jueves 8 de marzo de 2007

Perros y perreras

De la serie: «Los jueves, paella»

En Catalunya o, mejor dicho, en el área metropolitana de Barcelona, vienen siendo recurrentes, desde hace unos meses, las noticias de retrasos y averías y más retrasos en la red de cercanías de RENFE. Aunque también es verdad que los medios de comunicación catalanes parecen especialmente azuzados sobre un problema que parece nuevo pero que existe desde hace mucho tiempo, y que la escandalera coincide sospechosamente con el clamor de los ámbitos políticos catalanes para que la negociación de la letra pequeña del Estatut empiece inmediatamente y empiece por los dineros para las infraestructuras, cosa que trae problemas políticos a ambos lados del Ebro: en la Iberia ulterior, dar dineros a los catalanes, resta votos; en la Iberia citerior, no conseguir esos dineros es, asimismo, mal rollo electoral; y cuando en ambas Iberias dominan, bien que a trancas y barrancas, los sociatas, el lío está servido.

También es proverbial la desidia y la negligencia -muchos pensamos que poco o nada casual- del ministro de Fomento más catastrófico para Catalunya de los últimos tiempos, el inefable Álvarez Cascos, pero seríamos injustos si no achacáramos también a los ministros de Fomento del PSOE una desgana más que evidente y nada manca, aunque no lleguen -sólo en apariencia- a los extremos morrudos del populachero pluridivorciado (del que conviene recordar, ya que estamos, que desintegró las hasta entonces nada malas opciones del PP en el Principado de Asturias por un quítame de allá so amigo de mi ex-suegra con el presidente autonómico, y todo ello después del lío bestial que formó allí, ante la atónita y asqueada mirada de los asturianos).

En definitiva, y no es nuevo ni de ahora, los catalanes no estamos en nuestras más altas horas de popularidad hispánica y lo estamos pagando en moneda de curso legal. Por cierto, que también lo pagará el común de España, pero cuando la merluzada nacionalista -de ambos lados del río- se dé cuenta, será ya tarde para todos.

Pero siendo esto evidentemente así, no todo lo que nos está pasando con las infraestructuras es un problema de desinversión por parte del Gobierno español. Hay algunos hechos más que conviene señalar. Por ejemplo, la deslocalización (en términos locales y regionales) de muchas industrias y empresas que han abandonado la inmediatez urbana de Barcelona para establecerse en proximidades no tan pegaditas. Aparte de que tener una industria metida en el entramado de la Ciudad Condal es un engorro, hay que reconocer que cuesta mucho mantenerse sobre un solar que vale una millonada cuando no muy lejos hay polígonos industriales de suelo muchísimo más barato, con mayor superficie disponible y que están lo suficientemente bien comunicados mediante arterias viarias y ferroviarias regionales y nacionales suficientes (o todo lo suficientes que cabe esperar, aunque no sea mucho). Este fenómeno ha ocurrido también en Madrid y está ocurriendo en multitud de capitales de provincia españolas. Esto ha hecho que el número de desplazamientos interurbanos se incremente, por cuanto muchos habitantes de Barcelona deben salir de la ciudad cada mañana y regresar a ella por la tarde. El fenómeno es, pues, inevitable, aunque no se le han aplicado paliativos o se le han aplicado paliativos erróneos (promoción de la vialidad automovilística en lugar de un incremento, en calidad y en cantidad, del transporte público: ir a la oficina en hora punta cómodamente sentado en un tren razonablemente moderno y manejando el ordenador personal o leyendo el periódico, es una estampa londinense o neoyorquina, quizá madrileña, completamente ilusoria aquí, salvo en algunos muy breves tramos de los que cubre la red de la Generalitat, y no siempre).

Hay, sin embargo un factor añadido que debemos al ínclito Clos y que su heredero no lleva trazas de ir a arreglar: la sistemática expulsión de jóvenes (y lo que es peor: de parejas jóvenes) de la ciudad de Barcelona. Se trata de incipientes familias de un cierto y razonable nivel de vida (ya hace años que los niveles razonables de vida no dan para comprar un piso aquí) que han tenido que huir hacia al extrarradio (dejando, de paso a esta desgraciada ciudad sin crecimiento de población autóctona, originaria), pero cuyos puestos de trabajo siguen estando en la capital, con lo que generan asimismo un brutal incremento de los desplazamientos interurbanos, pero en sentido contrario al anterior. Y este fenómeno sí que hubiera podido evitarse con una política municipal adecuada.

Encima, hace poco nos enteramos de que la mitad del turismo barcelonés es turismo de negocios, una mierda de turismo sólo útil a la banda del señor Gaspart -es decir, a los hoteleros-, a las casas de putas y a los taxistas, servicio este último del que los indígenas nos hemos despedido hace muchísimo tiempo al ser totalmente inasequible (en términos materiales, por un déficit crónico de servicio causado por la escasez especulativa de vehículos en circulación y, en términos económicos, por unas tarifas sencillamente brutales). El resto de la masa turística lo constituyen los churrascos de los cruceros, cuatro japos, unos cuantos jovencitos anglosajados y nórdicos que vienen a pasar el fin de semana sin otro gasto que el vuelo low cost (con base y tasas en el aeropuerto de Girona, no en el de aquí) y la cerveza de malta meada que les sirven por la Rambla (duermen, cuando duermen, en los parterres, aprovechando la suavidad del clima), y unos pocos despistados que vienen en el mismo plan que siempre, pero que suelen alojarse en hoteles de la costa del Maresme o de las proximidades del Garraf y tampoco se matan haciendo gasto en la ciudad.

Ya se lo digo a mis hijas: hay que largarse, que esto se hunde. Estudiar y largarse, pero largarse lejos, porque esto -y sus proximidades- se acaba. España es larga y ancha. Y Europa, mucho más.
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Ya sé que lo he dicho muchas veces -tantas como ha sucedido- pero el espectáculo que ayer ofrecieron los senadores del PP es incalificable. No, incalificable, no: puede calificarse perfectamente. Ayer, en el Senado, los representantes del PP se comportaron como auténticos gamberros; la cosa no tiene otro nombre o, mejor dicho de nuevo, sí que tiene otros nombres, pero no me apetece tener que explicarme ante un juez por decir cosas excesivamente feas de estos padrastros de la Patria. El propio presidente de la Cámara Alta tuvo que emplear la palabra vergüenza para calificar lo que estaba sucediendo allí. Y ojo, que no entro en el fondo de la cuestión; me estoy limitando a comentar los modos.

Porque, además, esto es ya una constante parlamentaria de la perrera en toda esta legislatura: la bronca constante, el murmullo encabronante... Dice mucho de lo que es esta gente con esta forma de comportarse en un parlamento.

Hace unos días comentaba con un compañero de trabajo lo descorazonador que está el patio político en este país: habría que arrearle un buen palo a la sociatería, pero para ello habría que poner en el machito a la perrera; inversamente, con el talante con que nos viene obsequiando la perrera desde que perdió las últimas elecciones, tendríamos que tenerlos en el dique seco unos cuantos años, a ver si se apaciguan, porque tal como van, tenerlos en el gobierno sería terrorífico, pero para ello habría que tener en el gobierno esos mismos años a la sociatería y eso también es pavoroso.

No hay otra solución que una buena movida cívica, no sé, manifestaciones multitudinarias contra todos, lobbys sociales exigiendo modificaciones constitucionales (nuestro específico sistema parlamentario y electoral tiene mucho que ver con el problema que nos aqueja), rebeliones abiertas en términos de participación, tanto electoral como cívica... Pero no. Obviamente, la ciudadanía no está para cosas serias y no tiene otra preocupación que gastar a manos llenas: unos, un dinero negro que parece inacabable; otros, un dinero que no sé de dónde sale (entre mileuristas e hipotecas, aquí no debiera haber un duro blanco), pero que ahí los tienes...

La situación es grave y en el país de la bronca puede fácilmente empeorar y deteriorarse aún muchísimo más. No quiero llamar al mal tiempo, pero somos gente que pasa del letargo cabestro a la hostia limpia con excesiva facilidad y los políticos están jugando con fuego demasiado cerca de una población que es inflamable como la gasolina y tan imprevisible como ésta. Que no tengamos que escribir de nuevo páginas infamantes en nuestra Historia.

Porque, pase lo que pase, la culpa no la tendremos sino nosotros. Por gilipollas.
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Explica una lectora en «20 minutos» la historia de una señora que validó su billete de metro, lo guardó en el bolso e, interceptada por los inspectores, yendo la mujer con prisa y atolondrada, no supo hallar el billete, por lo que fue multada. Son cosas que pasan, casos de mala suerte -a mí estuvo a punto de pasarme algo así en el autobús: había perdido el billete; pero pude darme el piro antes de que me cazaran- que quizá indignan al acompañante que sabe de la honradez del sancionado. Tampoco me sorprendería que un cierto tonillo del esbirro municipal contribuyera a hacerle el trago aún más doloroso a la pobre señora.

Esta carta me recuerda, en alguno de sus aspectos, cuando se queja de la impunidad de los que sí se cuelan sistemáticamente, de actitudes habituales de los empleados estos tan feroces con la gente normal y mucho menos con... otros, una cosa que me pasó a mí hace ya unos cuantos años.

Iba en tren de Barcelona a Reus, muy pronto por la mañana, pues tenía que estar en un edificio de las afueras a las nueve, y desde la estación hasta mi destino aún tenía un rato de trayecto. A esa hora, el tren iba materialmente abarrotado desde Sants hasta Vilanova: ahí se vaciaba, supongo que debido a la estudiantada que asistía a un centro de formación profesional de la población del Garraf. El resto del trayecto solía ir -y ese día iba- prácticamente vacío.

Pero en mi vagón iba un grupo de media docena de chavales -o quizá algo menos chavales- de estética heavy muy acentuada, que se dedicaron a beber, a fumar (estaba prohibido), a poner un radiocassette a un nivel de volumen realmente estruendoso y, de paso, a escupir, a arrojar colillas al suelo, a ponerse de pie sobre los asientos y, en definitiva, a hacer el gamberro a gusto y ganas. Todo ello en presencia, por dos o tres veces, del interventor del tren, que dedicó esas ocasiones al sano deporte de mirar hacia otro lado.

Aunque el número se hizo largo, la verdad es que, reloj en mano, no tardaron mucho en llegar a su destino los hijos de puta en cuestión y yo me quedé solo en el vagón. Entonces coloqué el periódico en el asiento de enfrente y puse mis pies sobre el para otra cosa inútil papelucho con la intención de descabezar un sueñecito en tan cómoda posición. Bien, pues tan pronto la había adoptado, apareció el interventor, pero esta vez no miró para otro lado sino que se dirigió a mí de forma desabrida (muy desabrida) y me increpó por poner los pies sobre el asiento (te recuerdo, lector, que era sobre el periódico) y me conminó, con modales legionarios, a poner los pies en el suelo. Si el muy imbécil hubiera sabido lo cerca que estuvo de recibir una hostia en los morros, supongo que hubiera pasado de largo como las otras tres veces, pero no lo sabía. Y no, no recibió ninguna hostia: solamente tuvo que aguantar mi mirada de asco incontenible, de un asco profundo y vomitivo, y mi envío directo y sin ambages a la mierda, con la conminación de que me dejara en paz y algún calificativo asaz despectivo que le adjunté.

Resulta curioso ese gremio de seguratas (que ni siquiera son verdaderos seguratas titulados, ni a eso llegan), inspectores, interventores y demás fiscalizadores de menor cuantía: cuando se trata de enfrentarse con alguien que, por las pintas, parece que va a ser de los que recurren al venteo de leches, se cagan encima (y no se lo reprocho, cuidado, que cada cual tiene su alma en su armario) y, en estos casos, sólo saben actuar en manada y con perro; en cambio, cuando pillan a una señora mayor o, simplemente, a un ciudadano con aspecto de normal padre de familia, se ceban sobre él de malos modos y le hacen pasar un mal rato. Cobardes pringados...

Es gentuza así la que me lleva, no diré que a solidarizarme, pero sí a mirar hacia otro lado cuando presencio una acción que, en sí misma, me indigna, la del sobrado que pasa de los tontos que pagamos el billete y que mantenemos el servicio y la rapiña municipal, pero sí a la indiferencia cuando el único recurso contra él es ese mequetrefe uniformado e inoperante al que tan bien definía Jesús Gil -que conocía bien el paño- cuando lo calificaba de forma parecida a «uno de estos a los que les dan la gorra de plato y que cuando se la pone se cree el sheriff de Dodge City». Pero sólo con las ancianitas y con los ciudadanos corrientes o si van ocho y el perro.

Ahí, mis valientes...
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Bueno, pues ya nos hemos cargado el jueves 8 de marzo. El próximo será 15 y no le veo, así, al pronto, otro valor que el de poder decir, a partir de ese día, que ya casi nos hemos echado a la espalda el primer trimestre del año. El trimestre lento, el trimestre cansino. Pero seguro que nuestros políticos y nuestra sociedad seguirán proporcionando buenos motivos para paellas bien calientes y, aunque no sea propio del plato... picantes, muy picantes.

Aquí seguiré, en la cocina de «El Incordio», mientras contemplo cómo se nos viene encima un canon digital brutal, espantoso, descomunal y desproporcionado. Todo eso, pero no injusto. No injusto porque, como ciudadanía bovina que somos -en general-, nos lo tenemos más que merecido.

San Joderse es como la Pascua: fecha variable.

1 comentarios:

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