domingo, 14 de enero de 2007

Sentimientos y trapitos

De la serie. «Pequeños bocaditos»

Llevo ya mucho tiempo observando un fenómeno curioso -y quizá indeseable- como consecuencia de la apropiación partidista de símbolos que son comunes, que son de todos. He vuelto a ver -de lejos, claro, vivo en Barcelona- este fenómeno reproducido en la manifestación anti-ETA que ayer se llevó a cabo en Madrid: el uso de símbolos cuyo significado no se pretendería que fuera el estricto sino que se exhiben como una alternativa para significar lo que en su origen -ahora bastardeado- fue el símbolo genuino. Me refiero a la proliferación de banderas republicanas que se observa últimamente en manifestaciones masivas no convocadas ni monopolizadas por la derecha.

La manifestación de ayer en Madrid reunió, según cifras bastante unánimes, a unas 175.000 personas y, en medio de ese gentío, brillaba por su casi total ausencia la bandera española. La bandera española oficial, quiero decir, la rojigualda; en cambio, como destaca «Libertad Digital» (obviamente rasgándose las vestiduras), proliferaron las republicanas.

¿Era, propiamente hablando, republicano todo ese personal? Yo creo que no. Es verdad que la monarquía nunca ha sido aquí tan popular como se ha pretendido (al contrario, creo que los monárquicos son una exigua y polvorienta minoría) pero que tampoco existe un sentimiento republicano fuerte, serio y mucho menos estructurado; todavía habran de pasar años para que la palabra república no suponga reminiscencias traumáticas en ningún sentido, hasta que sea adulta la actual generación de escolares y eso sólo si conseguimos amordazar de una puta vez a los cabrones de todo bando e ideología que no callan ni acaban ya con la jodida guerra civil. Por lo demás, la inmensa mayoría de ciudadanos no tiene ganas de líos y aunque no trague a la vigente corona, si su sustitución por un régimen republicano ha de suponer algún riesgo para la molicie en que vive, mejor no meneallo. Y, sin embargo, banderas republicanas a manta en cualquier manifestación...

La clave me la dieron hace tiempo unos muchachos jóvenes, creo recordar que en Asturias: les gustaba ostentar su españolidad -me dijeron- pero no podían con la bandera facha. Ciertos son los toros. La bandera rojigualda tiene el sambenito de haber sido la bandera del franquismo y eso fue un problema cuando lo de ahora tuvo que mantenerla, por más que le cambiara el escudo y por más que se insistiera en que su implantación como bandera nacional fuera muy anterior al franquismo (de hecho, la bandera republicana sólo fue la nacional durante la II República, pues la Primera no cambió los colores monárquicos); por si fuera poco, la derecha tomó la bandera como propia -recordemos, como simple anécdota, los tirantes de Fraga- y en los últimos tiempos, en ese estado de crispación permanente en que vivimos, la cosa es aún más sangrante y nadie, salvo la derecha cerril, quiere parecer de derechas y es tanta la ostentación que la derecha ha hecho de la rojigualda como si fuera la bandera de la derecha que, sencillamente, lo ha conseguido. Y, ahora, cualquiera que quiera hacer alarde de su españolidad sin verse asociado a la derecha, recurre a la tricolor. Sea republicano consciente y consecuente... o no.

Con el toro coñaquero me sucedió -personalmente- un poco lo mismo. Encontré muy normal que se le reconociera como distintivo rutero: había dejado de ser el símbolo de una marca para ser una seña de identidad... de nuestras carreteras, no de otra cosa. Luego vino el ultranacionalismo catalán y la tomó con el toro. Consecuentemente, el toro fue utilizado para tocar los cojones a los ultranacionalistas... hasta que poco a poco, fue derivando en el símbolo de otro ultranacionalismo y entonces fue cuando yo rechacé el toro definitivamente. Antes me gustaba verlos por las carreteras; ahora me pongo malo cada vez que lo veo (y llegando a Zaragoza desde Lleida -en los últimos cuarenta o cincuenta kilómetros- hay nada menos que tres). Eso por no hablar de ciertas cuestiones de apropiacionismo intelectual alrededor del toro dichoso, pero ya hablaremos de ellas otro día.

Cualquier cosa es posible en esta España de desorden ideológico -entre otros muchísimos desórdenes-, en esta España mediocre regida por mediocres y sinvergüenzas. Y cuando digo regida por mediocres y sinvergüenzas me refiero a todos los que, de alguna manera, participan del poder del Sistema.

Eso incluye a la oposición.

1 comentario:

  1. Y lo peor, caro figlio, es que toda esta cagarela de banderitas es, sencillamente, estúpida.

    Proclamarse republicano hoy es, en el mejor de los casos, infantil. Infantil, porque ya somos una República de todo, menos de nombre. El que la representación del país recaiga sobre una familia en lugar de sobre un funcionario de rotación periódica no es mala idea; y, aun siendo redicalmente antimonárquico, he de reconocer que es campechano este podría hacerlo francamente peor.

    Otra cosa es que, al ritmo que va creciendo la recua, la partida presupuestaria va a alcanzar niveles insostenibles - o que yo no estoy dispuesto a sostener. Con uno en el carro y otro en la recámara, basta y sobra; así que, tras el segundo hijo, vasectomía al canto; eso, y que sólo el primogénito pueda reproducirse, que puestos a radicalizarse, pocos igualan a la Santa Madre Iglesia...

    En el año treinta, la República era una alternativa válida, lógica y necesaria, frente a una Monarquía como poder en la sombra tras unos gobiernos que cabe calificar como nefastos. Y eso, usando a capazos de la caridad cristiana que me caracteiza. Pero hoy en día es, simplemente, folclórico. Eso sí, la chapita en el macuto mola.

    Y las banderitas... no sé qué decirles a tus amigos asturianos; pero creo que enarbolar la tricolor (una de las primeras meteduras de pata de la Glorias, empezaron ya por equivocarse de color...) es dejar en manos de la caverna a la bandera que debería representarnos a todos, y no sólo a peperos y adláteres.

    hala, un besico y mi bendición. Como decía el llorado Tito B Diagonal, a todos menos a los del torito...

    ResponderEliminar