lunes, 5 de marzo de 2007

¿Es posible un entendimiento?

De la serie: «Correo ordinario»

Toda transición, sobre todo si es rápida y vertiginosa, conlleva necesariamente un estado de confusión, de desazón y de incertidumbre... aunque acaso también de euforia. Es como en un hospital: en una planta nacen niños y llega con ellos la alegría, la felicidad, la esperanza... la promesa de futuro, en definitiva; en otra, quizá una sola planta más arriba o más abajo, mueren ancianos u otros enfermos que han agotado su ciclo vital y con ese fin llega la tristeza, la desazón... ya no hay más que el pasado y su añoranza. Y todos, padres y abuelos felices y deudos y parientes tristes, coinciden en algún momento en la cafetería. Para éstos, la alegría de aquéllos es molesta, aunque algunos -no todos, y ahí está el quid de la cuestión- puedan comprenderla; para aquéllos, la tristeza de éstos es inoportuna en medio de tanto gozo, aunque también hay quienes piden que se modere un poco el tono por consideración hacia los que están tristes.

Son reflexiones que me vienen a la cabeza mientras leo el documento «Propietat intel·lectual i Internet a Espanya» de la doctora Meritxell Roca Sales, del IN3 de la Universitat Oberta de Catalunya, a cuyo empape vengo dedicando este fin de semana de igual modo que el anterior dediqué a una parecida obra de la misma autora sobre el software libre en Catalunya y en España. Estoy leyendo en este momento el capítulo dedicado a las diferentes licencias que, convencionalmente, podrían catalogarse como copyleft, y lo estoy poniendo en relación con un libro de lectura relativamente reciente, de varios autores («Copyleft. Manual de uso», Ed. Traficantes de Sueños, Madrid, 2006), porque tanto en el capítulo de la doctora Roca como en el libro, se alude a las dificultades de los autores en sus relaciones (adherentes o repelentes) con las sociedades intermediarias de derechos crematísticos de autor, es decir, los problemas para soslayar a las oficiosas y sus rígidos, exclusivos, excluyentes y leoninos modelos de gestión y la dificultad, obviamente opuesta, de gestionar esos derechos de otro modo.

Según fuentes citadas por la doctora Roca, en el mundo hay unos 45 millones de páginas web protegidas por licencias Creative Commons y van in crescendo en una proporción que no me atreveré a calificar de «geométrica» pero sí ciertamente vertiginosa. No sé si de éstas o aparte de éstas (el trabajo de Roca no lo especifica con claridad), hay algo más de tres cuartos de millón de obras musicales acogidas a ellas.

Esta bitácora, por ejemplo, está puesta bajo la salvaguarda de una de estas licencias y como yo detecte una vulneración que me parezca hecha de mala fe, su autor puede dar por segura una cartita de mis abogados y, si no hay entendimiento, podría haber un pleito que yo tendría, racionalmente, buenas posibilidades de ganar; por tanto, y visto así, las Creative Commons son, ciertamente, protectoras. Pero de ahí, de ahí mismo, se deduce un problema: ¿cómo detectaré esa vulneración? Porque no dispongo de mecanismos o medios de seguimiento de mis obras que no sean los clásicos (
Menéame, Technorati, etc.) que, a estos efectos, son claramente insuficientes. En mi personal caso, esto no tiene importancia porque no tengo ningún interés profesional o lucrativo en lo que escribo: al contrario, precisamente pongo mucho empeño en la prohibición de su uso comercial y, pese a que, de acuerdo con los términos de la licencia, tengo derecho a hacerlo, soy poco proclive a autorizarlo incluso a título individual y/o excepcionalmente. Pero... ¿y en el caso de que un autor quiera ganarse la vida -u obtener un rendimiento material- con su obra? El sistema de libre copia y distribución que suponen las licencias CC puede ser buen medio de comercialización, la realidad lo está demostrando cada día, más... ¿cómo se controla esa comercialización? La entidad idónea parece que habría de ser una sociedad de gestión de derechos crematísticos de autor pero, sin embargo, el modelo de gestión de las sociedades actuales es incompatible con el modelo CC.

Aquí hay claramente un choque y un problema que hay que resolver. Los alegres convidados del bautizo, con sus risas y su descorche de botellas, y los tristes lamentos y llantos de los familiares del finado nos ocultan que en la cafetería del hospital también hay personas, mayoría, cuyos deudos no se hallan en una situación precisamente alegre pero tampoco han de temer un pronóstico fatal que lleve a la depresión y que necesitan un ambiente adecuado tan ajeno a la juerga flamenca como al tanatorio.

El modelo de gestión, pues, debe cambiar, debe adecuarse a la realidad actual y al futuro previsible (del que, además, lo más previsible es quedarse corto en las previsiones), pero la gestión, en sí misma, no debe desaparecer y, de hecho, supongo que no desaparecerá. Que haya de desaparecer o que desaparezca tal o cual entidad concreta es algo que el tiempo dirá, y lo mismo cabe decir de la eventual aparición de una o más entidades nuevas, pero debe existir, evolucionado, actualizado y acorde con los nuevos tiempos, un modelo de gestión.

¿Cuál? ¡Ah, buena pregunta! Esta es una respuesta que debería venir de un diálogo franco y libre entre autores y ciudadanos que, aunque seguramente habría de soslayar muchos obstáculos, llegaría con casi toda seguridad a un buen resultado.

El problema está en que este diálogo no es ahora posible. No es posible porque la inmensa mayoría de los autores, casi su práctica totalidad, no sólo no está representada por las actuales cúpulas de las entidades -al servicio de un reducidísimo grupo beautiful, de su propia maquinaria y de una incuantificable pero cierta cuota de poder político, económico y fáctico- sino que está silenciada -incluso estatutariamente, lo cual es increíble- por esas mismas cúpulas.

Tampoco la comunidad internauta, a su vez, está unida alrededor de un único criterio. Si he hablado de las licencias Creative Commons como licencias convencionalmente tenidas por copyleft, hay que decir ahora que, en rigor, no lo son. Para muchos -o, más que para muchos, para sectores de difícil dimensionamiento pero de opinión importante, con peso en la red- no hay más opción aceptable que las licencias completamente libres y sin ambages, y las CC no lo son, ciertamente. No explican estos sectores -dudo de que sea posible explicarlo- cómo puede haber un modelo profesional de creación artística con una licencia completamente libre (que, salvo un par de requisitos puramente formales, no son, en realidad, sino una puesta de la obra en el dominio público). Y esto me parece que obedece a una de estas dos cosas (o de ambas): o una suerte de fundamentalismo cuya exacerbación se explica -pero no se justifica- por la brutalidad apropiacionista, o bien una confusión, la identificación de la naturaleza de la obra artística y la de la obra tecnológica (más claramente: el software); ambas cosas sólo se parecen en que son resultado del esfuerzo intelectual, pero ahí termina todo parecido. El software no se agota en sí mismo: precisa de una máquina cuyo funcionamiento debe determinar, de una finalidad a la que servir y, además, es susceptible de mejora y ampliación y eso hace que pueda ser prácticamente del dominio público puesto que el modelo comercial se ha buscado y encontrado en esos otros ámbitos que el software necesita para ser algo más que una elucubración. La obra de arte, en cambio, es principio y fin de sí misma y en sí misma: no se mejora, no se amplía, en todo caso, simplemente nace otra inspirada en ella; y es un puro fenómeno de comunicación intelectual de su autor hacia el que la percibe, no hay finalidad a la que servir ni máquina cuyo funcionamiento deba dirigir.

En cambio, sí que somos ciertamente muchos los que pensamos que el quid de la cuestión con la obra artística o científica está en la posibilidad cierta de su acceso universal al conocimiento que encierra; y creemos que este acceso se garantiza con suficiencia si existe la libertad de copia y de distribución. No cabe exigir -al menos como un derecho natural e inalienable- nada más. Este sería el mínimo de la ciudadanía pero -una negociación es una negociación- también deberíamos estar dispuestos a aceptar que este fuera el máximo de los creadores.

Mientras no sea así, no vamos bien y la guerra seguirá. Firmes en nuestros mínimos, pero sin obstinarnos en subir su listón, los internautas, los ciudadanos en red, deberíamos llegar a un consenso, siquiera tácito, que nos permitiera constituirnos en ciudadanía, ampliamente entendida, con una aspiración homogénea y unas exigencias ajustadas a los nuevos tiempos.

Dentro de las sociedades de gestión... no sé qué ha de pasar concretamente, la verdad... o lo sé pero prefiero no decirlo. Pero algo, algo tiene que cambiar muy profundamente ahí. Veo difícil la conversión de las cúpulas; no creo que los amos del cortijo vayan a renunciar así por las buenas a sus canonjías: es más, han dado señales sobradas de que van a defenderlas con uñas y dientes hasta la última gota de sangre... de los autores a los que tienen amordazados. Desde este lado del mostrador veo también muy difícil un diálogo con esa gente. Yo no veo a nadie que pueda representarme sentado en una mesa de negociación con don Teddy y sus compinches y demás ralea. Yo lo siento, pero por ahí no paso; y eso no es importante: lo importante es que somos muchísimos miles, millones, los que no pasaríamos; lo que hemos tenido que aguantarle a ese tío y a su entorno imposibilita absolutamente la menor entente, la más pequeña posibilidad de buen rollo. Teddy Bautista y las personas, entes e intereses a los que representa (a los que representa de verdad, no al común de los autores) son el difunto del hospital, el que ya nada tiene que pelar, el que no cabe en el futuro, el que, tras las horitas reglamentarias de cuerpo presente, no seguirá ya otro camino que el del crematorio.

Los internautas tenemos muchas cosas que arreglar entre nosotros antes de que podamos integrarnos, formar parte de unas condiciones objetivas (vaya, hombre, ya tuve que soltarlo...); pero el trabajo previo gordo, gordo y difícil de verdad, al lado del cual el nuestro -que déjalo correr- es una risa, lo tienen los autores. Tienen que bajar de un tejado altísimo y resbaladizo una pelota grande y pesada que tiende a aplastar o a precipitar al vacío a quien intenta sacarla de allí.

Casi nada, chavales...

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