De la serie: «Pequeños bocaditos»
Aunque no voy a decir nada trascendente ni del otro jueves, hombre, me sabía mal cerrar este año de «El Incordio» así, en seco, empalmando, simplemente, la última entrada de un año con la primera del siguiente, sin más.
Quería, únicamente, dar las gracias a mis lectores, a los seis o siete habituales y a los que han entrado esporádicamente. La atención, como estamos descubriendo ahora, tiene un valor económico pero, para mí, que nada gano crematísticamente con «El Incordio», tiene un valor aún más importante: el hecho de que hay una cierta cantidad de personas que dan crédito (en el sentido de autoridad moral) a mi opinión. Una opinión que planteo frecuentemente con expresión bronca, dura e inmisericorde, porque no creo en elegancias cuando está en juego -y perdiéndose en él- el concepto mismo de ciudadanía, la esencia misma de un colectivo al que se supone -vanamente- dueño de su destino. Siendo, por lo demás, no poco culpable de este desastre el propio colectivo que lo sufre, un colectivo instalado en el hedonismo, en la adicción al ocio como fuga de una realidad de náusea, en la cobardía más gallinácea, en el temor sistemático más ratonil. Un gentío mierdoso, para abreviar.
Seguiré aquí el 2007 si la LISI no me lo impide. Seguiré cagándome en todo y en casi todos con todas las letras que sean necesarias y sin aguar ni diluir adjetivos ni interjecciones, con la amargura de Larra y de Galdós, con la mala leche de Baroja y de Valle Inclán, con el realismo de un Wolfe o con la sátira iconoclasta de un Sharpe. Y con unos deseos tan enormes como ilusorios de alcanzar el tobillo de cualquiera de ellos.
Y, sobre todo, por encima de cualquier otra cosa, seguré limpiándome el culo con todas las etiquetas que quieran colgarme y descolgarme, seguiré meándome -con riego generoso y amplio- en lo políticamente correcto, seguiré recreándome en la ignorancia de los gilipollas que aún creen en esos líderes de opereta que sufrimos y en esos gurús de lo que es debido, y con cuanta más fe y más buena fe crean, más risa me darán, porque estoy convencido de que sólo a través de una inconmensurable crueldad intelectual puede llevarse a esa colección de tontos del haba al incontaminable terreno de la racionalidad y del racionalismo y liberarnos -todos- de la plaga de sinvergüenzas que nos acogota.
Y aquel a quien no le guste, ya sabe a dónde puede irse a hacer puñetas.
domingo, 31 de diciembre de 2006
sábado, 30 de diciembre de 2006
Indecencias
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Interesante -aunque no en profundidad- la entrevista que aparece hoy en «El Periódico» (ojo, que el enlace caducará en pocos días) a María Sanahuja, juez decana de Barcelona, a la que la directora del Instituto de la Mujer, Rosa María Peris, calificó elegantemente de indecente. Antes de entrar en la cuestión, quizá habría que decirle a la tía esa, a la Peris, que si quiere comportarse como una pescadera -con perdón del gremio- abra una bitácora y diga allí lo que quiera y como quiera, que es lo que hago yo y lo que hacemos muchos; pero cuando esté en sus funciones, tenga la bondad de guardar las formas, sobre todo cuando se refiera a otra persona que ostenta, a su vez, un cargo institucional, como hago yo -y todos mis compañeros en la función pública- de nueve de la mañana a seis de la tarde. Mierda de políticos, qué asco...
Doña María Sanahuja lleva tiempo contestando, y bastante incisivamente, la legislación que se ha desarrollado, deprisa, corriendo e impremeditadamente, en materia de violencia doméstica. Coincide, por cierto, en mis opiniones sobre que se recurre con demasiada alegría al código penal para no solucionar problemas que en un determinado momento pueden parecer -incluso ser- lacerantes pero que tienen causas complejas. No hace casi nada, en la paella de este jueves pasado, hablaba yo también de eso (por enésima vez) en relación a la normativa penal de la conducción bajo los efectos del alcohol.
Hace tiempo que yo, como hombre, o sea, como ciudadano del sexo masculino en teórica plenitud de mis derechos y mis deberes, me siento directamente agredido. Desde los años ochenta sé que, teniendo hijos, un divorcio me llevaría a su pérdida prácticamente inapelable por más que combatiera por su custodia, y mis únicas posibilidades de vivir siquiera la mitad de esos momentos irrepetibles -buenos y malos- de la relación paternofilial estarían únicamente en la buena fe y recto juicio de la que -en la hipótesis- sería mi ex y en que no fuera a parar a algún bufete de cierto tipo de perras asquerosas que se dedican a aprovechar este tipo de causas para impedir arreglos justos y para presionar a sus clientes femeninas para que machaquen al hombre hasta la indignidad misma. Por esta razón bendigo dos veces mi felicidad matrimonial: la primera por lo obvio, por esa felicidad en si misma, claro; y la segunda por no tener que pasar ese trago, o conjunto de tragos, que ha hundido moralmente (y también en otros aspectos, por cierto) a la inmensa mayoría de hombres divorciados con hijos menores.
Como eso era poco, ha venido lo de los malos tratos -y agresiones brutales, también es verdad- a mujeres. Y en ese ámbito, los hombres, por el simple hecho de serlo, somos criminalizados en masa, constituimos el peligro público, una especie de amenaza terrorista o de gremio psicópata. Tanto es así, que una simple denuncia (y no hace falta que sea la de la esposa o la del hijo: basta con que un vecino llame a los mossos diciendo que hay follón en el piso de al lado) para que haya un hombre detenido, esposado, puesto a disposición judicial y al que -independientemente de ulteriores actuaciones sumariales- se le divierte inmediatamente con una inapelable orden de alejamiento. Aunque no tenga uno el menor antecedente. Las feminorras han hecho correr la especie de que los aparentemente bondadosos son los peores y punto pelota.
¿Exageración? No lo sería solo mía, en todo caso. He aquí lo que declara doña María Sanahuja: «Vuelvo a decir, sin insultar a nadie, que la ley integral de violencia de género se revela ineficaz. Están muriendo más mujeres mientras los hombres son criminalizados de forma masiva. Muchos padecen castigos desproporcionados y, a veces, injustos»
Pero... ¿cuál es el verdadero delito de indecencia de doña María Sanahuja? ¿Criticar una legislación desde una óptica técnica o sociológica? No. Eso se lo pasarían. El delito gordo de doña María es negar implícitamente la clave mayor del asunto, es llevar el razonamiento a planteamientos ajenos a la lucha de clases, que es donde la cerdada feminorra mantiene férrea y axiomáticamente ubicado el problema: lo que hay -lo que debe haber- por decreto inapelable del sector perro del feminismo (aclaro lo de perro porque otros ámbitos feministas son dignísimos, justos y necesarios) es que la relación entre hombres y mujeres se sitúa en un contexto de lucha de clases. Marxismo fundamentalista, trasnochado y polvoriento, puro y duro, entrando prácticamente en el séptimo año del siglo XXI.
El remate de la juez Sanahuja: «El Código Penal no soluciona problemas sociales. Para poner un ejemplo claro: es desproporcionado condenar a nueve meses de prisión a un hombre por dar un bofetón a una mujer».
Y no es el peor de los despropósitos.
Interesante -aunque no en profundidad- la entrevista que aparece hoy en «El Periódico» (ojo, que el enlace caducará en pocos días) a María Sanahuja, juez decana de Barcelona, a la que la directora del Instituto de la Mujer, Rosa María Peris, calificó elegantemente de indecente. Antes de entrar en la cuestión, quizá habría que decirle a la tía esa, a la Peris, que si quiere comportarse como una pescadera -con perdón del gremio- abra una bitácora y diga allí lo que quiera y como quiera, que es lo que hago yo y lo que hacemos muchos; pero cuando esté en sus funciones, tenga la bondad de guardar las formas, sobre todo cuando se refiera a otra persona que ostenta, a su vez, un cargo institucional, como hago yo -y todos mis compañeros en la función pública- de nueve de la mañana a seis de la tarde. Mierda de políticos, qué asco...
Doña María Sanahuja lleva tiempo contestando, y bastante incisivamente, la legislación que se ha desarrollado, deprisa, corriendo e impremeditadamente, en materia de violencia doméstica. Coincide, por cierto, en mis opiniones sobre que se recurre con demasiada alegría al código penal para no solucionar problemas que en un determinado momento pueden parecer -incluso ser- lacerantes pero que tienen causas complejas. No hace casi nada, en la paella de este jueves pasado, hablaba yo también de eso (por enésima vez) en relación a la normativa penal de la conducción bajo los efectos del alcohol.
Hace tiempo que yo, como hombre, o sea, como ciudadano del sexo masculino en teórica plenitud de mis derechos y mis deberes, me siento directamente agredido. Desde los años ochenta sé que, teniendo hijos, un divorcio me llevaría a su pérdida prácticamente inapelable por más que combatiera por su custodia, y mis únicas posibilidades de vivir siquiera la mitad de esos momentos irrepetibles -buenos y malos- de la relación paternofilial estarían únicamente en la buena fe y recto juicio de la que -en la hipótesis- sería mi ex y en que no fuera a parar a algún bufete de cierto tipo de perras asquerosas que se dedican a aprovechar este tipo de causas para impedir arreglos justos y para presionar a sus clientes femeninas para que machaquen al hombre hasta la indignidad misma. Por esta razón bendigo dos veces mi felicidad matrimonial: la primera por lo obvio, por esa felicidad en si misma, claro; y la segunda por no tener que pasar ese trago, o conjunto de tragos, que ha hundido moralmente (y también en otros aspectos, por cierto) a la inmensa mayoría de hombres divorciados con hijos menores.
Como eso era poco, ha venido lo de los malos tratos -y agresiones brutales, también es verdad- a mujeres. Y en ese ámbito, los hombres, por el simple hecho de serlo, somos criminalizados en masa, constituimos el peligro público, una especie de amenaza terrorista o de gremio psicópata. Tanto es así, que una simple denuncia (y no hace falta que sea la de la esposa o la del hijo: basta con que un vecino llame a los mossos diciendo que hay follón en el piso de al lado) para que haya un hombre detenido, esposado, puesto a disposición judicial y al que -independientemente de ulteriores actuaciones sumariales- se le divierte inmediatamente con una inapelable orden de alejamiento. Aunque no tenga uno el menor antecedente. Las feminorras han hecho correr la especie de que los aparentemente bondadosos son los peores y punto pelota.
¿Exageración? No lo sería solo mía, en todo caso. He aquí lo que declara doña María Sanahuja: «Vuelvo a decir, sin insultar a nadie, que la ley integral de violencia de género se revela ineficaz. Están muriendo más mujeres mientras los hombres son criminalizados de forma masiva. Muchos padecen castigos desproporcionados y, a veces, injustos»
Pero... ¿cuál es el verdadero delito de indecencia de doña María Sanahuja? ¿Criticar una legislación desde una óptica técnica o sociológica? No. Eso se lo pasarían. El delito gordo de doña María es negar implícitamente la clave mayor del asunto, es llevar el razonamiento a planteamientos ajenos a la lucha de clases, que es donde la cerdada feminorra mantiene férrea y axiomáticamente ubicado el problema: lo que hay -lo que debe haber- por decreto inapelable del sector perro del feminismo (aclaro lo de perro porque otros ámbitos feministas son dignísimos, justos y necesarios) es que la relación entre hombres y mujeres se sitúa en un contexto de lucha de clases. Marxismo fundamentalista, trasnochado y polvoriento, puro y duro, entrando prácticamente en el séptimo año del siglo XXI.
El remate de la juez Sanahuja: «El Código Penal no soluciona problemas sociales. Para poner un ejemplo claro: es desproporcionado condenar a nueve meses de prisión a un hombre por dar un bofetón a una mujer».
Y no es el peor de los despropósitos.
viernes, 29 de diciembre de 2006
Amnistía
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Pertenezco a un grupo -no encuadrado- de voluntarios de Amnistía Internacional que funciona bajo -creo recordar- una denominación parecida a «red de acción urgente» o algo así. Los miembros de estos grupos nos dedicamos, previa solicitud por correo electrónico de AI, a enviar cartas o mensajes de correo electrónico solicitando a la autoridad competente la suspensión de una ejecución que nos ha sido notificada como inminente o presumiblemente inminente.
No es agradable hacerlo. No por el objetivo -que es magnífico- sino porque tiene uno que dirigirse en términos correctos y educados (según solicita explícita y lógicamente AI) a una colección de cabrones, a los que no cabría sino escupirles, pidiéndoles por favorcito que no se carguen al desgraciado que tienen en una celda -generalmente cochambrosa- contando los días o las horas que faltan para que lo envenenen por vía endovenosa, para que lo ahorquen, para que lo fusilen o para que la apedreen (lo de las piedras es un honor reservado exclusivamente a las mujeres). Y así, al cabo del año, uno escribe -y no pocas veces paga papel, tinta de impresora, sobre y sello- a algún demente con turbante, a algún gobernador norteamericano -de dudosa alfabetización, en algún caso- o a cualquier otro tipo de hijo de puta de los que se creen investidos por vete a saber qué dios o qué revolución para liquidar a la gente, siempre, eso sí, en nombre del pueblo soberano, del mandato divino o de las buenas costumbres. Y no es agradable hacerlo, además, porque la cosa casi siempre acaba mal y el clamor de la gente de los grupos estos es insuficiente para evitar que el desgraciado de turno vaya al hoyo. Pero hay que hacerlo, porque la posibilidad de conseguir algo tan importante como salvar una vida y salvar, casi sobre todo, la dignidad de la sociedad en cuyo nombre se mata, bien vale unos minutos de tiempo y unos pocos céntimos en papel y sellos.
Sorprendentemente, no me ha llegado nunca una petición de clemencia al gobierno japonés y mira que estos tíos, además de exterminar sistemáticamente la población mamífera (y últimamente también atunera) de los mares del ancho mundo contra todo convenio y contra todo derecho internacional y contra toda noción de lo civilizado, de cuando en cuando celebran una fiestecita asesina y se cepillan a unos cuantos de sus ciudadanos, en un ritual macabro en el que el propio condenado no sabe la fecha de su ejecución, y una mañanita como cualquier otra (de los últimos diez o quince años, porque estos tampoco tienen prisa) ¡sorpresa! en vez del desayuno le aparece la comitiva en plan «Kagamoto, muchacho: es la hora». Nunca he tenido ocasión de escribirles la cartita o el emilio a esos hijos de Songoku, pero siempre he supuesto que ello no ha sido posible porque en AI se han enterado de la correspondiente ejecución a reo enterrado.
Pero ya me mosquea, y hasta el cabreo, lo de ahora. Lo de ahora es que todo el mundo occidental sabe desde hace casi 20 horas que a Saddam Hussein le quedan dos telediarios y que muy probablemente no llegará a ver el del domingo por la noche (si es que alcanza al del mediodía). Y yo no he recibido hasta este momento (las 17:00 huso de Europa central, 16:00 GMT) el aviso de Amnistía Internacional, chicos, hay que moverse, que este lo van a colgar y, aunque será difícil conseguir nada, hay que intentarlo. Pues no. En Amnistía Internacional deben estar haciendo las compras de Reyes y no hay acción urgente para Saddam Hussein.
¿Por qué? No lo sé. Que Saddam Hussein sea un asesino y un criminal de siete suelas no debiera ser la cuestión: la lucha contra la pena de muerte no tiene nada que ver con el crimen del que el reo es culpable (cuando lo es, que esa es otra) y yo, concretamente, he escrito muchísimas cartas y muchísimos mensajes a ruego de AI pidiendo clemencia para malas bestias de toda laya cuya muerte final -también lo digo claro- no me ha producido, en sí misma, mayor angustia. Ya digo que es un problema de dignidad, de dignidad social, no de justicia. Tampoco parecería que se trate de una resistencia por parte de AI de causarle problemas al gobierno norteamericano: en decenas -o centenares- de ocasiones esta circunstancia no les ha detenido (y sospecho que, más de una vez, ha supuesto incluso un incentivo).
En otras circunstancias enviaría a Amnistía Internacional y a sus grupos de acción urgente a tomar por el culo, pero me resisto a no darles un voto (uno solo) de confianza. También monté en cólera cuando Intermón-Oxfam se alineó con el penoso Fòrrum de Clos y en un primer momento me juré pasar para siempre de esa gente y también volví sobre mis pasos: su labor es demasiado buena e importante como para reprocharles en plan radical que cedieran al chantaje municipal.
Seguiré enviando cartas y mensajes... de momento. No corto con Amnistía por lo mismo que acabé no haciéndolo con Intermón.
Pero, en lo que a mí respecta, está bajo sospecha.
Pertenezco a un grupo -no encuadrado- de voluntarios de Amnistía Internacional que funciona bajo -creo recordar- una denominación parecida a «red de acción urgente» o algo así. Los miembros de estos grupos nos dedicamos, previa solicitud por correo electrónico de AI, a enviar cartas o mensajes de correo electrónico solicitando a la autoridad competente la suspensión de una ejecución que nos ha sido notificada como inminente o presumiblemente inminente.
No es agradable hacerlo. No por el objetivo -que es magnífico- sino porque tiene uno que dirigirse en términos correctos y educados (según solicita explícita y lógicamente AI) a una colección de cabrones, a los que no cabría sino escupirles, pidiéndoles por favorcito que no se carguen al desgraciado que tienen en una celda -generalmente cochambrosa- contando los días o las horas que faltan para que lo envenenen por vía endovenosa, para que lo ahorquen, para que lo fusilen o para que la apedreen (lo de las piedras es un honor reservado exclusivamente a las mujeres). Y así, al cabo del año, uno escribe -y no pocas veces paga papel, tinta de impresora, sobre y sello- a algún demente con turbante, a algún gobernador norteamericano -de dudosa alfabetización, en algún caso- o a cualquier otro tipo de hijo de puta de los que se creen investidos por vete a saber qué dios o qué revolución para liquidar a la gente, siempre, eso sí, en nombre del pueblo soberano, del mandato divino o de las buenas costumbres. Y no es agradable hacerlo, además, porque la cosa casi siempre acaba mal y el clamor de la gente de los grupos estos es insuficiente para evitar que el desgraciado de turno vaya al hoyo. Pero hay que hacerlo, porque la posibilidad de conseguir algo tan importante como salvar una vida y salvar, casi sobre todo, la dignidad de la sociedad en cuyo nombre se mata, bien vale unos minutos de tiempo y unos pocos céntimos en papel y sellos.
Sorprendentemente, no me ha llegado nunca una petición de clemencia al gobierno japonés y mira que estos tíos, además de exterminar sistemáticamente la población mamífera (y últimamente también atunera) de los mares del ancho mundo contra todo convenio y contra todo derecho internacional y contra toda noción de lo civilizado, de cuando en cuando celebran una fiestecita asesina y se cepillan a unos cuantos de sus ciudadanos, en un ritual macabro en el que el propio condenado no sabe la fecha de su ejecución, y una mañanita como cualquier otra (de los últimos diez o quince años, porque estos tampoco tienen prisa) ¡sorpresa! en vez del desayuno le aparece la comitiva en plan «Kagamoto, muchacho: es la hora». Nunca he tenido ocasión de escribirles la cartita o el emilio a esos hijos de Songoku, pero siempre he supuesto que ello no ha sido posible porque en AI se han enterado de la correspondiente ejecución a reo enterrado.
Pero ya me mosquea, y hasta el cabreo, lo de ahora. Lo de ahora es que todo el mundo occidental sabe desde hace casi 20 horas que a Saddam Hussein le quedan dos telediarios y que muy probablemente no llegará a ver el del domingo por la noche (si es que alcanza al del mediodía). Y yo no he recibido hasta este momento (las 17:00 huso de Europa central, 16:00 GMT) el aviso de Amnistía Internacional, chicos, hay que moverse, que este lo van a colgar y, aunque será difícil conseguir nada, hay que intentarlo. Pues no. En Amnistía Internacional deben estar haciendo las compras de Reyes y no hay acción urgente para Saddam Hussein.
¿Por qué? No lo sé. Que Saddam Hussein sea un asesino y un criminal de siete suelas no debiera ser la cuestión: la lucha contra la pena de muerte no tiene nada que ver con el crimen del que el reo es culpable (cuando lo es, que esa es otra) y yo, concretamente, he escrito muchísimas cartas y muchísimos mensajes a ruego de AI pidiendo clemencia para malas bestias de toda laya cuya muerte final -también lo digo claro- no me ha producido, en sí misma, mayor angustia. Ya digo que es un problema de dignidad, de dignidad social, no de justicia. Tampoco parecería que se trate de una resistencia por parte de AI de causarle problemas al gobierno norteamericano: en decenas -o centenares- de ocasiones esta circunstancia no les ha detenido (y sospecho que, más de una vez, ha supuesto incluso un incentivo).
En otras circunstancias enviaría a Amnistía Internacional y a sus grupos de acción urgente a tomar por el culo, pero me resisto a no darles un voto (uno solo) de confianza. También monté en cólera cuando Intermón-Oxfam se alineó con el penoso Fòrrum de Clos y en un primer momento me juré pasar para siempre de esa gente y también volví sobre mis pasos: su labor es demasiado buena e importante como para reprocharles en plan radical que cedieran al chantaje municipal.
Seguiré enviando cartas y mensajes... de momento. No corto con Amnistía por lo mismo que acabé no haciéndolo con Intermón.
Pero, en lo que a mí respecta, está bajo sospecha.
jueves, 28 de diciembre de 2006
Borrachos y educadores
De la serie: «Los jueves, paella»
La noticia es recurrente: un conductor atropella a un peatón o a un ciclista y, acto seguido, se da a la fuga. Cada vez es más frecuente esto de abandonar a las víctimas y en no pocas ocasiones este abandono determina su muerte. También suele ocurrir, en la mayoría de estos casos, que el conductor, pasadas unas horas, se arrepiente y se entrega. Mire usted, señor inspector, perdí la cabeza, nunca me había pasado esto...
Y lo que sucede es que el tal arrepentido iba hasta el culo de alcohol y simplemente se ha puesto fuera de la acción de la justicia las horas necesarias para que los rastros de etilismo se esfumen. Un buen abogado puede incluso hacer prevalecer una atenuante por mor de ese arrepentimiento espontáneo.
En esta bitácora he hablado muchas veces y por muchas y diversas causas de la alegría con que en este país se llenan páginas y más páginas de código penal como si ese fuera el ungüento amarillo que lo soluciona todo: ante cualquier problema, un nuevo artículo al código y a vivir, que son dos días. Con eso solucionamos el acoso escolar, la embriaguez al volante, la violencia de género y hasta el asesinato de Kennedy. Más madera penal, es la guerra contra el crimen...
Algunas veces, en conversaciones de sobremesa o cervecescas he utilizado ese argumento ante los partidarios de la mano dura. «¡A los violadores habría que matarlos!», se calientan muchos ante un acto luctuoso. Siempre les contesto lo mismo (hecha abstracción del debate sobre la pena de muerte): si no mesuras las penas, te encontrarás con que, pena de muerte por pena de muerte, no sale más caro liquidar a la víctima -además de violarla- y así se cargan al único testigo.
Con lo del alcohol al volante pasa igual: han cargado tanto la mano sobre el asunto que sale rentable afrontar una omisión del deber de socorro ante la posibilidad de que te acusen de una trapazada cargado de alcohol. De acuerdo: hay que ser muy hijo de puta para conducir bebido de mala manera; sí, de acuerdo, hay que ser mil veces hijo de puta para dejar tirado a un herido probablemente grave sólo por rehuir un merecido castigo. Pero la vida es como es y lo cierto es que la impremeditación a la hora de añadirle líneas al código penal provoca estas cosas.
No quiero decir con esto que el legislador sea culpable -ni directa ni indirectamente- de esas muertes: el culpable es siempre el conductor borracho. Pero hay que meditar no un poco sino un mucho qué relaciones de causa-efecto se manipulan y se alteran cuando uno toquetea códigos. El Derecho penal es una ciencia, una ciencia de la mesura, una ciencia que intenta -hasta donde es jurídica y humanamente posible- individualizar la pena y tratar de aplicar milimétricamente el derecho sobre la medición, asimismo milimétrica, de la conducta juzgada. No puede desarrollarse bien esta ciencia cuando se usa como instrumento político para satisfacer a quienes -en caliente y en comprensible indignación- piden, manifestación al canto, mano dura, tanta mano dura que se aproximan a la petición de linchamiento legal.
En España tenemos las cárceles demasiado llenas. Creo que estamos entre los primeros países europeos en población penal por millar de habitantes. Las cárceles llenas y la necesidad -urgente, perentoria- de construir muchas más no significa que el delito haya aumentado sino, más probablemente, que se esté afrontando mal.
Las soluciones simples a los problemas complejos casi siempre son las malas.
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Un artículo de opinión en «El Periódico» de ayer (el enlace caduca en cuestión de días) escrito por Vicenç Navarro, me ha hecho pensar en algunas cosas. Habla, como es de ver, de la situación del estado del bienestar en relación al gobierno de partidos de izquierdas o de derechas pero, aunque sea tangencialmente, realiza algún comentario que es el que verdaderamente me mueve a escribir. Habla de que un 30-35 por 100 de ciudadanos de renta superior -a los que atribuye, además, la cualidad de creadores de opinión- utiliza servicios privados de sanidad y de educación. Vaya, pues yo soy uno de esos pese a que la renta de mi familia me parece que está bastante lejos de esa superioridad a la que alude el articulista.
Mis cronicismos me los trato en la sanidad privada por razón de una especial confianza en la doctora que me atiende; habré de decir, no obstante, que esa privada está concertada con el sistema público y, por tanto, estoy derivado a aquella desde éste. ¿Soy, pues, usuario de sanidad pública o privada? Mi esposa está en las mismas por razón de su ginecólogo (ella no viene derivada: paga su cuota mensual puntualmente). A mis hijas acabamos de darlas de baja de la privada puesto que era comodísima en el tratamiento de esas pequeñas urgencias infantiles que residen más en la alarma de los padres que en patologías importantes: pero de tirarnos dos o tres horas de espera en San Pablo o en Vall d'Hebron a llegar y besar el santo en la privada, tiene su importancia cuando son las tres de la madrugada, la niña tiene fiebre y los padres los tienen por corbata (claro que una vez que pareció que la mayor sí que tenía un problema respiratorio agudo e importante, nos fuimos a Vall d'Hebron como alma que lleva el diablo: cuando las cosas vienen crudas, déjate de tonterías y a la pública de cabeza, que es la que funciona bien). Como esos problemas infantiles ya no existen prácticamente -han crecido- baja al canto y a la Seguridad Social como pepas. Cuando dentro de unos años trabajen y el tiempo sea oro, ya se pagarán una privada que arregle las gilipuerteces en diez minutos (para lo serio, como queda dicho, la pública, tarde diez minutos, diez horas o diez días). No sé qué percepción tendrá el articulista en su propio entorno personal: la mía es que este régimen sanitario es el que llevamos la práctica totalidad de las familias de clase media -alta, media-media y baja- de este país.
El asunto de la escuela es ya otro cantar y, desde luego, percepciones aparte, está claro que en los grandes núcleos urbanos (en los pueblos y zonas rurales la realidad es muy otra, afortunadamente para ellos), lo del 30-35 por 100 de uso de servicios privados, ya puede casi duplicarlo. Porque esa es ya otra cuestión. En lo de la sanidad prevalece un cierto concepto de comodidad y de celeridad: no puedo tirarme una mañana en el ambulatorio para que el médico me recete un antigripal, así que me voy a la privada y pago al precio de venta al público el jodido antigripal y resuelto el problema. En la enseñanza está el asunto del futuro de nuestros hijos, y ahí poca broma.
Yo he sido toda la vida un partidario entusiasta de la enseñanza pública. Lo he sido por principio y lo he sido porque mi percepción personal de la enseñanza pública sólo puede describirse con la palabra excelencia. Pero eso era antes, cuando ser catedrático de Instituto era un timbre de gloria social (aunque tanta gloria conllevara un sueldo de verdadera miseria, auténtica vergüenza -la enésima- para el régimen franquista) y cuando ir a un Instituto significaba gozar de la erudición y de la altísima clase intelectual de verdaderos cracks -como se dice ahora- en sus respectivas disciplinas. Había, además, otra cosa, a ver si la explico gráficamente y bien: la inmensa mayoría de aquellos grandes educadores no hubieran soportado de pie media torta de cualquiera de nosotros cuando teníamos catorce o quince años. Sin embargo, el más cafre, el más bestia, el más burro, el más ácrata e iconoclasta de nosotros, se hubiera cortado mil veces la mano antes que levantársela a un profesor. Y no por miedo al castigo subsiguiente (que, en ese caso, desde luego, hubiera alcanzado proporciones de tragedia griega) sino porque entre la educación de origen -la recibida por omisión, como si dijésemos- y la autoridad que irradiaban aquellos maestros como una emanación, como un aura (en los institutos jamás se ponía la mano encima a un alumno, al contrario de lo que -pródigamente- acontecía en la privada) impedía el menor gesto agresivo.
Esta descripción, sólo que vuelta del perfecto y exacto revés, giro de 180 grados, describe a la perfección la situación de hoy. Los profesores de la enseñanza pública están tan mal pagados como cualquier otro funcionario, pero lejos -afortunadamente- de los extremos de vergüenza de la temporada franquista. Y con esto, acabo de describir la única mejora de la situación. En lo demás, desprestigio social de su profesión, crisis -ausencia total- de autoridad, desmotivación, miedo, angustia y todo el cuadro inherente. Las agresiones de los alumnos ya ni siquiera aparecen en las noticias de los periódicos y solamente lo es cuando el agresor es un padre.
Por supuesto, la culpa no la tienen los pobres profes, sino los de siempre: unos políticos de mierda -o una mierda de políticos, que para el caso es lo mismo- que han volcado sobre los programas y los métodos educativos lo más florido y granado de su gilipollez, que han llevado a cotas absurdas e impropias conceptos como el liberalismo y la democracia transplantándolos tal cual al ámbito educativo, así, a saco, sin adaptador, y permitiendo, en definitiva, que cualquier alumno haga lo que le salga del atributo sexual correspondiente; y que, encima, se han dedicado a manipular a lo bestia los programas educativos para arrimar el ascua de la educación de nuestros jóvenes a su putrefacta y asquerosa sardina política. Además, han montado un sistema represivo -en el que el terror a lo políticamente incorrecto forma parte sustancial del mismo- que impide el nacimiento -en legítima defensa- de aquellos mecanismos correctores que tan sabiamente desarrollaron los profesores del franquismo para contrarrestar las atrocidades de los politicastros. Además, el franquismo cometió el error de concentrar su influjo educativo en tres materias (especialmente en la famosa FEN, formación del espíritu nacional; no confundir sobre todo -no lo quiera Dios- con la educación para la ciudadanía que es otra cosa ¿eh?) dejando muchos huecos en todo lo demás, huecos que fueron muy bien aprovechados. Los maestros y profesores actuales no han tenido esa facilidad y se han encontrado con que todo está... atado y bien atado.
Una pena, una verdadera pena. Me hubiera gustado que mis hijas fueran educadas por la versión siglo XXI de un Assián Peña o de una Carmen Pleyán, por solamente citar a dos. Pero los funambulistas del buen rollito se han cargado el sistema, un sistema que era pobre pero digno, y han reducido a escombros y mierda la enseñanza pública.
A las monjas tocan...
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Y se acabó, lo dejo en dos artículos, que me han salido muy largos.
Con este jueves, y en lo que al arroz se refiere, le damos carpetazo al año 2006 de la era cristiana (en términos convencionales: parece ser que en estricta medición cronológico-histórica, andaríamos más o menos por el 2012, o así...).
El próximo jueves será ya del año 2007, en su 4 de enero. Con suerte, se nos habrá pasado la enésima resaca, la de la patochada esa de las uvas, y andaremos en pos de la postrera bacanal, la más gorda de todas en cuanto a exaltación de la VISA se refiere, que será la denominada de Reyes: en ella, el perfume más o menos caro, pero frasquito a fin de cuentas, dará paso a ordenadores, consolas de videojuegos, televisores de mil metros cuadrados y, en fin, a toda suerte de artículos seiscientistas, o sea, de los de 600 euros hacia arriba, que convertirán el hogar más sencillo en una sucursal del cortinglés.
Mi más sentido pésame.
La noticia es recurrente: un conductor atropella a un peatón o a un ciclista y, acto seguido, se da a la fuga. Cada vez es más frecuente esto de abandonar a las víctimas y en no pocas ocasiones este abandono determina su muerte. También suele ocurrir, en la mayoría de estos casos, que el conductor, pasadas unas horas, se arrepiente y se entrega. Mire usted, señor inspector, perdí la cabeza, nunca me había pasado esto...
Y lo que sucede es que el tal arrepentido iba hasta el culo de alcohol y simplemente se ha puesto fuera de la acción de la justicia las horas necesarias para que los rastros de etilismo se esfumen. Un buen abogado puede incluso hacer prevalecer una atenuante por mor de ese arrepentimiento espontáneo.
En esta bitácora he hablado muchas veces y por muchas y diversas causas de la alegría con que en este país se llenan páginas y más páginas de código penal como si ese fuera el ungüento amarillo que lo soluciona todo: ante cualquier problema, un nuevo artículo al código y a vivir, que son dos días. Con eso solucionamos el acoso escolar, la embriaguez al volante, la violencia de género y hasta el asesinato de Kennedy. Más madera penal, es la guerra contra el crimen...
Algunas veces, en conversaciones de sobremesa o cervecescas he utilizado ese argumento ante los partidarios de la mano dura. «¡A los violadores habría que matarlos!», se calientan muchos ante un acto luctuoso. Siempre les contesto lo mismo (hecha abstracción del debate sobre la pena de muerte): si no mesuras las penas, te encontrarás con que, pena de muerte por pena de muerte, no sale más caro liquidar a la víctima -además de violarla- y así se cargan al único testigo.
Con lo del alcohol al volante pasa igual: han cargado tanto la mano sobre el asunto que sale rentable afrontar una omisión del deber de socorro ante la posibilidad de que te acusen de una trapazada cargado de alcohol. De acuerdo: hay que ser muy hijo de puta para conducir bebido de mala manera; sí, de acuerdo, hay que ser mil veces hijo de puta para dejar tirado a un herido probablemente grave sólo por rehuir un merecido castigo. Pero la vida es como es y lo cierto es que la impremeditación a la hora de añadirle líneas al código penal provoca estas cosas.
No quiero decir con esto que el legislador sea culpable -ni directa ni indirectamente- de esas muertes: el culpable es siempre el conductor borracho. Pero hay que meditar no un poco sino un mucho qué relaciones de causa-efecto se manipulan y se alteran cuando uno toquetea códigos. El Derecho penal es una ciencia, una ciencia de la mesura, una ciencia que intenta -hasta donde es jurídica y humanamente posible- individualizar la pena y tratar de aplicar milimétricamente el derecho sobre la medición, asimismo milimétrica, de la conducta juzgada. No puede desarrollarse bien esta ciencia cuando se usa como instrumento político para satisfacer a quienes -en caliente y en comprensible indignación- piden, manifestación al canto, mano dura, tanta mano dura que se aproximan a la petición de linchamiento legal.
En España tenemos las cárceles demasiado llenas. Creo que estamos entre los primeros países europeos en población penal por millar de habitantes. Las cárceles llenas y la necesidad -urgente, perentoria- de construir muchas más no significa que el delito haya aumentado sino, más probablemente, que se esté afrontando mal.
Las soluciones simples a los problemas complejos casi siempre son las malas.
Un artículo de opinión en «El Periódico» de ayer (el enlace caduca en cuestión de días) escrito por Vicenç Navarro, me ha hecho pensar en algunas cosas. Habla, como es de ver, de la situación del estado del bienestar en relación al gobierno de partidos de izquierdas o de derechas pero, aunque sea tangencialmente, realiza algún comentario que es el que verdaderamente me mueve a escribir. Habla de que un 30-35 por 100 de ciudadanos de renta superior -a los que atribuye, además, la cualidad de creadores de opinión- utiliza servicios privados de sanidad y de educación. Vaya, pues yo soy uno de esos pese a que la renta de mi familia me parece que está bastante lejos de esa superioridad a la que alude el articulista.
Mis cronicismos me los trato en la sanidad privada por razón de una especial confianza en la doctora que me atiende; habré de decir, no obstante, que esa privada está concertada con el sistema público y, por tanto, estoy derivado a aquella desde éste. ¿Soy, pues, usuario de sanidad pública o privada? Mi esposa está en las mismas por razón de su ginecólogo (ella no viene derivada: paga su cuota mensual puntualmente). A mis hijas acabamos de darlas de baja de la privada puesto que era comodísima en el tratamiento de esas pequeñas urgencias infantiles que residen más en la alarma de los padres que en patologías importantes: pero de tirarnos dos o tres horas de espera en San Pablo o en Vall d'Hebron a llegar y besar el santo en la privada, tiene su importancia cuando son las tres de la madrugada, la niña tiene fiebre y los padres los tienen por corbata (claro que una vez que pareció que la mayor sí que tenía un problema respiratorio agudo e importante, nos fuimos a Vall d'Hebron como alma que lleva el diablo: cuando las cosas vienen crudas, déjate de tonterías y a la pública de cabeza, que es la que funciona bien). Como esos problemas infantiles ya no existen prácticamente -han crecido- baja al canto y a la Seguridad Social como pepas. Cuando dentro de unos años trabajen y el tiempo sea oro, ya se pagarán una privada que arregle las gilipuerteces en diez minutos (para lo serio, como queda dicho, la pública, tarde diez minutos, diez horas o diez días). No sé qué percepción tendrá el articulista en su propio entorno personal: la mía es que este régimen sanitario es el que llevamos la práctica totalidad de las familias de clase media -alta, media-media y baja- de este país.
El asunto de la escuela es ya otro cantar y, desde luego, percepciones aparte, está claro que en los grandes núcleos urbanos (en los pueblos y zonas rurales la realidad es muy otra, afortunadamente para ellos), lo del 30-35 por 100 de uso de servicios privados, ya puede casi duplicarlo. Porque esa es ya otra cuestión. En lo de la sanidad prevalece un cierto concepto de comodidad y de celeridad: no puedo tirarme una mañana en el ambulatorio para que el médico me recete un antigripal, así que me voy a la privada y pago al precio de venta al público el jodido antigripal y resuelto el problema. En la enseñanza está el asunto del futuro de nuestros hijos, y ahí poca broma.
Yo he sido toda la vida un partidario entusiasta de la enseñanza pública. Lo he sido por principio y lo he sido porque mi percepción personal de la enseñanza pública sólo puede describirse con la palabra excelencia. Pero eso era antes, cuando ser catedrático de Instituto era un timbre de gloria social (aunque tanta gloria conllevara un sueldo de verdadera miseria, auténtica vergüenza -la enésima- para el régimen franquista) y cuando ir a un Instituto significaba gozar de la erudición y de la altísima clase intelectual de verdaderos cracks -como se dice ahora- en sus respectivas disciplinas. Había, además, otra cosa, a ver si la explico gráficamente y bien: la inmensa mayoría de aquellos grandes educadores no hubieran soportado de pie media torta de cualquiera de nosotros cuando teníamos catorce o quince años. Sin embargo, el más cafre, el más bestia, el más burro, el más ácrata e iconoclasta de nosotros, se hubiera cortado mil veces la mano antes que levantársela a un profesor. Y no por miedo al castigo subsiguiente (que, en ese caso, desde luego, hubiera alcanzado proporciones de tragedia griega) sino porque entre la educación de origen -la recibida por omisión, como si dijésemos- y la autoridad que irradiaban aquellos maestros como una emanación, como un aura (en los institutos jamás se ponía la mano encima a un alumno, al contrario de lo que -pródigamente- acontecía en la privada) impedía el menor gesto agresivo.
Esta descripción, sólo que vuelta del perfecto y exacto revés, giro de 180 grados, describe a la perfección la situación de hoy. Los profesores de la enseñanza pública están tan mal pagados como cualquier otro funcionario, pero lejos -afortunadamente- de los extremos de vergüenza de la temporada franquista. Y con esto, acabo de describir la única mejora de la situación. En lo demás, desprestigio social de su profesión, crisis -ausencia total- de autoridad, desmotivación, miedo, angustia y todo el cuadro inherente. Las agresiones de los alumnos ya ni siquiera aparecen en las noticias de los periódicos y solamente lo es cuando el agresor es un padre.
Por supuesto, la culpa no la tienen los pobres profes, sino los de siempre: unos políticos de mierda -o una mierda de políticos, que para el caso es lo mismo- que han volcado sobre los programas y los métodos educativos lo más florido y granado de su gilipollez, que han llevado a cotas absurdas e impropias conceptos como el liberalismo y la democracia transplantándolos tal cual al ámbito educativo, así, a saco, sin adaptador, y permitiendo, en definitiva, que cualquier alumno haga lo que le salga del atributo sexual correspondiente; y que, encima, se han dedicado a manipular a lo bestia los programas educativos para arrimar el ascua de la educación de nuestros jóvenes a su putrefacta y asquerosa sardina política. Además, han montado un sistema represivo -en el que el terror a lo políticamente incorrecto forma parte sustancial del mismo- que impide el nacimiento -en legítima defensa- de aquellos mecanismos correctores que tan sabiamente desarrollaron los profesores del franquismo para contrarrestar las atrocidades de los politicastros. Además, el franquismo cometió el error de concentrar su influjo educativo en tres materias (especialmente en la famosa FEN, formación del espíritu nacional; no confundir sobre todo -no lo quiera Dios- con la educación para la ciudadanía que es otra cosa ¿eh?) dejando muchos huecos en todo lo demás, huecos que fueron muy bien aprovechados. Los maestros y profesores actuales no han tenido esa facilidad y se han encontrado con que todo está... atado y bien atado.
Una pena, una verdadera pena. Me hubiera gustado que mis hijas fueran educadas por la versión siglo XXI de un Assián Peña o de una Carmen Pleyán, por solamente citar a dos. Pero los funambulistas del buen rollito se han cargado el sistema, un sistema que era pobre pero digno, y han reducido a escombros y mierda la enseñanza pública.
A las monjas tocan...
Y se acabó, lo dejo en dos artículos, que me han salido muy largos.
Con este jueves, y en lo que al arroz se refiere, le damos carpetazo al año 2006 de la era cristiana (en términos convencionales: parece ser que en estricta medición cronológico-histórica, andaríamos más o menos por el 2012, o así...).
El próximo jueves será ya del año 2007, en su 4 de enero. Con suerte, se nos habrá pasado la enésima resaca, la de la patochada esa de las uvas, y andaremos en pos de la postrera bacanal, la más gorda de todas en cuanto a exaltación de la VISA se refiere, que será la denominada de Reyes: en ella, el perfume más o menos caro, pero frasquito a fin de cuentas, dará paso a ordenadores, consolas de videojuegos, televisores de mil metros cuadrados y, en fin, a toda suerte de artículos seiscientistas, o sea, de los de 600 euros hacia arriba, que convertirán el hogar más sencillo en una sucursal del cortinglés.
Mi más sentido pésame.
miércoles, 27 de diciembre de 2006
Un millón de niños
De la serie: «Correo ordinario»
En su felicitación navideña a los socios de Hispalinux, nuestro presidente -ya en funciones: tenemos elecciones en enero- Juantomás García nos participaba un comentario que le hizo Tim O'Reilly: «¿cómo cojones habéis llegado a tener un millón de niños/adolescentes con software libre en 4 años?». Se refería, obviamente, a los proyectos de software libre desarrollados en Extremadura y Andalucía.
Es un comentario que induce a meditar. En plan autocomplaciente, podríamos hablar de la fuerza de una comunidad numerosísima y entregada; y es verdad que sin ella poco o nada hubiera podido hacerse. Pero también es cierto que la comunidad, por sí sola, tampoco consigue resultados espectaculares si no es mediante verdaderas guerras con toques de degollina digital; digital, pero no menos dolorosos: mucha gente de ambos bandos ha caído ya -el pan de no pocas familias- en ese inusitado combate. Estoy pensando -ya lo habréis adivinado- en la guerra del canon, seguramente la más cruenta de cuantas se libran actualmente, pero no en absoluto la única.
En otros países el éxito -más o menos extendido- viene desde arriba: gobiernos enteros se rinden a la eficiencia del software libre y lo implantan de forma más o menos progresiva, de forma más o menos total, en sus administraciones públicas. Aquí, en este país choricero, de aliento a ajo, olor a pies, piorrea y calzoncillos con zurrapas, constantemente destrozado por políticos y gobiernos ignorantes, hipócritas, bananeros y venales, tenemos que funcionar en plan guerrilla, soslayando el bombardeo de cheques y regalías que el monopolio prodiga por todas las instancias oficiales y tenemos que soportar, para mayor inri, la burla de que en los textos parlamentarios se recojan de forma literal y extensa los guiones que escribe Micro$oft y que todos los partidos (¡incluidos los de... izquierda!) los voten con aberrante entusiasmo.
Pero, de vez en cuando, alguien con poder y con suficiente independencia -cuando menos intelectual- comprende que la postración en la que se ve sumido su territorio sólo se superará, a la larga, por sus propios medios, por su propia potencia desplegada y que la única manera de desplegar de forma planificada y propia esa potencia es mediante tecnología propia y/o tecnología sobre la que, de algún modo, tenga el control y el dominio. Es entonces cuando la comunidad y el poder público de ese lugarcillo se vectorizan y se potencian mutuamente y es entonces cuando, como no puede ser de otra manera, el éxito es atronador.
Éxito que parece no ser suficiente evidencia para otros gobiernos y, así, encontramos a algún político que se queja -en un alucinante despliegue cuando menos de ignorancia- de que en un territorio las escuelas públicas gocen de un ordenador cada dos niños a presunta costa del valor que genera y que entrega la comunidad autónoma del quejoso; pero el quejoso no sabe -o no quiere dar a entender que sabe- que el territorio supuestamente privilegiado utiliza una tecnología que lleva a que estos lujos sean perfectamente asumibles; y el quejoso no dice -aunque eso sí que lo sabe necesaria y perfectamente- que cuando estuvo en el gobierno regaló millonadas -innecesariamente- al monopolio.
No debe sorprenderse Tim O'Reilly. Aquí nos gustaría poder trabajar sine ira et studio, como en cualquier país civilizado, y, de hecho, muchos lo intentan, pero este país montaraz secularmente gobernado por mindundis y pisacharcos, que desde Carlos I (y ése era de aquí sólo a medias... o a cuartas) no ha conocido prácticamente estadistas y en el que los simplemente buenos gestores pueden contarse con los dedos de una oreja, obliga al monte, a la manta serrana, al trabuco, a la navaja en la liga, a la emboscada y a la crueldad extrema en combate (¡menudas conclusiones hubiera sacado Conrad de esto de aquí, si lo hubiera conocido bien!).
Tenemos más victorias en esta guerra que, en lenguaje bélico actual, se denominaría asimétrica, y victorias no menguadas. Hemos conseguido, por ejemplo, que el software libre prenda en el mundo de la empresa, gracias a la verdadera neutralidad (esa que tanto odia Micro$oft): la aritmética financiera. En cuanto hemos podido acceder a la pizarra de las patronales y las hojas de cálculo -todavía Excel- de los MBA han empezado a trabajar, los resultados han sido concluyentes, por más FUD sobre el TCO que el monopolio haya divulgado: no cuela; aquí y en todas partes, la pela es la pela y dos más dos suman cuatro por más que Ballmer se empeñe en que sean seis.
En la cara opuesta, allí donde el éxito hubiera debido ser inmediato, resulta curioso -y sintomático- que mientras el mundo de la empresa ha iniciado -despacio pero firmemente- su conversión al software libre, el mundo sindical, que hubiera debido ser mucho más receptivo, es todavía impermeable a la lógica de la eficiencia. Incluso muchísimas ONG (la mayoría) siguen pagando -o pirateando, vete a saber- a Micro$oft, razón -entre otras- por la que no doy un duro a ninguna que no sea Greenpeace, que no adolece de este problema o que, en aquellas parcelas en que aún lo sufre, tiende firmemente a subsanarlo. En todo caso, no comprendo como alguien puede entender el altermundismo sin software libre: hace un tiempo, en un establecimiento del SETEM (ONG pormotora del llamado comercio justo) el ordenador que gestionaba la caja funcionaba con Window$ ¿de qué me sirve comprar té del Valle de Assam más caro para beneficiar a los campesinos independientes, o café de la marca «Altercafé» que ídem del lienzo, si también en el comercio justo moja pan Micro$oft?
Habremos de esperar unos años para ver si ese millón de niños y adolescentes lleva a un efecto multiplicador. Esperemos que sí, esperemos que cuando descubran que lo que para ellos es natural y normal constituye una excepcional Arcadia feliz, se lancen al activismo y nos refuercen en número, en sangre fresca y en ideas.
Un millón de niños es todavía una cifra muy pobre, pese a la admiración de Tim. A estas alturas de la película, todas las escuelas y administraciones públicas españolas deberían haber seguido el camino de Extremadura y deberían haberlo seguido sin necesidad de un activismo incisivo y constante, simplemente por la lógica de servicio que debería motivar la acción de gobierno. Como esa lógica de servicio no existe, muchos miles de ciudadanos tenemos que liarnos la manta y echarnos al monte.
Pues ahí seguiremos y de ahí no bajaremos. Hasta lograrlo. Conviene no olvidar que, en las guerras asimétricas, casi siempre acaba ganando el pobre porque tiene las mejores armas: fe, entrega y entusiasmo. Basta, adicionalmente, con un poco de inteligencia para dejar el culo del enemigo como un bebedero de patos. Los tanques y los cheques del poderoso acaban sirviendo, como las bombas que tiran los fanfarrones, de artículos de peluquería.
Que las gaditanas vayan pidiendo hora.
En su felicitación navideña a los socios de Hispalinux, nuestro presidente -ya en funciones: tenemos elecciones en enero- Juantomás García nos participaba un comentario que le hizo Tim O'Reilly: «¿cómo cojones habéis llegado a tener un millón de niños/adolescentes con software libre en 4 años?». Se refería, obviamente, a los proyectos de software libre desarrollados en Extremadura y Andalucía.
Es un comentario que induce a meditar. En plan autocomplaciente, podríamos hablar de la fuerza de una comunidad numerosísima y entregada; y es verdad que sin ella poco o nada hubiera podido hacerse. Pero también es cierto que la comunidad, por sí sola, tampoco consigue resultados espectaculares si no es mediante verdaderas guerras con toques de degollina digital; digital, pero no menos dolorosos: mucha gente de ambos bandos ha caído ya -el pan de no pocas familias- en ese inusitado combate. Estoy pensando -ya lo habréis adivinado- en la guerra del canon, seguramente la más cruenta de cuantas se libran actualmente, pero no en absoluto la única.
En otros países el éxito -más o menos extendido- viene desde arriba: gobiernos enteros se rinden a la eficiencia del software libre y lo implantan de forma más o menos progresiva, de forma más o menos total, en sus administraciones públicas. Aquí, en este país choricero, de aliento a ajo, olor a pies, piorrea y calzoncillos con zurrapas, constantemente destrozado por políticos y gobiernos ignorantes, hipócritas, bananeros y venales, tenemos que funcionar en plan guerrilla, soslayando el bombardeo de cheques y regalías que el monopolio prodiga por todas las instancias oficiales y tenemos que soportar, para mayor inri, la burla de que en los textos parlamentarios se recojan de forma literal y extensa los guiones que escribe Micro$oft y que todos los partidos (¡incluidos los de... izquierda!) los voten con aberrante entusiasmo.
Pero, de vez en cuando, alguien con poder y con suficiente independencia -cuando menos intelectual- comprende que la postración en la que se ve sumido su territorio sólo se superará, a la larga, por sus propios medios, por su propia potencia desplegada y que la única manera de desplegar de forma planificada y propia esa potencia es mediante tecnología propia y/o tecnología sobre la que, de algún modo, tenga el control y el dominio. Es entonces cuando la comunidad y el poder público de ese lugarcillo se vectorizan y se potencian mutuamente y es entonces cuando, como no puede ser de otra manera, el éxito es atronador.
Éxito que parece no ser suficiente evidencia para otros gobiernos y, así, encontramos a algún político que se queja -en un alucinante despliegue cuando menos de ignorancia- de que en un territorio las escuelas públicas gocen de un ordenador cada dos niños a presunta costa del valor que genera y que entrega la comunidad autónoma del quejoso; pero el quejoso no sabe -o no quiere dar a entender que sabe- que el territorio supuestamente privilegiado utiliza una tecnología que lleva a que estos lujos sean perfectamente asumibles; y el quejoso no dice -aunque eso sí que lo sabe necesaria y perfectamente- que cuando estuvo en el gobierno regaló millonadas -innecesariamente- al monopolio.
No debe sorprenderse Tim O'Reilly. Aquí nos gustaría poder trabajar sine ira et studio, como en cualquier país civilizado, y, de hecho, muchos lo intentan, pero este país montaraz secularmente gobernado por mindundis y pisacharcos, que desde Carlos I (y ése era de aquí sólo a medias... o a cuartas) no ha conocido prácticamente estadistas y en el que los simplemente buenos gestores pueden contarse con los dedos de una oreja, obliga al monte, a la manta serrana, al trabuco, a la navaja en la liga, a la emboscada y a la crueldad extrema en combate (¡menudas conclusiones hubiera sacado Conrad de esto de aquí, si lo hubiera conocido bien!).
Tenemos más victorias en esta guerra que, en lenguaje bélico actual, se denominaría asimétrica, y victorias no menguadas. Hemos conseguido, por ejemplo, que el software libre prenda en el mundo de la empresa, gracias a la verdadera neutralidad (esa que tanto odia Micro$oft): la aritmética financiera. En cuanto hemos podido acceder a la pizarra de las patronales y las hojas de cálculo -todavía Excel- de los MBA han empezado a trabajar, los resultados han sido concluyentes, por más FUD sobre el TCO que el monopolio haya divulgado: no cuela; aquí y en todas partes, la pela es la pela y dos más dos suman cuatro por más que Ballmer se empeñe en que sean seis.
En la cara opuesta, allí donde el éxito hubiera debido ser inmediato, resulta curioso -y sintomático- que mientras el mundo de la empresa ha iniciado -despacio pero firmemente- su conversión al software libre, el mundo sindical, que hubiera debido ser mucho más receptivo, es todavía impermeable a la lógica de la eficiencia. Incluso muchísimas ONG (la mayoría) siguen pagando -o pirateando, vete a saber- a Micro$oft, razón -entre otras- por la que no doy un duro a ninguna que no sea Greenpeace, que no adolece de este problema o que, en aquellas parcelas en que aún lo sufre, tiende firmemente a subsanarlo. En todo caso, no comprendo como alguien puede entender el altermundismo sin software libre: hace un tiempo, en un establecimiento del SETEM (ONG pormotora del llamado comercio justo) el ordenador que gestionaba la caja funcionaba con Window$ ¿de qué me sirve comprar té del Valle de Assam más caro para beneficiar a los campesinos independientes, o café de la marca «Altercafé» que ídem del lienzo, si también en el comercio justo moja pan Micro$oft?
Habremos de esperar unos años para ver si ese millón de niños y adolescentes lleva a un efecto multiplicador. Esperemos que sí, esperemos que cuando descubran que lo que para ellos es natural y normal constituye una excepcional Arcadia feliz, se lancen al activismo y nos refuercen en número, en sangre fresca y en ideas.
Un millón de niños es todavía una cifra muy pobre, pese a la admiración de Tim. A estas alturas de la película, todas las escuelas y administraciones públicas españolas deberían haber seguido el camino de Extremadura y deberían haberlo seguido sin necesidad de un activismo incisivo y constante, simplemente por la lógica de servicio que debería motivar la acción de gobierno. Como esa lógica de servicio no existe, muchos miles de ciudadanos tenemos que liarnos la manta y echarnos al monte.
Pues ahí seguiremos y de ahí no bajaremos. Hasta lograrlo. Conviene no olvidar que, en las guerras asimétricas, casi siempre acaba ganando el pobre porque tiene las mejores armas: fe, entrega y entusiasmo. Basta, adicionalmente, con un poco de inteligencia para dejar el culo del enemigo como un bebedero de patos. Los tanques y los cheques del poderoso acaban sirviendo, como las bombas que tiran los fanfarrones, de artículos de peluquería.
Que las gaditanas vayan pidiendo hora.
Felices... fiestas
De la serie: «Correo ordinario»
Pasado este primer tramo de las Fiestas de la VISA, un día más largo en Catalunya, echo un vistazo con calma a la red y casi parece que el lector de feeds se haya dedicado a repetir veinte veces la misma entrada. Pero no: es que todo el mundo habla de lo mismo. Y lo mismo son dos temas: la abominación que prepara la LSSI y la falta de acuerdo entre las patronales y las entidades de recaudación de derechos económicos de autor para el asunto del dichoso canon, falta de acuerdo que pone la pelota en el tejado de los ministerios de Cultura (así le llaman, no es broma) y de Industria y no sé qué más. A modo de coro de vírgenes de fondo, los de ACAM se dedican a bramar burradas, como es su costumbre, pero eso casi está bien para echarle color a fiesta.
Lo del canon tiene una importancia relativa. Me explico: no es que no tenga importancia, lo que pasa es que esta es una guerra ya fuera del alcance de acuerdo alguno; no creo que nadie con dos dedos de frente pudiera esperar nada de un acuerdo entre las asimelecs y las $gaes diversas, salvo la ruptura de «Todos contra el canon», plataforma contra la que no he querido ser demasiado agresivo por un cierto sentido de disciplina asociativa (pertenezco a la Asociación de Internautas, que se ha volcado en esa suerte de agrupación temporal de empresas y entidades) pero de la que nunca me he fiado demasiado; lo siento, pero hay gente ahí -empezando por la propia ASIMELEC, la verdadera culpable del marrón que estamos viviendo desde julio del 2003- que hace que no se me vaya la idea del caballo de Troya. Y si nada cabía esperar de un acuerdo de cuya negociación los usuarios -los ciudadanos- estábamos excluidos... ¿qué decir de que todo el asunto quede en manos de dos ministerios? De dos ministerios sociatas, encima, regido uno por Dixie, más encima todavía, y otro por Clos, para acabarla de joder, el teatrodonante.
O sea que, por este lado, salvo por el lado de la anécdota, no hay novedad: la guerra sigue -y seguirá, interminable- y seguiremos rifándonos el puto canon comprando vía Internet, vía amigos viajeros, vía viajes propios, vía chinos o vía negritos de mercadillo. Seguiré -ahí ya no creo estar tan acompañado- sin comprar un puto disco, sin adquirir ni alquilar una puta película y sin poner pie en un puto cine. Pueden poner todos los cánones que quieran pero, si puedo puentearlo, no los recaudarán de mi dinero.
Lo otro es más grave por más imbécil y hablé de ello hace muy pocos días: la patá en la puerta digital. Francamente, no comprendo tanta estulticia: no podrán cerrar ni una sola página, ya que tan pronto lo hagan, ésta se irá a un servidor extranjero. Y el servidor extranjero no cerrará una mierda si no hay una orden judicial... que el Gobierno no conseguirá. No la conseguirá porque, mientras tanto, van a subir tantos recursos de amparo ante el Tribunal Constitucional que toda la prensa europea se va a preguntar qué está pasando aquí, en el país del buen rollito, de la transversalidad... ¡je! y de la alianza de civilizaciones. Si no consiguen aprovechar el nacimiento de un infantito o cosa parecida para cambiar la Constitución y pegárnosla en el cambio (con la borregancia generalizada que sufrimos, sería perfectamente posible que lo lograran) no llegará la sangre al río, aunque sí se escuchará -y fuerte- el fragor del combate. En todo este rollo, quien saldrá perdiendo -además del Gobierno, pero eso no tiene importancia- será, nuevamente, el sector tecnológico español, que perderá cuotas de mercado enormes, lo que supondrá la muerte irremediable de muchas empresas, irreversible para cuando la situación llegue a enderezarse; pero el sector también debe pringar su parte de culpa: que lloren como mujeres lo que no supieron defender como hombres y que se jodan.
El Gobierno está evidentemente agobiado. Los medios de comunicación convencionales ven sus cifras cayendo inexorablemente y su credibilidad desmoronándose, mientras en la red Zapatero y sus secuaces son víctimas de un acoso constante, incisivo y generalizado contra el que poco o nada pueden hacer desde sus tristes bitacorillas paraoficiales. Zap I El Anodino está pagando el precio de gobernar contra la ciudadanía, un precio que no estaba previsto en el contrato, y pagando también el precio de haber despreciado la red en vez de intentar conocerla y comprenderla. Ahora es tarde. Ahora ven, por ejemplo, que cosas que hace una cantidad ridícula de años -tres o cuatro- hubieran podido hacer impunemente, casi sin coste, les supone un desgaste creciente y alarmante, como, por ejemplo, el asunto del canon.
No pretendo decir, naturalmente, que el canon vaya a ser la tumba del zapatismo; para nada. Con el canon les pasa como cuando uno va a un bar, se pide una cervecita y un platito de aceitunas creyendo que le va a salir barato y le clavan 9 euros: la economía familiar no corre ningún peligro, pero se acusa indignado recibo del garrotazo. Y esas pequeñas facturas dolorosas van siendo ya muchas y la mayoría de ellas proceden de la red, precisamente porque la cervecita y las aceitunas que se toma el zapatismo son agresiones lacerantes contra los intereses de los ciudadanos.
Hay, además, otra circunstancia que, bien ponderada, es cierta pero que, exagerada, es un FUD como cualquier otro: la influencia de la blogosfera liberal. Es cierto que la derecha (la socionomía de la derecha, no sus políticos, que son igual de lerdos que los de la izquierda) ha sabido encontrar y utilizar sabiamente los recursos de Internet y de lo que se está dando en llamar Web 2.0 y que eso ha llevado a la existencia de anillos de bitácoras de esa extracción político-económica de cierta importancia, sobre los cuales reina omnímodamente, impartiendo doctrina y eslóganes, como una especie de dios Thor tonante y omnipotente, el odiadísimo «Libertad Digital», el medio de más éxito en Internet -y con mucho- dirigido por la bicha del zapatismo, Federico Jiménez Losantos que, encima, controla la información que emana de la COPE, la cadena episcopal, situándola en una línea inquebrantablemente ascendente en cuanto a audiencia. Bien, eso es verdad: existe esa blogosfera y tiene esa potencia que no es poca. Pero de ahí a lo que parece creer el Gobierno, es decir, que toda la blogosfera es de derechas, media la distancia que interpone un error craso y abultadísimo. Porque no es cierto. Existe también una blogosfera de izquierdas, no tan espectacular -al menos en apariencia- como la de derechas pero cierta, que está ahí; y existe también -no me atrevo a cuantificar su volumen, pero es importante- una blogosfera independiente, independiente no sólo de tal o cual partido sino independiente de ideas, verdaderamente librepensadora, que decimos (pido formularias disculpas por la primera persona, pero me incluyo orgulloso) lo que nos parece y nos importa tres cojones si va a disgustar a las izquierdas, a las derechas, a los nacionalismos periféricos o al nacionalismo centralista, a tirios o a troyanos, a moros o a cristianos. Si echáis un vistazo a los comentarios de esta bitácora veréis que, en determinados momentos -cada cual en el suyo- he sido aplaudido desde la derecha y desde la izquierda y, en otros determinados momentos -también cada cual en el suyo-, me han puesto como chupa de dómine gentes procedentes tanto de la derecha como desde la izquierda; cosa que me encanta: me preocupará, y mucho, el día que me aplaudan o me pongan verde desde un único sector.
El zapatismo no hace este análisis. Bien, yo diría que no hace ninguno. Simplemente se niega a admitir -y lo que es peor: a admitirse a sí mismo- que está siendo vapuleado desde todos los ámbitos, y que lo está siendo sencillamente porque en no pocos temas está gobernando contra la entera ciudadanía y ésta, sencillamente, se rebota cualquiera que sea su adscripción ideológica o su carencia de ella. Solamente llegará a convencerse de ello cuando vea, desde la oposición, cómo un PP en el poder recibirá idéntico vapuleo si obsequia a la ciudadanía con idéntica actitud (cosa que, por otra parte, es de temer); y quizá llegado ese momento, el PP vea, asombrado, como esa blogosfera liberal le muerde despiadadamente, por la misma razón que desde el sector izquierdista de la blogosfera se está atacando encarnizadamente a Zap y a su banda. Pero, de momento, en el Gobierno se cree que la blogosfera es estricta y exclusivamente de derechas y pretende armarse contra ella.
El error tremendo en el que incurrirán si la LISI se promulga tal como empecinadamente quieren, sostienen y no enmiendan, será mayúsculo y de consecuencias imprevisibles. Muy imprevisibles, salvo la ya enunciada de la ruina de muchísimas empresas españolas. Ya ocurrió con el sector de producción de soportes digitales vírgenes por causa del canon, pero parece que ni siquiera esa evidencia real, palpable, de lo que sucede cuando se hacen las cosas a lo burro, les va a convencer.
Adelante, pues. ¿Quieren otra guerra que no pueden ganar (la enésima)? Pues guerra, ya que es lo que quieren. Lo malo es que, como en todas las guerras, el ganador -en este caso la entera ciudadanía española- saldrá también escaldado por lo antedicho y deberá asumir su cuota de daño social en forma de paro, en forma de pérdida del PIB, en forma de recaudación fiscal, de cotización a la Seguridad Social y de vete a saber cuántos más quebrantos. Es lo que pasa cuando los lerdos, los ignorantes y los malvados acceden a cotas de poder con las que no debieran ni poder soñar.
Pero esa gente es todo lo que es capaz de dar la política española de hoy.
Pasado este primer tramo de las Fiestas de la VISA, un día más largo en Catalunya, echo un vistazo con calma a la red y casi parece que el lector de feeds se haya dedicado a repetir veinte veces la misma entrada. Pero no: es que todo el mundo habla de lo mismo. Y lo mismo son dos temas: la abominación que prepara la LSSI y la falta de acuerdo entre las patronales y las entidades de recaudación de derechos económicos de autor para el asunto del dichoso canon, falta de acuerdo que pone la pelota en el tejado de los ministerios de Cultura (así le llaman, no es broma) y de Industria y no sé qué más. A modo de coro de vírgenes de fondo, los de ACAM se dedican a bramar burradas, como es su costumbre, pero eso casi está bien para echarle color a fiesta.
Lo del canon tiene una importancia relativa. Me explico: no es que no tenga importancia, lo que pasa es que esta es una guerra ya fuera del alcance de acuerdo alguno; no creo que nadie con dos dedos de frente pudiera esperar nada de un acuerdo entre las asimelecs y las $gaes diversas, salvo la ruptura de «Todos contra el canon», plataforma contra la que no he querido ser demasiado agresivo por un cierto sentido de disciplina asociativa (pertenezco a la Asociación de Internautas, que se ha volcado en esa suerte de agrupación temporal de empresas y entidades) pero de la que nunca me he fiado demasiado; lo siento, pero hay gente ahí -empezando por la propia ASIMELEC, la verdadera culpable del marrón que estamos viviendo desde julio del 2003- que hace que no se me vaya la idea del caballo de Troya. Y si nada cabía esperar de un acuerdo de cuya negociación los usuarios -los ciudadanos- estábamos excluidos... ¿qué decir de que todo el asunto quede en manos de dos ministerios? De dos ministerios sociatas, encima, regido uno por Dixie, más encima todavía, y otro por Clos, para acabarla de joder, el teatrodonante.
O sea que, por este lado, salvo por el lado de la anécdota, no hay novedad: la guerra sigue -y seguirá, interminable- y seguiremos rifándonos el puto canon comprando vía Internet, vía amigos viajeros, vía viajes propios, vía chinos o vía negritos de mercadillo. Seguiré -ahí ya no creo estar tan acompañado- sin comprar un puto disco, sin adquirir ni alquilar una puta película y sin poner pie en un puto cine. Pueden poner todos los cánones que quieran pero, si puedo puentearlo, no los recaudarán de mi dinero.
Lo otro es más grave por más imbécil y hablé de ello hace muy pocos días: la patá en la puerta digital. Francamente, no comprendo tanta estulticia: no podrán cerrar ni una sola página, ya que tan pronto lo hagan, ésta se irá a un servidor extranjero. Y el servidor extranjero no cerrará una mierda si no hay una orden judicial... que el Gobierno no conseguirá. No la conseguirá porque, mientras tanto, van a subir tantos recursos de amparo ante el Tribunal Constitucional que toda la prensa europea se va a preguntar qué está pasando aquí, en el país del buen rollito, de la transversalidad... ¡je! y de la alianza de civilizaciones. Si no consiguen aprovechar el nacimiento de un infantito o cosa parecida para cambiar la Constitución y pegárnosla en el cambio (con la borregancia generalizada que sufrimos, sería perfectamente posible que lo lograran) no llegará la sangre al río, aunque sí se escuchará -y fuerte- el fragor del combate. En todo este rollo, quien saldrá perdiendo -además del Gobierno, pero eso no tiene importancia- será, nuevamente, el sector tecnológico español, que perderá cuotas de mercado enormes, lo que supondrá la muerte irremediable de muchas empresas, irreversible para cuando la situación llegue a enderezarse; pero el sector también debe pringar su parte de culpa: que lloren como mujeres lo que no supieron defender como hombres y que se jodan.
El Gobierno está evidentemente agobiado. Los medios de comunicación convencionales ven sus cifras cayendo inexorablemente y su credibilidad desmoronándose, mientras en la red Zapatero y sus secuaces son víctimas de un acoso constante, incisivo y generalizado contra el que poco o nada pueden hacer desde sus tristes bitacorillas paraoficiales. Zap I El Anodino está pagando el precio de gobernar contra la ciudadanía, un precio que no estaba previsto en el contrato, y pagando también el precio de haber despreciado la red en vez de intentar conocerla y comprenderla. Ahora es tarde. Ahora ven, por ejemplo, que cosas que hace una cantidad ridícula de años -tres o cuatro- hubieran podido hacer impunemente, casi sin coste, les supone un desgaste creciente y alarmante, como, por ejemplo, el asunto del canon.
No pretendo decir, naturalmente, que el canon vaya a ser la tumba del zapatismo; para nada. Con el canon les pasa como cuando uno va a un bar, se pide una cervecita y un platito de aceitunas creyendo que le va a salir barato y le clavan 9 euros: la economía familiar no corre ningún peligro, pero se acusa indignado recibo del garrotazo. Y esas pequeñas facturas dolorosas van siendo ya muchas y la mayoría de ellas proceden de la red, precisamente porque la cervecita y las aceitunas que se toma el zapatismo son agresiones lacerantes contra los intereses de los ciudadanos.
Hay, además, otra circunstancia que, bien ponderada, es cierta pero que, exagerada, es un FUD como cualquier otro: la influencia de la blogosfera liberal. Es cierto que la derecha (la socionomía de la derecha, no sus políticos, que son igual de lerdos que los de la izquierda) ha sabido encontrar y utilizar sabiamente los recursos de Internet y de lo que se está dando en llamar Web 2.0 y que eso ha llevado a la existencia de anillos de bitácoras de esa extracción político-económica de cierta importancia, sobre los cuales reina omnímodamente, impartiendo doctrina y eslóganes, como una especie de dios Thor tonante y omnipotente, el odiadísimo «Libertad Digital», el medio de más éxito en Internet -y con mucho- dirigido por la bicha del zapatismo, Federico Jiménez Losantos que, encima, controla la información que emana de la COPE, la cadena episcopal, situándola en una línea inquebrantablemente ascendente en cuanto a audiencia. Bien, eso es verdad: existe esa blogosfera y tiene esa potencia que no es poca. Pero de ahí a lo que parece creer el Gobierno, es decir, que toda la blogosfera es de derechas, media la distancia que interpone un error craso y abultadísimo. Porque no es cierto. Existe también una blogosfera de izquierdas, no tan espectacular -al menos en apariencia- como la de derechas pero cierta, que está ahí; y existe también -no me atrevo a cuantificar su volumen, pero es importante- una blogosfera independiente, independiente no sólo de tal o cual partido sino independiente de ideas, verdaderamente librepensadora, que decimos (pido formularias disculpas por la primera persona, pero me incluyo orgulloso) lo que nos parece y nos importa tres cojones si va a disgustar a las izquierdas, a las derechas, a los nacionalismos periféricos o al nacionalismo centralista, a tirios o a troyanos, a moros o a cristianos. Si echáis un vistazo a los comentarios de esta bitácora veréis que, en determinados momentos -cada cual en el suyo- he sido aplaudido desde la derecha y desde la izquierda y, en otros determinados momentos -también cada cual en el suyo-, me han puesto como chupa de dómine gentes procedentes tanto de la derecha como desde la izquierda; cosa que me encanta: me preocupará, y mucho, el día que me aplaudan o me pongan verde desde un único sector.
El zapatismo no hace este análisis. Bien, yo diría que no hace ninguno. Simplemente se niega a admitir -y lo que es peor: a admitirse a sí mismo- que está siendo vapuleado desde todos los ámbitos, y que lo está siendo sencillamente porque en no pocos temas está gobernando contra la entera ciudadanía y ésta, sencillamente, se rebota cualquiera que sea su adscripción ideológica o su carencia de ella. Solamente llegará a convencerse de ello cuando vea, desde la oposición, cómo un PP en el poder recibirá idéntico vapuleo si obsequia a la ciudadanía con idéntica actitud (cosa que, por otra parte, es de temer); y quizá llegado ese momento, el PP vea, asombrado, como esa blogosfera liberal le muerde despiadadamente, por la misma razón que desde el sector izquierdista de la blogosfera se está atacando encarnizadamente a Zap y a su banda. Pero, de momento, en el Gobierno se cree que la blogosfera es estricta y exclusivamente de derechas y pretende armarse contra ella.
El error tremendo en el que incurrirán si la LISI se promulga tal como empecinadamente quieren, sostienen y no enmiendan, será mayúsculo y de consecuencias imprevisibles. Muy imprevisibles, salvo la ya enunciada de la ruina de muchísimas empresas españolas. Ya ocurrió con el sector de producción de soportes digitales vírgenes por causa del canon, pero parece que ni siquiera esa evidencia real, palpable, de lo que sucede cuando se hacen las cosas a lo burro, les va a convencer.
Adelante, pues. ¿Quieren otra guerra que no pueden ganar (la enésima)? Pues guerra, ya que es lo que quieren. Lo malo es que, como en todas las guerras, el ganador -en este caso la entera ciudadanía española- saldrá también escaldado por lo antedicho y deberá asumir su cuota de daño social en forma de paro, en forma de pérdida del PIB, en forma de recaudación fiscal, de cotización a la Seguridad Social y de vete a saber cuántos más quebrantos. Es lo que pasa cuando los lerdos, los ignorantes y los malvados acceden a cotas de poder con las que no debieran ni poder soñar.
Pero esa gente es todo lo que es capaz de dar la política española de hoy.
sábado, 23 de diciembre de 2006
Sopa boba plumífera
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Via Ignacio Escolar llego a una noticia de Terra llego a la noticia de que el Colegio de Periodistas de Catalunya monta su particular entidad de gestión de derechos económicos de autor para recaudar su parte del pastel, parte que les otorga la actual LPI al cerrar el uso libre de la prensa mediante el llamado clipping, es decir, los resúmenes de prensa para empresas, entidades e instituciones realizados por empresas especializadas. La tal entidad de gestión recaudaría por este particular, pero también, según la noticia de Terra, por otros conceptos que ya beneficiaban tradicionalmente a otras bandas de similar caletre: tóner, fotocopiadoras, escáneres y cualquier otro material idóneo para almacenar o reproducir noticias periodísticas.
Por un lado, el asunto me hace cierta gracia: vivir de la sopa boba es algo contagioso y era previsible que, en la medida en que esa porquería de Ley abriera puertas a los vividores, éstos iban a entrar en masa en el invento. De modo que serán más a repartir o sea, obviamente, que tocarán a menos. No es la primera vez que vemos a esas casas de canonicinio pelearse entre ellas por el reparto del botín y parece predecible que podremos gozar próxima y nuevamente con el espectáculo de esa peña desollándose unos a otros. Peor, en todo caso, para los periodistas, como anticipa Escolar en su breve apunte. Ya sabremos a qué atenernos cuando hablen del canon.
Por el otro, la cosa no es tan graciosa. Como se veía venir, la LPI ha desencadenado un movimiento apropiacionsta desbordado. Ahora, por ejemplo, se diría que los periodistas son dueños hasta de los acontecimientos sólo por el hecho de narrarlos en sus noticias. Vergonzoso.
Precisamente cuando también nos llega la noticia de que, vencido el término que marca la ley, las partes discutientes de las tarifas del canon ignominioso (entre las cuales, recordemos, sólo están las empresas productoras de medios y las entidades de la sopa boba, pero no los ciudadanos) no han llegado a un acuerdo. Así, en principio, parecería que la pelota está en el tejado de los Ministerio -digo parecería porque parece que va a hacerse un ulterior intento de negociación en enero- y ya sabemos lo que podemos esperar de los ministerios de Dixie y ¡hombre! del ilustrísimo Clos, el hombre que regaló a la $GAE el local barcelonés que fue el viejo Studio54. Crudo lo tenemos: nuestros euros seguirán escapándose a Andorra, a los chinos (hasta que les metan mano de verdad) a los negritos de los mercadillos y a las empresas -extranjeras- de venta por Internet. ASIMELEC seguirá teniendo motivos para llorar amargamente lo que, en definitiva no sucedió sino por su culpa, por la muy cierta culpa (no exenta de un importante dolo) de intentar quitarse de encima marrones judiciales cargando la factura a los ciudadanos, creyendo que éstos íbamos a picar.
Pues no será con mi dinero, si puedo evitarlo.
Via Ignacio Escolar llego a una noticia de Terra llego a la noticia de que el Colegio de Periodistas de Catalunya monta su particular entidad de gestión de derechos económicos de autor para recaudar su parte del pastel, parte que les otorga la actual LPI al cerrar el uso libre de la prensa mediante el llamado clipping, es decir, los resúmenes de prensa para empresas, entidades e instituciones realizados por empresas especializadas. La tal entidad de gestión recaudaría por este particular, pero también, según la noticia de Terra, por otros conceptos que ya beneficiaban tradicionalmente a otras bandas de similar caletre: tóner, fotocopiadoras, escáneres y cualquier otro material idóneo para almacenar o reproducir noticias periodísticas.
Por un lado, el asunto me hace cierta gracia: vivir de la sopa boba es algo contagioso y era previsible que, en la medida en que esa porquería de Ley abriera puertas a los vividores, éstos iban a entrar en masa en el invento. De modo que serán más a repartir o sea, obviamente, que tocarán a menos. No es la primera vez que vemos a esas casas de canonicinio pelearse entre ellas por el reparto del botín y parece predecible que podremos gozar próxima y nuevamente con el espectáculo de esa peña desollándose unos a otros. Peor, en todo caso, para los periodistas, como anticipa Escolar en su breve apunte. Ya sabremos a qué atenernos cuando hablen del canon.
Por el otro, la cosa no es tan graciosa. Como se veía venir, la LPI ha desencadenado un movimiento apropiacionsta desbordado. Ahora, por ejemplo, se diría que los periodistas son dueños hasta de los acontecimientos sólo por el hecho de narrarlos en sus noticias. Vergonzoso.
Precisamente cuando también nos llega la noticia de que, vencido el término que marca la ley, las partes discutientes de las tarifas del canon ignominioso (entre las cuales, recordemos, sólo están las empresas productoras de medios y las entidades de la sopa boba, pero no los ciudadanos) no han llegado a un acuerdo. Así, en principio, parecería que la pelota está en el tejado de los Ministerio -digo parecería porque parece que va a hacerse un ulterior intento de negociación en enero- y ya sabemos lo que podemos esperar de los ministerios de Dixie y ¡hombre! del ilustrísimo Clos, el hombre que regaló a la $GAE el local barcelonés que fue el viejo Studio54. Crudo lo tenemos: nuestros euros seguirán escapándose a Andorra, a los chinos (hasta que les metan mano de verdad) a los negritos de los mercadillos y a las empresas -extranjeras- de venta por Internet. ASIMELEC seguirá teniendo motivos para llorar amargamente lo que, en definitiva no sucedió sino por su culpa, por la muy cierta culpa (no exenta de un importante dolo) de intentar quitarse de encima marrones judiciales cargando la factura a los ciudadanos, creyendo que éstos íbamos a picar.
Pues no será con mi dinero, si puedo evitarlo.
Cupo infame
De la serie: «Pequeños bocaditos»
En esta tranquila mañana de sábado, tranquila como si fuera la siniestra calma que precede a la tempestad inminente de las fiestas de la VISA, le da a uno por leer el periódico. Nadie es perfecto, oye... Y en él leo que el cupo de inmigrantes para 2007 va a ser de 27.034, unos diez mil más de los del año anterior. ¿Alguien se ha vuelto imbécil o ya lo era de nacimiento?
Hace unas semanas, escuché por la tele una entrevista que le hicieron a uno de los escasísimos políticos decentes de este país (quizá por eso es ex-político), aquel añorado ministro Pimentel, que decía que esa política restrictiva en materia de inmigración legal no conduce a otra cosa que a la creación de enormes bolsas de inmigración ilegal, que estando claro que en los próximos años se van a necesitar cerca de cuatro millones de inmigrantes, la política de los cupos en cuentagotas es un suicidio social porque, evidentemente, las pateras no van a dejar de venir.
Lo que aquí está sucediendo es que hay un cierto sector empresarial que ha descubierto una nueva gallina de los huevos de oro: primero fueron los inmigrantes procedentes de naciones deprimidísimas que aceptaban trabajos durísimos por dos pesetas; después, cuando la situación se hizo escandalosa y al inmigrante hubo que contratarlo en condiciones decentes, se inventó un nuevo tinglado especulativo: el sin papeles, como mano de obra semi esclava (o esclava del todo).
Los políticos ejercen su función a tope: mirar hacia otro lado. Y hacernos mirar a nosotros también en dirección equivocada: nos angustian con el drama humano las pateras y los cayucos que, transportando inmigrantes por decenas, apenas suponen unos pocos miles al año; apenas gotas en el mar de los sin papeles. Pero, mientras tanto, el coladero, el chorro grueso de carne de cañón especulativa entra por los aeropuertos y por la frontera francesa. Así que a nosotros nos atormentan con el rollo paranoico de las tijeritas del neceser o de los líquidos tasados y en bolsa de plástico y los inmigrantes ilegales, provistos de visados turísticos entran por aviones enteros procedentes de naciones que habrían de ser estadísticamente -y no lo son, qué casualidad- los primeros clientes de nuestra industria turística: Ecuador, Perú, Colombia... Y mientras civiles y mossos nos amargan la vida y el carnet por puntos a radarazo limpio, por las fronteras de los Pirineos (especialmente La Jonquera) nos vienen de los países del este europeo -y a diario- ingentes cantidades de autocares abarrotados de ex-combatientes sin otro oficio, de esclavas engañadas y metidas a putas a la fuerza y, por supuesto, también gente normal, trabajadora y honrada, que entra con una cuantiosa deuda pendiente a mil mafias y va a tener que buscarse la vida en lo que sea y como sea. Eso aparte, tenemos el escándalo de los asiáticos -esencialmente chinos- cuyos enjuagues con la documentación generan hasta chistes negros. O de musulmanes que parece que siguen una extraña ruta turca hasta llegar aquí.
Cruzan media Europa -o Europa entera-, pero, tras pasar de largo por países más desarrollados y con mayores oportunidades, su destino final es España. ¿Por qué? La respuesta es obvia: el país del apaño, el paraíso de los sinvergüenzas, el palacio de los especuladores, el campo abonado de los políticos venales... un patio de Monipodio, en definitiva, de medio millón de kilómetros cuadrados. Una juerga, vaya.
Qué triste... y qué merecido.
En esta tranquila mañana de sábado, tranquila como si fuera la siniestra calma que precede a la tempestad inminente de las fiestas de la VISA, le da a uno por leer el periódico. Nadie es perfecto, oye... Y en él leo que el cupo de inmigrantes para 2007 va a ser de 27.034, unos diez mil más de los del año anterior. ¿Alguien se ha vuelto imbécil o ya lo era de nacimiento?
Hace unas semanas, escuché por la tele una entrevista que le hicieron a uno de los escasísimos políticos decentes de este país (quizá por eso es ex-político), aquel añorado ministro Pimentel, que decía que esa política restrictiva en materia de inmigración legal no conduce a otra cosa que a la creación de enormes bolsas de inmigración ilegal, que estando claro que en los próximos años se van a necesitar cerca de cuatro millones de inmigrantes, la política de los cupos en cuentagotas es un suicidio social porque, evidentemente, las pateras no van a dejar de venir.
Lo que aquí está sucediendo es que hay un cierto sector empresarial que ha descubierto una nueva gallina de los huevos de oro: primero fueron los inmigrantes procedentes de naciones deprimidísimas que aceptaban trabajos durísimos por dos pesetas; después, cuando la situación se hizo escandalosa y al inmigrante hubo que contratarlo en condiciones decentes, se inventó un nuevo tinglado especulativo: el sin papeles, como mano de obra semi esclava (o esclava del todo).
Los políticos ejercen su función a tope: mirar hacia otro lado. Y hacernos mirar a nosotros también en dirección equivocada: nos angustian con el drama humano las pateras y los cayucos que, transportando inmigrantes por decenas, apenas suponen unos pocos miles al año; apenas gotas en el mar de los sin papeles. Pero, mientras tanto, el coladero, el chorro grueso de carne de cañón especulativa entra por los aeropuertos y por la frontera francesa. Así que a nosotros nos atormentan con el rollo paranoico de las tijeritas del neceser o de los líquidos tasados y en bolsa de plástico y los inmigrantes ilegales, provistos de visados turísticos entran por aviones enteros procedentes de naciones que habrían de ser estadísticamente -y no lo son, qué casualidad- los primeros clientes de nuestra industria turística: Ecuador, Perú, Colombia... Y mientras civiles y mossos nos amargan la vida y el carnet por puntos a radarazo limpio, por las fronteras de los Pirineos (especialmente La Jonquera) nos vienen de los países del este europeo -y a diario- ingentes cantidades de autocares abarrotados de ex-combatientes sin otro oficio, de esclavas engañadas y metidas a putas a la fuerza y, por supuesto, también gente normal, trabajadora y honrada, que entra con una cuantiosa deuda pendiente a mil mafias y va a tener que buscarse la vida en lo que sea y como sea. Eso aparte, tenemos el escándalo de los asiáticos -esencialmente chinos- cuyos enjuagues con la documentación generan hasta chistes negros. O de musulmanes que parece que siguen una extraña ruta turca hasta llegar aquí.
Cruzan media Europa -o Europa entera-, pero, tras pasar de largo por países más desarrollados y con mayores oportunidades, su destino final es España. ¿Por qué? La respuesta es obvia: el país del apaño, el paraíso de los sinvergüenzas, el palacio de los especuladores, el campo abonado de los políticos venales... un patio de Monipodio, en definitiva, de medio millón de kilómetros cuadrados. Una juerga, vaya.
Qué triste... y qué merecido.
jueves, 21 de diciembre de 2006
Rimas en verso negro
De la serie: «Los jueves, paella»
Un teniente de la escala de reserva
con la polla abría latas de conserva
y un sargento de un Tabor de regulares
con la picha hacía juegos malabares.
El capitán de la misma compañia
por más que lo intentaba no podía.
Moraleja: en materia de cojones
la milicia no admite graduaciones.
Este, ejem, poemita -probablemente una canción pornilla tan habitual en nuestras guaguas de la época del subdesarrollo (a cuyo retorno estamos tan próximos)- lo vi por primera vez recogido en el impagable «Diccionario secreto» de Camilo José Cela. No lo traigo aquí a colación de su calidad literaria, que no la tiene, ni siquiera de su tosca gracia, porque si bien uno puede forzar el cacumen hasta lograr hacerse con la imagen de un individuo haciendo juegos malabares con la picha, mi imaginario no alcanza a resolver el problema de ingeniería aplicada que plantea la posibilidad teórica de que un tío abra una lata de conserva con la polla. Lo traigo aquí como una muestra gruesa de que, efectivamente, en ciertas materias, ni la milicia ni la vida misma admiten graduaciones.
Esa es la razón que hace posible que un perfecto analfabeto tecnológico -ergo funcional- reciba el premio Cervantes, tal es el caso del piernas este, Antonio Gamoneda, asturiano, según parece -para mi mayor inri-, ya se dice que en todas partes ha de haber de todo.
A mí, en general, no me gusta la literatura. Leo mucho, pero poca narrativa: no suelo tener interés en los fantasmas personales y más o menos psiquiátricos de los plumíferos ad usum; o sea que lo justo -justito- de una persona con unos mínimos culturales: unos pocos clásicos de todas las épocas, las típicas lecturas juveniles de Verne, de Marryat y de Salgari, y algunas cositas un poquito elaboradas de lo contemporáneo, pero muy poquita cosa, ya digo, los mínimos. No tengo en cuenta, por supuesto, los best seller que, una vez abandonado el tabaco, ayudan a un buen cagar en domingos, festivos y temporadas vacacionales. Pero sobre lo poco que me gusta la literatura -entendida, así por omisión, como prosa-, la poesía no la aguanto si exceptuamos a Quevedo, al malogrado conde de Villamediana, a cuyo laico patronazgo se acoge esta bitácora, y a Muñoz Seca. Este asunto de expresar sentimientos a base de métrica y de rima, que parece que haya que escribir en una hoja de cálculo, lo veo más artificial que una locomotora y mucho menos elegante.
Así las cosas, no sorprenderá que yo no conociera al pájaro este con montera cuya primera noticia concreta sobre el cual me viene dada por su petición de que la red sea controlada férreamente. Como bien dice mícer Dans, tamaña estupidez no merece sino un envío a hacer puñetas, sin mayores dramas.
Estas cosas las hace la edad. Habrían de dar el Cervantes a gente menos polvorienta. Igual hasta nos interesaríamos y todo.
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Corcuera me caía bien, soy así de raro... Era un individuo primario, de aquellos a los que te imaginas bajándose del coche oficial en una discusión de tráfico y diciéndole al otro -el conductor de un «Audi», pongamos por caso-: «¡A que no te bajas del coche, pijo de mierda, que te parto el careto de dos hostias..!». Hasta tenía la cara, sí: no sé cómo lo habrán tratado los años, pero lo recuerdo con una cara de bruto que no se podía aguantar; sin embargo, al mismo tiempo tenía aquel aire angelical, aquel efluvio de bonhomía, aquel aroma de santa inocencia que sólo puede conferir la ignorancia fundamental, virginal, químicamente pura de todo lo que parezca un alfabeto.
Cuando Corcuera salió con su ley de la patá en la puerta se le echó todo el país a la yugular y a mí me dio pena. Veía aquellos ojillos brillando de sincero asombro e incomprensión porque él -estoy íntimamente convencido de ello- no quería honradamente sino quitarnos de encima a la mafia narcotraficante que tanto daño nos hacía y para ello, nada de mariconás ¿a qué complicarnos la vida? tanto rollo con el fas del juez autorizando la entrada en domicilio y, en el ínterin, a los guindillas les vuela el pájaro. Nada hombre: patá en la puerta y adentro, trincamos a los narcotas y mientras les leen la cosa esta... ¿cómo se llama?... ¡ah, sí: los derechos! el fas del juez ya habrá llegado. Y es que Corcuera era así de sencillo y de noblote el chico; él lo hacía de buena fe. Únicamente no cayó en la cuenta de que hay otros mucho más leídos que con una ley Corcuera como esa sí que hubieran hecho juegos malabares con la picha y con lo que no es la picha: ahí tienes, Luisito, hijo, a tu antecesor, que sin necesidad de ley de patá en la puerta hay que ver la que armó.
Pero ya lo ves: José Luis Corcuera, El Chispas, que le llamaban con ánimo de ofender desde su propio partido (era electricista y no universitario y su cargo era una injuria para mucho inútil con licenciatura), el primario, el bruto, mira por dónde, hizo escuela en sectores mucho más refinados de la jet sociata y ahora resulta que su patá en la puerta vuelve a estar en boga, sólo que, como esta vez los autores de la trapazada sí son universitarios, nada de brutalidad material: solamente conceptual. Así que ahora la patá será digital y por eso el anteproyecto de LISI (Ley de medidas de impulso de la sociedad de la información, es que manda narices) establece, entre otras monadas, que las páginas web podrán ser cerradas por órgano competente y, encima, responsabiliza a los proveedores y motores de búsqueda de los contenidos que alberguen bajo su dirección, autoridad y control, o sea, bitácoras, por ejemplo, o enlaces a otras páginas. Es de locos.
De locos y de analfabetos porque la Constitución para otras cosas no, pero para esta está más clara que el agua, apenas hace falta interpretación:
Artículo 20
1. Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
[...]
2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.
[...]
3. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial
O sea: hablar de que las webs podrán ser cerradas por órgano competente, bien entendiendo que éste no puede ser sino judicial, es una estupidez por redundancia; ya lo dice la Constitución y ello, por tanto, no tiene por qué ser refrendado por ley alguna de rango inferior. Si lo que se pretende es que el órgano no sea judicial, el choque contra lo expresa e indudablemente mandado por la Constitución es tan evidente, tan de cajón, tan axiomático, que habrá que preguntarse con qué tipo de culo pensaron esta norma los botarates de sus redactores y quienes, empecinadamente, aún la sostienen así en el anteproyecto. De burros. Es que no tiene otra palabra. Y todos estos cerebritos académicos se reían de Corcuera, hay que joderse...
Los padres de la Constitución se dedicaron con aquella alegría predemocrática a la construcción de una libertad de expresión maravillosa pero de cartón piedra: lo que hicieron, en realidad, fue cubrir sus intereses mediáticos presentes y futuros, a perfectas sabiendas de que, faltos de medios, los ciudadanos jamás podríamos ejercer efectivamente esa libertad. Pero vino Internet y el cartón piedra se hizo carne y espíritu; y se levantó para atizarles en su sucia jeta. Ahora no saben cómo hacerlo para volverse a apropiar en exclusiva de un valor tan importante que a cada día que pasa amenaza con más vigor su medro y que, por primera vez en la Historia, ha dado, de verdad, la voz a los ciudadanos.
Para los políticos, ya es demasiado tarde. Por más tonterías que hagan.
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Ayer estuve viendo la gala de las 50 imágenes de TVE más votadas por el público (sin notario que lo certifique, qué alergia les tienen todas las cadenas a los notarios desde que las audiencias privan tanto). Por otra parte, a cualquier cosa llaman gala: un Hermida ya muy crepuscular -ni sombra de lo que fue- y un centenar de figuritas, figuretas o figurones que se dedicaron a dar las buenas noches y poco más.
Por lo demás, una cosa muy anodina y muy distinta a lo que hubiera podido o debido ser. Me parece muy bien la muerte de Franco, de Carrero o el 23-F: son imágenes propias de TVE. Lo del chinito frente al tanque ya no sé a cuento de qué viene (siempre en el estricto contexto TVE). En fin, ya se dice que para gustos los colores. Y, curiosamente, sí que encontré acertada y obvia la imagen presuntamente más votada, la number one: el conjunto de las que se sucedieron con ocasión de la muerte de Miguel Ángel Blanco, aquellas cuarenta y ocho horas que precedieron a un asesinato repugnante escenificado casi como una ejecución a la americana, aunque imagino que ya le hubiera gustado a Miguel Ángel, de perdidos al río, ser acompañado en sus últimos momentos por la hermana Helen Préjean. Ni eso tuvo y fue abatido a la soviética. Así de finos son los angelitos tan caros a Otegui.
No es la primera vez que dio que la negociación con ETA no es más que la negociación de condiciones para una rendición (que ETA quiere disfrazar de armisticio). Porque en realidad, ETA ha sido derrotada: derrotada por la ciudadanía, derrotada por todos los gobiernos españoles y por todos los partidos políticos actuando a una (bueno, hasta hace unos meses), derrotada por el sacrificio de un millar de ciudadanos, derrotada por unas fuerzas policiales que no han cejado en su empeño y en una eficacia creciente, y derrotada, en fin, por la propia inanidad de sus objetivos, asfixiados cada vez más en un mundo globalizado y en una Europa al alza.
Pero si hubiera que ponerle nombre a la derrota de ETA, un solo (injusto en esa soledad, desde luego) y significativo nombre, yo no vacilaría: Miguel Ángel Blanco. Su asesinato supuso un punto de inflexión que cambiaría muchas cosas: a partir de ese horror, la ciudadanía vasca venció su mido y su parálisis y desde ese momento, la caída de ETA -ya franca e irreversible- se tornó desplome.
Me hubiera gustado que TVE hubiera elegido como imágenes significativas dentro del ámbito del asesinato de Miguel Ángel unas muy especiales que a mí me impactaron mucho: las de masas de ciudadanos vascos dispuestos a asaltar sedes de Batasuna (en Pamplona creo que llegaron a hacerlo, más allá del simple intento) y los ertzainas que las acordonaban quitándose los pasamontañas, quedando a cara descubierta y aplaudidos a rabiar por esa multitud. Esa imagen sí que fue muy representativa de lo que iba a vernir después: ese quitarse el pasamontañas como símbolo del fin del miedo. Me importáis tres cojones, so cabrones: aquí tenéis mi cara.
ETA siguió asesinando pero ya no consiguió recuperar el control de la sociedad vasca a través del miedo. El terrorismo, como tal, en sí mismo, había fracasado: habían apretado tanto la tuerca que la pasaron de rosca.. Sólo les quedaba tomarse el tiempo necesario para irse convenciendo de que todo había acabado ya y, una vez convencidas las cúpulas, pedirle árnica al Gobierno español e intentar salvar los muebles de una honra tan simplemente aparente como imposible.
Sí, solamente por esas escenas valió la pena aguantar toda la plasta.
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Último jueves de este otoño tardíamente fresco que nos ha tenido prácticamente en manga corta casi hasta la Inmaculada. Salvo, claro está, a los merluzos que en vez de mirar el termómetro miran el calendario y para el Pilar ya se forran con el abrigo de pieles así rabie el mediodía a 28 grados.
El próximo jueves será 28 de diciembre y anticipo a mis lectores que no esperen inocentada. La hice el año pasado -y la hice con placer- pero este año (y ya me parece que los sucesivos) estoy harto de pachangas pseudonavideñas para alegría de las grandes superficies y desprovistas ya de todo significado a beneficio de quienes no tienen la menor razón ideológica para celebrar estas fechas y de la [anti]estética de ese maldito botijo con barretina inventado por la puta cola.
También será el último jueves del año y ese día veremos si eso llega a tener -al menos a los efectos de «El Incordio» y de esta paella- alguna trascendencia.
Que mañana vaya bien. O que haya salud, que es lo único que racionalmente cabrá esperar y desear. Sobre todo, después del sorteo.
Un teniente de la escala de reserva
con la polla abría latas de conserva
y un sargento de un Tabor de regulares
con la picha hacía juegos malabares.
El capitán de la misma compañia
por más que lo intentaba no podía.
Moraleja: en materia de cojones
la milicia no admite graduaciones.
Este, ejem, poemita -probablemente una canción pornilla tan habitual en nuestras guaguas de la época del subdesarrollo (a cuyo retorno estamos tan próximos)- lo vi por primera vez recogido en el impagable «Diccionario secreto» de Camilo José Cela. No lo traigo aquí a colación de su calidad literaria, que no la tiene, ni siquiera de su tosca gracia, porque si bien uno puede forzar el cacumen hasta lograr hacerse con la imagen de un individuo haciendo juegos malabares con la picha, mi imaginario no alcanza a resolver el problema de ingeniería aplicada que plantea la posibilidad teórica de que un tío abra una lata de conserva con la polla. Lo traigo aquí como una muestra gruesa de que, efectivamente, en ciertas materias, ni la milicia ni la vida misma admiten graduaciones.
Esa es la razón que hace posible que un perfecto analfabeto tecnológico -ergo funcional- reciba el premio Cervantes, tal es el caso del piernas este, Antonio Gamoneda, asturiano, según parece -para mi mayor inri-, ya se dice que en todas partes ha de haber de todo.
A mí, en general, no me gusta la literatura. Leo mucho, pero poca narrativa: no suelo tener interés en los fantasmas personales y más o menos psiquiátricos de los plumíferos ad usum; o sea que lo justo -justito- de una persona con unos mínimos culturales: unos pocos clásicos de todas las épocas, las típicas lecturas juveniles de Verne, de Marryat y de Salgari, y algunas cositas un poquito elaboradas de lo contemporáneo, pero muy poquita cosa, ya digo, los mínimos. No tengo en cuenta, por supuesto, los best seller que, una vez abandonado el tabaco, ayudan a un buen cagar en domingos, festivos y temporadas vacacionales. Pero sobre lo poco que me gusta la literatura -entendida, así por omisión, como prosa-, la poesía no la aguanto si exceptuamos a Quevedo, al malogrado conde de Villamediana, a cuyo laico patronazgo se acoge esta bitácora, y a Muñoz Seca. Este asunto de expresar sentimientos a base de métrica y de rima, que parece que haya que escribir en una hoja de cálculo, lo veo más artificial que una locomotora y mucho menos elegante.
Así las cosas, no sorprenderá que yo no conociera al pájaro este con montera cuya primera noticia concreta sobre el cual me viene dada por su petición de que la red sea controlada férreamente. Como bien dice mícer Dans, tamaña estupidez no merece sino un envío a hacer puñetas, sin mayores dramas.
Estas cosas las hace la edad. Habrían de dar el Cervantes a gente menos polvorienta. Igual hasta nos interesaríamos y todo.
Corcuera me caía bien, soy así de raro... Era un individuo primario, de aquellos a los que te imaginas bajándose del coche oficial en una discusión de tráfico y diciéndole al otro -el conductor de un «Audi», pongamos por caso-: «¡A que no te bajas del coche, pijo de mierda, que te parto el careto de dos hostias..!». Hasta tenía la cara, sí: no sé cómo lo habrán tratado los años, pero lo recuerdo con una cara de bruto que no se podía aguantar; sin embargo, al mismo tiempo tenía aquel aire angelical, aquel efluvio de bonhomía, aquel aroma de santa inocencia que sólo puede conferir la ignorancia fundamental, virginal, químicamente pura de todo lo que parezca un alfabeto.
Cuando Corcuera salió con su ley de la patá en la puerta se le echó todo el país a la yugular y a mí me dio pena. Veía aquellos ojillos brillando de sincero asombro e incomprensión porque él -estoy íntimamente convencido de ello- no quería honradamente sino quitarnos de encima a la mafia narcotraficante que tanto daño nos hacía y para ello, nada de mariconás ¿a qué complicarnos la vida? tanto rollo con el fas del juez autorizando la entrada en domicilio y, en el ínterin, a los guindillas les vuela el pájaro. Nada hombre: patá en la puerta y adentro, trincamos a los narcotas y mientras les leen la cosa esta... ¿cómo se llama?... ¡ah, sí: los derechos! el fas del juez ya habrá llegado. Y es que Corcuera era así de sencillo y de noblote el chico; él lo hacía de buena fe. Únicamente no cayó en la cuenta de que hay otros mucho más leídos que con una ley Corcuera como esa sí que hubieran hecho juegos malabares con la picha y con lo que no es la picha: ahí tienes, Luisito, hijo, a tu antecesor, que sin necesidad de ley de patá en la puerta hay que ver la que armó.
Pero ya lo ves: José Luis Corcuera, El Chispas, que le llamaban con ánimo de ofender desde su propio partido (era electricista y no universitario y su cargo era una injuria para mucho inútil con licenciatura), el primario, el bruto, mira por dónde, hizo escuela en sectores mucho más refinados de la jet sociata y ahora resulta que su patá en la puerta vuelve a estar en boga, sólo que, como esta vez los autores de la trapazada sí son universitarios, nada de brutalidad material: solamente conceptual. Así que ahora la patá será digital y por eso el anteproyecto de LISI (Ley de medidas de impulso de la sociedad de la información, es que manda narices) establece, entre otras monadas, que las páginas web podrán ser cerradas por órgano competente y, encima, responsabiliza a los proveedores y motores de búsqueda de los contenidos que alberguen bajo su dirección, autoridad y control, o sea, bitácoras, por ejemplo, o enlaces a otras páginas. Es de locos.
De locos y de analfabetos porque la Constitución para otras cosas no, pero para esta está más clara que el agua, apenas hace falta interpretación:
Artículo 20
1. Se reconocen y protegen los derechos:
a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
[...]
2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.
[...]
3. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial
O sea: hablar de que las webs podrán ser cerradas por órgano competente, bien entendiendo que éste no puede ser sino judicial, es una estupidez por redundancia; ya lo dice la Constitución y ello, por tanto, no tiene por qué ser refrendado por ley alguna de rango inferior. Si lo que se pretende es que el órgano no sea judicial, el choque contra lo expresa e indudablemente mandado por la Constitución es tan evidente, tan de cajón, tan axiomático, que habrá que preguntarse con qué tipo de culo pensaron esta norma los botarates de sus redactores y quienes, empecinadamente, aún la sostienen así en el anteproyecto. De burros. Es que no tiene otra palabra. Y todos estos cerebritos académicos se reían de Corcuera, hay que joderse...
Los padres de la Constitución se dedicaron con aquella alegría predemocrática a la construcción de una libertad de expresión maravillosa pero de cartón piedra: lo que hicieron, en realidad, fue cubrir sus intereses mediáticos presentes y futuros, a perfectas sabiendas de que, faltos de medios, los ciudadanos jamás podríamos ejercer efectivamente esa libertad. Pero vino Internet y el cartón piedra se hizo carne y espíritu; y se levantó para atizarles en su sucia jeta. Ahora no saben cómo hacerlo para volverse a apropiar en exclusiva de un valor tan importante que a cada día que pasa amenaza con más vigor su medro y que, por primera vez en la Historia, ha dado, de verdad, la voz a los ciudadanos.
Para los políticos, ya es demasiado tarde. Por más tonterías que hagan.
Ayer estuve viendo la gala de las 50 imágenes de TVE más votadas por el público (sin notario que lo certifique, qué alergia les tienen todas las cadenas a los notarios desde que las audiencias privan tanto). Por otra parte, a cualquier cosa llaman gala: un Hermida ya muy crepuscular -ni sombra de lo que fue- y un centenar de figuritas, figuretas o figurones que se dedicaron a dar las buenas noches y poco más.
Por lo demás, una cosa muy anodina y muy distinta a lo que hubiera podido o debido ser. Me parece muy bien la muerte de Franco, de Carrero o el 23-F: son imágenes propias de TVE. Lo del chinito frente al tanque ya no sé a cuento de qué viene (siempre en el estricto contexto TVE). En fin, ya se dice que para gustos los colores. Y, curiosamente, sí que encontré acertada y obvia la imagen presuntamente más votada, la number one: el conjunto de las que se sucedieron con ocasión de la muerte de Miguel Ángel Blanco, aquellas cuarenta y ocho horas que precedieron a un asesinato repugnante escenificado casi como una ejecución a la americana, aunque imagino que ya le hubiera gustado a Miguel Ángel, de perdidos al río, ser acompañado en sus últimos momentos por la hermana Helen Préjean. Ni eso tuvo y fue abatido a la soviética. Así de finos son los angelitos tan caros a Otegui.
No es la primera vez que dio que la negociación con ETA no es más que la negociación de condiciones para una rendición (que ETA quiere disfrazar de armisticio). Porque en realidad, ETA ha sido derrotada: derrotada por la ciudadanía, derrotada por todos los gobiernos españoles y por todos los partidos políticos actuando a una (bueno, hasta hace unos meses), derrotada por el sacrificio de un millar de ciudadanos, derrotada por unas fuerzas policiales que no han cejado en su empeño y en una eficacia creciente, y derrotada, en fin, por la propia inanidad de sus objetivos, asfixiados cada vez más en un mundo globalizado y en una Europa al alza.
Pero si hubiera que ponerle nombre a la derrota de ETA, un solo (injusto en esa soledad, desde luego) y significativo nombre, yo no vacilaría: Miguel Ángel Blanco. Su asesinato supuso un punto de inflexión que cambiaría muchas cosas: a partir de ese horror, la ciudadanía vasca venció su mido y su parálisis y desde ese momento, la caída de ETA -ya franca e irreversible- se tornó desplome.
Me hubiera gustado que TVE hubiera elegido como imágenes significativas dentro del ámbito del asesinato de Miguel Ángel unas muy especiales que a mí me impactaron mucho: las de masas de ciudadanos vascos dispuestos a asaltar sedes de Batasuna (en Pamplona creo que llegaron a hacerlo, más allá del simple intento) y los ertzainas que las acordonaban quitándose los pasamontañas, quedando a cara descubierta y aplaudidos a rabiar por esa multitud. Esa imagen sí que fue muy representativa de lo que iba a vernir después: ese quitarse el pasamontañas como símbolo del fin del miedo. Me importáis tres cojones, so cabrones: aquí tenéis mi cara.
ETA siguió asesinando pero ya no consiguió recuperar el control de la sociedad vasca a través del miedo. El terrorismo, como tal, en sí mismo, había fracasado: habían apretado tanto la tuerca que la pasaron de rosca.. Sólo les quedaba tomarse el tiempo necesario para irse convenciendo de que todo había acabado ya y, una vez convencidas las cúpulas, pedirle árnica al Gobierno español e intentar salvar los muebles de una honra tan simplemente aparente como imposible.
Sí, solamente por esas escenas valió la pena aguantar toda la plasta.
Último jueves de este otoño tardíamente fresco que nos ha tenido prácticamente en manga corta casi hasta la Inmaculada. Salvo, claro está, a los merluzos que en vez de mirar el termómetro miran el calendario y para el Pilar ya se forran con el abrigo de pieles así rabie el mediodía a 28 grados.
El próximo jueves será 28 de diciembre y anticipo a mis lectores que no esperen inocentada. La hice el año pasado -y la hice con placer- pero este año (y ya me parece que los sucesivos) estoy harto de pachangas pseudonavideñas para alegría de las grandes superficies y desprovistas ya de todo significado a beneficio de quienes no tienen la menor razón ideológica para celebrar estas fechas y de la [anti]estética de ese maldito botijo con barretina inventado por la puta cola.
También será el último jueves del año y ese día veremos si eso llega a tener -al menos a los efectos de «El Incordio» y de esta paella- alguna trascendencia.
Que mañana vaya bien. O que haya salud, que es lo único que racionalmente cabrá esperar y desear. Sobre todo, después del sorteo.
domingo, 17 de diciembre de 2006
Sudacas
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Ya llevamos un par de días con el problema humano, más lo que ya había rondado con el político-aéreo-financiero: Air Madrid ha bajado la chapa, ha dejado a miles de personas en la calle (bueno, primero en el aeropuerto; a los trabajadores ya les llegará el turno) y se ha fumado un puro.
Otro acróbata del pelotazo, otro saltimbanqui de la pasta fácil que se ha reído de los ciudadanos, se ha forrado mientras ha hecho lo que le ha dado la gana contra todo tipo de normas comerciales, técnicas y, sobre todo, de seguridad y, hala, ande, ande, ande, la marimorena, saca la bota, María, que me voy a emborrachar y a los indios motilones que les corten los cojones.
La pena es que no hay ningún Garzón que esté por la labor -esto es cosa de sudacas de a pie, no da pisto como embotonar a sudacas de alto standing como un Pinochet- y le meta una incondicional sin fianza a todo el puto consejo de administración y, pasado Reyes, ya veremos el asuntillo de los recursos de reforma. Argentinos, ecuatorianos, peruanos y demás, no pocos de los cuales han aguantado como una especie de rehenes una buena cantidad de años sin ver a su familia hasta que han conseguido los papeles y ahora que los tienen, San Joderse cayó por fiestas, y te quedas clavadito en tierra de godos, pringao, haberte gastado tres mil euros en Iberia, que lo peor que te hubiera pasado es que hubieras despegado después de tres días de retraso sin explicaciones, sin alojamiento, sin comida y sin siquiera agua, pero hubieras despegado aún después de haberte bebido las cisternas de todos los wáteres del aeropuerto.
Nada, son sudacas, no tienen importancia, son indios con plumas acostumbrados a la adversidad, a la gazuza, al puteo y al general Custer (o a Francisco de Pizarro, que para el caso...). Se envían unos cuantos polis -nacionales en Barajas, con barretina en El Prat- para que no armen más follón del tolerable, que para mantener controlada a la chusma, poli hay de sobra y arreando que es gerundio. Lástima que vayamos escasos de efectivos para poner a la sombra a tanto sinvergüenza con el DNI en regla y la declaración de IRPF redactada por los guionistas de Walt Disney.
Mientras, del ciudadano, se puede decir aquello del cornudo: «¡Qué ridículo papel por todas partes hacía! Todo el país lo sabía. Todo el país menos él!».
Y no nos damos cuenta de que, para algunos, sudacas somos todos.
Ya llevamos un par de días con el problema humano, más lo que ya había rondado con el político-aéreo-financiero: Air Madrid ha bajado la chapa, ha dejado a miles de personas en la calle (bueno, primero en el aeropuerto; a los trabajadores ya les llegará el turno) y se ha fumado un puro.
Otro acróbata del pelotazo, otro saltimbanqui de la pasta fácil que se ha reído de los ciudadanos, se ha forrado mientras ha hecho lo que le ha dado la gana contra todo tipo de normas comerciales, técnicas y, sobre todo, de seguridad y, hala, ande, ande, ande, la marimorena, saca la bota, María, que me voy a emborrachar y a los indios motilones que les corten los cojones.
La pena es que no hay ningún Garzón que esté por la labor -esto es cosa de sudacas de a pie, no da pisto como embotonar a sudacas de alto standing como un Pinochet- y le meta una incondicional sin fianza a todo el puto consejo de administración y, pasado Reyes, ya veremos el asuntillo de los recursos de reforma. Argentinos, ecuatorianos, peruanos y demás, no pocos de los cuales han aguantado como una especie de rehenes una buena cantidad de años sin ver a su familia hasta que han conseguido los papeles y ahora que los tienen, San Joderse cayó por fiestas, y te quedas clavadito en tierra de godos, pringao, haberte gastado tres mil euros en Iberia, que lo peor que te hubiera pasado es que hubieras despegado después de tres días de retraso sin explicaciones, sin alojamiento, sin comida y sin siquiera agua, pero hubieras despegado aún después de haberte bebido las cisternas de todos los wáteres del aeropuerto.
Nada, son sudacas, no tienen importancia, son indios con plumas acostumbrados a la adversidad, a la gazuza, al puteo y al general Custer (o a Francisco de Pizarro, que para el caso...). Se envían unos cuantos polis -nacionales en Barajas, con barretina en El Prat- para que no armen más follón del tolerable, que para mantener controlada a la chusma, poli hay de sobra y arreando que es gerundio. Lástima que vayamos escasos de efectivos para poner a la sombra a tanto sinvergüenza con el DNI en regla y la declaración de IRPF redactada por los guionistas de Walt Disney.
Mientras, del ciudadano, se puede decir aquello del cornudo: «¡Qué ridículo papel por todas partes hacía! Todo el país lo sabía. Todo el país menos él!».
Y no nos damos cuenta de que, para algunos, sudacas somos todos.
sábado, 16 de diciembre de 2006
Haciendo política
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Bueno, pues como se dice una cosa hay que decir también la otra: hoy he visto a don Gaspar revestido de una cierta dignidad. Si no me confunde la sopa que llevo en la cabeza debida a una gripe no aviar sino equina, Llamazares ha declarado hoy que termina con sus relaciones de buen rollito con el PSOE a causa de la insuficiencia de la Ley de la Memoria Histórica ¡y! de la política económica poco o nada de izquierdas que está desarrollando el Gobierno.
Caramba, casi parece que Izquierda Unida va a ser izquierda casi de verdad, al menos durante un rato. Veamos, la Ley de la Memoria Histórica me parece nefasta no porque su contenido sea deficitario o excesivo sino por su existencia misma. Mis seis o siete ya conocen perfectamente mi opinión sobre aquella mierda de guerra y sobre la estupidez de vivir la actualidad en clave de aquellos acontecimientos. Ahora bien, la exigencia de esa ley era coherente en IU como lo era el que su contenido llegara a unos determinados extremos a los que, evidentemente, no se ha llegado. Y, consecuentemente, IU si no corta, al menos congela sus relaciones con el PSOE y el Gobierno; ya veremos hasta donde llega tanta congelación, pero, como hecho en sí, hay que juzgarlo coherente.
Mucho más me gusta el segundo motivo argüido por Llamazares: el de que el Gobierno está haciendo una política económica socialmente nefasta, propia de un partido de derechas y que con un crecimiento muy superior a la media europea la pasta que se anda manejando aquí no se reparte con un mínimo de justicia. ¿Ves? Debajo de esto sí que firmo yo también. Aunque han tardado lo suyo, por fin parecen haber caído en que los sociatas constituyen una de las estafas más sonadas de la modernidad política. Efectivamente, durante los gobiernos socialistas la especulación ha alcanzado límites inauditos y es alucinante (aunque quizá ya no asombroso) que, con sus gobiernos, los bancos batan récords de beneficios. Bueno, en definitiva, lo que está pasando con la especulación inmobiliaria y la tibia o nula reacción gubernamental ante el fenómeno, está sucediendo con un gobierno sociata con el apoyo -al menos hasta hoy- de la izquierda (la izquierda que se acerca un poquitín a la izquierda de verdad, vamos).
¿Quiere esto decir que los de derechas son unos angelitos? Para nada. Lo que está ocurriendo en el litoral valenciano -a cargo, en su práctica totalidad de políticos del PP- o en las Baleares, a cargo de los ídem, por sólo poner un par de ejemplos, pide muchísima más cárcel -y muchísimo más larga- de la que se está aplicando. Pero si la especulación y el atraco al ciudadano son intolerables en cualquier caso, produce especial indignación -por aquello de encima cachondeo- que la complicidad y la compadre pasividad ante el atraco al país (que no otra cosa es lo que está sucediendo) procedan de partidos [autodenominados] de izquierdas.
Si IU empieza a dejar tranquilo el idioma y se dedica a lo sustancial, podría ser que inaugurara una etapa en que, por fin, se volviera a hacer política, política de verdad, y no el gilipollas.
Quizá -es un sueño, pero vete a saber- podamos volver a votar muchos ciudadanos habitualmente renuentes; quizá podamos ir a votar opciones políticas de verdad en vez de tirarnos la jornada de meditación barruntando si nos abstenemos o no y, en este último caso, qué voto puede tocar más los cojones a esa banda de timadores.
Si Llamazares ha despertado de esa idiocia letárgica en la que parecía estar sumido y, sobre todo, si dentro de su partido y en los demás partidos, otros le imitan, podría ser que esta fecha pasara a la pequeña o gran historia como el día en que en España se dejó de hacer el memo para volver a hacer política.
¿Será una realidad o solamente un espejismo mediático?
Bueno, pues como se dice una cosa hay que decir también la otra: hoy he visto a don Gaspar revestido de una cierta dignidad. Si no me confunde la sopa que llevo en la cabeza debida a una gripe no aviar sino equina, Llamazares ha declarado hoy que termina con sus relaciones de buen rollito con el PSOE a causa de la insuficiencia de la Ley de la Memoria Histórica ¡y! de la política económica poco o nada de izquierdas que está desarrollando el Gobierno.
Caramba, casi parece que Izquierda Unida va a ser izquierda casi de verdad, al menos durante un rato. Veamos, la Ley de la Memoria Histórica me parece nefasta no porque su contenido sea deficitario o excesivo sino por su existencia misma. Mis seis o siete ya conocen perfectamente mi opinión sobre aquella mierda de guerra y sobre la estupidez de vivir la actualidad en clave de aquellos acontecimientos. Ahora bien, la exigencia de esa ley era coherente en IU como lo era el que su contenido llegara a unos determinados extremos a los que, evidentemente, no se ha llegado. Y, consecuentemente, IU si no corta, al menos congela sus relaciones con el PSOE y el Gobierno; ya veremos hasta donde llega tanta congelación, pero, como hecho en sí, hay que juzgarlo coherente.
Mucho más me gusta el segundo motivo argüido por Llamazares: el de que el Gobierno está haciendo una política económica socialmente nefasta, propia de un partido de derechas y que con un crecimiento muy superior a la media europea la pasta que se anda manejando aquí no se reparte con un mínimo de justicia. ¿Ves? Debajo de esto sí que firmo yo también. Aunque han tardado lo suyo, por fin parecen haber caído en que los sociatas constituyen una de las estafas más sonadas de la modernidad política. Efectivamente, durante los gobiernos socialistas la especulación ha alcanzado límites inauditos y es alucinante (aunque quizá ya no asombroso) que, con sus gobiernos, los bancos batan récords de beneficios. Bueno, en definitiva, lo que está pasando con la especulación inmobiliaria y la tibia o nula reacción gubernamental ante el fenómeno, está sucediendo con un gobierno sociata con el apoyo -al menos hasta hoy- de la izquierda (la izquierda que se acerca un poquitín a la izquierda de verdad, vamos).
¿Quiere esto decir que los de derechas son unos angelitos? Para nada. Lo que está ocurriendo en el litoral valenciano -a cargo, en su práctica totalidad de políticos del PP- o en las Baleares, a cargo de los ídem, por sólo poner un par de ejemplos, pide muchísima más cárcel -y muchísimo más larga- de la que se está aplicando. Pero si la especulación y el atraco al ciudadano son intolerables en cualquier caso, produce especial indignación -por aquello de encima cachondeo- que la complicidad y la compadre pasividad ante el atraco al país (que no otra cosa es lo que está sucediendo) procedan de partidos [autodenominados] de izquierdas.
Si IU empieza a dejar tranquilo el idioma y se dedica a lo sustancial, podría ser que inaugurara una etapa en que, por fin, se volviera a hacer política, política de verdad, y no el gilipollas.
Quizá -es un sueño, pero vete a saber- podamos volver a votar muchos ciudadanos habitualmente renuentes; quizá podamos ir a votar opciones políticas de verdad en vez de tirarnos la jornada de meditación barruntando si nos abstenemos o no y, en este último caso, qué voto puede tocar más los cojones a esa banda de timadores.
Si Llamazares ha despertado de esa idiocia letárgica en la que parecía estar sumido y, sobre todo, si dentro de su partido y en los demás partidos, otros le imitan, podría ser que esta fecha pasara a la pequeña o gran historia como el día en que en España se dejó de hacer el memo para volver a hacer política.
¿Será una realidad o solamente un espejismo mediático?
jueves, 14 de diciembre de 2006
Generales, catalanes y albaneses
De la serie: «Los jueves, paella»
Escribo rápido y casi a vuelapluma en miércoles por la noche. Mañana -hoy para el lector- tenemos elecciones sindicales en mi ámbito de trabajo y tengo que estar de interventor de mesa en representación de CSI-CSIF. Para dos o tres cosas que me piden al año, no es cuestión de escaquearse. Pero la cosa no deja de ser un marrón: prácticamente trece horas (y eso si no pasa nada) de plantón, sin conexión a la web (eso del wifi es ciencia ficción en la Generalitat) ni nada. Aprovecharé para poner al día algunas lecturas pendientes y para escribir -en borrador, claro está: no podré subir nada- tres o cuatro cosas. Y a ver si con más calma, porque con la mierda que aprobó el Congreso ayer -anteayer para el lector- de presunto apoyo al software libre, echo fuego por los colmillos.
_____________________
Se murió Pinocho; vamos, el generalito ese bananero que gozaron los chilenos durante casi veinte años más unos cuantos adicionales de inmunidad -impunidad- de propina.
Como suelo decir en estos casos, parece que, desde hace un par de mañanas, se ha notado una cierta mejora en el medio ambiente y en la limpieza del aire. Pero eso no quiere decir que no entienda lo que aquí no se quiere entender: que Chile anda con una fuerte división de opiniones -y de sentimientos, y de actitudes, y de ardores- respecto de la dictadura en cuestión y, en el ámbito de los sentimientos sinceros y limpios, hay quien está descorchando botellas de cava y hay quien está llorando amargamente.
La mierda mediática de aquí está pintándonos un panorama de entusiasmo popular masivo (los del cava) enturbiado por el drama que escenifican unos pocos fachas. Mentira. Los que vivimos el franquismo sabemos que las cosas no son tan claras y me imagino que en Chile pasará un poco como aquí.
En tiempos de Franco -y siempre con sus escalas de grises, cuidado- hubo esencialmente dos vivencias: la de familias, muchas familias, que respiraron tranquilas y vivieron felices -su felicidad- aprovechando plenamente la bonanza económica que, aunque tardía, acabó llegando, y muchas familias que vivieron la angustia, el dolor, el miedo y la justa ira, aún cuando llegaran a su vez a vivir también -no osaré decir disfrutar, en su caso- la bonanza económica mencionada. Yo no sé si esta dicotomía fue mitad y mitad o si unos fueron un 40 por 100 y los otros un 60 o cualquier otra proporción de estúpida cuantificación. Lo que sí es cierto -y es dato suficiente- es que cada una de esas casuísticas fue vivida -gozada o sufrida- por muchasmuchos ciudadanos. Esto no quiere decir que no hubiera matices en ambas vivencias: en las familias felices -y sobre todo en las de una cierta altura intelectual- había también mucha crítica a un sistema que fue deteriorándose hasta el absurdo mucho antes de su final; en las familias más víctimas, en los escasos momentos en los que el dolor o el terror cedía para permitir una serena reflexión, también había quien sabía ver que las penas, con pan, son menos. Son estos sectores críticos, cada cual en el suyo, que acabaron siendo mayoritarios, los que impulsaron y permitieron la operación de reconciliación cívica -a la política que la den por el puto culo- que llevó a la que se ha dado en llamar transición.
Yo pertenecí al sector feliz, crecí en una familia cuyos fundadores, separados por mil kilómetros de distancia, vieron, en Cataluña y en Asturias, las mismas barrabasadas a cargo, esencialmente, de los mismos. De los mismos, relativamente, pues también pudieron apreciar un cierto hedor de mierda en los otros pero para los que, en resumen, el advenimiento de Franco, constituyó, sobre todo, un alivio. Tan solo un centenar de kilómetros al norte o al sur les hubiera hecho cambiar radicalmente esas vivencias, pero tuvieron las que tuvieron y ya está.
Yo crecí, por ejemplo, respetando a los policías como honrados y estupendos funcionarios que nos protegían de los malos y de quienes no había nada que temer si uno era un ciudadano probo. Cuando veía a un señor esposado y escoltado por los grises, ya no necesitaba mayor enjuiciamiento: un criminal. ¿Cómo, si no, iba a ser detenido? En la postadolescencia empecé a modificar esa impresión, que se derrumbó radical y estrepitosamente en el primer curso de carrera, cuando me atizaron unos cuantos porrazos en el lomo solamente por estar en mi aula cuando se celebró en ella una asamblea (en lo que, por cierto, tampoco vi nada malo): aquellos tíos de debajo del casco me habían resultado unos cabrones, mira por dónde (y salí bien librado gracias a que el doctor Font Rius, hecho una hidra -quién lo hubiera dicho-, recuperó los DNI que esos cerdos nos habían retenido). Claro, si los probos funcionarios que eran la imagen de un régimen benigno y paternal eran un hatajo de hijos de la gran puta, empecé a plantearme la nada escolástica posibilidad de que todo el régimen cuya imagen encarnaban tan eficientemente respondiera, efectivamente, a esa misma y otra imagen.
Digamos, pues, que, de alguna manera, yo he participado de las dos vivencias, aunque bien es verdad que la negativa sin mayor drama que la de haber recibido unos cuantos porrazos y media docena de hostias. Hay que ir con cuidado cuando uno se hace la víctima por un par de fruslerías cuando otros podrían hablar de cárcel, de torturas, de ejecuciones y de un sinfín de salvajadas.
Murió Franco y yo fui de los del cava, pero gente muy cercana a mí, a la que yo quería -y quiero-, realmente honrada, trabajadora, buena gente, de buena fe, lloró amargamente. Con sus razones, claro que sí. Y adivino que lo mismo pasa en Chile, porque allá también habrá habido sus escalas de grises. Por eso me jode que unas docenitas de chiquilicuatros a los que les han dado en una tómbola el carnet de periodistas, traten de fachas o de cosas peores a esa gente, que no deja de ser sincera y honrada y de responder a una vivencia que corresponde a una realidad cierta, que es su verdad.
Pinochet asesinó a mucha gente y eso no puede excusarlo ni siquiera el plausible resultado de un cierto desarrollo económico y social (si es que este fue el caso, que no lo sé). La política es el arte de hacer tortillas sin romper huevos: sobre todo cuando los huevos son vidas humanas. Lo demás es brutalidad y la brutalidad puede ser eficaz pero cara, humanísticamente inasumible, y esa es la condena moral -a falta de otra- de gente como Franco o como Pinochet.
Bien muertos están. Celebrémoslo. Pero sin importunar a gente honrada que, con no menos honrada intención, llora como un drama lo que para otros -y para la Humanidad misma- no puede ser sino un alivio.
Que en ambos casos, eso sí, llegó tarde y mal.
____________________
Los catalanes somos gente muy aferrada a nuestras tradiciones. Mucho más de lo que la gente cree. Hasta tal punto que, cuando hace cosa de veinte años, el Ministerio de Defensa reformó el sistema de capitanías generales -hoy extinto- y convirtió la antigua y ya anticuada IV Región Militar en la Región
Militar Pirenaica Oriental, el propio Jordi Pujol, el mismísmo Jordi Pujol, insisto y que quede claro, movió Roma con Santiago para conseguir y obtener que la sede de la Capitanía permaneciera en Barcelona cuando una importante presión política -y la lógica operativa del Ejército- exigían que se ubicase en Zaragoza. A cualquiera de fuera de Catalunya esto le parecerá absurdo y contradictorio. Y lo es. Hay que ser catalán para comprender -no explicar, eso es imposible- ese empeño de Pujol; y es que la Capitanía General, aunque no siempre históricamente grata, es una institución muy importante en Catalunya, muy nostrada, muy nuestra. Ahora que las capitanías generales han sido redonda -y necesariamente- eliminadas, ha habido que montar un invento -la Inspección de no sé qué tontería- para que aquí quedara algo parecido a un Capitán General que pudiera poner un uniforme con fagín en nuestros actos y ceremonias más nacionals. Así somos de raros.
Ese mismo talante (vaya por Dios, tarannà, que le decimos aquí), es el que nos lleva a estar muy cabreados con esa mierda que se proponen los rectores de RTVE y que consiste en cargarse el canal catalán de Televisión española y Ràdio 4, la cadena catalana de Radio Nacional de España. Y, claro, desde fuera, uno podrá decir: «bueno, pero si tenéis radio y televisión pública íntegramente en catalán (la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió, dependiente de la Generalitat)... ¿qué necesidad tenéis de espacios catalanes en canales televisivos estatales o de una emisora específica en catalán en la radio estatal?». Realmente es una buena pregunta, cuya respuesta cae por su propio peso en Catalunya pero mucho menos fuera del Principat. Voy a intentar dar una respuesta coherente a beneficio de los que habitan en la Iberia ulterior (o sea, en la de más allá del Ebro).
Cuando yo era niño -perdonadme esta nueva regresión ya sumada a la anterior-, el catalán sólo lo hablábamos en casa. Ya no estaba perseguido, como en épocas anteriores -no muy anteriores- pero distaba de constituir un fenómeno grato al Régimen. Nada raro: tampoco ahora lo es, aunque se disimule más (si bien no mejor). Se editaban algunos libros y los niños teníamos, en nuestra lengua, el impagable y hoy ya lánguido, por anacrónico e innecesario, «Cavall Fort», con algún astro eventual que intentaba -más bien vanamente- sobresalir en el horizonte, como el fracasado intento de resucitar «En Patufet», ya ucrónico, al que no salvó ni siquiera la magnífica -aunque un tanto depresiva- pluma de Ramon Folch i Camarasa, seguramente deseoso de continuar un proyecto del que su padre, Josep Maria Folch i Torres, fue espíritu imprescindible. En lo demás, nada, castellano a tope: la inmersión lingüística, fuera de casa, era absoluta, llámale cole, administración, cualquier tipo de escrito oficial o privado... y -al contrario que ahora- nadie podía quejarse, ni clamar por la inconstitucionalidad ni exigir otra lengua que la oficial como vehicular en la enseñanza de sus hijos (no soy nada nacionalista, pero conviene que algunos se tengan que oir esto, que es una verdad como los cojones del caballo de Espartero; y esta otra: todos los nacionalismos son malos, no uno solo).
En aquella dura época, Televisión Española, desde los entrañables estudios de Miramar, inició lo que después se llamaría desconexión y semanalmente, en horario inmediatamente posterior a la sobremesa teníamos algún magazine y, sobre todo, algunas pieza de teatro catalán. Mucho antes que en libros -entonces existentes pero ignotos-, este menda que suscribe descubrió y saboreó a Àngel Guimerà -como simple botón de muestra- en Televisión Española. Hay que tener una lengua propia distinta de la oficial para saber lo que se sentía en aquella época en que la televisión era algo tan avanzado y primitivo como ahora lo es Internet oyéndola hablar en catalán. Para mí -y supongo que para muchos- el nombre de Ana María Barbany, por ejemplo, que era la actriz homologada del invento, significa mucho más que eso, que el simple nombre de una actriz dramática (y muy buena, ojo), sino la encarnación de decenas -muchas decenas- de personajes que reían, lloraban, sentían, se explicaban... en televisión y en catalán.
Ràdio 4 fue muy posterior, quizá no tuvo ese significado pionero del circuit català de TVE, pero también ha supuesto un hito muy importante para nuestra lengua. Porque el hecho de que esa lengua catalana se expresara en un medio estatal tiene un valor del que carecen TV3 y las emisoras de radio de la CCRTV (tienen valor, indudablemente, y mucho, pero distinto).
Hay una forma de ver lo que significan el circuito catalán de TVE y Ràdio 4 y es esta: independientemente de la existencia de los medios de la Generalitat, como ciudadano catalán y español que soy tengo derecho a que desde los medios del Estado se me hable también en catalán. No sé hasta qué punto este derecho será constitucional pero lo es, en todo caso, gonádico. Tengo perfecto derecho a que el Estado, por sus propios medios, se exprese y se comunique conmigo en mis lenguas.
No entiendo de números financieros, aunque sí llego a entender que la dirección de RTVE -ampliamente considerada- ha sido desde su fundación misma, una sucesión de sinvergüenzas. Me da igual. No pienso tolerar -no pasivamente, al menos, y en mi humilde medida- que un gremio de engominados imbéciles decidan sanear sus putas cuentas a costa de mi lengua y de mis derechos cívicos. Que las saneen regateándole a la $GAE y que a los catalanes nos dejen en paz.
Si no fuéramos unos mierdas cívicamente neutralizados, el intento de cerrar los medios catalanes del Estado constituiría un escándalo mayúsculo en Catalunya y provocaría manifestaciones multitudinarias a mucha cara de perro. Pero aquí hay demasiado gilipollas que se cree que ya fa país suficientemente pegando un burro en el culo del coche, mientras unos cuantos hijos de puta le macarrean la lengua en los medios del Estado.
Desperta ferro!. Y una mierda...
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El asalto a la casa de los Tous y el yerno que se carga al albanés (no sé si complementado con lo de kosovar o a secas). Y el juez que me lo mete en prisión incondicional. Pues me disculpará Su Señoría, pero se ha pasado tres pueblos y un barrio.
Ya, ya me sé toda la cagarela del valor de la vida humana (que tantas veces reclamo yo mismo y, sin ir más lejos, en el primer tema de esta entrada paellera) pero, claro, el derecho a la vida lo tenemos todos y el derecho a la legítima defensa va más allá de lo inmediato y de lo de cortar en finísimas rodajitas togadas eso de acción típica, antijurídica, culpable y punible. Cuando se tiene la casa infestada de hijos de puta presumiblemente -aunque, excepcionalmente, no haya sido el caso- armados hasta los dientes con AK-47 y con pocos escrúpulos a la hora de vaciar cargadores, no hay tiempo ni serenidad para las interesantísimas -en condiciones normales- lecciones del doctor Córdoba Roda.
Nuestra sociedad no puede convertirse en una película del Oeste, pero es que esta sociedad no se convierte en una película del Oeste porque un señor la emprenda a tiros -mejor o peor calculados- con un caco, sino cuando una corporación de excombatientes -que, en no pocos casos son, además, asesinos, violadores, felones y criminales de guerra- se toma nuestro país como una casa de putas y encima tenemos que aguantar que el don Gaspar de los cojones nos imponga el buen rollito, la transversalidad y la multiculturalidad con ese gremio de cabrones.
Su Señoría sí que ha causado alarma social; porque es muy alarmante que, ahora mismo, afronte una pena mayor la persona que ha repelido con los medios que ha podido el asalto a su casa que el propio asaltante (el superviviente, en este caso). Y más en el caso concreto, en el que los cabrones se permitieron el lujo de ir días antes, prácticamente con la cinta métrica, a preparar el teatro de operaciones ante el menfoutisme de los Mossos d'Esquadra imposibilitados en medios, efectivos y cobertura legal para tomar medidas. Bien, si el Estado no puede -como es lógico- poner un par de polis a la puerta de todos los domicilios, debe tolerar -con todo el dolor de corazón que quiera- que el ciudadano se defienda. Y debe tenerse en cuenta, a la hora de evaluar esa defensa, que a un ciudadano no se le puede pedir la eficacia, ni la precisión, ni el temple de un policía concienzudamente entrenado: hace lo que puede, dispara al buen tuntún, y si le revienta el cerebro a un hijo de puta que está asaltando su casa, pues que lo entierren y aire.
Si al yerno de los Tous lo juzga un jurado, cabe esperar que no le pase nada grave. Desde luego, si yo fuera miembro de ese jurado no sería condenado con mi voto, eso seguro. Pero es que, además, la reserva que yo formularía a una sentencia condenatoria haría que la defensa letrada del condenado meara colonia Lavanda Puig de cara al recurso de casación.
Si el Estado no quiere que nos defendamos como podamos, debe defendernos el Estado mismo. Y una forma barata y eficaz de hacerlo es dejar de tocar las narices interceptando pateras que nos meten unos cuantos centenares o pocos miles de negritos que no suelen causar ningún daño, y vigile férreamente las fronteras pirenaicas por las que se nos cuelan a borbotones criminales de una bestialidad inaudita.
Y si al Gaspar no le gusta, que lo folle un pez.
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Próximo jueves, 21 de diciembre, último del otoño y penúltimo del año, ya metidos de lleno en las Fiestas de la VISA, y víspera del Día de la Salud, o sea, del día en que toda España, decepcionada porque no le ha tocado la lotería, la emprende con la cancioncilla típica del «bueno, lo importante es que haya salud...». El que no se consuela, es porque no quiere.
Para «El Incordio» no hay falsos consuelos ni conformismos. Ante el abuso, ante la indignidad, ante las aberraciones del poder, a falta de otra cosa, por lo menos que conste el cagontó, el derecho al pataleo. Camino de culminar el tercer año, no pretendo otra cosa.
A por el cuarto.
Escribo rápido y casi a vuelapluma en miércoles por la noche. Mañana -hoy para el lector- tenemos elecciones sindicales en mi ámbito de trabajo y tengo que estar de interventor de mesa en representación de CSI-CSIF. Para dos o tres cosas que me piden al año, no es cuestión de escaquearse. Pero la cosa no deja de ser un marrón: prácticamente trece horas (y eso si no pasa nada) de plantón, sin conexión a la web (eso del wifi es ciencia ficción en la Generalitat) ni nada. Aprovecharé para poner al día algunas lecturas pendientes y para escribir -en borrador, claro está: no podré subir nada- tres o cuatro cosas. Y a ver si con más calma, porque con la mierda que aprobó el Congreso ayer -anteayer para el lector- de presunto apoyo al software libre, echo fuego por los colmillos.
Se murió Pinocho; vamos, el generalito ese bananero que gozaron los chilenos durante casi veinte años más unos cuantos adicionales de inmunidad -impunidad- de propina.
Como suelo decir en estos casos, parece que, desde hace un par de mañanas, se ha notado una cierta mejora en el medio ambiente y en la limpieza del aire. Pero eso no quiere decir que no entienda lo que aquí no se quiere entender: que Chile anda con una fuerte división de opiniones -y de sentimientos, y de actitudes, y de ardores- respecto de la dictadura en cuestión y, en el ámbito de los sentimientos sinceros y limpios, hay quien está descorchando botellas de cava y hay quien está llorando amargamente.
La mierda mediática de aquí está pintándonos un panorama de entusiasmo popular masivo (los del cava) enturbiado por el drama que escenifican unos pocos fachas. Mentira. Los que vivimos el franquismo sabemos que las cosas no son tan claras y me imagino que en Chile pasará un poco como aquí.
En tiempos de Franco -y siempre con sus escalas de grises, cuidado- hubo esencialmente dos vivencias: la de familias, muchas familias, que respiraron tranquilas y vivieron felices -su felicidad- aprovechando plenamente la bonanza económica que, aunque tardía, acabó llegando, y muchas familias que vivieron la angustia, el dolor, el miedo y la justa ira, aún cuando llegaran a su vez a vivir también -no osaré decir disfrutar, en su caso- la bonanza económica mencionada. Yo no sé si esta dicotomía fue mitad y mitad o si unos fueron un 40 por 100 y los otros un 60 o cualquier otra proporción de estúpida cuantificación. Lo que sí es cierto -y es dato suficiente- es que cada una de esas casuísticas fue vivida -gozada o sufrida- por muchasmuchos ciudadanos. Esto no quiere decir que no hubiera matices en ambas vivencias: en las familias felices -y sobre todo en las de una cierta altura intelectual- había también mucha crítica a un sistema que fue deteriorándose hasta el absurdo mucho antes de su final; en las familias más víctimas, en los escasos momentos en los que el dolor o el terror cedía para permitir una serena reflexión, también había quien sabía ver que las penas, con pan, son menos. Son estos sectores críticos, cada cual en el suyo, que acabaron siendo mayoritarios, los que impulsaron y permitieron la operación de reconciliación cívica -a la política que la den por el puto culo- que llevó a la que se ha dado en llamar transición.
Yo pertenecí al sector feliz, crecí en una familia cuyos fundadores, separados por mil kilómetros de distancia, vieron, en Cataluña y en Asturias, las mismas barrabasadas a cargo, esencialmente, de los mismos. De los mismos, relativamente, pues también pudieron apreciar un cierto hedor de mierda en los otros pero para los que, en resumen, el advenimiento de Franco, constituyó, sobre todo, un alivio. Tan solo un centenar de kilómetros al norte o al sur les hubiera hecho cambiar radicalmente esas vivencias, pero tuvieron las que tuvieron y ya está.
Yo crecí, por ejemplo, respetando a los policías como honrados y estupendos funcionarios que nos protegían de los malos y de quienes no había nada que temer si uno era un ciudadano probo. Cuando veía a un señor esposado y escoltado por los grises, ya no necesitaba mayor enjuiciamiento: un criminal. ¿Cómo, si no, iba a ser detenido? En la postadolescencia empecé a modificar esa impresión, que se derrumbó radical y estrepitosamente en el primer curso de carrera, cuando me atizaron unos cuantos porrazos en el lomo solamente por estar en mi aula cuando se celebró en ella una asamblea (en lo que, por cierto, tampoco vi nada malo): aquellos tíos de debajo del casco me habían resultado unos cabrones, mira por dónde (y salí bien librado gracias a que el doctor Font Rius, hecho una hidra -quién lo hubiera dicho-, recuperó los DNI que esos cerdos nos habían retenido). Claro, si los probos funcionarios que eran la imagen de un régimen benigno y paternal eran un hatajo de hijos de la gran puta, empecé a plantearme la nada escolástica posibilidad de que todo el régimen cuya imagen encarnaban tan eficientemente respondiera, efectivamente, a esa misma y otra imagen.
Digamos, pues, que, de alguna manera, yo he participado de las dos vivencias, aunque bien es verdad que la negativa sin mayor drama que la de haber recibido unos cuantos porrazos y media docena de hostias. Hay que ir con cuidado cuando uno se hace la víctima por un par de fruslerías cuando otros podrían hablar de cárcel, de torturas, de ejecuciones y de un sinfín de salvajadas.
Murió Franco y yo fui de los del cava, pero gente muy cercana a mí, a la que yo quería -y quiero-, realmente honrada, trabajadora, buena gente, de buena fe, lloró amargamente. Con sus razones, claro que sí. Y adivino que lo mismo pasa en Chile, porque allá también habrá habido sus escalas de grises. Por eso me jode que unas docenitas de chiquilicuatros a los que les han dado en una tómbola el carnet de periodistas, traten de fachas o de cosas peores a esa gente, que no deja de ser sincera y honrada y de responder a una vivencia que corresponde a una realidad cierta, que es su verdad.
Pinochet asesinó a mucha gente y eso no puede excusarlo ni siquiera el plausible resultado de un cierto desarrollo económico y social (si es que este fue el caso, que no lo sé). La política es el arte de hacer tortillas sin romper huevos: sobre todo cuando los huevos son vidas humanas. Lo demás es brutalidad y la brutalidad puede ser eficaz pero cara, humanísticamente inasumible, y esa es la condena moral -a falta de otra- de gente como Franco o como Pinochet.
Bien muertos están. Celebrémoslo. Pero sin importunar a gente honrada que, con no menos honrada intención, llora como un drama lo que para otros -y para la Humanidad misma- no puede ser sino un alivio.
Que en ambos casos, eso sí, llegó tarde y mal.
Los catalanes somos gente muy aferrada a nuestras tradiciones. Mucho más de lo que la gente cree. Hasta tal punto que, cuando hace cosa de veinte años, el Ministerio de Defensa reformó el sistema de capitanías generales -hoy extinto- y convirtió la antigua y ya anticuada IV Región Militar en la Región
Militar Pirenaica Oriental, el propio Jordi Pujol, el mismísmo Jordi Pujol, insisto y que quede claro, movió Roma con Santiago para conseguir y obtener que la sede de la Capitanía permaneciera en Barcelona cuando una importante presión política -y la lógica operativa del Ejército- exigían que se ubicase en Zaragoza. A cualquiera de fuera de Catalunya esto le parecerá absurdo y contradictorio. Y lo es. Hay que ser catalán para comprender -no explicar, eso es imposible- ese empeño de Pujol; y es que la Capitanía General, aunque no siempre históricamente grata, es una institución muy importante en Catalunya, muy nostrada, muy nuestra. Ahora que las capitanías generales han sido redonda -y necesariamente- eliminadas, ha habido que montar un invento -la Inspección de no sé qué tontería- para que aquí quedara algo parecido a un Capitán General que pudiera poner un uniforme con fagín en nuestros actos y ceremonias más nacionals. Así somos de raros.
Ese mismo talante (vaya por Dios, tarannà, que le decimos aquí), es el que nos lleva a estar muy cabreados con esa mierda que se proponen los rectores de RTVE y que consiste en cargarse el canal catalán de Televisión española y Ràdio 4, la cadena catalana de Radio Nacional de España. Y, claro, desde fuera, uno podrá decir: «bueno, pero si tenéis radio y televisión pública íntegramente en catalán (la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió, dependiente de la Generalitat)... ¿qué necesidad tenéis de espacios catalanes en canales televisivos estatales o de una emisora específica en catalán en la radio estatal?». Realmente es una buena pregunta, cuya respuesta cae por su propio peso en Catalunya pero mucho menos fuera del Principat. Voy a intentar dar una respuesta coherente a beneficio de los que habitan en la Iberia ulterior (o sea, en la de más allá del Ebro).
Cuando yo era niño -perdonadme esta nueva regresión ya sumada a la anterior-, el catalán sólo lo hablábamos en casa. Ya no estaba perseguido, como en épocas anteriores -no muy anteriores- pero distaba de constituir un fenómeno grato al Régimen. Nada raro: tampoco ahora lo es, aunque se disimule más (si bien no mejor). Se editaban algunos libros y los niños teníamos, en nuestra lengua, el impagable y hoy ya lánguido, por anacrónico e innecesario, «Cavall Fort», con algún astro eventual que intentaba -más bien vanamente- sobresalir en el horizonte, como el fracasado intento de resucitar «En Patufet», ya ucrónico, al que no salvó ni siquiera la magnífica -aunque un tanto depresiva- pluma de Ramon Folch i Camarasa, seguramente deseoso de continuar un proyecto del que su padre, Josep Maria Folch i Torres, fue espíritu imprescindible. En lo demás, nada, castellano a tope: la inmersión lingüística, fuera de casa, era absoluta, llámale cole, administración, cualquier tipo de escrito oficial o privado... y -al contrario que ahora- nadie podía quejarse, ni clamar por la inconstitucionalidad ni exigir otra lengua que la oficial como vehicular en la enseñanza de sus hijos (no soy nada nacionalista, pero conviene que algunos se tengan que oir esto, que es una verdad como los cojones del caballo de Espartero; y esta otra: todos los nacionalismos son malos, no uno solo).
En aquella dura época, Televisión Española, desde los entrañables estudios de Miramar, inició lo que después se llamaría desconexión y semanalmente, en horario inmediatamente posterior a la sobremesa teníamos algún magazine y, sobre todo, algunas pieza de teatro catalán. Mucho antes que en libros -entonces existentes pero ignotos-, este menda que suscribe descubrió y saboreó a Àngel Guimerà -como simple botón de muestra- en Televisión Española. Hay que tener una lengua propia distinta de la oficial para saber lo que se sentía en aquella época en que la televisión era algo tan avanzado y primitivo como ahora lo es Internet oyéndola hablar en catalán. Para mí -y supongo que para muchos- el nombre de Ana María Barbany, por ejemplo, que era la actriz homologada del invento, significa mucho más que eso, que el simple nombre de una actriz dramática (y muy buena, ojo), sino la encarnación de decenas -muchas decenas- de personajes que reían, lloraban, sentían, se explicaban... en televisión y en catalán.
Ràdio 4 fue muy posterior, quizá no tuvo ese significado pionero del circuit català de TVE, pero también ha supuesto un hito muy importante para nuestra lengua. Porque el hecho de que esa lengua catalana se expresara en un medio estatal tiene un valor del que carecen TV3 y las emisoras de radio de la CCRTV (tienen valor, indudablemente, y mucho, pero distinto).
Hay una forma de ver lo que significan el circuito catalán de TVE y Ràdio 4 y es esta: independientemente de la existencia de los medios de la Generalitat, como ciudadano catalán y español que soy tengo derecho a que desde los medios del Estado se me hable también en catalán. No sé hasta qué punto este derecho será constitucional pero lo es, en todo caso, gonádico. Tengo perfecto derecho a que el Estado, por sus propios medios, se exprese y se comunique conmigo en mis lenguas.
No entiendo de números financieros, aunque sí llego a entender que la dirección de RTVE -ampliamente considerada- ha sido desde su fundación misma, una sucesión de sinvergüenzas. Me da igual. No pienso tolerar -no pasivamente, al menos, y en mi humilde medida- que un gremio de engominados imbéciles decidan sanear sus putas cuentas a costa de mi lengua y de mis derechos cívicos. Que las saneen regateándole a la $GAE y que a los catalanes nos dejen en paz.
Si no fuéramos unos mierdas cívicamente neutralizados, el intento de cerrar los medios catalanes del Estado constituiría un escándalo mayúsculo en Catalunya y provocaría manifestaciones multitudinarias a mucha cara de perro. Pero aquí hay demasiado gilipollas que se cree que ya fa país suficientemente pegando un burro en el culo del coche, mientras unos cuantos hijos de puta le macarrean la lengua en los medios del Estado.
Desperta ferro!. Y una mierda...
El asalto a la casa de los Tous y el yerno que se carga al albanés (no sé si complementado con lo de kosovar o a secas). Y el juez que me lo mete en prisión incondicional. Pues me disculpará Su Señoría, pero se ha pasado tres pueblos y un barrio.
Ya, ya me sé toda la cagarela del valor de la vida humana (que tantas veces reclamo yo mismo y, sin ir más lejos, en el primer tema de esta entrada paellera) pero, claro, el derecho a la vida lo tenemos todos y el derecho a la legítima defensa va más allá de lo inmediato y de lo de cortar en finísimas rodajitas togadas eso de acción típica, antijurídica, culpable y punible. Cuando se tiene la casa infestada de hijos de puta presumiblemente -aunque, excepcionalmente, no haya sido el caso- armados hasta los dientes con AK-47 y con pocos escrúpulos a la hora de vaciar cargadores, no hay tiempo ni serenidad para las interesantísimas -en condiciones normales- lecciones del doctor Córdoba Roda.
Nuestra sociedad no puede convertirse en una película del Oeste, pero es que esta sociedad no se convierte en una película del Oeste porque un señor la emprenda a tiros -mejor o peor calculados- con un caco, sino cuando una corporación de excombatientes -que, en no pocos casos son, además, asesinos, violadores, felones y criminales de guerra- se toma nuestro país como una casa de putas y encima tenemos que aguantar que el don Gaspar de los cojones nos imponga el buen rollito, la transversalidad y la multiculturalidad con ese gremio de cabrones.
Su Señoría sí que ha causado alarma social; porque es muy alarmante que, ahora mismo, afronte una pena mayor la persona que ha repelido con los medios que ha podido el asalto a su casa que el propio asaltante (el superviviente, en este caso). Y más en el caso concreto, en el que los cabrones se permitieron el lujo de ir días antes, prácticamente con la cinta métrica, a preparar el teatro de operaciones ante el menfoutisme de los Mossos d'Esquadra imposibilitados en medios, efectivos y cobertura legal para tomar medidas. Bien, si el Estado no puede -como es lógico- poner un par de polis a la puerta de todos los domicilios, debe tolerar -con todo el dolor de corazón que quiera- que el ciudadano se defienda. Y debe tenerse en cuenta, a la hora de evaluar esa defensa, que a un ciudadano no se le puede pedir la eficacia, ni la precisión, ni el temple de un policía concienzudamente entrenado: hace lo que puede, dispara al buen tuntún, y si le revienta el cerebro a un hijo de puta que está asaltando su casa, pues que lo entierren y aire.
Si al yerno de los Tous lo juzga un jurado, cabe esperar que no le pase nada grave. Desde luego, si yo fuera miembro de ese jurado no sería condenado con mi voto, eso seguro. Pero es que, además, la reserva que yo formularía a una sentencia condenatoria haría que la defensa letrada del condenado meara colonia Lavanda Puig de cara al recurso de casación.
Si el Estado no quiere que nos defendamos como podamos, debe defendernos el Estado mismo. Y una forma barata y eficaz de hacerlo es dejar de tocar las narices interceptando pateras que nos meten unos cuantos centenares o pocos miles de negritos que no suelen causar ningún daño, y vigile férreamente las fronteras pirenaicas por las que se nos cuelan a borbotones criminales de una bestialidad inaudita.
Y si al Gaspar no le gusta, que lo folle un pez.
Próximo jueves, 21 de diciembre, último del otoño y penúltimo del año, ya metidos de lleno en las Fiestas de la VISA, y víspera del Día de la Salud, o sea, del día en que toda España, decepcionada porque no le ha tocado la lotería, la emprende con la cancioncilla típica del «bueno, lo importante es que haya salud...». El que no se consuela, es porque no quiere.
Para «El Incordio» no hay falsos consuelos ni conformismos. Ante el abuso, ante la indignidad, ante las aberraciones del poder, a falta de otra cosa, por lo menos que conste el cagontó, el derecho al pataleo. Camino de culminar el tercer año, no pretendo otra cosa.
A por el cuarto.
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