En el fragor de la paella de hoy se me olvidó algo muy importante, histórico de verdad: ayer murió en Afganistán la primera mujer soldado española caída en combate.
Yo, escribidor pringadillo, que tantas veces ostento con pretenciosidad lo que en nada menos que un Cervantes no fue sino un título de humildad, la condición de viejo soldado, me pondría en primer tiempo de saludo ante la camarada caída, pero se ve que esto del primer tiempo de saludo ya no se lleva, me dijo no sé quién... Además, de paisano y descubierto, es un gesto patético.
No escribiré ridiculeces épicas. Qué coño: Idoia estaba cumpliendo con su deber sin más, como todos los soldados, sin que sonaran himnos de gloria como música de fondo, pensando quizá en el menú de la cena, en el fastidio de llegar tarde al enlace del satélite para poder hablar con la familia o en ese capullo de conductor que le estaba dejando el culo como una criba con tanto brinco. Y en esas estando, en una de esas o parecida, se la llevó por delante una mina islamista.
Dejaré, en cambio, que hable otro viejo soldado de la Infantería española, Pedro Calderón de la Barca, en un fragmento de aquel poema que, en tiempos, tantos aprendimos y llegamos a saber de memoria:
Oye y sabras dónde está:
este ejército que ves,
vago al hielo y al calor,
la república mejor,
y más política es
del mundo a que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda
sino por la que de él adquiere;
porque aquí la sangre excede
el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.
Buenas noches, Idoia, soldado Rodríguez, camarada.
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