De la serie: «Pequeños bocaditos»
He dedicado el fin de semana a la procelosa lectura del informe de Meritxell Roca, de la Universitat Oberta de Catalunya, «El software libre en Catalunya y en España», una pieza interesante por lo que tiene de sistemático y de referenciado, aunque con pocos elementos nuevos para los que la corremos a diario en este ámbito. Estos informes suelen ser durillos de leer, aunque este no está del todo mal escrito en lo que se refiere a amenidad, más, con todo, son doscientas páginas de una cuesta arriba no muy empinada pero sí agobiantemente constante.
De forma que voy haciendo descansitos atendiendo el correo electrónico y leyendo prensa digital. Y por eso me he topado con un artículo de Incitatus en El Confidencial, titulado -agarrarse- «Hoy se corre la polla del presidente», de lectura divertida que recomiendo calurosamente.
El argumento del artículo es el taco, el uso del lenguaje cuartelero al que tan aficionado soy, como bien saben mis siete u ocho pacientísimos.
Alguno de ellos me lo ha criticado alguna vez: si no fueses tan mal hablado, tus argumentos ganarían en fuerza y tal vez se te citaría más por ahí. Y no. Ni mis argumentos ganarían en fuerza (los argumentos son lo que son y el estilo, con o sin tacos, sólo es la música); y si se me citara por ahí en caso de escribir sin tacos, no se estaría citando a Javier Cuchí sino a un simple émulo con modos de monaguillo delante del obispo. Sin tacos se escribe cuando lo pide el registro lingüístico, cuando hay que adoptar un tono académico para formular y apoyar una teoría o para hacer pedagogía (y aún así, en este último caso...). Por lo demás, me divierte escribir con tacos en un castellano nunca perfecto pero bastante mejor que el de centenares de meapilas que escriben como monjitas ursulinas.
El taco, por lo demás, refuerza muchas veces la potencia del lenguaje. Se puede decir que A impuso a B su criterio y, bueno, sí, sabemos que A se hizo el amo en la controversia; pero si decimos que A tomó sus razones y se las metió a B por el culo -y obsérvese que el taco es, en este caso, más conceptual que literal-, además de explicar lo mismo, estamos escenificando el hecho de que tal controversia lo fue a sangre y fuego, que no hubo, en absoluto, buen rollo en todo el asunto y que B saldría de la cosa de bastante mal humor, de un mal humor que excede del simple hecho de no haber podido imponer su criterio.
Tengo un amigo que es un verdadero acróbata del taco (y es, aviso, doctor en Pedagogía); un verdadero renacentista, un hombre, como él mismo gusta de definirse, del siglo XVI, pero que cuando insulta es tremendo, alcanza unos niveles de arte churrigueresco en la materia que asombran. El que le juega una mala pasada con ocasión del tráfico puede oírse algo así (palabra que lo he oído con estos pabellones auriculares que un día se calcinarán en el crematorio) como ¡me cago en los siete saltos mortales que tuvo que dar el cabrón de tu padre para follarse a la puta de tu madre y concebir una mierda infrahumana como tú!. Reconocerá el lector que, después de soltar algo así, tiene que quedarse uno descansado como después de mear. Para cierta institución que obvío mencionar, tiene un repertorio específico que mejor no describo. Y, sin embargo, es absolutamente incapaz de escribir un taco.
¿Por qué el taco, que quien más quien menos, todos usamos constantemente en el lenguaje hablado produce tanto reparo en el escrito? ¿Que especie de fariseísmo o de estúpida pacatez invade a la mayoría ante un teclado que le convierte en incapaz de escribir, sencillamente, como habla?
Y algún día, por cierto, alguien tendrá que describir qué define a un taco, por qué una determinada palabra -y no otras- constituye un llamado taco.
Es que hay que joderse...
domingo, 25 de febrero de 2007
viernes, 23 de febrero de 2007
Honor, censura y cara dura
De la serie: «Correo ordinario»
He seguido con extraordinario interés el tema de la entrevista que Jesús Quintero realizó a José María García para TVE y que ésta censuró. Ahora lo digo con toda propiedad: censuró. No quería hablar del tema, y mucho menos hacerlo en términos taxativos, hasta haber tenido ocasión de ver la entrevista, en la seguridad de que más pronto que tarde ésta se filtraría en la Red de un modo u otro: la enésima buena razón para bendecir la Red incansablemente. Efectivamente, la filtración se ha producido y ahí está la entrevista completita para que cada cual juzgue por sí mismo. Documento para juicio propio imprescindible, dada la polvareda que se ha levantado, la cual, como siempre, impide ver tanto el camino como el paisaje que lo circunda, con lo que, de otro modo, habríamos de estar a los relatos -casi siempre falsarios y manipulados- de los interesados y de sus turiferarios de los distintos grupos mediáticos.
Debo decir, por otra parte, que la gravedad del asunto me ha llevado a una excepción de acorde importancia: cuando Jesús Quintero inauguró esa nueva serie de entrevistas con el Farruquito dichoso -un homicida convicto, que anda por ahí haciéndose, encima, la víctima con un morro increíble- me propuse no ver ni uno solo de sus programas. Pero aunque no hubiera sido así, probablemente no hubiera visto de todos modos la entrevista a José María García por una razón nada personal y extensible, además, a otros: me cargan mucho los que, teniendo información excelente, comprometida y comprometedora, no la sueltan, o la sueltan con medias palabras, en ínfimas porciones de inocuidad cuidadosamente cortada, hasta que esa información ya no es operativa sino para el libro de Historia. No puedo dejar de pensar que esa persona -periodista, no lo olvidemos- que dispone de esa información y la oculta (un acto contra natura en su profesión, pero que se practica en masa) se erige en juez de lo que ha de pasar y de lo que no, de a quién hay que hundir y a quién no, de quién merece la gloria y quién la miseria, sin que los ciudadanos, esos mierdas de los que se carcajea hasta la mismísima Constitución cuando dice que somos la residencia de la soberanía nacional, tengamos nada que hacer ni nada que decir. La información se nos oculta y, cuando no, se nos entrega manipulada, cocinada y maquillada hasta que no la conoce ni su padre.
Me he tragado toda la entrevista. De pe a pa. Y lo más próximo a las injurias (y eso no quiere decir que llegue a ellas), lo más virulento que espeta a personas individuales es calificar de tramposo a Florentino Pérez y de tipo impresentable a Miguel Blesa, presidente -no sé si todavía ahora o en un cierto entonces- de Caja Madrid y todo ello con ocasión del traspaso de un tal Figo al Real Madrid y de un aval que hubo por medio con tan ilustre motivo. Por supuesto, en los cuarenta y pico minutos que dura la entrevista explica hechos diversos que pueden o no creerse y que comprometen, desde luego, la honradez política y mediática de muchas personas; pero son personas que llevan una vida pública y que han de estar a esos comentarios.
Y aquí está la cuestión. La protección civil y penal del llamado derecho al honor y a la propia imagen se ha exacerbado -con la tolerancia y colaboración, nada inocente, por cierto, de algunos jueces- hasta el punto de constituir un verdadero instrumento de censura en manos privadas... que puede usarse en manos públicas. Por eso no quise comentar nada en un primer momento. TVE decide no emitir una entrevista porque, dicen literalmente, está llena de insultos y descalificaciones. Claro, el editor (no el prestador de hosting, señor juez: el editor) es responsable civil de los insultos. Si José María García hubiera vertido tanta difamación, TVE quizá hubiera tenido que indemnizar en cantidades cuantiosas a los perjudicados por el veterano periodista y, en este caso, la no emisión de la entrevista estaría justificada, como está justificado que un redactor jefe no permita la inserción de un artículo cuando se percata de que podría ser constitutivo de delito o de un ilícito civil que podría costarle caro, económicamente caro, a la empresa editora.
Tenemos -todos, la ciudadanía- un problema con este tema. Es bien conocido por todos el abuso del derecho que está cometiendo la $GAE con la Asociación de Internautas aprovechando esa legislación demencial y en el que parece que, finalmente (y sin lanzar todavía campanas al vuelo), vamos a salir indemnes (nosotros y, de paso, todo el sector tecnológico español y todo el futuro desarrollo español, nada menos). También es conocido que la mitad de las putas de este país saturan las escasas disponibilidades de medios y de tiempo de la administración de Justicia querellándose o demandando a la otra mitad del lupanar por un quítame de allá esas declaraciones en ese tomate o en aquella salsa. Y lo mismo cabe decir de personajes públicos que se escuecen judicialmente de las críticas -es verdad que a veces muy incisivas, pero que tienen obligación de soportar- que se formulan a su pública actuación.
Los ataques al honor y a la imagen deben ser reinterpretados. Cuando alguien dice que tal ministro es un cabrón, habría que exigir, para castigar judicialmente, una prueba incontestable de que ese exabrupto está dirigido precisa, directa y exactamente a la persona en cuestión, no al cargo o a su ejercicio, como es mucho más frecuente. Y el derecho a la imagen se pierde cuando ésta se hace pública por propia voluntad del interesado: cuando uno cuelga su fotografía en una valla, tiene que estar dispuesto a aguantar mecha si algún gameberrete le pinta bigotes. La protección al honor y a la propia imagen se diseñaron para proteger de las intromisiones en la privacidad, no para acorazar contra críticas y contra discrepancias a los que se echan al ruedo público en busca del comedero y del bien retribuido medro.
Los altos tribunales -el Supremo y el Constitucional- han dictaminado reiteradas veces que la libertad de expresión tiene límites, sí, pero muy anchos, porque se trata de un bien de especial protección constitucional. En interés y a beneficio de determinados particulares hay demasiados -repito: demasiados- jueces empeñados en estrecharlos a toda costa.
A ver si ahora, encima, va a resultar que, sin necesidad de jueces censoristas, algunos -que deberían ser prontamente identificados y cesados, juntamente con el director general de TVE, van a dedicarse a la censura intensiva con el dichoso pretexto de las injurias a beneficio... por cierto: ¿a beneficio de quién?
¡Qué vergüenza!
He seguido con extraordinario interés el tema de la entrevista que Jesús Quintero realizó a José María García para TVE y que ésta censuró. Ahora lo digo con toda propiedad: censuró. No quería hablar del tema, y mucho menos hacerlo en términos taxativos, hasta haber tenido ocasión de ver la entrevista, en la seguridad de que más pronto que tarde ésta se filtraría en la Red de un modo u otro: la enésima buena razón para bendecir la Red incansablemente. Efectivamente, la filtración se ha producido y ahí está la entrevista completita para que cada cual juzgue por sí mismo. Documento para juicio propio imprescindible, dada la polvareda que se ha levantado, la cual, como siempre, impide ver tanto el camino como el paisaje que lo circunda, con lo que, de otro modo, habríamos de estar a los relatos -casi siempre falsarios y manipulados- de los interesados y de sus turiferarios de los distintos grupos mediáticos.
Debo decir, por otra parte, que la gravedad del asunto me ha llevado a una excepción de acorde importancia: cuando Jesús Quintero inauguró esa nueva serie de entrevistas con el Farruquito dichoso -un homicida convicto, que anda por ahí haciéndose, encima, la víctima con un morro increíble- me propuse no ver ni uno solo de sus programas. Pero aunque no hubiera sido así, probablemente no hubiera visto de todos modos la entrevista a José María García por una razón nada personal y extensible, además, a otros: me cargan mucho los que, teniendo información excelente, comprometida y comprometedora, no la sueltan, o la sueltan con medias palabras, en ínfimas porciones de inocuidad cuidadosamente cortada, hasta que esa información ya no es operativa sino para el libro de Historia. No puedo dejar de pensar que esa persona -periodista, no lo olvidemos- que dispone de esa información y la oculta (un acto contra natura en su profesión, pero que se practica en masa) se erige en juez de lo que ha de pasar y de lo que no, de a quién hay que hundir y a quién no, de quién merece la gloria y quién la miseria, sin que los ciudadanos, esos mierdas de los que se carcajea hasta la mismísima Constitución cuando dice que somos la residencia de la soberanía nacional, tengamos nada que hacer ni nada que decir. La información se nos oculta y, cuando no, se nos entrega manipulada, cocinada y maquillada hasta que no la conoce ni su padre.
Me he tragado toda la entrevista. De pe a pa. Y lo más próximo a las injurias (y eso no quiere decir que llegue a ellas), lo más virulento que espeta a personas individuales es calificar de tramposo a Florentino Pérez y de tipo impresentable a Miguel Blesa, presidente -no sé si todavía ahora o en un cierto entonces- de Caja Madrid y todo ello con ocasión del traspaso de un tal Figo al Real Madrid y de un aval que hubo por medio con tan ilustre motivo. Por supuesto, en los cuarenta y pico minutos que dura la entrevista explica hechos diversos que pueden o no creerse y que comprometen, desde luego, la honradez política y mediática de muchas personas; pero son personas que llevan una vida pública y que han de estar a esos comentarios.
Y aquí está la cuestión. La protección civil y penal del llamado derecho al honor y a la propia imagen se ha exacerbado -con la tolerancia y colaboración, nada inocente, por cierto, de algunos jueces- hasta el punto de constituir un verdadero instrumento de censura en manos privadas... que puede usarse en manos públicas. Por eso no quise comentar nada en un primer momento. TVE decide no emitir una entrevista porque, dicen literalmente, está llena de insultos y descalificaciones. Claro, el editor (no el prestador de hosting, señor juez: el editor) es responsable civil de los insultos. Si José María García hubiera vertido tanta difamación, TVE quizá hubiera tenido que indemnizar en cantidades cuantiosas a los perjudicados por el veterano periodista y, en este caso, la no emisión de la entrevista estaría justificada, como está justificado que un redactor jefe no permita la inserción de un artículo cuando se percata de que podría ser constitutivo de delito o de un ilícito civil que podría costarle caro, económicamente caro, a la empresa editora.
Tenemos -todos, la ciudadanía- un problema con este tema. Es bien conocido por todos el abuso del derecho que está cometiendo la $GAE con la Asociación de Internautas aprovechando esa legislación demencial y en el que parece que, finalmente (y sin lanzar todavía campanas al vuelo), vamos a salir indemnes (nosotros y, de paso, todo el sector tecnológico español y todo el futuro desarrollo español, nada menos). También es conocido que la mitad de las putas de este país saturan las escasas disponibilidades de medios y de tiempo de la administración de Justicia querellándose o demandando a la otra mitad del lupanar por un quítame de allá esas declaraciones en ese tomate o en aquella salsa. Y lo mismo cabe decir de personajes públicos que se escuecen judicialmente de las críticas -es verdad que a veces muy incisivas, pero que tienen obligación de soportar- que se formulan a su pública actuación.
Los ataques al honor y a la imagen deben ser reinterpretados. Cuando alguien dice que tal ministro es un cabrón, habría que exigir, para castigar judicialmente, una prueba incontestable de que ese exabrupto está dirigido precisa, directa y exactamente a la persona en cuestión, no al cargo o a su ejercicio, como es mucho más frecuente. Y el derecho a la imagen se pierde cuando ésta se hace pública por propia voluntad del interesado: cuando uno cuelga su fotografía en una valla, tiene que estar dispuesto a aguantar mecha si algún gameberrete le pinta bigotes. La protección al honor y a la propia imagen se diseñaron para proteger de las intromisiones en la privacidad, no para acorazar contra críticas y contra discrepancias a los que se echan al ruedo público en busca del comedero y del bien retribuido medro.
Los altos tribunales -el Supremo y el Constitucional- han dictaminado reiteradas veces que la libertad de expresión tiene límites, sí, pero muy anchos, porque se trata de un bien de especial protección constitucional. En interés y a beneficio de determinados particulares hay demasiados -repito: demasiados- jueces empeñados en estrecharlos a toda costa.
A ver si ahora, encima, va a resultar que, sin necesidad de jueces censoristas, algunos -que deberían ser prontamente identificados y cesados, juntamente con el director general de TVE, van a dedicarse a la censura intensiva con el dichoso pretexto de las injurias a beneficio... por cierto: ¿a beneficio de quién?
¡Qué vergüenza!
jueves, 22 de febrero de 2007
La más principal hazaña
En el fragor de la paella de hoy se me olvidó algo muy importante, histórico de verdad: ayer murió en Afganistán la primera mujer soldado española caída en combate.
Yo, escribidor pringadillo, que tantas veces ostento con pretenciosidad lo que en nada menos que un Cervantes no fue sino un título de humildad, la condición de viejo soldado, me pondría en primer tiempo de saludo ante la camarada caída, pero se ve que esto del primer tiempo de saludo ya no se lleva, me dijo no sé quién... Además, de paisano y descubierto, es un gesto patético.
No escribiré ridiculeces épicas. Qué coño: Idoia estaba cumpliendo con su deber sin más, como todos los soldados, sin que sonaran himnos de gloria como música de fondo, pensando quizá en el menú de la cena, en el fastidio de llegar tarde al enlace del satélite para poder hablar con la familia o en ese capullo de conductor que le estaba dejando el culo como una criba con tanto brinco. Y en esas estando, en una de esas o parecida, se la llevó por delante una mina islamista.
Dejaré, en cambio, que hable otro viejo soldado de la Infantería española, Pedro Calderón de la Barca, en un fragmento de aquel poema que, en tiempos, tantos aprendimos y llegamos a saber de memoria:
Oye y sabras dónde está:
este ejército que ves,
vago al hielo y al calor,
la república mejor,
y más política es
del mundo a que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda
sino por la que de él adquiere;
porque aquí la sangre excede
el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.
Buenas noches, Idoia, soldado Rodríguez, camarada.
Yo, escribidor pringadillo, que tantas veces ostento con pretenciosidad lo que en nada menos que un Cervantes no fue sino un título de humildad, la condición de viejo soldado, me pondría en primer tiempo de saludo ante la camarada caída, pero se ve que esto del primer tiempo de saludo ya no se lleva, me dijo no sé quién... Además, de paisano y descubierto, es un gesto patético.
No escribiré ridiculeces épicas. Qué coño: Idoia estaba cumpliendo con su deber sin más, como todos los soldados, sin que sonaran himnos de gloria como música de fondo, pensando quizá en el menú de la cena, en el fastidio de llegar tarde al enlace del satélite para poder hablar con la familia o en ese capullo de conductor que le estaba dejando el culo como una criba con tanto brinco. Y en esas estando, en una de esas o parecida, se la llevó por delante una mina islamista.
Dejaré, en cambio, que hable otro viejo soldado de la Infantería española, Pedro Calderón de la Barca, en un fragmento de aquel poema que, en tiempos, tantos aprendimos y llegamos a saber de memoria:
Oye y sabras dónde está:
este ejército que ves,
vago al hielo y al calor,
la república mejor,
y más política es
del mundo a que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda
sino por la que de él adquiere;
porque aquí la sangre excede
el lugar que uno se hace,
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.
Buenas noches, Idoia, soldado Rodríguez, camarada.
El jamón y el vino
De la serie: «Los jueves, paella»
Me alegra las pajaritas una entrevista a William J.R. Curtis que, muy sorprendentemente, publicaba anteayer el BOAB (Boletín oficioso del Ayuntamiento de Barcelona), ay, perdón, «El Periódico». Digo sorprendentemente porque ese medio es el principal vocero de la Barcelona closística y de oropel que venimos sufriendo sus [otrora] ciudadanos desde hace un excesivo número de años y, según es de temer, lo que te rondaré, morena. Porque el tal Curtis -de quien no había oído hablar en mi vida pese a considerarme degustador de la arquitectura- dice verdades como puños, pero como puños de guardia civil de los de antes...
La entrevista íntegra está enlazada unas pocas líneas más arriba, pero, en prevención de su caducidad el día menos pensado, no me resisto a transcribir algunos de sus comentarios (tal como los reproduce el periodista, claro está, déjame curarme en salud):
¿La identidad de Barcelona se explica por la torre Agbar? ¡Por favor...!. ¡Menos mal que oigo a alguien ser escéptico con ese engendro, con esa polla asquerosa con la que Jean Nouvel y Joan Clos (además de AGBAR, claro está) se han reído de los barceloneses colocándonos ese consolador para señoras en el mismísimo ombligo geográfico de la ciudad. Suerte tendrán de que no pasará nunca, porque como algún día tuviese yo poder para hacerlo, habrían de evacuar esa porquería en el tiempo justo que tardaran en llegar los zapadores del Ejército, que para convertir en mondadientes guarradas como esa son rápidos y eficaces.
El problema del Fòrum es que no tiene un fundamento cultural, no hay contenido. Es una ficción publicitaria. Había muchas maneras de hacer llegar la Diagonal al mar. ¿Por qué no hacer algo más simple? Eligieron el chachachá... El Fòrum es un retrato de nuestra época. En arquitectura hay mucho cinismo, mezclado con desprecio por el humanismo. Hay que tomar una gran distancia con respecto al presente. Sin comentarios: ya queda todo dicho.
Pero en los años 90 todo el mundo dio un paso hacia la sociedad del espectáculo. Antes era la construcción y ahora, la imagen. ¡Y el riesgo es la gran mentira! Estamos en los espacios de la ilusión, donde todo el mundo quiere llamar la atención al consumo. Por eso se hacen edificios tortellini, edificios juguete sexual.... ¡Juas!
Hoy lo mejor se hace fuera de Barcelona. Aranda, Pigem y Vilalta proponen cosas inteligentes y sensibles al paisaje, desde Olot. Pero Barcelona ha entrado en la decadencia.. Lo decía Ivà y lo repito yo constantemente: la verdad jode, pero curte. Tenemos unos arquitectos locales acojonantes, pero aquí la pijería está a la orden del día, sobre todo si paga con dinero público. No soy chauvinista: si por una razón concreta, por un proyecto concreto y personalísimo, hay que hacer venir a un arquitecto extranjero, adelante; ponerle fronteras al arte es el paroxismo de la estupidez. Pero llenar una ciudad de propuestas absolutamente imbéciles sólo porque las firma un botarate foráneo de moda cuando tenemos en casa verdaderos maestros, es del género borde.
Esta es nuestra ciudad: lo que en otros tiempos fue una verdadera perla del Mediterráneo (no la única, afortunadamente, y por eso a ese charco inmundo saturado de mierda y metales pesados todavía se le puede llamar mar y mantenerlo en su consideración de cuna de toda una civilización) convertida ahora en una vulgar urbanización decadente y abotargada, un simple y sucio contenedor de oficinas -alojamiento de pelotazos-, de especuladores y de cajas de zapatos flotantes abarrotadas de carne nórdica a la parrilla.
Qué asco.
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Hombre, hablando de cosas vomitivas, tenemos por ahí el tema de las mises, ya sabéis a qué me refiero: a esos concursos de ganado humano en los que se premia al especimen que mejor se adecúa al estándar de cada momento. Se coge a lo que unos pocos minutos antes era un ser humano de sexo femenino y se le convierte en una especie de vaca antropomorfa: se le miden las ancas y las ubres, se comprueba que la dentadura sea saludable, que tenga un paso grácil y demás. Y, como para disimular, hay un momento en que se la hace mugir un poco para ver si emite un sonido agradable; lo que ese sonido signifique importa poco: que la vaca tenga el cerebro en estado letárgico más o menos permanente, no es óbice para lo que se la quiere emplear, que no es otra cosa que, obviamente, ordeñarla hasta el agotamiento durante un año. Y después, reconvertido el especimen otra vez en ser humano, puede dedicarse a lo que le dé la gana o, mejor dicho, a lo que le dejen: modelo (barata), actriz (barata) o drogadicta. Qué más da. Ya ha dado todo lo que cabía esperar.
Encima, en los concursos estos de ganado se hace trampa. Como quedó demostrado televisivamente, un maletín bien lleno de pasta puede hacer que el premio agropecuario recaiga sobre una res cuyas ubres no guarden la redondez mínima exigida o cuyas ancas no sean las más adecuadas para hacer cecina; imagino que si el contenido del maletín compensa con suficiente exceso el déficit de rendimiento que aquejará al animal premiado, la vara del jurado se torcerá hacia el lado de la res subvencionada como la de la Justicia habría de hacerlo hacia el lado de la misericordia.
La última que ha montado esa organización nauseabunda que diseña o promueve o yo qué sé el festival en cuestión es destronar al animalito premiado en el año en curso por una trascendental cuestión: había procreado. O sea, retornada a su original condición de mujer, resultó que había sido madre, que tenía un hijo. Para ese hatajo de impresentables, de insolventes y de indocumentados de la especie humana, se ve que esto de ser madre catapulta a la gente fuera y lejos del debido pedigree y que, con ello, el obligatorio estándar se desmorona.
Esto es de verdadera vergüenza. Esto es denigrante. No, no lo de la madre: lo denigrante es el concurso en sí; lo de la madre, lo acerca simplemente a cotas de racismo filonazi. Que estas cosas sean legales y, encima, se vean promocionadas desde cadenas de televisión que emiten bajo licencia pública, clama a la Constitución, a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y clama, en definitiva, a la simple vergüenza torera que, a este paso, habrá que buscarla en este país como Diógenes a los hombres: con un farol.
¡Luz, más luz!
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La señorísima ministra de Sanidad ha tenido que envainarse la ley seca que andaba pergeñando. Apúntese en el haber de mi delicadeza sin igual que he utilizado -en su forma reflexiva- el verbo envainar (por cierto, una duda: ¿reflexivo o pasiva refleja? ¿Alguien de algún plan de estudios anterior a 1957 que me la despeje?). Lo he hecho porque se trata de una dama. Si hubiera sido un caballero o cierta otra ministra de mi predilección, hubiera utilizado una metáfora penetrativa mucho más cruda.
Bueno, son cosas que pasan en política: a veces, sin querer, se remueve un avispero y eso escuece un huevo (especialmente, el huevo picado). Pero tengamos en cuenta una cosa: el intento no ha sido completamente abortado sino que ha quedado, simplemente, diferido. Hasta después de las elecciones. Es que tienen una desvergüenza que te cagas: ahora lo dejamos correr, no vaya a costarnos la broma un montón de votos; pero en cuanto hayáis votado y ya no tengáis defensa posible, ciudadanos de mierda, os meteremos por el culo lo que nos dé la santísima gana. Parecido anuncio, por cierto, ha emitido el heredero barcelonés con respecto a los desahucios exprés: no removamos la caca antes de las elecciones y espera a que estos atontados hayan votado y nos hayan atornillado cuatro años más en el chollo; entonces haremos lo que nos dé la gana tanto si les gusta como si no. Ele la grasia.
Con esto de la ley seca hay bastante demagogia por parte del sector puritano. Por ejemplo, las organizaciones corporativas médicas (que no son lo mismo que los médicos) están que trinan porque dicen que en la envainada de la ministresa hay motivaciones económicas. ¡Nos ha jodido! ¿Y cuáles eran las motivaciones de la ministresa? ¿Velar por nuestra salud? ¡Anda ya, hombre, anda ya! A la señora ministresa -como al resto de los políticos del arco- nuestra salud le importa un carajo. Lo que pasa es que la ministresa, sola o en compañía de otros, ha hecho cuentas de lo que ingresa el Estado por los impuestos que gravan el alcohol y lo que le cuestan a la Seguridad Social las enfermedades derivadas directa o indirectamente del alcohol (en el caso de lo indirecto, cogido muchas veces por la punta misma de los pelos) y los números salen negativos; y como de la financiación de la Seguridad Social depende una bolsa de votos muy, muy seria (ahí no hablamos de unos pocos miles aquí o allá, no se trata de cálculo electoral fino, de que eso nos cuesta un diputado en Zamora, sino de millones de votos), pues hay que cortar por donde sea. Si no es ningún secreto, joder: lo mismo hicieron con el tabaco. Si el tabaco no le costara dinero a la Seguridad Social, el ministro de Economía defendería el ducados hasta la última gota de su Presupuesto.
Intrínsecamente hablando y hasta donde sé -no pierdo mi tiempo leyendo proyectos de ley derivados del puritanismo victoriano decimonónico- la norma no era tan tremenda: básicamente la emprendía con la publicidad y más incisivamente con la publicidad en espacios frecuentados per se por jóvenes. Y esto no es malo; en absoluto. Es, al contrario, una medida muy plausible.
Lo que pasa es que los ciudadanos nos conocemos ya de memoria la canción porque con el tabaco hicieron lo mismo: empezaron poniendo pegas a la publicidad, unas pegas que la ciudadanía de a pie apenas notó. Luego, pusieron la directa y llegaron a lo de ahora. Ya vimos venir esto hace un año, ya dijimos que después del tabaco vendría el alcohol y podemos hacer apuestas sobre si el próximo que se la cargará será el café o el sexo heterosexual. Yo apuesto por el sexo, porque en lo del café hay demasiada multinacional gorda metida y ésas muerden de verdad.
Y si el ciudadano español es desmemoriado -y apoltronado- por naturaleza, ahí está el sector del vino y del cava que se juega muchísimo y que, lógicamente, ha levantado la liebre. Y lo ha hecho gritando muy alto. Les ha bastado decir: mirad lo que pasó con el tabaco; ¿queréis que pase también con el Rioja, con el Ribera del Duero, con el Priorat y con decenas y decenas de denominaciones de origen que constituyen el reflejo alimentario de una cultura ancestral y en todo inherente a la que se escribe con mayúscula? Y eso ha puesto a la sociatada a contar votos, sobre todo en las regiones de larga y antigua tradición vitivinícola, que es donde, casualmente, se juegan más los cuartos: los locales, los autonómicos y los generales.
Con la ley seca en España estaremos como con las patentes de software en Europa, que siempre la tendremos encima como una espada de Damocles. Veremos si los meapilas antialcohólicos llegan a recurrir a las sucias trampas de la mafia apropiacionista, y casi me atrevo a pronosticar que sí. El puritanismo mastuerzo es fundamentalista y talibán e, investido de una misión divina incontestable, establecerá que el fin justifica los medios (y las guarradas) e irá a por todas con todo lo que tenga. Por eso es importante pararles los pies desde el primer paso por más que éste aparezca como moderado y razonable: porque les bastará este primer paso para adquirir una inercia que los haga imparables.
Es la guerra: bocata de chorizo, trago de Cariñena, un pitillito el que fume y a las armas.
____________________
Con esta se terminan las paellas de febrero. La próxima será el 1 de marzo, con permiso de los abogados de la $GAE y si el tiempo no lo impide. Marzo ya es un mes divertido. Pasan cosas: se cambia la hora, llega la primavera y se nos viene encima la Semana Santa, que es el festejo que le aprieta de verdad el acelerador al conjunto del año: el domingo de Ramos siempre pienso que tenemos las navidades al caer. Y no me equivoco.
También se termina el trimestre y vienen notas, pero mis enanas -salvo algún ocasional sobresalto- no me dan, en este aspecto, guerra digna de mención. Además, mira, no sé por qué, es un mes que me cae simpático.
Aquí estaremos, pues, armando bronca. Laus Deo
Me alegra las pajaritas una entrevista a William J.R. Curtis que, muy sorprendentemente, publicaba anteayer el BOAB (Boletín oficioso del Ayuntamiento de Barcelona), ay, perdón, «El Periódico». Digo sorprendentemente porque ese medio es el principal vocero de la Barcelona closística y de oropel que venimos sufriendo sus [otrora] ciudadanos desde hace un excesivo número de años y, según es de temer, lo que te rondaré, morena. Porque el tal Curtis -de quien no había oído hablar en mi vida pese a considerarme degustador de la arquitectura- dice verdades como puños, pero como puños de guardia civil de los de antes...
La entrevista íntegra está enlazada unas pocas líneas más arriba, pero, en prevención de su caducidad el día menos pensado, no me resisto a transcribir algunos de sus comentarios (tal como los reproduce el periodista, claro está, déjame curarme en salud):
¿La identidad de Barcelona se explica por la torre Agbar? ¡Por favor...!. ¡Menos mal que oigo a alguien ser escéptico con ese engendro, con esa polla asquerosa con la que Jean Nouvel y Joan Clos (además de AGBAR, claro está) se han reído de los barceloneses colocándonos ese consolador para señoras en el mismísimo ombligo geográfico de la ciudad. Suerte tendrán de que no pasará nunca, porque como algún día tuviese yo poder para hacerlo, habrían de evacuar esa porquería en el tiempo justo que tardaran en llegar los zapadores del Ejército, que para convertir en mondadientes guarradas como esa son rápidos y eficaces.
El problema del Fòrum es que no tiene un fundamento cultural, no hay contenido. Es una ficción publicitaria. Había muchas maneras de hacer llegar la Diagonal al mar. ¿Por qué no hacer algo más simple? Eligieron el chachachá... El Fòrum es un retrato de nuestra época. En arquitectura hay mucho cinismo, mezclado con desprecio por el humanismo. Hay que tomar una gran distancia con respecto al presente. Sin comentarios: ya queda todo dicho.
Pero en los años 90 todo el mundo dio un paso hacia la sociedad del espectáculo. Antes era la construcción y ahora, la imagen. ¡Y el riesgo es la gran mentira! Estamos en los espacios de la ilusión, donde todo el mundo quiere llamar la atención al consumo. Por eso se hacen edificios tortellini, edificios juguete sexual.... ¡Juas!
Hoy lo mejor se hace fuera de Barcelona. Aranda, Pigem y Vilalta proponen cosas inteligentes y sensibles al paisaje, desde Olot. Pero Barcelona ha entrado en la decadencia.. Lo decía Ivà y lo repito yo constantemente: la verdad jode, pero curte. Tenemos unos arquitectos locales acojonantes, pero aquí la pijería está a la orden del día, sobre todo si paga con dinero público. No soy chauvinista: si por una razón concreta, por un proyecto concreto y personalísimo, hay que hacer venir a un arquitecto extranjero, adelante; ponerle fronteras al arte es el paroxismo de la estupidez. Pero llenar una ciudad de propuestas absolutamente imbéciles sólo porque las firma un botarate foráneo de moda cuando tenemos en casa verdaderos maestros, es del género borde.
Esta es nuestra ciudad: lo que en otros tiempos fue una verdadera perla del Mediterráneo (no la única, afortunadamente, y por eso a ese charco inmundo saturado de mierda y metales pesados todavía se le puede llamar mar y mantenerlo en su consideración de cuna de toda una civilización) convertida ahora en una vulgar urbanización decadente y abotargada, un simple y sucio contenedor de oficinas -alojamiento de pelotazos-, de especuladores y de cajas de zapatos flotantes abarrotadas de carne nórdica a la parrilla.
Qué asco.
Hombre, hablando de cosas vomitivas, tenemos por ahí el tema de las mises, ya sabéis a qué me refiero: a esos concursos de ganado humano en los que se premia al especimen que mejor se adecúa al estándar de cada momento. Se coge a lo que unos pocos minutos antes era un ser humano de sexo femenino y se le convierte en una especie de vaca antropomorfa: se le miden las ancas y las ubres, se comprueba que la dentadura sea saludable, que tenga un paso grácil y demás. Y, como para disimular, hay un momento en que se la hace mugir un poco para ver si emite un sonido agradable; lo que ese sonido signifique importa poco: que la vaca tenga el cerebro en estado letárgico más o menos permanente, no es óbice para lo que se la quiere emplear, que no es otra cosa que, obviamente, ordeñarla hasta el agotamiento durante un año. Y después, reconvertido el especimen otra vez en ser humano, puede dedicarse a lo que le dé la gana o, mejor dicho, a lo que le dejen: modelo (barata), actriz (barata) o drogadicta. Qué más da. Ya ha dado todo lo que cabía esperar.
Encima, en los concursos estos de ganado se hace trampa. Como quedó demostrado televisivamente, un maletín bien lleno de pasta puede hacer que el premio agropecuario recaiga sobre una res cuyas ubres no guarden la redondez mínima exigida o cuyas ancas no sean las más adecuadas para hacer cecina; imagino que si el contenido del maletín compensa con suficiente exceso el déficit de rendimiento que aquejará al animal premiado, la vara del jurado se torcerá hacia el lado de la res subvencionada como la de la Justicia habría de hacerlo hacia el lado de la misericordia.
La última que ha montado esa organización nauseabunda que diseña o promueve o yo qué sé el festival en cuestión es destronar al animalito premiado en el año en curso por una trascendental cuestión: había procreado. O sea, retornada a su original condición de mujer, resultó que había sido madre, que tenía un hijo. Para ese hatajo de impresentables, de insolventes y de indocumentados de la especie humana, se ve que esto de ser madre catapulta a la gente fuera y lejos del debido pedigree y que, con ello, el obligatorio estándar se desmorona.
Esto es de verdadera vergüenza. Esto es denigrante. No, no lo de la madre: lo denigrante es el concurso en sí; lo de la madre, lo acerca simplemente a cotas de racismo filonazi. Que estas cosas sean legales y, encima, se vean promocionadas desde cadenas de televisión que emiten bajo licencia pública, clama a la Constitución, a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y clama, en definitiva, a la simple vergüenza torera que, a este paso, habrá que buscarla en este país como Diógenes a los hombres: con un farol.
¡Luz, más luz!
La señorísima ministra de Sanidad ha tenido que envainarse la ley seca que andaba pergeñando. Apúntese en el haber de mi delicadeza sin igual que he utilizado -en su forma reflexiva- el verbo envainar (por cierto, una duda: ¿reflexivo o pasiva refleja? ¿Alguien de algún plan de estudios anterior a 1957 que me la despeje?). Lo he hecho porque se trata de una dama. Si hubiera sido un caballero o cierta otra ministra de mi predilección, hubiera utilizado una metáfora penetrativa mucho más cruda.
Bueno, son cosas que pasan en política: a veces, sin querer, se remueve un avispero y eso escuece un huevo (especialmente, el huevo picado). Pero tengamos en cuenta una cosa: el intento no ha sido completamente abortado sino que ha quedado, simplemente, diferido. Hasta después de las elecciones. Es que tienen una desvergüenza que te cagas: ahora lo dejamos correr, no vaya a costarnos la broma un montón de votos; pero en cuanto hayáis votado y ya no tengáis defensa posible, ciudadanos de mierda, os meteremos por el culo lo que nos dé la santísima gana. Parecido anuncio, por cierto, ha emitido el heredero barcelonés con respecto a los desahucios exprés: no removamos la caca antes de las elecciones y espera a que estos atontados hayan votado y nos hayan atornillado cuatro años más en el chollo; entonces haremos lo que nos dé la gana tanto si les gusta como si no. Ele la grasia.
Con esto de la ley seca hay bastante demagogia por parte del sector puritano. Por ejemplo, las organizaciones corporativas médicas (que no son lo mismo que los médicos) están que trinan porque dicen que en la envainada de la ministresa hay motivaciones económicas. ¡Nos ha jodido! ¿Y cuáles eran las motivaciones de la ministresa? ¿Velar por nuestra salud? ¡Anda ya, hombre, anda ya! A la señora ministresa -como al resto de los políticos del arco- nuestra salud le importa un carajo. Lo que pasa es que la ministresa, sola o en compañía de otros, ha hecho cuentas de lo que ingresa el Estado por los impuestos que gravan el alcohol y lo que le cuestan a la Seguridad Social las enfermedades derivadas directa o indirectamente del alcohol (en el caso de lo indirecto, cogido muchas veces por la punta misma de los pelos) y los números salen negativos; y como de la financiación de la Seguridad Social depende una bolsa de votos muy, muy seria (ahí no hablamos de unos pocos miles aquí o allá, no se trata de cálculo electoral fino, de que eso nos cuesta un diputado en Zamora, sino de millones de votos), pues hay que cortar por donde sea. Si no es ningún secreto, joder: lo mismo hicieron con el tabaco. Si el tabaco no le costara dinero a la Seguridad Social, el ministro de Economía defendería el ducados hasta la última gota de su Presupuesto.
Intrínsecamente hablando y hasta donde sé -no pierdo mi tiempo leyendo proyectos de ley derivados del puritanismo victoriano decimonónico- la norma no era tan tremenda: básicamente la emprendía con la publicidad y más incisivamente con la publicidad en espacios frecuentados per se por jóvenes. Y esto no es malo; en absoluto. Es, al contrario, una medida muy plausible.
Lo que pasa es que los ciudadanos nos conocemos ya de memoria la canción porque con el tabaco hicieron lo mismo: empezaron poniendo pegas a la publicidad, unas pegas que la ciudadanía de a pie apenas notó. Luego, pusieron la directa y llegaron a lo de ahora. Ya vimos venir esto hace un año, ya dijimos que después del tabaco vendría el alcohol y podemos hacer apuestas sobre si el próximo que se la cargará será el café o el sexo heterosexual. Yo apuesto por el sexo, porque en lo del café hay demasiada multinacional gorda metida y ésas muerden de verdad.
Y si el ciudadano español es desmemoriado -y apoltronado- por naturaleza, ahí está el sector del vino y del cava que se juega muchísimo y que, lógicamente, ha levantado la liebre. Y lo ha hecho gritando muy alto. Les ha bastado decir: mirad lo que pasó con el tabaco; ¿queréis que pase también con el Rioja, con el Ribera del Duero, con el Priorat y con decenas y decenas de denominaciones de origen que constituyen el reflejo alimentario de una cultura ancestral y en todo inherente a la que se escribe con mayúscula? Y eso ha puesto a la sociatada a contar votos, sobre todo en las regiones de larga y antigua tradición vitivinícola, que es donde, casualmente, se juegan más los cuartos: los locales, los autonómicos y los generales.
Con la ley seca en España estaremos como con las patentes de software en Europa, que siempre la tendremos encima como una espada de Damocles. Veremos si los meapilas antialcohólicos llegan a recurrir a las sucias trampas de la mafia apropiacionista, y casi me atrevo a pronosticar que sí. El puritanismo mastuerzo es fundamentalista y talibán e, investido de una misión divina incontestable, establecerá que el fin justifica los medios (y las guarradas) e irá a por todas con todo lo que tenga. Por eso es importante pararles los pies desde el primer paso por más que éste aparezca como moderado y razonable: porque les bastará este primer paso para adquirir una inercia que los haga imparables.
Es la guerra: bocata de chorizo, trago de Cariñena, un pitillito el que fume y a las armas.
Con esta se terminan las paellas de febrero. La próxima será el 1 de marzo, con permiso de los abogados de la $GAE y si el tiempo no lo impide. Marzo ya es un mes divertido. Pasan cosas: se cambia la hora, llega la primavera y se nos viene encima la Semana Santa, que es el festejo que le aprieta de verdad el acelerador al conjunto del año: el domingo de Ramos siempre pienso que tenemos las navidades al caer. Y no me equivoco.
También se termina el trimestre y vienen notas, pero mis enanas -salvo algún ocasional sobresalto- no me dan, en este aspecto, guerra digna de mención. Además, mira, no sé por qué, es un mes que me cae simpático.
Aquí estaremos, pues, armando bronca. Laus Deo
miércoles, 21 de febrero de 2007
Lecturas ejemplares
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Sergio Montoro, autor del blog La Pastilla Roja y coautor del libro del mismo título con Juantomás García (ya ex-presi de Hispalinux, al que habría que hacer de algún modo emérito u honorario, y lo digo en serio), es una de mis lecturas diarias. O, mejor expresado, de mis visitas diarias, puesto que no escribe cada día.
No puedo dejar de enlazar a sus dos últimas entradas. En una, la más reciente, que es un verdadero piropo a los funcionarios a los que, siempre hasta el cuello de leyendas negras, nos alivia la mar (y la agradecemos muchísimo) un poco de cremita.
La otra, inmediatamente anterior, es una estupenda desmitificación de eso que llaman inteligencia emocional, que también estaba necesitada de un buen baño de ácido políticamente incorrecto y sobre la que no digo nada porque Sergio ya lo ha dicho todo. Quien da primero da dos veces. Obviamente, la suscribo de pe a pa.
La de los funcionarios también. Por supuesto.
Sergio Montoro, autor del blog La Pastilla Roja y coautor del libro del mismo título con Juantomás García (ya ex-presi de Hispalinux, al que habría que hacer de algún modo emérito u honorario, y lo digo en serio), es una de mis lecturas diarias. O, mejor expresado, de mis visitas diarias, puesto que no escribe cada día.
No puedo dejar de enlazar a sus dos últimas entradas. En una, la más reciente, que es un verdadero piropo a los funcionarios a los que, siempre hasta el cuello de leyendas negras, nos alivia la mar (y la agradecemos muchísimo) un poco de cremita.
La otra, inmediatamente anterior, es una estupenda desmitificación de eso que llaman inteligencia emocional, que también estaba necesitada de un buen baño de ácido políticamente incorrecto y sobre la que no digo nada porque Sergio ya lo ha dicho todo. Quien da primero da dos veces. Obviamente, la suscribo de pe a pa.
La de los funcionarios también. Por supuesto.
martes, 20 de febrero de 2007
Una mala comida
De la serie: «Correo ordinario»
La semana empezó, ya ayer, desordenada y a mí el desorden me desconcierta mucho y me altera esa gilipollez que llaman biorritmos, tontería a la que no debo sino el objeto de uno de mis primerísimos programas en BASIC (Sinclair ZX-81 of course) cuando a los años 80 aún había que decirles que Franco había muerto. O sea que este mediodía no he ido a nadar porque... bueno, porque hoy ha ganado la pereza por goleada ¿para qué vamos a engañarnos? Lo malo no es el no nadar sino que, encima de no nadar, se va uno a comer (¿qué coño vas a hacer de dos a tres de la tarde?). Y come como se suele cerca de un centro de trabajo: mucho, mal, caro y, encima, si se entera Marina (la endocrinóloga que me sufre como un castigo divino) me defenestra sin miramientos y ojo, que le han puesto la consulta en la quinta planta, poca broma...
Suelo comer solo, cuando almuerzo los días de trabajo. No tanto porque mis compañeros hagan, en su mayoría, jornada intensiva sino porque los compañeros de trabajo, a falta de otro nexo mejor, suelen hablar de trabajo a la hora de comer, cosa que me encabrona lo que no está escrito. La hora de nadar -o de comer- no es tanto la hora de nadar -o de comer- sino los sesenta minutos en que uno se aísla no del trabajo sino de todo. Respeto yo mucho esa hora. O sea que me he ido al kiosko y como «El Jueves» de esta semana ya lo he leído, he comprado una revista de informática, a ver si me hago una culturilla y no le reviento el registro del Güindou$ al vecino incauto (usa Güindou$, como queda dicho) que se cree que porque llevo camisetas de la Asociación de Internautas (también las llevo de Debian, pero esas no sabe lo que son) y escribo cosas en la internés, sé más que un cura con latines y todo. Bueno, de Güindou$, la verdad, por no saber no saben ni los de Micro$oft, porque Güindou$ es como el infierno de Dante pero escrito por Zapatero, o sea, algo malo, pérfido e ininteligible. Elijo, rebus sic stantibus una revistilla barata (en sentido crematístico y relativo) que tiene la virtud de acoger periódicamente la sabia palabra del ínclito presi de la Asociación de Internautas; no diré la cabecera para que Víctor no me meta en el calabozo por decir pestes de quienes nos dan cancha.
Para empezar, cristiana resignación y santa paciencia: la única razón por la que diría que a esta revista no la financia Micro$oft es porque no creo que los asesores de imagen contratados por la Rosa de España sean tan lerdos, a pesar de trabajar -aunque lejanamente- para don Steve Ballmer; porque, oye, que no se les caen las ventanas del papel. Hay otras publicaciones que disimulan un poquito más y mejor y, de cuando, en cuando te publican articulitos como «Formatee un disquete con Linux»; ya nadie usa disquetes, pero para cubrir el expediente, está bien, sirve.
De la calidad técnico-científica de la cosa, baste un botón de muestra: dedican un artículo algo amplio (dos paginotas enteras) al iPhone de Apple. No cito más que el párrafo del punto final:«Esperamos tenerlo lo más pronto posible en nuestro Laboratorio para daros cumplida cuenta de este dispositivo que al menos ha hecho temblar el panorama digital del momento». Genial. Cualquiera se fía de las doce páginas que dedica al Güindou$ Vi$ta... que tienen su utilidad, porque, fíjate, descubro una virguería inaudita en esa cosa: tiene un icono que es un reloj -como los de estación de RENFE- que te marca la hora, la leche, qué cosas inventan. Por un momento hasta me pareció que era algo similar a una cosa que te ponen desde hace un par de años -por lo menos- en los desklets de Debian que, si te bajas los programillas adecuados, hasta puedes sincronizar con un montón de relojes atómicos que dan la señal horaria por la internés y que cada vez que enciendes el ordenador te ponen el peluco linuxero a la hora exacta y así compensas día a día -desvío tolerable- el difícilmente divisible sistema sexagesimal horario (con Güindou$, entre otras ventajas, la hora es incluso más exacta aún, puesto que, al reinicializar el sistema cuatro o cinco veces al día, el relojito en cuestión se actualiza con mayor frecuencia). Pero no, esto de Linux debe ser una cutrada porque... ¿cómo iban a ser lo mismo una cosa tan guays y tan chupitopesuperhiper como es Güindou$ y las cutradas para pringaos que te hacen, por ejemplo, Ubuntu (eso suena a cosa de negros) o los extremeños de LinEx (que son pobres y sociatas, figúrate)?
Intentando entendérmelas con una sepia a la plancha que debió pescar el mismísimo capitán Nemo cuando Julio Verne era cabo, leo cosas tan edificantes como una carta al director en la que el pájaro firmante se cisca en Linux de forma harto iracunda y dice cosas como «[...] Linux va a estar siempre limitado a usuarios avanzados, programadores y expertos de informática»; pregúntaselo a mi vecino, el del registro de Güindou$, lo avanzado y experto que soy, bonito, y verás lo que dirá de tu respetabilísimo señor padre; y previamente había dicho nuestro héroe y profeta: «[...] nunca van a poder competir con un sistema como el de Microsoft [...]». Bueno, vale, si tú lo dices... Libertad de expresión, claro que sí; pero todo eso, por sí solo, no lo hubiera citado sino como introducción a la respuesta de la revista, agárrate que vienen curvas: «Para iniciarse con Linux, puedes probar Kubuntu que se basa en ventanas y tiene un uso intuitivo». Eso mismo: Kubuntu. Los demás no, no tienen ventanas ni usos intuitivos. Además, todo el mundo sabe que para un principiante lo mejor es un escritorio KDE, nada de Gnome ni mariconadas. Es como esquiar: ¿cómo se te ocurre iniciarte en una pista verde? Para aprender a frenar en cuña, nada como tirarse, así, a saco, por una buena negra, claro que sí.
Menos mal que los chicos, al menos, son sinceros (cuando logran enterarse de algo). Rufino, el director de la cosa, dice en el editorial que «Nvidia y ATI tienen que ponerse las pilas para conseguir que sus tarjetas actuales sean cien por cien compatibles con Vista y el resto de los fabricantes deben hacer lo propio». Eso debe ser verdad porque toda la internés baja llena en este sentido. O sea que Micro$oft encabeza de nuevo la revolución mundial: todos los fabricantes deben ponerse las pilas; y los consumidores; y las empresas. Y Dios bendito. Todo un logro progresista a la salud del pobre hombre este que está quemado con Linux. Y lo que le queda por sufrir, hijo de mi vida; hay que joderse: tanto quejarse de Linux y ahora resulta que al Güindou$ le pasa igual, que los hierros no le son debidamente propicios, vivir para ver...
No todo es malo en el papel este. Hay algunos -los de las columnitas laterales, pero no todos- que escriben hasta bien. En un sentido, digamos, argumental: les iría bien repasar un poco la ortografía y la sintaxis -si es que se la llegaron a enseñar alguna vez- o quizá la revista debería invertir algún dinerillo en algo tan demodé como un corrector (o sea, un señor -o señora, vamos- que corrige, no la cosa esa que tiene el guor). Hecha esta salvedad, un tal Chufi ha conseguido hacerme olvidar que en un país como España -y más aún en Cataluña- servir el vino que me han... echado... es como para volver a poner en marcha el garrote vil; una chiquita llamada Susana dice cosas juiciosas y evidentes sobre la domótica. Hasta encuentro a un saludable muchachote, Juan A., que es un tanto crítico con Güindou$ -veremos si le renuevan el contrato- y hasta osa hablar de open source (joder, es que si dices software libre igual suena la música de «A las barricadas» y a más de uno le salen sarpullidos... sin contar con la nada sorprendente posibilidad de que aparezca el Teddy exigiendo su parte colegio entero de abogados en ristre).
En lo demás, igual que todas: anuncios (hay unos de una cosa que llaman antivirus que no sé para qué es: debe tratarse de instrumental médico o algo así), comparativas (que no me extrañaría que también fuesen anuncios), más anuncios y papel malo.
No tenía que haber salido de casa.
La semana empezó, ya ayer, desordenada y a mí el desorden me desconcierta mucho y me altera esa gilipollez que llaman biorritmos, tontería a la que no debo sino el objeto de uno de mis primerísimos programas en BASIC (Sinclair ZX-81 of course) cuando a los años 80 aún había que decirles que Franco había muerto. O sea que este mediodía no he ido a nadar porque... bueno, porque hoy ha ganado la pereza por goleada ¿para qué vamos a engañarnos? Lo malo no es el no nadar sino que, encima de no nadar, se va uno a comer (¿qué coño vas a hacer de dos a tres de la tarde?). Y come como se suele cerca de un centro de trabajo: mucho, mal, caro y, encima, si se entera Marina (la endocrinóloga que me sufre como un castigo divino) me defenestra sin miramientos y ojo, que le han puesto la consulta en la quinta planta, poca broma...
Suelo comer solo, cuando almuerzo los días de trabajo. No tanto porque mis compañeros hagan, en su mayoría, jornada intensiva sino porque los compañeros de trabajo, a falta de otro nexo mejor, suelen hablar de trabajo a la hora de comer, cosa que me encabrona lo que no está escrito. La hora de nadar -o de comer- no es tanto la hora de nadar -o de comer- sino los sesenta minutos en que uno se aísla no del trabajo sino de todo. Respeto yo mucho esa hora. O sea que me he ido al kiosko y como «El Jueves» de esta semana ya lo he leído, he comprado una revista de informática, a ver si me hago una culturilla y no le reviento el registro del Güindou$ al vecino incauto (usa Güindou$, como queda dicho) que se cree que porque llevo camisetas de la Asociación de Internautas (también las llevo de Debian, pero esas no sabe lo que son) y escribo cosas en la internés, sé más que un cura con latines y todo. Bueno, de Güindou$, la verdad, por no saber no saben ni los de Micro$oft, porque Güindou$ es como el infierno de Dante pero escrito por Zapatero, o sea, algo malo, pérfido e ininteligible. Elijo, rebus sic stantibus una revistilla barata (en sentido crematístico y relativo) que tiene la virtud de acoger periódicamente la sabia palabra del ínclito presi de la Asociación de Internautas; no diré la cabecera para que Víctor no me meta en el calabozo por decir pestes de quienes nos dan cancha.
Para empezar, cristiana resignación y santa paciencia: la única razón por la que diría que a esta revista no la financia Micro$oft es porque no creo que los asesores de imagen contratados por la Rosa de España sean tan lerdos, a pesar de trabajar -aunque lejanamente- para don Steve Ballmer; porque, oye, que no se les caen las ventanas del papel. Hay otras publicaciones que disimulan un poquito más y mejor y, de cuando, en cuando te publican articulitos como «Formatee un disquete con Linux»; ya nadie usa disquetes, pero para cubrir el expediente, está bien, sirve.
De la calidad técnico-científica de la cosa, baste un botón de muestra: dedican un artículo algo amplio (dos paginotas enteras) al iPhone de Apple. No cito más que el párrafo del punto final:«Esperamos tenerlo lo más pronto posible en nuestro Laboratorio para daros cumplida cuenta de este dispositivo que al menos ha hecho temblar el panorama digital del momento». Genial. Cualquiera se fía de las doce páginas que dedica al Güindou$ Vi$ta... que tienen su utilidad, porque, fíjate, descubro una virguería inaudita en esa cosa: tiene un icono que es un reloj -como los de estación de RENFE- que te marca la hora, la leche, qué cosas inventan. Por un momento hasta me pareció que era algo similar a una cosa que te ponen desde hace un par de años -por lo menos- en los desklets de Debian que, si te bajas los programillas adecuados, hasta puedes sincronizar con un montón de relojes atómicos que dan la señal horaria por la internés y que cada vez que enciendes el ordenador te ponen el peluco linuxero a la hora exacta y así compensas día a día -desvío tolerable- el difícilmente divisible sistema sexagesimal horario (con Güindou$, entre otras ventajas, la hora es incluso más exacta aún, puesto que, al reinicializar el sistema cuatro o cinco veces al día, el relojito en cuestión se actualiza con mayor frecuencia). Pero no, esto de Linux debe ser una cutrada porque... ¿cómo iban a ser lo mismo una cosa tan guays y tan chupitopesuperhiper como es Güindou$ y las cutradas para pringaos que te hacen, por ejemplo, Ubuntu (eso suena a cosa de negros) o los extremeños de LinEx (que son pobres y sociatas, figúrate)?
Intentando entendérmelas con una sepia a la plancha que debió pescar el mismísimo capitán Nemo cuando Julio Verne era cabo, leo cosas tan edificantes como una carta al director en la que el pájaro firmante se cisca en Linux de forma harto iracunda y dice cosas como «[...] Linux va a estar siempre limitado a usuarios avanzados, programadores y expertos de informática»; pregúntaselo a mi vecino, el del registro de Güindou$, lo avanzado y experto que soy, bonito, y verás lo que dirá de tu respetabilísimo señor padre; y previamente había dicho nuestro héroe y profeta: «[...] nunca van a poder competir con un sistema como el de Microsoft [...]». Bueno, vale, si tú lo dices... Libertad de expresión, claro que sí; pero todo eso, por sí solo, no lo hubiera citado sino como introducción a la respuesta de la revista, agárrate que vienen curvas: «Para iniciarse con Linux, puedes probar Kubuntu que se basa en ventanas y tiene un uso intuitivo». Eso mismo: Kubuntu. Los demás no, no tienen ventanas ni usos intuitivos. Además, todo el mundo sabe que para un principiante lo mejor es un escritorio KDE, nada de Gnome ni mariconadas. Es como esquiar: ¿cómo se te ocurre iniciarte en una pista verde? Para aprender a frenar en cuña, nada como tirarse, así, a saco, por una buena negra, claro que sí.
Menos mal que los chicos, al menos, son sinceros (cuando logran enterarse de algo). Rufino, el director de la cosa, dice en el editorial que «Nvidia y ATI tienen que ponerse las pilas para conseguir que sus tarjetas actuales sean cien por cien compatibles con Vista y el resto de los fabricantes deben hacer lo propio». Eso debe ser verdad porque toda la internés baja llena en este sentido. O sea que Micro$oft encabeza de nuevo la revolución mundial: todos los fabricantes deben ponerse las pilas; y los consumidores; y las empresas. Y Dios bendito. Todo un logro progresista a la salud del pobre hombre este que está quemado con Linux. Y lo que le queda por sufrir, hijo de mi vida; hay que joderse: tanto quejarse de Linux y ahora resulta que al Güindou$ le pasa igual, que los hierros no le son debidamente propicios, vivir para ver...
No todo es malo en el papel este. Hay algunos -los de las columnitas laterales, pero no todos- que escriben hasta bien. En un sentido, digamos, argumental: les iría bien repasar un poco la ortografía y la sintaxis -si es que se la llegaron a enseñar alguna vez- o quizá la revista debería invertir algún dinerillo en algo tan demodé como un corrector (o sea, un señor -o señora, vamos- que corrige, no la cosa esa que tiene el guor). Hecha esta salvedad, un tal Chufi ha conseguido hacerme olvidar que en un país como España -y más aún en Cataluña- servir el vino que me han... echado... es como para volver a poner en marcha el garrote vil; una chiquita llamada Susana dice cosas juiciosas y evidentes sobre la domótica. Hasta encuentro a un saludable muchachote, Juan A., que es un tanto crítico con Güindou$ -veremos si le renuevan el contrato- y hasta osa hablar de open source (joder, es que si dices software libre igual suena la música de «A las barricadas» y a más de uno le salen sarpullidos... sin contar con la nada sorprendente posibilidad de que aparezca el Teddy exigiendo su parte colegio entero de abogados en ristre).
En lo demás, igual que todas: anuncios (hay unos de una cosa que llaman antivirus que no sé para qué es: debe tratarse de instrumental médico o algo así), comparativas (que no me extrañaría que también fuesen anuncios), más anuncios y papel malo.
No tenía que haber salido de casa.
jueves, 15 de febrero de 2007
Elogio del futbolín
De la serie: «Los jueves, paella»
Leo que se ha muerto un tal Alejandro Finisterre (es un apodo, al parecer), señor de vida azarosa, quizá una biografía apasionante, pero cuyo dato más llamativo es el de haber inventado el futbolín. Bueno, también se dice que fue el precursor de los secuestros aéreos (ya he dicho que su biografía es asaz movidita), pero lo que interesa a los efectos es el futbolín.
Mis siete u ocho fieles ya saben lo mal que pienso (y hablo) del fútbol pero es que el futbolín no es fútbol (aunque se disfrace con sus formas) es... otra cosa, otro fenómeno social... otro rollo, vamos.
Mis escarceos con el artefacto empezaron de niño, cuando, allá en Sama de Langreo, mi tío Pepe Luis, en cerrando la tienda a mediodía, nos llevaba al chigre (inolvidable Camporro, tristemente ya fenecido a piquetazos) a mi hermano y a mí a tomar unos culinos de sidra y a masticar unos mejillones en conserva que yo recuerdo riquísimos. En aquella época el patio no estaba por la labor de tanta mariconada y no pasaba nada por dar unos [cortos] culetes de sidra a unos niños de diez años: hoy casi sales mejor librado si te pillan poniéndole una bomba lapa a un teniente coronel que si te cazan dándole un [corto] traguito a tu hija de catorce años. A lo que iba: los culinos cotidianos, solían ir acompañados de una partidita de futbolín, mi hermano y yo en un lado y mi tío en el otro; mi tío había sido jugador de fútbol profesional, en el Vetusta (segunda división, en su tiempo), pero su ventaja no venía de ahí sino del hecho de que era, claro, mayor que nosotros. Ello no obstante, algunas veces mi hermano y yo estábamos en vena y le hacíamos sudar la camiseta. No recuerdo si alguna vez llegamos incluso a ganar, pero no es importante. Lo cierto es que nos enseñó mucho y llegamos a hacer hasta algunas boleas de cierto nivel.
En edad de bachiller elemental (lo que hoy serían los primeros cursos de la cosa esa, de la ESO) había cerca de casa unos futbolines que ya compartían la superficie, por mitad, con las máquinas del millón, de aquellas de a peseta, con los dumpers casi coaxiales y colocados en la zona inferior central de la máquina. Eran lugares tenidos por poco recomendables por nuestros pudorosos padres y si nuestra presencia llegaba a ser detectada y denunciada podíamos ser objeto de severa represión. Pero ello no impedía que la frecuencia de nuestras visitas nos confiriera una habilidad enorme, al extremo de poder pasar una tarde entera con una sola peseta. Y ello sin trampas, porque también había un truquito con un alambre que permitía jugar de gorra. Claro, con tal tecnología punta, el entrañable futbolín decayó y la reserva espiritual que suponía fue sostenida a duras penas por unos pocos incondicionales a toda prueba. Yo creo que el ambiente de Linux ha bebido de aquel espíritu futbolinero a rabiar; por lo menos, guardan ambos un encanto similar.
Con la cotidianización de las máquinas de millón y el subsiguiente aburrimiento, regresamos al futbolín que, ya en el bachillerato superior, fue testigo, además de nuestras pellas, de nuestros primeros celtas, de nuestras primeras exclamaciones machistas ante algunas revistas de tías -en blanco y negro: «Playboy» llegó (clandestino, claro) algo después- y nuestras primeras blasfemias cuando el cabrón del Pep nos metía un gol picando la bola.
Accediendo a la universidad se nos subió un poco el pavo y nos volvimos finolis -además, las tías no iban por los futbolines y de las dos o tres que iban más valía estar lejos- así que volvimos a abandonar el mueble. Ya no lo recuperamos. Yo, por lo menos, ya no lo recuperé, si no ha ido siendo en alguna ocasión esporádica. La cita cotidiana en los futbolines o en los chelines acabó para siempre. Es ley de vida.
Como lo es que la gente se muera, a pesar de lo cual lamento la muerte de Finisterre, bienhechor de la Humanidad, amigo de los niños y autor intelectual de grandes momentos de la parte golfa (o sea, la más divertida) de mi vida infantil y adolescente.
Un trago de veterano en su honor y recuerdo: glubs.
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El que fuera conseller en cap de la Generalitat durante la versión 1.0 del tripartit (Josep Bargalló, de ERC) sulfuró al sector textil con su pertinaz sincorbatismo. Era un señor de garganta al viento y no le salió de las narices ponerse el nudo corredizo en el cuello. No hay constancia, sin embargo, de que obligara a nadie a ir sin corbata: se limitó a vestir él como le dio la gana y a dejar que los demás hicieran lo propio.
La versión 2.0 del tripartit tiene en otro conseller del mismo partido, Joan Puigcercós, el de Governació, un forofo de la corbata. Pero según parece, no se limita a usarla sino que impone su uso a los demás, cuando menos a los altos cargos de su departamento, amparándose en la vieja cagarela de la buena imagen que hay que dar y no sé qué más. No sé yo donde está escrito -y, en todo caso, con qué autoridad- que la buena imagen se fundamenta en la corbata, como si las mujeres no tuvieran mil maneras distintas de ser elegantes sin necesitar un adminículo concreto para ello, pero en fin... No es muy sorprendente: los políticos suelen funcionar como aquellos nuevos ricos que, pese a babear de deseo por una ración de sardinas, se cuidaban mucho de comer otra cosa que langosta porque desmerecería el boato debido a su posición social, de modo que, ahora que estoy arriba, quiero que todo el mundo vaya con corbata para que esto tenga un tono, y una apariencia y un qué y no como cuando éramos unos pringaos en la oposición irredenta.
En conclusión, lo que se obtiene, por más que digan los saltimbanquis de las escuelas de protocolo, es una sensación de ridículo colectivo acojonante, con todo el mundo yendo de uniforme, como en la mili (tan odiada y denostada, precisamente, por el partido de ese señor que obliga ahora a uniformidades).
Siempre me ha hecho gracia -bueno, quizá no tanta- lo intolerantes y fachas que llegan a ser muchos de los de la corbata. Yo no conozco a un solo sincorbatista que pretenda que todo el mundo vaya como él: el que quiera llevar corbata que la lleve (sarna con gusto no pica) y el que no, que no la lleve. Pero en cuanto aparece uno de los del nudo corredizo, en ocho de cada diez casos ya estamos jodidos. Como si, por otra parte, no se pudiera ser un pollino integral con trajes de 800 euros y nudo en el pescuezo... Tengo yo una lista de esos así de larga.
Tocar los cojones a la gente obligándola a vestir de manera determinada parece un deporte. Hombre, hay unos mínimos, desde luego: la rigurosa higiene y, quizá (sólo quizá), evitar lo redondamente estrafalario, pero eso último también es un concepto elástico y, en todo caso, no añade ni quita nada al valor profesional que tenga uno. En lo demás, allá cada cual. Un compañero mío de trabajo, en verano, algunos días aparece por la oficina con esos horribles pantalones que llaman piratas y con sandalias; hombre, yo no lo haría (es mi simple e intransferible opción personal), pero líbreme san iGNUcio de reprochárselo y menos aún de tratarlo de forma despectiva o inadecuada por esta razón. Que vista como le dé la gana.
Hace no tantos años -cuando la burbuja de las TIC se hinchaba al galope- toda la mugre de la gomina y de la corbata que se movía por el ámbito tecnológico cambió de look para parecer más cool y ahí los tenías a todos con greñas, vaqueros y camisetas; a veces, incluso con las famosas camisetas negras de Debian llevadas por palurdos que no sabían -ni saben aún- distinguir una Red Hat de un disco de Lucho Gatica. Cuando petó la burbuja, otra vez todos al pelo grasiento y al nudo corredizo. Qué manía de ir de uniforme, por Dios, qué horterada...
Y, finalmente, lo de la imagen. En primer lugar, eso siempre es relativo pero, en segundo y definitivo término, en el caso de una administración pública, al ciudadano le importa tres pimientos el corbatismo o sincorbatismo de los altos cargos y lo que quiere de ellos es otra cosa... que, además, casi nunca obtiene: seriedad y eficacia. Tuve un jefe de servicio que se empeñó (y logró) en que su unidad tuviera una certificación ISO 9000, para lo cual se gastó una patada acojonante de muy necesario -para otras cosas- dinero público. Ese servicio era de gestión pura y dura. A mí siempre me hizo mucha gracia la cosa: si el servicio funcionaba y el ciudadano estaba satisfecho, el chirimbolo de la ISO estampado en los oficios e impresos le iba importar un cagallón; si, por el contrario, el ciudadano se sentía puteado y mal servido con esa gestión, el chirimbolo le iba a parecer, además, una burla.
Lo mismo, lo mismito, que la corbata.
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Ya está aquí otra vez el Carnaval. La tradición del Carnaval responde a una suerte de despedida de la abundancia y del epicureísmo (quien podía o puede llevar vida epicúrea), inmediatamente antes de entrar en la austera severidad de la Cuaresma, ya se sabe: ayuno, abstinencia, penitencia, flagelo de carnes y pajarito en la jaula.
Nunca he celebrado el Carnaval. De pequeño -muy pequeño- quizá me hizo gracia ponerme una careta, pero no se permitían cosas así más que a los niños; el resto estaba prohibido por rigurosa orden episcopal cumplida a la rajatabla de los mosquetones de los grises. España era muy pía, señores, poca broma.
Cuando murió Paco el Invicto, volvieron a verse carnavales por las calles. En aquellos momentos de mediados y finales de los 70 pensé que era como sacar el vientre de penas de tanta sosería, porque fuerza es reconocer que el régimen franquista, además de todos los ademases, era tan excitante como ver dormir a una ostra. Pero, francamente, jamás le vi la gracia ni el indudable sustrato cultural que seguramente tiene al hecho de disfrazarse de monja con unas tetas postizas de metro cúbico; y tampoco, mira, soy así de carca y antiguo, me ha hecho nunca gracia el menear de plumas del mariconeo desencadenado. En todo caso, pensé que, pasados unos pocos años, las aguas volverían a su cauce y el Carnaval volvería a ser cosa de niños, de gaditanos y de tinerfeños.
Pero no. Coño, y lo en serio que se lo toman. Y es lo que yo me pregunto: ¿a qué el Carnaval si ya nadie le hace ni puto caso a la Cuaresma? ¡Si es Carnaval todo el año!
Precisamente uno de los problemas de conciencia cívica más graves que tenemos (y, además, oculto, imperceptible o impercibido) es el inmenso timo que nos están metiendo perfectamente disimulado entre los pliegues de oropel del estado de constante juerga -más bien cutre y salchichera, además- que nos imponen una semana sí y a la siguiente también. Cuando no es Carnaval es verbena y cuando no, fiesta mayor; y en medio, por si se hace largo, unas cuantas cursas (¡venga, todos en calzoncillos y a correr, veréis qué risa!), festivales aéreos, megafiestas, piromusicales (eso de los estampidos y de los colorines les va a muchos más que a un tonto un lápiz, ya ves tú qué cosa), arterias principales abarrotadas de cabalgata con brasileño haciendo el burro y, por si quedan minutitos aburridos que cubrir, está el fútbol, cualquier cantachifle que decide hacer una gira, un congreso mundial de estupradores de palomas torcaces o unas declaraciones de Teddy Bautista.
La cuestión es que no pare el espectáculo, no vaya a ser que la gente se nos pare a pensar y se dé cuenta de lo puteada que está, de lo mucho y muy impunemente que le tomamos el pelo y de lo fácil que les resultaría ponernos a picar piedra de sol a sol.
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Y hablando de fiestas, de espectáculo y, sobre todo, de idioteces, caramba, ayer fue san Tantontín. Ay, perdón: san Valentín. El día de los cursis, de los mascamargaritas y, en fin, de la gilipollez extrema a la salud, como siempre, del cortinglés de turno. Hoy te odio más que ayer pero como mañana agarre una máquina del 12/70 verás qué culo te pondré sin pensármelo dos veces...
San Valentín fue un obispo cristiano que se dedicaba a casar a las parejas de su secta contraviniendo la normativa que prohibía casorios por ritos ajenos al oficial (que no era, obviamente, el del canonizado en cuestión). San Tan... San Valentín fue habido en flagrante delito y, consecuentemente, lo liquidaron como era costumbre y mor en la época. Alabado sea Dios.
Esto nos lleva a lo que se supone que se celebró ayer. Es decir, que ayer, día de los Enamorados, se celebró... ¡que se cargaron al cura!
Sintomático.
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Y así transcurrió, en olor de melenas, este 15 de febrero, ese mes tan estúpido e insulso como sus celebraciones, al que aún habremos de aguantarle otro jueves, el 22, en el que, afortunadamente, no se celebra nada. ¿Que no se celebra nada, decía? Collons: ¡es santa Leonor!
Bueno, pues yo no digo nada si no es en presencia de mi abogado, que luego las carga el diablo.
Hasta entonces, queridos todos, recordad que sigue «El Incordio» y sigue Internautas TV con algunas cosillas escritas por este vuestro seguro servidor.
Quien viva, verá.
Leo que se ha muerto un tal Alejandro Finisterre (es un apodo, al parecer), señor de vida azarosa, quizá una biografía apasionante, pero cuyo dato más llamativo es el de haber inventado el futbolín. Bueno, también se dice que fue el precursor de los secuestros aéreos (ya he dicho que su biografía es asaz movidita), pero lo que interesa a los efectos es el futbolín.
Mis siete u ocho fieles ya saben lo mal que pienso (y hablo) del fútbol pero es que el futbolín no es fútbol (aunque se disfrace con sus formas) es... otra cosa, otro fenómeno social... otro rollo, vamos.
Mis escarceos con el artefacto empezaron de niño, cuando, allá en Sama de Langreo, mi tío Pepe Luis, en cerrando la tienda a mediodía, nos llevaba al chigre (inolvidable Camporro, tristemente ya fenecido a piquetazos) a mi hermano y a mí a tomar unos culinos de sidra y a masticar unos mejillones en conserva que yo recuerdo riquísimos. En aquella época el patio no estaba por la labor de tanta mariconada y no pasaba nada por dar unos [cortos] culetes de sidra a unos niños de diez años: hoy casi sales mejor librado si te pillan poniéndole una bomba lapa a un teniente coronel que si te cazan dándole un [corto] traguito a tu hija de catorce años. A lo que iba: los culinos cotidianos, solían ir acompañados de una partidita de futbolín, mi hermano y yo en un lado y mi tío en el otro; mi tío había sido jugador de fútbol profesional, en el Vetusta (segunda división, en su tiempo), pero su ventaja no venía de ahí sino del hecho de que era, claro, mayor que nosotros. Ello no obstante, algunas veces mi hermano y yo estábamos en vena y le hacíamos sudar la camiseta. No recuerdo si alguna vez llegamos incluso a ganar, pero no es importante. Lo cierto es que nos enseñó mucho y llegamos a hacer hasta algunas boleas de cierto nivel.
En edad de bachiller elemental (lo que hoy serían los primeros cursos de la cosa esa, de la ESO) había cerca de casa unos futbolines que ya compartían la superficie, por mitad, con las máquinas del millón, de aquellas de a peseta, con los dumpers casi coaxiales y colocados en la zona inferior central de la máquina. Eran lugares tenidos por poco recomendables por nuestros pudorosos padres y si nuestra presencia llegaba a ser detectada y denunciada podíamos ser objeto de severa represión. Pero ello no impedía que la frecuencia de nuestras visitas nos confiriera una habilidad enorme, al extremo de poder pasar una tarde entera con una sola peseta. Y ello sin trampas, porque también había un truquito con un alambre que permitía jugar de gorra. Claro, con tal tecnología punta, el entrañable futbolín decayó y la reserva espiritual que suponía fue sostenida a duras penas por unos pocos incondicionales a toda prueba. Yo creo que el ambiente de Linux ha bebido de aquel espíritu futbolinero a rabiar; por lo menos, guardan ambos un encanto similar.
Con la cotidianización de las máquinas de millón y el subsiguiente aburrimiento, regresamos al futbolín que, ya en el bachillerato superior, fue testigo, además de nuestras pellas, de nuestros primeros celtas, de nuestras primeras exclamaciones machistas ante algunas revistas de tías -en blanco y negro: «Playboy» llegó (clandestino, claro) algo después- y nuestras primeras blasfemias cuando el cabrón del Pep nos metía un gol picando la bola.
Accediendo a la universidad se nos subió un poco el pavo y nos volvimos finolis -además, las tías no iban por los futbolines y de las dos o tres que iban más valía estar lejos- así que volvimos a abandonar el mueble. Ya no lo recuperamos. Yo, por lo menos, ya no lo recuperé, si no ha ido siendo en alguna ocasión esporádica. La cita cotidiana en los futbolines o en los chelines acabó para siempre. Es ley de vida.
Como lo es que la gente se muera, a pesar de lo cual lamento la muerte de Finisterre, bienhechor de la Humanidad, amigo de los niños y autor intelectual de grandes momentos de la parte golfa (o sea, la más divertida) de mi vida infantil y adolescente.
Un trago de veterano en su honor y recuerdo: glubs.
El que fuera conseller en cap de la Generalitat durante la versión 1.0 del tripartit (Josep Bargalló, de ERC) sulfuró al sector textil con su pertinaz sincorbatismo. Era un señor de garganta al viento y no le salió de las narices ponerse el nudo corredizo en el cuello. No hay constancia, sin embargo, de que obligara a nadie a ir sin corbata: se limitó a vestir él como le dio la gana y a dejar que los demás hicieran lo propio.
La versión 2.0 del tripartit tiene en otro conseller del mismo partido, Joan Puigcercós, el de Governació, un forofo de la corbata. Pero según parece, no se limita a usarla sino que impone su uso a los demás, cuando menos a los altos cargos de su departamento, amparándose en la vieja cagarela de la buena imagen que hay que dar y no sé qué más. No sé yo donde está escrito -y, en todo caso, con qué autoridad- que la buena imagen se fundamenta en la corbata, como si las mujeres no tuvieran mil maneras distintas de ser elegantes sin necesitar un adminículo concreto para ello, pero en fin... No es muy sorprendente: los políticos suelen funcionar como aquellos nuevos ricos que, pese a babear de deseo por una ración de sardinas, se cuidaban mucho de comer otra cosa que langosta porque desmerecería el boato debido a su posición social, de modo que, ahora que estoy arriba, quiero que todo el mundo vaya con corbata para que esto tenga un tono, y una apariencia y un qué y no como cuando éramos unos pringaos en la oposición irredenta.
En conclusión, lo que se obtiene, por más que digan los saltimbanquis de las escuelas de protocolo, es una sensación de ridículo colectivo acojonante, con todo el mundo yendo de uniforme, como en la mili (tan odiada y denostada, precisamente, por el partido de ese señor que obliga ahora a uniformidades).
Siempre me ha hecho gracia -bueno, quizá no tanta- lo intolerantes y fachas que llegan a ser muchos de los de la corbata. Yo no conozco a un solo sincorbatista que pretenda que todo el mundo vaya como él: el que quiera llevar corbata que la lleve (sarna con gusto no pica) y el que no, que no la lleve. Pero en cuanto aparece uno de los del nudo corredizo, en ocho de cada diez casos ya estamos jodidos. Como si, por otra parte, no se pudiera ser un pollino integral con trajes de 800 euros y nudo en el pescuezo... Tengo yo una lista de esos así de larga.
Tocar los cojones a la gente obligándola a vestir de manera determinada parece un deporte. Hombre, hay unos mínimos, desde luego: la rigurosa higiene y, quizá (sólo quizá), evitar lo redondamente estrafalario, pero eso último también es un concepto elástico y, en todo caso, no añade ni quita nada al valor profesional que tenga uno. En lo demás, allá cada cual. Un compañero mío de trabajo, en verano, algunos días aparece por la oficina con esos horribles pantalones que llaman piratas y con sandalias; hombre, yo no lo haría (es mi simple e intransferible opción personal), pero líbreme san iGNUcio de reprochárselo y menos aún de tratarlo de forma despectiva o inadecuada por esta razón. Que vista como le dé la gana.
Hace no tantos años -cuando la burbuja de las TIC se hinchaba al galope- toda la mugre de la gomina y de la corbata que se movía por el ámbito tecnológico cambió de look para parecer más cool y ahí los tenías a todos con greñas, vaqueros y camisetas; a veces, incluso con las famosas camisetas negras de Debian llevadas por palurdos que no sabían -ni saben aún- distinguir una Red Hat de un disco de Lucho Gatica. Cuando petó la burbuja, otra vez todos al pelo grasiento y al nudo corredizo. Qué manía de ir de uniforme, por Dios, qué horterada...
Y, finalmente, lo de la imagen. En primer lugar, eso siempre es relativo pero, en segundo y definitivo término, en el caso de una administración pública, al ciudadano le importa tres pimientos el corbatismo o sincorbatismo de los altos cargos y lo que quiere de ellos es otra cosa... que, además, casi nunca obtiene: seriedad y eficacia. Tuve un jefe de servicio que se empeñó (y logró) en que su unidad tuviera una certificación ISO 9000, para lo cual se gastó una patada acojonante de muy necesario -para otras cosas- dinero público. Ese servicio era de gestión pura y dura. A mí siempre me hizo mucha gracia la cosa: si el servicio funcionaba y el ciudadano estaba satisfecho, el chirimbolo de la ISO estampado en los oficios e impresos le iba importar un cagallón; si, por el contrario, el ciudadano se sentía puteado y mal servido con esa gestión, el chirimbolo le iba a parecer, además, una burla.
Lo mismo, lo mismito, que la corbata.
Ya está aquí otra vez el Carnaval. La tradición del Carnaval responde a una suerte de despedida de la abundancia y del epicureísmo (quien podía o puede llevar vida epicúrea), inmediatamente antes de entrar en la austera severidad de la Cuaresma, ya se sabe: ayuno, abstinencia, penitencia, flagelo de carnes y pajarito en la jaula.
Nunca he celebrado el Carnaval. De pequeño -muy pequeño- quizá me hizo gracia ponerme una careta, pero no se permitían cosas así más que a los niños; el resto estaba prohibido por rigurosa orden episcopal cumplida a la rajatabla de los mosquetones de los grises. España era muy pía, señores, poca broma.
Cuando murió Paco el Invicto, volvieron a verse carnavales por las calles. En aquellos momentos de mediados y finales de los 70 pensé que era como sacar el vientre de penas de tanta sosería, porque fuerza es reconocer que el régimen franquista, además de todos los ademases, era tan excitante como ver dormir a una ostra. Pero, francamente, jamás le vi la gracia ni el indudable sustrato cultural que seguramente tiene al hecho de disfrazarse de monja con unas tetas postizas de metro cúbico; y tampoco, mira, soy así de carca y antiguo, me ha hecho nunca gracia el menear de plumas del mariconeo desencadenado. En todo caso, pensé que, pasados unos pocos años, las aguas volverían a su cauce y el Carnaval volvería a ser cosa de niños, de gaditanos y de tinerfeños.
Pero no. Coño, y lo en serio que se lo toman. Y es lo que yo me pregunto: ¿a qué el Carnaval si ya nadie le hace ni puto caso a la Cuaresma? ¡Si es Carnaval todo el año!
Precisamente uno de los problemas de conciencia cívica más graves que tenemos (y, además, oculto, imperceptible o impercibido) es el inmenso timo que nos están metiendo perfectamente disimulado entre los pliegues de oropel del estado de constante juerga -más bien cutre y salchichera, además- que nos imponen una semana sí y a la siguiente también. Cuando no es Carnaval es verbena y cuando no, fiesta mayor; y en medio, por si se hace largo, unas cuantas cursas (¡venga, todos en calzoncillos y a correr, veréis qué risa!), festivales aéreos, megafiestas, piromusicales (eso de los estampidos y de los colorines les va a muchos más que a un tonto un lápiz, ya ves tú qué cosa), arterias principales abarrotadas de cabalgata con brasileño haciendo el burro y, por si quedan minutitos aburridos que cubrir, está el fútbol, cualquier cantachifle que decide hacer una gira, un congreso mundial de estupradores de palomas torcaces o unas declaraciones de Teddy Bautista.
La cuestión es que no pare el espectáculo, no vaya a ser que la gente se nos pare a pensar y se dé cuenta de lo puteada que está, de lo mucho y muy impunemente que le tomamos el pelo y de lo fácil que les resultaría ponernos a picar piedra de sol a sol.
Y hablando de fiestas, de espectáculo y, sobre todo, de idioteces, caramba, ayer fue san Tantontín. Ay, perdón: san Valentín. El día de los cursis, de los mascamargaritas y, en fin, de la gilipollez extrema a la salud, como siempre, del cortinglés de turno. Hoy te odio más que ayer pero como mañana agarre una máquina del 12/70 verás qué culo te pondré sin pensármelo dos veces...
San Valentín fue un obispo cristiano que se dedicaba a casar a las parejas de su secta contraviniendo la normativa que prohibía casorios por ritos ajenos al oficial (que no era, obviamente, el del canonizado en cuestión). San Tan... San Valentín fue habido en flagrante delito y, consecuentemente, lo liquidaron como era costumbre y mor en la época. Alabado sea Dios.
Esto nos lleva a lo que se supone que se celebró ayer. Es decir, que ayer, día de los Enamorados, se celebró... ¡que se cargaron al cura!
Sintomático.
Y así transcurrió, en olor de melenas, este 15 de febrero, ese mes tan estúpido e insulso como sus celebraciones, al que aún habremos de aguantarle otro jueves, el 22, en el que, afortunadamente, no se celebra nada. ¿Que no se celebra nada, decía? Collons: ¡es santa Leonor!
Bueno, pues yo no digo nada si no es en presencia de mi abogado, que luego las carga el diablo.
Hasta entonces, queridos todos, recordad que sigue «El Incordio» y sigue Internautas TV con algunas cosillas escritas por este vuestro seguro servidor.
Quien viva, verá.
lunes, 12 de febrero de 2007
Ignominia mediática
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Via Ignacio Escolar llegué ayer a un artículo de «El País» titulado «Dos mujeres contra el odio». Como es de ver, se trata de un retrato dramático, del drama de una mujer recientemente fallecida, la madre de Iñaki de Juana Chaos, nacida en Tetuán, hija de militar y casada con un médico burgalés que, en tiempos, fue teniente asimilado del ejército de Franco, durante la guerra, en el que se hizo acreedor de diversas condecoraciones. Ya se dice que no hay peor cuña que la de la propia madera.
El artículo, como digo, relata el drama de doña Esperanza, la madre de ese animal, que tiene que ver cómo su hijo, un ciudadano normal y corriente, pasa a ser -por causas, parece, oscuras o inexplicables- uno de los asesinos más abyectos de ETA. Y aumenta la temperatura de color en ese drama el hecho de que su hija, Altamira, se casó con el hijo de una víctima de ETA, un comandante que murió asesinado a la puerta de su propia casa. Y la temperatura de color llega casi a la ebullición cuando nos dice que presa ya de un Alzheimer, poco antes de morir, doña Esperanza es cuidada amorosamente por su consuegra, la viuda de ese militar. Se le ponen a uno los pelos del cuerpo como cerdas de un cepillo de dientes.
Como es obvio para todas las personas normales, nadie nace terrorista. Todo los terroristas han sido alguna vez ciudadanos corrientes que, en un momento dado, han experimentado una evolución ideológica o, más probablemente, algún tipo de deterioro mental, hasta llegar a la vesanía asesina. Iñaki de Juana Chaos no es una excepción y, para comprender lo que ha sufrido su madre, había que reflejar ese proceso evolutivo o, mejor, involutivo (de la civilización a la caverna) al menos en su aspecto exterior, porque si se admitiera el absurdo supuesto de que la condición de terrorista es innata y se conlleva desde la más tierna infancia, no se puede comprender el calvario por el que pasó la pobre Esperanza.
Pues no. Para «Libertad Digital» escribir esto es mostrar el «rostro humano» de De Juana, prácticamente justificarlo. Sólo le falta al medio losantino acusar a «El País» de apología del terrorismo.
Vergonzoso. Vomitivo. Y eso que no le tengo ninguna simpatía al medio polanquero, pero esto es el colmo.
No escucho la COPE. Ni ahora, con Jiménez Losantos, ni antes, cuando él no estaba. Nunca me ha gustado esa peña pese a que Antonio Herrero -el que está vivo, no el que murió- no me caía mal del todo temporibus illis. Si ahora anda rondando a esta gente, mejor me quedo con el buen recuerdo. Accedo a «Libertad Digital» en busca de la sección de Internet, trufada de colaboradores muy solventes a algunos de los cuales incluso se les puede disculpar algún que otro patinazo de neoconismo radical. Pero sintiéndolo mucho -y, realmente, lo sentiré muchísimo- voy a acabar prescindiendo de esas muy interesantes lecturas para no dar incremento con mis impactos a la lamentablemente nada menguada audiencia de ese medio tan avanzado y estudiado en su diseño formal y en su adecuación a la red pero cuyos contenidos son con demasiada frecuencia tan inmorales como el que nos ocupa. Contra «LD» se han lanzado adjetivos e improperios sin fin, pero creo que el más adecuado, el que mejor responde a la realidad, es el más sencillo y es el que he dicho: inmoral.
Tenía en el congelador una caja de langostinos y en el frigorífico una botella de excelente cava catalán destinados a la cena del día que cascara Iñaki de Juana -si es que tiene narices para llegar a tanto, que los que le conocen dicen que no- pero voy a abandonar la idea. No porque De Juana no se merezca la celebración sino porque no se la merece la memoria de su madre ni la nobleza hidalga de la consuegra de ésta.
Los langostinos y el cava habrán de esperar mejor ocasión. Por ejemplo, que a don Federico Jiménez Losantos le brote un forúnculo bien doloroso junto al frenillo de los cojones.
Via Ignacio Escolar llegué ayer a un artículo de «El País» titulado «Dos mujeres contra el odio». Como es de ver, se trata de un retrato dramático, del drama de una mujer recientemente fallecida, la madre de Iñaki de Juana Chaos, nacida en Tetuán, hija de militar y casada con un médico burgalés que, en tiempos, fue teniente asimilado del ejército de Franco, durante la guerra, en el que se hizo acreedor de diversas condecoraciones. Ya se dice que no hay peor cuña que la de la propia madera.
El artículo, como digo, relata el drama de doña Esperanza, la madre de ese animal, que tiene que ver cómo su hijo, un ciudadano normal y corriente, pasa a ser -por causas, parece, oscuras o inexplicables- uno de los asesinos más abyectos de ETA. Y aumenta la temperatura de color en ese drama el hecho de que su hija, Altamira, se casó con el hijo de una víctima de ETA, un comandante que murió asesinado a la puerta de su propia casa. Y la temperatura de color llega casi a la ebullición cuando nos dice que presa ya de un Alzheimer, poco antes de morir, doña Esperanza es cuidada amorosamente por su consuegra, la viuda de ese militar. Se le ponen a uno los pelos del cuerpo como cerdas de un cepillo de dientes.
Como es obvio para todas las personas normales, nadie nace terrorista. Todo los terroristas han sido alguna vez ciudadanos corrientes que, en un momento dado, han experimentado una evolución ideológica o, más probablemente, algún tipo de deterioro mental, hasta llegar a la vesanía asesina. Iñaki de Juana Chaos no es una excepción y, para comprender lo que ha sufrido su madre, había que reflejar ese proceso evolutivo o, mejor, involutivo (de la civilización a la caverna) al menos en su aspecto exterior, porque si se admitiera el absurdo supuesto de que la condición de terrorista es innata y se conlleva desde la más tierna infancia, no se puede comprender el calvario por el que pasó la pobre Esperanza.
Pues no. Para «Libertad Digital» escribir esto es mostrar el «rostro humano» de De Juana, prácticamente justificarlo. Sólo le falta al medio losantino acusar a «El País» de apología del terrorismo.
Vergonzoso. Vomitivo. Y eso que no le tengo ninguna simpatía al medio polanquero, pero esto es el colmo.
No escucho la COPE. Ni ahora, con Jiménez Losantos, ni antes, cuando él no estaba. Nunca me ha gustado esa peña pese a que Antonio Herrero -el que está vivo, no el que murió- no me caía mal del todo temporibus illis. Si ahora anda rondando a esta gente, mejor me quedo con el buen recuerdo. Accedo a «Libertad Digital» en busca de la sección de Internet, trufada de colaboradores muy solventes a algunos de los cuales incluso se les puede disculpar algún que otro patinazo de neoconismo radical. Pero sintiéndolo mucho -y, realmente, lo sentiré muchísimo- voy a acabar prescindiendo de esas muy interesantes lecturas para no dar incremento con mis impactos a la lamentablemente nada menguada audiencia de ese medio tan avanzado y estudiado en su diseño formal y en su adecuación a la red pero cuyos contenidos son con demasiada frecuencia tan inmorales como el que nos ocupa. Contra «LD» se han lanzado adjetivos e improperios sin fin, pero creo que el más adecuado, el que mejor responde a la realidad, es el más sencillo y es el que he dicho: inmoral.
Tenía en el congelador una caja de langostinos y en el frigorífico una botella de excelente cava catalán destinados a la cena del día que cascara Iñaki de Juana -si es que tiene narices para llegar a tanto, que los que le conocen dicen que no- pero voy a abandonar la idea. No porque De Juana no se merezca la celebración sino porque no se la merece la memoria de su madre ni la nobleza hidalga de la consuegra de ésta.
Los langostinos y el cava habrán de esperar mejor ocasión. Por ejemplo, que a don Federico Jiménez Losantos le brote un forúnculo bien doloroso junto al frenillo de los cojones.
viernes, 9 de febrero de 2007
Enfermeras
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Hoy he leído «La Vanguardia» mientras desayunaba, cosa rara (leer «La Vanguardia» y desayunar fuera de casa). Y en la sección La Contra aparece una entrevista firmada por Lluís Amiguet realizada a una señora que se llama Antònia Carré Pons. No sé quién es la tal dama. Busco por Google y veo que es una que escribe. Vale. Lo que escribe y lo que dice, en general, en la entrevista, me importa poco o nada pero me llama la atención el contenido de un recuadro que hay que suponer escrito por Amiguet y en el que dice lo siguiente: «Descubro a menudo mujeres que valen más que sus hombres y me pregunto por qué se autolimitan para no parecer más inteligentes, cultas o capaces que ellos. Por qué no quieren ser el médico sino la enfermera; ni el empresario sino su secretaria; ni el premio Nobel sino su fiel auxiliar.». Por cierto, que yo diría que ahí faltan algunos signos de interrogación, pero como ahora puede escribir cualquiera en los papeles, aire, no pasa nada...
Estoy de acuerdo con la idea general, pero me reboto ante una frase lacerante: por qué no quieren ser el médico sino la enfermera (la ausencia de signos de interrogación es respeto al literal, no se me atribuya a mí).
Es común, ignorante e incierta la idea de que la enfermera es un anticipo de médico, un médico incompleto, como detenido a medio camino. Nada hay más falso: ni en la realidad profesional de la enfermería, ni en la realidad personal e íntima de centenares de miles de enfermeras, ni en la percepción de los pacientes. Basta tirarse unos cuantos días como cliente de un hospital, sobre todo si se está bien jodido, para discernir a la perfección el papel de la enfermera y del médico; y no sólo eso: sin menoscabo, en absoluto, de la magnífica labor de los médicos y de su espacio profesional propio y necesario, a quienes los enfermos elevarían a los altares sin vacilar es a las enfermeras. Porque cuando uno está hecho migas en una cama hospitalaria, el diseño del proceso de curación, la ingeniería curativa, por así decirlo, es cosa del médico, pero la calidad de vida del paciente -entendiendo por tal el bienestar humanamente posible en las circunstancias, la palabra de ánimo, la sonrisa amable, el apelativo cariñoso, la cura hábil y reparadora- está enteramente en manos de la enfermera.
Estoy casado con una enfermera, creo que lo he dicho alguna vez. Una tía validísima, con una capacitación académica elevadísima y, en resumen, una profesional de altísimo nivel. Se me acaban los aumentativos. Está mal que yo lo diga, pero me importa tres cojones. Mi mujer viene de una familia trabajadora, de aragoneses establecidos en Barcelona, en la que, a base de trabajar como burros, no faltó nunca de nada; aprovecharon bien el desarrollismo franquista y se integraron plenamente en una clase media en expansión. El hermano mayor de mi mujer es médico: quiso serlo y lo fue. La hermana pequeña de mi mujer es bióloga: quiso serlo y lo fue. Mi esposa hubiera podido ser ingeniero, arquitecto, médico, abogado o economista; tiene mobiliario intelectual sobrado para cualquiera de estas cosas y su familia hubiera podido costear sus estudios como los de los demás hijos: con esfuerzo, pero sin tener que afrontar privaciones épicas. Pero mi mujer quiso ser enfermera y lo fue. Y esta, con pequeñas y, para el caso, anecdóticas variaciones, es la historia de la mayor parte de las enfermeras, profesionales vocacionales como la copa de un pino que, además, frecuentemente tienen que aguantar verse tratadas como marujas por escoria con mucho MBA de 9.000 euros con 300 horas al 80 por 100 de necesaria presencia (y casi nada más) que no sabrían encontrar la tapa del retrete (y que, encima, los cabrones de mierda están arruinando la sanidad pública; de eso habrá que hablar despacio algún día).
El Amiguet en cuestión también hace alusión al premio Nobel y al fiel auxiliar, lo que también tiene un ejemplo inverso: una tal María Slodowska. Pero eso sí que es una excepción a la regla; tanto es así que muchos lectores no caerán en la cuenta de la identidad de quien estoy hablando, puesto que todo el mundo la conoce... por su apellido de casada: Marie Curie, que recibió el premio de Física por sus importantísimos estudios sobre la radioactividad. Aunque bien es verdad que su marido, Pierre, no fue propiamente su auxiliar sino un valiosísimo colaborador de primera línea.
En todo caso, Amiguet, señor periodista, antes de referirse a las enfermeras como a médicos a medio camino eche un buen vistazo al numérica y cualitativamente importante medio camino de su propia profesión.
Hoy he leído «La Vanguardia» mientras desayunaba, cosa rara (leer «La Vanguardia» y desayunar fuera de casa). Y en la sección La Contra aparece una entrevista firmada por Lluís Amiguet realizada a una señora que se llama Antònia Carré Pons. No sé quién es la tal dama. Busco por Google y veo que es una que escribe. Vale. Lo que escribe y lo que dice, en general, en la entrevista, me importa poco o nada pero me llama la atención el contenido de un recuadro que hay que suponer escrito por Amiguet y en el que dice lo siguiente: «Descubro a menudo mujeres que valen más que sus hombres y me pregunto por qué se autolimitan para no parecer más inteligentes, cultas o capaces que ellos. Por qué no quieren ser el médico sino la enfermera; ni el empresario sino su secretaria; ni el premio Nobel sino su fiel auxiliar.». Por cierto, que yo diría que ahí faltan algunos signos de interrogación, pero como ahora puede escribir cualquiera en los papeles, aire, no pasa nada...
Estoy de acuerdo con la idea general, pero me reboto ante una frase lacerante: por qué no quieren ser el médico sino la enfermera (la ausencia de signos de interrogación es respeto al literal, no se me atribuya a mí).
Es común, ignorante e incierta la idea de que la enfermera es un anticipo de médico, un médico incompleto, como detenido a medio camino. Nada hay más falso: ni en la realidad profesional de la enfermería, ni en la realidad personal e íntima de centenares de miles de enfermeras, ni en la percepción de los pacientes. Basta tirarse unos cuantos días como cliente de un hospital, sobre todo si se está bien jodido, para discernir a la perfección el papel de la enfermera y del médico; y no sólo eso: sin menoscabo, en absoluto, de la magnífica labor de los médicos y de su espacio profesional propio y necesario, a quienes los enfermos elevarían a los altares sin vacilar es a las enfermeras. Porque cuando uno está hecho migas en una cama hospitalaria, el diseño del proceso de curación, la ingeniería curativa, por así decirlo, es cosa del médico, pero la calidad de vida del paciente -entendiendo por tal el bienestar humanamente posible en las circunstancias, la palabra de ánimo, la sonrisa amable, el apelativo cariñoso, la cura hábil y reparadora- está enteramente en manos de la enfermera.
Estoy casado con una enfermera, creo que lo he dicho alguna vez. Una tía validísima, con una capacitación académica elevadísima y, en resumen, una profesional de altísimo nivel. Se me acaban los aumentativos. Está mal que yo lo diga, pero me importa tres cojones. Mi mujer viene de una familia trabajadora, de aragoneses establecidos en Barcelona, en la que, a base de trabajar como burros, no faltó nunca de nada; aprovecharon bien el desarrollismo franquista y se integraron plenamente en una clase media en expansión. El hermano mayor de mi mujer es médico: quiso serlo y lo fue. La hermana pequeña de mi mujer es bióloga: quiso serlo y lo fue. Mi esposa hubiera podido ser ingeniero, arquitecto, médico, abogado o economista; tiene mobiliario intelectual sobrado para cualquiera de estas cosas y su familia hubiera podido costear sus estudios como los de los demás hijos: con esfuerzo, pero sin tener que afrontar privaciones épicas. Pero mi mujer quiso ser enfermera y lo fue. Y esta, con pequeñas y, para el caso, anecdóticas variaciones, es la historia de la mayor parte de las enfermeras, profesionales vocacionales como la copa de un pino que, además, frecuentemente tienen que aguantar verse tratadas como marujas por escoria con mucho MBA de 9.000 euros con 300 horas al 80 por 100 de necesaria presencia (y casi nada más) que no sabrían encontrar la tapa del retrete (y que, encima, los cabrones de mierda están arruinando la sanidad pública; de eso habrá que hablar despacio algún día).
El Amiguet en cuestión también hace alusión al premio Nobel y al fiel auxiliar, lo que también tiene un ejemplo inverso: una tal María Slodowska. Pero eso sí que es una excepción a la regla; tanto es así que muchos lectores no caerán en la cuenta de la identidad de quien estoy hablando, puesto que todo el mundo la conoce... por su apellido de casada: Marie Curie, que recibió el premio de Física por sus importantísimos estudios sobre la radioactividad. Aunque bien es verdad que su marido, Pierre, no fue propiamente su auxiliar sino un valiosísimo colaborador de primera línea.
En todo caso, Amiguet, señor periodista, antes de referirse a las enfermeras como a médicos a medio camino eche un buen vistazo al numérica y cualitativamente importante medio camino de su propia profesión.
jueves, 8 de febrero de 2007
Mentirosos todos
De la serie: «Los jueves, paella»
Hace veintitantos años, el Tribunal Supremo sentenció a favor de Bertín Osborne en un largo rifirrafe que sostuvo sobre la legalidad de un chalet con el Ayuntamiento de Jerez de la Frontera; esta sentencia hizo pronunciar al alcalde, Pedro Pacheco, la famosísima frase «La Justicia es un cachondeo» que le valió un procesamiento (del que salió, creo recordar, absuelto).
Ojalá lo que está pasando ahora con la Justicia fuese un cachondeo y ojalá que lo que ocurriera fuese por un quítame de allá la licencia de edificación de ese chalet.
El espectáculo con que nos ha obsequiado el Tribunal Constitucional estos días ha sido bochornoso. Bochornoso, indignante, dramático y muy peligroso. Hace muchos años, cuando se estableció mediante las leyes orgánicas correspondientes que el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial se formarían mediante designación parlamentaria, es decir, atribuyéndose cuotas de jueces o de jueces-consejeros en función de la representación de cada partido, ya hubo voces que avisaron de que algo así podría suceder; además, era mala premisa establecer que un juez determinado puede estar en el entorno de un determinado y concreto partido político. Institucionalizar lo que debería responder al acervo íntimo del juez es un mensaje contradictorio con la imagen de independencia que debe siempre rodear al poder judicial. Algunos contestaron que esta vía de la designación parlamentaria era menos mala que la de selección corporativa, que haría de los jueces un estamento cerrado e inasequible; la realidad de la judicatura mohosa y extremadamente ultraconservadora que predominaba entonces (y que ahora ha cambiado, pero muy poco) dio la victoria a la opción parlamentarista. Después de todo, debieron pensar los conformistas y los acomodaticios, el parlamento representa al común de los ciudadanos.
Pero lo que ha ocurrido con la impugnación de varios artículos del vacuo, pocaleche y mindundi Estatut catalán ha sido, sencillamente, inenarrable. Pasemos el hecho mismo de esa impugnación como algo propio de la perrera; pasemos el hecho de que mucho de los artículos impugnados por inconstitucionales para el Estatut han sido celebrados con júbilo para el Estatuto andaluz como algo propio de la doblez con que se viene comportando la perrera en ese afan obsesivo de enturbiar y ensuciar hasta en su última molécula la ya nada limpia en origen política española. Pero no se puede pasar por alto la marranada que han montado en el Tribunal Constitucional.
La jugada es la siguiente: de sus doce miembros, seis han sido designados por el PP y otros seis por las demás fuerzas políticas. Pero ocurre que la Presidencia del TC está ocupada por un miembro de los otros, es decir, de los no peperos, con lo cual el voto de calidad es favorable al sector no conservador. ¿Que hace el PP? La gran jugada: recusa por cualquier gilipollez a uno de los jueces, concretamente al designado por CiU; este no puede votar en su propia recusación por lo que las cosas se ponen 6 a 5 a favor de los peperos, con lo que, no habiendo empate, el voto de calidad no procede. ¿Hábil? No: marrano a más no poder.
Respuesta de los otros: el recusado dimite e inmediatamente se nombra a otro que le sustituya y se restituyen las proporciones a como estaban antes, con lo que el PP se queda con un palmo de narices.
Lo gracioso es el exabrupto de Zaplana cabreado ante la neutralización de su jugada maestra: la sustitución del recusado sería indigna y propia de los manejos de un Gobierno que quiere neutralizar el recurso contra el Estatut como sea. Es decir, el Gobierno juega sucio pero el PP no, el PP ha actuado con limpieza de alba palomita, no te jode... Ambas maniobras son tan legales como sucias, pero Zaplana niega a otros que puedan acogerse al Derecho de forma tan guarra como él.
Mientras tanto, los españoles asistimos boquiabiertos y acojonados al inaudito espectáculo porque, claro, no se trata del enésimo enfangamiento político sino que tenemos detrás al que debiera ser más independiente de los tres poderes (¡ay, Montesquieu, quién te vio y quien ve en qué mierda han convertido tu invento!). Todos los que tenemos intereses pendientes de resolución de la Justicia estamos cagados de miedo intentando adivinar si el juez o el tribunal del que dependemos será más bien de derechas o de izquierdas y tratando también de establecer qué pensará este juez sobre la orientación ideológica de esos intereses nuestros que están en sus manos. Espantoso.
Este marrón en el Tribunal Constitucional pone culmen al estado de auténtica catástrofe institucional en que nos hallamos y que los ciudadanos tratamos de soslayar a la italiana llevando adelante nuestras vidas personales, familiares y profesionales con independencia de ese mundo extraterrestre en el que está viviendo lo público -ya más allá de lo político- por más que de cuando en cuando necesitemos -o, aunque no necesitemos, suframos- la acción emanada de ese mundo.
Y así nos va.
____________________
Pasan los días y, aunque los ladridos furibundos no nos dejan un poco de paz para meditar con calma, algunas cosas van saliendo a la luz, van evidenciándose, sobre el proceso de paz que se fue al guano con el bombazo de la T-4. Y esa evidencia -depresiva, desoladora- es, nuevamente, el enanismo político e intelectual de Zap I El Anodino. Ahora sabemos que su famoso proceso de paz era humo. Era humo como algo debidamente planificado y considerado. Fue una simple aventura.
Zap se metió en ese mejunje obnubilado por los inmensos réditos políticos -legítimos, por otra parte- que le hubiera proporcionado el éxito de la intentona. Fueron precisamente esos réditos -y su legitimidad-, que se hubieran proyectado muy allá en el tiempo, en el futuro, los que alarmaron hasta el paroxismo a la perrera, que se dedicó con todas sus fuerza a sabotearlo por todos los lados y, además, indisimuladamente. Prefirieron la rápida eficacia de la zapa sistemática en superficie que el disimulado pero lento minado subterráneo.
Sin embargo, no ha sido la perrera la que se ha cargado el proceso, pese a su denodado trabajo y a su júbilo por el reventón. Ha sido la propia astenia intelectual de Zapatero. Sin medir previsiones temporales, sin establecer qué mínimos exigir a la otra parte ni qué máximos darle por la propia, sin establecer una mínima garantía sobre la validez y representatividad de sus interlocutores, se lanzó al vacío pensando en improvisar sobre la marcha, en ir haciendo a medida que los acontecimientos fueran produciéndose. Todo ello no era evidente para el ciudadano: lo hemos visto al intentar explicarnos qué había pasado. Tampoco era evidente para la perrera, que mentía de forma descarada e indigna diciendo que Zapatero había dado a ETA lo que ahora es evidente que no había dado y de lo que la perrera, a su vez, tampoco tenía el menor indicio. Pero ETA sí sabía lo que se le había dado -que era nada- y lo que no se le había dado -que era todo- y, creyendo que le tomaban el pelo, volvió a asesinar a la gente a bombazo limpio. Digamos también, de paso, que ETA no había dado, a su vez, nada, no vaya a parecer que es la inocente del asunto. Ni mucho menos.
Un pusilánime se puso a charlar de nada útil con un fantasma de taberna -de herriko-taberna, mejor dicho- mientras las perreras de ambos bandos se las veían y se las deseaban para romper la baraja. Al final lo logró la perrera independentista.
Así estamos: entre la perrera de la derecha y la esterilidad mental de una izquierda mayormente compuesta por unos arribistas medio analfabetos, que funcionan sin rumbo y sin horizonte, y con una empanada mental de conceptos que no les deja farol al que agarrarse. Al final, tendrá razón el lector que me decía que por esta vía el Partido Pirata tiene ciertas posibilidades electorales.
¿Habrá remedio para todo esto?
____________________
Una o dos paellas atrás, expresaba mi potente mosqueo ante la campaña anti-okupas desatada por el ayuntamiento hereditario y sus corifeos, campaña que utilizó prolijamente el famoso caso de la calle Urgell en la que el propietario de un piso se encontró con que se lo habían ocupado (sin K) mientras lo estaba reparando o rehabilitando. Esa imagen, la de un señor normal y corriente al que se le apropian del piso de una manera tan bestia, fue la que se utilizó para causar alarma social y promover un sentimiento generalizado favorable a la mano dura contra ese tipo de ocupaciones (sin K)... y contra el otro (con K).
Cuando la juez obligó a los ocupantes (sin K) a largarse con viento fresco, pero sin ver clara -y así lo manifestó explícitamente- la ilegitimidad de tal ocupación (sin K) ya arrugamos la nariz. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué es lo que no ve claro la juez y tan poco claro lo ve que, además, lo manifiesta explícitamente?
En fin, cuando los ocupantes (sin K) accedieron o se vieron forzados a largarse... entonces supimos que el completo edificio pertenecía a la familia del propietario afectado. O sea que ya no se trataba -visto de cierta forma- de un ciudadano exactamente igual que el común. Se trata de un pisoteniente -per se o familiarmente- de libro. Por ahí puede que se expliquen las reticencias de la juez.
Y por ahí se han quedado con el culo al aire los diseñadores de la política municipal hereditaria y sus sucias maniobras falsarias para arrimar el ascua a su sardina en una materia que no sólo no había causado ninguna alarma social sino que había levantado las simpatías de no pocos sectores sociales y cívicos... y no en menor medida la de los vecinos afectados.
Y es que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo.
____________________
El próximo jueves, 15, apuntará ya a los carnavales. Hablaré de ellos. Y mal, como puede suponerse. Pero esa próxima paella no estará exenta de dificultades: el jueves lo tendré dificilísimo para escribirla y el miércoles, que es el día en que habitualmente las preparo, tampoco lo tendré fácil. Pero, bueno, aunque tenga que dormir un par de horitas menos, intentaré cumplir con puntualidad y seguir manteniendo en mínimos -desgraciadamente no puedo decir bajo mínimos, puesto que los ha habido- el listón de fallos.
Adelante con los faroles. «El Incordio», como siempre, seguirá ahí entre paellas. Y no olvidéis que, de cuando en cuando, los guiones de Internautas TV salen de esta misma pluma. Teclado, vaya...
Inasequible al desaliento, que se decía...
Hace veintitantos años, el Tribunal Supremo sentenció a favor de Bertín Osborne en un largo rifirrafe que sostuvo sobre la legalidad de un chalet con el Ayuntamiento de Jerez de la Frontera; esta sentencia hizo pronunciar al alcalde, Pedro Pacheco, la famosísima frase «La Justicia es un cachondeo» que le valió un procesamiento (del que salió, creo recordar, absuelto).
Ojalá lo que está pasando ahora con la Justicia fuese un cachondeo y ojalá que lo que ocurriera fuese por un quítame de allá la licencia de edificación de ese chalet.
El espectáculo con que nos ha obsequiado el Tribunal Constitucional estos días ha sido bochornoso. Bochornoso, indignante, dramático y muy peligroso. Hace muchos años, cuando se estableció mediante las leyes orgánicas correspondientes que el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial se formarían mediante designación parlamentaria, es decir, atribuyéndose cuotas de jueces o de jueces-consejeros en función de la representación de cada partido, ya hubo voces que avisaron de que algo así podría suceder; además, era mala premisa establecer que un juez determinado puede estar en el entorno de un determinado y concreto partido político. Institucionalizar lo que debería responder al acervo íntimo del juez es un mensaje contradictorio con la imagen de independencia que debe siempre rodear al poder judicial. Algunos contestaron que esta vía de la designación parlamentaria era menos mala que la de selección corporativa, que haría de los jueces un estamento cerrado e inasequible; la realidad de la judicatura mohosa y extremadamente ultraconservadora que predominaba entonces (y que ahora ha cambiado, pero muy poco) dio la victoria a la opción parlamentarista. Después de todo, debieron pensar los conformistas y los acomodaticios, el parlamento representa al común de los ciudadanos.
Pero lo que ha ocurrido con la impugnación de varios artículos del vacuo, pocaleche y mindundi Estatut catalán ha sido, sencillamente, inenarrable. Pasemos el hecho mismo de esa impugnación como algo propio de la perrera; pasemos el hecho de que mucho de los artículos impugnados por inconstitucionales para el Estatut han sido celebrados con júbilo para el Estatuto andaluz como algo propio de la doblez con que se viene comportando la perrera en ese afan obsesivo de enturbiar y ensuciar hasta en su última molécula la ya nada limpia en origen política española. Pero no se puede pasar por alto la marranada que han montado en el Tribunal Constitucional.
La jugada es la siguiente: de sus doce miembros, seis han sido designados por el PP y otros seis por las demás fuerzas políticas. Pero ocurre que la Presidencia del TC está ocupada por un miembro de los otros, es decir, de los no peperos, con lo cual el voto de calidad es favorable al sector no conservador. ¿Que hace el PP? La gran jugada: recusa por cualquier gilipollez a uno de los jueces, concretamente al designado por CiU; este no puede votar en su propia recusación por lo que las cosas se ponen 6 a 5 a favor de los peperos, con lo que, no habiendo empate, el voto de calidad no procede. ¿Hábil? No: marrano a más no poder.
Respuesta de los otros: el recusado dimite e inmediatamente se nombra a otro que le sustituya y se restituyen las proporciones a como estaban antes, con lo que el PP se queda con un palmo de narices.
Lo gracioso es el exabrupto de Zaplana cabreado ante la neutralización de su jugada maestra: la sustitución del recusado sería indigna y propia de los manejos de un Gobierno que quiere neutralizar el recurso contra el Estatut como sea. Es decir, el Gobierno juega sucio pero el PP no, el PP ha actuado con limpieza de alba palomita, no te jode... Ambas maniobras son tan legales como sucias, pero Zaplana niega a otros que puedan acogerse al Derecho de forma tan guarra como él.
Mientras tanto, los españoles asistimos boquiabiertos y acojonados al inaudito espectáculo porque, claro, no se trata del enésimo enfangamiento político sino que tenemos detrás al que debiera ser más independiente de los tres poderes (¡ay, Montesquieu, quién te vio y quien ve en qué mierda han convertido tu invento!). Todos los que tenemos intereses pendientes de resolución de la Justicia estamos cagados de miedo intentando adivinar si el juez o el tribunal del que dependemos será más bien de derechas o de izquierdas y tratando también de establecer qué pensará este juez sobre la orientación ideológica de esos intereses nuestros que están en sus manos. Espantoso.
Este marrón en el Tribunal Constitucional pone culmen al estado de auténtica catástrofe institucional en que nos hallamos y que los ciudadanos tratamos de soslayar a la italiana llevando adelante nuestras vidas personales, familiares y profesionales con independencia de ese mundo extraterrestre en el que está viviendo lo público -ya más allá de lo político- por más que de cuando en cuando necesitemos -o, aunque no necesitemos, suframos- la acción emanada de ese mundo.
Y así nos va.
Pasan los días y, aunque los ladridos furibundos no nos dejan un poco de paz para meditar con calma, algunas cosas van saliendo a la luz, van evidenciándose, sobre el proceso de paz que se fue al guano con el bombazo de la T-4. Y esa evidencia -depresiva, desoladora- es, nuevamente, el enanismo político e intelectual de Zap I El Anodino. Ahora sabemos que su famoso proceso de paz era humo. Era humo como algo debidamente planificado y considerado. Fue una simple aventura.
Zap se metió en ese mejunje obnubilado por los inmensos réditos políticos -legítimos, por otra parte- que le hubiera proporcionado el éxito de la intentona. Fueron precisamente esos réditos -y su legitimidad-, que se hubieran proyectado muy allá en el tiempo, en el futuro, los que alarmaron hasta el paroxismo a la perrera, que se dedicó con todas sus fuerza a sabotearlo por todos los lados y, además, indisimuladamente. Prefirieron la rápida eficacia de la zapa sistemática en superficie que el disimulado pero lento minado subterráneo.
Sin embargo, no ha sido la perrera la que se ha cargado el proceso, pese a su denodado trabajo y a su júbilo por el reventón. Ha sido la propia astenia intelectual de Zapatero. Sin medir previsiones temporales, sin establecer qué mínimos exigir a la otra parte ni qué máximos darle por la propia, sin establecer una mínima garantía sobre la validez y representatividad de sus interlocutores, se lanzó al vacío pensando en improvisar sobre la marcha, en ir haciendo a medida que los acontecimientos fueran produciéndose. Todo ello no era evidente para el ciudadano: lo hemos visto al intentar explicarnos qué había pasado. Tampoco era evidente para la perrera, que mentía de forma descarada e indigna diciendo que Zapatero había dado a ETA lo que ahora es evidente que no había dado y de lo que la perrera, a su vez, tampoco tenía el menor indicio. Pero ETA sí sabía lo que se le había dado -que era nada- y lo que no se le había dado -que era todo- y, creyendo que le tomaban el pelo, volvió a asesinar a la gente a bombazo limpio. Digamos también, de paso, que ETA no había dado, a su vez, nada, no vaya a parecer que es la inocente del asunto. Ni mucho menos.
Un pusilánime se puso a charlar de nada útil con un fantasma de taberna -de herriko-taberna, mejor dicho- mientras las perreras de ambos bandos se las veían y se las deseaban para romper la baraja. Al final lo logró la perrera independentista.
Así estamos: entre la perrera de la derecha y la esterilidad mental de una izquierda mayormente compuesta por unos arribistas medio analfabetos, que funcionan sin rumbo y sin horizonte, y con una empanada mental de conceptos que no les deja farol al que agarrarse. Al final, tendrá razón el lector que me decía que por esta vía el Partido Pirata tiene ciertas posibilidades electorales.
¿Habrá remedio para todo esto?
Una o dos paellas atrás, expresaba mi potente mosqueo ante la campaña anti-okupas desatada por el ayuntamiento hereditario y sus corifeos, campaña que utilizó prolijamente el famoso caso de la calle Urgell en la que el propietario de un piso se encontró con que se lo habían ocupado (sin K) mientras lo estaba reparando o rehabilitando. Esa imagen, la de un señor normal y corriente al que se le apropian del piso de una manera tan bestia, fue la que se utilizó para causar alarma social y promover un sentimiento generalizado favorable a la mano dura contra ese tipo de ocupaciones (sin K)... y contra el otro (con K).
Cuando la juez obligó a los ocupantes (sin K) a largarse con viento fresco, pero sin ver clara -y así lo manifestó explícitamente- la ilegitimidad de tal ocupación (sin K) ya arrugamos la nariz. ¿Qué pasa ahí? ¿Qué es lo que no ve claro la juez y tan poco claro lo ve que, además, lo manifiesta explícitamente?
En fin, cuando los ocupantes (sin K) accedieron o se vieron forzados a largarse... entonces supimos que el completo edificio pertenecía a la familia del propietario afectado. O sea que ya no se trataba -visto de cierta forma- de un ciudadano exactamente igual que el común. Se trata de un pisoteniente -per se o familiarmente- de libro. Por ahí puede que se expliquen las reticencias de la juez.
Y por ahí se han quedado con el culo al aire los diseñadores de la política municipal hereditaria y sus sucias maniobras falsarias para arrimar el ascua a su sardina en una materia que no sólo no había causado ninguna alarma social sino que había levantado las simpatías de no pocos sectores sociales y cívicos... y no en menor medida la de los vecinos afectados.
Y es que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo.
El próximo jueves, 15, apuntará ya a los carnavales. Hablaré de ellos. Y mal, como puede suponerse. Pero esa próxima paella no estará exenta de dificultades: el jueves lo tendré dificilísimo para escribirla y el miércoles, que es el día en que habitualmente las preparo, tampoco lo tendré fácil. Pero, bueno, aunque tenga que dormir un par de horitas menos, intentaré cumplir con puntualidad y seguir manteniendo en mínimos -desgraciadamente no puedo decir bajo mínimos, puesto que los ha habido- el listón de fallos.
Adelante con los faroles. «El Incordio», como siempre, seguirá ahí entre paellas. Y no olvidéis que, de cuando en cuando, los guiones de Internautas TV salen de esta misma pluma. Teclado, vaya...
Inasequible al desaliento, que se decía...
martes, 6 de febrero de 2007
Piratería simpática
De la serie: «Correo ordinario»
Cuestión incidental previa - No (repito: NO) pertenezco al Partido Pirata y no (repito: NO) entra en mis proyectos pertenecer en el futuro a dicha organización, aunque bien es verdad que nunca se puede decir: «de esta agua no beberé». Cuando la beba, si llega el caso, ya hablaremos.
____________________
El pasado 22 de enero obtuvo definitivo espaldarazo legal el Partido Pirata Español, que se une a una ya larga lista de partidos pirata en Europa y en el mundo.
Lo primero que, desde su fundación misma este pasado verano, levantó polémica fue la denominación. Y se comprende: así, en términos generales, la piratería no es buena, desde ningún punto de vista. En primer lugar, porque hay una legalidad y esa legalidad hay que cumplirla (salvo en el caso de la subversión, pero la subversión exige requisitos numerosos y estrictos) porque nuestra sociedad se basa en el principio de legalidad y de él depende -no exagero- nuestra cultura misma (en su sentido más amplio, no en el de la $GAE o en el de Dixie); en segundo lugar, porque la piratería perjudica, en primer término, a los usuarios y desarrolladores de productos que no cabe piratear; ejemplo clásico sería la reflexión sobre dónde estaría el software libre si Window$ fuera real y materialmente imposible de piratear.
Lo que ocurre es que el término piratería ha sido vulgar y suciamente quemado por la vesanía apropiacionista, que lo ha aplicado demagógicamente a comportamientos perfectamente legales, perfectamente éticos y, desde luego, completamente ajenos a la verdadera piratería, como es la copia privada. La cosa está clara: si por enfrentarnos a las sociedades de gestión monetaria de derechos de autor somos pendejos electrónicos pues pendejos electrónicos, claro que sí, nos lo ponemos por montera; con lo del calificativo de piratas por reivindicar y usar nuestros derechos ocurre lo mismo: ¿piratas? pues piratas. Son ellos, el enemigo, los que han desvirtuado el término y, por tanto, desde nuestras posiciones, se usa en función de tal desvirtuación. Incluso he llegado a oir o leer alguna vez el estereotipo aquel de que «piratas somos todos». Bueno, cójalo cada cual por donde quiera o pueda...
El ideario del Partido Pirata -filosofía, según le llaman ellos- es, por otra parte, perfectamente asumible por la inmensa mayoría de los miembros de las comunidades del software libre y de los internautas en general. Puede verse en su página web, pero es fácil de resumir:
- Reducción drástica de la duración de los derechos de copyright -ahora en 70 años desde la muerte del autor- y libre uso no comercial desde el primer día.
- Reforma de la LSSI salvaguardando escrupulosamente los derechos civiles de los ciudadanos y su intimidad.
- Supresión del canon digital.
- Posicionamiento frontal contra las patentes de software y restricción de las convencionales prohibiendo su uso sobre seres vivos y sobre principios activos.
- Exigencia del uso de estándares, formatos y software abiertos y no privativos por parte de las administraciones públicas.
- Protección judicial para los ciudadanos en red y legislación específica y restrictiva para los RFID (identificadores por radiofrecuencia, el futuro próximo del etiquetado... y quizá algo más que el etiquetado).
- Acceso asequible para todos (en lo económico y en lo técnico) a Internet.
Todo ello plenamente coincidente -en lo común- con los demás Partidos Pirata del mundo.
¿Hay alguien que no firme al pie de estas reivindicaciones (aparte del enemigo, claro)?
Ahora bien... ¿es conveniente una organización en forma de partido político? Ahí es donde yo, personalmente, soy más reticente. La necesidad organizativa del conjunto de los diversos movimientos pro-libertades en red no se discute; de hecho, a esa necesidad obedece -aunque de forma incompleta, un tanto torcida y, desde luego, insuficiente- la plataforma «Todos contra el Canon» (por lo demás, organizada de cara a un objetivo concreto, por eso, entre otras cosas, es un modelo parcial). El sistema de partidos no está diseñado para propuestas parciales; los partidos, en su representación y en los órganos de gobierno que les corresponda, deben ejercer sus funciones sobre el conjunto de las manifestaciones, problemáticas y factores que genere o que sufra o goce la entera sociedad. Este diseño -algo es algo- es, a mi parecer, correcto, aunque su plasmación real sea más que discutible. Pero nunca he creído en partidos monovectoriales por más que en algún caso, como este del Partido Pirata, puedan suscitar mis simpatías.
Es tentadora -lo reconozco- la imagen de un representante de los internautas todos, subiendo a la tribuna de oradores de un Congreso de los Diputados o de un Senado y cantándole las verdades del barquero a Dixie, a la $GAE, a los de la sopa boba, a los faranduleros y al resto de la tropa; y, aprovechando la inmunidad parlamentaria, diciéndolo, además, en términos puros y duros, llamando al pan pan y al vino vino, sin miedo a demandas ni a querellas ni a todo el resto del repertorio. Pero no. En el Parlamento deben, efectivamente, resolverse estas cuestiones, pero también otras, como la política fiscal y económica, la política educativa, universitaria y profesional, el marco territorial, la política sanitaria, la política de bienestar, etcétera, etcétera y etcéteras hasta decir basta. Y de esta tarea nadie debe quedar excluido. Yo no imagino a unos diputados del Partido Pirata ausentándose de comisiones y de debates cuando éstos no trataran de la materia que el partido ha hecho propia; y sí imagino, en cambio, graves tensiones entre los votantes y entre los propios miembros del partido a la pimera que éste tomara posición en un tema concreto y ajeno a la esencia que informa a la propia organización. Por eso le auguro un pobre futuro político al Partido Pirata, salvo que pueda experimentar algún ocasional vértice de éxito sirviendo como objeto en el que el cabreo ciudadano proyecte su ira, como ocurrió en las últimas elecciones autonómicas catalanas con Ciutadans de Catalunya. Que es útil, efectivamente, tener un invento así del que tirar para tocar las pelotas a los pencos de los partidos serios, pero que no tiene, realmente, futuro.
Creo más, lo he dicho muchas veces, en la creación de lobbys. La Red, en sí misma, ya es uno. Y duro: desde hace algunos pocos años, viene quitándole el sueño a más de uno. Y ese lobby tiene ya algunos líderes, algunos interlocutores válidos (odiados a muerte, eso sí, por el enemigo). Nos falta, más que organización, coordinación; nos faltan cenas informales que acaben trazando metodologías, objetivos tácticos y esquemas de acción (no acciones concretas) conjuntas. Pero todo se andará. La función crea el órgano y en la medida en que nos sintamos más indefensos ante la agresión de los poderes fácticos y de sus factotum políticos este órgano se desarrollará más eficaz y más rápidamente.
Me cae simpático, no lo niego en absoluto, el Partido Pirata. Me caen también muy bien algunos de sus promotores (o sea, los que más o menos conozco). Les deseo, por tanto, lo mejor y también ¿por qué no? muchos éxitos. Mis dudas son eso, dudas; no esconden deseos, en absoluto. Incluso es fácil que cuenten con mi voto de vez en cuando, como alternativa a una abstención. Es bueno también que haya otro vector organizativo dentro de ese lobby al que aludía que todavía es una suerte de maremágnum. Se trata de sumar, por encima de cualquier otra consideración.
Como digo siempre: esperemos y veremos.
Cuestión incidental previa - No (repito: NO) pertenezco al Partido Pirata y no (repito: NO) entra en mis proyectos pertenecer en el futuro a dicha organización, aunque bien es verdad que nunca se puede decir: «de esta agua no beberé». Cuando la beba, si llega el caso, ya hablaremos.
El pasado 22 de enero obtuvo definitivo espaldarazo legal el Partido Pirata Español, que se une a una ya larga lista de partidos pirata en Europa y en el mundo.
Lo primero que, desde su fundación misma este pasado verano, levantó polémica fue la denominación. Y se comprende: así, en términos generales, la piratería no es buena, desde ningún punto de vista. En primer lugar, porque hay una legalidad y esa legalidad hay que cumplirla (salvo en el caso de la subversión, pero la subversión exige requisitos numerosos y estrictos) porque nuestra sociedad se basa en el principio de legalidad y de él depende -no exagero- nuestra cultura misma (en su sentido más amplio, no en el de la $GAE o en el de Dixie); en segundo lugar, porque la piratería perjudica, en primer término, a los usuarios y desarrolladores de productos que no cabe piratear; ejemplo clásico sería la reflexión sobre dónde estaría el software libre si Window$ fuera real y materialmente imposible de piratear.
Lo que ocurre es que el término piratería ha sido vulgar y suciamente quemado por la vesanía apropiacionista, que lo ha aplicado demagógicamente a comportamientos perfectamente legales, perfectamente éticos y, desde luego, completamente ajenos a la verdadera piratería, como es la copia privada. La cosa está clara: si por enfrentarnos a las sociedades de gestión monetaria de derechos de autor somos pendejos electrónicos pues pendejos electrónicos, claro que sí, nos lo ponemos por montera; con lo del calificativo de piratas por reivindicar y usar nuestros derechos ocurre lo mismo: ¿piratas? pues piratas. Son ellos, el enemigo, los que han desvirtuado el término y, por tanto, desde nuestras posiciones, se usa en función de tal desvirtuación. Incluso he llegado a oir o leer alguna vez el estereotipo aquel de que «piratas somos todos». Bueno, cójalo cada cual por donde quiera o pueda...
El ideario del Partido Pirata -filosofía, según le llaman ellos- es, por otra parte, perfectamente asumible por la inmensa mayoría de los miembros de las comunidades del software libre y de los internautas en general. Puede verse en su página web, pero es fácil de resumir:
- Reducción drástica de la duración de los derechos de copyright -ahora en 70 años desde la muerte del autor- y libre uso no comercial desde el primer día.
- Reforma de la LSSI salvaguardando escrupulosamente los derechos civiles de los ciudadanos y su intimidad.
- Supresión del canon digital.
- Posicionamiento frontal contra las patentes de software y restricción de las convencionales prohibiendo su uso sobre seres vivos y sobre principios activos.
- Exigencia del uso de estándares, formatos y software abiertos y no privativos por parte de las administraciones públicas.
- Protección judicial para los ciudadanos en red y legislación específica y restrictiva para los RFID (identificadores por radiofrecuencia, el futuro próximo del etiquetado... y quizá algo más que el etiquetado).
- Acceso asequible para todos (en lo económico y en lo técnico) a Internet.
Todo ello plenamente coincidente -en lo común- con los demás Partidos Pirata del mundo.
¿Hay alguien que no firme al pie de estas reivindicaciones (aparte del enemigo, claro)?
Ahora bien... ¿es conveniente una organización en forma de partido político? Ahí es donde yo, personalmente, soy más reticente. La necesidad organizativa del conjunto de los diversos movimientos pro-libertades en red no se discute; de hecho, a esa necesidad obedece -aunque de forma incompleta, un tanto torcida y, desde luego, insuficiente- la plataforma «Todos contra el Canon» (por lo demás, organizada de cara a un objetivo concreto, por eso, entre otras cosas, es un modelo parcial). El sistema de partidos no está diseñado para propuestas parciales; los partidos, en su representación y en los órganos de gobierno que les corresponda, deben ejercer sus funciones sobre el conjunto de las manifestaciones, problemáticas y factores que genere o que sufra o goce la entera sociedad. Este diseño -algo es algo- es, a mi parecer, correcto, aunque su plasmación real sea más que discutible. Pero nunca he creído en partidos monovectoriales por más que en algún caso, como este del Partido Pirata, puedan suscitar mis simpatías.
Es tentadora -lo reconozco- la imagen de un representante de los internautas todos, subiendo a la tribuna de oradores de un Congreso de los Diputados o de un Senado y cantándole las verdades del barquero a Dixie, a la $GAE, a los de la sopa boba, a los faranduleros y al resto de la tropa; y, aprovechando la inmunidad parlamentaria, diciéndolo, además, en términos puros y duros, llamando al pan pan y al vino vino, sin miedo a demandas ni a querellas ni a todo el resto del repertorio. Pero no. En el Parlamento deben, efectivamente, resolverse estas cuestiones, pero también otras, como la política fiscal y económica, la política educativa, universitaria y profesional, el marco territorial, la política sanitaria, la política de bienestar, etcétera, etcétera y etcéteras hasta decir basta. Y de esta tarea nadie debe quedar excluido. Yo no imagino a unos diputados del Partido Pirata ausentándose de comisiones y de debates cuando éstos no trataran de la materia que el partido ha hecho propia; y sí imagino, en cambio, graves tensiones entre los votantes y entre los propios miembros del partido a la pimera que éste tomara posición en un tema concreto y ajeno a la esencia que informa a la propia organización. Por eso le auguro un pobre futuro político al Partido Pirata, salvo que pueda experimentar algún ocasional vértice de éxito sirviendo como objeto en el que el cabreo ciudadano proyecte su ira, como ocurrió en las últimas elecciones autonómicas catalanas con Ciutadans de Catalunya. Que es útil, efectivamente, tener un invento así del que tirar para tocar las pelotas a los pencos de los partidos serios, pero que no tiene, realmente, futuro.
Creo más, lo he dicho muchas veces, en la creación de lobbys. La Red, en sí misma, ya es uno. Y duro: desde hace algunos pocos años, viene quitándole el sueño a más de uno. Y ese lobby tiene ya algunos líderes, algunos interlocutores válidos (odiados a muerte, eso sí, por el enemigo). Nos falta, más que organización, coordinación; nos faltan cenas informales que acaben trazando metodologías, objetivos tácticos y esquemas de acción (no acciones concretas) conjuntas. Pero todo se andará. La función crea el órgano y en la medida en que nos sintamos más indefensos ante la agresión de los poderes fácticos y de sus factotum políticos este órgano se desarrollará más eficaz y más rápidamente.
Me cae simpático, no lo niego en absoluto, el Partido Pirata. Me caen también muy bien algunos de sus promotores (o sea, los que más o menos conozco). Les deseo, por tanto, lo mejor y también ¿por qué no? muchos éxitos. Mis dudas son eso, dudas; no esconden deseos, en absoluto. Incluso es fácil que cuenten con mi voto de vez en cuando, como alternativa a una abstención. Es bueno también que haya otro vector organizativo dentro de ese lobby al que aludía que todavía es una suerte de maremágnum. Se trata de sumar, por encima de cualquier otra consideración.
Como digo siempre: esperemos y veremos.
lunes, 5 de febrero de 2007
La casa del herrero
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Uno siempre cree que estas cosas sólo les pasan a los demás, que siempre son unos manazas y unos descuidados y unos trapaceros, y no como un servidor, que es perfecto y que siempre gasta un cuidado y una precaución exquisitas y exhaustivas, como es debido, claro que sí. Así (ahora sí que va en serio), jamás compro por internet sino en entidades de reconocida solvencia y siempre que es posible -o sea, la inmensísima mayoría de las veces- opto por el sistema contrareembolso. Siempre tecleo la URL de la página que me interesa (jamás lo hago siguiendo un enlace cualquiera) y siempre compruebo que mis datos circulan a través de unsistema seguro de encriptación (Verisign y similares), ya se sabe, el https, el candadito, el marcador amarillo sobre la URL... estas cosas. Además, como es sabido, mi sistema operativo es Linux que -aunque no hay nada imposible en este mundo- es muy (pero que muy) difícil de infiltrar. Y, encima, nunca encontrarán en mi disco duro datos sensibles ni míos ni de terceros, los cuales van inmediatamente a un CD-RW perfectamente desconectado y no menos inmediatamente son borrados del HDD.
Bueno, pues me la han pegado, sí señor, me han hecho la pirula con la VISA. Algún cabronazo ha dado con el número de mi tarjeta y se ha gastado 460 euros y pico apostando en una casa de estas de juegos que, según la liquidación -y sirva de aviso a los navegantes- se denomina FULLTILTPOKER.COM, con base en Israel. Vaya, deduzco lo de la tahurancia por la denominación del invento y porque los fraudes a las tarjetas ajenas suelen tener este tipo de destinos (eso del juego, pornografía... y menos mal que no hay motivo para pensar que haya en el asunto guarradas con menores).
¿Cómo se ha podido dar con mi número de tarjeta? Averigua. Pienso que lo más probable es que alguien me haya acertado con un generador de números aleatorios; casi nunca la uso en restaurantes (y, por tanto, casi nunca la pierdo de vista mucho rato) y la afectada, concretamente, jamás ha entrado en un cajero automático. Claro que ha podido ser clonada en una gasolinera o en cualquier otro de los -pocos- establecimientos en los que he pagado con ella. La VISA la uso muy poco: soy más dado a la tarjeta de débito.
Total, denuncia ante los mossos d'esquadra y en cosa de unos días -muy probablemente esta semana- ING Direct me devolverá ese importe. Resultado final: un susto, un fastidio y unas molestias. Lo que me fastidia es que el hijo de puta que me ha hecho la pirula se va a salir de rositas. ING no devolverá el cargo porque, de alguna manera, le será imposible reclamarlo a esa entidad israelí que estará fuera de los circuitos bancarios habituales: más probablemente irá a cuenta de la aseguradora y por eso me han pedido la denuncia. Si hubiera querido retroceder un cargo de «Manufacturas La Polvorosa, SA» con sede, pongamos por caso, en Medina del Campo, se me hubiera hecho el abono sin más (y el contable de las manufacturas hubiera visto en su cuenta el cargo yuxtapuesto, más las correspondientes e inevitables comisiones e intereses).
¿Por qué explico todo esto? Pues para que se vean varias cosas: la primera, que sí, que estas cosas pasan y que le pueden pasar a todo el mundo por más precauciones que tome (y esto no debe ser un pretexto para no tomarlas, ojo); la segunda, que, molestias y berrinche aparte, la sangre no llega al río: el riesgo de una compraventa telemática pagada con tarjeta siempre es para el vendedor: si no fuera así, ya podrían despedirse del comercio electrónico. Y la más importante: los timoratos que temen Internet, teman a la vida misma, porque esto puede pasarles exactamente igual que a mí, que desde que tengo esta cuenta sólo he hecho una compra utilizando la VISA, en septiembre pasado. Y por razones que no son del caso, tengo excelentes motivos para pensar que el mal no vino de ahí.
¡Oh, lo olvidaba! Ni que decir tiene que la tarjeta ha sido fulminantemente cancelada. Por si las moscas...
¡Aaaaaay, no somos nada..!
Uno siempre cree que estas cosas sólo les pasan a los demás, que siempre son unos manazas y unos descuidados y unos trapaceros, y no como un servidor, que es perfecto y que siempre gasta un cuidado y una precaución exquisitas y exhaustivas, como es debido, claro que sí. Así (ahora sí que va en serio), jamás compro por internet sino en entidades de reconocida solvencia y siempre que es posible -o sea, la inmensísima mayoría de las veces- opto por el sistema contrareembolso. Siempre tecleo la URL de la página que me interesa (jamás lo hago siguiendo un enlace cualquiera) y siempre compruebo que mis datos circulan a través de unsistema seguro de encriptación (Verisign y similares), ya se sabe, el https, el candadito, el marcador amarillo sobre la URL... estas cosas. Además, como es sabido, mi sistema operativo es Linux que -aunque no hay nada imposible en este mundo- es muy (pero que muy) difícil de infiltrar. Y, encima, nunca encontrarán en mi disco duro datos sensibles ni míos ni de terceros, los cuales van inmediatamente a un CD-RW perfectamente desconectado y no menos inmediatamente son borrados del HDD.
Bueno, pues me la han pegado, sí señor, me han hecho la pirula con la VISA. Algún cabronazo ha dado con el número de mi tarjeta y se ha gastado 460 euros y pico apostando en una casa de estas de juegos que, según la liquidación -y sirva de aviso a los navegantes- se denomina FULLTILTPOKER.COM, con base en Israel. Vaya, deduzco lo de la tahurancia por la denominación del invento y porque los fraudes a las tarjetas ajenas suelen tener este tipo de destinos (eso del juego, pornografía... y menos mal que no hay motivo para pensar que haya en el asunto guarradas con menores).
¿Cómo se ha podido dar con mi número de tarjeta? Averigua. Pienso que lo más probable es que alguien me haya acertado con un generador de números aleatorios; casi nunca la uso en restaurantes (y, por tanto, casi nunca la pierdo de vista mucho rato) y la afectada, concretamente, jamás ha entrado en un cajero automático. Claro que ha podido ser clonada en una gasolinera o en cualquier otro de los -pocos- establecimientos en los que he pagado con ella. La VISA la uso muy poco: soy más dado a la tarjeta de débito.
Total, denuncia ante los mossos d'esquadra y en cosa de unos días -muy probablemente esta semana- ING Direct me devolverá ese importe. Resultado final: un susto, un fastidio y unas molestias. Lo que me fastidia es que el hijo de puta que me ha hecho la pirula se va a salir de rositas. ING no devolverá el cargo porque, de alguna manera, le será imposible reclamarlo a esa entidad israelí que estará fuera de los circuitos bancarios habituales: más probablemente irá a cuenta de la aseguradora y por eso me han pedido la denuncia. Si hubiera querido retroceder un cargo de «Manufacturas La Polvorosa, SA» con sede, pongamos por caso, en Medina del Campo, se me hubiera hecho el abono sin más (y el contable de las manufacturas hubiera visto en su cuenta el cargo yuxtapuesto, más las correspondientes e inevitables comisiones e intereses).
¿Por qué explico todo esto? Pues para que se vean varias cosas: la primera, que sí, que estas cosas pasan y que le pueden pasar a todo el mundo por más precauciones que tome (y esto no debe ser un pretexto para no tomarlas, ojo); la segunda, que, molestias y berrinche aparte, la sangre no llega al río: el riesgo de una compraventa telemática pagada con tarjeta siempre es para el vendedor: si no fuera así, ya podrían despedirse del comercio electrónico. Y la más importante: los timoratos que temen Internet, teman a la vida misma, porque esto puede pasarles exactamente igual que a mí, que desde que tengo esta cuenta sólo he hecho una compra utilizando la VISA, en septiembre pasado. Y por razones que no son del caso, tengo excelentes motivos para pensar que el mal no vino de ahí.
¡Oh, lo olvidaba! Ni que decir tiene que la tarjeta ha sido fulminantemente cancelada. Por si las moscas...
¡Aaaaaay, no somos nada..!
viernes, 2 de febrero de 2007
¡Salvados!
De la serie: «Pequeños bocaditos»
Gas Natural se ha plantado y ha retirado su OPA sobre Endesa, dejándole libre el camino a E.ON.
Esta noche podremos dormir tranquilos: los alemanes nos han salvado de que la parte del león de la energía española fuera a parar a manos de polacos. Nuestra independencia energética queda a salvo.
Menos mal, qué alivio.
Y qué gran servicio a España.
Gas Natural se ha plantado y ha retirado su OPA sobre Endesa, dejándole libre el camino a E.ON.
Esta noche podremos dormir tranquilos: los alemanes nos han salvado de que la parte del león de la energía española fuera a parar a manos de polacos. Nuestra independencia energética queda a salvo.
Menos mal, qué alivio.
Y qué gran servicio a España.
Alcaldada hereditaria
De la serie: «Pequeños bocaditos»
¿Hasta dónde llevarán los políticos sus despropósitos, sus alcaldadas y sus abusos? Es difícil de decir porque son récords que se baten a diario.
La última es barcelonesa y ya nos da una primera buena medida de la calaña del heredero. Pero requiere una explicación previa.
En Barcelona es ancestral la celebración de la fiesta de Pentecostés. Aquí la llamamos Segunda Pascua o Pascua Granada (siendo la de Resurrección la Pascua Florida). No es una fiesta en absoluto extraña ya que la celebra medio continente: Alemania, Suiza... No es sorprendente, pues se trata de una de las fiestas más importantes de la religión, de la tradición y de la cultura cristianas que, aunque no guste a unos cuantos (la Historia es así de antipática), determinaron la existencia, la morfología y el pensamiento de lo que hoy llamamos Europa y, sin necesidad de estirar demasiado el concepto, de lo que geopolíticamente denominamos Occidente. Se celebra cincuenta días (como la raíz griega de su denominación indica) después del domingo de Resurrección y, obviamente, siempre cae en lunes suponiendo con ello, de paso, un fin de semana alargado muy agradable para los barceloneses. No menos obviamente, es una fecha variable, y este año 2007 acaece en 28 de mayo (la Pascua de Resurrección es el 8 de abril). Es fácil de comprender, por otra parte, que muchas otras poblaciones de la conurbación de Barcelona, cuyos habitantes se ven fuertemente afectados por razones de trabajo cuando es día festivo en la capital, también elijan este día como una de las dos fiestas locales del año.
Pero este año, el heredero Hereu ha decidido enmendarle la plana al Espíritu Santo (cuyo advenimiento es lo que se conmemora en el lunes de marras) y exigirle que este año venga una semana después, el 4 de junio, con lo que el poncio dichoso ha convertido el pentecostés en casi casi un hexacostés.
Muchos os preguntaréis por qué el heredero comete tamaña estupidez, pero eso es porque no habéis tenido en cuenta el viento. Si os parárais a pensar, hallaríais que esta estupidez lo sigue siendo, pero que tiene una explicación. ¿Qué pasa el domingo 27? Eso es: es el día de las elecciones municipales. Y el heredero Hereu, cagado de miedo -y con razón- porque las trapazadas de Clos han quitado en Barcelona muchas ganas de votar sociata y podría resultar que el próximo tripartit barcelonés tuviera un alcalde de otro partido (por no pensar en un bipartit de la otra mano, menos improbable que en otras ocasiones y en absoluto imposible en esta) no quiere que se le escape de fin de semana un importante mordisco de la parroquia sociata que aún pueda quedar. Nada menos que un fin de semana largo a final de mayo, la época del año que en estas latitudes y en condiciones normales suscita mayor consenso térmico: los frioleros gozan ya de un suave calorcito y a los calurosos aún no nos agobian las temperaturas; o sea, la perfecta fiesta para largarse con viento fresco, apto para cualquier actividad playera o montañera (menos el esquí). Ni hablar. Por tanto, ordeno y mando que la fiesta se retrase una semana y cuestión resuelta.
Sólo que ese tío ignora -o lo hace ver- que las fiestas no son única y exclusivamente una ocasión para no ir al trabajo: las fiestas celebran algo que, dependiendo de las personas y de la propia fiesta, tiene una dimensión religiosa, tradicional o cultural. ¿Qué diría el heredero si le exigiésemos pasar la fiesta de la Mercè al mes de julio, tan aburrido desde que nos quitaron la fiesta de Santiago (aquí denominado Sant Jaume) que, además, conllevaba una popular verbena su víspera? Total, en septiembre tenemos las pilas recién recargadas y, encima, está el puente del 11 de septiembre, la fiesta autonómica catalana. También, mirando el calendario, podríamos ver que el día de Navidad cae... incómodo. Ese lunes 24, ahí tan solo, y la semana tan rota... ¿Por qué este año no celebramos la Navidad el viernes 28 de diciembre y así compactamos? Y, bueno, los catalanes podríamos celebrar nuestro irrenunciable Sant Esteve el jueves 27; total, el orden de los factores no altera el producto y de esta forma esa semana tendría, de lunes a miércoles, tres magníficos días productivos. También, para no andar jodiendo la marrana con sobrecarga de fiestas, el Año Nuevo podríamos celebrarlo el lunes 31 de diciembre y el día 1 de enero, ya desposeído de contenido, nos vamos a trabajar.
Pero bueno... ¿nos hemos vuelto locos o qué? Mejor dicho: ¿tan locos les ha vuelto a los políticos el ansia por el poder que ya no respetan nada, que montan a su conveniencia el calendario y hasta el mismísimo santoral? ¿Es que se cree el heredero que somos tan imbéciles como para tragar tan tranquilos sólo por el hecho de que no perdemos la fiesta laboral? Bueno, en esto último igual no se equivoca: me temo que sí, que igual somos tan imbéciles.
En fin: yo me iba a abstener en estos comicios porque, gane quien gane, con esa peña no hay esperanza para esta desgraciada ciudad pero, después de esta guarrada sí que voy a votar, ya lo creo que voy a votar.
A votar la opción -sea cual sea- que más joda a Hereu y a sus secuaces.
¿Hasta dónde llevarán los políticos sus despropósitos, sus alcaldadas y sus abusos? Es difícil de decir porque son récords que se baten a diario.
La última es barcelonesa y ya nos da una primera buena medida de la calaña del heredero. Pero requiere una explicación previa.
En Barcelona es ancestral la celebración de la fiesta de Pentecostés. Aquí la llamamos Segunda Pascua o Pascua Granada (siendo la de Resurrección la Pascua Florida). No es una fiesta en absoluto extraña ya que la celebra medio continente: Alemania, Suiza... No es sorprendente, pues se trata de una de las fiestas más importantes de la religión, de la tradición y de la cultura cristianas que, aunque no guste a unos cuantos (la Historia es así de antipática), determinaron la existencia, la morfología y el pensamiento de lo que hoy llamamos Europa y, sin necesidad de estirar demasiado el concepto, de lo que geopolíticamente denominamos Occidente. Se celebra cincuenta días (como la raíz griega de su denominación indica) después del domingo de Resurrección y, obviamente, siempre cae en lunes suponiendo con ello, de paso, un fin de semana alargado muy agradable para los barceloneses. No menos obviamente, es una fecha variable, y este año 2007 acaece en 28 de mayo (la Pascua de Resurrección es el 8 de abril). Es fácil de comprender, por otra parte, que muchas otras poblaciones de la conurbación de Barcelona, cuyos habitantes se ven fuertemente afectados por razones de trabajo cuando es día festivo en la capital, también elijan este día como una de las dos fiestas locales del año.
Pero este año, el heredero Hereu ha decidido enmendarle la plana al Espíritu Santo (cuyo advenimiento es lo que se conmemora en el lunes de marras) y exigirle que este año venga una semana después, el 4 de junio, con lo que el poncio dichoso ha convertido el pentecostés en casi casi un hexacostés.
Muchos os preguntaréis por qué el heredero comete tamaña estupidez, pero eso es porque no habéis tenido en cuenta el viento. Si os parárais a pensar, hallaríais que esta estupidez lo sigue siendo, pero que tiene una explicación. ¿Qué pasa el domingo 27? Eso es: es el día de las elecciones municipales. Y el heredero Hereu, cagado de miedo -y con razón- porque las trapazadas de Clos han quitado en Barcelona muchas ganas de votar sociata y podría resultar que el próximo tripartit barcelonés tuviera un alcalde de otro partido (por no pensar en un bipartit de la otra mano, menos improbable que en otras ocasiones y en absoluto imposible en esta) no quiere que se le escape de fin de semana un importante mordisco de la parroquia sociata que aún pueda quedar. Nada menos que un fin de semana largo a final de mayo, la época del año que en estas latitudes y en condiciones normales suscita mayor consenso térmico: los frioleros gozan ya de un suave calorcito y a los calurosos aún no nos agobian las temperaturas; o sea, la perfecta fiesta para largarse con viento fresco, apto para cualquier actividad playera o montañera (menos el esquí). Ni hablar. Por tanto, ordeno y mando que la fiesta se retrase una semana y cuestión resuelta.
Sólo que ese tío ignora -o lo hace ver- que las fiestas no son única y exclusivamente una ocasión para no ir al trabajo: las fiestas celebran algo que, dependiendo de las personas y de la propia fiesta, tiene una dimensión religiosa, tradicional o cultural. ¿Qué diría el heredero si le exigiésemos pasar la fiesta de la Mercè al mes de julio, tan aburrido desde que nos quitaron la fiesta de Santiago (aquí denominado Sant Jaume) que, además, conllevaba una popular verbena su víspera? Total, en septiembre tenemos las pilas recién recargadas y, encima, está el puente del 11 de septiembre, la fiesta autonómica catalana. También, mirando el calendario, podríamos ver que el día de Navidad cae... incómodo. Ese lunes 24, ahí tan solo, y la semana tan rota... ¿Por qué este año no celebramos la Navidad el viernes 28 de diciembre y así compactamos? Y, bueno, los catalanes podríamos celebrar nuestro irrenunciable Sant Esteve el jueves 27; total, el orden de los factores no altera el producto y de esta forma esa semana tendría, de lunes a miércoles, tres magníficos días productivos. También, para no andar jodiendo la marrana con sobrecarga de fiestas, el Año Nuevo podríamos celebrarlo el lunes 31 de diciembre y el día 1 de enero, ya desposeído de contenido, nos vamos a trabajar.
Pero bueno... ¿nos hemos vuelto locos o qué? Mejor dicho: ¿tan locos les ha vuelto a los políticos el ansia por el poder que ya no respetan nada, que montan a su conveniencia el calendario y hasta el mismísimo santoral? ¿Es que se cree el heredero que somos tan imbéciles como para tragar tan tranquilos sólo por el hecho de que no perdemos la fiesta laboral? Bueno, en esto último igual no se equivoca: me temo que sí, que igual somos tan imbéciles.
En fin: yo me iba a abstener en estos comicios porque, gane quien gane, con esa peña no hay esperanza para esta desgraciada ciudad pero, después de esta guarrada sí que voy a votar, ya lo creo que voy a votar.
A votar la opción -sea cual sea- que más joda a Hereu y a sus secuaces.
jueves, 1 de febrero de 2007
Magufos, viejas y jueces
De la serie: «Los jueves, paella»
La Generalitat de Catalunya va a legalizar las prácticas sanitarias magufas. En el mundo del racionalismo -mejor dicho: en el mundo racional- denominamos magufo, contracción despectiva de mago y de ufólogo (los tarados esos que ven marcianitos más allá de los videojuegos), a toda la basca esa que se dedica a vivir de lo esotérico y de lo alternativo, es decir, del cuento, del humo. Y como, encima, muchos de ellos viven muy bien, habrá que concluir que ese gremio es en todo parecido a ese otro, tan habitual en esta bitácora, del que decimos que vive de la sopa boba, arrancándonos un impuesto privado y medieval alucinante que machaca un artículo de primera necesidad tecnológica para vivir sin trabajar.
Resulta curioso que en la casa gran no se les caigan de la boca palabras como innovación, tecnología y toda una larga cagarela de jerga tecnocientífica y después legalicen las actividades del gremio este que son lo más acientífico que hay.
La batalla entre la Ciencia -la de verdad, la rigurosa, la que emplea metodologías comprobadas, la de la duda sistemática, la que obtiene resultados tras larguísimos procesos de comprobación y que, por tanto, necesita años de trabajo y grandes esfuerzos para obtener resultados- y las caritativamente llamadas pseudociencias es vieja. Después de todo, es la lucha del sólido largo plazo contra el efímero resultado a corto. Que, además, acaba siendo falso. Cuando no entendemos algo, podemos hacer dos cosas: investigarlo (y entonces nos encontramos ante un trabajo largo y arduo que, con no poca frecuencia, acaba planteando aún más interrogantes de los que despeja, lo cual puede -acaso- ser frustrante pero siempre es apasionante) o tomar un atajo y atribuirlo a un dios cualquiera o a unos marcianos. Proyectado a la realidad actual, ante el fenómeno del SIDA puede decirse que la investigación de esta pandemia va para largo (ya lo dijeron hace veinte años y así fue) y que no cabe esperar resultados para una vacuna (primeros y esperanzadores pero nada inmediatamente prácticos resultados) hasta dentro de todavía otros diez años. Esto desanima, se comprende. Sobre todo a quien padece la enfermedad o la lleva latente como una espada de Damocles, abarrotándose diariamente de antirretrovirales que tienen unos efectos secundarios de caballo, y que no saben si vivirán -y en ese caso cómo vivirán- dentro de diez años; muchos, muchísimos, han quedado por el camino y muchos más caerán de aquí a allá, es de trágico cajón. Pero también puede decirse que todo eso es cuento, que lo que ocurre es que la ciencia oficial (así la llaman, los gilipollas) nos está engañando, que los laboratorios están experimentando sobre compuestos costosísimos en una loca carrera hacia una patente multimillonaria (lo de la patente sí es verdad) y que lo del SIDA se cura fácilmente con una imposición de manos, una invocación a San Apapurcio bendito o una ingesta de agua del estanque de la virgen del Soponcio (en realidad una charca infecta que lo único que suministra es un tifus acojonante).
Yo comprendo que, cuando se está desesperado, se agarra uno a cualquier cosa. En otros tiempos fui, desgraciadamente, testigo cercano de algún proceso terminal y pude comprender, en su momento, que cuando la ciencia dijo «hasta aquí hemos llegado» los más próximos familiares del paciente -y, por supuesto, el propio paciente- se aferraran a las prácticas de un marrano de esos por aquello de que no hay ya nada que perder o de que daño, no le hará (luego iremos a lo del daño que no se hace). Naturalmente, la marranada no sirvió de nada: no hay aguas benditas, ni imposiciones de manos, ni masajes, ni agujas, ni homeopatías que te salven de una neoplasia de páncreas, por ejemplo, y el paciente acaba justamente como la ciencia, confesándose impotente para el caso, había vaticinado: mal. Hay que joderse con San Apapurcio y la madre que lo parió...
Ahora, este alucinante mundo del buen rollito, en vez de meter en la cárcel a todo ese gremio, lo que hace es legalizarlo. Bueno... ¿y por qué no? Daño no hacen. ¡Ja!
Daño no harían si sus... ejem... intervenciones se ciñeran a personas desahuciadas por la ciencia o se limitaran al paliativo inocuo (¿hay práctica de la que pueda decirse que es inocua?); lo verdaderamente malo es que esta gentuza aparta a sus víctimas de los cauces de la medicina. Un ejemplo: hay cretinos que pretenden curar un riñón que no funciona destrozando con los nudillos la planta del pie de la víctima, en un cuento chino llamado reflexoterapia podal; bien, es evidente que lo peor que le puede pasar a la víctima -como consecuencia directa del tratamiento- es que camine coja dos o tres días. Pero lo malo de verdad es la consecuencia indirecta: que la víctima, posesa de una irracional y ciega fe en el comediante en cuestión, se aparte del circuito médico y ese riñón se vaya al guano definitivamente. Cuando el desgraciado acabe en la sala de diálisis -o quizá en la tumba, tras el intento del magufo de sustituir la diálisis por la reflexoterapia podal- el marrano dirá que la víctima no tuvo bastante fe o que la conjunción de los planetas no era la más adecuada para el caso. Y se irá tan ancho (ningún colegio profesional y ningún juez podrán inhabilitarlo por carnicero, entre otras cosas porque no tiene habilitación para nada que no sea tomarle el pelo a la gente).
Que San Apapurcio y la charca de agua sucia nos cojan confesados.
____________________
Otra que también es buena.
Una pirada en edad provecta (casi septuagenaria) va y se propone ser madre. Vende su pisito, vuela a los Estados Unidos y allí, previo pago de 10.000 dólares al médico y 30.000 al donante, y visto el álbum de fotos para que la camada le salga guapa y resultona, se hace inseminar y consigue parir en la sanidad pública española (o sea, se acabó el pagar: una vez inseminada, nos toca pagar a nosotros el parto, la bonificación por maternidad que dan ahora y la intemerata: seguro que también se apunta a la canastilla del Caprabo, pero esa es privada).
Esto es una animalada a ojos vista. Y, bueno, por una vez, los acróbatas de las libertades individuales a todo precio y los saltimbanquis del buen rollito se han metido la lengua en el tubo de escape y -vaya, menos mal- la ciudadanía en peso -científicos y profanos; los magufos no lo sé- ha reaccionado negativamente ante tal salvajada.
Daba vergüenza ajena ver a la vieja esa explicando por la tele su machada, pero indigna el capullo del médico pretendiendo que la tía en cuestión le coló lo de los cincuenta y cinco años (hay una norma en ese estado o en ese centro norteamericano que limita a un máximo de 55 años la edad para implantar un óvulo fecundado en una mujer soltera o la suma total de 110 años para una pareja). No hay quien se lo trague. Incluso con la mejor de las intenciones, el simple aspecto de la mujer ya debiera inducir la sospecha y llevar a la comprobación de su edad a extremos más depurados. Lo que ocurre es que cuando hay 10.000 dólares sobre la mesa, uno se cree lo que le manden. ¿55 años? Sí, señora, lo que usted diga, pase por aquí y vaya con cuidado que me parece que se le ha caído del bolso el volante del geriátrico. A ese médico debieran ponerle su título en el retrete para que lo use de papel higiénico pero, mientras tanto, alguien debiera romperle el trasero a puntapiés por otra razón: por tomarnos por imbéciles.
La jugada está clara. ¿Cómo va a mantener a los enanos esta anciana? Es dependienta de grandes almacenes jubilada -o sea que su pensión no dará para mucho- y ha vendido lo que podría ser un colchón financiero: su piso. Pues no hace falta ir muy lejos en los hilos de pensamiento: dentro de pocas semanas -quizá pocos días- la tendremos en las salsas rosas, en los tomates y demás productos audiovisuales de la transaminasa desencadenada. Y no sólo a ella: tras ella -ingresados los primeros estupendios por andar explicando el pormenor de la indignidad- aparecerá una recua de primos, tíos, amigos, confidentes, peluqueros y allegados que explicarán -en los mismos espacios, a gritos y también previo estupendio- lo muy arpía o muy santa que es la tía. Y cuando la cotización descienda, montarán careos escandalosos y se someterán a polígrafos -y poligrafistas- de la señorita Pepis.
Y la audiencia se lo tragará todo, todo, todo, todo...
____________________
Los jueces se cabrean, vaya por Dios. Resulta que se sienten acosados cuando pretenden hacer su trabajo. Vamos allá con el tema.
Premisa principal: la actuación de los jueces está sujeta a crítica, en todo caso. Esto es así de siempre. A crítica técnica, por supuesto, pero también en otros ámbitos. Lo primero que le plantan delante a un alevín jurídico de primero o segundo en cuanto empieza a tocar derecho práctico (es un decir, lo de práctico) es una sentencia para que la critique. Con una sentencia o con cualquier otro acto judicial se puede estar de acuerdo o no y se puede discrepar o asentir tanto en términos jurídicos como en términos morales como ¿por qué no? en términos políticos. Ya en «La casa de la Troya», una novelita de principios de siglo XX injustamente olvidada y relegada al género menor, el impagable catedrático de Mercantil, don Servando, dedica toda la energía de su cátedra a reirse de las sentencias del Supremo: «¿Ustedes han entendido algo del galimatías de este considerando? Yo tampoco»; o aquello otro: «Esta sentencia es como aquellos cestos de sardinas que vienen de Carril, que empieza a sacarse paja y más paja hasta que se encuentran en el fondo cuatro sardinas... ¡y podridas!».
Pero si la acción de la Justicia ha sido criticable desde siempre, lo es más en la actualidad, cuando la judicatura participa entusiásticamente de la mierda de ambiente político que nos envuelve. En los grandes organismos judiciales -Consejo General, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional- los nombramientos procedentes del camarillaje político llegan a extremos escandalosos y las sentencias casi son previsibles en función de la composición de la Sala. Eso ya por no hablar de dos asociaciones profesionales de magistrados, una progresista y la otra conservadora. Visto así, el panorama no es que sea criticable, es que es para echarse a temblar.
Como si esto fuera poco, como si no hubiera bastante con la politización de la justicia y con la judicialización de la política, ahora tenemos al sector -numerosísimo- de judicatura que, por cuenta propia o ajena, pretende fiscalizar, código penal en mano, la acción de los políticos, de modo que si un político sostiene conversaciones (solamente conversaciones, hablar, para entendernos) con una persona... inconveniente, se puede ver imputado por cualquier cosa.
Incluso en los niveles más bajos de la magistratura, donde el problema judicial-político -o político-judicial- es menor, se encuentran actitudes redondamente intolerables por parte de jueces que convierten su juzgado en un cortijo en el que mandan y ordenan omnímodamente sin dar lugar siquiera a debate jurídico. He visto (repito: he visto) dejar un caso -encima, nada claro- prácticamente visto para sentencia en una vista preliminar. Y seguro que montones de abogados en ejercicio me dirán que este es el pan de cada día en todas partes.
¿Y sus señorías se sienten acosados? ¡Vaya por Dios, hombre!
La justicia de primera instancia da pena (cuando no miedo o algo peor); la justicia, en sus últimas instancias, está como he descrito. No, perdón, aún está peor. Véase sino esta entrada y sus derivadas del blog de Ignacio Escolar y procurar no llorar demasiado alto para no acabar de desmoralizar al personal.
Los que sí que tenemos buenas razones para sentirnos acosados, entre unos y otros, somos los ciudadanos. Y nosotros no podemos cambiar nuestra ciudadanía. En cambio, los jueces que se sientan acosados pueden, por ejemplo, cambiar de oficio.
Lo dijo Truman: si no aguantan el calor, salgan de la cocina.
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Y hasta aquí llegó el encabronamiento en este primer jueves de febrero. El próximo será día 8, una fecha anodina en un mes anodino. Febrero, ya lo he dicho alguna vez, es el mes más aburrido del año. Eso sí: no le falta patochada: los carnavales. Ya hablaré de ellos en una paella de estas. Además, creo recordar que no lo he hecho nunca... todavía.
A seguir aguantando mecha, queridos lectores, porque esto no lleva camino de remediarse.
La Generalitat de Catalunya va a legalizar las prácticas sanitarias magufas. En el mundo del racionalismo -mejor dicho: en el mundo racional- denominamos magufo, contracción despectiva de mago y de ufólogo (los tarados esos que ven marcianitos más allá de los videojuegos), a toda la basca esa que se dedica a vivir de lo esotérico y de lo alternativo, es decir, del cuento, del humo. Y como, encima, muchos de ellos viven muy bien, habrá que concluir que ese gremio es en todo parecido a ese otro, tan habitual en esta bitácora, del que decimos que vive de la sopa boba, arrancándonos un impuesto privado y medieval alucinante que machaca un artículo de primera necesidad tecnológica para vivir sin trabajar.
Resulta curioso que en la casa gran no se les caigan de la boca palabras como innovación, tecnología y toda una larga cagarela de jerga tecnocientífica y después legalicen las actividades del gremio este que son lo más acientífico que hay.
La batalla entre la Ciencia -la de verdad, la rigurosa, la que emplea metodologías comprobadas, la de la duda sistemática, la que obtiene resultados tras larguísimos procesos de comprobación y que, por tanto, necesita años de trabajo y grandes esfuerzos para obtener resultados- y las caritativamente llamadas pseudociencias es vieja. Después de todo, es la lucha del sólido largo plazo contra el efímero resultado a corto. Que, además, acaba siendo falso. Cuando no entendemos algo, podemos hacer dos cosas: investigarlo (y entonces nos encontramos ante un trabajo largo y arduo que, con no poca frecuencia, acaba planteando aún más interrogantes de los que despeja, lo cual puede -acaso- ser frustrante pero siempre es apasionante) o tomar un atajo y atribuirlo a un dios cualquiera o a unos marcianos. Proyectado a la realidad actual, ante el fenómeno del SIDA puede decirse que la investigación de esta pandemia va para largo (ya lo dijeron hace veinte años y así fue) y que no cabe esperar resultados para una vacuna (primeros y esperanzadores pero nada inmediatamente prácticos resultados) hasta dentro de todavía otros diez años. Esto desanima, se comprende. Sobre todo a quien padece la enfermedad o la lleva latente como una espada de Damocles, abarrotándose diariamente de antirretrovirales que tienen unos efectos secundarios de caballo, y que no saben si vivirán -y en ese caso cómo vivirán- dentro de diez años; muchos, muchísimos, han quedado por el camino y muchos más caerán de aquí a allá, es de trágico cajón. Pero también puede decirse que todo eso es cuento, que lo que ocurre es que la ciencia oficial (así la llaman, los gilipollas) nos está engañando, que los laboratorios están experimentando sobre compuestos costosísimos en una loca carrera hacia una patente multimillonaria (lo de la patente sí es verdad) y que lo del SIDA se cura fácilmente con una imposición de manos, una invocación a San Apapurcio bendito o una ingesta de agua del estanque de la virgen del Soponcio (en realidad una charca infecta que lo único que suministra es un tifus acojonante).
Yo comprendo que, cuando se está desesperado, se agarra uno a cualquier cosa. En otros tiempos fui, desgraciadamente, testigo cercano de algún proceso terminal y pude comprender, en su momento, que cuando la ciencia dijo «hasta aquí hemos llegado» los más próximos familiares del paciente -y, por supuesto, el propio paciente- se aferraran a las prácticas de un marrano de esos por aquello de que no hay ya nada que perder o de que daño, no le hará (luego iremos a lo del daño que no se hace). Naturalmente, la marranada no sirvió de nada: no hay aguas benditas, ni imposiciones de manos, ni masajes, ni agujas, ni homeopatías que te salven de una neoplasia de páncreas, por ejemplo, y el paciente acaba justamente como la ciencia, confesándose impotente para el caso, había vaticinado: mal. Hay que joderse con San Apapurcio y la madre que lo parió...
Ahora, este alucinante mundo del buen rollito, en vez de meter en la cárcel a todo ese gremio, lo que hace es legalizarlo. Bueno... ¿y por qué no? Daño no hacen. ¡Ja!
Daño no harían si sus... ejem... intervenciones se ciñeran a personas desahuciadas por la ciencia o se limitaran al paliativo inocuo (¿hay práctica de la que pueda decirse que es inocua?); lo verdaderamente malo es que esta gentuza aparta a sus víctimas de los cauces de la medicina. Un ejemplo: hay cretinos que pretenden curar un riñón que no funciona destrozando con los nudillos la planta del pie de la víctima, en un cuento chino llamado reflexoterapia podal; bien, es evidente que lo peor que le puede pasar a la víctima -como consecuencia directa del tratamiento- es que camine coja dos o tres días. Pero lo malo de verdad es la consecuencia indirecta: que la víctima, posesa de una irracional y ciega fe en el comediante en cuestión, se aparte del circuito médico y ese riñón se vaya al guano definitivamente. Cuando el desgraciado acabe en la sala de diálisis -o quizá en la tumba, tras el intento del magufo de sustituir la diálisis por la reflexoterapia podal- el marrano dirá que la víctima no tuvo bastante fe o que la conjunción de los planetas no era la más adecuada para el caso. Y se irá tan ancho (ningún colegio profesional y ningún juez podrán inhabilitarlo por carnicero, entre otras cosas porque no tiene habilitación para nada que no sea tomarle el pelo a la gente).
Que San Apapurcio y la charca de agua sucia nos cojan confesados.
Otra que también es buena.
Una pirada en edad provecta (casi septuagenaria) va y se propone ser madre. Vende su pisito, vuela a los Estados Unidos y allí, previo pago de 10.000 dólares al médico y 30.000 al donante, y visto el álbum de fotos para que la camada le salga guapa y resultona, se hace inseminar y consigue parir en la sanidad pública española (o sea, se acabó el pagar: una vez inseminada, nos toca pagar a nosotros el parto, la bonificación por maternidad que dan ahora y la intemerata: seguro que también se apunta a la canastilla del Caprabo, pero esa es privada).
Esto es una animalada a ojos vista. Y, bueno, por una vez, los acróbatas de las libertades individuales a todo precio y los saltimbanquis del buen rollito se han metido la lengua en el tubo de escape y -vaya, menos mal- la ciudadanía en peso -científicos y profanos; los magufos no lo sé- ha reaccionado negativamente ante tal salvajada.
Daba vergüenza ajena ver a la vieja esa explicando por la tele su machada, pero indigna el capullo del médico pretendiendo que la tía en cuestión le coló lo de los cincuenta y cinco años (hay una norma en ese estado o en ese centro norteamericano que limita a un máximo de 55 años la edad para implantar un óvulo fecundado en una mujer soltera o la suma total de 110 años para una pareja). No hay quien se lo trague. Incluso con la mejor de las intenciones, el simple aspecto de la mujer ya debiera inducir la sospecha y llevar a la comprobación de su edad a extremos más depurados. Lo que ocurre es que cuando hay 10.000 dólares sobre la mesa, uno se cree lo que le manden. ¿55 años? Sí, señora, lo que usted diga, pase por aquí y vaya con cuidado que me parece que se le ha caído del bolso el volante del geriátrico. A ese médico debieran ponerle su título en el retrete para que lo use de papel higiénico pero, mientras tanto, alguien debiera romperle el trasero a puntapiés por otra razón: por tomarnos por imbéciles.
La jugada está clara. ¿Cómo va a mantener a los enanos esta anciana? Es dependienta de grandes almacenes jubilada -o sea que su pensión no dará para mucho- y ha vendido lo que podría ser un colchón financiero: su piso. Pues no hace falta ir muy lejos en los hilos de pensamiento: dentro de pocas semanas -quizá pocos días- la tendremos en las salsas rosas, en los tomates y demás productos audiovisuales de la transaminasa desencadenada. Y no sólo a ella: tras ella -ingresados los primeros estupendios por andar explicando el pormenor de la indignidad- aparecerá una recua de primos, tíos, amigos, confidentes, peluqueros y allegados que explicarán -en los mismos espacios, a gritos y también previo estupendio- lo muy arpía o muy santa que es la tía. Y cuando la cotización descienda, montarán careos escandalosos y se someterán a polígrafos -y poligrafistas- de la señorita Pepis.
Y la audiencia se lo tragará todo, todo, todo, todo...
Los jueces se cabrean, vaya por Dios. Resulta que se sienten acosados cuando pretenden hacer su trabajo. Vamos allá con el tema.
Premisa principal: la actuación de los jueces está sujeta a crítica, en todo caso. Esto es así de siempre. A crítica técnica, por supuesto, pero también en otros ámbitos. Lo primero que le plantan delante a un alevín jurídico de primero o segundo en cuanto empieza a tocar derecho práctico (es un decir, lo de práctico) es una sentencia para que la critique. Con una sentencia o con cualquier otro acto judicial se puede estar de acuerdo o no y se puede discrepar o asentir tanto en términos jurídicos como en términos morales como ¿por qué no? en términos políticos. Ya en «La casa de la Troya», una novelita de principios de siglo XX injustamente olvidada y relegada al género menor, el impagable catedrático de Mercantil, don Servando, dedica toda la energía de su cátedra a reirse de las sentencias del Supremo: «¿Ustedes han entendido algo del galimatías de este considerando? Yo tampoco»; o aquello otro: «Esta sentencia es como aquellos cestos de sardinas que vienen de Carril, que empieza a sacarse paja y más paja hasta que se encuentran en el fondo cuatro sardinas... ¡y podridas!».
Pero si la acción de la Justicia ha sido criticable desde siempre, lo es más en la actualidad, cuando la judicatura participa entusiásticamente de la mierda de ambiente político que nos envuelve. En los grandes organismos judiciales -Consejo General, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional- los nombramientos procedentes del camarillaje político llegan a extremos escandalosos y las sentencias casi son previsibles en función de la composición de la Sala. Eso ya por no hablar de dos asociaciones profesionales de magistrados, una progresista y la otra conservadora. Visto así, el panorama no es que sea criticable, es que es para echarse a temblar.
Como si esto fuera poco, como si no hubiera bastante con la politización de la justicia y con la judicialización de la política, ahora tenemos al sector -numerosísimo- de judicatura que, por cuenta propia o ajena, pretende fiscalizar, código penal en mano, la acción de los políticos, de modo que si un político sostiene conversaciones (solamente conversaciones, hablar, para entendernos) con una persona... inconveniente, se puede ver imputado por cualquier cosa.
Incluso en los niveles más bajos de la magistratura, donde el problema judicial-político -o político-judicial- es menor, se encuentran actitudes redondamente intolerables por parte de jueces que convierten su juzgado en un cortijo en el que mandan y ordenan omnímodamente sin dar lugar siquiera a debate jurídico. He visto (repito: he visto) dejar un caso -encima, nada claro- prácticamente visto para sentencia en una vista preliminar. Y seguro que montones de abogados en ejercicio me dirán que este es el pan de cada día en todas partes.
¿Y sus señorías se sienten acosados? ¡Vaya por Dios, hombre!
La justicia de primera instancia da pena (cuando no miedo o algo peor); la justicia, en sus últimas instancias, está como he descrito. No, perdón, aún está peor. Véase sino esta entrada y sus derivadas del blog de Ignacio Escolar y procurar no llorar demasiado alto para no acabar de desmoralizar al personal.
Los que sí que tenemos buenas razones para sentirnos acosados, entre unos y otros, somos los ciudadanos. Y nosotros no podemos cambiar nuestra ciudadanía. En cambio, los jueces que se sientan acosados pueden, por ejemplo, cambiar de oficio.
Lo dijo Truman: si no aguantan el calor, salgan de la cocina.
Y hasta aquí llegó el encabronamiento en este primer jueves de febrero. El próximo será día 8, una fecha anodina en un mes anodino. Febrero, ya lo he dicho alguna vez, es el mes más aburrido del año. Eso sí: no le falta patochada: los carnavales. Ya hablaré de ellos en una paella de estas. Además, creo recordar que no lo he hecho nunca... todavía.
A seguir aguantando mecha, queridos lectores, porque esto no lleva camino de remediarse.
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