeno (un perfecto alien, je, je), como un tío raro que siempre está diciendo cosas raras, un cachondo que siempre tiene un buen pretexto y una frase aguda para ciscarse en Micro$oft; y no digo esto como un drama personal, qué va, al contrario: es que me da la impresión de que mis coetáneos tienen como una especie de cáncer, de enfermedad terminal y no lo saben o, como es más frecuente en este tipo de enfermedades, no quieren saberlo. Prefieren aferrarse al mundo de siempre y no quieren ver que ese mundo ya se fue. Pues el problema es que esta generación, la mía, es la que ahora mismo está cortando el bacalao en la empresa, en la administración pública y en la política. Lo cual quiere decir que hasta que el liderazgo social perciba de dónde viene el viento, habrán de pasar aún diez años. Quizá quince. Salvo, claro está (y que no ocurra, por Dios), que la catástrofe se materialice de forma que no permita que se la ignore y venga a atizarnos a todos en las narices; lo que, por demás, tampoco es tan improbable. No es, desde luego, imposible.
Por eso -a no ser por valores añadidos, como una intervención de Enrique Dans- no suelo asistir a actos como el de ayer. Me acompañaba una compañera, una joven economista de treinta años que está ahora dándose cuenta de lo que digo en el párrafo anterior, y en algún momento expresó su desazón por lo mal que estaba el patio. Bueno, en realidad no sé de qué se queja: hay algunas posibilidades de que antes de que se jubile llegue a ver una administración pública verdaderamente del siglo XXI.
En mi caso, desde luego, no hay ninguna.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
No es la primera vez -ni la segunda, ni la tercera- que «El Jueves» se implica en la guerra contra el canon, siendo así, además, que lo hace desde la única postura coherente. Coherente en razón y coherente en su línea tradicional editorial, no desde sus estrictos intereses como empresa editora que, en definitiva, es lo que es. Eso honra a la revista mucho más aún.
Pero quizá -y ojalá, además- su coherencia, contraria a sus teóricos intereses inmediatos, no lo sea tanto en el mantenimiento de su posición como líder indiscutible del humor español, a medio y, desde luego, a largo plazo. El conocimiento libre es un negocio claro para aquellos que saben comprender de dónde sopla el viento y «El Jueves» lo ha comprendido. Y es un negocio, además de claro, legítimo y, sobre todo, respetuoso con el propio cliente.
Seguidamente voy a insertar una página del número de esta semana. Es una inserción sin ánimo de lucro y contextuada, dentro de esta bitácora, y, por tanto, acogida al derecho de cita. Pero qué duda cabe que sus abogados podrían causarme -si los editores quisieran- alguna molestia, algún pequeño dolor de cabeza. No ocurrirá, sin duda alguna. En «El Jueves» saben que la reproducción de esta página les produce a ellos muchísimo más beneficio -dentro de un orden, pobre de mí- que perjuicio (dentro de otro orden, suerte para ellos). Nadie dejará de comprar la revista de esta semana porque haya leído en «El Incordio» esta página; fácilmente puede que haya dos o tres que la compren atraídos por la misma. Y vete a saber: igual consiguen algún otro lector fiel, como lo soy yo desde hace veintimuchísimos años.
Ellos lo saben. La $GAE no. Por eso, dentro de muy pocos años, «El Jueves» seguirá ahí. Y la $GAE también, porque, bien entendida, cumple una función útil. Los que no estarán serán don Teddy, el Ramoncillo y alguno que otro a quien precisamente «El Jueves» nombra en esa página de Pablo Velarde.
Y los primeros que lo celebrarán serán los setenta y nueve mil novecientos y pico autores que hoy viven jodidos y puteados, insertados a la trágala, como almendras en un turrón de Alicante, en una entidad que, si les hace caso, es para usarlos de orinal.
(Pinchar en la imagen para verla a tamaño más o menos original)
De la serie: «Los jueves, paella»
Mañana, 24 de noviembre, se procederá en Barcelona al encendido de la iluminación navideña. Lo cual quiere decir que, cuando llegue la Navidad de verdad, los barceloneses estaremos hasta las pelotas de la Navidad dichosa. Al menos, de la navidad urbana. Eso si no lo estamos antes, porque estas iluminaciones municipales, tan ecológicas y tan sostenibles, son absolutamente mortecinas y deprimentes y parecen querer inducir al suicidio en vez de a la alegría. Si, además, sumamos a ello que, para que no se ofenda no sé quién a quien no quiero nombrar para que no me llamen islamófobo, existe una clara tendencia a suprimir de esos adornos toda significación de su origen cristiano, resulta claro y notorio que no exagero cuando llamo a esas conmemoraciones las Fiestas de la Visa.
Ya hace años que se viene notando una anticipación cada vez mayor en la colgadura de las guirnaldas presuntamente luminosas. Primero pensé que como el Ayuntamiento se dedicaba a recortar personal a saco, los tres o cuatro operarios que quedaban disponibles para esa función debían ponerse a trabajar ya hacia el Pilar si lo querían tener todo listo para Santa Lucía, que es cuando tradicionalmente empieza el festejo navideño (eclesiásticamente, mira por dónde, empieza algo antes: el primer domingo de Adviento va a ser, si no me equivoco, el 3 de diciembre). Pero luego ya vi enseguida que era otra cosa. Hace ya algunas semanas, y pese a mis esfuerzos por evitarlo, tuve que ir a uno de esos espantosos megacentros comerciales de los que hay no sé cuántos en Barcelona y ya estaban dispuestas -aunque sin encender, menos mal- las iluminaciones. Aún debían quedar en mis intestinos restos de panellets y de castañas.
¿Es que se vende más si se anticipa la Navidad? No me sorprendería. Recordemos que en los almacenes monopolísticos españoles (no es extraño que sean tan culo y mierda con Micro$oft) ya es primavera en febrero. Una compañera de trabajo, psicóloga ella, me comentaba que sí, que se vendía más por no sé qué coñas marineras subliminales. Y yo, que todavía considero buena parte de la psicología como una pseudociencia (rollo magufo, ya me entendéis) y que en esta vida sólo tengo claras tres o cuatro cosas pero, eso sí, de esas tres o cuatro no hay quien me baje, le contesté que en este asunto no hay psicología que valga, que la cosa es puramente psiquiátrica, patológica, porque el que un tío se ponga a comprar como un loco solamente porque le enciendan las lucecitas es una meridiana manifestación de idiocia químicamente pura. Eso sólo se puede curar con pastillas o con electroshocks, que no me joroben...
También en estos últimos días se viene leyendo en la prensa una cifra terrorífica cuyo espanto se incrementa cada año, en paralelo a su montante: los catalanes nos gastaremos una media de novecientos y pico euros por barba en las fiestas de Navidad. Y yo, que miro a mi familia, veo que no nos privamos de nada, nos hacemos nuestros regalitos por Reyes y tal, que ya notamos muchos años que gastamos demasiado por gastar y que nos sentimos frecuentemente mi mujer y yo próximos a la impudicia, y que no llegamos entre los cuatro a sumar esa cifra (en estrictos gastos navideños, claro), pienso en quién será el cabrón que se cepilla los 2.700 euros de nuestro excedente de promedio y el excedente de la poca gente que, pudiendo, no quiere hacer ese gasto y el de la muchísima que ya le gustaría estar en disposición de poderlo hacer.
Lo divertido -si así cabe decirlo- es que el paisanaje musulmán -la religión no cristiana más abundante por estos pagos- anda en las mismas cuando le toca. Se ve que las cenas que se arrea el colectivo durante el Ramadán rozan lo pantagruélico y muchos de sus imanes han criticado ya con reiteración lo que consideran -en su medida, a su modo y con razón- un exceso. El consumo engancha, está claro, y no hay Cristo ni Mahoma que valgan: lejos de ser el remedio, no son -en una incongruencia acojonante por parte de sus supuestos seguidores- sino el pretexto.
Y, como colofón, otra noticia relacionada con el exceso y precisamente en tiempos de queja, dolor y rasgamiento de vestiduras por el encarecimiento de la vivienda y de las hipotecas: la industria del ocio (agencias de viajes, hoteles y demás) ya ha colgado el cartel de «No hay billetes» (o como quiera que lo expresen) para el puente de la Constitución o de la Purísima, llámalo como quieras.
Una sociedad que funciona así no puede acabar bien.
____________________Siempre recomiendo la lectura del artículo semanal de Arturo Pérez-Reverte, pero sugiero calurosamente el de esta semana; quizá mi calor en la sugerencia proceda de que yo tuve hace algún tiempo en la Catedral de Barcelona una experiencia calcada a la que él relata y, como a él, me hirvieron las transaminasas en salsa de vitriolo. Eso sí: yo fui bastante menos educado que él, quizá porque quien me reconvino a mí era un interesado y no un mandado.
La apropiación del conocimiento -descarada, repulsiva, alevosa- ya no es cosa de altos mercachifles de la cultura sino que desciende a los estratos más bajos y rastreros de la miseria y tenemos un ejemplo claro en el mundo de los guías.
No tengo nada contra los guías. En absoluto. Cuando voy por esos mundos, siempre intento hacerme con los servicios de uno: casi siempre me compensan y algunas veces me entusiasman. Dos ejemplos de esto último: la muchachita -licenciada en Bellas Artes, claro, no era académicamente hablando una cualquiera- que nos guió en la visita a la Catedral de Vitoria este verano y la dama -cuya cualificación académica no llegué a conocer pero que indudablemente tenía, porque hay cosas que se notan- que nos acompañó en una serie de visitas por las diferentes iglesias románicas del Valle de Arán hace tres veranos. Creo que serán dos visitas -conjunto de visitas, mejor dicho, en el último caso- que no olvidaremos en la vida, porque un guía, y sobre todo un buen guía, representa un valor añadido enorme a la contemplación de un monumento. Si encima, como es el caso del Valle de Arán, algún aspecto de la visita le pilla a uno documentado y puede mantener un debate con una guía como aquella, la satisfacción es enorme y se vuelve al hotel como loco por ponerse a escribir las impresiones de esas visitas, no sea que quede algún detalle suelto que llegue a borrarse de la memoria.
Incluso cuando el guía es medianejo, el simple transcurso de los años desempeñando su oficio hace que él mismo cada día descubra cosas y que te las haga ver en una visita de una hora. La erudición de la que él carece siempre puede compensarse -más o menos: nunca completamente- con la ayuda de los folletos o de algún libro que, antes o después, se haya podido leer sobre el monumento en cuestió o sobre los hechos históricos con los que estuvo relacionado. Pero también en este caso es siempre mejor la visita guiada que por libre. En todo caso, la visita por libre puede hacerse -cuando es posible, que no siempre lo es- después de la guiada.
Lo insufrible es el corporativismo que en un momento dado puede desplegar esa gente (y sobre todo, los del sector mediocre, precisamente) que llega a la exageración. Toda profesión se duele, lógicamente, del intrusismo; algunas, las de titulación universitaria o las colegiadas, están protegidas incluso por vía penal; otras, no tienen tanta suerte y hacen lo que pueden. Y en todas ellas es comprensible el celo por evitar que venga alguien a hacerles la competencia sin una garantía de capacitación mínima, no solamente por esa competencia en sí sino porque esa falta de capacitación desprestigia al colectivo y devalúa a los buenos profesionales. Pero lanzarse a la yugular de cualquiera al que ven dándole explicaciones a un tercero, sin encomendarse a Dios ni al diablo, sobrepasa todo raciocinio; ver intrusismo en la guía amigable -y, obviamente, sin la menor pretensión lucrativa ni la menor intención profesional- que se le hace a un familiar o a un allegado, es en todo igual que la estúpida pretensión de que bajarse una canción de las redes P2P es quitarles la comida de la boca a los hijos del artista. En el caso de Pérez-Reverte fueron unos amigos en El Escorial; en el mío fueron también unos amigos aragoneses en la Catedral de Barcelona. En el de Pérez-Reverte, un guarda jurado que -por lo que parece- tampoco estaba muy seguro de sus competencias en la materia; en el mío fue un imbécil -una imbécil, para ser más preciso- con interés directo que fue enviada, entre otros improperios, a tomar por donde Olano y desafiada a que llamara a los GEOs.
Hasta ahí podíamos llegar, no te jode...
____________________Me llega esto desde un colectivo pro vivienda digna.

Ello no obstante, me parece que eso es pecar de optimismo. A la imposibilidad de tener donde sentarnos vivos, está la dificultad de tener donde caernos muertos. Consúltense precios -mayormente compuestos por tasas públicas, dicho sea de paso- tanto de entierros convencionales como de incineración y se verá cómo el sarcasmo puede llegar a quedar desactivado por la dura realidad.
De todos modos, viendo -al primer párrafo me remito- lo sobrados que vamos, me pregunto hasta qué punto está realmente tan grave la cosa, porque incluso a estos precios, los pisos se siguen vendiendo, con lo fácil que es no comprar. Es la actitud por omisión y hace que bajen los precios que se las pelan.
¿Véis como lo que decía de la idiocia no es gratuito?
____________________Hasta aquí llegaron las aguas hoy. Próximo jueves, 30 de noviembre, último día del mes. Entraremos ya en el último mes del año y entonaremos la canción de siempre, que no por más repetida es menos cierta: ya nos hemos cargado otro año casi sin darnos cuenta y, al final, uno dice con Mafalda: «A ver cómo es eso: ¿uno lleva su vida adelante o es la vida la que se lo lleva por delante a uno?».
Os dejo con este angustioso sino mientras preparo temas para que «El Incordio» incremente vuestra angustia y vuestro cabreo en los días que median entre esta paella y la próxima.
De la serie «Correo ordinario»
Ando estos días recibiendo palmaditas en la espalda, a cargo de la -aún poca- gente de mi entorno que sabe de la existencia del software libre y de mi activismo en la materia, que me felicita por los últimos éxitos, refiriéndose básicamente a ese misterioso convenio firmado entre Micro$oft y SuSE Novell del que los directivos de SuSE Novell dicen que no es ningún peligro para la comunidad del software libre, pese a que Steve Ballmer ya ha pronunciado amenazas tremendas contra los usuarios Linux no SuSE por utilizar sin permiso propiedad intelectual de Micro$oft. Bueno, ya serán menos lobos, porque los muertos que matan la bocaza inclausurable de Ballmer y sus amenazas apocalípticas al entero mundo gozan de una salud de hierro. Ahora, de eso a llamarlo buena noticia, media una enorme distancia, por más que el admirado Enrique Dans lo salude como un gesto progresista por parte de Micro$oft. Como yo soy de aquellos que timeo Danaos et dona ferentes, aunque la opinión de Enrique y la prohibición de las patentes de software en Europa alivian una parte importante de mis temores, sigo sin tenerlas todas conmigo. Ni mucho menos.
El tal éxito lo es, pues, en todo caso, de visibilidad, que ya es mucho y nada de despreciar, pero que yo valoro en esa escasa medida.
Casi -o sin el casi- doy más importancia a un éxito aparentemente pequeño pero que ha supuesto un enorme alivio en la comunidad libre -sobre todo porque parecía que fuéramos a pinchar ahí- como es el controlador -el driver- para Linux del e-DNI que, hasta hace pocos, muy pocos días, amenazaba con negros nubarrones de tormenta monopolística.
Por otra parte, sin embargo, no pinta la cosa bien en la nueva Ley de e-Administración, en cuyo proyecto el Gobierno no acaba de mojarse ya no por el software libre sino ni siquiera (y eso es muy gordo) por los estándares públicos. Si eso quedara definitivamente así, los ciudadanos podríamos vernos obligados a utilizar Micro$oft necesariamente para interactuar con la administración pública, grave asunto que espero y deseo -y ayudaré entusiásticamente a promover- que acabe yendo a parar al Tribunal Constitucional. Pero me temo que el redactado de la ley va a ser lo suficiente vago y cuco como para que sea difícil subirlo a la más alta instancia judicial del país, de forma que más vale echarse a temblar. Como puede verse, si la boca de Ballmer no da miedo, su talonario, en cambio, es largo, ancho y tremebundo. Y ése seguro que va sobrado y no se anda en minucias de 3 por 100.
En Catalunya, también hemos sufrido otra pequeña derrota, si bien ésta perecerá prácticamente ahogada -menos mal- en la riada del e-DNI: la nueva herramienta de certificación de CatCert es sólo para Window$. Toma pacte del Tinell y agárrate ahora que ni siquiera eso va a haber. Nos esperan tiempos duros en el nordeste, aunque yo hace ya tiempo que he dado a Catalunya por perdida para esta cuestión: estoy convencido de que sólo se salvará, si llega el feliz caso, por la campana del tirón estatal si el software libre y, sobre todo, los estándares libres se van expandiendo por la península. No hace mucho, precisamente, escasos días antes de la campaña electoral, unos pocos intentamos crear una especie o a modo de lobby organizado (evidentemente modesto) del software libre catalán para meterle un poco de presión a la maquinaria pública; tras una discusión sobre los distintos modelos organizativos posibles -que, por cierto, tampoco llevó a una conclusión clara- se llegó a redactar un manifiesto que, sin ser nada del otro jueves, tampoco está mal pero, en definitiva, ni siquiera llegó a ver la luz pública. Tras el frustrado alumbramiento de ese manifiesto y, por ende, de cualquier otra cosa que pudiera nacer tras él, también en ese ámbito abandono personalmente toda esperanza y todo propósito de participar en el futuro en iniciativa alguna. Bah, tampoco se perderá con ello demasiado. Lo verdaderamente grave es que Catalunya parece irremediablemente predestinada a los microproyectos -y no sólo, desgraciadamente, en el ámbito del software libre- y cualquier intento de siquiera pensar en algo un poco grande, se ahoga. Y prefiero creer que se ahoga por ese temor atávico que parecemos tener a los proyectos grandes y por ese claustrómano placer a no salir del patio de casa, por pura agorafobia, no por otras razones... conspiranoicas. ¿O no tan conspiranoicas?
Afortunadamente, este conjunto de victorias y derrotas son visicitudes propias y comunes de las guerras. Lo verdaderamente importante es que la batalla global del software libre se va ganando: vamos avanzando, a pequeños y contados pasitos, pero avanzando. Una cosita aquí y otra allí, y al cabo de la semana, del mes o del año, el saldo es favorable y los es desde hace ya mucho tiempo: al contrario de lo que se sucede en el ámbito de la propiedad intelectual -entendida en su globalidad- el software libre ha ganado ya la batalla mediática y van siendo muchas las personas que -sin demasiada noción real y en profundidad sobre el asunto, también es verdad- se entregan a una especie de institnto que les hace vibrar positivamente ante el SL.
Pero -como en tantos otros ámbitos paralelos- la guerra dista mucho de estar ganada y hay que librarla incluso en lo individual. Comprar un ordenador sin Window$ a la trágala es aún materia dificilísima en los lugares en que no es redondamente imposible; como practicamente imposible es también conseguir que ese Window$ conste separadamente en la factura de compra del ordenador, y si lo primero es una práctica mafiosa, lo segundo es un redondo fraude al consumidor (pero llama a la Guàrdia Urbana y diles que estás en el Corte Inglés y que se niegan a facturarte una mercancía que has comprado, que ya vienen corriendo...). Sigue siendo peligrosísimo comprar maquinaria o componentes sin antes comprobar escrupulosamente su compatibilidad con Linux. Sigue habiendo páginas web y aplicaciones públicas incompatibles con todo lo que no sea Micro$oft. En fin, sigue habiendo demasiadas dificultades, muchas de ellas si no materialmente insalvables sí incomodísimas para el usuario medio que busca usabilidad y tira por la única calle de enmedio posible. Mientras, los poderes públicos, esa pandilla de inútiles y frecuentemente venales mendas llamados políticos, se llenan la boca con supuestas libertades de mercado -en aras a las cuales hay que sacrificar incluso derechos ancestrales de los trabajadores- que parece que no rezan para el agasajado, venerado, celebrado y premiado hombre del monopolio.
A las palmaditas en la espalda se les agradece la buena voluntad, aunque venga informada por una ignorancia más bien supina. Pero aún así, pese a la forzada sonrisa de complicidad con la que se agradece -hay que joderse- la vacua felicitación bienintencionada, la cosa hace muy poca gracia.
Y como digo siempre: hay que seguir luchando.
De la serie «Pequeños bocaditos»
Ayer me quedé frío en el autobús, cuando llevaba a mi hija al cole. Bueno, me quedé frío en un primer instante; al cabo, comprendí la, llamémosle, lógica de la situación.
La cosa es que un chavalín le estaba explicando a su padre un chiste -un chiste bastante malo, como suelen serlo los que cuentan los enanos menores de diez años- y que no sé si como principio o como final decía así: «Está una madre en la farmacia pesando a su hijo en la báscula y, en estas, entra una mujer de color y pregunta: "¿a cuánto el kilo de niño?"».
Mi asombro no vino de la brutalidad del chiste; estamos en el país del humor negro -precisamente- y hace falta mucho más que eso para causar desvanecimientos. En todo caso, es materia para que los educadores (o sea, los maestros y los padres) andemos vigilando la repetición generacional de fenómenos y usos que convendría ir pensando en dejar en el baúl de la historia del olor a pies nacional, por más que este baúl no esté aún, en absoluto, cerrado.
Mi asombro vino de la expresión mujer de color. Es decir, al niño no le importó demasiado -si es que fue consciente de ello- largar un chiste claramente racista; pero el niño se cuidó de utilizar la expresión una negra. Ojo con lo de negro, que eso es racista y xenófobo; pero, salvadas las palabras prohibidas, la brutalidad, el racismo y la xenofobia, como solamente son contextuales, ya... no se notan.
Y esta es la historia de lo políticamente correcto esta es la historia de una corporación de perfectos gilipollas que, entre eufemismos, berroqueños igualitarismos y antisexismos, nos tienen martirizado el lenguaje. Y así, lectoros, lectoras y lectores, a los negros hay que llamarlos subsaharianos (¿aunque hayan nacido en Minessota?), a los inválidos discapacitados (ni siquiera ya aquello de minusválidos), al conjunto de los ancianos la tercera edad, a los ciegos invidentes (prefiero, en cambio, no decir lo que verdaderamente son aquellos que se presentan como videntes). Todo ello no obsta para que al subsahariano ostentador de tan elegante título lo tengan tirado por la calle, sin documentación y a merced de mafias, de delincuentes de skinheads y pasando materialmente hambre; o para que el discapacitado siga estando imposibilitado para valerse por sí mismo tan pronto se aleje treinta metros de casa (porque, por ejemplo, la grúa se haya llevado al coche que aparcó en el vado de la cochera privada con preferencia al que lo hizo en la obra de depresión de la acera destinada al paso de elementos rodados (sillas de ruedas, coches de bebé, carros de la compra, etc.); o para que los viejos sean frecuentes y mayoritarios protagonistas de los cuadros de pobreza y de abandono más espantosos.
Tanta corrección política, tanto meapilas jodiendo el lenguaje, tanto pisacharcos sin nada mejor que hacer que andar examinando a la gente de léxico disparatado y tanto gilipollas que, si es católico, no olvidará -supongo yo- rezar cada día la «Madre nuestra que estás en la Gloria...» (el cielo es masculino). Tanto de todo eso, sí, pero hay que hacer anuncios por la tele para evitar que los chavales (los chavales, los jóvenes teenagers y veinteañeros, no cincuentones ex-legionarios medio analfabetos) vayan por el mundo dando caña a sus chicas.
Esto es lo que habéis conseguido. Gilipollos, gilipollas y gilipolles de mierdo, mierda y mierde.
De la serie: «Correo ordinario»
Interesante polémica la que ha suscitado la publicidad de la hamburguecs esa vomitiva y milcalorista porquería de Burger King.
Leo en «El Periódico» de hoy -y a reserva de su literalidad, porque fíate de un medio hoy día- comentarios que inducen a la reflexión, como el de Enrique García, de OCU («La publicidad de productos que pueden ser insanos por su alto aporte calórico, contenido en grasas y azúcares dirigida a los jóvenes debe limitarse a determinados horarios»), el de Basilio Moreno, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad («No se debe limitar ni demonizar nada. Una hamburguesa no es ni mejor ni peor alimento que un pescado, una carne o una fruta. Lo que hay que hacer es racionalizar su consumo y explicar bien las cosas») o el de Ángel Riesgo, presidente de la Consultores de Publicidad («El problema no es publicitario. Si queremos controlar todo lo que es nocivo debería empezarse por las barbaridades que se dicen en algunos programas. La publicidad necesita ser libre y no está para educar, sino para vender»).
Un debate interesantísimo, reitero, porque inscrito en él subyace el de si los ciudadanos precisamos protección ante la publicidad o, por el contrario, pese a ésta, mantenemos la libertad de opción; interesantísimo, reitero de nuevo, porque quizá -sólo quizá- podríamos estar ante un nuevo fenómeno de restricción de la libertad de expresión en nombre de unos valores de los que no se ha practicado una investigación previa sobre su presunta superioridad y de sus posibles alternativas de preservación, en su caso; interesantísimo, finalmente, porque el último estrato del debate implica a los conceptos de libre empresa y de libre mercado y sus límites. Nada menos.
Ya es habitual esa actitud de intentar silenciar aquello que no nos gusta bajo la excusa de que eso que no nos gusta es universalmente tenido como nocivo. Ese es el primer paso, claro. Ese primer paso siempre queda justificado por causas sacralizadas -de gran entidad, evidentemente- que nadie o casi nadie discute; y entonces, la libertad de expresión empieza a sufrir restricciones: el honor personal y familiar de las personas no puede vulnerarse; alguna ideología, como el nazismo, no puede divulgarse; algunos hechos históricos, como el holocausto judío (y de aún muchos más que no eran judíos, cosa que suele olvidarse), no pueden discutirse; y algunas actitudes o conductas, como el terrorismo, no pueden aplaudirse. Grandes causas, grandes excepciones y poca contestación a la existencia de las mismas, desde luego. El problema es que las excepciones son, además, un precedente. Y, claro, andando el tiempo -no mucho tiempo- se va percibiendo una clara tendencia a incrementar el número de supuestos excepcionales en nombre de prioridades cada vez menos claras y difusas. Durante la transición, por ejemplo, se consideró prioritario acabar con «El Alcázar» y con «Egin» y, efectivamente, no se paró hasta que se logró acabar con esos medios. Y así, sucesivamente, todos vamos cediendo a la tendencia de, siempre bajo grandes y elevados pretextos, ir acallando aquello que nos irrita. Y así, las excepciones son cada vez más numerosas y su grandeza instrínseca cada vez más... pequeña.
Hace tiempo ya tuve que hablar de ello -entonando incluso un cierto mea culpa- a raíz de una noticia sobre el cierre de páginas web promotoras y divulgadoras de metodologías anoréxicas. Ahora le toca el turno a las hamburguecs, no tan preocupantes como la anorexia pero que déjalas correr, también.
Tenemos -como todas las generaciones de padres, no hay tanta novedad bajo el sol- muchos problemas con los adolescentes. Parte de esos problemas vienen, ciertamente, de una presión mediática elaborada de forma muy calculada que utiliza la ciencia -social, psiquiátrica, mediática- de forma perversa, no cabe negarlo; pero estos problemas de origen mediático, con toda la ciencia que utilizan para combatirnos, serían menores si no fuera por la gilipollez -frecuentemente desmedida- de padres tolerantes y estúpidos que proyectan sobre sus hijos sus propios traumas de idiotas malcriados. Y así, nos llegan a preocupar aspectos de la presión mediática que, en puridad, tampoco deberían preocuparnos tanto: la constante presión sobre un modelo estético femenino que se proyecta sobre la publicidad directa, pero también sobre modelos de vida que van más allá de lo que es, en puridad, publicidad, es un fenómeno preocupante y duro de combatir, de acuerdo, pero hay que ser imbécil para no ser capaz de contrarrestarles a los hijos el anuncio de una vulgar y cochambrosa hamburguecs de medio kilo, de una libra o de sea lo que pese esa asquerosidad: si no puedes imponerte a eso, eres una mierda de padre, así de claro. Y así, de cuando en cuando, es toda la sociedad la que tiene problemas por la presión a que nos somete la idiocia -ciertamente no minoritaria- de un gran conjunto de gilipollas que se quejan de un aspecto publicitario al que acusan -intrínsecamente con razón, desde luego- de inducir a una mala alimentación infantil y juvenil mientras, para tener a sus hijos neutralizados y sin molestar mientras ellos ejercen tan cívica protesta, les compran medio kilo de guarradas entre bollería industrial hidrogenada y chuches abarrotados de azúcar de calidad asquerosa.
Porque esa presión, sobre todo cuando la adoptan como suya los retrasados mentales del buen rollito, nos pone en peligro de retrocesos importantes en materia tan esencial como la libertad de expresión, retroceso que tanto conviene, interesa y gusta a muchos hijos de puta a los que les importa muy poco la obesidad infantil, la anorexia, la bulimia, y el millar de calorías de un amasijo cárnico repulsivo, tan frecuentes huéspedes de esta bitácora, y a los cuales hacemos el caldo gordo tirando por la calle de la pichaflojez general en vez de caminar firmemente sobre la del esfuerzo individual y familiar.
Los avances sociales casi siempre están construidos sobre el sudor, el sufrimiento y, en definitiva, la sangre de minorías esforzadas que arrastran, con su eficacia material o técnica y con el ejemplo de su sacrificio, al común de la sociedad. Su esfuerzo, en cambio, se ve fácilmente ahogado en mierda -retroceso social claro y llano- por la tibieza de los epsilones que entran en pánico gallináceo con sólo imaginarse que la zorra puede estar, a lo mejor, cerca.
Nada nuevo: Orwell lo describió perfectamente.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
En varios medios leí, vi y escuché ayer la queja, procedente de altas instancias vaticanas, sobre la caricatura sistemática y, según el parecer de dichas fuentes, poco respetuosa, que se viene haciendo del papa Benedicto XVI en prensa y, sobre todo, en televisión, destacando, al parecer, un cómico italiano o su emisora, en el aspecto más sangrante de su caricaturización.
Uno, que siempre tiene suelta la vena anticlerical y galdosiana, tendería inicialmente a pronunciar un «¡que se joda!» y a celebrar la contrariedad y la impotencia del gremio administrativo católico, recordando épocas ya lejanas (pero vigentes, en tanto que facturas impagadas) en que era incontestable, indiscutible e insoslayable, en que su normativa presuntamente moral iba mucho más allá de las iglesias para incardinarse ampliamente en el código civil y ¡ay! incluso en el código penal, por no hablar de la dura y execrable presión moral y social que ejercía sin contemplaciones.
Pero, claro, uno también tiene suelta la vena taurina o, más precisamente, la de la vergüenza torera. Y la vergüenza torera exige -para uno mismo y para los demás- una cierta gallardía en los comportamientos vitales. Así pues, daría rienda suelta a la alegría inducida por lo dicho en el párrafo anterior... si los dicharacheros muchachos que hacen mofa y befa de don Joseph Ratzinger la hicieran también (y expreso un ejemplo, no un deseo) del clero islámico, que déjalo correr en lo que respecta a intromisión e imposición en la vida de la sociedad civil, incluso de la occidental y, todavía más -al menos como pretensión-, de la abrumadoramente mayoritaria parte de la sociedad occidental que no es musulmana ni religiosa ni culturalmente.
Porque no siendo así, la cosa pierde mucha gracia. Un caricato que se mete con alguien de forma sistemática y por motivos generales sabiendo que la víctima no va a poder causarle ningún daño y deja de hacerlo con otro menda, acreedor a la caricatura por los mismos o parecidos o incluso más graves motivos, pero que está en disposición de lanzar sobre el [presunto] humorista a una horda de descerebrados con turbante dispuestos a cumplir la orden de degollarle, a mí ya no me resulta gracioso y, en cambio, hace llegar a mi nariz un tufo... de gallina, de cobardazo... de saco de mierda humana, en resumen.
Hay muchas razones para darle caña a la Iglesia católica; en España todavía es un poder fáctico fuerte y todavía presiona con sus no poco potentes medios, influencias y valedores para no sólo no perder sino incluso incrementar ese poder. Ahí tenemos el muy turbio asunto de su financiación, ahí está el no menos turbio asunto de su prevalencia ideológica en la enseñanza pública y ahí está también el turbio asunto -mucho menos comentado, por cierto- de la explotación económica de una parte sustancial de nuestro patrimonio cultural que el clero católico custodia por razones históricas mientras que su mantenimiento corre frecuentemente -por no decir sistemáticamente- a cargo del dinero público (y no me quejo del gasto público en cultura pública, sino del ingreso privado que se hace a costa de ambos). Está bien, pues, efectuarle a la Iglesia una crítica dura, incisiva e inmisericorde sobre estos temas y otros de análoga naturaleza. Estaría mucho menos bien criticarla por aquellas actividades intrínsecamente propias o por su estructura ideológica en las que la participación o comunión no es obligatoria para nadie ni tiene una directa trascendencia social o pública. Si la Iglesia católica quisiera, pongamos por caso, canonizar a Teddy Bautista, yo no tendría -en términos cívicos- nada que objetar, siempre que no me obligaran a encenderle cirios. Después de todo, canonizó al tío aquel de Barbastro y aquí seguimos todos, tan panchos.
Pero resulta que también hay muy buenas razones para darle caña al clero islámico, que sistemáticamente incumple -o propugna incumplir- las leyes que no le cuadran de los países en los que sus feligreses han sido acogidos y que, además, pretende imponer sus normas y sus costumbres a esas sociedades en las que son, conviene no olvidarlo, no sólo minoritarios sino también extranjeros, huéspedes.
Sin embargo, mientras todo el mundo se lanza a la crítica anticatólica con gran alegría y no siempre con idéntica dosis de responsabilidad, el clero islámico es... tabú. Y ya no sólo es tabú por el miedo a la degollina (que, ojo, tampoco es una hipótesis absurda, como es bien sabido) sino por miedo a la simple gilipollancia políticamente correcta, por miedo a verse acusado de islamófobo, de racista, de xenófobo y de todas las meapileces del repertorio.
Así que, por mí, pueden seguir riéndose del papa cuanto quieran, tampoco es cosa que me cause una especial angustia. Pero yo seguiré teniendo mis dudas y vertiendo mis sarcasmos sobre la elegancia gonádica de esos lamentables piojos.
Asco de bichos.
De la serie: «Correo ordinario»
El que ha dado el Fiscal del Tribunal ídem, don Félix Herrero Abad, que ha divulgado este mediodía mismo la Asociación de Internautas en el que, en la demanda civil interpuesta por la $GAE y por Teddy Bautista por no sé qué supuestos atentados al honor y a no sé qué más, asume plenamente las tesis de la Asociación -rechazadas por las dos anteriores instancias- en el sentido de que la AI no puede ser condenada por los hechos que se le imputan al no ser autora de los mismos ni responsable de acuerdo con la LSSI. El Fiscal establece que el quid de la cuestión está, precisamente, en la LSSI y que, siendo ésta la transposición de una directiva europea (concretamente la Directiva 200/31/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 8 de junio de 2000) habría de ser, en todo caso, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas el que aclarase el alcance de la directiva en casos en los que, como en el presente, un proveedor de servicios se ha limitado a dar alojamiento, sin intervención alguna en la confección ni modificación de contenidos. El fiscal estima que, ante el supremo valor constitucional de la prohibición de la censura y de la libertad de expresión y de comunicación, la Asociación de Internautas no debería ser responsable de los hechos por los que es demandada pero no se opone a la mencionada consulta al tribunal europeo.
Si se evacúa esta consulta y se solicita dicha interpretación, resultaría que ese tremendo riesgo que tanto hemos temido y por el que tanto hemos clamado, el del desplome fulminante de la sociedad de la información en España... pasa a correrse a nivel europeo. ¿Asumirá el Tribunal de Justicia comunitario el albur de hundir materialmente a la Unión de naciones que le da vida, estando, además, claro como está el sentido de la Directiva? Veremos, pero no parece que quede mucho espacio para responder afirmativamente a esa pregunta, ya que si el TJ interpretara la Directiva de forma que hubiera lugar a la condena de la Asociación, se acabaron en Europa los proveedores de servicios ante la imposibilidad ya no constitucional, sino técnica, material, de ejercer la censura previa sobre los contenidos que se alojan.
El viejo aforismo recomienda no decir «pleito ganado» sin sentencia [firme] en el bolsillo por lo que voy a ser prudente y a seguir el sabio consejo. Pero es indudable que el informe del Fiscal es un motivo razonable para la alegría y el alivio -con muchas reservas, pero justificado- de todos los internautas y de todas las empresas tecnológicas españolas. No, no es pleito ganado todavía, ni mucho menos; pero el paso que se ha dado en la buena dirección es, verdaderamente, de gigante.
Pero, aparte de las ahora probables consecuencias positivas de este informe, hay otro motivo para la satisfacción: ¿será cierta esa percepción que algunos van teniendo últimamente de que la Justicia está reconsiderando su postura, hasta ahora arcaica, trasnochada y socialmente contraproducente, en materias que afectan a la sociedad de la información y a las TIC? La sentencia de Santander absolviendo de ilícito penal a un ciudadano que descargó música sin ánimo de lucro de las redes P2P, las sentencias favorables que ha obtenido en diversas ocasiones la campaña emprendida por el letrado Javier de la Cueva para reclamar la devolución del canon ominoso y algunas otras que en positivo sentido se han producido últimamente en estos ámbitos, parecerían indicar que el mundo judicial se va encarrilando poco a poco hacia la senda correcta. Pero ahí sí que no conviene echar aún las campanas al vuelo, todavía menos que en el asunto del informe de don Félix Herrero: estamos ante pequeños indicios, ante pequeñas manifestaciones de racionalidad y no es racional tomar esta pequeña parte por el todo. Hacen falta más sentencias -muchas más sentencias- y hace falta que esas sentencias sean pronunciadas por órganos jurisdiccionales de más alta jerarquía: hacen falta más sentencias de audiencias provinciales (bien repartiditas por todo el territorio nacional), hacen falta sentencias de los Tribunales Superiores de Justicia de las diversas comunidades autónomas y hacen falta pronunciamientos claros por parte del Tribunal Supremo. Ojalá este pleito $GAE&Teddy contra la AI lleve al primero de ellos. Y será, si la cosa llega a buen fin, muy importante, pero no suficiente.
Si finalmente, como ahora cabe esperar más que nunca, el pleito se resuelve favorablemente a la Asociación de Internautas se habrá ganado una batalla. Una gran batalla, importantísima, crucial. Pero sólo una batalla. La guerra no quedará así ganada; la guerra continuará y será una guerra larga y dura, muy dura, en la que correrá -ficticia pero no menos cruelmente- mucha sangre. Y buena parte de esa sangre, será inocente. El enemigo que tenemos delante no es pequeño: la defensa letrada de la AI y la claridad conceptual del Fiscal del Tribunal Supremo han llevado a convertir en aliada nuestra nada menos que a la entera sociedad europea de la información si se llegara a realizar la consulta que el Fiscal acepta como conveniente; es un enemigo demasiado formidable incluso para la $GAE, incluso para sus compinches europeas. Pero no siempre será así y cada vez que consigamos que lo sea no lo habremos logrado sin una durísima lucha denodada. Que nadie se equivoque: esto puede ser (ojo, que todavía está por ver si lo será definitivamente) un vuelco en el desarrollo de la contienda, pero aquí no se ha terminada nada ni estamos libres de nada.
Hay que seguir peleando. Con alegría, sí, pero con dureza.
De la serie: «Los jueves, paella»
Gran redada de putiferio en Barcelona. Coño, parecía aquello el Vietnam, a juzgar por las imágenes de la tele: urbanos, nacionales (GEOs, entre ellos) y hasta mossos en el cinturón exterior de la operación, y un despliegue de artillería, cascos y porras de mucho cuidado. Y es que si las nenas, las pobres, son más víctimas que otra cosa y, así, en general, parece que serían incapaces de hacerle daño a una mosca (y menos a una mosca encasquetada, acorazada, escudada y armada hasta los dientes), no puede decirse lo mismo de los bujarrones e hijos de puta que las explotan; no, no es que las exploten: es que las tienen sometidas a un régimen de total esclavitud. A esos hay que tratarlos a patadas en los cojones, sin contemplaciones y sin miramientos.
Porque nos estamos confundiendo, me parece a mí... Prostitución es la visualización, el comercio en la calle, la molestia -apreciable, importante, no la minusvaloro en absoluto- e incluso los peligros que sufre el vecindario. Pero la realidad es que lo de la prostitución es casi hasta accesorio: lo que hay aquí, redondamente, sin tapujos, es trata de blancas y esclavitud. Porque, claro, todo eso de inmigración ilegal, de sin papeles, de prostitución y tal y demás, son eufemismos que esconden la realidad tremebunda de que tenemos en nuestras ciudades -no solo en Barcelona, ojo- situaciones de degradación social que, en comparación, hacen paradisíacos los ambientes de los bajos fondos que describía Dickens.
Unos cuantos, desgraciadamente pocos aún, propugnamos boicots a marcas como Nike (se pronuncia «niqué», no naic, siempre insistiré en eso) por su complicidad o, cuando menos, encubrimiento de prácticas de trabajo infantil en condiciones aberrantes (en todo caso, desde luego, obtención consciente de provecho por esas prácticas) y no nos queremos dar cuenta de que esas mismas prácticas las tenemos delante de nuestras narices, en la mismísima calle, a unas cuantas paradas de metro de casa, patentes y evidentes cuando vamos a comprar un televisor o algún componente para nuestro ordenador.
Naturalmente, a la autoridad -municipal, por supuesto- ya le va bien. En una ciudad tan chupiguay, que haya putas puede sufrirse (el que esté libre de pecado, que arroje el primer ayuntamiento), pero es así, en todo caso y a las malas, como ha de verse. Si, de pronto, algo hace que la evidencia de situaciones que no se han visto desde el siglo XVIII sea tan patente que entre en el terreno de lo insoslayable, entonces ¡ep! poca broma... los fax echando humo de órdenes judiciales de patada en la puerta y arrambe con todo y los antidisturbios, los GEOs y hasta la Legión, si fuera preciso, desencadenados por toda la ciudad vieja.
Los vecinos del Raval y del sector próximo a la barriada de Sant Antoni han dado una lección de la que todos los ciudadanos -sobre todo, los jovencitos- deberíamos tomar nota: el silencio es el mejor cómplice de la ignominia. Y conviene no olvidar que la ignominia no es solamente la esclavitud de las prostitutas rumanas sino también la vivienda inaccesible para los jóvenes o el abuso laboral (más o menos legal) generalizado.
Por tanto, hay que hacer ruido, siempre, siempre, siempre. El político odia el ruido, es la evidencia de su fracaso, que le duele más, obviamente, por evidente que por fracaso. El fracaso, si no trasciende, no es importante. Así que cacerolada al canto y al menor pretexto: al mandamás cómplice, le sentará como una campanada en día de resaca.
En ciertas ocasiones, el ruido trae las nueces.
____________________Seguimos en Barcelona, porque el Ayuntamiento se ha puesto a regular la circulación ciclista. Y lo ha hecho mal, naturalmente, porque la regulación no contenta a nadie y todos los descontentos tienen sus buenas razones para estarlo.
La primera imbecilidad es tolerar la circulación de ciclistas por las aceras. Esto es una atrocidad porque las aceras deben ser lugares exclusivamente peatonales, donde todo el mundo debe estar seguro mientras permanezca en ellas y no se está seguro si circulan ciclistas; aunque sean prudentes y cívicos (y muchos no lo son), constituyen un peligro: no deja de tratarse de una máquina que rueda a una cierta velocidad y que en función de ésta y del peso que transporta -además del propio de la bicicleta- necesita un determinado margen de espacio para frenar y ese espacio es imprevisible e incalculable porque, aunque se disponga de él, en la siguiente fracción de segundo puede estar invadido por un niño o por un peatón cualquiera porque las personas no tenemos nuestra circulación rígidamente reglamentada como -necesariamente- la tienen los vehículos y así debe ser o en vez de ciudadanos pareceríamos las hordas de las SA desfilando por Nühremberg, lo que hace que nuestros comportamientos en las aceras sean imprevisibles de todo punto. Pero, por otra parte, las limitaciones puestas a ese derecho a circular por las aceras (por ejemplo, dejar a los peatones un margen de tres metros como mínimo) lo convierten en imposible en la inmensa mayoría de las calles puesto que incluso donde la amplitud de las aceras permitirían este margen, lo reducen considerablemente elementos de mobiliario urbano o terrazas de bares.
La segunda imbecilidad es permitir a los ciclistas el uso de cualesquiera carriles de circulación -ya no están constreñidos al de la derecha- y el de los carriles BUS que tengan más de 3,50 metros de anchura. Primera gilipollez: ni un solo tramo de carril BUS tiene en Barcelona 3,50 metros de anchura. Segunda gilipollez: todo lo demás; permitir que el ciclista use cualquier carril es entorpecer estúpidamente el tráfico rodado sin beneficiar para nada al ciclista que no ve disminuidos sus riesgos físicos -al contrario: en algunas vías, severamente aumentados- ni su, digamos, comodidad vial.
Como siempre, la estúpida política (empiezo a preguntarme si la habrá de otra clase...) del numerito de cara a la galería: la única forma de eliminar riesgos es separar material y físicamente la probable causa de la probable víctima. Por lo tanto, la única solución real es separar a los ciclistas de los vehículos a motor y a los peatones de los ciclistas. Es así de sencillo, no hay más. Claro que es sencillo, pero costoso: algunos cortos tramos barceloneses (la calle Provença, en las proximidades de la Sagrada Familia) son así, donde el carril BICI está ubicado entre la acera y los vehículos estacionados, de forma que el bordillo protege a los peatones y los coches estacionados protegen a los ciclistas. Y todo el mundo tan contento.
¿Todo el mundo? No. La calle Provença es muy angosta para la circulación a motor -apenas dos carriles- y ni soñar, en estas condiciones, con poner ahí un carril BUS... a menos que la calle Provença se reserve exclusivamente -y cada cual en su área de circulación exclusiva- a los peatones, a los ciclistas y al transporte público. Y esta, efectivamente, es la solución ideal: sin un crecimiento importante de la inversión en vehículos, el transporte público de superficie ganaría en calidad y frecuencia, gracias a la mayor velocidad del circuito: si un determinado número de autobuses circula a una velocidad media (comercial, que le llaman) de 20 km/h en vez de 15 km/h, su frecuencia de paso aumenta un 25 por 100 (¿me equivoco, Josu? Los que salen a palos son los que utilizan el coche. Pues bien: que se jodan y que se busquen la vida. Aquí, la cancioncita esta de yo necesito el coche para trabajar es más laxa que una diarrea y lo que hay, realmente, es mucho sobrado viario que no hace otra cosa que tocar la pera al común de la ciudadanía. El coche es el enemigo a batir.
Pero, claro, para eso (que sería aplaudido a rabiar por la inmensa mayoría de los ciudadanos) tiene un severo inconveniente: el lobby de la industria del automóvil. ¿Qué pesa más? Cualquiera y cualquier cosa, antes que la ciudadanía.
Es que es la historia de siempre...
____________________Ahora, sin salir de Barcelona, avistamos más anchos horizontes. Por ejemplo, Catalunya. Como es notorio (enunciativamente notorio, no específicamente notorio) ya tenemos tripartit, que ahora se llamará entesa. Bueno: llámale burro, llámale asno, estamos hablando del mismo bicho, más o menos.
Pero es todo lo que sabemos. Desconocemos las bases que informarán esa coalición gubernamental (o sea, el contenido más o menos real del acuerdo constitutivo, el pacte del Tinell de turno: la carraca demagógica de lo bien que viviremos y las longanizas con las que ataremos al perro ya nos la sabemos de memoria) y desconocemos la propia estructura gubernamental y sus responsables principales lo que, por cierto, en mi ámbito laboral provocaría una considerable desazón si no fuera por la coraza de indiferencia tras la que, en legítima defensa, tenemos que parapetarnos cada vez que viene un cambio de estos; no es coña: según en qué consista, nos podemos ver abocados a un cambio de adscripción de red informática (en vez de una centralizada, cada departamento tiene la suya, es que hay que verlo para creerlo) que, hasta que se arreglan los inacabables problemas (todo eso está motorizado por Micro$oft, oído al parche), pasan meses de déficit operativo a bastantes niveles, o incluso (¡Dios nos libre!) a un cambio de ubicación física que es una posibilidad terrorífica (y con buenas razones para el terror, lo certifico yo que he vivido dos meneos de esos). La Generalitat es inmobiliariamente muy inestable: en todos estos años, la cola de cuñados, de amiguetes, de conmilitones y, en el mejor de los casos, de instituciones política o ideológicamente afines que han querido -y logrado- beneficiarse de alquileres cuantiosísimos, de misteriosísimos censos enfitéuticos o de otros aprovechamientos más o menos legales o paralegales derivados directa o indirectamente de la presencia de una unidad administrativa, forma parte de la popular leyenda del tres por ciento que enunció un mismísimo President de la Generalitat en sede parlamentaria y por esa razón siempre andamos de acá para allá, cuando no somos unos, son otros. Aparte de otros motivos no menos absurdos que no son del caso ahora.
Decía, retomando el hilo, que, salvo el alumbramiento del tripartit (ejem, entesa), no sabemos nada más de lo que se está cociendo. Lo dijo Montilla: se trata de evitar la imagen de pasteleo y trapicheo, de reparto de poder y de mercachifleo de cargos que dio el anterior invento. Claro, los ciudadanos -así de buena fe somos y así nos las dan por donde nos las dan- interpretamos que no habría nada de todo eso, pero es que hay que estar muy atento a las palabras: Montilla no dijo que no fuera a haber nada de todo eso sino que se evitaría dar la imagen de todo eso. Es distinto. Camaradas, hay que ser discretos, pero, con toda la discreción del mundo, hay que defender a tiros, bombas y puñaladas la Secretaría General de Pífanos y Atabales que no nos podemos dejar arrebatar por esos otros.
Eso genera rumores por un tubo, rumores frecuentemente disparatados, lo que hace que temamos, aún en mayor medida, que son ciertos. Pero lees la prensa y alucina, vecina. No voy a comentar nada específico, sobre todo porque cualquier intento de hacer un pronóstico racional es aventuradísimo: es del todo imprudente presuponer raciocinio en el trapicheo político, cuando sabemos que están midiendo con balanzas de precisión gramitos de poder y cuotas alícuotas de competencia, de tal forma que ya no nos sorprendería que la gestión de las aguas residuales acabara dependiendo, pongamos por caso, del Departament de Cultura. Y no comentaré nada, en definitiva, porque en esta materia la realidad acaba dándole vueltas a la más absurda ficción.
¿Cabia esperar otra cosa de ese gremio?
____________________Pues hala, ya os he dado un ratito de material para este día central de la semana, no en vano se dice aquello de estar enmedio como un jueves. El próximo será 23 de noviembre y, en mi memoria consciente, es efeméride de nada, aunque si consultamos almanaques y anecdotarios, seguro que tal día de cualquier remoto año hubo una degollina militar (también llamada batalla) o tal príncipe se benefició a cual cómica. Al final, en todo lo que no le haya pasado a uno mismo, nunca hay nada nuevo bajo el sol. Además, como creo haber dicho, noviembre es un mes casi tan anodino como febrero, así que es cuestión de irlo pasando a la paciente espera de que llegue diciembre con sus tradicionales y entrañables Fiestas de la Visa.
Las luces del evento cuelgan ya, y en muchos sitios desde hace un mes. No es para menos: se dice (Josu mediante, por supuesto) que los españoles gastaremos en el fasto a razón de 900 euros por barba. Ya me gustaría a mí ver quién se compra yates con mi parte alícuota y con la de la mayoría de la gente que me rodea porque lo que es mi familia (somos cuatro, os recuerdo) no creo que lleguemos a esa cifra -en gastos exclusivamente propios de la cosa- entre todos.
Bueno, no olvidéis que, más allá de la paella, «El Incordio» sigue a pie firme su andadura porque el mundo del conocimiento libre está que da asco, así que hay que seguir dando caña.
En eso estoy.
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Para público conocimiento, os comunico que el menda que suscribe en la excelente compañía de y Ana María Méndez, esa mujer tan combativa de Traxtore, ofreceremos a nuestros pacientes oyentes una nueva charla en el Ateneu barcelonès, dentro de la serie anual de eventos inaugurada el año pasado y denominada La xarxa i els drets civils (la red y los derechos civiles). La temática versará, en esta ocasión sobre «Propietat intelectual i drets d'autor» y será en la Sala Verdaguer, a las 19 horas del próximo martes, 21 de noviembre. Por supuesto, después de nuestras intervenciones habrá un coloquio abierto al público asistente.
El Ateneu está en la barcelonesa calle de la Canuda núm. 6, muy cerca de la Rambla.
El año pasado la cosa salió magnífica. Claro que el año pasado me acompañaban dos pesos pesadísimos (Jorge Cortell y David de Ugarte), aunque este año tampoco voy nada mal escoltado: la experiencia que ha sufrido y sufre Ana María Méndez es escalofriante y, por más que tenga mucho de increíble, es real... y muy dolorosa. No os perdáis lo que va a explicar esta mujer con una fuerza de voluntad y un tesón tremendos y conoced de su propia mano cómo un día se sublevó sola y hoy ha edificado frente a la $GAE una importante muralla de resistencia que la lleva constantemente por toda España.
Y después del acto, igual nos vamos a cenar en mogollón por ahí. El año pasado me fue imposible (y mal que me supo, sobre todo después de que me contaran lo interesantísima que resultó esa cena) pero este año confío en estar libre de imponderables.
Nos vemos, pues, en el Ateneu, el martes que viene.
De la serie: «Correo ordinario»
Interesante artículo de «Psicofonías» sobre los blogs (vía Ignacio Escolar) con el que estoy de acuerdo en su mayor parte, aunque no en toda. Pero, como siempre que leo cosas de este estilo, estar de acuerdo o no es lo menos importante: el verdadero valor de estos artículos es que mueven a la reflexión y al autoanálisis.
La última vez que supe de una cifra concreta y razonablemente fiable, establecía el volumen de la blogosfera en unos setenta millones de páginas. Cabe aceptarlo como un dato geográfico global, sin entrar demasiado a discernir sobre variedades de territorios y climas. Porque el patio es muy variado, no sólo en la temática (yo creo que si hay setenta millones de blogs hay setenta millones de temas porque, aunque algunos parece que incidan en lo mismo, el enfoque es tan distinto que distorsiona la propia similitud del ámbito) sino también en la intencionalidad y la procedencia: hay blogs políticos, blogs de empresa, blogs profesionales... imposible una clasificación exhaustiva.
En mi opinión, el blog es algo particular, algo que procede y se dirige a la esfera de lo privado. Lo demás, de blog tiene la forma, solamente; y no lo digo con ánimo peyorativo, sino simplemente descriptivo. Un blog corporativo (político o de empresa) no es, por definición, un fenómeno de comunicación en red mejor o peor que este mío o el de cualquier otro, pero no es exactamente, en puridad, un blog. Un bitacorista es un señor que, sin ánimo inicial de lucro (otra cosa es que, de modo sobrevenido, pille cacho), se dedica con mayor o menor frecuencia a decirle al mundo sus verdades o sus fantasías o lo que le sale de las narices. La bitácora, en mi humilde opinión, es un fenómeno de puro y entusiástico ejercicio de la libertad de expresión, sin más y sin más aspiración que la de llegar a cuantos más mejor; salvo unos pocos posibles grafómanos, todos escribimos para que se nos lea y el que diga que le da igual tres que trescientos, miente; otra cosa es que, crematísticamente, dé igual, eso sí que lo admito y participo de ese sentimiento, como también es aceptable la aseveración -que hago mía- de que, aún deseando ser leído por cuantos más mejor, el bitacorista no subordine lo que escribe a su posible popularidad: yo, personalmente, para verme obligado a escribir al gusto de quinientos si no quiero ser leído solamente por trescientos, cierro el tinglado y a otra cosa. Dudo que las bitácoras corporativas puedan decir esto (al menos, sinceramente).
La blogosfera es importante, en sí misma y como fenómeno. Es importante en si misma porque constituye una caudalosa corriente de opinión; anárquica, descoordinada, pero que permite pulsar estados de ánimo generales, al menos en red. Puede decirse, por ejemplo, que la blogosfera española es masivamente antiapropiacionista y mayoritariamente antipolítica (que no apolítica, es decir, no rechaza la política sino al político, a esa casta apestosa que nos agobia cada día más). ¿Responde la calle a esos sentimientos? Yo creo que no, respecto del primero, porque ignora esa fenomenología, si bien lo va compartiendo en la muy paulatina y débil medida en que se le va haciendo luz sobre esa problemática; y está claro que sí, respecto del segundo, como las cifras de abstención y hasta las de voto en blanco van demostrando en proporción creciente.
Pero la blogosfera es más importante aún como fenómeno porque, aunque a toro felizmente pasado, ha señalado uno de los más graves defectos de las democracias occidentales y ha contrariado muy severamente, con ello, a los grupos de poder dominantes que fueron los que cultivaron ese defecto mediante el efecto de su propia acción: me refiero a la carencia de verdadera libertad de expresión. No es un argumento nuevo en esta bitácora. He dicho varias veces que antes de la existencia de la red, la libertad de expresión no era más que una burla de todas las constituciones hacia sus propios ciudadanos. Ciertamente, desde esas constituciones, todos hemos podido decir lo que nos ha parecido en el bar, en el trabajo o, a lo sumo, en una manifestación (en la que tenemos que compartir expresiones: la opinión individual, no se percibe); pero si entendemos como libertad de expresión de verdad la que implica la posibilidad real de ser escuchado por todos los ciudadanos, resulta que libertad de expresión sólo la tenían los gobiernos y los grupos mediáticos: los ciudadanos, valor cero.
Entonces llegó la red. La red ya permitía esta posibilidad, pero, en un principio, tampoco estaba realmente abierta a todos: una página web requería (y requiere) una serie de conocimientos que, aunque no son complicados ni de difícil adquisición -incluso de modo autodidacta-, suponían una disuasión, más que un acicate. Algunos valientes se atrevieron, no obstante, pero su número era tan reducido que su peso específico era, por lo general, ínfimo. Desde luego, era inapreciable en tanto que colectivo, en tanto que corriente de opinión.
Hasta que se expandió el concepto de economía de la atención y algunos emprendedores -hoy enriquecidos, y no poco- supieron ver que la relación servicio-cliente era radicalmente distinta de la tradicional, que el usuario no es el cliente sino la materia prima mediante la cual se presta el servicio al cliente que es el que verdaderamente paga. Por lo tanto, el secreto estaba en tener muchos usuarios para que la verdadera mercancía -la atención de los mismos- fuera atractiva para el cliente y pagase por ella. Y así, empezaron a proliferar los servicios gratuitos para quien quisiera usarlos: espacio web, hojas de estilo para páginas (y, combinando ambas cosas, la infraestructura completa para las bitácoras), alojamiento y publicación de fotografías, vídeos, servicio de correo electrónico, de mensajería instantánea... hasta de telefonía (VoIP). Había nacido lo que se ha dado en llamar Web 2.0.
Con toda esa infraestructura ingente, gratuita, de uso amable, se ha producido una eclosión enorme de creación, un big bang intelectual que sorprende menos por su volumen que por la proporción y riqueza de su calidad. Por lo menos me sorprende a mí. He visto en la blogosfera a gente que crea muchísima mayor calidad que mucho petardo que levanta mucha pasta bien integradito en el negocio editorial cuya falsedad y manipulación se presentan ahora evidentes como nunca. Excuso decir el mundo de la música y estamos a las puertas, franqueándolas ya, de producciones cinematográficas basadas en ese mismo régimen de gratuidad activa y pasiva, de divulgación libre, de facilidad de medios y de costes muy bajos.
Aunque suene tópico, aunque parezca una afirmación cursi, estamos ante una verdadera revolución cuyos efectos apenas empiezan a percibirse. Gracias a la Web 2.0 somos un poco más ciudadanos en unas épocas en que ese concepto, la ciudadanía, se estaba devaluando y cediendo ante intereses de grandes corporaciones, ya ni siquiera de grupos políticos. La ciudadanía de los próximos veinte años estará en la red o no será y sólo mediante la red podremos defendernos de la cosificación a la que nos está sometiendo el ultraliberalismo, que nos está considerando como simples animales de granja sin otro derecho que la mera supervivencia, pero sólo en tanto ésta le resulte conveniente al sistema productivo.
La red es el monte al que nos tenemos que echar.
De la serie: «Correo ordinario»
Bien puede decirse aquello de que en casa del herrero cuchara de palo.
Hace unos meses, mi hija pequeña -10 años- me vino con que iban a hacer un libro en el colegio. Bueno, tras el pertinente interrogatorio deduje -y posteriormente supe- que el colegio participaba en un programa educativo de editorial Planeta (o del grupo Planeta, o de la fundación Planeta, o cualquiera que sea la parte del invento de Lara, larita) consistente en que entre todos los niños describían, en frases o breves párrafos, diversos aspectos de un barrio concreto, obviamente aquel en el que está enclavado el centro en cuestión y todo eso se recopilaría en un libro. A mi hija le tocó escribir sobre el mercado o, mejor dicho, sobre uno de los mercados. Me pareció muy bien la idea (a los enanos les hace gracia esto de salir en un libro) así que adelante.
Pocos meses despues -o sea, hace muy poquitas semanas- vino la niña con el libro. Se titula «La meva ciutat Barcelona - La meva vila, Gràcia» (mi ciudad, Barcelona, mi barrio, la villa de Gràcia), consta como integrante de la colección «El llibre dels nostres fills» (el libro de nuestro hijos) y como autor colegiado, el centro escolar. Muy bien, perfecto. En la contraportada se indica edición no venal y sigue un número de código, que ellos sabrán qué es.
Hojeo el libro. Tal como decía al principio, los niños de Educación Infantil y Primaria van describiendo, un poquito cada uno, diversas facetas del barrio: los más pequeñines en frases más cortas y, a medida que van haciéndose mayores, en pequeñas redacciones -breves, en todo caso- un poco más complejas, y hablan de los parques, de los mercados, de los monumentos, de la convivencia y de tantos otros aspectos; hay, además, un apartado en el que los chavales hacen sugerencias y aportan ideas (si yo fuera alcalde...). Bueno, que está muy bien, no voy a decir una cosa por otra y, aparte, a un padre siempre le hace gracia ver a su hija metida en papel impreso.
Pero resulta que se me ocurre ir a mirar la reseña editorial y ahí casi me da un soponcio. Para empezar, la primera en toda la frente: copyright de la presente edición: Editorial Planeta, SA. ¿Qué? Pues eso no es nada; oído al parche: ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, se puede reproducir, almacenar o trasmitir ni de forma ni por medio alguno, sea electrónico u óptico, sin previa autorización escrita por parte de la editorial. Así, con dos cojones. La Editorial Planeta se apropia por la cara de los derechos de autor de mis hija (y de todos los demas niños) y sin autorización alguna (yo no se la he dado y sólo yo puedo disponer del trabajo y los derechos de autor de mis hijas mientras sean menores, con independencia e indemnidad por mi parte de los acuerdos a que haya llegado el centro escolar con la editorial). Yo autoricé la participación de mi hija en lo que se me vendió como un proyecto educativo en el seno del colegio; no se habló para nada de que editorial alguna se quedara con derecho alguno de mi hija. Hasta ahí podríamos llegar.
Por supuesto que la advertencia transcrita a mí me sirve de orinal. Haré con el texto de mi hija lo que me salga de las narices sin otro criterio que la protección de sus intereses y, en ese criterio, establezco que el referido texto queda protegido por una licencia Creative Commons en todo idéntica a la que protege a esta bitácora. Por lo tanto, no sólo yo puedo reproducirlo (y lo haré, como corolario de este artículo) sino que cualquiera podrá hacerlo en los propios términos de la licencia.
He intentado ponerme en contacto con Planeta para notificarles mi mejor derecho, pero estos tíos no indican en sus páginas un correo electrónico bien apuntado y no voy a explicarle mi vida al palurdo de la empresa contratista interpuesta, colocado ahí para achicar clientes y otros indeseables; tampoco obviamente, no voy a gastar ni un céntimo con envíos por correo certificado ni cosa parecida, así que ya les pueden dar por donde a Olano. Si los pillo mercachifleando con la creación de mi hija y me pillan de mal humor -lo que, en estas cuestiones, será fácil- me voy al abogado en busca de pollo: de pollo mediático a través del pollo jurídico. No pienso permitir que el más negro apropiacionismo trapichee los derechos de autor de mi hija.
Ahí lo tienes: Planeta, pirateando.
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Aunque su valor literario será poquita cosa, sobre todo para un adulto, voy a ejercer mi derecho soberano y voy a reproducir aquí mismo este texto cuya autoría es de mi hija Laura, en un acto cuya prohibición Planeta se ha arrogado ilegítimamente:
El Mercat de l'Estrella del barri de Gràcia té moltes parades: carnisseria, llegums, peix, fruites i verdures.
L'ambient és de treball i ple de gom a gom de gent que va i ve a comprar a les diferents parades. Hi ha una cafeteria per si algú vol prendre alguna cosa.
El mercat té dos pisos. Algunes parades estan obertes i altres tancades. Hi ha botigues de plats preparats i congelats i d'altres de pastes i dolços.
Laura Cuchí
Traduzco:
El Mercado de la Estrella del barrio de Gràcia tiene muchas paradas: carnicería, legumbres, pescados, frutas y verduras.
El ambiente es de trabajo y lleno de gente que va y viene comprando en las distintas paradas. Hay una cafetería, por si a alguien le apetece tomar algo.
El mercado tiene dos pisos. Algunas paradas están abiertas y otras cerradas. Hay tiendas de platos precocinados y congelados y otras de pastas y golosinas.
Laura Cuchí
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Si os apetece u os hace gracia, ya sabéis: compartir es bueno.