lunes, 1 de enero de 2007

Anormalidades

De la serie: «Pequeños bocaditos»

Hacía cosa de dieciocho años que no celebraba una Nochevieja fuera de casa. Bueno, no tan fuera de casa, en cierto sentido. Me explico: tradicionalmente, venía a cenar a casa un matrimonio amigo nuestro; tan amigo, de hecho, que son los padrinos de mi hija pequeña. Y acaso algún otro grupito, cambiante de un año para otro, que se iban apuntando. La razón de tal inmovilismo geográfico era la cortísima edad de las niñas que, ya se sabe, no se las puede tener fuera de casa a tan altas horas y menos en Hereulandia, donde si el transporte público ya es una mierda cuando hay que desplazar a las hormigas al tajo, imaginarse cuando se trata de un día (¡una noche!) festiva. Y súmale a ello, además, un gremio del taxi que parece acogido al patronazgo no sé si de Luis Candelas o de Pepón, ya saben los veteranos, el holgazán cuñado de los señores de Alcorcón, o, más probablemente, de ambos a la vez.

Pero este año no ha habido escapatoria: las niñas ya son lo suficientemente mayorcitas y, además, la madre de los padrinos está demasiado achuchá como para quedarse sola, de modo que, pro primera vez en tanto tiempo, los trayectos han sido a la inversa.

Terminado el festejo -a unas más que prudenciales dos de la mañana- hemos ido caminando un poco por la calle Provença desde Aribau hasta el paseo de Gràcia para que la mayor (la pequeña se ha quedado a dormir con sus padrinos) viera un poco el ambiente de la noche. Efectivamente, la chica ha captado (solita ¿eh? que yo no le he dicho nada) lo deprimente del ambiente formado por gente que se divierte -o lo intenta, o eso cree- por necesidad reglamentaria. Es tal día en el calendario y toca y ya está. Si se te ocurre pasar la Nochevieja en una biblioteca -supuesto caso de que alguna hubiera abierta- te tomarían, sencillamente, por demente. Es Nochevieja y hay que divertirse ¡ar!. Además, divertirte no como a tí te gusta sino como mandan los cánones que debes divertirte. Como un perfecto gilipollas. He aquí un hermoso ejemplo...

Pasamos por delante de un lugar de esos que llaman de moda. En la calle -y no creo que con permiso municipal, pero les da igual, han instalado una cinta a modo de barrera paralela a la fachada del edificio apropiándose alegremente de unos veinte o treinta metros cuadrados de superficie pública. En el extremo de la cinta lindante con la puerta del sitio ese, tres elementos simiescos, perfecta materialización de lo que debe ser el eslabón perdido, amasijos de carne de un metro ochenta de estatura, cabezas limpias de pelo (y de cualquier otra cosa) y pinganillos en las orejas. No hace falta ser ni psicólogo ni antropólogo para establecer -con un margen de error del diez por ciento en más o en menos- que la suma de los tres cocientes intelectuales juntos no irá más allá de veinte o veinticinco, el mínimo necesario para mantenerse de pie y, simultáneamente, meter y sacar las manos de los bolsillos. Lo que no entiendo es lo de los pinganillos a menos que a través de éstos les transmitan ruidos que puedan asociar con comportamientos necesarios, en perfecta respuesta a las tesis de Pavlov, aunque no me parece que los piernas esos tengan un desarrollo intelectual como para llegar a tanto. Pero eso no es lo más interesante, por más que habitual. Lo más curioso, observado desde un punto de vista sociológico o de cualquier otro modo científico, es la existencia de una cola de no menos de cien o ciento veinte idiotas esperando pacientemente a que las tres lumbreras den el visto bueno a su aspecto físico (o sea, a las etiquetas de su vestimenta) y les permitan el acceso al antro, previo pago, eso sí, del precio de la entrada que cabe adivinar, en noche como esta, escalofriante.

Todas esas observaciones las hago, además, en voz alta y perfectamente audible. Mi hija se gira mirándome alarmada. Ella no sabe -pero se lo explico- que los tres micos en cuestión tienen el electroencefalograma técnicamente plano de modo permanente y los otros ciento y pico sólo -en unos cuantos casos, por lo menos- de manera provisional, en tanto cumplen con la orden oficial de divertirse como manda el calendario y el reglamento, así que no hay peligro de que entiendan lo que digo y tengamos un conflicto.

Y, efectivamente, nuestro paseo continúa pacíficamente y pleno de interés paleontológico, hasta llegar al metro en el que, tomado en dirección opuesta al centro, no viajan sino padres de familia normales, con hijos normales (al menos de momento), que después de una cena familiar, o de similar naturaleza, regresan a casa como personas absolutamente normales (y en estado físico y mental absolutamente normal).

Y fíjate tú que, en tal noche, eso es lo raro y lo anormal.

4 comentarios:

  1. Desde luego, la escena con los micos, la colas y usted de comentarista ha debido ser antológica.

    Aquí un demente, que a las 22:50 horas estaba metido en la cama leyendo muy a gusto. Y eso por se atrasó la cena, que si no.....

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  2. Así como el peor día para comprarte un libro es Sant Jordi, el peor día para ir de fiesta es Nochevieja. El que tenga ojos, que vea.

    Bona entrada d'any!

    Jordi

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  3. Excelente entrada para empezar el año - verdades como puños - me encanta lo de divertirse por necesidad reglamentaria.

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  4. Monsignore (poco festivo)jueves, 04 enero, 2007

    ¿Alguna vez has visto algo más triste que uno de esos andaluces que creen que la "grasia" viene con la partida de nacimiento, y que cualquier majadería dicha con acento de Triana se convierte en tronchante?

    Todo lo obligatorio - salvo la asistencia a misa y el diezmo parroquial - resulta triste.

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