martes 10 de abril de 2007

Deudas pendientes

De la serie: «El trabuco bien cebado»

Dos semanas largas. Largas, o sea, que han sido algunos días más de 14; y largas, porque se han hecho inacabables. Pero, en fin, ya estamos aquí, con una flamante conexión nueva a cargo de la vieja Timofoníca, una conexión de tres megas que no llega a uno, como suele acontecer en este país de mierda, que me ha costado gritos, bronca, alaridos y que, bueno, ha habido que acabar solucionando por el viejo y triste procedimiento de las llamadas a los amiguetes.

También la migración de servidor y de CMS me ha hecho aguas y la tengo atascada en una guerra de trincheras que no lleva a ninguna parte. Espero que cuando los refuerzos vuelvan de vacaciones pueda seguir adelante con el asunto y llevarla finalmente a cabo.

Y me he quedado compuesto y desconectado en un par de semanitas que ya, ya... Vamos a ver qué ha habido y a ponernos al día...


Som un milió

«Todos contra el Canon» presentó en el Parlamento un millón de firmas contra la brutalidad de la sopa boba. A estas alturas ya hay más de un millón pero, bueno, en aquel momento eran un millón sesenta y pico mil. Y hubo acojonamiento, claro. Es mucho, un millón de firmas, y es mucho más a un Hexacostés de las elecciones municipales y autonómicas. En consecuencia, el río mediático ha bajado estos días que no hay confederación hidrográfica que lo contenga y hasta algún partido político parece que quiere capitalizar una paupérrima medallita de latón que se colgó desde el burladero -y con el toro bien atado por una casi unanimidad- cuando la cosa anduvo por el Parlamento. Tiene guasa la cosa. Aún ayer leía por ahí que es curioso cómo están los partidos divididos a matar en temas tan extremadamente graves como el terrorismo, la política exterior o la intervención militar española en zonas de conflicto, pero en cuanto el Teddy Bautista toca el pito, firmes, ar, y a votar como un sólo hombre, salvo uno o dos senadores que ejercen de cara a la galería alguna restricción mental y piden que, bueno, que la puntita nada más, que diría Pérez-Reverte. Menudo enjuague.

La pelota está en el tejado de Clos y de Dixie quienes escenifican una opereta de desacuerdo más falsa que un billete de tres euros porque cuando entre dos miembros de un Gobierno se da un desacuerdo en algo concreto, hay un sujeto llamado Presidente que cobra, entre otras cosas, por dirimir la cuestión. Pero lo del canon no es, como suele decirse en estos casos, una patata caliente sino un brindis entre un frasco de vitriolo y otro de nitroglicerina y todo el mundo quiere estar lejos por si alguno de los frascos se rompe, que se romperá.

El increíble ejercicio de cara dura llevado a cabo por ambos ministros -tras cuyas faldas se enconden los demás, con el Presidente no al frente sino detrás de todos- saltándose la Ley de forma flagrante e inexcusable para retardar la cuestión hasta después de las elecciones, hay que verlo para creerlo. Pero no es sólo lo que vemos ahora, el simple marear la perdiz hasta que pase la vigente convocatoria electoral: es que hay quien dice que podrían estar esperando hasta finales de julio para endiñar la puñalada trapera en pleno éxodo vacacional, ya se sabe, ojos que no ven, gabardina que te roban. No habría nada nuevo bajo el sol: recordemos que, en el verano de 2003, la ahora tan llorona ASIMELEC y la $GAE nos endiñaron su navajazo a veintitantísimos de julio.

Lo que me pregunto es: si con la legislatura caducando ya a menos de un año, las encuestas le pronosticaran al sociatismo un buen momento electoral en octubre, pongamos por caso, y se adelantaran las elecciones a ese mes (casi no sería ni adelanto)... ¿habría de esperar la decisión sobre el canon al gobierno surgido de las nuevas elecciones? ¿Pasarían Clos y Dixie los frascos mortales -y el marrón subsiguiente- a sus sucesores? ¿La decisión final habría de esperar hasta Navidad o quizá hasta Carnaval? ¿Hasta qué punto pueden, unos y otros, pasarse la ley por el forro de los etcéteras?

Esto del canon es una cuestión gravísima. Gravísima per se, pero gravísima -quizá aún más- por todo lo que encierra: ¿qué es lo que ocurre entre bambalinas para que un Gobierno (y toooooda la oposición), en vez de enviar a hacer puñetas a un pequeño hatajo bien alimentado de vagos, haga oídos sordos al más que evidente clamor de la prácticamente entera ciudadanía y se la juegue -porque se la juega, no hay más que ver la que están montando para soslayarla- contra viento y marea?

¿Qué tipo de poder fáctico constituyen realmente la $GAE y el resto de la cuadrilla? ¿Qué más cosas controlan? ¿Qué otros centros de decisión dominan? ¿Cómo y por qué?

Es muy, muy, grave.


El otro canon: los puntos del carnet

Parecía, parecía que sí, que iba a funcionar. Este pasado verano, todos los coches íbamos por autopista con el automático puesto en 130 km/h, velocidad casi límite (132) de teórica activación de radares punitivos. Alguno, así, aislado, quizá se atrevía a ponerse a 140 o 145, desesperado ante el síndrome -peligrosísimo, por lo demás- del "vuelo en formación" que provoca el circular en pelotón y a distancias milimétricamente invariables; total, hasta 152 km/h no hay peligro de perder puntos y el riesgo se llama "100 euros de multa". Una putada, pero soportable.

En lo positivo del asunto, la gracia que me hacía circular por el carril de la izquierda y tener detrás al cagabidets de un «Audi» tranquilo como un corderito y sin echar faros ni nada (nunca he entendido qué tienen los «Audi» o qué tipo de clientela es la suya: «Mercedes» y «BMW» se comportan -en general- civilmente, mientras que los fantasmones de los cuatro aros funcionan -también en general- como unos marranos de autopista, averigua la razón de tan rara como cierta asociación gilip..., digo, hombre-marca).

Pero la alegría no iba a durar mucho. En un par de viajes realizados este otoño e invierno, ya pude ver que la sobrancia nacional había perdido el miedo y, circulando yo a 130, más de una vez iba lento incluso para el carril central de un trazado de tres por sentido de marcha, mientras que por el de la izquierda los cazabombarderos de cuatro ruedas pasaban sin dar casi tiempo a verles el color.

Normal: pasado el pánico del primer momento, el mercado paralegal (Internet) se ha llenado de dispositivos anti-radar y de inhibidores de láser que, aún sin ser al 100 por 100 eficaces estos últimos, reducen las posibilidades de ser pillado a un segmento tan bajo que raya lo despreciable. Y, por supuesto, el crackeo legal del asunto: el bote común familiar de puntos (incluyendo el carnet del abuelo, que hace diez años que no coge un volante) y, para los sobrados de cartera y sin abuelos, el recurso de negarse a declarar quién conducía el coche disparado, lo que conlleva un multazo de 2.000 euros (me parece que son 2.000) pero no la pérdida de puntos.

Todas estas medidas han dejado reducido a escombros -y ojo, que era previsible- el enorme dispendio sociata, barretínico y txapélico en arsenal electrónico represivo.

Y números cantan: en la segunda ocasión en un año de operación salida-retorno, el número de muertos en carretera -a las ocho y veinte de la tarde del día 9, en que escribo esto- ya supera en dos o tres a los de la misma ocasión del año anterior en que, recordemos, no estaba vigente el carnet por puntos.

Gran fracaso, pues, del sistema, cosa que no sorprende del analfabetismo político de sus promotores, y quizá éxito de recaudación en multas, pero al que habría que restarle el coste en "guerra electrónica" de toda la chatarra inservible que montan en sus coches los incontables cuerpos de poli de este país.

Victoria -en su caso y es dudoso- pírrica.


La Semana [antes] Santa y la ciudad esta

Si no es para salir de la ciudad, casi nunca salgo de casa los días festivos. La posibilidad de encontrarse con cualquier tipo de show hortera preparado por el alcalde de turno es deprimentemente alta y en casa, con la tele apagada o el mando a distancia presto al zapping a la menor agresión propagandística de origen político, uno está a su aire cómodamente.

La Semana Santa era una excepción a esta regla. Era la única época en que esta desgraciada cábila era soportable y podía disfrutarse a un nivel de ejercicio ciudadano. Las manadas de ociosos compulsivos se largaban con viento fresco a dar por el culo a pacíficos habitantes de la costa o de la montaña que no les habían causado daño alguno (los de la hostelería y buena parte del comercio de zonas turísticas no son "pacíficos habitantes de la costa o de la montaña" sino, en general, personal de importación nacional o internacional) y en la ciudad quedábamos cuatro y el cabo con toda la urbe a nuestra tranquila, silenciosa, relajada y pacífica disposición.

Pero esto se acabó. No tuvimos la suerte de que un buen accidente de automóvil convirtiera en material de casquería al hijo de la gran puta que, viendo Barcelona un Viernes Santo, dijo: «hay oro en esa tranquilidad». Y, desde hace unos cinco o siete años, nuestra exportación de botarates se tornó trueque con la importación de guiris de vuelos de tienda de todo a cien y de cruceros de churrasco nórdico.

Cada día me carga más el turismo, por activa y por pasiva.

Por activa me apetece cada día menos, empezando por que odio -con odio africano, profundo, visceral- las terminales de los grandes aeropuertos (si es que se pueden llamar "grandes" esas porquerías infectas de Madrid y Barcelona con sus "T" correspondientes incluidas); y tampoco, una vez embarcado, el avión es lo que era antes: parece un vulgar autocar de línea (incómodo, sucio, estrecho y maloliente) con la particularidad de que se levanta del suelo. La carretera es de asco desde que los botarates la han tomado con la velocidad, así por las buenas, y los viajes se hacen eternos, inacabables y encabronantes. Ni siquiera el aire acondicionado ni los asientos regulables por doce mil puntos impiden que termines el puto viaje dolorido, doblado como un cuatro, con la piel grasienta, sucio y de mala leche. Y de las tripulaciones de barco me fío menos que de un nublado en la montaña a finales de agosto, jo, valiente gremio (como cuentan los periódicos una semana sí y las cuarenta siguientes también). Sólo el tren permanece más o menos con su viejo encanto: en él, la mugre, el calor sofocante o el frío irritante, el empleado impertinente, el compañero de viaje marrano, forman parte de su tradición y de su color más ancestral, pero no es una propuesta cómoda para una salida familiar.

El turismo que recibimos, sin embargo, está consiguiendo lo que no han podido lograr los islamistas y sus tías con trapo en la azotea: que me vaya volviendo xenófobo a más no poder. Xenófobo de verdad, no en el sentido que le dan al término los meavallas del buen rollito. El individuo extranjero es para mí, y cada día en mayor medida, un rompehuevos que me está jodiendo en mi propia casa, que abarrota mis paseos, que me impide el acceso tranquilo a mis mercados, que no me deja disfrutar de mis momumentos, de mi arquitectura, de mi paisaje urbano (afortunadamente, aún puedo disfrutar de mis museos, siempre que no estén de moda: esa porquería nórdica es funcionalmente tan analfabeta como la porquería local que les mandamos allá, pero los museos no lo son todo). Un rompehuevos que me encarece los precios, que maltrata mis parterres, que vomita y se mea a la puerta de mi casa. Unos pocos -poquísimos- hacen su agosto con los putos guiris y, al igual que la ETA, socializan el sufrimiento: ellos se forran y los ciudadanos somos quienes aguantamos su mugre asquerosa. Los hosteleros nos roban; nos roban, porque las instalaciones -y la cerveza de meadillos que sirven- serán suyas, pero la ciudad, el país, es mío, son nuestros. Y nos lo han quitado con la complicidad de un alcalde nefasto al que, si no hay remedio -y no lo habrá-, le sucederá un heredero que irá por las mismas.

Hace ya seis o siete semanas santas que no salgo de casa. ¿Para qué?


Y mañana -hoy, para el lector-, la rentrée de este trimestre. Ya hemos cargado las pilas, que dicen (aunque no sé muy bien quién las descarga ni en qué, pero en fin...) y ya estamos prestos para el combate. Tanto, que mañana las agencias de viajes estarán abarrotadas de gente reservando billetes y hoteles para el puente de 1 de mayo. Pero los que nos quedemos aquí no debemos preocuparnos (bueno, yo no voy a preocuparme de ninguna manera): el ilustrísimo heredero y poncio de esta lamentable ciudad nos tendrá preparada alguna calzoncillada que sumar a los ríos de guiris cocidos que nos llenarán la ciudad de mierda.

Es lo que tiene lo del panem et circenses: cuando no es una, te endiñan -a la trágala- otra.

Sic transit gloria mundi

4 comentarios:

  1. Hace unos días, las floristas de las Rambles regalaban flores a los paseantes para promocionar una costumbre tan típicamente barcelonina como era pasear por esa zona. ¿Por qué? Muy sencillo: porque ya casi nadie de esta ciudad va a pasear por las Rambles. Esa zona de la ciudad ya no es nuestra; pertenece ahora a una piara enorme de guiris chancleteros, a las tiendas de souvenirs de mal gusto y al enjambre de carteristas magrebíes y de chusma del Este que van a la caza del bolso despistado. Triste, muy triste, pero cierto.

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  2. Mierda, ha vuelto. En fin, habra que volver a visitar la pagina 3 veces al dia. En fin, que se le va a hacer, mas indigestiones paelleras :-). Pero en fin, un slaudo.

    Fdo: lector numero 6.

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  3. Caro figlio, sei ben trobatto - o retrobatto, en este caso - además de ben trovatto. Y, encima, sei vero.

    Pero cuenta: ¿Hay prestado atención, en estos días de recogimiento, al estado de tu almeja (alma de poca importancia)? Que luego llega el Juicio Final y todo son lloriqueos , rechinar de dientes, y mesar de cabellos.

    En fin, como siempre, un placer leerte.

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  4. Sobre lo que comentas al comparar el número de muertos de esta semana santa con anteriores, una cosilla:

    http://personales.ya.com/josumezo/malaprensa/2007/04/es-el-azar-estpidos.html

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